Te maltrato
Comisaría de Värmdö,
octubre
La sala de interrogatorios es pequeña y cuadrada y, de nuevo, amueblada de
forma espartana: una mesa, unas sillas y un fluorescente desnudo en el techo.
Han desaparecido los juguetes, las ceras y los montones de papel que la
investigadora infantil había traído para que Tilde se sintiera un poco menos
incómoda. Sobre la mesa, unos micrófonos. No hay cuadros en las paredes,
ningún objeto decorativo por ninguna parte. Nada que pueda utilizarse como
arma. Un enorme espejo en una de las paredes, que no es un espejo, sino una
ventana que da a una estancia contigua desde la que los colegas pueden seguir
el interrogatorio sin ser vistos. Y es allí, detrás del cristal, donde se halla
Roger Johnsson, apoyado contra el cristal con una mano en la cadera.
Marek Dlugosz ha tomado asiento en la silla que está vuelta hacia la
ventana. Ya no parece tan engreído y chulo. No como cuando lo trajeron la
última vez, cuando llevaba una vida asquerosa. Les fue de un pelo que no
pudieran procesar a ese niño de mierda por resistencia violenta y agresión a
un agente de la ley.
Acababa de cumplir dieciséis años y, por lo tanto, cumplía con la mayoría
de edad penal por un buen margen. Debería darle las gracias a su buena
estrella que no hubieran estado de ese humor.
Se pasa una mano por el flequillo ralo, suspira y se sienta en la silla. Saca
un Losec del bolsillo para aliviar el ardor que siente justo debajo del esternón.
Se recuerda a sí mismo que no debe tomar más café hoy, a pesar de que el
cansancio se está apoderando de él. Promete, por enésima vez, que reducirá
los cigarrillos, o al menos cambiará a unos más suaves. El dolor candente lo
obliga a cambiar de postura, a estirar la espalda y echar el pecho hacia
delante.
Hubo un tiempo en el que no se sentía provocado por gamberros de poca
monta como Marek, en que incluso los escuchaba, se sentaba tranquilamente
y les daba su tiempo. Intentaba comprender.
Como si hubiera algo que entender.
Hubo un tiempo en que se mostraba clemente. Que hacía la vista gorda.
Que había creído que podría ayudar, hacer distinciones.
Como si eso importara.
Se había paseado por el centro de Gustavsberg como una especie de papá
en la ciudad. Había sido el amigo de cada uno de los mocosos, había
intentado entender a los gamberros. Había intentado salvar a aquellos que
todavía no habían resbalado realmente, proteger a los que se hallaban en la
zona de peligro.
Pero…
Había dejado atrás esa mierda. Llegas a un punto, una especie de instinto,
tal vez una encrucijada, en la que tienes que elegir entre tú y ellos para no
perder la razón, para no volverte loco, sencillamente.
¿Cuántas veces había dado la cara por alguien para que luego lo
engañaran? ¿Cuántas veces le habían mentido esos niñatos a la cara?
¿Cuántas veces le habían prometido que era la última vez que robaban, que se
peleaban, que fumaban?
Aquella sensación candente le sobreviene de nuevo con renovada
intensidad y está obligado a inclinarse, dar unos pasos hacia delante y
acercarse al espejo para desviar la atención del dolor.
Las imágenes pasan como destellos en su conciencia. Johnny Lanto en
aquel pequeño y destartalado Opel.
Dios mío, ¿por qué tiene que pensar ahora en él? Al fin y al cabo, eso
ocurrió hace mucho tiempo.
Johnny Lanto también se lo había prometido. Le había prometido que
nunca más cogería prestado el coche de su padre. Siempre que él no se
chivase, siempre que no llamara a su padre. Porque si lo hacía, el padre le
daría una paliza, una paliza tan grande que luego no podría ni andar. Y eso no
era lo que quería, ¿verdad? ¿O qué?
Luego. La siguiente imagen.
Lo que antaño fuera la cara de Johnny Lanto. Una máscara viscosa de
sangre y carne. Incluso antes de que le dieran la vuelta y sacaran la
identificación de su cartera, él lo sabía, sabía que era Johnny. La media
melena rubia. La chupa guateada de color azul que le llegaba a la cintura. El
Opel desvencijado que estaba boca arriba como un escarabajo muerto sobre el
suelo helado.
Todos los chavales que había visto morir. Todos aquellos malditos
pandilleros. Y no había salvado a ninguno, ni a uno solo.
Hanna, la que le juró que estaba limpia. Y que todo iba bien y que, de
hecho, estaba contenta de estar embarazada, aunque realmente era demasiado
joven. Y él la había creído, le había acariciado la larga y suave cabellera
pelirroja y le había deseado torpemente toda la suerte del mundo.
Siguiente imagen: Hanna echada en el suelo en el servicio del centro
comercial. El delicado cuerpo doblado en una extraña postura. Una mano que
descansaba contra los azulejos blancos, como si los estuviera acariciando. El
rostro blanco, los labios azules. Rígida como un maldito palo. La barriga que
asomaba por debajo de la camiseta. La jeringuilla que estaba tirada a su lado
en el suelo asqueroso.
Adjöss, Hanna. Goodbye, adiós, adieu. «Si no hubiera sido tan
condenadamente ingenuo tal vez seguirías viva ahora. Y tal vez tu hijo habría
jugado al futbol con los gemelos. Ahora tendrían la misma edad».
Y era por eso por lo que Roger Johansson había decidido dejar de
relacionarse con los pandilleros, había dejado de preocuparse por los golfos.
Ahora entra Sonja Askenfeldt en la sala de interrogatorios. Se sienta
enfrente de Marek, de espaldas a Roger. Reúne sus papeles. Coge el bolígrafo
con sus huesudos dedos. Inicia el interrogatorio recitando de un tirón fecha y
nombre. Lleva el pelo oscuro y estropeado recogido en un moño marchito. De
la goma pende algo que parece una pequeña mariposa. ¿Le ha cogido prestada
la goma de pelo a su hija?
Sonja está bien. Es de fiar, metódica y competente de una manera que
muy pocas veces se ve en la actualidad. Y entiende a las personas, es
buenísima interrogando. Los chicos que vienen directamente de la Escuela
Superior de Policía lo saben todo acerca de la investigación forense, las
drogas sintéticas y la violencia por honor. Sin embargo, no saben interrogar a
un sospechoso, ni siquiera a un chaval de dieciséis años.
Sobre todo no a un chaval de dieciséis años.
—La noche del 22 de octubre estabas en el edificio, el lugar de los
hechos. ¿Qué hacías allí?
—Pero si ya lo he contado. Estaba repartiendo publicidad. Ya lo sabéis.
¿Por qué me lo preguntáis?
Marek parece nervioso, sostiene los brazos cruzados delante del pecho en
una postura defensiva. No para de golpear el suelo con los pies.
—¿Qué tipo de publicidad estabas repartiendo?
—¿Qué tipo? Pues publicidad, yo qué sé.
—¿De qué?
—Pues, del supermercado Ica, y otros. No lo recuerdo.
—¿Para qué empresa trabajas?
—¿Empresa?
—Sí, porque supongo que no habrás ido a por la publicidad en el
supermercado de Ica por iniciativa propia, ¿verdad?
—Vale, ahora te entiendo. Para Svensk Reklamdistribution, esa es la
empresa. O eso creo.
Sonja hace una anotación en sus papeles y se retira unas mechas de pelo
oscuro de la cara.
—¿Y qué pasó cuando llegaste a la puerta de Susanne Olsson?
—Estaba abierta.
—¿Abierta? ¿Cómo? ¿Abierta de par en par o solo un poco abierta?
—No, solo un poco abierta. Me di cuenta cuando fui a meter las hojas de
publicidad en el buzón.
—¿Y entonces qué hiciste?
—Abrí la puerta.
Sonja golpea el bolígrafo contra sus papeles en un gesto de impaciencia.
—¿Por qué?
—Para… meter las hojas de publicidad.
—Pero supongo que podrías haberlas metido en el buzón.
—No quería que…
—¿Qué?
—La puerta podía volverse a cerrar, y…
—Sí, es cierto. ¿Y?
—Bueno, pues a lo mejor alguien la había dejado así a propósito.
Sonja se queda en silencio y hace otra anotación en el papel que tiene
delante, escribe algo con esa letra pequeña y angulosa que Roger conoce muy
bien.
Tiempo atrás, le había parecido guapa. Antes de que adelgazara de aquella
manera, antes de que su pelo perdiera el brillo y su piel sobre los pómulos se
tensara y se volviera coriácea. Ahora no reconoce nada de aquello cuando la
mira. No siente ningunas ganas de frotarse contra ese trasero huesudo, de
besar esos estrechos labios que huelen a nicotina.
Los rumores decían que su novio la había dejado por una chica de
veintitrés años, una higienista dental de Riga. Roger no tenía ni idea. Nunca
se lo había preguntado. Llevaban diez años trabajando juntos, pero nunca se
lo había preguntado. Según qué cosas debían seguir siendo privadas. Sobre
todo en este trabajo.
—¿Y qué viste cuando abriste la puerta?
—Bueno, pues fue entonces cuando la vi. La cartera, quiero decir.
—¿No viste nada más en ese momento, no oíste nada?
—Pues no, estaba a oscuras. Pero sí oí música.
Sonja asiente con la cabeza.
—¿Y fue entonces cuando recogiste la cartera del suelo?
—Sí, ya os lo he dicho. ¿Por qué me lo vuelves a preguntar?
—Escúchame bien, soy yo quien hace las preguntas aquí. Contéstame.
¿Por qué cogiste la cartera?
Marek masculla algo inaudible entre dientes.
—Habla para que te pueda oír bien, ahora no estás en casa de tu madre
polaca.
—Solo quería echarle un vistazo.
—¿Por qué?
Marek se encoge de hombros.
—Contesta.
—De acuerdo. Pensé que a lo mejor había dinero en la cartera.
—Que pensabas llevarte.
—No lo sé. No pensé nada, ¿vale? Simplemente la cogí. Y ya está.
Marek levanta la voz, que se torna estridente y ronca, y a través del cristal,
Roger vislumbra un rubor que tiñe sus pálidas mejillas.
—La niña dice que quien mató a su mamá le cogió dinero. ¿Qué me
dices?
Marek abre los brazos en un gesto de desesperación.
—Pero ¿qué coño quieres que te diga? ¿Qué sé yo, joder? Yo no la maté,
solo la encontré. De hecho, podría haberla dejado allí, pero en cambio ayudé a
la niñita. Y ahora me echáis mierda por eso. ¿Cómo crees que me siento?
—Marek, creemos que visitaste a Susanne y a su hija la noche del 22, que
le robaste la cartera y que la maltrataste hasta morir. Y tenemos un testigo que
apoya esta versión.
—¡Pero, joder! Esto es enfermizo. Yo no he, yo nunca he matado a
nadie… nunca le he hecho daño a nadie…
Sonja hojea tranquilamente entre el montón de papeles.
—Escucha, porque ahora te voy a leer algo en voz alta. Veamos, el año
pasado, maltrato. El año pasado, hurto. En julio de este año…
—¡Pero nunca he matado a nadie! ¡A ver si te enteras, puta!
Sin apenas reaccionar, Sonja Askenfeldt se inclina, de una manera diríase
que estudiada, hacia el micrófono. Mira el reloj, dice con voz serena que
harán una pausa en el interrogatorio y detiene la grabación. Al segundo golpea la palma de la mano contra la mesa con tanta fuerza que Marek da un
respingo antes de enterrar la cara entre las manos.
Roger se ríe para sí.
Sin duda, Sonja machacará a ese niñato polaco de mierda en un abrir y
cerrar de ojos.