Seré frágil
Capítulo diecisiete
Debra entrelazó las manos y frunció el ceño, como si recordar le hiciera daño. Se arremangó el suéter, presa del calor de la chimenea, y suspiró antes de volver a hablarme. Su voz había cambiado, más firme ahora. Toda ella parecía haberse desprendido de su disfraz.
—Quiero que sepas que nunca le he confesado esto a nadie, y no sé qué narices hago contándotelo a ti. —Ahí estaba la Debra que yo conocía—. Pero me fijé en lo que te pasaba, y ahora que veo que, en parte, es por culpa de Sofía, siento la necesidad de explicarte lo que me ocurrió a mí. Qué hago aquí, en este maldito instituto, y por qué… —Movió la muñeca izquierda, y por un segundo sus cicatrices quedaron al descubierto. Deslizó el dedo por ellas, rápido, antes de bajarse la manga.
Dejó la frase en el aire. Volví a ver a la chica con otros ojos y me encontré con esa parte de ella que había ocultado. La Debra abandonada, la que se sentía sola, la que decía odiarse y quería ser otra persona.
—Bueno, como ya te he dicho, antes de venir a este instituto iba con Sofía y sus amigas a una escuela privada en el pueblo de al lado, uno de esos colegios pijos que o son la envidia o son la burla de los demás. El típico que nos obligaba a vestir de uniforme y hablar como señoritas. En fin —puso los ojos en blanco—, yo llevaba toda la vida yendo ahí, desde que era una cría, aunque… —tragó saliva; se notaba que no estaba muy cómoda hablando del tema— no encajaba bien. Supongo que era diferente. Era solo una niña, ¿sabes? Y lo único que buscaba era sentirme como una más: querida, aceptada, rodeada de amigos. Todos los recreos miraba a Sofía, Rebeca, Valeria y las demás, y las envidiaba más de lo que puedas imaginar. En aquella época las chicas solían idolatrar a cantantes pop y cosas por el estilo, pero yo solo tenía ojos para ellas. Se las veía tan felices, tan unidas… Las cinco chicas eran preciosas, altas, delgadas, sonrientes, populares, ricas; tenían todo lo que una niña podría desear. Yo solo quería formar parte de todo eso. Era lo único que quería.
Por un momento vi la imagen de esa Debra pequeña, con dos coletas, los hombros anchos y moratones en las rodillas, esperando en un rincón del patio a que alguna de las cinco chicas se dignara a jugar con ella.
—Luego crecí. Todas crecimos, aunque ellas parecían seguir en su burbuja de color de rosa, mientras que yo… No voy a entrar en detalles porque, sinceramente, no te importan. Lo pasé mal, punto. No te cuento esto para que te compadezcas de mí, solo para que seas consciente de dónde te estás metiendo. —Levantó una ceja, con dureza, y siguió hablando tras soltar aire—: Si de niña no me hacían caso, de adolescente mucho menos. Porque yo no era como ellas: no destacaba. Iba a jugar a fútbol con los chicos de otra escuela y ellos me miraban mal por ser una tía. Y en clase un grupo de chicas se dedicó a hacerme la vida imposible. Me insultaron de todas las maneras que puedas imaginar, llegaron a pegarme e incluso intentaron tirarme por las escaleras.
»Huía de ellas todos los días. Sentía que tenían poder, uno del que yo carecía. Todos parecían temerlas o idolatrarlas, igual que yo antes admiraba a Sofía y a sus amigas. Quería sacar toda la fuerza que tuviera para ser como esa gente: una chica dura y temida a la que trataran con respeto. Pero la etiqueta de “débil”, “rara” y “marginada” ya la tenía puesta. Quizás esa es una de las razones por las que aquí aparento ser lo que no sé ser. —Su mirada se nubló y relajó los músculos del rostro—. Bueno, mientras todo el asunto del acoso pasaba, yo me mantuve con la boca cerrada. Siempre. Mis padres no sabían nada del infierno que yo vivía porque no lo consideraba como tal, creía que era lo que me merecía. Joder, qué idiota era. Además, seguía viendo a Sofía y a sus amigas en clase, tan delicadas, perfectas y felices. Pensaba que mi reputación no había llegado a sus oídos y que aún tenía una oportunidad de ser una de ellas. Pero las cosas se enturbiaron.
»Fue poco antes de que Lidia muriera… Obviamente, en clase nadie explicó por qué había muerto. Yo me enteré por mi propia cuenta mucho después. —Debra sacudió la cabeza—. Recuerdo una tarde en la que me acerqué a Sofía, sacando un valor que pensaba que ya no tenía. Ella tampoco parecía ser ella, estaba como enfadada, rabiosa… Y ¿sabes lo que me dijo cuando le pedí quedar alguna tarde? Nunca lo olvidaré. —Negué con la cabeza. Tenía los labios entreabiertos y me daba la sensación de ser yo esa chica insegura que solo quería ser una más. Sentía un nudo en el estómago—. Dijo exactamente: “Mira, deja de ser tan jodidamente pesada. Ve acostumbrándote a que la vida es una puta mierda. Si no tienes amigas ahora no las tendrás nunca, punto. Hay gente que se dedica a contar cómo conoció a sus amigos de toda la vida, gente que solo sabe contar cómo los perdió, y gente que ni se merece tenerlos. Adivina en qué grupo estás tú. Y eres tan estúpida que ni te das cuenta, ¿verdad?”.
Se quedó callada. Por un momento me pareció que su voz había dejado de ser suya y se había tornado la de Sofía. Una Sofía enferma, rabiosa, con ganas de acabar con todo. La misma que, semanas después de esa conversación, había planeado suicidarse junto a su amiga. Pero eso Debra no lo sabía, por lo que no comprendía la dureza de sus palabras.
—Ese fue el detonante —siguió ella—. Lo que me faltaba para acabar de odiarme. Joder, nunca he conocido a nadie tan cruel como ella. —Apretó los puños—. Recuerdo que pasé la noche llorando, creyéndome sus putas palabras. Solo quería soltar lo que llevaba dentro y las lágrimas no parecían suficientes, así que… —Se volvió un segundo para mirarme, midiendo sus palabras—. Lo único que tenía a mano eran las llaves de casa, así que empecé a rasgarme la piel con ellas de pura impotencia. Qué, ¿vas a decirme también que estoy como una puta cabra? —Negué con la cabeza y me encogí más en mi asiento. Antes de que me diera tiempo a defenderme, Debra siguió con su monólogo—: Supongo que no lo entenderás, pero hacerme daño era lo único que me calmaba. El dolor era algo secundario. Además, nada dolía tanto como las palabras de Sofía y las maldiciones que yo misma me dirigía. Me gustaba dejarme marcas, sentir aquel ardor… —Pareció titubear un instante, dudando de si estaba haciendo bien al compartir todo aquello conmigo. Pero ya era tarde—. Creía que eso era lo que me merecía.
Se escondió las manos en las mangas y se revolvió en el asiento. Toda la furia de entonces se volvió tristeza.
—Imaginarás que las llaves dejaron de ser suficiente, pero, bueno, el resto ya es historia. —Suspiró. Se quedó callada unos segundos y levantó la cabeza para mirarme. Sus ojos eran de un color extraño, oscilando entre el verde y el castaño. Parecía que en otra época habían brillado mucho más—. Lidia murió, después fue Cristina; Sofía y Valeria se marcharon del colegio y Rebeca hizo nuevas amistades. Yo ya estaba hundida. Mis notas bajaron mucho en el último trimestre y mi madre pensó que era porque el colegio me presionaba demasiado. Se decidió a matricularme en este instituto en diciembre, sin avisarme. Al principio me resistí, pero luego pensé que sería una buena oportunidad para ser quien yo quisiera. Nadie me conocía. Podría convertirme en esa chica con poder que tanto había ansiado ser.
Aparté mis ojos de los suyos y pasé a observar las chispeantes llamas del fuego.
—Pero tú no eres esa chica —comenté en voz baja. Mi voz sonaba quebrada después de haber estado tanto tiempo en silencio.
—No. No, y se me fue de las manos. —Se cubrió el rostro con ellas.
Supuse que se refería al incidente en las taquillas, pero en aquel momento lo veía demasiado lejano para molestarme. Yo seguía viva, ella solo había reaccionado impulsivamente a raíz de mis comentarios. Mis comentarios, mi culpa. Había sido yo la que había apretado el botón que había hecho estallar la bomba.
Me acerqué más a ella y la cubrí con un brazo, en un intento de animarla.
—No fue culpa tuya —continué—. Además, yo tampoco soy la Sara de aquella vez.
Alzó la cabeza.
—¿Por qué no? Por Sofía, ¿a que sí?
Entrecerré los ojos. Quería convencerme de que estaba equivocada.
—No. Está muerta.
—¿Por qué tienes su diario?
—Quería que yo lo tuviera.
—¿Y por qué?
—Haces muchas preguntas, ¿no? —Debra sonrió con sorna—. Supongo que quería que me quedara un recuerdo suyo. Que supiera lo que no me había contado. No lo sé.
—¿Habla de mí? —preguntó entre curiosa y temerosa.
—No. Bueno, si habla de ti aún no lo he leído. Pero sí que contaba cosas sobre sus amigas, sobre…
—Sobre su enfermedad —acabó ella.
—También.
Se recostó en el respaldo del sillón y se cruzó de brazos.
—¿Murió por su culpa, verdad? —Asentí—. Sabiendo eso, no entiendo por qué estás haciendo tú lo mismo.
—Debra, yo no hago eso. En serio, no me pasa nada.
—El primer síntoma es negarlo —insistió ella.
Bufé, cansada. Menos mal que ya tenía el diario a buen recaudo y no me lo podía quitar de nuevo.
—Vale, vale, te creo. A mí tampoco me pasa nada.
Se tocó la muñeca izquierda inconscientemente. El recuerdo de la sangre manando de su piel, manchando mis dedos, volvió a mi mente. Me estremecí.
No nos pasaba nada. Estábamos bien.
¿Cuánto tiempo más tendríamos que mentir?
—Debra —dije al poco rato—, ¿por casualidad sabes qué fue de Valeria cuando se marchó?
Ella se encogió de hombros.
—No tengo ni idea. No dijo nada. ¿Por qué lo preguntas?
—Curiosidad —contesté con una sonrisa.
Encontrar a Valeria habría sido la oportunidad idónea para saber más acerca del suicidio de Lidia.
Para meterme más en la historia, acercarme más a Sofía, y, sin yo saberlo, destruirme más a mí.
Al fin llegó el último día del viaje. El tutor nos informó de que era un día totalmente libre, que quien quisiera podría ir a las pistas de esquí o bajar al pueblo a dar una vuelta. Cuando lo oí no pude evitar reír; el profesor se había despreocupado de nosotros durante prácticamente todo el tiempo, al menos el suficiente para que yo me saltara las clases de esquí y algunas comidas, y hoy nos daba un día «libre», como si los demás no lo hubieran sido.
Clara seguía distante así que, para sorpresa de todos, fui a Valdenares con Debra. David iba a pasar el día haciendo snowboard. No desayuné y no cogí dinero para evitar que el hambre me venciera y decidiera comprarme algo para comer.
Me dejé hechizar por el paisaje del pueblo, que rebosaba belleza hasta en las esquinas más oscuras. Parecía sacado de un cuento; las calles eran pequeñas y estrechas, peatonales, con el suelo de piedra y la nieve acumulada en los bordes. Las casas se ordenaban en filas y no llegaban a alcanzar más de dos pisos de altura. Tenían las paredes revestidas de madera, con algún retocado de piedra asomando entre la escarcha. Se veían los témpanos de hielo colgar de los tejados junto a las luces que daban vida a Valdenares cuando el sol se escondía.
En las calles reinaban los puestecitos de tiendas con banderas y adornos de mil colores que contrastaban con el blanco de la nieve. Se habían esforzado por llenar las farolas con flores. Los árboles estaban decorados como si la Navidad se hubiera alargado, la gente subía y bajaba la gran avenida, y daba la sensación de que Valdenares formaba parte del escenario de alguna película.
Paseamos un rato, perdiéndonos entre tiendas y callejones estrechos, hasta que Debra se paró enfrente de un restaurante al reconocer a un par de compañeros en la puerta. Me invitó a pasar y comer con ellos, pero me negué con la excusa de que ya había quedado con David y sería muy feo por mi parte darle plantón.
No sé cómo, pero me creyó. Se encogió de hombros y entró en el restaurante sin echar la vista atrás.
Yo me quedé sola.
Suspiré y empecé a caminar a lo largo de la calle, observando a las personas con las que me cruzaba. Había un niño pequeño persiguiendo a su hermana mayor, con su madre detrás gritándoles desesperada que se estuvieran quietos; al otro lado, un mendigo pidiendo dinero y una señora inclinada sobre él para dedicarle unas palabras amables. Un joven que caminaba cogido de la mano de su novia, mirándola de reojo como si fuera la primera vez que la rozaba. Un hombre tocando el violín junto a la terraza de un bar, un camarero con el ceño fruncido intentando entender a unos extranjeros, y una fotógrafa mirando la calle a través de la lente de su cámara. Un sinfín de vidas, con sus recuerdos, sus milagros y desgracias, sus amores, sus errores. Debía de haber mil ráfagas de pensamientos cruzando sus mentes en aquel momento. Preocupaciones, canciones, alegrías o penas. Remordimientos del pasado o esperanzas puestas en el futuro. Todos estaban hechos de las historias que habían dejado atrás, las que se escribían en aquel momento y las que no tardarían en ver la luz. La curiosidad por descubrirlas podía conmigo. Quizás por ello disfrutaba tanto imaginándomelas.
Imaginé que la madre de aquellos niños estaba estresada porque su marido se ausentaba y no sabía qué hacer para lidiar con sus dos pequeños. El mendigo sentía que aquella mujer era su única amiga. El joven quería pedirle matrimonio a su novia aquella tarde, el violinista tocaba la misma canción que dedicó a su primer amor. El camarero se maldecía por no haber estudiado idiomas cuando pudo, y uno de los extranjeros no se decidía entre espaguetis o carne. La fotógrafa esperaba conseguir el trabajo de su vida por esas fotografías y viajar lejos, muy lejos de allí.
Y luego había una chica en medio de la calle, pálida como no lo había estado nunca, con un jersey que le venía demasiado grande y los ojos cansados. Andaba arrastrando los pies, con la mirada en el suelo. Su cabeza estaba llena de demonios y solo deseaba desaparecer.
Esa chica se llamaba Sara Soler, pero apenas la reconocía.
Me metí con parsimonia en la primera tienda que encontré. Vendía objetos artesanos: esculturas de arcilla, tazas, muñecas de porcelana vestidas de seda y peluches de algodón —si hubiera cogido dinero le habría regalado alguno a mi prima Victoria—, cuadros con la firma de desconocidos, libretas bordadas a mano y figuritas de madera. Había marionetas y móviles de cuna colgados del techo. La tienda era pequeña y estaba pobremente iluminada por media docena de farolillos. Un gato negro dormía plácidamente sobre la mesa al lado de la dependienta.
Me quedé mirando los estantes, la delicadeza del moldeado de las figuras y los trazos de pintura sobre la arcilla. Cada una era diferente, como si mostrara una cara distinta de su creadora.
—¿Buscas algo, bonita? —me preguntó la dueña del local, una anciana de sonrisa cálida y rostro amable—. ¿Un atrapasueños, quizás? —Me enseñó un ejemplar pintado con los colores del atardecer, con plumas del tamaño de mi mano.
—No, gracias; solo miraba. —Le devolví la sonrisa y me di la vuelta para seguir viendo sus creaciones.
Al rato se oyó un tintineo y la puerta se abrió. Miré de reojo a tiempo de ver entrar a un grupo de tres o cuatro chicas que parecían tener mi edad. Por un momento las confundí con mis compañeras de clase. Se dirigieron al final de la tienda, donde se encontraban la anciana y su gato, y no dudaron en saludarla:
—¡Buenos días, Belén! ¿Qué tal ha ido la mañana? ¿Has hecho algo nuevo? —preguntó una.
—Un par de bufandas, no mucho más. Le he hecho una a Noche. —Soltó una pequeña carcajada. Curiosa, volví la cabeza y vi cómo la mujer acariciaba a su gato, que respondía con un ronroneo—. También he acabado tu collar, Val.
—¿En serio? —contestó la misma chica de antes con una sonrisa cargada de ilusión.
Me quedé mirándola. Me resultaba extrañamente familiar, como si la hubiera visto antes. ¿En un sueño, quizás?
Intenté hacer memoria. Pelo voluminoso, rizado, rubio y recogido en un moño improvisado. Ojos castaños, pestañas cortas y casi trasparentes, alta y delgada, con las mejillas sonrosadas por el frío y una bufanda de lana cubriéndole el cuello.
La chica recogió el collar y dejó que una amiga suya se lo atara al cuello. Entonces rio y en su rostro aparecieron un par de hoyuelos.
Los mismos que había visto en una fotografía tomada mucho tiempo atrás. La misma chica que posaba junto a Lidia un mes antes de que todo empezara a ir mal. La pieza que me faltaba encontrar para que el puzle tuviera sentido.
Valeria Torrent.