Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 5 de 16

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Te maltrato

Comisaría de Värmdö,

octubre

 

Sonja Askenfeldt mete el paquete de tabaco en el bolso de mano y se pregunta

quedamente si a lo mejor lleva demasiado tiempo siendo policía. Hoy

interrogarán a una niña pequeña que con toda probabilidad vio cómo

asesinaban a su madre y todo lo que se le ocurre pensar es que tiene que darle

tiempo a pasar por la tienda de ropa para madres e hijos Polarn O. Pyret para

canjear el cheque regalo que está a punto de caducar. Hace diez años, le

habría dolido el estómago durante varios días antes de un interrogatorio como

este.

Sabe por experiencia que reaccionará cuando el interrogatorio esté en

marcha, que resultará difícil escucharlo y aceptar lo que relate la niña, pero en

poco tiempo todo volverá a la normalidad.

Un día más en el trabajo, nada más.

Saluda a la investigadora infantil.

—Hola, soy Carin von Essen. ¿Creo que nos hemos visto antes?

Sonja asiente y sonríe.

Desde luego había visto antes a Carin. Carin del arbusto en el arbusto.

Había dado una conferencia en un curso de técnicas de interrogatorio la

pasada primavera. Además, tenía un nítido recuerdo de ella de la fiesta de

personal del verano.

Aquella fiesta de personal. Y la que recuerda es otra Carin, no la mujer

formal y seria que tiene ahora enfrente, sino una mujer ebria y un poco

regordeta de risa fácil de unos cuarenta años, con sombrero de cangrejo, un

escote demasiado profundo y unas medias de nailon hechas jirones. Fue de las

más ruidosas y de las que cantaron con más brío, de las que bailaron de forma

más descontrolada y, probablemente, también más pegadas a los colegas del

sexo masculino. Luego se había hablado bastante de ella, de cómo había

hecho pipí detrás de un arbusto en la rotonda que había delante del local de

fiestas. Un arbusto muy pequeño. De hecho, tan pequeño que ni siquiera tapaba sus partes más íntimas. Y era por eso por lo que la llamaban el

Arbusto. Carin, la del arbusto en el arbusto.

Y ahora, de pronto, la tiene delante, con el pelo rubio peinado con el

secador y un jersey de cuello alto subido hasta arriba. Tiene el aspecto de

alguien recién salido de la ducha y muy maternal, como una maestra de

parvulario cualquiera. Igual que la mayoría de las investigadoras infantiles.

Parece que sea algo que se contagia.

Carin saluda a su colega Roger, que para la ocasión se ha calzado unas

botas de cowboy y se ha puesto un cinturón con una enorme hebilla de latón

en forma de águila. Su rostro se ilumina al ver a Carin y Sonja siente una leve

oleada de irritación y algo que le recuerda a la vergüenza.

¿Acaso se avergüenza en nombre de Roger? ¿Acaso se le contagia, de

alguna manera, su estúpida manera de vestir? ¿Sus patéticas insinuaciones a

Carin von Essen, de las que él cree que ella no se da cuenta?

Decide rápidamente que es ridículo. En serio, su estilo, sus declaraciones

machistas y su sonrisa socarrona de caballo no tienen nada que ver con ella.

Lleva años trabajando con Roger y, en general, es un buen policía. Sin

embargo, ha dejado de involucrarse realmente. El compromiso que sentía

hace diez años hace ya tiempo que desapareció, como el agua de una charca

que se va evaporando gradualmente y apenas deja una fina capa que evoca lo

que antes había allí. Lo mismo le pasa a Roger. Se ha desecado de

sentimientos y energía. Solo queda una fina pátina de empatía y compromiso.

Va a trabajar porque es su obligación, porque tiene que pagar la hipoteca y los

plazos y para poder volver a Tenerife con la mujer y los gemelos el próximo

invierno también. Y, para ser sincera, tampoco se lo puede reprochar. No cree

que exista nadie capaz de mantenerse fiel a un ideal en esta profesión durante

demasiado tiempo. O bien te hundes, o bien te vuelves… duro. Te creas una

especie de coraza contra la realidad a la que te tienes que enfrentar cada día.

Aprendes a bromear con la muerte, los vómitos y los drogadictos

adolescentes. También aprendes a apreciar las bromas.

Y aun así…

Le molesta. Roger ha cruzado la fina línea entre la resignación y la simple

y llana desidia. Demasiado a menudo, Sonja se ve haciendo horas extras,

escribiendo unos informes que, en realidad, él debería haber hecho, cuando

ella podría ir a recoger a las niñas, al gimnasio, o simplemente sentarse con

un libro y un cigarrillo.

Sonja se recuerda a sí misma que tiene que tener esa charla con Roger

muy pronto. Que no se siente bien tratándole como si fuera el tercer hijo que no tiene ni quiere tener.

Ahora Carin, la investigadora infantil, saluda al padre de la niña. Es

costumbre que estén presentes los padres cuando hay que interrogar a niños

tan pequeños. En cierto modo, el padre parece nervioso y recién salido de la

cama. Lleva el pelo alborotado, tiene los ojos hinchados y enrojecidos, el

raído jersey de lana le aprieta alrededor del abdomen de una manera un tanto

amenazadora.

—¿Por qué hay que grabar el interrogatorio? —pregunta el padre, y a

Sonja le parece distinguir cierto tono vacilante, incluso hostil, en su voz.

—Siempre grabamos todos los interrogatorios a niños menores de quince

años —le explica Carin pacientemente—. Eso significa que el niño no tendrá

que comparecer como testigo en un posible juicio. En su lugar se utiliza el

interrogatorio registrado en vídeo. Ya puede ir a por Tilde y traerla a la sala

de interrogatorios.

El padre de Tilde asiente con la cabeza y se pasa la mano por la barba de

tres días, pero no parece del todo convencido.

—Es decir, ¿que no podré estar presente?

—No, como ya le expliqué cuando hablamos ayer, solo estarán la niña y

el interrogador. Es importante que la niña se pueda concentrar completamente

en el interrogatorio y responder a las preguntas sin la intervención de nadie.

Como padre es fácil caer en la tentación de intentar ayudar al niño a arrancar

y entonces nos arriesgamos a influir en el resultado. Tendrá que esperar aquí

con… ¿Roger y…?

—Sonja —dice Sonja—. Nosotros cuidaremos de usted aquí. Y podrá ver

el interrogatorio a través de esta ventana y escuchar todo lo que se diga. Y si

se hace demasiado pesado o duro para Tilde, haremos una pausa. ¿Le parece

bien?

—De acuerdo —dice, dubitativo, se vuelve y sale de la habitación para ir

a buscar a Tilde.

—Bueno, pues pongámonos en marcha —dice Carin del arbusto en el

arbusto, y abandona la estancia con pasos sigilosos.

Sonja piensa en lo que Roger le acaba de contar hace un rato. Él había

comentado anteriormente el interrogatorio de Tilde con Carin, que le había

explicado algunas de las dificultades que conlleva interrogar a un niño de esa

edad. Le había subrayado lo importante que es que el niño se sienta confiado,

que el interrogador formule unas preguntas claras y concisas en un lenguaje

que el niño pueda entender, puesto que a esas edades tienen un vocabulario

reducido. Carin le había dicho que Tilde, que acababa de cumplir cinco años, probablemente solo conocía entre mil y mil quinientas palabras. Además, que

no es hasta los cinco años que la memoria semántica, o memoria cognitiva,

empieza a desarrollarse. Antes de esta edad, los niños tienen una capacidad

bastante reducida para recordar conceptos abstractos. Son capaces de recordar

lo que ha pasado, sobre todo si se trata de un incidente traumático, pero les

cuesta relatarlo. En general, no se suele interrogar a los niños menores de tres

años, puesto que, en estos casos, el valor probatorio suele ser más bien

reducido.

 

Tilde y Carin están sentadas cada una en una silla alrededor de la mesa. Sonja

apenas reconoce la sala de interrogatorios. La investigadora infantil se ha

traído cojines y un montón de papeles en blanco y algunos libros. Supone que

es para crear una atmósfera más agradable, y seguramente no sea mala idea.

Tilde está sentada sin decir nada. Lleva el pelo castaño recogido en un

moño suelto y el vestido tejano cuelga como un saco de ese cuerpecito tierno

y delicado. Las piernas oscilan libremente debajo de la alta silla. Los pies no

le llegan, ni mucho menos, al suelo.

—Tilde, me llamo Carin von Essen y soy policía. ¿Sabes a qué se dedica

un policía?

Tilde asiente lentamente con la cabeza, pero no contesta.

—Yo trabajo atrapando a las personas que hacen cosas que están

prohibidas. A los que se pelean o que roban, por ejemplo. Me gustaría hablar

un poco contigo de lo que le pasó a tu mamá.

Tilde vuelve a asentir de aquella manera pausada que hace que parezca

que realmente entiende la gravedad de la situación. Carin le sonríe levemente

y prosigue:

—Muy bien. Verás lo que haremos. Yo te haré algunas preguntas sobre lo

que pasó y entonces quiero que tú las respondas. Si no lo sabes, me dices «No

lo sé». ¿Lo entiendes?

—Sí.

La voz de Tilde es tan débil que apenas se distingue y, sin embargo, a

Sonja se le eriza el vello en la nuca. Los crímenes en los que está implicado

algún niño tienen algo muy especial. Después de tantos años en el puesto, es

casi lo único que realmente le afecta en lo más profundo. Hay cosas que un

niño no debería presenciar, que no debería siquiera ver. Y en más de una

ocasión Sonja hubiera deseado cambiarse por el niño.

«Mira las fotos; contesta las preguntas; señala en la muñeca en qué parte

del cuerpo te tocó el hombre malvado; muéstrame en la foto qué chico fue el

que pinchó a tu hermano en el ojo con el palo; háblame del día en que tu

madre fue atropellada por el tren».

—Entonces, si yo, por ejemplo, te pregunto: «¿De qué color es mi gato?»,

¿tú qué me dices?

Tilde titubea unos segundos y se toquetea el vestido, parece pensárselo.

—¿No lo sé?

—Exactamente. Porque tú nunca has visto mi gato, ¿verdad?

—Pues no —dice Tilde, y se mira las rodillas.

—Muy bien. Ahora ya sabes cómo va la cosa. Si yo te digo algo que no

entiendes, me lo preguntas, ¿de acuerdo, Tilde?

—Sí —contesta Tilde con esa voz tenue, casi susurrante.

—¿Qué fue lo que pasó con tu madre, Tilde?

Tilde se queda en silencio, parece dudar, pero al tiempo empieza a contar.

Y de pronto su voz es fuerte y clara. Ni mucho menos frágil y tenue como

antes.

—El señor pegó a mamá.

—¿Y de dónde vino el señor, Tilde?

—De la puerta.

—¿De qué puerta?

—La puerta de fuera.

—¿La puerta exterior?

—Sí, estuvo llamando a la puerta mucho rato y, al final, mamá tuvo que

abrir. No se debe llamar así a la puerta. No está bien.

—Y luego, ¿qué pasó?

—El señor pegó a mamá.

—¿Tú lo viste?

Tilde asiente seria con la cabeza, pero no responde a la pregunta.

—¿Puedes contarme lo que hizo?

—El señor pegó a mamá.

—¿Cómo pegó a mamá?

—Le pegó, y luego le dio patadas, muchas patadas.

Una pausa. Carin se pasa las manos por las mangas del jersey de cuello

alto, como si tuviera un poco de frío.

—Y, entonces, ¿qué pasó?

—Mamá se cayó al suelo y empezó a salir mucha sangre, y la alfombrilla

se ensució, no hay que manchar la alfombrilla. Pero estaba pegajosa y, aun así, él no paró. Aunque estaba sucia y mamá se había caído. Y él siguió

dándole patadas y patadas y patadas. Y no paraba. A pesar de que mamá,

aunque… No se debe hacer una cosa así.

La voz de Tilde se ha vuelto chillona y aprieta los pequeños puños contra

las rodillas con fuerza. Sus piernas han dejado de balancearse debajo de la

silla, su cuerpecito se ha quedado quieto y rígido como un palo. Se le ha

soltado el moño y su pelo castaño cae suave y fino sobre sus infantiles

hombros.

—¿Luego qué pasó, Tilde?

La voz de Carin es tranquila y aparentemente impasible. De pronto Tilde

se baja de la silla, se queda de pie delante de la mesa y se lleva las manos a

las orejas. Grita directamente:

—¡No más hablar, no más hablar, no más hablar, no más hablar!

Carin se acerca a ella, posa una mano sobre su hombro, espera a que se

calle. Coge las dos manitas entre las suyas y se pone en cuclillas para que sus

ojos estén a la misma altura que los de Tilde.

—¿Quieres que dibujemos un rato, tú y yo? Luego, de aquí un rato,

podemos volver a hablar de tu mamá.

Tilde asiente muda con la cabeza. Vuelven a tomar asiento alrededor de la

mesa. Carin saca ceras y papel.

—¿Quieres que te pinte mi casa?

Tilde asiente.

—De acuerdo. Es una casa muy pequeña. Mira —dice Carin, y dibuja

algo sobre el papel con trazos rápidos.

—¿Dónde está el gato?

Carin se ríe.

—O sea ¿que te acuerdas del gato? Es verdad, no podemos olvidarnos de

Adolf. —Carin dibuja algo muy pequeñito, alarga la mano para coger una

cera de color naranja y rellena el contorno—. Así es mi gato. Y luego hay un

árbol. Solo hay un árbol, porque mi jardín es muy pequeño. Pero es un buen

árbol, porque me da muchas manzanas cada año. Y puedes trepar al árbol

también, porque tiene unas ramas perfectas para trepar por ellas.

—Nosotros no tenemos jardín en casa de mamá.

La voz de Tilde vuelve a estar calmada.

—No, no todas las casas tienen jardín. Pero ¿a lo mejor tenéis otra cosa

que está bien?

—Nuestra tele es muy grande. Está puesta en la pared y es casi plana,

como un panqueque.

—¡Vaya, eso suena muy bien! ¿Recuerdas lo que hiciste esa noche, antes

de que llamaran a la puerta?

Tilde vuelve a bajar la mirada, cierra los puños y se retuerce en la silla.

Los pies empiezan lentamente a oscilar hacia delante y hacia atrás en el aire.

—No… lo sé.

—¿Habías visto a este señor antes?

Tilde se retuerce nuevamente en la silla, como si la pregunta le resultara

desagradable.

—No lo sé.

—¿Dijo algo el señor?

—El señor y mamá gritaban.

—¿Recuerdas lo que decían?

Titubeo.

—Gritaban muchísimo.

—¿Pudiste oír lo que decían?

—No lo sé.

—De acuerdo, está muy bien, Tilde. Eres muy buena respondiendo.

¿Reconociste la voz del señor?

—No lo sé.

—Pero crees que era un señor, ¿no una señora, ni una chica?

—Era un… mago.

—¿Cómo sabes que era un mago?

Tilde vuelve a quedarse callada y seria, mira fijamente a Carin sin decir

nada.

—¿Por qué crees que era un mago, Tilde? —repite Carin.

—Hizo desaparecer la moneda.

—¿Qué dices que hizo desaparecer?

—La moneda.

Pausa.

—¿Cogió dinero?

—Sí.

Una rápida mirada de Carin a través del cristal.

—¿Eso fue antes o después de que pegara a tu mamá?

—Primero pegó a mamá, luego lo hizo.

—¿Primero pegó a tu mamá y luego cogió el dinero?

—Sí.

Sonja suspira. Nunca habría dicho que podría tratarse de un asesinato por

robo. La violencia con la que se había empleado aquel hombre era demasiado brutal. Sin embargo, de ser así, desde luego era preocupante y angustioso.

Una madre sola asesinada a patadas delante de su propia hija porque un

toxicómano cualquiera necesitaba un chute rápido. Bien mirado, era más que

probable, pasaba continuamente.

Roger se inclina hacia Sonja y cuchichea entre dientes:

—No está mal. Ahora mismo, el arbusto ha crecido ante mis ojos.

Y a pesar de que Sonja no quiere, se le escapa la sonrisa y le sobreviene

un sentimiento de ternura incondicional por su colega desesperante, indolente

y machista. Le da un codazo amigable en el costado y mira cautelosamente

hacia el padre de Tilde, preocupada por si se ha dado cuenta de sus bromas,

pero él sigue mirando como hipnotizado a través del cristal de la sala de

interrogatorios, al tiempo que el sudor brota formando pequeños regueros que

caen de sus sienes.