Seré frágil
Capítulo ventiuno
La primera noche fue la peor de todas.
Me quedé dormida sin darme cuenta, con los restos del cuaderno de Sofía entre mis manos. Mi madre me despertó cuando el cielo ya se había oscurecido y a través de mi ventana no se veían más que las estrellas. Su sonrisa logró animarme, y por un momento olvidé lo que pretendía. Me ayudó a sentarme en la cama, con las piernas estiradas y la espalda algo encorvada. Aún estaba mareada y me veía incapaz de andar, pero mi madre se alegró de que al menos pudiera quedarme sentada.
Luego me dio la espalda y cogió una bandeja que había dejado antes sobre la cómoda. La puso encima de mis rodillas y se sentó a mi lado.
Tuve que esforzarme por aparentar que todo iba bien, que los labios no me temblaban y que mis ojos no amenazaban con llorar.
La cena que hace un año me habría entusiasmado, ahora hacía que la ansiedad me embargara, que mil voces despertaran y gritaran al mismo tiempo.
No era nada del otro mundo: un vaso con agua, una tortilla francesa y cuatro lonchas de queso. Mi cabeza fue más rápida que yo calculando las calorías, y el número me pareció tan grande que me entraron ganas de apartar la bandeja de un manotazo. Pero mi madre no se movía, y algo me decía que iba a quedarse conmigo una hora si hacía falta.
Fue la primera vez que comer me hizo daño. Mi madre me metía la comida en la boca como a una niña pequeña, como si yo no fuera capaz. Pero es que, en realidad, no lo era. Apretaba la mandíbula cada vez que tragaba, creyendo que era veneno. Me daba la sensación de que podía sentir cómo cada trozo caía por mi garganta y llegaba hasta el estómago, que se hinchaba sin que yo pudiera evitarlo. Notaba la grasa acumulándose en mi tripa. Sentía que cada mordisco eran cien gramos más, y solo de pensarlo me daban ganas de romper a llorar.
Pero no lo hice. Intenté seguir el hilo de la conversación, asintiendo de vez en cuando e intercambiando algunas palabras, pero la mayor parte del tiempo era mi madre la que hablaba. Yo fingía escucharla, igual que fingía no estar viviendo un calvario.
No podía hacer otra cosa que no fuera tragar y aguantar el llanto.
La tortilla se acabó. Miré el plato, vacío, y sentí todos esos números dentro de mí. Números que se reflejarían después en la báscula, en mi odio, en mi humor. Mi madre me tendió un trozo de queso y aparté la cara automáticamente, mordiéndome el labio.
Ella levantó una ceja, extrañada.
—Sara, ¿pasa algo? —me preguntó todavía con la comida frente a mi boca.
—Es que no puedo más —contesté. La voz me temblaba y crucé los dedos para que pensara que era a causa de los mareos—. No tengo hambre.
—Solo te has tomado la tortilla…
—Pero es que tengo el estómago cerrado, mamá —insistí—. Debe de ser un virus o algo.
Suspiró y se dio por vencida.
—Bueno… Si en unos días no te encuentras mejor llamaré al médico. — Me puso una mano en la frente, como ya se había vuelto costumbre, para asegurarse de que no tenía fiebre. Después me acarició la mejilla, cogió la bandeja y se levantó—. Si luego tienes más hambre, me avisas.
Asentí con la cabeza.
Me desplomé contra la almohada en el instante en el que oí la puerta cerrarse tras mi madre. La habitación se quedó vacía, en un silencio solo interrumpido por el aullido del aire al otro lado de la ventana.
Ahora venía la peor parte: la culpabilidad. Me mordí el labio tan fuerte que acabé por hacerlo sangrar. Me erguí y puse los pies sobre el frío suelo, dispuesta a quemar toda esa maldita cena aunque tuviera que pasarme la noche haciendo ejercicio. Pero nada más ponerme en pie sentí que la habitación empezaba a girar, que perdía el equilibrio, y caí de nuevo sobre la cama. Grité de rabia. Pegué un puñetazo fuerte al colchón, y después esos golpes fueron contra mi abdomen, con la esperanza de que el dolor adelgazara.
Lágrimas de impotencia surcaron mis mejillas. Me sentía débil, estúpida, gorda. Quería golpearme hasta quedarme sin aire, llorar hasta que saliera sangre.
Al poco tiempo, cuando me sentí sin fuerzas para alzar el puño de nuevo, alcancé con el brazo los folios que componían el diario de Sofía. Estaba jadeando y me costaba leer bien. Sin embargo, pensé que ella me tranquilizaría un poco. Quizás me daba ideas para salir de esta.
Pero, en lugar de eso, me encontré con una respuesta que había dejado de buscar hacía mucho tiempo. Con algo que nunca habría esperado.
El diario se acercaba a su fin; la siguiente entrada estaba escrita un mes antes de su muerte.
Odiado diario:
Hoy he caído en la cuenta de que ya ha pasado mucho tiempo desde el
inicio del curso. Pensaba que en este instituto todo cambiaría, que podría ser otra persona y empezar de cero. Pero nada ha salido como esperaba. Aquí nadie me odia, es verdad, pero tampoco me quieren.
En realidad ni me conocen ni quieren hacerlo.
Si preguntara a todos mis compañeros cómo me llamo, solo la mitad sabría
responderme. Y seguramente sería por las pocas veces que el profesor ha dicho mi nombre en clase.
No es mi culpa. Yo intento hacer amigos, pero… Todos acaban alejándose de
mí, como si vieran que hay algo que no encaja, algo que no es normal.
No lo entiendo. En otra época, Rebeca habría jurado que yo era preciosa,
inteligente, guapa, que los chicos se quedaban embobados mirándome. Sin embargo, ahora que voy a una clase mixta, veo que ellos apartan la mirada con repugnancia al verme.
No me extraña que les dé asco, con lo gorda que estoy. Y, aunque la gente no quiere saber quién soy, yo sí que intento saber
quiénes son ellos; con quién debería juntarme y con quién no. Siempre he tenido el don de escuchar y observar en silencio. Es algo que se me da bien. Callar, clasificar la información, entender el lenguaje no verbal, los gestos, las miradas, y así conocer a las personas. Es una técnica que aprendí hace unos meses, ya que, al final, pasar tanto tiempo comparándome con los demás tiene sus consecuencias.
Esta clase está dividida en «grupos», igual que en mi antiguo colegio. Ahora
que he crecido, me parece la mayor estupidez del mundo. Admito que en mis tiempos el grupo que formaba con Lidia, Cris, Valeria y Rebeca era totalmente cerrado, pero no lo creamos a propósito. Quiero decir, fueron unas amistades fortuitas que se fueron consolidando. Éramos muy distintas las unas de las otras y sin embargo…
Sin embargo estuvimos ahí hasta que todo se volvió negro.
Pero esto es distinto. Es tan estúpido… Nada más llegar te fichan: si te ven
como una «empollona» te mandarán y marginarán con ese grupo, si tienes aires de liderazgo serás «popular»… Ni siquiera se esfuerzan en conocerte, y no te aceptan si no eres como ellos. Además, la gente le da demasiada importancia. He llegado a ver a niñas pequeñas llorando porque no forman parte del grupo de las más populares o vete tú a saber qué.
Lo bueno de esto es que es fácil diferenciar a las personas que merecen la
pena. Voy a hablar de dos. Una se llama Celia. No sé su apellido, no lo recuerdo, pero sé que es una chica que no destaca mucho. No a los ojos de los demás. Los suyos son muy azules, y tiene el pelo oscuro. Parece tímida y le cambia la voz cuando habla en clase. La he visto pasar mucho tiempo con su amiga, Andrea. Suele ir solo con ella, pero cambia muchísimo: se vuelve más abierta, más alegre, siempre sonriendo y poniendo caras raras. Andrea siempre ríe más cuando está con ella, aunque luego parezca que se siente mal, como si no pudiera devolverle el favor. Porque parece que Celia no se siente del todo a gusto en su piel, por mucho que le encante bromear y hacerse fotos tontas. Y Andrea ya no sabe qué hacer para cambiarlo. Aun así, lo suyo es una de esas amistades que parecen milagros. Sé que la una y la otra están recordándose día sí y día también que lo bello todavía existe, que cada día vuelve a amanecer, que hay futuros por los que merece la pena luchar.
La segunda chica es distinta. Es una de esas que cuesta ver, que se funden
en la multitud, pero que yo sé que son… especiales. De esta sí que recuerdo el apellido; se llama Sara. Sara Soler.
Ahogué una exclamación. Sentí que el corazón empezaba a latirme todavía más rápido. Había pasado tanto tiempo leyendo acerca de la vida pasada de Sofía, que encontrarme entre sus páginas ahora se me hacía extraño. Más cuando en aquella época yo apenas sabía quién era ella. La solía llamar «la pelirroja de la última fila» hasta que me aprendí su nombre. Quién me lo iba a decir.
Pasé la página para seguir leyendo, notando cómo un escalofrío me recorría la espalda.
Ella es diferente. Lo supe en el momento en el que la vi, porque parecía
invisible para todo el mundo excepto para mí. En ocasiones siento que hay personas que brillan más que otras, y no son precisamente las que están siempre bajo los focos. No sabría decirte qué fue lo que vi en Sara… Normalidad. Sí, quizás eso. Una pacífica y armoniosa normalidad, una vida llena por delante. Vi cómo mira a sus amigos, cómo los quiere. Vi cómo lee libros y poemas a escondidas, cuando nadie la mira, y cómo pierde el bus aposta para pasear un rato con música de fondo. Vi cómo saludaba a un gatito perdido una tarde después de clase, cómo le hablaba y cómo sonreía y les sacaba la lengua a los niños del barrio. Lamentablemente, también la he visto mirarse al espejo en el baño de las chicas, poner una mueca y darse la vuelta. Entonces es cuando me lleno de rabia.
Otra chica con complejos. Otra víctima más. ¿No puede nadie quererse hoy
en día? ¿Por qué ella no ve lo que yo veo, sin apenas conocerla? Si supiera lo bella que se hace ver, en realidad… Si ella lo supiera se comería el mundo.
Me pregunto si alguna vez alguien pensó eso de mí. Me pregunto si antes yo
era bella y tampoco lo veía. No esa «belleza» de las modelos ni la que prometen los anuncios, no esa de las chicas que dejan a los hombres babeando detrás a su paso, no. La verdadera belleza, esa que te embarga al ver a una chica que destila vida por los cuatro costados.
He pensado que quizás podría hacer algo para que Sara y Celia se vieran
como realmente son. Ser una heroína anónima por una vez.
Voy a escribirles cartas. Voy a intentar convertirlas en palabras. En
realidad tengo que pensarlas mucho y escoger palabras que ellas crean, no solo un «eres preciosa» que borrarán de su memoria a los pocos días; como todo lo escrito en la arena, que enseguida se llevan las olas. Quiero creer que llegará el día en que amanezca y ellas se descubran, por dentro y por fuera. Porque personas como ellas son vida y son magia.
¿Sabes lo que más miedo me da, diario? Aparte de engordar, las calorías,
la comida, el descanso, el reflejo y el plato, claro. Eso tú ya lo sabes. Me da miedo que, con la poca memoria que tengo, se me olvide escribírselas. O lo que es más probable: dárselas. Te parecerá una tontería, pero temo echarme atrás. Quiero hacer algo bueno por alguien por una vez, aunque sea algo muy pequeño. Y, con la memoria que tengo y lo estúpidamente vaga que soy, acabaré retrasándolo como no me lo recuerde… Mi madre siempre dice que se hace notas para todo, se las pone en los sitios que frecuenta y así recuerda las cosas importantes. Yo voy a hacer lo mismo. Dentro de unas semanas, supongo, dejaré millones de notitas con «Celia ¿…?» y «Sara Soler» sueltas por mi habitación. Verlo en todos sitios me hará recordarlo, ¿no? Sus nombres en todas partes.
Celia.
Celia.
Celia.
Sara Soler.
Sara Soler.
Sara Soler.
Así veinte veces más.
…
Parece que esté loca.
Bueno, ¿parece? Soy una persona que cada día se odia un poco más, que
no quiere hacer daño a los demás pero cada noche desea ver su sangre, que quiere ser puro hueso, que solo anhela desaparecer, que escucha música triste y dibuja cosas tenebrosas. Una persona así está loca, definitivamente.
Estoy loca, de verdad. De psiquiátrico. ¿Y por qué nadie se da cuenta?
Ahí acababa aquel día.
Aparté el diario con un suspiro, lo dejé reposar sobre mi barriga y esperé que toda aquella información nueva llegara a mi mente. Tardé un tiempo en atar cabos. Y la primera conclusión a la que llegué fue la más sorprendente y quizás la más dolorosa de todas: aquel diario nunca había sido para mí.
Sofía no quería que lo leyera. No quería que la conociera, ni que la descubriera; yo no entraba en sus planes. Aquella nota sobre el diario había sido un pequeño recordatorio de la carta que nunca me escribió. Las demás debieron de volar. O quizás no había más notas, y Celia ya había recibido su carta. En definitiva, todo había sido una confusión de sus padres: ellos pensaron que mi nombre sobre el cuaderno significaba que era un regalo, cuando en realidad había sido solo pura coincidencia.
De pronto me sentí una intrusa, y todavía más culpable. Estaba inmersa en los recuerdos de Sofía sin su permiso, hasta acabar viviendo su vida. Creía que ella era mi amiga, pero aquello lo ponía en duda. En ningún momento quiso que tuviera su diario.
¿Qué pensaría ahora si me viera?
Ya era tarde. Apenas quedaban escritas un par de hojas más y luego, folios en blanco que nunca podría rellenar. El daño ya estaba hecho.
Los siguientes días fueron tan duros como el primero. Los mareos continuaron, pero nunca llegué a desmayarme, ya que mi madre supervisaba todas las comidas. Y la excusa de «no tengo más hambre» ya no le servía. Comía, mi mente me castigaba por ello y, en un intento de acallarla, pasaba la mayor parte del tiempo dormida. Al menos el insomnio había decidido darme unos días de vacaciones, pero con su marcha no llegaban más que pesadillas.
Una de aquellas noches me desperté agitada, con el pulso acelerado y la frente empapada en sudor. Me aparté las sábanas como buenamente pude, presa del calor. En aquel momento, la oscuridad de la habitación se vio interrumpida por el surco de luz que creó mi madre al entrar por la puerta. Llevaba una taza entre las manos.
—Sara, estabas gritando. —Se acercó a mi cama—. ¿Estás bien?
—Sí, sí… Era solo una pesadilla. Ni siquiera la recuerdo.
Me incorporé sobre el colchón, apoyándome en los codos. Mi madre inclinó la cabeza y me acarició la mejilla. Mis ojos todavía no se habían acostumbrado a la oscuridad y me costaba distinguir la expresión de su cara.
—Era lo que temía —susurró como si realmente hubiera alguien dormido en aquella habitación—. Por suerte te he traído el remedio de siempre: leche con cacao. —Dejó la taza sobre la mesita de noche, con una sonrisa—. ¿Quieres que te traiga galletas?
—No. Tengo el estómago cerrado a estas horas.
—Bueno, yo te dejo la leche ahí por si…
—No hace falta, llévatela —contesté quizás con demasiada brusquedad.
Alejé la taza unos centímetros de mí, como si tuviera vida y fuera capaz de volverse contra mí en cuanto me diera la vuelta. No quería ni verla.
—¿Estás segura, cariño? Siempre te ha gustado tomarte algo antes de dormir, y ya sabes lo bien que sienta la leche calentita a estas horas.
—Que no quiero nada, mamá.
—Lo he entendido. —Endureció su mirada y sus labios se convirtieron en una fina línea—. Pero te la voy a dejar por si vuelves a despertarte. La última vez te vino muy bien.
La última vez mis pesadillas me habían mostrado a Sofía muerta, no un sesenta en la báscula. La última vez había tomado aquella taza sin preocupación porque no la había asociado con números de tres cifras. Ni con gramos de más. La última vez no me había importado sentir el estómago lleno, cuando ahora esa era la causa de mis malos sueños. Habían pasado muchas cosas desde aquella vez.
—He dicho que no —insistí. Volví a empujar la taza.
—Sara, no seas cabezota. —Cogió la maldita leche y me la acercó a la cara, provocando un rugido en mi estómago—. Solo tómate un sorbito y ya está. Te sentará bien, hazme caso.
—¡Que no, joder! —Aparté la taza de un manotazo, y en un segundo toda la leche cayó sobre las sábanas. Mi madre se quedó inmóvil, con las manos en alto y la boca abierta. Tenía el camisón salpicado.
Respiró profundamente, haciendo tiempo para averiguar el porqué de mi comportamiento. Su silencio me dolió más que cualquier regañina.
—Lo… Lo siento —titubeé, consciente de lo que había hecho—. No quería…
—Déjalo —me interrumpió—. No querías tomarte la leche, ya lo he visto. Buenas noches, Sara.
Se levantó y se dio la vuelta sin dirigirme la mirada.
Aquel tazón de leche y la dureza de sus palabras me arruinaron la noche.
La pesadilla no terminó cuando desperté. Vista mi reacción, mi madre aumentó todavía más su vigilancia, aunque siempre manteniendo las distancias. No quería que volviera a ponerme así de nerviosa, pero tampoco iba a dejar que me saltara ni una sola comida. No necesitaba que hablara para saber todo eso. Su silencio dolía más, y ella lo sabía.
Aquellos días pidió permiso para no ir a trabajar y se quedó cuidándome. Torturándome, más bien: me hacía comer cada comida, tragar cada bocado. No tenía manera de escapar, encerrada en aquel cuerpo tan agotado que no era ni siquiera capaz de levantarse de la cama. Tan asqueroso que solo sabía engordar.
Mi madre no parecía entender el idioma de mis miradas:
«¿No te das cuenta de lo duro que es para mí?».
«No me parece que tenga buena pinta, deja de insistir».
«No quiero más comida en el plato, deja de preguntar».
«No tengo más hambre, deja de sospechar».
«Sé que lo haces con buena intención, mamá, pero tu pequeña no puede seguir siendo una gorda toda la vida».
Al cuarto día ya me empecé a encontrar mejor. Mi cara volvía a tener un poco de color y era capaz de quedarme sentada durante horas. Aun así, me horrorizaba pensar en el número que aparecería en la báscula si se me ocurría volver a subirme a ella.
Agradecí ser capaz de andar otra vez sin cansarme, estar de pie sin que todo diera vueltas, que el dolor de cabeza cesara. Sin embargo, no pude moverme mucho porque mi madre seguía al acecho, insistiendo en que descansara todo lo que hiciera falta.
Al final conseguí convencerla para que todo regresara a la normalidad y poder volver al instituto al día siguiente. Aunque con una condición.
—De acuerdo pero antes voy a llamar al tío Antonio, ¿te parece? —me dijo con el teléfono ya en la mano.
—¿Por qué?
—Ya sabes, es el médico de la familia. —Empezó a marcar su número—. Quiero que te haga un análisis de sangre para asegurarme de que todo va bien. No vaya a ser que tengas anemia o qué sé yo…
Alcé los ojos al cielo.
—Mamá, no te preocupes, ya estoy bien.
Pero aquello no evitó que mi tío apareciera horas más tarde.
Con el tiempo me di cuenta de que esa llamada ayudó a salvarme la vida. Aunque en aquel momento no fuera capaz de verlo y viviera ignorando todo el tormento que le sucedería.
Mi tío llegó, me dijo que estos días en cama me habían dejado mala cara —«y kilos de más» pensé—, tuvimos una conversación superficial y me sacó sangre en apenas un par de minutos. Las agujas no me asustaban, aunque la sangre sí lo hacía. Era consciente de que el dolor del pinchazo era momentáneo, y que al menos con aquel análisis mi madre estaría tranquila y feliz al ver que no me pasaba nada. Solo por eso merecía la pena.
Qué equivocada estaba.