Seré frágil
Agradecimientos
Me llevaría otra novela entera dar las gracias a todas las personas que se lo merecen, así que perdonad si esta vez soy breve. Ya sabéis que, por mucho que ahora lo deje por escrito, no voy a dejar de daros las gracias, día tras día, por todo lo que me habéis dado.
No hay nadie que merezca más un «gracias» que mi madre, Beatriz. Y, a la vez, no hay nadie a quien esa palabra se le quede más corta. Gracias a ella estoy donde estoy y soy lo que soy. Me enseñó que ser valiente a veces significa pedir ayuda. Que era humano llorar y sentir, y necesitar a otras personas. Me enseñó a vivir otra vez. Gracias por nuestras citas, por acariciarme las noches que no podía dormir cuando tenía cinco años (y también cuando tuve dieciocho), por ser paciente conmigo y darme razones para no rendirme. Gracias por creer en mí, mamá. Gracias por salvarme.
Gracias también a mi familia, a mi padre Enrique y a mi hermana Patricia, porque cuando estamos juntos me siento en casa. Segura. Gracias por cuidarme y quererme tanto. Y Patri, perdóname por ser una hermana mayor tan pesada. Quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti.
Gracias a Sevi, otra vez, aunque me escuchará decirlo mil veces más. Si sigo aquí es por él, si creo en mí es por él, si esta novela se ha escrito es por él. Gracias por ser mi «musa», por soportar mis mensajes aleatorios esperando que me inspires, por permitirme inmortalizar nuestra historia, por haberte vuelto mi diario, mi voz, mi apoyo. Gracias por enseñarme a ser gris.
Gracias a don Jorge y a Chus por haber creído en esta novela antes incluso de que yo lo hiciera. A José Pedro por seguir creyendo, y a mis editoras Isabel y Lucía, por haberlo hecho todo posible.
Gracias a Celia por ser la amiga que no se ha ido (y no se irá). Gracias a Sara, a María y a Alejandra por su incansable fe en mí; no os imagináis todo el apoyo que me habéis dado. Gracias a Irene, a Javi y a Adriana, mi segunda familia. Gracias a Silvia por todo lo que me has enseñado y por ser tan buena amiga. Gracias a Ana por las bandas sonoras, los pequeños detalles y, sobre todo, por todo lo que no necesitamos decirnos. Gracias a Laura porque nos hemos visto cambiar y volver a vivir (fuimos frágiles, pero somos fuertes). A Lucía por toda la valentía que ha demostrado y el honor que es poder llamarla amiga. Gracias también a Esther, Ainhoa, Alba, Laura, Aitana, María, Sole, Aída, Amparo, Elena, Carmina y esas cincuenta personas que me ayudaron tanto en su día, permitiéndome estar aquí hoy. Y, cómo no, muchísimas gracias a Vicen, porque sus enseñanzas se me quedarán guardadas para siempre.
También gracias a Cristina, sin la que no sé quién sería hoy. No quiero saberlo.
Gracias, mil gracias, a Araceli, por esas conversaciones que me hacen pensar, por abrirme tanto los ojos, por ayudarme a mejorar —en muchas más cosas de las que cree—, por haberme enseñado tanto. También a Adriana (Puc, siempre serás Puc) por toda su ilusión y su apoyo, por todas esas ganas de viajar y vivir que me ha dado.
Por sus ánimos y por ser tan geniales, doy las gracias a todas las personas que leyeron ese primer borrador, hace ya más de dos años. Tengo guardados cada uno de vuestros mensajes. Y a muchos he de deciros: gracias por salvaros.
También gracias a todas las personas que lo leerán, a todas las que están haciendo esto posible. La próxima vez que entre en una librería, ya no susurraré «algún día». Después de tantos años con este sueño, tengo la sensación de que «gracias» es una palabra muy pequeña para todo lo que siento.
Y, por último, aunque siempre vaya primero, gracias al que siempre ha estado conmigo por dejarme tocar tantos corazones. Gracias por llegar al mío.
Gracias por tanto.