Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 13 de 16

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Te maltrato

Värmdö,

 

noviembre

 

Mi desayuno es tan triste como la mañana otoñal al otro lado de mi ventana.

Un trozo de pan tostado viejo y húmedo que cuelga flácido de mi mano y una

taza de té.

Markus entra por la puerta principal, por enésima vez. Lleva la leña bien

cogida entre los brazos, la apila cuidadosamente sobre el enorme montón que

ya hay al lado de la estufa.

—¿Qué? ¿Avituallando para la Tercera Guerra Mundial?

Markus no se ríe y noto su irritación a través de la estancia. La presiento

como una tormenta en ciernes.

—Esta noche habrá tormenta. Pero supongo que tú no te preocupas por

estos asuntos tan terrenales, ¿verdad? De haber sido por ti, tu nevera estaría

vacía y la leña seguiría en el cobertizo.

Me encojo de hombros, miro hacia el cristal oscuro. Como granito pulido,

pienso. Así de impenetrable es la oscuridad al otro lado de mi ventana.

—¡Vaya mal humor que gastas! —digo entonces.

Él no se digna contestarme, sino que sigue apilando la leña en silencio.

—Tormenta de nieve —dice entonces—. Habrá tormenta de nieve. No

creo que hoy debas coger el coche para ir a trabajar.

—Cogeré el autobús como de costumbre, me parece que no suelo coger el

coche para ir a la ciudad, ¿lo habías olvidado? Y por cierto, ¿qué más te da a

ti?

Vuelve a quedarse en silencio. Luego su mirada se cruza con la mía, y

presiento el dolor en ella.

—Estoy preocupado por ti, ¿por qué te empeñas en no comprenderlo?

Algo se reblandece en mi interior y una sensación de calor se extiende por

mi cuerpo lentamente. Me pongo en pie, tiro ligeramente de la larga camiseta

que me aprieta el abdomen, me acerco a Markus y lo rodeo con los brazos.

Siento el frío de su anorak, percibo el olor a humo de leña en su pelo húmedo.

—¿Sabes qué? —le digo—. Te quiero.

Él se queda callado, no dice nada, no se mueve. Solo se oye el sonido de

su respiración y el crepitar del fuego en la habitación.

Nos quedamos así un buen rato.

 

—Siempre salgo a flote, soy como un corcho. Siempre emerjo a la superficie.

Siempre llego a tierra firme. ¿Lo entiendes?

La voz de Patrik es calmada, suave. Sin embargo, su mirada vaga por mi

salita en la consulta. Unas ojeras de un violeta oscuro rodean sus ojos,

testimonio de su cansancio y su dolor. Hemos quedado para una última

sesión. La terapia de pareja ha terminado, también la relación. Me pregunto si

eso significa que he fracasado, porque realmente quería, realmente deseaba

que su relación se arreglara. Que hubiera sido capaz de pegar los cascajos de

su vida como si fuera una vasija rota.

—¿Y Mia?

—Pues parece tranquila, casi feliz.

—¿Y eso a ti cómo te sienta?

—¿Cómo coño quieres que me sienta?

La mirada de Patrick es cortante, pero detrás de la rabia vislumbro el

dolor y me doy cuenta de que mi pregunta es trivial.

—Te contaré cómo me siento. Me siento fatal. Habría sido mucho más

fácil si me hubiera dejado por otro.

—¿Más fácil?

—Sí, porque no me ha dejado por otro, me ha dejado por… nada. ¿Lo

entiendes?

Asiento lentamente con la cabeza. Claro que lo entiendo. El dolor, la

vergüenza que te sobreviene por el rechazo. Y de pronto me avergüenzo

porque caigo en la cuenta de que es exactamente a lo que yo he expuesto a

Markus.

«Sí, claro que te quiero, pero necesito mi libertad. Quiero tener al niño,

pero no te quiero a ti. No te quiero en mi casa, en mi cama. En mi cuerpo. No

te quiero tan cerca».

—¿Y qué tal funciona en la práctica?

Patrik se encoge de hombros y se pasa la mano por el pelo deslucido que

me recuerda los tepes muertos de mi jardín que asoman de los charcos de

agua.

—Supongo que bien.

—¿Qué significa eso?

—Los niños están conmigo cada dos semanas. Mia ha alquilado un piso

de dos habitaciones en Brännkyrkagatan. Se llevó casi todos los muebles, o

sea que mi casa está un poco vacía. Pero lo más raro de todo es que de pronto

hemos establecido, no sé cómo describirlo, pero creo que hemos entablado

una especie de relación laboral, o comercial. A veces siento que estamos

haciendo negocios. Negociamos las cosas: «Si tú te llevas las sillas, yo me

quedo la mesa. Vaya, ya has comprado sillas, ¿a lo mejor prefieres quedarte

con una de las butacas? Muy bien, pues quedamos así». Es muy raro. En

cierto modo, muy civilizado de una manera increíblemente triste y dolorosa.

Y luego levantamos la reunión para ir a recoger o a llevar a los niños, o para

asistir juntos a una reunión en el colegio, y haces ver que todo es muy normal,

aunque lo que realmente querrías hacer es ponerte a gritar. Y luego les

cuentas a las pedagogas de la guardería que, sí, es cierto, que nos hemos

separado, pero que todo va a pedir de boca, de verdad. «Mia y yo estamos en

contacto permanente. Y sí, claro, podéis llamar a cualquiera de los dos si hay

cualquier cosa, nos mantenemos informados de todo el uno al otro». ¿Me

sigues?

—Entiendo.

—¿De veras?

Patrik me mira con ojos cansados y caigo en la cuenta de que no me cree.

De vez en cuando acabas en una situación con un paciente en la que sientes

que no estaría de más si compartieras tus propias experiencias, aunque solo

sea por explicarle que sí, que realmente, pero realmente, lo comprendes.

Podría hablarle a Patrik de Stefan y de su muerte. De que estaba convencida

de que mi vida se había terminado. Debería poder reconocerle, entre susurros,

que no consigo amar a Markus tanto como amo el recuerdo de mi difunto

marido. Participarle mi incapacidad para amar de verdad. De sentir el amor

bonito y verdadero, el amor abnegado, procreador y familiar.

Sin embargo, no lo hago. No digo nada. Me limito a mirar al hombre que

tengo enfrente, encogido en la butaca, el que estira sus largas y zambas

piernas enfundadas en unos tejanos gastados. Porque no acostumbro a

compartir este tipo de confidencias con mis pacientes.

—Pero ¿no ves nada positivo en el hecho de que las cuestiones prácticas

estén bien encaminadas?

De nuevo se encoge de hombros con tal convencimiento que las cadenas

de su cazadora de piel tintinean.

—¿Y si miras hacia delante? —digo, en un intento conciliador.

Patrik se reclina en la butaca, parece examinar la grieta que atraviesa el

techo en diagonal.

—Como ya te he dicho, me las apañaré. Y la verdad es que ya no estoy

tan enfadado con Mia.

—Pero eso es bueno. ¿No crees?

Vuelve a mirarme con esa mirada. La que contiene tanto dolor como

desprecio.

—He estado leyendo un montón. Cultivándome, por así decirlo.

—¿De veras?

Se retuerce en el asiento y las cadenas de la cazadora de piel vuelven a

sonar. Es un sonido inquietante, como sacado de una película de terror vieja y

polvorienta.

—Al fin y al cabo, el amor no es más que un montón de hormonas,

sustancias señal y otras mierdas. Hay varias fases. Al principio está el deseo,

la atracción sexual. En esta etapa se segrega testosterona y estrógeno y esas

cosas. Solo dura unos cuantos meses, como mucho. Luego llega el

enamoramiento. Es cuando se segrega serotonina, dopamina y como sea que

se llame. Tienen el mismo efecto sobre el cerebro que la anfetamina. ¿Me

sigues? Todos somos drogadictos a escondidas cuando estamos enamorados,

antes de desengancharnos. Porque todos nos desenganchamos. Así es. El

enamoramiento dura un máximo de tres años.

—¿Y luego qué? La gente sigue junta mucho más tiempo que eso. Eso lo

vemos constantemente.

—Luego entramos en una nueva fase. Lo que entonces sostiene la relación

son los hijos, el matrimonio, proyectos comunes y el interés. Y otras

hormonas. Del tipo oxitocina y…

—Un momento, Patrik. No sé lo que habrás leído, pero lo que me estás

exponiendo ahora es lo que se suele llamar un modelo biológico.

Seguramente sea correcto, pero creo que los modelos biológicos no se

sostienen completamente como método para explicar el comportamiento

humano. Sobre todo, hablan muy poco de lo que significa ser un ser humano.

De sus sentimientos.

—Pues a mí me parece que se ajusta bastante bien a la realidad —

murmura Patrik.

—Es normal que lo creas, estando en la situación que estás.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Pero Patrik —hago una pausa en la que intento encontrar una manera

de decirlo, una que explique sin ofender ni reducir—, te acaban de abandonar. Te sientes engañado, humillado y desilusionado. Es obvio que una teoría que

nos describe a todos como seres dominados por los instintos te encaje a la

perfección.

—¿O sea, que no crees que sea cierto?

—No he dicho eso. Solo quiero decir que no es toda la verdad. Creo que

hay muchas otras maneras de explicar lo que es el amor. La explicación

puramente biológica no es más que una entre las muchas que se pueden

aplicar al fenómeno. Puedes considerar el amor desde una perspectiva

cultural, social o cognitiva. O teológica, si quieres. Aunque no es algo de lo

que sepa gran cosa. Pero si por ejemplo hablaras con un sacerdote, sin duda te

daría otra versión. ¿No crees?

—No conozco ni a un solo sacerdote.

—Yo tampoco. —Sonrío—. Pero esa no es la cuestión.

—Entonces, ¿tú qué crees?

De pronto noto que se me encienden las mejillas. ¿Qué sé yo del amor, en

realidad? ¿Qué es lo que nos mantiene juntos, a mí y a Markus? ¿Mi soledad

y mi miedo? ¿Su perseverancia y su paciencia para con mis paranoias? ¿El

niño que crece en mí? ¿La oxitocina, la serotonina y la testosterona?

—Hubo un filósofo que se llamaba Kierkegaard —empiezo a decir.

—Sé muy bien quién es Kierkegaard, ¡joder!

La voz de Patrik suena ronca y mordaz. Mis mejillas arden y de pronto me

siento como una usurpadora, como alguien que simula ser terapeuta, que ha

tomado prestada la sala con la mesita y las butacas forradas de piel de oveja.

Que ha robado una cajita de Kleenex y una libreta de notas para que todo

parezca creíble.

—Kierkegaard dijo… —Me llevo las palmas de las manos a la cara para

refrescarme las mejillas, pero están demasiado calientes y húmedas, así no

hago más que transmitirle mi inseguridad a Patrik—. Hablaba de un salto, de

un «leap of faith», un salto de fe, que dan los seres humanos al enamorarse, o

cuando creen en Dios. Es algo ilógico. Se trata de atreverse a creer y soltarse,

dejarse llevar, y resulta imposible explicarlo mediante argumentos racionales.

Y, al contrario, siempre existe la duda cuando creemos que es la parte

racional de nosotros la que debe decidir. Por lo tanto, no existe la fe sin la

duda. Y no existe el amor si no nos atrevemos a dejarnos llevar y dar ese

salto. Aunque racionalmente sepamos que nos podemos hacer daño.

Patrik me lanza una mirada oscura. Se hunde aun más en la butaca. Se

retuerce el pelo de color paja entre los dedos con la boca apretada en una fina

y exangüe línea.

—¿Realmente te crees esa mierda?

Su comentario me deja sin habla, por primera vez durante nuestras

charlas. Porque realmente tiene cierta razón. Porque si lo creyera, entonces

debería atreverme a dar el salto.

Dar el salto. Dejarme llevar.

Se saca la lata de rapé del bolsillo trasero sin soltarme con la mirada, se

mete con destreza una pizca debajo del labio inferior y susurra:

—No, claro, ya me lo parecía.

Recobro lentamente la compostura.

—Lo único que pretendía decir es…

—Sé lo que querías decir, pero no me lo creo. De hecho creo que todo es

tan condenadamente trivial y mierdoso como parece. Que el sentimiento de

amor existe para que nos reproduzcamos con el individuo adecuado. Que lo

que mantiene a la gente junta son las cuestiones prácticas, el dinero, los hijos,

todo el conjunto de mierda que poseemos. Y el amor… A veces parece que

sobre todo sea una excusa para hacer lo que nos dé la gana. Herir, controlar,

maltratar… La gente comete errores y luego le echa la culpa al amor. Todos

los tíos que pegan a sus novias o esposas sostienen luego que también lo

hicieron por amor, ¿no es cierto? La gente mata y luego dice que lo hizo por

amor… Los enamorados son personas al límite de la psicosis, ¿lo sabías?

Me mira retador. Busca mi confirmación.

—Hay las mismas sustancias señal en el coco de alguien que está

enamorado como en el de alguien que está loco. ¿Lo entiendes? El amor es un

peligro mortal. Dios nos libre del amor.

Abro la boca para refutar su afirmación, para defender el amor, pero me

quedo callada. A lo mejor tiene razón. Por la ventana veo cómo revolotean

unos enormes copos de nieve sobre Medborgarplatsen. Remolinean a la luz de

las farolas, bailan en el aire, cubren la plaza con una alfombra blanca y

mullida.

—Está nevando —digo.

Pero Patrik no me contesta.

 

Hemos quedado en uno de los café de Söderhallarna. Sé que Aina tendría

alguna que otra objeción que hacer si supiera que nos vemos fuera del grupo,

pero no tengo fuerzas para molestarme en saberlo. Aina se ha vuelto aún más

irascible y distante. Desde que se terminó su relación con Carl–Johan es

imposible llegar a ella y a menudo me regaña y me corta.

El mercado está abarrotado de gente y huele a lana mojada. Están

celebrando una especie de espectáculo, un aniversario, y hay un montón de

gente que quiere comprar cerdo de granja o quesos suecos de postre a un

precio especialmente económico. Me siento a una mesa y contemplo a un

mago que hace juegos de cartas delante de un grupo de niños que lo miran

con ojos grandes. Sin que me dé cuenta, ella se sienta a mi lado.

Lleva el pelo recogido en su habitual coleta. Está pálida, demacrada.

Parece más delgada. Desgastada. Nota mi mirada y sonríe con una sonrisa

torcida.

—Lo sé. Tengo un aspecto horrible. Otra vez.

Sacudo la cabeza. A pesar del cansancio es guapa de una manera casi

hipnótica. Como si la iluminara un fuego interno.

—¿Te has enterado de algo? ¿Sabes algo de Henrik?

Se encoge de hombros abatida.

—Nada. No saben nada, o al menos a mí no me dicen nada. No entiendo

cómo puede desaparecer sin más. Alguien tiene que haberle ayudado. Debe de

haber alguien que lo mantiene oculto en algún lugar. De vez en cuando tengo

la sensación de que está cerca. Que me persigue, pero eso es una locura. ¿O

qué?

—¿Has hablado con la policía? ¿Les has dicho que crees que te vigila?

—Sí, he hablado con la policía y han instalado una alarma en mi casa y

una línea directa con el 112 y no sé qué más. Lo que sí te puedo decir es que

ahora me toman en serio. Después de que Hillevi…

Se queda callada y baja la mirada. Parece estudiar la mesa detalladamente,

pasa el dedo por un arañazo en la superficie.

—Y Tilde, ¿crees que se ha llevado a Tilde?

Kattis levanta la mirada, me mira a los ojos.

—No lo sé, no es propio de él meterse con niños.

Las dos nos quedamos en silencio un rato. Pienso en Tilde, en la

fotografía del diario de la niña de cinco años desaparecida. Unas finas trenzas

castañas, una boca alegre. Una niña pequeña que primero fue testigo del

asesinato de su propia madre y luego desapareció. Me pregunto si seguirá

viva.

—De todos modos, me he tomado unos días de fiesta. No tengo fuerzas

para ir al trabajo. Es difícil dar a los demás cuando te sientes tan vacía. ¿Crees

que está mal? —pregunta Kattis, y me mira fijamente. Parece buscar alguna

señal de aprobación o desaprobación en mi cara.

—No creo que tengas que sentirte mal por ello. Quiero decir, al fin y al

cabo esta es una situación extrema.

—Hoy se iban de excursión, con pernoctación. Van al Universeum, el

museo de la ciencia de Goteburgo, y se quedarán a dormir en un hotel. El

Centro de Empleo, quiero decir. Solemos hacer este tipo de cosas con los

jóvenes, ya sabes. Muchos de ellos son especiales, no tienen demasiados

contactos sociales. Nos convertimos en sus padres, sus amigos y sus

empleadores. Solo que de vez en cuando se hace muy duro… —Kattis vuelve

a bajar la mirada, remueve el café con leche y mira al mago que ahora ha

empezado a sacar monedas de plata de detrás de la oreja de un niño pequeño.

Y de pronto siento un nudo frío en mi estómago. Tardo un rato en ser

capaz de formular el pensamiento conscientemente.

—Oye, tu cliente, el que estaba allí cuando pasé por tu oficina. ¿El chico

de la moneda?

Kattis asiente con la cabeza y echa una mirada indiferente por la cafetería.

—¿Tobias? ¿Qué pasa con él?

Pienso en la conversación de Vijay y Markus. De cuando hablaron de lo

que Tilde dijo, sobre el dinero que cogió el asesino. De que el asesino sabía

hacer trucos de magia. Y veo a los niños agolparse alrededor del mago de la

moneda.

—¿Dijiste que estaba un poco enamorado de ti?

—Enamorado… Bueno, no sé. Supongo que estará un poco fascinado por

mí. Ya sabes, anda tras de mí todo el tiempo. Me trae pequeños regalos,

intenta invitarme a salir. De algún modo siempre se las apaña para estar cerca

de mí. Me sigue como un perrito, literalmente. A veces tengo la sensación de

que lo sabe todo de mí. Apunta cosas que digo en una libreta.

Kattis suelta una risita y toma un sorbo del café.

—¿Apunta cosas que dices?

Me siento mal. Lo que Kattis describe no parece un enamoramiento

inocente, sino algo muy distinto. Dentro de mí oigo la desnuda y dolida voz

de Patrik durante la conversación que mantuvimos recientemente. La

conversación acerca del amor, no del bonito y romántico amor, sino del amor

oscuro y violento que nos lleva a hacer cosas que no deberíamos, a perder el

control. El amor que hace daño, que duele.

—Bueno, ya sabes. Cuando hemos estado hablando y estas cosas. Al fin y

al cabo, es uno de esos chicos que no tiene a nadie, podríamos decir. Nos

hicimos amigos. Luego me pareció que habíamos llegado demasiado lejos,

que nos habíamos acercado demasiado, ¿entiendes? Le sorprendí escuchando mis conversaciones telefónicas. Y una vez me siguió a mí y a mis colegas por

la ciudad, después del trabajo.

—Oye, eso no suena del todo bien.

Kattis sonríe y agita los delgados brazos en un gesto de disculpa.

—Tobias es completamente inofensivo. Te lo juro.

—¿Sabe todo lo de Henrik?

Kattis se queda en silencio y me mira con una mirada vacía, como si no

comprendiera la pregunta.

—¿Henrik?

—Sí, que estuvisteis juntos. Y que te pegaba.

Asiente lentamente con la cabeza y observo que el rubor se propaga por

sus blancas mejillas de porcelana.

—Sí, lo sabe. Pero no me preguntes cómo. En todo caso yo no se lo he

contado. Es posible que se lo haya oído decir a alguien en el trabajo. Una vez

dijo que me salvaría de él. Eso es un poco raro, la verdad. Mi héroe es un

muchacho de veinte años que no es precisamente un dechado de inteligencia.

En el pequeño escenario, la actuación ha concluido. El mago se ha quitado

el sombrero y el público se ha dispersado. Siento mi cuerpo rígido y frío.

Noto un incipiente dolor de cabeza, el habitual malestar vuelve a

manifestarse. Toda esta gente, todo este ruido. Todos estos olores. Una

mezcla de olor a frito y a pan recién hecho, y por debajo de estos, un leve

acento a carne cruda y sangre. Tengo que tragar saliva varias veces para no

vomitar sobre la mesa.

—Kattis, sé que esto puede sonar un poco extraño, pero ¿crees que sería

capaz de hacer algo violento? ¿Es peligroso?

—Peligroso, ¿quieres decir si sería capaz de hacerme daño? —Kattis

parece divertirse—. Pues no, creo que sé cómo manejarlo. Como ya te he

dicho, es manso como un cordero.

—Quiero decir, ¿podría ser peligroso para otros? Para Henrik, por

ejemplo, o para Susanne.

Kattis me mira escéptica y una arruga crece lentamente entre sus cejas.

—¿Por qué iba a hacerle daño a Susanne? Eso es enfermizo, perdona que

te lo diga. De acuerdo, a lo mejor podría meterse con Henrik, pero ¿con

Susanne? No es lógico.

—¿Puede haberte oído decir algo de ella? ¿Algo que a lo mejor pueda

malinterpretarse, o tomarse al pie de la letra?

Kattis se queda en silencio. Cierra los ojos. Luego niega lentamente con la

cabeza.

—No es posible. ¿Estás pensando lo que yo creo que piensas?

—¿Has dicho algo de Susanne, algo que pudiera malinterpretarse? ¿Algo

que una persona ingenua a quien gustas mucho podría malentender?

Kattis vuelve la mirada hacia mí. Sus ojos se oscurecen, brillan. De pronto

parece asustada.

—Eso es imposible, no puede ser.

—¿Qué has dicho?

—No me lo creo.

Sacude la cabeza con tal violencia que la coleta vuela de un lado a otro de

su cabeza, como un látigo.

—Kattis, haz el favor, piensa. ¿Qué le dijiste?

Suspira hondo, se retuerce y vuelve a bajar la mirada, recoge unas migas

de la mesa.

—Que es una guarra —susurra—. Que me quitó a Henrik. Que pegaba a

esa pobre niña, Tilde. Que deseo que esté muerta. Pero no se lo dije a él. Lo

hablé con una chica con la que trabajo, y con otros amigos por teléfono. Fue

al principio. Justo cuando se acabó entre nosotros. Al fin y al cabo, seguía

estando enamorada de él… Pero no lo decía en serio… Estaba destrozada.

Son estas cosas que se dicen cuando estás mal. ¡Yo nunca… nunca!

—¿Y Tilde? ¿Crees que Tobias puede haberse llevado a Tilde?

Kattis levanta lentamente la mirada de la mesa, me mira con unos ojos

oscuros y contritos.

—¿Sabes qué? Es muy raro. —Detecto la duda en la voz de Kattis. El

tormento—. Veamos, él me preguntó hace unos días qué cereales suelen

gustarles a los niños pequeños. Y con qué juegan.

Vuelvo a ver la imagen de la niña. La fotografía de la guardería,

grotescamente ampliada, en todas las portadas. La niña alegre de las trenzas.

¿Realmente puede ser verdad?

—Háblame más de Tobias. ¿Alguna vez se había mostrado agresivo?

Kattis baja la mirada, hunde la cara entre las manos, como si tratara de

concentrarse, o tal vez esté llorando. Al rato se frota la cara y me mira, y yo

intuyo las lágrimas.

—Sí, sí, sí. Se ha mostrado violento alguna vez. Aunque nunca desde que

está con nosotros, en el Centro de Empleo. Creía que iba por buen camino. —

Kattis hace una breve pausa y de pronto se agarra a la mesa, como si estuviera

a punto de caerse—. Dios mío, imagínate que la tiene allí, en su casa. ¿A lo

mejor deberíamos llamar a la policía? ¿O acercarnos nosotras? A casa de

Tobias, claro. Pero él no está en casa, está en Goteburgo con sus compañeros. Si es como tú dices, entonces podríamos acercarnos allí y buscarla.

Francamente espero que te equivoques. La imagen que tengo de Tobias es que

es inofensivo. Un poco desequilibrado, sí, pero inofensivo. Pero si es tal como

tú crees, entonces deberíamos intentar ayudarla, ¿no es cierto?

—¿Cuánto tiempo estará en Goteburgo?

—Vuelven mañana.

Al otro lado de la ventana, la nevada arrecia. Veo a niños revolcándose en

la nieve recién caída, echados boca arriba haciendo ángeles, lanzando bolas

de nieve contra la fachada de la biblioteca. La visión de los niños se vuelve

casi físicamente dolorosa. Hago un gesto con la cabeza hacia Kattis.

—Haremos lo que dices, iremos hasta su casa. Podemos llamar a la

policía de camino.

Cuando cruzamos Medborgarplatsen en dirección al pequeño coche de

Kattis caigo en la cuenta del extraño silencio que nos envuelve. De pronto

deja de oírse el tráfico y a la gente que vislumbro en la oscuridad. La nieve se

mete por dentro del cuello de mi abrigo, por el borde de mis botas de caña

baja, irremediablemente gastadas y poco prácticas. Me ciño la bufanda, me

detengo un segundo para descansar. Desde que estoy embarazada me quedo

sin aliento muy pronto. Sin aliento, con ganas de hacer pipí e indispuesta. Mi

estado no tiene nada de bendito ni de romántico. Siento que no es más que un

único y largo tránsito hacia la vida en familia que he intentado

desesperadamente eludir durante los últimos años.

 

En Götgatan, el tráfico a duras penas avanza. Los coches ya han convertido la

alfombra blanca y algodonada en un lodazal de color pardo.

Kattis se abre camino a través del tráfico, se mete entre los carriles y le

toca furiosa el claxon a un coche que se ha detenido.

—Realmente espero que estés equivocada. Pero si hay algo de cierto en lo

que dices, todo es culpa mía. Todo.

Su voz suena apagada y estruja el volante con tanta fuerza que sus

nudillos empalidecen. Cruzamos el puente de Skanstull. Debajo, dormitan los

baños de Eriksdal bajo la capa de nieve. Cuando llegamos a la altura de

Gullmarsplan, Kattis parece vacilar un segundo, pero entonces coge el desvío

en dirección a la E 4.

—Tú lo conoces bien. ¿Tú qué crees, puede haberlo hecho? ¿Puede

haberse llevado a Tilde?

Kattis se retuerce en el asiento. Se sube la cremallera del grueso anorak

con los bordes de piel, como si tuviera frío a pesar de la calefacción del

coche, y me mira con una mirada aterrorizada.

—No lo sé.

—Pero ¿tú qué dirías?

Kattis vuelve a retorcerse y me doy cuenta de que la conversación le

resulta desagradable.

—Es posible —dice finalmente—, es posible que lo haya podido hacer. Es

lo bastante ingenuo y desequilibrado. Y como ya te he dicho antes, sí se ha

mostrado violento en otras ocasiones. Se ha metido en peleas, y cosas así. Sin

embargo, no creo que…

Me echo hacia delante y rebusco en mi bolso entre papeles, monedas y

chicles. Saco el móvil.

—Voy a llamar a Markus.

Kattis asiente brevemente con la cabeza. No parece haber oído lo que he

dicho.

El teléfono de Markus está apagado y se conecta el buzón de voz. Dejo un

mensaje, le pido que me llame.

—¿Y ahora qué hacemos? —susurro.

—Vamos. Si Tilde está allí puede ser urgente.

—¿Dónde vive?

—En el campo, en las afueras de Gnesta, a unas seis o siete millas al sur

de Estocolmo. Tengo GPS.

 

Avanzamos en silencio en el pequeño coche de Kattis. Fuera pasa un suburbio

detrás de otro en la oscuridad: Ålvsjö, Fruängen, Sätra, Skärholmen. En todas

las poblaciones de hormigón por las que pasamos: gente como nosotras,

acurrucada en sofás y camas, avanzando con dificultad en la nieve, cargada de

bolsas de la compra. Almas solitarias en medio de la compacta oscuridad

invernal escandinava. Todos ellos con sus sueños y problemas, sus esperanzas

y sus desengaños. Pienso en ello y de pronto me sobreviene: la certeza de

quién es el verdadero autor.

—Love fucks you up —mascullo.

—¿Qué?

Kattis parece desconcertada, escudriña mi rostro como si acabara de decir

algo que me califica para el traslado inmediato al psiquiátrico. Me río

brevemente, como para quitarle el aguijón a lo que acabo de decir.

—Siempre se trata del amor —digo, sin dar más explicaciones. Pienso en

Patrik en la butaca de los pacientes: destrozado, rechazado, humillado. Y

Sven, abandonado por su mujer después de treinta años juntos. Su mirada

vacía, su acre aliento alcohólico, sus manos temblorosas. Y Aina, su

semblante dolido, rígido y controlado cuando me contó que Carl–Johan estaba

casado, que tenía esposa, hijos y casa en Mälarhöjden.

¿Y si fuera posible vivir sin amor? ¿Y si nos bastáramos nosotros mismos,

seríamos entonces libres? ¿Disminuiría el dolor, desaparecería? En tal caso,

¿se habría quedado Hillevi al lado de un hombre que le pegaba? ¿Habría

Sirkka dedicado toda su vida adulta a cuidar de un hombre descontento que la

maltrataba? ¿La madre de Sofie habría aceptado que su nuevo marido pegara

a su propia hija?

Pienso en lo que me dijo Vijay hace unas semanas, que no se trata de

amor, que se trata de poder. Y pienso que estaba equivocado, o que en todo

caso su explicación era insuficiente. Porque al fin y al cabo es el amor que le

concede el poder a un ser humano sobre otro, que hace que acepte lo

inaceptable, que soporte lo insoportable.

Cierro los ojos y veo a Tobias ante mí, el pelo oscuro, casi negro, los ojos

hundidos. La moneda que baila por encima de sus nudillos. Me imagino que

su amor por Kattis es del tipo obsesivo: absorbente, intenso, agridulce. Para

él, ella es inalcanzable, es imposible acercarse a ella realmente. Al fin y al

cabo, ella es su asesora. La relación que ella tiene con él es la misma que yo

tengo con mis pacientes. Tal vez lo hizo para llegar a ella, para mostrarle que

es digno de ella.

Y Stefan, siempre Stefan.

A pesar de que está muerto no consigo dejar de amarle. Ese maldito amor

se entromete desde el otro lado. Se impone como una grieta en mi alma, una

cuña entre la realidad y el sueño que hace que el pasado se filtre en mi vida,

en mi realidad, como el agua de un sumidero.

De pronto vuelvo a sentirme mareada y el sudor brota en mis sienes. El

abrigo me aprieta alrededor del cuello. Me lo desabotono de un tirón y me

vuelvo hacia Kattis:

—¿Podrías parar un momento? Tengo que…

—¿Aquí? ¿En mitad de la autopista?

—¡Por favor!

Parece que se ha dado cuenta de que me siento mal porque se mete en el

arcén y pone las luces de señalización.

—Date prisa, no estamos muy bien aquí. —Abro la puerta de un empujón

y salgo a la oscuridad, a la densa nevada, al frío reparador. Avanzo hasta la

cuneta, me agacho y hundo las manos en la nieve. Vomito algo indefinible.

Descanso un momento, hasta que las manos empiezan a dolerme de frío.

Entonces hago una bola con la nieve recién caída y me froto la frente y

alrededor de la boca, me incorporo despacio y vuelvo al pequeño coche rojo.

Cuando me siento al lado de Kattis, ella ha puesto la radio. Una grave

música soul inunda el angosto espacio, Kattis baja el volumen y me mira

preocupada.

—¿Estás bien?

No, realmente no estoy bien. Mi cuerpo se ha rebelado, parece que he

llegado a un punto en el que soy incapaz de ayudar, ya sea a mis pacientes, o

ya sea a mis amigos y, además, tenía que habérseme ocurrido lo de Tobias

mucho antes, la certeza me martiriza. De ser así, ¿seguiría Tilde en casa con

su padre?

—Estoy embarazada —digo, en voz tan baja que apenas lo oigo yo. Sin

embargo, Kattis sí lo oye. Veo auténtica sorpresa en sus ojos. Sonríe, pero su

sonrisa parece forzada y artificial, como si le doliera en algún sitio.

—¡Enhorabuena, eso es… fantástico! ¿Es él, el policía?

Asiento con la cabeza, pienso en Markus. Sus cálidas manos, su mejilla

arrugada al despertar, las legañas en sus ojos azules. En cómo abraza mi

barriga por las noches, como si quisiera proteger al niño que está allí dentro

de todo mal. Como si realmente pudiera protegerlo de la maldad del mundo.

—No estaba previsto —digo, y me arrepiento de mi comentario al instante

porque siento que vuelvo a traicionar a Markus contando que de ningún modo

había planeado tener un hijo con él.

Kattis aminora la marcha violentamente y derrapamos en el aguanieve.

—¡Maldita sea!

En algún lugar delante de nosotras, en medio de la oscuridad, vislumbro

unos destellos azules y una larga caravana de coches que se ha formado en la

cuesta que conduce hacia Vårby. Kattis pone los limpiaparabrisas a toda

marcha. Sin embargo, no alcanzamos a ver más allá de diez metros por

delante del coche. Vuelve a subir la música, como si no quisiera hablar, mira

hacia los destellos azules que se acercan lentamente.

Examino su perfil en la oscuridad, veo los destellos azules barrer sus

mandíbulas finamente dibujadas y sus marcadas cejas. Me pregunto si

realmente la conozco, si sé lo que se mueve en su cabeza. Lo que en realidad piensa de mí y de Aina, de lo que le ocurrió a Susanne y Hillevi. De Henrik y

Tilde.

Entonces llegamos a la altura del accidente. Un camión aparentemente

intacto se ha detenido en mitad de la calzada, pero al pasar veo el pequeño

utilitario que se ha empotrado en la parte delantera: una bola de chapa, como

de papel de estaño arrugado. Se me cierra el estómago.

—Sigan recto hacia delante —dice la voz enlatada del GPS.

—¡Mierda! —exclama Kattis—. Espero que hayan sobrevivido.

Asiento con la cabeza, incapaz de responder. En su lugar, miro

hipnotizada a los bomberos y la policía que se mueven por el lugar del

accidente. Entonces alguien golpea el cristal. El agente de policía agita la

mano irritado para que avancemos, «¡Es increíble que todo el puto mundo

tenga que detenerse para mirar!», le oigo gritar, y Kattis pisa el acelerador con

tal ímpetu que el coche da un brinco hacia delante en la nieve.

 

No sé por qué, pero de repente siento curiosidad por Kattis. Me ha hablado

muchas veces de la relación que mantuvieron ella y Henrik: de cómo se

conocieron, y que la relación pasó de intensa y amorosa a ser destructiva.

Pero de pronto caigo en la cuenta de lo mucho que desconozco de ella y de su

vida.

—¿Qué otros novios tuviste antes de Henrik?

—¿Antes de Henrik?

Me mira sorprendida, con la boca abierta, como si fuera a decir algo, pero

no encontrara las palabras.

—Sí, porque supongo que…

Su boca se abre en una amplia sonrisa, y una vez más me asombra lo

guapa que es cuando sonríe.

—La verdad es que muchos.

No puedo evitar devolverle la sonrisa. De pronto me recuerda a Aina. Sin

embargo, el dolor vuelve a aparecer rápidamente en su rostro.

—Siempre me ha costado un poco dejar de flirtear con los hombres. A lo

mejor tú podrías explicarme a qué obedece esa necesidad. Y por qué no soy

capaz de dejar de hacerlo. Porque si es como tú crees que es, tal vez todo esto

se deba a que he flirteado demasiado con Tobias. Tendría que haber marcado

las distancias con más contundencia. Debería de haber dado marcha atrás.

Mira por el parabrisas con el rostro hermético. Fuera, la nevada se ha

transformado en una verdadera tormenta. Avanzamos a una velocidad muy baja por la E 4. Delante de nosotras, la cola de coches serpentea en dirección

sur, como un gigantesco gusano de luz se arrastra hacia delante a la velocidad

de un caracol.

Echo un vistazo hacia la tormenta de nieve, lo único que se oye es la

música soul y el chirrido de los limpiaparabrisas. De pronto siento como si

estuviéramos solas en el mundo, Kattis y yo. Que lo único verdaderamente

real es el pequeño Golf rojo que patina en la nieve recién caída. Markus

parece estar muy lejos. También Aina y la consulta. Incluso el niño que llevo

en mi vientre parece un remoto sueño. La nieve que se coló en mis botas y por

debajo del cuello de mi abrigo hace tiempo que se derritió para convertirse en

una película pegajosa en mi cuello y mis tobillos.

—Vamos a tardar un rato —murmura Kattis sin mirarme.

 

Cuando tomamos el desvío hacia Gnesta y Mölnbo observo que un coche con

los faros delanteros averiados se ha colocado justo detrás de nosotras. Me

resulta conocido y me pregunto, por un breve instante, si no lo habré visto

antes, en el lugar del accidente, en Vårberg.

Por un momento me pregunto si esto no será una mala idea, si no será

todo un producto paranoico de mi imaginación desenfrenada. Si el embarazo

y las hormonas me han hecho perder el juicio, y me entran ganas de gritarle a

Kattis que detenga el coche. Que demos media vuelta y volvamos a

Estocolmo. Pero entonces vuelvo a ver a Tilde ante mí y pienso en las

extrañas preguntas sobre cereales y juguetes.

—En el siguiente cruce, gire a la derecha.

Ahora ya ni siquiera vemos los contornos de los edificios por los que

pasamos, solo intuimos las siluetas de los enormes abetos que nos envuelven

a ambos lados de la carretera. Es noche cerrada, la nieve forma torbellinos a

nuestro alrededor, refleja la luz de los faros. Solo se oye la música, y de vez

en cuando las instrucciones mecánicas del GPS. En algún lugar, a nuestra

izquierda, vislumbro un edificio y aparecen unas farolas como bengalas en

medio de la tormenta de nieve, que nos indican que estamos entrando en una

zona más poblada.

—Gnesta —murmura Kattis. Atravesamos el oscuro centro desierto, si es

que se puede llamar así, porque apenas hay un puñado de establecimientos en

un cruce de calles: un videoclub, un restaurante de kebabs, una pizzería. Un

solitario letrero se balancea al viento frente a la tasca del pueblo, informándonos de que una cerveza fuerte de medio litro cuesta treinta

coronas. Parece una ciudad fantasma.

Kattis gira al llegar a un camino menor que parece conducir directamente

al bosque, lejos de las edificaciones. Me vuelvo y oteo, vislumbro los faros

delanteros de un coche en algún lugar detrás de nosotras, me parece ver que

uno de ellos brilla menos que el otro, pero el tiempo es demasiado malo para

que pueda determinar si es el mismo coche de antes.

Kattis entorna los ojos y mira a través del parabrisas. La visibilidad es

prácticamente nula y el mundo que nos rodea parece estar integrado por

nieve, y nada más que nieve. El firme se torna irregular y nos obliga a

aminorar la marcha. El coche da tumbos hacia delante y hacia atrás, oigo

cómo algo duro golpea contra los bajos, como si hubiéramos chocado con una

piedra.

—Pronto —susurra Kattis—. Pronto.

—En el próximo cruce, doble a la izquierda.

Entonces Kattis pisa el acelerador para subir una pequeña cuesta. El coche

vuela por encima de la cúspide y sigue adelante por el otro lado. Entre los

oscuros árboles distingo una empinada bajada y veo que el camino gira a la

derecha. Kattis frena, pero en lugar de obedecer, el coche patina y avanza

derecho hacia el muro de robustos abetos.

—¡Mierda! —exclama con voz ronca.

Nos deslizamos a toda velocidad contra un enorme tronco de abeto. El

estampido es ensordecedor. El sonido de cristales rotos y metal que se

retuerce hasta lo irreconocible inunda la carrocería. Luego el silencio. Lo

único que se oye es el sonido de los limpiaparabrisas que siguen moviéndose

al otro lado del cristal roto; como la pata de un insecto moribundo se desplaza

espasmódico ante mis ojos.

La nieve entra en remolinos por las ventanillas. Me sacudo los cristales de

las rodillas y me vuelvo hacia Kattis que está sentada con la cabeza apoyada

en el volante.

—¿Estás bien? —pregunto, y poso la mano sobre su hombro.

Pero Kattis no contesta, solo gime levemente.

La agarro del hombro bruscamente, la zarandeo.

—Di algo.

—Mi pierna —chilla Kattis.

—Siga recto —dice la voz metálica, indiferente ante lo que acaba de

ocurrir.

Me vuelvo hacia ella y apago el motor, veo cómo sus piernas desaparecen

por debajo del salpicadero, pero algo va mal. Es como si todo su asiento se

hubiera desplazado hacia delante y ya no hubiera sitio para las piernas. O

como si el frontal del coche se hubiera hundido y hubiera apresado sus

piernas.

—Espera, ahora te ayudo.

Me abrocho el abrigo y me envuelvo la cabeza y el cuello con la bufanda.

Abro la puerta del coche y me hundo en la nieve recién caída. De nuevo mis

botas se llenan de esa nieve blanda.

Mis dedos desnudos avanzan a tientas por la carrocería al tiempo que me

abro paso hacia el capó, solo para constatar que nos hallamos en medio de un

profundo hoyo. Con mucho cuidado me meto en el agujero, oigo el sonido

como de cristales que se hacen añicos cuando piso la fina capa de hielo. Al

instante noto que mis botas se llenan de agua helada. Me vuelvo, uno de los

faros frontales me ciega, el que sigue encendido.

El tronco del árbol sigue intacto, pero todo el lado izquierdo del frontal

está aplastado y ha tomado la forma del árbol, es como si el metal abrazara el

tronco. Salgo del hoyo y entorno los ojos contra el faro y la nieve que se

arremolina a mi alrededor. Es imposible seguir adelante con el coche. Lo

único que puedo hacer es intentar desenganchar a Kattis para que recorramos

el último tramo a pie.

Rodeo el coche hasta llegar al lado de Kattis, observo que incluso la

puerta está hundida. Lo único que ocurre cuando tiro de la manija es que ella

empieza a gritar. Las imperceptibles vibraciones que he provocado parecen

causarle un serio daño y temo lo peor. ¿Y si se ha lesionado de verdad? ¿Y si

está realmente herida?

Entonces me envuelvo la mano con la bufanda. Retiro los pedazos de

cristal que siguen en la ventanilla del lado de Kattis para poder meter el

tronco en el coche y echar un vistazo. Con mucho cuidado, echo su cuerpo

hacia atrás, contra el asiento, para poder examinarle las piernas. Gime

levemente.

En la débil luz que se filtra a través del parabrisas no resulta fácil ver

nada, pero cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad, lo veo: el metal ha

apresado su pierna izquierda como un torniquete. La sangre rezuma justo por

encima de la rodilla y unas manchas oscuras crecen en los tejanos.

—¿Puedes mover la pierna?

—No. —La respuesta llega directa y en voz alta. De pronto parece

absolutamente lúcida—. No, y no la toques, ¿has entendido?

Detecto el pánico en su voz y asiento con la cabeza, poso la mano en su

hombro.

—De acuerdo, voy a pedir ayuda por teléfono.

Kattis asiente lentamente con la cabeza y cierra los ojos. Sus labios están

tan blancos como la nieve que sigue colándose en el interior del coche.

Marco el número de emergencias y para mi sorpresa me ponen en espera.

La situación me resulta absurda. Impaciente, empiezo a tamborilear contra el

teléfono al tiempo que oteo en dirección al negro bosque. ¿Cómo puede

alguien vivir en un lugar como este? ¿En medio del bosque?

De pronto oigo una voz en el teléfono y para mi sorpresa empiezo a llorar.

Balbuceo, tengo que repetir las cosas constantemente, pero al final

consigo explicar que hemos sufrido un accidente de coche y que mi amiga

está herida. La mujer al otro lado de la línea telefónica me hace preguntas

respecto a la respiración y la hemorragia. Me pregunta si consigo mantener el

contacto con Kattis y si parece conmocionada. Le doy las coordenadas del

GPS para que puedan localizarnos y la mujer me explica que el temporal ha

provocado que muchos coches se hayan salido de la carretera. Que vendrá una

ambulancia, pero que aún puede tardar un rato. Me explica que tengo que

procurar que no pase frío y que observe su comportamiento. Después de

colgar me vuelvo hacia Kattis:

—Quieren que me quede aquí contigo.

Kattis se pasa la lengua por los pálidos labios y me mira.

—Escucha, se me ha quedado atrapada la pierna, no he tenido un infarto.

Todo está bien. Yo estoy bien.

Me quito el abrigo, meto la cabeza por la ventanilla rota y la cubro con él

como si fuera una manta.

—Ve a buscarla. Al fin y al cabo, yo no me puedo mover. Según el GPS,

la casa tiene que estar aquí mismo.

Estoy indecisa, pero Kattis parece tranquila.

—Oye, que tengo teléfono móvil. Puedo llamarte si hay algo. Estate

tranquila.

 

Avanzo con dificultad a través del bosque, lo único que oigo es el viento que

ha arreciado, el chirrido de la nieve debajo de mis suelas demasiado finas y

mi propia respiración. A mi alrededor, un denso bosque de abetos que se

yergue hacia el cielo nocturno. No tengo frío en los pies, se me han dormido y

ya no siento el suelo que piso al caminar.

La casa está rodeada de espesa vegetación. A pesar de que no puedo ver lo

que crece bajo la capa de nieve, tengo la sensación de que hace muchos años

que alguien se preocupó del jardín.

Cuando me acerco descubro que no todo son plantas, como creí en un

primero momento. A la derecha hay un par de viejos coches desguazados,

hundidos en la nieve, como cadáveres que alguien ha traído a rastras. Al lado

se amontonan los neumáticos de coche en unas pilas altas. A mi izquierda

distingo los contornos de un carro de la compra patas arriba. Solo las

pequeñas ruedas despuntan por encima de la capa de nieve. Frente a la

escalera se yergue un montículo cubierto de nieve que rápidamente descubro

que, en realidad, es una lona que cubre otra cosa, tal vez leña o todavía más

desechos. En la escalera se amontonan lavadoras viejas, microondas y ruedas

de bicicleta. Hay una escalera de mano vieja y rota apoyada contra la fachada.

La casa en sí es de ladrillo amarillo y parece haber sido construida en los

años cincuenta. Una cálida luz brilla desde las ventanas de la planta baja y

dibuja unas franjas doradas en la nieve.

Todo está en silencio.

A mi alrededor se arremolina la nieve, va envolviendo lentamente la triste

colección de electrodomésticos extintos y de coches jubilados del jardín. Con

dedos trémulos retiro la nieve de algo que parece una vieja calandria y me

siento encima para recuperar el aliento. Hace un frío terrible. Desearía que

alguien me hubiera acompañado: Aina, Markus, Vijay, Hillevi.

Por alguna razón es precisamente Hillevi quien emerge en mi mente. No

hubiera estado de más tener su calma y su confianza en medio de este bosque.

Entonces oigo algo en la oscuridad detrás de mí. Suena como si un cubo

de latón vacío se hubiera caído al suelo. Es un sonido metálico y hueco. Me

vuelvo. Miro hacia la oscuridad, pero lo único que veo es la nieve que baila

en mitad de la noche. ¿Es posible que no esté sola aquí? ¿Tobias? Sin

embargo, no veo pisadas en la nieve alrededor de la casa. Y, además, Tobias

está en Goteburgo. Lejos de aquí.

Tras un segundo de titubeo me decido, recorro el último trecho hasta la

casa y me deslizo a lo largo de los muros. Echo un vistazo a través de la

ventana iluminada. Pienso en lo fácil que resulta mirar al interior, pero que no

soy visible desde dentro.

Veo el interior de una cocina. Las encimeras están abarrotadas de

cacerolas, ollas y fuentes. Los platos sucios se amontonan por todas partes.

Hay viejas cajas de pizza esparcidas por el suelo de linóleo a cuadros

amarillos y blancos. No se ve a nadie. La casa parece desierta y me acerco a la puerta principal, subo las escaleras y agarro el pomo. La puerta se abre sin

ejercer resistencia.

El vestíbulo está a oscuras y está lleno de cajas con revistas. Noto el olor a

cigarrillos y de algo más: comida, aceite, café, ropa vieja sin lavar. El

inconfundible olor que suele haber en las casas de personas muy mayores. Un

hedor a cerrado que me provoca náuseas, que evoca imágenes de cenas

demasiado largas en casa de la vieja tía soltera de papá. Asado de carne de res

con salsa marrón y pepinillos. Carquiñolis. Y luego el olor a moho de un

cuerpo de mujer desaseado y a mugre incrustada que impregnaba todo el

festejo.

En el suelo, delante de la puerta, hay un rayador y un par de botas de agua

de mujer. Me agacho para examinarlas detenidamente, pero antes de que me

haya dado tiempo a coger la bota, una figura se abalanza sobre mí. Tardo un

segundo en descubrir que es un perro. Un gordo y viejo golden retriever. El

perro parece contento de verme, da brincos a mi alrededor y me lame las

manos como si fuéramos viejos amigos.

Me tiemblan las piernas y sigo avanzando cautelosamente a través del

vestíbulo. Tras la puerta de la derecha hay un comedor. Todas las superficies

están cubiertas de envases de papel, periódicos y revistas. Sin embargo, todo

está apilado en pulcros montones. Como si de hecho la persona que vive aquí

hubiera intentado establecer algún tipo de sistema en el caos que parece reinar

en la casa.

De pronto un ruido agudo. Como cuando un niño sopla una flauta dulce

con todas sus fuerzas. Mi corazón se desboca y una extraña flojera se propaga

rápidamente por mis piernas entumecidas.

Unas diminutas figuras saltan de un antiguo reloj de cuco que cuelga en la

pared, sobre la mesa del comedor. Anuncia que son las seis. Respiro

pesadamente, noto cómo el malestar se extiende por mi cuerpo. Doy media

vuelta y salgo de la habitación.

Por el otro lado, el vestíbulo da a un cuarto de estar. La puerta está casi

taponada por objetos. Viejos esquís, cañas de pescar, una máscara de soldar,

cajas con botellas vacías de refrescos que reconozco de mi infancia:

Trocadero, Sockerdricka, Pommac. Avanzo lentamente hacia el salón,

tropiezo con una clase de paquete plastificado que hay en el suelo, me agarro

a una cortina para no caerme. El polvo de la tela se libera y colma el aire, lo

torna granulado y dificulta la respiración. Toso. Noto cómo se me cierra la

tráquea.

La estancia está repleta de pesados y oscuros muebles de época. En

algunos sitios, los muebles están apilados uno encima del otro. Sillas encima

de mesas. En las paredes cuelgan reproducciones de paisajes, niños llorando y

veleros. Unas cortinas de terciopelo de color mostaza cubren todas las

ventanas, me impiden mirar a fuera.

Detrás tengo al perro, que me sigue por todos lados. Las garras golpean

contra el parqué gastado. No hay ni rastro de la niña. Me siento estúpida y por

primera vez me pregunto qué estoy haciendo aquí. No tiene ningún sentido.

Tilde no está aquí.

Cuando cae el golpe estoy absolutamente desprevenida. El dolor es agudo

y punzante, y unos puntos incandescentes bailan delante de mis ojos. Noto

que unos brazos fuertes me rodean por detrás y una mano se cierra sobre mi

boca. Me llega una extraña mezcla de aftershave y sudor. Intento volver la

cabeza y vislumbro un pelo oscuro y una piel cubierta de espinillas.

Tobias.

—Has venido, a pesar de todo, maldita hija de puta —me bufa al oído.

—Tilde —mascullo.

—¿La niña? ¿Quieres a la niña?

Intento asentir con la cabeza.

—Has tenido suerte de que siga aquí. No te preocupes, ahora te llevaré

con la niña. Por supuesto.

Empieza a arrastrarme de vuelta al vestíbulo, pasando por los montones

de papeles y los muebles apilados. Intento bajar los pies, intento andar sola,

pero me cae un nuevo golpe rápidamente y ya no oso hacer nada. Un

repentino empujón me hace trastabillar y caigo de cabeza al suelo, sin tiempo

para parar la caída con las manos. Siento una patada en el costado, una patada

poco precisa, casi apática, aunque lo bastante fuerte para atemorizarme más

que nunca. Pienso en Susanne, en su rostro destrozado a patadas.

A mis espaldas oigo un chirrido a goznes sin engrasar y de pronto alguien

tira de mí. Tobias me levanta del suelo y me empuja por el hueco de la puerta.

—Está allá arriba. En el armario ropero.

Vacilo un segundo, pero creo que dice la verdad. Creo que Tilde está allí

arriba.

—¡Pero venga, sube, joder!

Tobias vuelve a empujarme hacia las escaleras y trastabillo en la

oscuridad, al tiempo que oigo que la puerta se cierra a mis espaldas, seguida

de un chirrido metálico.

Oscuridad.

Estoy en el desván, avanzo palpando la pared sobre la escalera, encuentro

una especie de cable que se extiende hacia el interior del trastero como una

serpiente. Cuando avanzo alerta, el suelo de madera cruje bajo mis pies.

Fuera, el viento bordea ululante la fachada lateral de la casa. Alrededor de mis

piernas se aprietan unos fardos blandos que me veo obligada a sortear. Tal

vez sea ropa. ¿O revistas viejas?

Entonces siento otra cosa. El cable se termina y es sustituido por un

pequeño objeto esférico. Una bombilla. Tiene que haber un interruptor en

algún lado. Con mucho sigilo vuelvo atrás por donde vine, sigo el cable con

los dedos, paso por encima de los bultos que hay en el suelo cautelosamente.

Siento un tosco olor a moho y polvo.

Entonces lo encuentro.

El interruptor emite un chasquido cuando lo giro y de pronto el desván se

llena de luz.

Y es entonces cuando la veo.

Apoyada contra la pared, como una muñeca de trapo, entre dos maletas,

está medio sentada una mujer de unos sesenta años. Su rostro está cubierto de

manchas moradas y parece extrañamente hinchado. Sus manos están

levantadas como garras, paralizadas en una postura anormal. Su abrigo está

manchado y polvoriento, como si alguien la hubiera arrastrado por el suelo.

No lleva zapatos, solo un calcetín de lana gris en uno de los pies. El otro está

descalzo.

Sin querer suelto un grito y reculo un paso, choco con algo y me caigo

hacia atrás sobre un blando montón de revistas y de ropa vieja.

El polvo se arremolina a mi alrededor, me hace toser.

A pesar de que me he caído no puedo evitar mirarla. Hay algo hipnótico

en ese cadáver. Porque me he dado cuenta de que está muerta.

Me obligo a apartar la mirada para poder echar un vistazo al espacio.

El trastero es más pequeño de lo que pensaba y supongo que estoy justo

debajo del caballete. En el suelo se amontonan viejos anoraks y tejanos junto

con diarios. Me agacho delante de una pila de Dagens Nyheter de 1989. Al

lado de otros periódicos, todos ellos de 1989, hatillos amarillentos que dan

testimonio de lo que ocurrió aquel año. Echo un vistazo al primero: 14 de

marzo, «Kerstin Ekman y Lars Gyllensten abandonan la Academia Sueca en

protesta». Cojo el diario. El papel es duro y se ha pegado, como si hubiera

estado en agua. Debajo, otro diario: 25 de marzo de 1989, «Aquí se termina el

rastro de Helene Nilsson, 10 años» y «Catástrofe petrolífera en Alaska».

Me pongo en pie arduamente y miro a mi alrededor. En un extremo de la

estancia larga y estrecha hay una pequeña ventana con cristales cubiertos de

polvo y en la otra, una puerta.

El armario ropero.

Con mucho cuidado me abro camino hacia la puerta entre las pilas de

periódicos y escombros. Rodeo la mujer muerta dibujando un amplio arco, no

quiero arriesgarme a tropezar con ella, a unirme involuntariamente en un

abrazo con sus manos que parecen garras, con la fría piel.

—Tilde, ¿estás ahí?

Golpeo la madera sin cepillar con tanta fuerza que me clavo algunas

astillas en las manos.

Nadie contesta desde el otro lado de la puerta. Ninguna voz de niña

responde a mi llamada.

La puerta tiene una cerradura, pero le falta el pomo. Palpo el borde de la

puerta hasta que encuentro un resquicio lo bastante grande para meter los

dedos. Luego tiro de ella todo lo que puedo, hago fuerza contra la pared con

el pie y la puerta cede con un suspiro y se abre de par en par.

Y allí está.

Parece más delgada que en las fotografías que vi en los diarios

vespertinos. El brazo le cuelga de una cuerda sobre la cabeza en un ángulo

antinatural. Tiene la cara sucia, pero veo perfectamente sus grandes y oscuros

ojos que parecen mirarme sin entender lo que está pasando. Un débil olor a

orina colma el pequeño espacio. En el suelo hay una manta sucia y unos

moldes vacíos de bollos hechos de papel de velos.

Desato la cuerda que está sujeta a un gancho en la pared del armario

ropero, me agacho y cojo el pequeño cuerpo de la niña en mis brazos.

 

Es tan ligera…

O sea, que eso es lo que pesa una vida. Apenas unos cuantos kilos.

Me maravilla pensarlo mientras atravieso la habitación a grandes zancadas

en dirección a la escalera. La niña no se resiste. No dice nada. Simplemente

apoya la cabeza contra mi hombro como si estuviera dormida.

Le tapo cuidadosamente los ojos con la mano para que no tenga que ver el

cadáver de la mujer. Pienso que ya ha visto suficiente muerte y maldad.

A través de los tablones del suelo oigo a Tobias que da vueltas con pasos

pesados, haciendo ruido y maldiciendo. No sé por qué me condujo hasta Tilde

con tanta facilidad, pero me temo lo peor. Está a punto de pasar algo. Algo terrible. Me siento con mucha cautela sobre uno de los fardos de ropa, todavía

con Tilde en brazos. Oigo su respiración regular. Cierro los ojos. Dejo que me

venza el dolor y el creciente mareo.

De pronto oigo un leve sonido, suena como si las paredes estuvieran

llenas de ratas que mordisquean el material aislante. Al tiempo percibo un

olor penetrante. Gasolina. El sonido aumenta y de pronto caigo en la cuenta

de lo que ha ocurrido.

La casa está ardiendo. Tobias la ha incendiado.

Entre los tablones de madera sin cepillar del suelo se abren camino las

volutas de humo gris azuladas y comprendo que pronto los muebles y las

cajas con los escombros de años de la planta baja avivarán el fuego.

La escalera sigue a oscuras, pero la luz del trastero alcanza para que pueda

ver mientras bajo a toda prisa. Cuando lo agarro, el pomo está candente y

retiro la mano involuntariamente, la envuelvo en mi bufanda y lo vuelvo a

intentar. Bajo la manilla ardiente, toso por el humo que entra por debajo de la

puerta. Pero la puerta no se abre. Lo vuelvo a intentar. Y entonces lo

entiendo: el restallido con que se cerró la puerta, el chirrido metálico que oí

mientras subía las escaleras.

Ha cerrado la puerta con llave.

Con Tilde en brazos vuelvo a subir corriendo hasta el angosto trastero.

Ahora se oye con toda claridad el crepitar del fuego a través del suelo, como

un prolongado y silbante aullido. Oigo el estampido de cristales al

resquebrajarse. Oigo ladrar al perro desde algún lugar. Insistente y alto, como

si quisiera llamar la atención de alguien.

Ante mí se perfila negra la solitaria ventana contra el pontón de madera.

Con mucho cuidado dejo a Tilde en el suelo. Limpio el cristal con la

manga de mi jersey y miro afuera. La nieve revolotea y me impide ver nada.

Descuelgo la aldabilla y empujo con todo mi peso hasta que la ventana cede y

se abre de par en par. El aire frío entra a raudales, me asomo y miro hacia

abajo.

Nos encontramos a tal vez unos cinco metros del suelo. Al principio no

logro ver lo que tenemos debajo de nosotras. La capa de nieve es demasiado

gruesa. Luego vislumbro el contorno de algo. Tardo un rato en entender lo

que es. Al principio solo veo unas piezas afiladas de metal que sobresalen de

entre la nieve, pero luego caigo en la cuenta de que son los cuadros de unas

viejas bicicletas desguazadas que se amontonan debajo de la ventana.

Saltar desde aquí es imposible.

Entonces veo una figura larguirucha que se aleja lentamente por la nieve.

El perro lo sigue de cerca.

—¡Tobias! —grito—. No puedes dejarnos aquí. ¿No lo comprendes?

La figura se detiene un instante, se vuelve y su mirada se encuentra con la

mía. No contesta. Entonces vuelve a girarse y sigue caminando sin la menor

prisa.

—¡Vuelve aquí, hijo de puta!

No reacciona, simplemente desaparece en la nevada.

Me dejo caer en el suelo al lado de Tilde. A pesar de que he abierto la

ventana, el estrecho trastero empieza a llenarse de humo. Tilde tose y cojo su

pequeña y fría mano en la mía. Oigo que murmura algo.

—¿Qué has dicho, cariño?

—Mamá —dice—, quiero a mi mamá.

Doy un apretón a su mano. No contesto y nos quedamos allí sentadas unos

segundos. Entonces noto la patada. Infinitamente ligera, como si un pajarito

hubiera hecho una voltereta dentro de mí y hubiera tomado impulso contra la

pared abdominal. Poso la mano en mi vientre y vuelvo a notarlo. Esta vez con

mayor nitidez. Otra patadita. Otra vida.

Y sé que tenemos que salir de esta maldita casa.

Paseo la vista por la estancia. ¿A lo mejor podría formar una especie de

cuerda con la ropa vieja y bajar por ella?

—Espera aquí —digo, y me pongo en pie. Doy una vuelta por el angosto

trastero y recojo la ropa del suelo. Evito mirar el fláccido cadáver de la mujer

que descansa contra la pared. El humo se cuela por todas las grietas, oigo

rugir el fuego bajo nuestros pies como una bestia hambrienta.

Rápidamente ato las piezas de ropa hasta formar una cuerda provisional.

La ligo a una de las vigas sobre la ventana y me cuelgo de ella con todo mi

peso para comprobar su resistencia. Cede de inmediato. Un par de tejanos se

resquebrajan por la mitad. Tras años en el suelo húmedo del trastero, la tela

está enmohecida y tierna.

Desato los tejanos y ligo el abrigo a la rebeca, vuelvo a tirar de la cuerda

de ropa.

Ras.

El abrigo se desgarra en dos partes y el polvo de la tela se arremolina en la

estancia, mezclándose con el humo cada vez más denso.

—¡Mierda!

Las lágrimas se agolpan en mis ojos, no sé si se debe al humo o a la

situación. Me dejo caer al lado de Tilde.

—Tu mamá vendrá pronto —miento.

Tilde no contesta.

 

Estamos sentadas en silencio debajo de la ventana, oyendo cómo un par de

cristales más explotan en la planta baja.

Entonces se oye una débil voz desde algún lugar. Al principio creo que

proviene del interior, pero luego comprendo que viene de fuera.

Cuando me asomo por la ventana lo veo delante de la casa, en medio de la

densa nevada. Con las piernas abiertas, mira hacia la ventana donde estoy yo.

—¡Ayuda! —grito. Mi voz resuena ronca y débil, pero a pesar de todo él

me oye.

Corre hacia el muro de la casa y me doy cuenta de que hay algo en sus

movimientos, en su grande y robusto cuerpo, en la cabeza rapada, que me

resulta familiar.

—¡Salta!

—No puede ser, hay un montón de escombros debajo de la ventana, unos

objetos afilados.

Busco en mi mente, recuerdo que vi algo al lado de la puerta principal

antes de entrar en la casa.

—Una escalera, hay una escalera al lado de la entrada.

Sin responder se vuelve y sale corriendo hacia la fachada, desaparece

entre los copos de nieve. Detrás de nosotras, un crujido, parece que el edificio

en sí esté a punto de ceder. De pronto el suelo empieza a temblar bajo mis

pies y estoy a punto de perder el equilibrio, porque es como si el suelo

desapareciera. Pero no desaparece, simplemente cambia su inclinación. El

suelo se ladea, como si estuviéramos a bordo de un velero, y me veo obligada

a agarrarme al marco de la ventana para no salir disparada hacia la escalera

cuando de repente el suelo se convierte en un descomunal tobogán.

—¡Mamá!

En el último momento logro coger el brazo de Tilde y evito que se deslice

suelo abajo. El cuerpecito que antes me pareció extrañamente ligero ahora es

plúmbeo. Con las últimas fuerzas que me quedan logro devolverla a la

ventana.

—Tienes que sujetarte aquí, ¿lo comprendes?

Me mira con los ojos vidriosos sin contestar, pero se agarra obediente al

marco de la ventana.

Lentamente van cayendo los cartones, las pilas de diarios y los desechos

desde el suelo inclinado hasta el fuego. Con el rabillo del ojo veo cómo el

cadáver de la mujer, junto con las dos maletas que tiene a cada lado, se alejan

y desaparecen entre las llamas con un chisporroteo.

Entonces el hombre vuelve, aparta algunos esqueletos de bicicleta que

molestan y levanta la escalera de mano contra la pared. Sin decir nada

empieza a subir los peldaños. El primer madero cede y cae hacia atrás, contra

el suelo, maldice, se queda estirado boca arriba y mira hacia nosotras, que

estamos colgadas de la ventana, con medio cuerpo fuera.

Y es cuando descubro quién es.

Henrik.

Me sobreviene el malestar de nuevo con una fuerza que no creí posible y

caigo de rodillas sobre el suelo inclinado delante de la ventana.

Y entiendo cómo ha sucedido todo.

Comprendo por qué el coche con los faros delanteros estropeados nos

siguió en medio de la tormenta. Henrik a la caza de Kattis. La mujer que cree

que mató a Susanne y se llevó a Tilde.

De pronto está delante de la ventana, en lo alto de la escalera. Su rostro a

la altura del mío. Los ojos muy abiertos, los brazos tendidos hacia delante.

—Pásame a Tilde. La bajaré primero.

—¡Henrik! —grita Tilde, y alarga sus bracitos hacia él, pero yo la retengo,

¿cómo puedo estar segura de que tiene intención de salvarla? El hombre que

mató a una mujer ante mis ojos.

Su mirada se cruza con la mía, me mira como si estuviera loca.

—Pero, por Dios, ¿no irás a creer que le haré daño? Pero si es como una

hija para mí.

Veo la desesperación en sus ojos. Se vuelve a oír un fuerte crujido desde

el interior de la casa y el suelo vuelve a cambiar de inclinación. Se vuelve aun

más empinado. Ahora siento el calor que irradia desde la planta baja. Como si

nos halláramos encima de un enorme horno. Y pienso que así es exactamente.

—Ella es lo único que me queda. La amo, ¿es que no lo entiendes?

Los ojos de Henrik se clavan en los míos y dejo que sus palabras penetren.

Después de todo lo que ha pasado: ¿él la ama? Otra vez el amor. ¿Qué

significa, en realidad? ¿Puedo confiar en él? Pero ¿cuál es, entonces, la

alternativa? ¿Una muerte segura en una casa en llamas? ¿Una caída de cinco

metros contra un montón de chatarra?

Ayudo a Tilde a subir a la ventana y él coge su cuerpecito con mucho

cuidado. Le dice que se agarre a él con fuerza, que se agarre a su cuello. Y luego baja. Yo espero unos segundos y luego salgo por la ventana, con las

piernas por delante. Bajo con cautela por los inestables travesaños. Me

desplomo en el suelo y me quedo echada boca arriba en la nieve.

Respiro. Oigo voces detrás de la tormenta.

Alguien que llora. Henrik. Y luego la niña que lo consuela. Le dice que

todo irá bien, que no tenga miedo, que ella ya ha echado un vistazo,

detenidamente, y que allí no hay leones.

 

Extracto del informe pericial psiquiátrico forense .

 

La investigación neuropsicológica indica que Tobias Lundwall sufre un trastorno del desarrollo de

leve a moderado. Esto implica, más específicamente, que Tobias Lundwall en ciertos aspectos no actúa ni funciona como un individuo adulto, sino más bien como un niño en edad de lactancia.

 

Posee una capacidad intelectual deficiente, lo que influye en su capacidad para razonar contenidos

abstractos y asimilar información del entorno. Hay que decir que es digno de mención que la incapacidad funcional de Tobias Lundwall no se haya detectado anteriormente. Asimismo, Tobias Lundwall presenta ciertos rasgos autísticos, aunque estos no se consideran de tal calibre que cumplan los criterios para diagnosticar un síndrome autista. La evaluación psiquiátrica indica, además, ciertos rasgos antisociales, esquizoides y paranoides, pero tampoco aquí el paciente cumple con los criterios de diagnóstico por completo. No hay nada en el examen que indique que Tobias Lundwall, a pesar del trastorno leve del desarrollo, haya tenido un concepto distorsionado de la realidad, la capacidad de discernimiento distorsionada, ni que sea incapaz de discernir entre el bien y el mal. Por lo tanto, no podemos decir que Tobias Lundwall, a pesar de los graves crímenes que ha cometido, sufra un serio trastorno psiquiátrico y, así, no hay motivos para poner a Tobias Lundwall en tratamiento psiquiátrico forense, según el capítulo 31, artículo 3 del Código Penal.

 

Antonio Waezlaw, especialista en psiquiatría forense