Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 12 de 16

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Te maltrato

En algún lugar en las afueras de Estocolmo,

noviembre

 

El pequeño trastero está completamente a oscuras. Si aprieta la espalda contra

la pared e intenta estirar las piernas toca la puerta con los pies. Las paredes

laterales son de tablones de madera húmeda. Parecen las paredes de un

apartamento al que mamá solía llevarla de vez en cuando: duras, húmedas y

ásperas.

En el suelo se amontonan unas revistas con fotografías descoloridas de

señoras desnudas con sonrisas tontas y enormes pechos que les cuelgan hasta

la cintura. Las vio cuando él abrió la puerta para depositar en el suelo la

bandejita con bollos y zumo.

Lo primero que ocurrió cuando se disponía a beber el zumo fue que volcó

el enorme vaso en el suelo y ahora está sentada en medio del charco pegajoso

de zumo, y tiene más sed y más frío que nunca.

Alrededor de la muñeca lleva atada una cuerda que sube en la oscuridad y

le impide alcanzar el suelo con la mano. Cuando duerme, su mano

entumecida flota como un globo en la oscuridad que la envuelve.

Tiene frío.

En la esquina del pequeño habitáculo está el orinal que el hombre ha

dejado allí. El que no sabe muy bien cómo debe utilizar. Además, le da miedo

quitarse las braguitas en la oscuridad, le da miedo que alguien o algo de

pronto le muerda el trasero. Por lo tanto, hizo pipí en el suelo con las

braguitas puestas, una efímera sensación cálida de verano que se extendía.

Luego: pipí mojado, frío e irritante que cubre su pierna.

En las esquinas se agolpan las pelusillas de polvo y unas cositas duras que

tal vez sean piedras, insectos muertos o cualquier otra cosa, algo peor. Y una

vez más piensa en todos los monstruos que sabe que habitan en la oscuridad.

Los que están al acecho por encima de su cabeza, de largos brazos de insecto,

dientes afilados y garras tan largas como las piernas de un niño. Los que solo

esperan engullirla en cuanto se despiste, en cuanto se olvide de pensar en ella.

En la que mantiene alejados a los monstruos.

Mamá.

Se pregunta cuándo vendrá mamá a salvarla del hombre que a lo mejor

también es un monstruo. Y se pregunta si será capaz de reconocer a mamá

cuando venga, si su cara se habrá curado, todo aquello rosado y rojo que salió

de ella, ¿se lo habrán devuelto? Papá dice que sí lo han hecho. Que tiene que

estar guapa para el entierro. Pero entonces la meterán en una cajita. Igual que

la muñeca que ella le compró. Aunque la cajita de mamá no es transparente.

Está hecha de madera y la enterrarán en el suelo. Y eso a ella le parece

horroroso. Que mamá tenga que quedarse dentro de esa pequeña y oscura arca

totalmente sola y no pueda salir de allí nunca más.

El hambre le provoca dolor de estómago. Los bollos que él dejó en el

cubículo estaban duros y fríos, como si hubieran salido directamente del

congelador sin haber pasado antes por el microondas ni un segundo. Los

estuvo chupando y royendo hasta que consiguió desprender unos pequeños

bocados harinosos que sabían a canela.

También piensa en papá, y en Henrik. Y en las señoritas de la guardería.

Pero aun así…

Si cierra los ojos con fuerza. Si aprieta los ojos hasta ver pequeñas esferas

de colores incandescentes, es a ella a la que ve. Siempre a ella.

Mamá.

De vez en cuando, también percibe su olor, esa curiosa mezcla de perfume

que huele a caramelo y a sudor y a cigarrillos. Pero en cuanto intenta adivinar

de dónde viene el olor, este desaparece y solo queda el débil hedor a moho y

pipí.

Entonces vuelve a oír pasos en las escaleras debajo de ella. Se acurruca en

la esquina, porque aunque tiene miedo a la oscuridad, más miedo le tiene al

que está allí afuera. De pronto se siente segura en el pequeño y oscuro

habitáculo y piensa que no quiere que se abra la puerta nunca, que quiere

quedarse sentada en el charco de pipí y zumo, con el aroma a mamá en la

nariz.

Entonces se abre la puerta y una luz blanca y penetrante la ciega,

clavándose en sus ojos como mil cuchillos.

Esconde la cabeza con la mano libre. Se acurruca hasta hacerse lo más

pequeña que puede, como un ovillo en la esquina del cubículo.

—Venga, nos tenemos que ir —dice la voz, pero ella no se mueve, se

queda inmóvil, acurrucada, con un brazo colgando de la cuerda sobre su

cabeza—. ¿No has oído lo que te he dicho? Tienes que venir ya.

La voz suena furiosa. Furiosa y decidida. Como una señorita enfurecida

que acaba de descubrir que un niño de la guardería ha sido desobediente.

Sigue sin osar moverse. Aprieta los ojos con fuerza y piensa en su mamá. Su

áspera mejilla con pequeños hoyos, los ojos alegres. La barriga que es tan

suave y blanda que puede esconder la mano allí, entre la piel, entre sus

pliegues.

—Pero, niña estúpida, ¿no has oído lo que te he dicho?

Una mano dura en su axila la levanta, obligándola a salir hacia la luz

blanca. Ella se resiste, lucha. Se gira como un mono en la cuerda, da vueltas,

una y otra vez, hasta el desfallecimiento, hasta que empieza a marearse.

—¡Mamá! —grita—. ¡Mamááá!

—¡Cállate la boca!

El golpe escuece en su mejilla y el calor se extiende por su rostro. Las

lágrimas se mezclan con los mocos y dibujan riadas saladas y viscosas que

corren hacia su boca.

—¡Quiero a mi mamá!

De pronto oye la cancioncita. Él también parece haberla oído, porque la

suelta y saca el móvil del bolsillo.

—¿Sí?

Ella lo oye hablar en voz alta y baja. Su espalda encorvada sobre el móvil,

como si lo acunara, como si estuviera hablándole a un niño pequeño.

Entonces se vuelve y la empuja hacia la oscuridad. Vuelve a cerrar la puerta

de golpe.

—Volveré —le oye decir desde fuera.

Ella se deja caer silenciosamente en cuclillas, se sienta sobre el montón de

revistas, se retira las lágrimas viscosas de la mejilla con la mano libre. Vuelve

a sentir el olor de antes: perfume, sudor, humo.

Y sabe que ella está allí, que vela por ella y la protege tanto del monstruo

que está en la habitación como del que está fuera.