Te maltrato
Gustavsbergsuburbio de Estocolmo,
tarde del 22 de octubre
Todo se ve distinto desde abajo.
Las macizas patas de la gran mesa del comedor, el tablero de la mesa de
roble de nítidas vetas con el dibujo de cera debajo, el que mamá todavía no ha
descubierto. El mantel que cae a su alrededor en pesados pliegues de color
crema.
Mamá también parece diferente desde abajo.
Tilde asoma la cabeza cautelosamente desde su cabaña, la ve, en la
cocina, remover con una mano los espaguetis, que sobresalen de la gran olla
gris y parecen palillos de Mikado, y sostener el cigarrillo con la otra.
Se oyen unos chasquidos cuando los espaguetis se rompen bajo la presión
del tenedor.
A mamá los gastados tejanos le cuelgan tan bajos que dejan ver el tatuaje
que asoma por debajo de las braguitas rosadas.
Desde el suelo, el trasero de mamá parece enorme, y por un instante ella
duda si decírselo o no. Mamá siempre se pregunta si su trasero parece grande
o pequeño, y a menudo obliga a Henrik a responder a la pregunta, a pesar de
que él no quiere. Él prefiere mirar los caballos dar vueltas y más vueltas en la
tele mientras se bebe una cerveza.
Es lo que llaman una afición.
Mamá apaga el cigarrillo en la taza de café, recoge con sus largas uñas
unos pocos espaguetis que se han salido de la olla y se los mete en la boca
como si fueran chucherías.
Crujen cuando los mastica.
Mientras, Tilde coge una cera azul y empieza a colorear meticulosamente
lo que será el cielo. En el dibujo ya hay una casa, y también un coche rojo
delante de la casa; el que comprarán cuando mamá vuelva a tener un trabajo.
A través de la ventana de la cocina se filtra la débil luz de una mañana de
otoño y tiñe la estancia con una gama de colores oscuros, deprimentes. Sin
embargo, en su cabaña, la oscuridad es extrañamente acogedora. Apenas penetra una débil luz, suficiente para que pueda ver el papel que ha dejado en
el suelo y para intuir los colores de las ceras.
De la radio fluye un chorro constante de música, interrumpido por bloques
de anuncios.
Mientras pasan los anuncios, ellos hablan, hasta allí lo ha entendido todo.
Los anuncios son cuando Henrik orina toda la cerveza que ha bebido. Los
anuncios también son cuando mamá sale al balcón para fumar, pero cuando
Henrik no está en casa, fuma por todos lados. Aunque no haya anuncios.
El golpeteo es suave y delicado, apenas puede considerarse un golpeteo,
más bien parece que alguien, distraído, haya tamborileado ligeramente contra
la madera al pasar por delante de la puerta del piso.
Tilde se da cuenta de que mamá ha vuelto a encender un cigarrillo. Está
inclinada sobre el fregadero, parece titubear.
Entonces el leve golpeteo se convierte en un martilleo.
¡Pam, pam, pam!
Y ya no cabe duda de que hay alguien al otro lado de la puerta, alguien
que quiere entrar. Alguien que tiene prisa.
—¡Voy! —grita mamá, y se acerca lentamente a la puerta con el cigarrillo
entre los dedos. Como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Y Tilde
sabe que es así, porque Henrik ha de aprender a tener paciencia. Las cosas no
siempre pueden pasar de golpe, no siempre pueden ser como él quiere que
sean. Eso es lo que mamá le ha dicho muchas veces.
Saca una cera amarilla, un color perfecto para pintar el sol, y con
movimientos circulares y envolventes empieza a dibujar un redondel. El papel
se arruga un poco y, al sostenerlo con la otra mano, se rompe ligeramente por
la esquina superior derecha. Una grieta en el mundo perfecto que Tilde está
empeñada en crear con tanto ahínco.
Duda un momento: ¿empezar de nuevo o seguir adelante?
¡Pam, pam, pam!
Henrik parece más furioso que de costumbre. Entonces se oye el tintineo
de la cadena de seguridad al retirarla y mamá abre la puerta.
Tilde rebusca entre las ceras que parecen ramitas pardas en medio de la
oscuridad de debajo de la mesa de comedor. Como si estuviera en el bosque,
debajo de un abeto, jugando con ramitas de verdad. Ha estado muy pocas
veces en el bosque y se pregunta cómo será aquello. Solo conoce el parque
infantil del centro, y allí no hay abetos, solo arbustos espinosos con diminutas
bayas anaranjadas que según los otros niños son venenosas.
Entonces encuentra la cera gris. Quiere que sea una nube enorme y
oscura. Una con el vientre lleno de lluvia y granizo que asuste a los adultos.
Desde el vestíbulo le llegan voces airadas y otra clase de golpes. Golpes
sordos, como si algo cayese al suelo una y otra vez. Y Tilde piensa que le
gustaría que alguna vez dejaran de pelearse. O que mamá pudiera tirar esas
latas de cerveza doradas, las que hacen que Henrik esté malhumorado,
crispado y cansado.
Se agacha un poco para mirar por debajo del mantel. Ahora están
gritando, y hay algo que no anda bien. La voz es desconocida. Henrik no
suena como de costumbre.
El vestíbulo está a oscuras.
Se vislumbran cuerpos en movimiento allá fuera, pero no consigue
interpretar lo que está pasando.
De pronto, un alarido.
Alguien, ahora ve que es mamá, cae de bruces al suelo. Aterriza de cara y
Tilde ve extenderse una mancha roja allí donde descansa su cabeza. Mamá
coge con fuerza la alfombrilla de la cocina, como si quisiera sujetarse a ella, y
hace un intento por arrastrarse hasta el salón. Algo pequeño, reluciente y
dorado entra rodando desde el vestíbulo, donde alguien, un hombre, maldice.
Su voz es grave y parece furioso. Luego se oyen pasos que se dirigen a la
cocina. Una figura se inclina y recoge del suelo el pequeño objeto dorado.
Tilde no se atreve a asomarse para ver quién es, aunque distingue unas
botas negras y unas perneras oscuras que se han detenido cerca de la cabeza
de mamá, que vacilan un segundo y que luego, de pronto, empiezan a
patearla, una y otra vez, en la cara. Hasta que todo su rostro parece
desprenderse como si fuera la máscara de una muñeca, y una masa roja y
rosada mana de ella formando un charco sobre la alfombrilla. Las botas
negras también están manchadas de aquella especie de papilla, que gotea
lentamente en el suelo igual que helado derretido.
De pronto se hace el silencio, excepto por la música que sigue saliendo de
la radio, y Tilde se pregunta cómo es posible que la música siga sonando sin
parar, como si no hubiera pasado nada, a pesar de que mamá yace en el suelo
de la cocina como un montón de ropa sucia, en medio de un charco de sangre
que no para de crecer.
La respiración de mamá es pesada y estertórea. Como si acabara de tragar
mucha agua.
Entonces ve que mamá es arrastrada hasta el vestíbulo, centímetro a
centímetro, aferrada todavía con las manos a la alfombrilla de la cocina.
Lo único que ha quedado en el suelo de linóleo de color crema es el
charco de sangre y la masa rosada.
Tilde vacila por un instante, y finalmente se decide por seguir rellenando
el nubarrón gris.