Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 14 de 16

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Te maltrato

Universidad de Estocolmo,

cinco meses más tarde

 

—Dios mío…

—¡No lo digas!

Le lanzo una mirada de advertencia a Vijay. Separa los labios en una

amplia sonrisa, descubre su dentadura blanca y perfecta. Con la mano derecha

da unas leves palmaditas a mi enorme barriga. En la izquierda sostiene un

cigarrillo. Se apresura a apagarlo en un jarrón de flores cuando percibe mi

mirada.

—Disculpa, hay un montón de cosas que no se pueden hacer en compañía

de mujeres embarazadas.

Con mucho cuidado retiro una pila de artículos y ensayos de una de las

sillas para las visitas y me seco el sudor de la frente. A pesar de que solo

estamos en abril, llevamos una semana a más de veinte grados.

—¿Cómo estás?

Vijay ladea la cabeza y me escudriña, al tiempo que se repantiga en su

silla. Cruje de forma inquietante. Luego pone los pies sobre la mesa. El

chándal del día es verde y naranja y parece ser de los años setenta. Cuando se

gira en la silla para dejar unos ladrillos de libros en la estantería veo que lleva

el pelo rizado y entrecano, recogido en un moño en la nuca.

—Bien, estoy bien —digo—. Pero empiezo a estar muy harta de esto.

Me doy una palmadita en la barriga que está tensa como un balón de playa

debajo de la vieja camisa tejana de Markus.

—¿Cuánto tiempo te queda?

—Dicen que vendrá en una semana.

—¿Dicen?

—Ya veremos, supongo. He hablado con el niño y le he dicho que ya va

siendo hora de que salga.

—Hay un punto de acupresión en la mano —empieza a decir Vijay.

Alzo la mano en protesta.

—Por favor, no creo en esas chapuzas.

Sin embargo, ya se ha levantado de la silla y se ha acercado a mí. Se

sienta frente a mí sobre el escritorio, me coge suavemente la mano izquierda y

aprieta con fuerza en un punto entre el pulgar y el índice.

—Supongo que no puede hacer daño —mascullo, y me seco el sudor de la

frente—. ¿Qué tal en casa?

Vijay se queda en silencio un rato. No me mira. Simplemente sigue

masajeando y presionando mi mano.

—Vacía —dice entonces.

Nada más. Solo esta única, miserable y solitaria palabra.

Asiento con la cabeza. Me abstengo de comentar que la ciudad está llena

de hombres guapos, que es primavera, que él es atractivo y deseable, porque

sé que él ya lo sabe. Piensa que el que él ama lo ha abandonado, y que,

cuando menos, tiene derecho a su dolor. Que sería un error exigirle que

también lo deje atrás, como si fuera una prenda de vestir desechada.

Vijay carraspea levemente y me suelta la mano, aunque se queda sentado

sobre la mesa de escritorio.

—¿Y Markus qué?

Me encojo de hombros.

—Supongo que como siempre.

Vijay asiente con la cabeza sin hacer más preguntas.

—Oíste que salió la sentencia ayer, ¿verdad?

—Es difícil evitarlo. Salió en todas las portadas. No entiendo cómo se

puede condenar a una persona con trastorno del desarrollo a diez años de

cárcel.

—Diez años es la pena habitual por asesinato. También pueden

condenarte a cadena perpetua si el crimen es especialmente cruento. Sea lo

que sea lo que signifique eso. Quiero decir, ¿puede algo ser más grave que

esto? El asesinato de Susanne Olsson fue brutal y luego aquella mujer, la

vecina a la que mató, la que encontraron en la casa que ardió en llamas. Pero

yo no soy jurista, solo loquero.

Me reclino en la silla, casi me quedo sin aliento por las fuertes patadas en

el vientre. Intento en vano encontrar una postura que sea cómoda.

—Pero Tobias sufre trastornos del desarrollo. De acuerdo, de carácter

leve, pero al fin y al cabo tiene un coeficiente intelectual de quizá cincuenta y

cinco, está en el mismo nivel mental que un niño de diez años. No creo que se

pueda meter a un muchacho como él en la cárcel. ¿Cómo quieres que se las

apañe allí dentro? ¿Qué sociedad es esta que sanciona de esta manera?

Vijay sacude lentamente la cabeza y sonríe enigmático.

—A veces no te entiendo.

—¿Por qué?

—Ese supuesto chico de diez años casi te quita la vida a ti y a tu hijo

nonato, ¿y pretendes que lo suelten a la calle?

—Eso no es lo que yo he dicho. Simplemente creo que no es justo meter a

personas con trastornos del desarrollo en la cárcel. Es una salvajada, es de

incivilizados. Entonces, ya que estamos, podríamos instaurar la pena de

muerte también.

La mirada de Vijay se vela y sé que se está preparando para soltarme uno

de sus pequeños discursos.

—Como estoy seguro que sabrás, el sistema jurídico penal sueco no

distingue, en realidad, entre si un delincuente está sano o sufre una

discapacidad psíquica. Antes se podía condenar a los reos con trastornos

mentales a penas especiales, pero ya no existe esa posibilidad. Los hospitales

especializados dejaron de existir en los noventa, al tiempo que el concepto

jurídico de «trastornado» fue eliminado. Ahora solo existe el tratamiento

psiquiátrico forense como alternativa, y en este caso, el infractor deberá sufrir

un grave trastorno psíquico. La mayoría de los delincuentes que se ajustan a

esta categoría son psicóticos. También hay unos cuantos que son dementes, o

que tienen algún tipo de lesión cerebral grave. No basta, ni mucho menos, con

ser medio chiflado para recibir tratamiento psiquiátrico. Los trastornos

psíquicos del desarrollo tampoco constituyen una razón para recibirlo. Por lo

tanto, la única alternativa que queda es la prisión.

—Pero ¿eso no contraviene las normas mínimas aceptadas por la ONU?

—Sí, así es. Y nosotros en Suecia somos muy rápidos a la hora de criticar

a, pongamos por caso, Estados Unidos porque ejecuta a discapacitados y

enfermos mentales. En cambio, nosotros los metemos en la cárcel. ¿Sabías

que hace unos años se hizo un estudio que demostró que entre el cinco y el

diez por ciento de los internos en nuestras instituciones penitenciarias tienen

trastornos del desarrollo, es decir, que tienen un coeficiente intelectual por

debajo de los setenta? Eso significa que cada año más de cien personas con

trastorno del desarrollo son condenadas a penas de cárcel. Hay internos que

tienen el nivel intelectual de un niño de guardería. Además, existe un gran

número de incógnitas, un número estimado de casos desconocidos. Resulta

más difícil valorar el desarrollo mental de, por ejemplo, personas con un

trasfondo étnico diferente al sueco. Nuestros preciosos cuestionarios no

funcionan si solo hablas kurdo, ¿me sigues? Por lo tanto, sin duda existen

muchos más casos que desconocemos.

—Como te digo, barbarie. Además, es una locura. A Henrik, que tiene un

coeficiente intelectual normal, se le sentencia a recibir tratamiento

psicológico, justificándolo con que sufría un serio trastorno psíquico en el

momento de cometer el delito. Al mismo tiempo, dicen que, en principio,

ahora ya está bien y, por lo tanto, es muy probable que salga pronto. Y

Tobias, que tiene trastornos del desarrollo, está en prisión. Y lo estará los

próximos diez años. ¿En qué sociedad vivimos, realmente?

Vijay se encoge de hombros.

—Bienvenida a la realidad, pelusilla.

Sacudo la cabeza.

—No, el problema no es que yo sea una ingenua. Esto está mal, no es

digno de una sociedad de derecho. Y Tobias, que es tan inocente, al que otros

jóvenes obviamente han timado y explotado durante toda su infancia, ¿se las

tiene que apañar en la cárcel?

—Ya sabes, dicen que hay planes de implementación individual para los

internos. A fin de cubrir las necesidades de cada interno.

La voz de Vijay tiene cierto deje sarcástico.

—Sí, claro.

—Otra observación interesante es que, de hecho, nadie detectó su

discapacidad antes. Si lo he entendido bien, tuvo problemas a los dieciocho

años, y sus padres y sus profesores estuvieron en contacto permanente con los

servicios sociales y de psiquiatría. ¿Por qué no se dieron cuenta antes de lo

que le pasaba? Tal vez entonces hubieran podido ayudarle. Tal vez entonces

se hubiera podido evitar lo que ocurrió.

No sé qué contestar a esto, no siento más que apatía y desánimo.

—Por cierto, ¿dijo Tobias alguna vez por qué lo había hecho?

—No. Se negó en redondo a hablar del crimen. Se calló como un muerto.

Nunca reconoció nada. Lo pillaron cuando intentó ayudar a Kattis a salir del

coche accidentado. Y entonces gritó algo incongruente, que tenían que

ayudarla, que era lo único que importaba. Lo único que tenía importancia. Eso

es, en principio, lo único que dijo. Desde entonces ha guardado silencio.

Durante todos los interrogatorios. Si no hubieran tenido pruebas técnicas, no

habrían podido enjuiciarle por el asesinato de Susanne. Porque al final

encontraron esos guantes de cirujano ensangrentados con sus huellas

dactilares en el asiento trasero de su coche. Y su coche tenía rastros de

Susanne. Además, encontraron pelos de su perro en el piso de Susanne. Mi

apuesta es que, en cierto modo, creía que estaba ayudando a Kattis a través

del crimen. Al fin y al cabo, ella estuvo hablando muy mal de Henrik y de su nueva pareja. Las cosas como son. Es una gran suerte que no haya matado a la

niña también.

Asiento con la cabeza, recuerdo sus sucios bracitos que descansaban

alrededor de mi cuello. El olor a orina y moho en el estrecho armario ropero.

Las volutas de humo que se colaban entre los maderos del suelo y

desaparecían por el techo como sargazos, el calor que ascendía hacia nosotras

desde la planta baja.

Vijay me escudriña en silencio y yo me pregunto qué debe de pensar, cuál

es su postura ante las injusticias, ante todas las desigualdades en nuestra

maravillosa y modélica sociedad escandinava.

—Todo esto —empiezo diciendo—. Hace que me sienta terriblemente

incómoda, desalentada. También pienso en los hijos de Hillevi. ¿Sabías que

han vuelto con su padre?

Vijay sacude la cabeza, afligido.

—No lo sabía. Pero era de esperar, ¿no crees?

—No lo sé. Tal vez, pero sigue siendo un error, un inmenso e increíble

error. Se merecían un hogar seguro en algún lugar. No deberían tener que

vivir con la persona que, de hecho, los maltrataba.

De pronto recuerdo el sueño que tuve una noche de otoño: cómo Hillevi

vino a mí en su túnica ensangrentada y me pidió cuidar de los niños, cómo le

prometí que lo haría. Y ahora, sin embargo, han vuelto con su padre

maltratador. Desearía haber podido hacer algo más, haber ayudado a esos

niños de verdad.

Entonces siento las pataditas de nuevo y me devuelven de una manera

muy tangible al despacho de Vijay. Miro por la ventana. Las hojas de un

verde claro ondean en la brisa. Me pongo en pie fatigosamente.

—Oye, tengo que irme. He quedado para tomar un café con una amiga.

Vijay asiente distraído con la cabeza.

—Me parece muy bien.

—Gracias, qué bien que me des permiso.

Vijay sonríe.

—Tienes mi bendición, hermana. Y eso. El libro. Ya te lo llevaré.

Su abrazo cuando nos despedimos es cálido, aunque un poco forzado. Mi

barriga estorba y Vijay se ve obligado a doblarse para rodearme con sus

brazos.

—Llámame cuando… —Vijay hace un gesto hacia mi vientre y yo asiento

con la cabeza, me despido y lo dejo en el pequeño despacho sobreamueblado

de científico.

Fuera del pesado edificio de ladrillo el aire es tibio y el sol calienta mi

rostro. Se oye el canto de los pájaros desde los grandes y viejos árboles que

bordean el camino que conduce hasta el departamento de psicología. En la

hierba, la gente está echada boca arriba, fumando, riendo, estudiando para los

exámenes.

Estocolmo ha vuelto a la vida.

 

Su sonrisa es amplia cuando entro por la puerta de la cafetería. Para variar,

lleva el pelo largo y castaño suelto y pienso que le sienta bien, en cierto

modo, la hace parecer más adulta y femenina.

En el interior hace más calor que fuera, si cabe. El olor a pastas y café

impregna el pequeño local.

—Dios mío, qué barriga tan espectacular tienes —dice en un tono de voz

soñador.

Río brevemente.

—Si supieras lo cansada que estoy últimamente…

—Pero ya no te queda tanto. Tendrás que aguantar.

Asiento con la cabeza. Ahora lo sé todo de aguantar, o al menos me siento

así. Mi estado no tiene nada de bendito. Estar embarazada es realmente una

enfermedad, al contrario de lo que afirman esas vacas lactantes de zapatos

ortopédicos con piñas alrededor del cuello. Nunca me había sentido tan mal

en toda mi vida. Lo único en lo que consigo pensar es que pronto habrá

terminado y que por fin recuperaré mi cuerpo. De vez en cuando me parece

más importante que el niño. De momento, el bebé no es más que un concepto

abstracto. A pesar de que noto que vive en mí, que patalea, se vuelve, tiene

hipo, sigue pareciéndome irreal. Como un sueño.

—¿Cómo estás?

Se retuerce el pelo entre los dedos y me lanza una sonrisa cauta.

—Estoy bien. Me parece maravilloso que el juicio contra Tobias haya

llegado a su fin. Me pasé todo el día de ayer durmiendo, estaba

completamente agotada. Como si hubiera corrido una maratón. ¿Es eso

normal?

—Desde luego. Es la tensión que cede.

Se queda callada un rato. Sorbe su café y me mira por encima del borde

de la taza.

—¿Has traído…?

—Por supuesto.

Me agacho, rebusco en mi viejo y gastado bolso y saco el libro. A General

Theory of Love, Teoría general del amor. No tengo ni idea de por qué Kattis

quiere que le preste precisamente este libro, aunque recuerdo que estuvimos

hablando del tema en alguna ocasión. No sabía siquiera que le gustara leer

especialmente, sobre todo tratándose de libros de no ficción en inglés. Lo

coge con una sonrisa de Mona Lisa, pasa la mano por la cubierta como si

fuera un pequeño cachorro perdido que acaba de encontrar.

—Ya lo sabes. De vez en cuando siento que necesito comprender todo lo

que ha pasado en los últimos años.

Asiento con la cabeza. Paseo la mirada por el local donde las gentes de

Estocolmo que se han tomado la primavera en serio y se han vestido con

shorts y camisetas se mezclan con señoras mayores enfundadas en pieles y

tocadas con sombreros.

—Y… Bueno, ya sabes, todo lo de Henrik también ha sido muy duro. Lo

han condenado a internamiento psiquiátrico. Pero…

—¿Qué?

De pronto parece avergonzada, se lleva las palmas de las manos a sus

mejillas encendidas y parece examinar el techo sobre nuestras cabezas.

—La gente con la que he hablado me ha dicho que seguramente lo

soltarán muy pronto.

—¿Y?

Vuelve a retorcerse el pelo, sonríe insegura y me mira a los ojos. De

pronto, la expresión de su cara es aniñada. Su rostro de finos rasgos está

limpio y no lleva ni una gota de maquillaje. Sonríe cautelosamente.

—Supongo que sabré esperar.

—¿Esperar? ¿A qué?

Siento una corriente que recorre mi columna vertebral, desde el cuello

hasta la pelvis. Como si alguien me hubiera echado agua por la espalda. Y de

pronto sé lo que está a punto de decir y se hace el silencio en el local. Como si

las conversaciones de las demás mesitas a nuestro alrededor también hubieran

cesado, como si el ruido de la cocina se hubiera silenciado.

—A Henrik, me refiero. A lo mejor podríamos volver a estar juntos.