Seré frágil

Beatriz Esteban · Capítulo 26 de 30

Páginas del PDF

Seré frágil

Capítulo venticuatro

Mis piernas me guiaron directas al séptimo piso. Al abrir la puerta de la azotea, una brisa de aire me recibió golpeándome la cara y erizándome el vello. Me detuve un momento, con las manos frías sobre el marco. Volví a ver aquellos fantasmas del pasado; una Sara que por un momento se dejaba llevar, los copos de nieve que caían sobre su nariz, el frío que no la inmovilizaba como hacía ahora. Los brazos de David rodeándola, su sonrisa; la falsa esperanza de que, por una vez, todo iba a ir bien.

 

Las lágrimas me dolían. Se clavaban en mi piel, frías como témpanos. El pelo me cruzaba la cara, pero no me importaba. En aquel momento no pensaba en nada, no quería ver nada, solo quería escapar. Huir. Lejos de mí, de esos recuerdos, de David, de mis padres, de todos.

Pero el dolor era como una sombra que me perseguía, que siempre estaba ahí por mucho que corriera. Ni siquiera a esa altura podía deshacerme de él.

Como si fuera una sonámbula, me deslicé despacio hacia el borde del terrado, igual que había hecho unos meses atrás. Oí el eco de esas voces del pasado, como si me susurraran de nuevo al oído:

«Cierra los ojos».

Y eso hice. Dejé que por un momento el mundo se volviera tan negro como yo lo sentía. Tanteé el aire con las manos y me agarré a la cornisa; pegué un salto para sentarme sobre ella, los pies todavía en el interior. El vértigo me obligó a abrir los ojos.

Oí la falsa voz de David junto a mi oído: «Cuenta hasta tres».

Me aparté el pelo de la cara. Estaba tiritando y, como ya era costumbre, no sabía si se debía al frío o al miedo. Tenía que ser lo primero; no podía ser tan cobarde.

«Uno…».

Los latidos de mi corazón repicaban en mis oídos y el viento parecía estar cantándome. Las lágrimas seguían empañando mis ojos, impidiéndome ver el paisaje que antaño me había parecido tan bonito. Ahora solo veía en blanco y negro.

Sentía que lo había perdido todo.

Había perdido la poca delgadez que una vez había tenido. Había perdido las ganas de quererme, las ganas de ver cómo todo cambiaba… Si alguna vez lo hacía. Había perdido a Clara, después de tanto tiempo juntas. Había perdido a Sofía antes incluso de darme cuenta de que quería conocerla. David no me volvería a ver igual, él tampoco sería el mismo. Y había perdido todo lo que quedaba de la antigua Sara. Ya no era nadie; estaba sola, desorientada, vacía.

En aquel instante solo podía pensar que todo estaría mejor sin mí. Que Clara no tendría nada de lo que preocuparse, Debra mantendría su secreto a salvo, David podría encontrar a alguien mejor. Nadie me necesitaba.

«Dos…».

Además, estaba sola en esto. En los últimos días me había dado cuenta de lo poco que importaba. Nadie notaría mi ausencia. Ya lo había aprendido con Sofía: a la gente solo le importas cuando estás muerta o a punto de estarlo.

Giré las piernas hacia el exterior y sentí el peso de mi cuerpo tirando hacia abajo. Estiré el cuello lo suficiente para echar una mirada a la calle. Quizás no debí hacerlo. Siete pisos más abajo se extendía una carretera silenciosa y gris, sin vida.

Podría ser la solución que Sofía y Lidia buscaron aquella noche. Mi forma de escapar.

Bastaría un momento de desequilibrio o un empujón torpe para acabar cayendo de la azotea, pero mis manos parecían reacias a soltarse. Era como si alguna fuerza me retuviera, intentando que conservara la vida.

Luego estaba la voz que me empujaba a dar un salto adelante. Un solo salto y todo terminaría. Llegaría la paz, la luz. No sentiría nada, no tendría por qué llorar más. Merecía desaparecer de una vez.

Estaba decidida. No quería vivir más, no así. No quería verme engordar, ver cómo solo conseguía dañar a la gente a la que quería. No me quedaba nada. Apreté los puños, respiré hondo. Cerré los ojos.

En aquel momento no pensé en lo que pasaría después. No pensé en las manos temblorosas de mi padre cogiendo el teléfono con la fatídica noticia, en el grito desgarrador de mi madre al conocerla, en los ojos vacíos y las noches en vela que iban a pasar. No pensé en que David jamás sería capaz de volver a amar a nadie, en que acabaría siguiendo mis pasos de lo culpable que se sentiría y perdería toda esa luz que llevaba dentro. No pensé en cómo la noticia rompería a Clara, que jamás se perdonaría haberme dado la espalda. No pensé en toda esa gente que me conocía ni en la familia que lloraría mi pérdida. En Debra, volviendo a abrirse la piel para intentar aliviar con dolor el dolor de no haberme seguido. En mi pequeña prima Victoria, dejando un dibujo suyo sobre mi tumba y preguntándose por qué me fui. En mis abuelos sin fuerzas para buscar una explicación. No pensé en esa vida que nunca viviría, ese marido que nunca me conocería, esos hijos que nunca tendría, esas ciudades que no vería, esa historia que no se escribiría.

«Tres».

—¡Sara!

Volví la cabeza hacia atrás a tiempo de ver cómo David entraba en aquel terrado con los ojos abiertos como platos.

—¿Qué haces aquí? —grité. Él dio dos pasos hacia delante—. ¡Para! ¡No te acerques!

Me hizo caso, aún incapaz de reaccionar. Tenía las manos extendidas en el aire, como si tratara de aferrarme. Todo su rostro mostraba una terrible expresión de terror y, por un momento, pensé que iba a desmoronarse ahí mismo.

—No me muevo —gritó para hacerse oír. Trató de sacar fuerzas para hablar de donde no las había—. Sara, por favor, no…

Me di cuenta de que sus manos temblaban, igual que las mías. Sus mejillas estaban surcadas de lágrimas, igual que las mías.

—No debería haber dicho eso. No quería decir eso, yo… —siguió sin parar a coger a aire. Le interrumpí antes de que continuara:

—David, ya no importa. No importa nada. Déjame sola, por favor.

—Tú importas. —Dio un paso hacia delante. La expresión de desolación no desaparecía de su rostro, a pesar de que intentaba parecer seguro—. Me importas, Sara, y no solo a mí. Tu vida todavía te pertenece. Puedes… Puedes superar todo esto, dejar este dolor atrás. Sé que puedes hacerlo. Déjame ayudarte.

Por un instante me sentí incapaz de volver la vista al borde del terrado. Aún sentía mis pies balanceándose en el aire, pidiéndome caer.

—David, no quiero molestarte más. No quiero preocuparte y…

—¿Cómo no voy a preocuparme, Sara? —Su voz se quebró al decir mi nombre. Se llevó una mano al pecho y se encorvó hacia delante, al tiempo que daba un paso más. Se movía como si fuera él quien estuviera al borde del abismo—. Eres mi amiga. Eres mucho… mucho más que eso. Por favor, confía en mí. Solo una última vez. Olvida todo lo que he dicho antes, me he dejado llevar por la rabia y he dicho cosas que no sentía. —«Quizás ahora te estás dejando llevar por el miedo y tampoco lo sientes», pensé—. Pero no mereces nada de esto, ¿me oyes? Ven conmigo. Podrás con esto, Sara. Por favor… No tienes por qué hacerlo…

—No tienes ni idea de lo que es estar viviendo cada día una pesadilla y no encontrar una manera de despertar. Estoy cansada de verlo todo negro. Estoy cansada de que vivir cada día se haga más duro, cansada de sentirme sola — dije con un hilo de voz—. Solo quiero descansar.

Una ráfaga de aire provocó que me tambaleara, y David dio dos zancadas más hacia delante. Si estiraba lo suficiente la mano llegaría a tocarme, pero yo no se la cogería.

—Por favor, déjame sola. —Le di la espalda, pero no fui capaz de mirar abajo. En su lugar, dejé salir aquellas últimas lágrimas. Aún me sorprendía que me quedaran.

Y, a pesar de mi decisión, no fui capaz de soltar las manos.

«Tienes a Sofía esperándote al otro lado, ¿a qué esperas? Ella por fin es feliz, ¿no? Y quizás en el Cielo estés delgada. O quizás ahí no te importe no estarlo. Quizás no haya nada, quizás todo siga siendo negro, quizás…».

Volví la cabeza al darme cuenta de que David se había sentado a mi lado, con las piernas colgando sobre el vacío y la mirada clavada en la carretera de abajo. El aire mecía su flequillo, rubio ceniza, que parecía haberse aclarado en contraste con el gris del cielo que quedaba detrás.

—¿Qué estás haciendo? —dije siendo todavía más consciente del temblor de mi cuerpo. No quería oír la respuesta.

Él ni siquiera se volvió para mirarme.

—No voy a dejarte sola.

Con cuidado, se atrevió a soltar una de sus manos para colocarla sobre la mía. Tenía la piel fría y estaba temblando.

—¿Quieres acabar con todo esto? —dijo—. Adelante, pero no me dejes atrás. No podría vivir con ello.

Busqué su mirada, pero él se negaba a volverse. Noté la desesperación subiendo por mi garganta:

—No. No puedes hacer esto.

—¿Por qué?

—Tienes…, tienes que vivir. Tienes que hacerlo. Tienes mucho por delante; tus padres ni siquiera saben que estás aquí, no puedes simplemente… desaparecer.

—¿Y por qué tú sí?

Antes de que me diera cuenta mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas.

—No puedo seguir aquí.

—Sí que puedes. Tú decides, Sara. Pero hagas lo que hagas, lo haremos juntos. —Se atrevió a sonreírme; nunca había visto una sonrisa tan rota—. No pienso dejarte sola.

«Él no, él no, él no», se repetía en mi cabeza, superando por primera vez a los mil «gorda» a los que me había acostumbrado. Pelearme con la comida me parecía absurdo comparado con el dolor de arrebatar a David de aquel mundo.

—No me puedes hacer esto…

—Solo quiero que entiendas lo que es tener lo que más te importa al borde de un terrado, Sara. —Él también estaba llorando—. Por favor, perdóname. Volvamos a casa.

Y cuando dijo «casa» pensé en los brazos de mi madre, en la forma en la que me acariciaba el pelo las noches que no podía dormir. Pensé en las tardes en las que zampaba rollitos de canela sin preocuparme, y los ataques de risa que acababan con dolor en el estómago. Aquellos días en los que no me importaba pasar la tarde tumbada, leyendo en mi habitación, esperando con impaciencia que llegaran Clara y David para salir a dar una vuelta. Los viajes en coche con las ventanillas bajadas, la música a todo volumen y mi voz cantando sin importar quién la oyera. Pensé en la calidez de los besos de David; en la sonrisa que una vez me devolvió el espejo, cuando me centraba más en la forma bonita de mi pelo o el moreno de mi piel, en lugar de en la grasa de mi estómago.

Quizás tenía que dar un paso atrás. Darme una última oportunidad.

Con más agilidad de la que esperaba, me bajé y me dejé caer de rodillas al suelo. David no tardó en rodearme con los brazos, abrazándome como si temiera que aún pudiera caerme.

Solo entonces fui realmente consciente de todo lo que acababa de suceder. Me pareció volver a vivirlo todo en tercera persona: la soledad del parque, mis llantos, la casa de David, mi desesperación, la huida, el dolor, el terrado, mi decisión, mi templanza. Iba a acabar con todo, a borrarme del mapa como si jamás hubiera estado ahí.

Y, aunque aún sintiera aquel vacío en el pecho, no era la hora de marcharme.

 

—¿Podemos hacer como si nada de esto hubiera pasado?

—Ha pasado, Sara.

—No debería haberlo hecho.

—No debería haberte gritado así.

—Quizás sí que necesite ayuda y… Sé que he elegido siempre el camino fácil. Tenías razón. Solo que ese camino tampoco era fácil para mí, pero lo contrario me parecía impensable. Y… no quería ser una cobarde.

—No lo eres. Sigues aquí.

—Sigo atrapada.

—Ya te lo he dicho: es tu decisión salvarte. Y hoy lo has hecho…

—No, has sido tú. Si no hubieras subido al terrado, yo…

—Sara, no he hecho nada. Quiero que lo entiendas. No soy tu salvavidas. Solo…, solo te recuerdo lo que tu cabeza a veces olvida. Pero quien toma las decisiones eres tú, quien decide quedarse eres tú. Si hubieras querido morir, yo no habría podido pararte.

—Pero de verdad quería hacerlo. Yo… No sé lo que estaba pensando. No quiero volver a pensarlo.

—¿Ves cómo has sido valiente? Has vuelto. La fuerza la has sacado tú. Por eso confío en que seguirás haciéndolo.

—Voy a intentarlo, ¿sabes? Recuperarme. No me queda otra, en realidad… Aunque a veces pienso que no tengo nada de lo que recuperarme, que todo son tonterías mías.

—Las tonterías no llevan a nadie a una cornisa.

Silencio.

—Siento mucho haberte hecho pasar por todo esto.

—No lo sientas, no es culpa tuya. Cuando quieres a alguien te expones a que te hagan daño. Lo has oído mil veces porque es cierto, por muy triste que suene. Puede que te rompan el corazón, o puede que se lo rompas tú a ellos y no seas capaz de perdonártelo nunca. Lo primero es un riesgo, lo segundo es una carga. Pero tanto el riesgo como la carga son alas, ¿entiendes? Son un peso en nuestra espalda, sí, pero un peso que nos eleva. Un peso que merece la pena soportar. No cambiaría quererte por nada, Sara.

Más silencio.

—Gracias por quedarte conmigo.

—Gracias a ti por quedarte.