Te maltrato
Gustavsberg,
noviembre
Las casas adosadas están construidas en medio de lo que parece ser un campo,
al pie del bosque de abetos que se extiende hasta llegar al lago en dirección
oeste y hasta el pequeño centro en dirección este. Las fachadas amarillas de
madera y las puertas azules han adquirido un color gris de agua de fregado en
el crepúsculo del mes de noviembre. Delante de las casas, los coches están
aparcados pulcramente en batería. De las ventanas sale una luz amarilla y
cálida que se refleja en los campos pantanosos y se abre camino a tientas
hacia la oscuridad más allá de los pequeños y aseados jardines, hacia el
bosque donde no vive nadie.
Kent Hallgren está cansado, cansado hasta la extenuación.
Más cansado de lo que nadie se merece estar, piensa, y se sirve un buen
trago de whisky en el vaso Duralex. Nada de hielo. Le habría gustado
tomárselo con hielo, pero no le quedan fuerzas para ir a por él al congelador
que está en el otro extremo de la cocina. Siente como si sus piernas fueran de
piedra, le duele la espalda y su cabeza está a punto de estallar. Al levantar el
vaso y llevárselo a la boca, nota el acre olor de su propio sudor.
Últimamente, piensa, le gustaría poder olvidarse del calendario, borrarlo
del disco duro.
La muerte de Susanne lo ha consumido. Ha dormido mal y ha sido
incapaz de concentrarse en el trabajo. Una vez más, piensa que no se lo
merecía. Que realmente se merece una vida mejor, sin una ex mujer loca a la
que han asesinado, sin una criatura a cuestas.
No es que no sienta simpatía por Susanne, porque la siente. Al fin y al
cabo, estuvieron juntos tres años y solo Dios sabe que no merecía morir, a
pesar de que los últimos años se comportó como una cerda de primera. Tenía
sus lados buenos, Susanne. Era una buena madre para Tilde, una de las que
hacen comida sana, siempre se preocupó de que Tilde fuera bien vestida y
llevara el pelo recogido en trenzas. Una de las que mantiene una relación
buena con el personal de la guardería y del ambulatorio pediátrico.
Y ahora todo es responsabilidad suya.
Obviamente, no es lo que más le apetece. Obviamente es injusto. Él no
está preparado para ocuparse de un niño a jornada completa; no sabe cómo se
hace. No sabe hacer trenzas, no sabe con qué quiere jugar una niña pequeña.
Hay embalajes del restaurante de kebabs y de la pizzería en el rincón al
lado del bol del agua del gato. Tilde ha pintado algunas de las cajas de pizzas.
Un rostro con unos ojos redondos y unos dientes largos y afilados le sonríe
desde el cartón grasiento de color beis oscuro.
Piensa distraído que la cara no es demasiado agradable, que de hecho es
una cara malvada. ¿Por qué la habrá dibujado? ¿Podría ser el dibujo del
asesino? ¿Debería llevarle el cartón a la policía? ¿Cuánto vio, en realidad?
¿Vio a…? No, no debe pensar en ello. Tiene que dejar de hacerlo ahora
mismo. Decide no llevarle el cartón a la policía, no tiene mucho que ver con
un retrato robot.
Tilde está sentada a la mesa de la cocina, ensartando perlas de madera en
un hilo de pescar. No tenía otro hilo, porque, en circunstancias normales,
Tilde no suele pasar largos períodos con él, o al menos no lo suficientemente
largos como para necesitar un montón de juguetes. Suele bastar con el juego
del dragón Bolibompa y con un bloc de dibujo. Sin embargo, ahora le ha
comprado unas perlas en la tienda de juguetes del centro. Allí le dijeron que
serían perfectas para una niña de cinco años, y parece que así es porque Tilde
lleva casi una hora manipulándolas.
Da un sorbito al whisky que está tibio y ahumado, y que le provoca
náuseas al tragar. Piensa en lo que le dijo la policía, que todavía no saben
quién es el agresor. Que no hay manera de vincular a Henrik con el crimen,
que de hecho tiene una coartada. Sin embargo, la policía debe de sospechar de
él. No hace falta ser un físico nuclear para darse cuenta de que hay algo raro
en él. Esos músculos. No cree que baste con levantar escombros para tener
esos músculos. Debe de tomar alguna cosa. Es increíble que Susanne se
enamorara de él. Y luego estaba lo del tiro con pistola, sin duda una manera
más de descargar sus tendencias agresivas. Además, aunque en realidad eso a
él no le concernía, había rumores de que Henrik se jugaba casi todo lo que
ganaba a los caballos.
Y ahora él está aquí, cargando con una niña de cinco años, esto desde
luego no es lo que había planeado. Y encima ha tenido que despedirse del
viaje a Phuket que tenía previsto hacer con los chicos.
Le da un gran sorbo al líquido tibio y la vaharada de alcohol le escuece en
los ojos.
Todos se mostraron muy comprensivos cuando tuvo que anularlo. La
verdad es que todos pensaron que lo que le había pasado a Susanne era
terrible. Y para colmo también se había convertido en una especie de
celebridad en su círculo de amistades. Una persona a la que trataban con
mucho respeto e interés. Alguien a quien la gente quería conocer. De hecho,
eso era bastante agradable.
De repente está allí, frente a él. Rodea sus tejanos con sus bracitos y lo mira
con esos enormes ojos azules, que también son los de Susanne, y él nota algo
cálido en el diafragma. Un sentimiento cuyo nombre desconoce y que
tampoco sabe cómo manejar.
—Mi niñita, el tesorito de papá.
Se agacha y le acaricia la mejilla.
—¡Uy, papá! Hueles a señorita.
—¿A señorita? —pregunta él, confuso.
—Sí, como la señorita cuando tiene esa cosa azul pegajosa en las manos.
—¿Azul pegajosa?
Entonces cae en la cuenta. En el baño de la guardería hay un gran
dispensador de gel limpiador a base de alcohol que el personal utiliza para
lavarse las manos. Parece que funciona contra la gripe. ¿O sea, que huele
como el gel ese? Deja a un lado el vaso con el líquido de color ámbar y coge a
la niña en brazos.
—Es hora de dormir, tesoro.
La niña asiente con la cabeza y vuelve a asombrarse de lo obediente que
es, se pregunta si siempre será así o si simplemente se trata de una fase que
superará en algún momento. Se pregunta si estará traumatizada y, en tal caso,
cómo se manifestará.
La sube a la cama y hunde la nariz en su pelo castaño, aspira el aroma a
comida y a pastilla de jabón.
—Buenas noche, mi princesita.
—También tienes que lavarme los dientes. Hay que lavarse los dientes.
La niña abre los ojos azules de par en par y lo vuelve a mirar con esa
mirada seria y él suspira.
—¡Uy, papá se ha olvidado! Ya voy, ¿de acuerdo?
La niña asiente.
Él va al baño, busca entre el desorden que hay encima de la lavadora el
pequeño cepillo de dientes con forma de jirafa. Al final lo encuentra debajo
de una lata de rapé, pero no consigue dar con la pasta de dientes de la niña
que sabe a chuches. En su lugar distribuye una porción mínima de Colgate en
el cepillo y vuelve a la habitación provisional de la niña. Piensa que pronto la
arreglará, pintará las paredes con unos colores más alegres. ¿A lo mejor
amarillo? La decorará con unos cuantos muebles infantiles, Ikea tiene unos
que no están mal y que son económicos, lo ha visto en la red, y se deshará de
los sticks de bandy y los juegos de ordenador.
Con mucho cuidado le cepilla sus pequeños y perfectos dientes mientras
ella mantiene obediente la boca abierta.
—Pues ahora ya está. Ahora duerme.
Ella lo mira con una expresión indignada.
—¡Pero papá, si te has olvidado del pijama!
—¡Uy, sí, es verdad! Qué metedura de pata.
Le pone el pijama, el de Dora la Exploradora. Le da otro beso en la
mejilla y sale de la habitación sin hacer ruido.
Otro whisky, piensa. Si alguien se merece otro, ese es él.
Se coloca delante de la ventana y mira hacia el campo oscuro y anegado
de agua. Hacia el bosque que empieza justo detrás, hacia las siluetas de pinos
y abetos que todavía son visibles contra el oscuro cielo. Suspira hondo. Se
imagina la arena harinosa y blanca de las playas de Phuket, los bares de
Patong. La piel morena y suave de las mujeres y sus estrechas caderas bajo las
faldas demasiado cortas.
Piensa que necesitaba salir de allí. Por fin tomarse el descanso que se
merece, que tanto necesita.
Apoya la cabeza contra el cristal de la ventana, oye el ulular del viento.
Contempla cómo revolotean las hojas secas en la oscuridad de la calle.
—¡Papááá!
Al principio no contesta. La verdad es que ni siquiera le quedan fuerzas
para abrir los ojos, solo de descansar todo el peso de su cuerpo contra el frío
cristal.
—¡Papááá!
Está en medio de la habitación con el rostro vuelto hacia la ventana. La fina
cortina ondea levemente en la corriente de aire.
—Pero, cariño, tienes que dormir.
La coge en brazos, pero ella se escabulle. Empieza a gritar.
—¡Papá, había un león delante de mi ventana!
—Pero tesoro…
Se agacha para cogerla en brazos, pero ella es más rápida, sale corriendo
en dirección al salón. Él la sigue.
—Amor mío, no hay leones aquí, en Gustavsberg. En Suecia. Hace
demasiado frío, se mueren.
Desde que vio el documental en la tele sobre leones ha tenido miedo.
¿Cómo pueden pasar un programa así en la hora de mayor audiencia de la
tele? Esto le supera. Animales que se destrozan mutuamente, ¿es eso
entretenimiento apto para niños?
Tilde se sienta en el sofá de piel. Rodea sus piernas con los brazos, hunde
la nariz entre las rodillas.
—Vi un león en la ventana. Lo he visto, lo he visto, lo he visto.
—Venga, ¿quieres que vayamos a ver si ya se ha ido el león? ¿Quieres
que vayamos juntos a mirar?
Están frente al cristal oscuro de la ventana. Él la lleva en brazos, apoyada en
la cadera, y cae en la cuenta de lo poco que pesa. Una niña, tan importante,
pero tan ligera.
Un soplo de aire frío les da en la cara desde la ventana rota que no acaba
de cerrar bien y él se recuerda a sí mismo que tendrá que repararla muy
pronto, en cuanto haya bastante luz y calor para hacerlo.
—¿Has visto? No hay ningún león.
Ella mira recelosa por la ventana, se inclina hacia delante y su cálido
aliento deja unas manchas húmedas en el cristal.
—¿A que no?
Ella parece dudar, se rasca el pelo un poco con una mano sucia. En las
uñas todavía tiene restos de la laca rosa pálida que Susanne le puso en su día.
Se pregunta si alguna vez aprenderá a hacer cosas de niñas con ella.
Pintarle las pequeñas uñas, ponerle pasadores en el pelo. Saber qué tejanos
son los correctos.
—Bueno, ahora tienes que dormir, de verdad.
—Papá.
—¿Sí?
—Prométeme que nunca me darás patadas.
Él se queda paralizado, en mitad de un paso.
—Pero, amor mío, ¿qué es lo que dices? Claro que nunca te daré patadas.
Ahora duerme.
En su interior el corazón late con fuerza y nota cómo el sudor brota en sus
sienes.
La vuelve a depositar con cuidado en la cama que también es un sofá.
Que en realidad es un sofá.
Sale de puntillas de la habitación sobre unas piernas temblorosas que
apenas le sostienen y cierra la puerta. Vuelve a su copa con el líquido de color
ámbar, enciende la tele y pone el programa deportivo, solo para ver cómo
Federer barre a Söderling de la pista. Constata que las cosas van fatal para el
tenis sueco. Piensa en Phuket, en la tibia y salada agua del mar, en todo a lo
que ha tenido que renunciar.
Decide que se merece una copa más.
Se despierta tiritando de frío. La tele sigue encendida y ve cómo una mujer y
un hombre sonrientes se beben una especie de bebida dietética de color
marrón. Son delgados y están morenos, y parecen felices y contentos.
Una corriente de aire frío atraviesa la estancia y se da cuenta de que tiene
los miembros extrañamente entumecidos cuando intenta incorporarse. Le
laten las sienes y le sobreviene una oleada de malestar.
¿Está abierta la puerta?
Alarga el brazo para coger el mando a distancia y apaga la tele. En el
silencio que se produce posteriormente oye una especie de golpeteo. Como si
la corriente de aire hiciera golpear la puerta contra la pared.
Se dirige hacia el vestíbulo a paso lento.
¿Qué demonios?
El aire frío le envuelve las piernas y se mira confuso los pies, como si el
problema estuviera allí. En el frío suelo de baldosas.
Pam, pam.
De pronto parece que el pensamiento se ordena, o tal vez sea una especie
de instinto primitivo.
Se acerca a la puerta de la habitación de Tilde y la abre. Y en el mismo
instante en que lo hace, todos los sonidos del bosque irrumpen en la casa,
ahogando sus pensamientos, anegando su conciencia.
Un aire helado levanta las cortinas y las revuelve como si fueran velas
hechas jirones. Las hojas secas revolotean por el suelo de parqué, se le pegan
a los tobillos.
El cristal de la ventana golpetea contra la pared.
Pam, pam.
Mira hacia el sofá donde el saco de dormir de color verde militar está
arrugado y vacío en una esquina.
Tilde ha desaparecido.