Seré frágil

Beatriz Esteban · Capítulo 13 de 30

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Seré frágil

Capítulo once

Estuve dándole más vueltas de las que quisiera a lo que pudo haber ocurrido aquella tarde. No me cabía en la cabeza que David pensara así en mí. Que de verdad quisiera besarme. Debían de habérsele cruzado los cables.

Solo había que verlo a él: alto, rubio, atractivo, orgulloso. Robaba suspiros a las estudiantes más jóvenes, no tanto por su físico como por su actitud. Y, sin embargo, aun pudiendo estar rodeado de la gente más guapa, más rica o más popular, había estado siempre con Clara y conmigo, ahora más que nunca. Eso era lo que me extrañaba. ¿Cómo era posible quererme? Yo era la persona más torpe que conocía. Siempre hacía daño a los demás, incluso a mí misma.

Si yo no me gustaba, tampoco iba a hacerlo él.

Por eso quería seguir luchando por quererme. Por esos cuarenta y ocho. Por esa sonrisa en el reflejo que todavía no había visto.

Pero pasaron las semanas y, aunque con David y Clara me evadía de todo, no se me olvidaba que la báscula todavía marcaba cuarenta y nueve con novecientos gramos. Rozando los cincuenta, pero al menos había bajado. Me sentía bien. Solo por estar en los «cuarenta y» lo veía todo distinto. Me animaba todavía más. Quería más.

Clara no se daba cuenta de que ya no había sábados de pizza y que evitaba salir a merendar o a cenar con ellos. Pasaba por alto que ya no llevaba almuerzo al colegio, aunque al principio sí que me miraba extrañada. Se había acostumbrado a todo.

Me di cuenta de que junto a David todo se hacía más fácil. A pesar de la guerra entre mi corazón y mi razón, él había decidido actuar como si no pasara nada, su táctica estrella, y estaba dando fantásticos resultados, aunque todavía me provocara punzadas en el pecho. Al menos, las cosas así eran algo más sencillas. Sin locuras, sin riesgos. Volvíamos a ser solo nosotros dos, y con él todo se veía distinto. Podía pasar horas sentada si hacía falta. Podía olvidarme de mis complejos. Pero luego, al llegar a casa, volvía a estar sola, a encerrarme en mi cuarto, a pesarme —cada día, ahora que tenía una libreta donde apuntarlo—, a llorar esperando que eso me quitara gramos de encima.

Empezaron las vacaciones de Navidad. Clara y yo prometimos vernos todos los días que pudiéramos, ahora que íbamos a pasar unas semanas separadas. Pero, a pesar de eso, le pedí que no viniera ni por las mañanas ni los domingos. A ella le dije que tenía que cuidar de mi prima pequeña, pero la verdad es que las mañanas las reservaba para hacer abdominales y unos cuantos ejercicios más en mi habitación, esperando ver mejorar mi tripa. Los domingos salía a correr. Lo odiaba, pero lo necesitaba. Hacía que me doliera todo el cuerpo, que se me entumecieran las piernas, que me marease, pero tenía que hacerlo.

Dejé de merendar. Ignoraba el hambre por la tarde y me distraía pensando en otras cosas. Obviamente, mi madre no sospechaba nada. Ella jamás habría pensado aquello de mí. Por eso no debió extrañarme que preparara sus tradicionales magdalenas de chocolate y nueces, una receta que hacía desde que yo era pequeña y que siempre hacía en Navidad. A mí me encantaban; no había año que no las probara.

Excepto aquel.

Era un sábado cualquiera por la tarde y fuera caía la nieve. Había quedado con David dentro de cinco minutos en la puerta de mi casa. Mi madre me preguntó si quería llevarme una magdalena para merendar, y ya sabía que no podía negarme. Sería demasiado sospechoso. Así que la acepté, la guardé y salí de casa, con la tentación en el bolsillo.

No podía comérmela. Por mucho que quisiera, era una magdalena y eso no me haría ningún bien.

O eso pensaba.

David llegó, me saludó con la mano y empezamos a pasear. A medio camino saqué la magdalena del bolsillo y se la ofrecí.

—¿Te apetece? Es de chocolate y nueces, recién salida del horno. — Como supuse, el chico no tardó en cogerla.

—¿Tú no quieres? —preguntó. Negué con la cabeza.

—He merendado en casa.

Mentir se me hacía ya tan fácil como decir la verdad.

Él se encogió de hombros. Se comió la magdalena con total tranquilidad, sin pensárselo dos veces, disfrutando de cada bocado. Como cualquier persona normal que pudiera permitírselo.

No era mi caso.

—Sara… —me dijo al pegar el último mordisco, obligándome a alzar la mirada del suelo—. Llevas muchos días con mala cara. ¿Estás bien?

Yo intenté sonreír, aunque no sé si me creyó.

—Claro. No te preocupes, hoy no he dormido mucho. —Ni hoy, ni ayer, ni antes de ayer—. Pero estoy bien.

Saqué el móvil para ver qué hora era, mientras David, conforme con mi respuesta, miraba hacia otro lado. Mi sonrisa se apagó cuando vi el fondo de pantalla del teléfono, cambiado horas antes a modo de recordatorio.

Una pantalla en negro, letras en blanco: «NO COMAS».

No estaba bien.

Algunas noches leía entradas sueltas del diario. Ni siquiera miraba la fecha. Encontraba entradas muy cortas, de solo un par de líneas. A veces a Sofía no le apetecía escribir, o quizás no le apeteciera pensar. Quería alejarse de todo, incluso de sus propios demonios, pero había alcanzado un punto en el que se le antojaba imposible.

El diario también tenía páginas rotas o arrancadas por completo, otras rayadas con furia, hojas enteras con la palabra «gorda» grabada en ellas. Había momentos en los que pensaba que entendía a Sofía. Y eso era lo que más me asustaba.

Pero me equivocaba. Ella y yo éramos muy distintas.

 

Odiado diario:

No sabes lo que agradezco que en este colegio no haya ni un solo hombre.

Solo serían una distracción más. Además, estoy segura de que todos dirían que doy asco. La mitad por estar muy gorda, la otra mitad por estar muy delgada. Pero no necesito que nadie me lo recuerde, ya vivo conmigo las veinticuatro horas del día.

Es curioso que todo empezara porque quise verme más guapa. Luego quise quererme más.

Luego solo supe odiarme.

Odiarme como nunca lo había hecho, odiarme por existir. Odiarme hasta el

punto de robarle cien somníferos a mi madre. De pensar en acabar con mi vida.

Pero yo no fui capaz. Lidia sí. Y aquello me bastó para darme cuenta de

que morir no servía de nada. Me duele que ella tuviera que irse para que yo aprendiera.

Lidia, ¿me leerás ahora? ¿Me verás? Sé que teníamos que irnos las dos. Sé

que te dije que aquella noche nos veríamos en el cielo. Pero no fui capaz. Lo siento, Li, no fui valiente. Lloré mientras tú morías sin saber que lo hacías. Pero ahora lo estoy pagando. Sé que poco a poco me estoy matando, pero me dejo morir. Es más duro, más lento, sufro más. Pero lo merezco. Esto es solo un suicidio a largo plazo. Y algún día nos encontraremos.

Te lo prometo.

Quizás para entonces ya estaré delgada. Por fin seré frágil. Delicada.

Preciosa. Me verás. Creo que serás la única que llegará a verme.

Te echo de menos, Li.

Siento haberte dejado sola a las puertas de la muerte. Lo siento de verdad.

 

Cada vez que hablaba de Lidia me provocaba un nudo en la garganta. Al menos ahora estaban las dos juntas, en el cielo o en el infierno. En ninguna parte, o en todas. Porque Sofía seguía aquí, de una manera u otra, y el recuerdo de su amiga perduraba con ella.

Decidí aprovechar la energía con la que me había levantado para pasar la tarde haciendo ejercicio, con el fin de liberar unas cuantas endorfinas. Me vestí para la ocasión y, dado que fuera hacía cada vez más frío y la nieve comenzaba a acumularse en las calles, me decanté por hacer algo de aerobic en casa. Me salté los estiramientos —era algo demasiado pasivo que no me haría perder nada de peso—, puse la música bien alta, busqué vídeos en internet y me preparé para sudar, con una sonrisa en la cara.

Pero la sonrisa se fue deshaciendo a medida que pasaron los minutos. Cuando volví a mirar el reloj solo había transcurrido un cuarto de hora, quizás algo más, pero yo ya tenía el rostro colorado y las piernas cansadas de tanto saltar. Me maldije por no ser capaz de aguantar aquello y, aunque todo mi cuerpo me pedía descansar, saqué todas las fuerzas que encontré para hacer un abdominal más, una flexión más, una sentadilla más. Quizás eso marcara la diferencia. Estaría un poco más cerca de los cuarenta y ocho kilos.

Al final, fue mi madre quien me hizo parar. Golpeó la puerta dos veces antes de entrar en mi habitación con un par de camisas debajo del brazo. Me encontró tendida en el suelo, con las manos tras la cabeza y haciendo un último esfuerzo por levantar el abdomen.

—Sara, ¿qué haces? —Tuvo que alzar la voz para hacerse oír.

Me puse en pie y bajé el volumen de la música, que parecía retumbar por toda la habitación. Me pasé la mano por la frente.

—Estaba haciendo un poco de aerobic, ahora que tengo un rato libre.

—Tienes toda la cara roja —comentó con el ceño fruncido. Me obligué a reír.

—Bueno, mamá, eso es lo que pasa cuando haces ejercicio.

Ella no cambió su expresión; apretó más los labios y me dio la espalda para colocar la ropa en el cajón que le correspondía. Gracias a Dios no era el tercero, donde había escondido la endemoniada caja de Sofía.

—No sabía que ahora te había dado por hacer aerobic.

—¿No dice papá que nunca me muevo? —Me encogí de hombros—. Pues ya está, solucionado. Moverse es sano, mamá, no tiene nada de malo.

Ella volvió a evaluarme con la mirada, como si me estuviera escaneando.

—Vale, vale. —Sacudió la cabeza dando el tema por zanjado—. Pero mejor que te duches antes de bajar a cenar.

La simple mención de la cena me borró la sonrisa de la cara. ¿Para qué me esforzaba tanto si luego mi madre decidía tirarlo todo por la borda? Y lo peor era no poder decirle nada, no tener ninguna excusa. Me las tendría que apañar para evitar comer de más. O para evitar comer, a secas.

Me dejé caer sobre la cama. Solo entonces me di cuenta de lo cansada que estaba en realidad: las manos me temblaban ligeramente, el pecho me dolía, me costaba respirar con calma. Cerré los ojos y me descubrí disfrutando de la sensación de estar a punto de desmayarme. Me gustaba sentirme tan débil, tan trémula; me hacía creer que todo ese esfuerzo daría resultados.

—¿Ya tienes planes para estas vacaciones? —preguntó mi madre.

—Dormir, leer, ver a Clara y no mucho más.

—¿Y David? —Entonces sí que dejó escapar una sonrisa. Se sentó a mi lado, con las manos sobre sus muslos.

—¿Qué pasa con él?

—¿Vendrá a casa? Si me avisas puedo preparar esas magdalenas que tanto le gustan. Podrías invitarle un día de estos. ¿Tiene algún plan para Nochevieja…?

—¡Yo qué sé! ¿A qué viene tanta pregunta?

Ella respondió alzando las comisuras.

—Solo era curiosidad. —Se encogió de hombros—. Ya sabes que nos gusta tenerle por aquí. Casi tanto como a ti.

Di gracias al calor del ejercicio por camuflar el rubor de mis mejillas.

—¿Qué insinúas?

Ladeó la cabeza, sin dejar de sonreír. En aquel momento pareció rejuvenecer tres décadas, como si en lugar de mi madre fuera una compañera más de clase, con los ojos chispeantes en busca de cotilleos.

—Cariño, llevo muchos años viéndoos crecer a David y a ti… Y yo también he tenido tu edad. Sé cuando estás enfadada sin que me lo digas, o cuando has pasado un mal día en el instituto, o cuando necesitas que ponga una excusa porque no te apetece quedar con nadie y no quieres decirle que «no» a Clara. Así que no debería extrañarte que reconociera cuando mi hija está enamorada.

«Enamorada» era una palabra que me quedaba muy grande.

—No estoy enamorada —murmuré entre dientes. Mi madre contuvo una sonrisa burlona.

—¿Lo está él?

Me encogí de hombros.

—Supongo que no.

Pero había intentado besarme; de verdad quería besarme. Me había visto llorar y se había contentado con estar ahí para mí, abrazándome. Decía que yo había sido su único apoyo, la única con la que podía ser él.

Decía que yo era la excepción.

Mi madre me colocó una mano sobre el brazo y se inclinó hacia mí.

—¿Quieres contarme qué pasa?

Al final, me rendí. A mi madre pareció envolverla un halo de bondad y vi en ella mi oportunidad para soltarlo todo de una vez. Todo lo que no le había contado a Clara, lo que no sabía nadie. Lo que durante mucho tiempo yo no había querido admitir. Que, por una vez, quería que todos esos rumores que corrían sobre nosotros dos fueran ciertos. Mi mejor amigo había dejado de parecerme solo un amigo. Se había vuelto protagonista de mis sueños, había empezado a provocarme un cosquilleo en el estómago cada vez que lo veía, había comenzado a ser la causa de mis sonrisas y del rubor de mis mejillas. Había sido la razón por la que quería verme bonita, por la que quería ser perfecta. Para él y, después, quizás, para mí.

Me di cuenta de que David solo suponía el treinta por ciento de mis problemas, si no menos; porque el drama de Sofía y mis ansias de verme delgada empezaban a ocupar más y más espacio. A lo largo del día, solo tenía pensamientos para ella y reprimendas para mí. Me pasaba los días evitando espejos y pensando en lo que iba a comer, en lo que estaba comiendo y en lo que había comido. Pensando en cómo evitar lo primero, soportar lo segundo y perdonar lo tercero. Sin encontrar respuestas.

Obviamente, mi madre se quedó con el hecho de que el chico que me gustaba había empezado a comportarse de forma diferente, y que yo tenía miedo de que las cosas fueran mal. Cuando todo parecía ir a mi favor, me daba miedo que algo pudiera cambiar.

Sonreí al recordar la primera norma de la libreta de Clara: «No tengas miedo —había escrito—. La única manera de cambiar las cosas es arriesgándote».

Mi madre tenía una opinión parecida:

—Quizás deberías confiar un poco más en él, Sara. Sabes que siempre ha buscado lo mejor para ti y no intentaría nada que te hiciera daño.

—Eso pensamos que haría Clara con él, y mira cómo acabaron las cosas.

—Clara no eres tú, cariño. Deja de comparar todo lo que él haga con todo lo que hizo con ella.

Sabía que mi madre tenía razón, pero no podía evitar seguir pensando que nuestra amistad pendía de un hilo si yo me equivocaba. Que todo podía arruinarse, como lo hizo en el pasado.

—Pero, si me quiere, ¿por qué sigue hablando de Clara? ¿Por qué siento que solo está probando suerte conmigo? Y, además, ¿por qué va a quererme así, mamá? He sido la misma durante años, y si no se enamoró de mí entonces ¿por qué iba a hacerlo ahora?

Ella me rodeó con un brazo, acercándome más a su pecho.

—Sara, cariño, deja de darle tantas vueltas a preguntas sin sentido. Al final, la vida se basa en aprender a no buscarle el porqué a todo. Simplemente sé positiva, no pienses tanto y… —dejó escapar una suave sonrisa—, a la próxima adelántate y róbale un beso.

Puse los ojos en blanco.

—Mamá, ¿no se supone que la adulta eres tú? ¿No tendrías que decirme que fuera precavida y pensara más las cosas antes de actuar?

—Es David, es tu mejor amigo, no un desconocido que has encontrado en un bar. Y tú eres una chica maravillosa que se está comiendo demasiado la cabeza. Por una vez, no veo tan alocado arriesgarse. —Tracé la primera sonrisa de aquella tarde—. ¿No te he contado yo lo que me pasó con mi mejor amigo cuando iba a la universidad?

—Oh, ¿otra vez, mamá?

Puse los ojos en blanco. En mi familia, mi madre sustituía al abuelo que contaba batallitas siendo una gran narradora de historias de amor. Las había oído mil veces, pero dejé que me hablara una vez más de aquellas lecciones que en su día hicieron de ella la mujer que era hoy. Me dejé mecer por sus palabras, como en tantas otras ocasiones.

Olvidé el cansancio, olvidé a Sofía, olvidé a David, olvidé esos kilos de más, olvidé el odio, lo olvidé todo. Casi todo.

Porque, por suerte, ella también olvidó hacer la cena.