Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 7 de 16

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Te maltrato

Comisaría de Värmdö,

octubre

 

La sala de interrogatorios es pequeña y cuadrada y, de nuevo, amueblada de

forma espartana: una mesa, unas sillas y un fluorescente desnudo en el techo.

Han desaparecido los juguetes, las ceras y los montones de papel que la

investigadora infantil había traído para que Tilde se sintiera un poco menos

incómoda. Sobre la mesa, unos micrófonos. No hay cuadros en las paredes,

ningún objeto decorativo por ninguna parte. Nada que pueda utilizarse como

arma. Un enorme espejo en una de las paredes, que no es un espejo, sino una

ventana que da a una estancia contigua desde la que los colegas pueden seguir

el interrogatorio sin ser vistos. Y es allí, detrás del cristal, donde se halla

Roger Johnsson, apoyado contra el cristal con una mano en la cadera.

Marek Dlugosz ha tomado asiento en la silla que está vuelta hacia la

ventana. Ya no parece tan engreído y chulo. No como cuando lo trajeron la

última vez, cuando llevaba una vida asquerosa. Les fue de un pelo que no

pudieran procesar a ese niño de mierda por resistencia violenta y agresión a

un agente de la ley.

Acababa de cumplir dieciséis años y, por lo tanto, cumplía con la mayoría

de edad penal por un buen margen. Debería darle las gracias a su buena

estrella que no hubieran estado de ese humor.

Se pasa una mano por el flequillo ralo, suspira y se sienta en la silla. Saca

un Losec del bolsillo para aliviar el ardor que siente justo debajo del esternón.

Se recuerda a sí mismo que no debe tomar más café hoy, a pesar de que el

cansancio se está apoderando de él. Promete, por enésima vez, que reducirá

los cigarrillos, o al menos cambiará a unos más suaves. El dolor candente lo

obliga a cambiar de postura, a estirar la espalda y echar el pecho hacia

delante.

Hubo un tiempo en el que no se sentía provocado por gamberros de poca

monta como Marek, en que incluso los escuchaba, se sentaba tranquilamente

y les daba su tiempo. Intentaba comprender.

Como si hubiera algo que entender.

Hubo un tiempo en que se mostraba clemente. Que hacía la vista gorda.

Que había creído que podría ayudar, hacer distinciones.

Como si eso importara.

Se había paseado por el centro de Gustavsberg como una especie de papá

en la ciudad. Había sido el amigo de cada uno de los mocosos, había

intentado entender a los gamberros. Había intentado salvar a aquellos que

todavía no habían resbalado realmente, proteger a los que se hallaban en la

zona de peligro.

Pero…

Había dejado atrás esa mierda. Llegas a un punto, una especie de instinto,

tal vez una encrucijada, en la que tienes que elegir entre tú y ellos para no

perder la razón, para no volverte loco, sencillamente.

¿Cuántas veces había dado la cara por alguien para que luego lo

engañaran? ¿Cuántas veces le habían mentido esos niñatos a la cara?

¿Cuántas veces le habían prometido que era la última vez que robaban, que se

peleaban, que fumaban?

Aquella sensación candente le sobreviene de nuevo con renovada

intensidad y está obligado a inclinarse, dar unos pasos hacia delante y

acercarse al espejo para desviar la atención del dolor.

Las imágenes pasan como destellos en su conciencia. Johnny Lanto en

aquel pequeño y destartalado Opel.

Dios mío, ¿por qué tiene que pensar ahora en él? Al fin y al cabo, eso

ocurrió hace mucho tiempo.

Johnny Lanto también se lo había prometido. Le había prometido que

nunca más cogería prestado el coche de su padre. Siempre que él no se

chivase, siempre que no llamara a su padre. Porque si lo hacía, el padre le

daría una paliza, una paliza tan grande que luego no podría ni andar. Y eso no

era lo que quería, ¿verdad? ¿O qué?

Luego. La siguiente imagen.

Lo que antaño fuera la cara de Johnny Lanto. Una máscara viscosa de

sangre y carne. Incluso antes de que le dieran la vuelta y sacaran la

identificación de su cartera, él lo sabía, sabía que era Johnny. La media

melena rubia. La chupa guateada de color azul que le llegaba a la cintura. El

Opel desvencijado que estaba boca arriba como un escarabajo muerto sobre el

suelo helado.

Todos los chavales que había visto morir. Todos aquellos malditos

pandilleros. Y no había salvado a ninguno, ni a uno solo.

Hanna, la que le juró que estaba limpia. Y que todo iba bien y que, de

hecho, estaba contenta de estar embarazada, aunque realmente era demasiado

joven. Y él la había creído, le había acariciado la larga y suave cabellera

pelirroja y le había deseado torpemente toda la suerte del mundo.

Siguiente imagen: Hanna echada en el suelo en el servicio del centro

comercial. El delicado cuerpo doblado en una extraña postura. Una mano que

descansaba contra los azulejos blancos, como si los estuviera acariciando. El

rostro blanco, los labios azules. Rígida como un maldito palo. La barriga que

asomaba por debajo de la camiseta. La jeringuilla que estaba tirada a su lado

en el suelo asqueroso.

Adjöss, Hanna. Goodbye, adiós, adieu. «Si no hubiera sido tan

condenadamente ingenuo tal vez seguirías viva ahora. Y tal vez tu hijo habría

jugado al futbol con los gemelos. Ahora tendrían la misma edad».

Y era por eso por lo que Roger Johansson había decidido dejar de

relacionarse con los pandilleros, había dejado de preocuparse por los golfos.

Ahora entra Sonja Askenfeldt en la sala de interrogatorios. Se sienta

enfrente de Marek, de espaldas a Roger. Reúne sus papeles. Coge el bolígrafo

con sus huesudos dedos. Inicia el interrogatorio recitando de un tirón fecha y

nombre. Lleva el pelo oscuro y estropeado recogido en un moño marchito. De

la goma pende algo que parece una pequeña mariposa. ¿Le ha cogido prestada

la goma de pelo a su hija?

Sonja está bien. Es de fiar, metódica y competente de una manera que

muy pocas veces se ve en la actualidad. Y entiende a las personas, es

buenísima interrogando. Los chicos que vienen directamente de la Escuela

Superior de Policía lo saben todo acerca de la investigación forense, las

drogas sintéticas y la violencia por honor. Sin embargo, no saben interrogar a

un sospechoso, ni siquiera a un chaval de dieciséis años.

Sobre todo no a un chaval de dieciséis años.

—La noche del 22 de octubre estabas en el edificio, el lugar de los

hechos. ¿Qué hacías allí?

—Pero si ya lo he contado. Estaba repartiendo publicidad. Ya lo sabéis.

¿Por qué me lo preguntáis?

Marek parece nervioso, sostiene los brazos cruzados delante del pecho en

una postura defensiva. No para de golpear el suelo con los pies.

—¿Qué tipo de publicidad estabas repartiendo?

—¿Qué tipo? Pues publicidad, yo qué sé.

—¿De qué?

—Pues, del supermercado Ica, y otros. No lo recuerdo.

—¿Para qué empresa trabajas?

—¿Empresa?

—Sí, porque supongo que no habrás ido a por la publicidad en el

supermercado de Ica por iniciativa propia, ¿verdad?

—Vale, ahora te entiendo. Para Svensk Reklamdistribution, esa es la

empresa. O eso creo.

Sonja hace una anotación en sus papeles y se retira unas mechas de pelo

oscuro de la cara.

—¿Y qué pasó cuando llegaste a la puerta de Susanne Olsson?

—Estaba abierta.

—¿Abierta? ¿Cómo? ¿Abierta de par en par o solo un poco abierta?

—No, solo un poco abierta. Me di cuenta cuando fui a meter las hojas de

publicidad en el buzón.

—¿Y entonces qué hiciste?

—Abrí la puerta.

Sonja golpea el bolígrafo contra sus papeles en un gesto de impaciencia.

—¿Por qué?

—Para… meter las hojas de publicidad.

—Pero supongo que podrías haberlas metido en el buzón.

—No quería que…

—¿Qué?

—La puerta podía volverse a cerrar, y…

—Sí, es cierto. ¿Y?

—Bueno, pues a lo mejor alguien la había dejado así a propósito.

Sonja se queda en silencio y hace otra anotación en el papel que tiene

delante, escribe algo con esa letra pequeña y angulosa que Roger conoce muy

bien.

Tiempo atrás, le había parecido guapa. Antes de que adelgazara de aquella

manera, antes de que su pelo perdiera el brillo y su piel sobre los pómulos se

tensara y se volviera coriácea. Ahora no reconoce nada de aquello cuando la

mira. No siente ningunas ganas de frotarse contra ese trasero huesudo, de

besar esos estrechos labios que huelen a nicotina.

Los rumores decían que su novio la había dejado por una chica de

veintitrés años, una higienista dental de Riga. Roger no tenía ni idea. Nunca

se lo había preguntado. Llevaban diez años trabajando juntos, pero nunca se

lo había preguntado. Según qué cosas debían seguir siendo privadas. Sobre

todo en este trabajo.

—¿Y qué viste cuando abriste la puerta?

—Bueno, pues fue entonces cuando la vi. La cartera, quiero decir.

—¿No viste nada más en ese momento, no oíste nada?

—Pues no, estaba a oscuras. Pero sí oí música.

Sonja asiente con la cabeza.

—¿Y fue entonces cuando recogiste la cartera del suelo?

—Sí, ya os lo he dicho. ¿Por qué me lo vuelves a preguntar?

—Escúchame bien, soy yo quien hace las preguntas aquí. Contéstame.

¿Por qué cogiste la cartera?

Marek masculla algo inaudible entre dientes.

—Habla para que te pueda oír bien, ahora no estás en casa de tu madre

polaca.

—Solo quería echarle un vistazo.

—¿Por qué?

Marek se encoge de hombros.

—Contesta.

—De acuerdo. Pensé que a lo mejor había dinero en la cartera.

—Que pensabas llevarte.

—No lo sé. No pensé nada, ¿vale? Simplemente la cogí. Y ya está.

Marek levanta la voz, que se torna estridente y ronca, y a través del cristal,

Roger vislumbra un rubor que tiñe sus pálidas mejillas.

—La niña dice que quien mató a su mamá le cogió dinero. ¿Qué me

dices?

Marek abre los brazos en un gesto de desesperación.

—Pero ¿qué coño quieres que te diga? ¿Qué sé yo, joder? Yo no la maté,

solo la encontré. De hecho, podría haberla dejado allí, pero en cambio ayudé a

la niñita. Y ahora me echáis mierda por eso. ¿Cómo crees que me siento?

—Marek, creemos que visitaste a Susanne y a su hija la noche del 22, que

le robaste la cartera y que la maltrataste hasta morir. Y tenemos un testigo que

apoya esta versión.

—¡Pero, joder! Esto es enfermizo. Yo no he, yo nunca he matado a

nadie… nunca le he hecho daño a nadie…

Sonja hojea tranquilamente entre el montón de papeles.

—Escucha, porque ahora te voy a leer algo en voz alta. Veamos, el año

pasado, maltrato. El año pasado, hurto. En julio de este año…

—¡Pero nunca he matado a nadie! ¡A ver si te enteras, puta!

Sin apenas reaccionar, Sonja Askenfeldt se inclina, de una manera diríase

que estudiada, hacia el micrófono. Mira el reloj, dice con voz serena que

harán una pausa en el interrogatorio y detiene la grabación. Al segundo golpea la palma de la mano contra la mesa con tanta fuerza que Marek da un

respingo antes de enterrar la cara entre las manos.

Roger se ríe para sí.

Sin duda, Sonja machacará a ese niñato polaco de mierda en un abrir y

cerrar de ojos.