Seré frágil

Beatriz Esteban · Capítulo 14 de 30

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Seré frágil

Capítulo doce

Llegó el día que tanto temía y que tanto había ansiado tiempo atrás. Nochebuena, 24 de diciembre. Día de regalos, familia, sonrisas… Comida.

 

Como todos los años, tocaba ir a cenar a casa de mis abuelos, en la ciudad. Iban a estar mis tíos, mis primos pequeños y el resto de la familia. Hasta el perro del tío Antonio.

Mi madre me había obligado a ponerme un vestido de colores oscuros, a arreglarme el pelo y maquillarme —como si se tratara de una boda—. Aunque odiaba tener que llevar falda, vestido o cualquier prenda que dejara ver mis piernas, no me quejé al darme cuenta de que, al menos, el color de la ropa me hacía parecer más delgada. Solo parecerlo. Aún no lo era.

Había estado todo el día temiendo que llegara la noche, temiendo descontrolarme en la cena. No había comido más que un plato de pasta a la hora de comer, y me había pasado la mañana buscando ejercicios que hacer en internet, encerrada en mi cuarto. Pero seguía teniendo miedo. No quería que el hambre me venciera, quería ser yo más fuerte.

No lo fui.

Llegamos a casa de mis abuelos a las siete y media. La velada empezó bien, con un «¡Sara, cuánto tiempo! Te veo más delgada. ¿Has crecido?» por parte de mi tía, que me sacó una sonrisa mientras yo lo negaba. El árbol de Navidad estaba colocado en medio del salón, con la reluciente estrella en su punta. Victoria y Pablo, mis primos pequeños, estiraban las manos para colocar los últimos adornos. Sin embargo, mi mirada estaba fija en la mesa, ya preparada, con bandejas llenas de bombones y tentaciones. Intenté distraerme y me puse a jugar con mis primos. Pero el mismo pensamiento se repetía en mi cabeza, una y otra vez: «Contrólate, gorda; no comas de más, contrólate, contrólate, contrólate, ¡contrólate!».

Llegó la hora de la cena. Como era costumbre, mi sitio estaba en la esquina junto a mis primos. Años atrás habría tenido la compañía de mi primo mayor, pero ahora que había empezado la universidad apenas tenía tiempo para nada, y menos para una cena en la que cada año aumentaban los asientos vacíos. Deseé poder ser él. Poder poner cualquier excusa y no venir.

El primer plato fue sopa. Recordé la caligrafía de Sofía: 120. Estuve dándoles vueltas a los fideos con la cuchara, dudando, hasta que las tripas me rugieron y terminé por tomarla. Cerré los ojos con fuerza y traté de concienciarme, masticando despacio.

No pasaba nada. Solo eran ciento veinte. Solo, ya está, esa sería mi cena.

Sirvieron el segundo plato: las croquetas de jamón que mi abuela hacía cada Navidad. Me encantaban, pero aquel año no podía permitírmelas. Mis primos fueron los primeros en servirse unas cuantas croquetas en el plato. Yo cogí el móvil para intentar distraerme.

—Sara —oí que me llamaban. Era Victoria. Estaba sentada a mi lado, mirándome preocupada. Todo lo preocupada que una niña de siete años puede estar—. ¿Quieres croquetas?

—No, gracias, ahora no tengo hambre. —Me creyó.

Y así, veinte minutos después, acabó la cena.

Misión cumplida.

O eso creía.

Me escabullí de la mesa antes de que a alguien le diera tiempo de soltar un comentario. Aunque, en realidad, todos habían estado demasiado absortos en sus conversaciones como para fijarse en mí. Tenían que ponerse al día, y yo me hubiera unido a ellos si no fuera por el caos que reinaba en mi cabeza.

Todo empeoró al acercarse las doce de la noche. La familia al completo estaba en el salón, así que decidí irme a otro lado. Y, muy a mi pesar, acabé en la cocina, porque seguía teniendo hambre. Por mucho que intentara engañar a mi cabeza, a mi cuerpo no le podía mentir.

Había una bandeja llena de galletas hechas por mi abuela. Con pepitas de chocolate, recién sacadas del horno. Me humedecí los labios, recordando la suave textura de la masa, el sabor del chocolate aún caliente derritiéndose en mi lengua, mordisco a mordisco.

Pensé que me merecía al menos una galleta. Solo una.

La devoré en apenas un minuto, dejando que el hambre me controlara. Atrás quedaron esos «contrólate, gorda», ahogados bajo los gritos de mi cabeza. No llegué a saborearla y apenas la mastiqué. Solo tragaba. Solo quería comerla.

Después, inconscientemente, alargué la mano para coger otra. Y luego otra. Y otra.

Sin pensar. Sin pararme.

No era dueña de mi cuerpo ni de mi hambre; me volví una autómata que se llenaba las manos de galletas, una detrás de otra. Mis brazos realizaban el mismo camino una y otra vez, de la bandeja a la boca, y yo no podía hacer más que observarlo. Parecía que vivía aquel momento en tercera persona y, sin embargo, era mi estómago el que estaba lleno.

Poco a poco, fui testigo de cómo todas las galletas desaparecían. Cada vez quedaban menos, pero no podía parar. Por más que quisiera, no podía.

Ya ni siquiera sentía apetito, solo rabia, pero no sabía cuándo iba a poder volver a comer algo así. No sabía cuándo tendría la oportunidad de volver a sentir mi estómago lleno, o cuánto tiempo pasaría hasta que tomara un dulce otra vez. De todas formas, si había comido ya diez, ¿qué más daba una más? Ya estaba gorda, ya era una foca, ya no podía hacer nada para remediarlo. Estaría gorda comiendo cinco, diez o veinte galletas.

Media hora más tarde, Victoria me encontró llorando sobre la repisa de la cocina, con una bandeja vacía al lado y migas esparcidas alrededor de la mesa.

Echó a correr sin decir nada. Supongo que la sonrisa que forcé después sirvió para que ella mantuviera la boca cerrada delante de los adultos.

Llena de impotencia, me froté los ojos con un brazo y salí de la cocina con los puños cerrados. Me sentía pesada, gorda, asquerosa. A cada paso que daba aumentaban las náuseas. Era una estúpida sin un ápice de control. Hasta mi prima pequeña había comido menos que yo; todos lo habían hecho. Yo era la gorda en aquella casa.

Aguanté las lágrimas y, aprovechando que todos estaban ocupados, me encerré en el cuarto de baño.

Abrí el grifo y dejé que el agua corriera e inundara de ruido aquel silencio. Permití que las lágrimas bañaran mis mejillas. Me agaché frente al retrete, odiándome, queriendo castigarme. Metí los dedos en mi garganta, esperando que fuera tan fácil como me había parecido en el diario de Sofía.

Pero no lo era. Ni una arcada. Mucha angustia, mucho odio, pero nada más.

Volví a romperme y me dejé caer al suelo, sintiendo mi estómago cada vez más pesado y aquellos horribles pensamientos cada vez más fuertes. Estaba gorda. Estaba y siempre estaría gorda. No servía ni para vomitar; ni siquiera era capaz de hacer eso bien.

Me apoyé sobre mi brazo para seguir llorando, intentando que el agua enmudeciera mis llantos.

Un año antes jamás habría pensado que mi Nochebuena acabaría así.

A la mañana siguiente hice lo último que debería haber hecho: pesarme. Agarré mi pequeña libreta, donde cada día apuntaba el número que aquella máquina me mostraba. Me acercaba a ella con la misma aprensión con la que Blancanieves se acercaría al espejo de su madrastra. El mío también parecía estar maldito.

Me quité el pijama, me descalcé, subí a la báscula, y por poco no me rompí los nudillos al golpear con el puño la pared.

Cincuenta kilos y quinientos gramos. Otra vez.

Me sentía un fracaso. Todo el esfuerzo de aquellas semanas no había servido para nada, y todo por culpa de una noche de descontrol.

Me vestí con ropa de deporte, sin dedicarle ni una sola mirada a mi cuerpo, y salí de casa. Empecé a correr, decidida a no parar hasta que mis piernas no pudieran resistir más. Lo que hacía no era suficiente, no servía de nada.

Tenía que hacer más. Ir cada vez más rápido. Hacer más ejercicio, comer todavía menos. Esos cuarenta y ocho tenían que ser míos.

A partir de aquel momento, no hubo un día en el que no bajara a comer con la chaqueta puesta. Me colocaba un papel sobre los muslos, fingía masticar y dejaba la comida caer mientras mis padres hablaban. Luego pasaba a los bolsillos, y de ahí, a la basura.

Mejor ahí que en mi cuerpo.

Era necesario. Apenas podía soportar mirarme al espejo. Las tardes de ejercicio no servían de nada. Daba igual que acabara sudando, porque, si luego caía en la tentación de comer una sola galleta, todo el esfuerzo se iba a la mierda. Tenía que hacer más, más, cada vez más.

Por desgracia, descubrí lo que eran las calorías. Decidí limitarme las que ingería cada día, empecé a mirar los envases de todo, a aprenderme de memoria el valor nutricional de cada alimento que rozara mis labios, sin ni siquiera proponérmelo.

Entré en el nuevo año viendo números en vez de comida. Y leyendo a Sofía, porque ella siempre estaba ahí.

 

Odiado diario:

Un día más. Me he levantado y pesaba 45,800 kilos. Ya he llegado a 45. Eso

era lo que quería, ¿verdad? Pero me siento decepcionada, porque todavía no es suficiente. Sigo estando gorda. Me da igual lo que diga mi madre, lo que digan los demás, ellos no me ven, ellos no ven toda esa maldita grasa. ¡Se suponía que con 45 kilos ya no existiría! ¿No estoy en un supuesto peso bajo? ¿Por qué entonces estoy tan sumamente gorda?

Ah, espera. Es la voz de la enfermedad, ¿verdad? Otra vez haciéndome ver

y creer cosas que no son. La misma voz que me dice que he comido demasiado. Que nadie me quiere. Que no valgo nada. Que ni me esfuerce en recuperarme, porque merezco estar muerta.

Esa voz que no me atrevo a nombrar. Hasta me cuesta escribirlo. Anorexia.

Maldito el día en que llegaste, maldito el día en que te me llevaste. Ahora

ya no soy Sofía, ya no sé quién soy, no me reconozco. Mintiendo, engañando, destruyendo, escondiendo, pensando siempre en lo mismo. Tienes mi razón secuestrada.

Me has vuelto una enferma.

 

La noche que leí aquella entrada del diario no pude evitar romper a llorar. Me di cuenta de que, al fin y al cabo, Sofía no era la única enferma. Ella lo decía: mentía, escondía, pensaba siempre en comida. Y yo estaba haciendo lo mismo.

Me estaba volviendo un monstruo, estaba dejando de ser Sara.

Todo por su culpa, por culpa de ese maldito diario.

Intenté apartar esas ideas de mi cabeza. No, yo no necesitaba la ayuda de nadie. No estaba enferma: no vomitaba, no estaba delgada, no había pasado ni un solo día sin comer. Nadie me creería.

Ni siquiera yo me creía.

La vuelta de vacaciones siempre era extraña. La gente se alegraba de volver a ver a sus compañeros, pero se quejaban solo de pensar en lo mucho que tenían todavía por delante. Estudios, exámenes, clases que se hacían eternas, notas y deberes.

Clara me abrazó al verme, consiguiendo sacarme una sonrisa. Juntas fuimos hasta la clase, de nuevo, como si la Navidad hubiera empezado ayer. Por el pasillo me encontré con David. Había quedado con él un par de veces aquellas vacaciones, así que apenas habíamos tenido tiempo de echarnos de menos. Pero agradecía poder verlo todos los días a partir de entonces. Le necesitaba, igual que a Clara. Si no fuera por ellos, sentiría que ya no me quedaba nada.

Se puso al lado de Clara, la saludó y le pasó una mano por el brazo. A mí me dirigió una mirada que decía más que cualquier palabra. Hablaba de nervios, de miedo, de amor y de esperanza. Hablaba de todo lo que escondía a los ojos de los demás. Nos pusimos los tres al día antes de que sonara el timbre y tuviésemos que separarnos; él a su clase y Clara y yo a la nuestra.

Nos sentamos en la penúltima fila, en la esquina izquierda, como siempre. Clara me narró sus vacaciones, cómo se había ido otra vez con su padre a esquiar y lo agotada que estaba, aunque guardaba fuerzas para rematar el esquí en Valdenares. Yo preferí no contarle las mías.

El profesor, con la misma cara de cansancio que un mes antes, entró en el aula acompañado de una chica a la que guio hasta la tarima. Tenía los hombros anchos, las piernas firmes y las manos toscas, con los puños cerrados. El pelo, castaño claro, debía de llegarle por los hombros, aunque lo llevaba recogido en una coleta. Las líneas rectas de su nariz y mandíbula hacían que su rostro recordara a aquellos bustos antiguos tallados en madera. Su expresión no ayudaba a suavizar sus rasgos: miraba a sus nuevos compañeros semicerrando los ojos y con los labios fruncidos. Parecía que estuviera defendiéndose de un ataque que no iba a llegar. A su lado, el profesor empequeñecía, a pesar de la poca diferencia de altura.

—Qué pintas de bruta tiene, ¿no? —susurró Clara antes de que nuestro tutor empezara a hablar.

—Chicos, os presento a Debra Valero. —La joven dio un paso hacia delante—. Acaba de llegar al instituto, y espero que todos hagamos que su estancia aquí sea agradable y productiva. Ya me ha comunicado que no le apetece presentarse delante de todos, así que… —echó una tímida mirada a la susodicha— podréis conocerla más a fondo en el descanso. Qué suerte has tenido, Debra —añadió con una sonrisa—, ¡llegas justo a tiempo para el viaje a Valdenares!

Todo el entusiasmo del profesor conseguía compensar la falta de ganas de los estudiantes. Al ver que Debra no contestaba, le sugirió que buscara un sitio libre al final de la clase y se puso a ordenar sus apuntes para empezar con la lección.

Debra acabó sentada detrás de nosotras. Clara, sin poder contener su curiosidad, se volvió para conocerla, pasando por alto su primera impresión. Como ella decía, «a las personas así, mejor tenerlas de amigas que de enemigas».

—¡Hola! —dijo intentando que el profesor no la oyera. Debra mantuvo los ojos fijos en la mesa—. Soy Clara. ¿De dónde eres?

Me volví a tiempo de ver cómo la chica fulminaba con la mirada a mi amiga. Cualquiera hubiera retrocedido al encontrarse con unos ojos así, llenos de ira.

—No creo que te importe.

—Vale, vale. —Clara levantó las cejas—. Solo quería ser amable.

—No necesito que nadie sea amable conmigo. —La voz de Debra estaba tintada de odio. No pude evitar fijarme en las ojeras bajo sus ojos. Al parecer ella tampoco lograba dormir bien—. No estaba en mis planes acabar en este instituto de mierda, y no pienso perder más el tiempo. Que no os extrañe si dentro de una semana este asiento se queda vacío.

—Pero quédate al menos hasta el viaje —sugerí yo. Debra pasó la mirada de Clara a mí—. Digo, ya que estás aquí. Puede ser divertido.

—¿Acaso hablaba contigo?

—No, pero…

—Pues no te metas donde no te llaman. Huesuda —soltó con desprecio.

Reacia a contestar y empezar una discusión, puse los ojos en blanco y me volví de nuevo hacia la pizarra. Decir que Debra estaba de mal humor era quedarse corta. Y no me extrañaba que hubiera llegado a clase a la defensiva, viendo que se tomaba como un ataque hasta el más mínimo comentario.

Lo que sí me impactó fue que me llamara «huesuda». Y además como un insulto. ¿Dónde me veía ella los huesos? Yo solo veía grasa y una chica demasiado gorda. No como ella, que, en cambio, era fibrosa. Era muy alta y muy grande, pero no gorda. No como yo.

Al salir de clase, David se despidió de Álex y sus amigos y se deslizó entre la multitud hasta encontrarme. Últimamente lo hacía más a menudo; ya no recordaba el último recreo que habíamos pasado separados. Cuando nos veía juntos, Clara acababa por desaparecer. Quizás notara algo entre nosotros y eso le incomodara, o quizás, simplemente, acababa cansada de nuestros juegos de palabras y nuestras miradas cómplices. Tenía que hablar con ella y contarle todo lo que le había confesado a mi madre, pero aún me daba miedo. Aún no estaba segura de que aquellos sentimientos fueran a llevarme a buen puerto.

Aquella tarde se despidió de mí con un beso en la mejilla cuando vio que David se acercaba. «Además, no quiero encontrarme a Debra a la salida», añadió, acompañándolo de una sonrisa. Cuando el chico llegó nos quedamos solos, casi engullidos por aquel torrente de estudiantes que corrían hacia la salida como si su vida dependiera de ello. Hablamos del viaje que tendría lugar la semana siguiente, de botas de nieve, trayectos en bus que se hacían eternos y ganas de desconectar de la rutina. Le hablé de Debra y le advertí que midiera sus palabras si alguna vez se la encontraba.

—No digo que sea mala chica, no me malinterpretes —aclaré—. Solo que parece empeñada en enfadarse con todo lo que se mueva.

—¿Y eso no la convierte un poco en mala chica? —David ladeó una sonrisa, acercando su pulgar y su dedo índice—. ¿Un poquitín?

Traté de contener la sonrisa mientras negaba con la cabeza.

—Eres demasiado buena —resopló él.

—Ya empezamos…

Le pegué un suave codazo, al que respondió con una carcajada. Luego se quedó mirándome, sin aflojar las comisuras, y no pude evitar apartar la mirada para esconder el rubor.

—¿Haces algo esta tarde, Sara?

—No, ¿por?

—Me gustaría enseñarte algo. ¿Vienes a mi casa?

Una merienda menos. Con suerte, una cena menos.

—Claro —contesté.

Llegamos a su casa media hora más tarde. David vivía en el centro de Ordana, cerca del ayuntamiento. Su casa estaba en el segundo piso, pero aquella vez subimos hasta el séptimo. No me quiso decir nada hasta que llegamos. Me mandó guardar silencio y me hizo subir las escaleras que llevaban a su terrado.

Una vez salimos fuera, el invierno nos saludó con una brisa de aire frío que hizo que me estremeciera. Desde aquella azotea se veían todas las casas de Ordana, cada vez más diminutas, con los tejados y los jardines cubiertos de nieve. El blanco reinaba donde antes lo hacía el rojo de las tejas y el verde de los árboles. Nos detuvimos a mirar cómo el sol iba escondiéndose tras las montañas, volviendo el cielo de color ámbar. Como los ojos de David. Las nubes parecían pinceladas rosas que una mano experta hubiera trazado en el firmamento. Los últimos pájaros volaban en busca de un nuevo hogar, el pueblo enmudecía. Todo parecía estar en paz en aquel rincón, alejados del mundo.

—Siempre vengo aquí cuando necesito estar solo —dijo David—. Desde que era niño. Nunca había subido a nadie conmigo.

Me volví hacia él.

—¿Y por qué a mí sí?

—Porque eres la excepción, Sara. Siempre. —Dio dos pasos para acercarse un poco más a mí—. No creo que se necesiten más razones.

Me pasé un mechón de pelo por detrás de la oreja, con esa sonrisa de tonta que tanto odiaba.

—Es precioso —susurré.

David descolgó la mochila que llevaba al hombro y la abrió. Sacó de dentro dos mantas de lana que extendió sobre el suelo, en un vago intento de imitar un pícnic en el parque. Dejé escapar una risa.

—Veo que lo tenías todo planeado, ¿eh? —dije. Él se sentó sobre una de las mantas y me hizo señas para que me tumbara a su lado.

—Ven, túmbate. —Le hice caso y él hizo lo mismo.

A pesar del frío, del miedo y de mis problemas, en aquel terrado parecía que todo se volviera insignificante. En ese momento solo estábamos él y yo. Solo importábamos él y yo.

David puso música. Otra balada tranquila, con el sonido del piano y la voz dulce de la cantante sonando como un susurro. Cerré los ojos y me dejé llevar por la canción. Él alargó su brazo y me rozó la punta de los dedos con los suyos. No dudé en cogerle de la mano. Aún me sorprende que lo hiciera, pero no tenía nada que perder. Ya no. Por una vez, olvidé todos los «¿y si…?» y todos los «¿por qué?», y dejé que mi mente descansara. Mi madre tenía razón: con él, arriesgarse no parecía una idea de locos.

Noté un toque frío en la punta de mi nariz y estornudé. Abrí los ojos a tiempo de ver cómo comenzaban a caer copos de nieve desde el cielo, deslizándose de un lado a otro como si bailaran con el viento.

—David, está empezando a nevar —le dije con una sonrisa, poniéndome erguida. Él también se sentó y volvió la vista al cielo con los ojos chispeantes.

Bajó la mirada y se frotó las manos. Me pareció atisbar un ligero rubor en sus mejillas, pero deseché la idea enseguida. Quise pensar que era el frío otra vez, que él no se sonrojaba. Pero estaba equivocada.

—Sara… —empezó—. Te he traído aquí porque me gustaría decirte algo. Esto se me hace más difícil de lo que piensas, pero no puedo dejar las cosas así.

Volví mis ojos hacia los suyos y él continuó hablando:

—Creo que ya lo sabes pero… Te quiero, Sara. Te quiero muchísimo. — Se me cortó la respiración—. Te quiero desde el primer día que te vi, y ese amor ha ido creciendo, cada vez más y más, hasta que… Me di cuenta de que, si hay alguien que puede hacerme feliz, esa persona eres tú. —Abrió y cerró la boca un par de veces, buscando cómo continuar. Yo intenté aferrarme a aquel momento, recordar cada palabra, cada detalle, cada gesto, y hacerlo eterno en mi memoria—. Dios. —Se colocó una mano en el pecho—. Es tan extraño, Sara, saber que tengo todo esto dentro de mí, desde hace tanto tiempo, y que ahora para ti no sean más que palabras. Pero tenía que soltarlo. No podía seguir fingiendo más, no contigo. Te quiero, ¿lo entiendes, Sara? Esta vez no tengo miedo de decirlo. —Se detuvo un instante, como si tratara de encontrar algo en mis ojos. Y esperé que hablaran por mí, porque yo no tenía palabras—. Te quiero. Te quiero más de lo que crees.