Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 8 de 16 · parte 1/3

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Te maltrato

Medborgarplatsen,

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

noviembre

 

Estoy sentada en mi despacho de la consulta, en lo que solemos llamar la

habitación verde.

Aina sostiene mi mano. Rígidamente.

Por una vez, ella es la débil, las lágrimas corren por sus mejillas coloradas

y se retira los mocos con la manga de la blusa malva de mohair y sacude la

cabeza desolada.

—Cualquiera, pero Hillevi no. No es justo. ¿Ahora quién se ocupará de

sus hijos? ¿El padre? ¿El que les pega?

Aprieto su mano sin contestar a su pregunta, porque ¿qué se supone que

debo decir? Fue lo primero que pensé después de la fuerte impresión. Sus

hijos, los tres chicos. Los que tenían tanto miedo a su padre que uno de ellos

se hizo pipí encima cuando él los iba a recoger en el colegio. ¿Qué será de

ellos ahora?

Estrujo el papelito húmedo con la mano que tengo libre, vuelvo a mirar a

Aina y sus ojos enrojecidos se cruzan con los míos.

—¡Llama ya!

Asiento con la cabeza y alargo la mano para coger el teléfono, desdoblo el

papelito sobre la mesa, echo un rápido vistazo al número apuntado, el que me

pondrá con la directora de Solgården, la casa de acogida de mujeres donde

Hillevi vivía con sus hijos.

El teléfono suena cinco veces hasta que alguien contesta. Luego se oye

una voz con un acento que parece español.

—Solgården, soy Mirta.

Le explico el motivo de mi llamada en voz baja y tal vez un poco forzada,

le cuento que Hillevi participaba en mi grupo de autoayuda donde nos habló

de los malos tratos, que estuve allí cuando murió y que me pregunto qué

pasará a partir de ahora.

—Me refiero, claro está, a los niños, me pregunto qué pasará con los

niños. No puedo dejar de pensar en ello. Al fin y al cabo, el padre también pegaba a uno de los chicos. ¿Supongo que estaréis al corriente? Es muy

importante que los niños no acaben con él.

—Es muy trágico —dice Mirta, como si no me hubiera oído—. Durante

todos los años que llevo trabajando aquí, nunca había perdido a una mujer. Ni

una sola. A mis chicas les han pegado y las han violado, pero nunca

asesinado. Dios mío, no pudimos protegerla.

—Pero no fue su marido quien la mató.

—La violencia de los hombres contra las mujeres —empieza a decir,

aunque de pronto se detiene y suspira hondo—. ¿Qué puedo hacer por ti?

—¿Los niños?

—Los servicios sociales se harán cargo de ellos. Están en un hogar

provisional para niños de Nacka, a la espera de que finalice la investigación.

—¿La investigación?

—Sí, el hijo mayor, Lukas, me parece que se llama, nos contó que su

padre le había dado una paliza. Por lo tanto, informamos a los servicios

sociales, algo que siempre tenemos que hacer cuando nos enteramos de que

un niño no está bien. Así es la ley. Ahora mismo, el grupo de familia de los

servicios sociales está realizando una investigación de urgencia. Pero si me lo

preguntas a mí, creo que los niños estarán de vuelta con su padre en un par de

semanas. Suele ser así. Al fin y al cabo, es muy difícil probar la acusación del

niño. Y ahora el padre tiene la patria potestad, por motivos obvios. Sí, es

posible que sea una cínica, pero creo que las cosas irán así.

De pronto se oye de fondo a un niño gritar con una voz tan penetrante que

estoy a punto de soltar el auricular. Oigo a la mujer que se llama Mirta

regañar a alguien, supongo que a un niño, en español.

—Discúlpame, está todo muy agitado aquí, hoy. Acabamos de recibir a

tres nuevas chicas. También aquí la vida sigue adelante…

Se hace el silencio en el teléfono, ninguna de las dos sabemos ya qué más

decir. Entonces ella vuelve a tomar la palabra:

—Hillevi, era una chica especial, ¿no te parece?

—Sí, era muy especial.

—Era fuerte. Y compartía esa fuerza con todas las chicas que están aquí.

Se me hace un nudo en la garganta y no sé qué contestar.

—Era un verdadero ángel, esa chica. Es así —dice Mirta suavemente.

—Un ángel —susurro—. Es verdad, era un ángel.

Recorremos a pie el breve trayecto desde Söderhallarna hasta el pequeño piso

de Aina en Blekingegatan, 27. La fría y fina lluvia que cae en la oscuridad

reblandece las hojas otoñales que se amontonan alrededor de la iglesia de

Allhelgona y las vuelve peligrosamente resbaladizas. Aina no dice nada,

simplemente avanza con el cuerpo encogido contra el viento y la lluvia. La

bufanda roja enrollada en mil vueltas alrededor del cuello, las manos metidas

en lo más profundo de los bolsillos, la mirada fija en el asfalto mojado.

Una vez en su casa, Aina enciende unas velas y pone en marcha la tetera.

Nos quedamos sentadas en silencio alrededor de la mesa de la anticuada

cocina. Y es como si Hillevi estuviera allí con nosotras, en ese pequeño y

silencioso piso. Casi me parece percibir su perfume suave y andrógino, ver su

rostro de muñeca de finos rasgos y sus manos perfectas.

—Es demasiado terrible.

Aina se muerde la uña del pulgar y mira por la ventana, hacia la oscura

calle donde el agua de lluvia forma unos pequeños y sucios rápidos en el

arroyo.

Asiento quedamente. Doy un sorbo al té caliente y paso la mano que

tengo libre por el brazo de Aina con mucha cautela. Ahora hay algo oscuro en

su mirada, como una ira reprimida que está a punto de salir a la superficie y

de pronto me asusto. Hay momentos en que Aina me asusta. Es capaz de

albergar mucha oscuridad, puede ser muy cáustica.

Entonces, de repente recuerdo algo, otra ira, otra oscuridad.

—Oye, todo esto de Hillevi… Ha sido muy intenso, nos ha dejado sin

fuerzas. He estado pensando tanto en ello que casi olvido un asunto.

¿Recuerdas lo que dijo Malin en la sesión, antes de que dispararan a Hillevi?

—¿Malin?

—Sí, fue antes de que apareciera Henrik. Dijo algo muy extraño. Algo

como que la mujer que había muerto a patadas, Susanne, a lo mejor había

recibido lo que se merecía. ¿Lo recuerdas?

Los ojos oscuros de Aina se cruzan con los míos y sin soltarme con la

mirada deja la taza con mucho cuidado sobre el platillo.

—Lo recuerdo. ¿Qué puede haber querido decir con eso? Fue un

comentario de lo más extraño, la verdad.

Me estremezco involuntariamente, siento un ligero temblor en el

estómago.

—¿No crees que hay algo un poco turbio en Malin? Toda esa charla sobre

la fuerza y la autodefensa, y ahora este comentario.

Aina se queda en silencio un rato con la taza de té humeante entre las

manos.

—No lo sé. También pienso que Kattis es un poco rara.

—¿Kattis? Pero si es de lo más normal. ¿Cómo puedes decir una cosa así?

Aina levanta la mano como si quisiera impedir que diga nada más.

—Un momento, Siri. No estás siendo objetiva cuando se trata de Kattis.

Al fin y al cabo, os habéis hecho muy amigas, ¿verdad? Os cogéis de la mano

en la consulta y os llamáis para lloraros las penas. ¿Realmente crees que eso

está bien? ¿Crees que es ético?

Las mejillas de Aina se encienden y me doy cuenta de que aprieta los

dientes.

—No, pero… —No puedo evitar reírme—. Aina, no estarás celosa,

¿verdad?

La pregunta sale de mi boca sin más, pero en cuanto la pronuncio me doy

cuenta de su peso.

Aina frunce el ceño y se reclina en la vieja y torcida silla de cocina.

—Es posible. Hubo un tiempo en que lo compartíamos todo, no lo

olvides.

Sus palabras son como bofetadas y vuelvo la cabeza cuando me alcanza la

evidencia. Tiene razón. Una parte de mi intimidad se ha perdido. Tal vez se

deba a la relación que mantengo con Markus. Tal vez simplemente no

hayamos cuidado nuestra amistad. Tal vez el tiempo la haya desgastado un

poco, le haya dado otra forma.

Alargo la mano para coger una de las servilletas que están tiradas sobre la

mesa en un montón desordenado. La estampación que lleva representa un mes

de mayo. La sostengo desconfiada en alto antes de sonarme con ella.

—¿A lo mejor ha llegado el momento de redecorar la cocina?

Aina sonríe.

—Bueno, Carl–Johan trajo estas la semana pasada. No sé de dónde saca

todos estos chismes raros.

—Carl–Johan —digo, saboreando el nombre—. Hace ya un tiempo que lo

ves, ¿verdad?

Aina se retuerce y de pronto parece incómoda.

—Sí, supongo.

—¿Hay algo que quieras decirme?

—Nada en absoluto.

Los ligues de Aina son legendarios. Siempre hay hombres nuevos en su

vida. A lo largo de los años los he visto ir y venir. Tanto jóvenes como viejos, de pelo largo y calvos, con barba y sin. Basureros y directores. Suecos y

extranjeros. Aina no discrimina, la diversidad parece ser su consigna. Por eso

me sorprendo al oír que sigue viendo a este tío. Debería de haberlo mandado a

paseo hace ya un tiempo.

—¿Supongo que no estarás…?

Agita la mano negándolo.

—Por supuesto que no.

Sin embargo, su mirada cede a la mía y se sonroja.

—¡Oh, mierda!

Aina suspira hondo.

—¿Realmente tenemos que hablar de mis polvos? De hecho, Hillevi está

muerta.

Reflexionamos sobre ello en silencio mientras el té se enfría en las

grandes tazas de cerámica.

 

—La gracia de que vengas aquí por tu cuenta es que tengas la oportunidad de

hablar de las cosas que no quieres tratar en presencia de Mia. No tiene por

qué tener nada que ver con vuestra relación. Puede muy bien ser cosas que tú,

personalmente, quieres trabajar.

Patrik y yo hemos quedado para tener una sesión individual. No hemos

trabajado mucho estos últimos días, algo que posiblemente no sea tan extraño,

teniendo en cuenta las circunstancias. En mis sueños soy yo y no Sirkka quien

se inclina sobre Hillevi para intentar detener la sangre que mana de su vientre.

Mis manos las que se hunden en su cuerpo pulsante y todavía caliente. Y justo

cuando me doy cuenta de lo desesperada que es la situación me despierto,

bañada en sudor, con el edredón ceñido como una serpiente alrededor de mi

cintura.

Patrik, que está sentado frente a mí, suspira hondo y cruza los brazos

sobre el pecho. Todo su largo cuerpo se estremece por la frustración.

—Desde luego, pero resulta que no soy yo quien tiene el problema.

—Tu relación está a punto de irse a pique, ¿y dices que no tienes ningún

problema?

—Ya, pero lo que quiero decir es que no es mi culpa.

—Entonces, ¿estamos de acuerdo en que tienes un problema?

Patrik suspira demostrativo, al tiempo que se mete una pulgarada de rapé

debajo del labio superior cortado y se seca las manos en los tejanos húmedos. Mira por la ventana gris, hoy vuelve a llover. Una fina pero persistente

llovizna que las ráfagas de viento impulsan por las esquinas de las casas.

A través de la estancia, siento el olor del jersey de lana de Patrik mojado

por la lluvia y de pronto recuerdo los olores de la infancia a manoplas

húmedas por las bolas de nieve, la ropa interior de lana sudada que había que

quitarse después de esquiar, el besuqueo después de unas copas de vino

blanco en una oscura noche de otoño con algún compañero de clase con acné

sobre una húmeda alfombra persa. Diferentes matices de lana, eso es todo. El

recuerdo olfativo se filtró a través del oscuro laberinto de la memoria.

Patrik parece darse cuenta de que estoy distraída porque se encoge de

hombros demandante.

—Es Mia quien tiene el problema —susurra finalmente.

—A menudo, la causa y el efecto son muy complejos en una relación de

pareja. Si una persona tiene un problema, este suele afectar a la relación. Al

revés, también podríamos decir que el problema de base no siempre está en la

persona que parece estar peor.

—Si quieres saber mi opinión, todo esto no es más que mierda —dice

Patrik, y me mira inexpresivo desde el otro lado de la mesita donde se

amontonan la botella de agua, los vasos y la cajita de Kleenex.

Está echado hacia atrás en la silla, en una postura displicente, y todavía

lleva puesta la cazadora negra de piel. Parece que no esté dispuesto a aceptar

que, de hecho, vamos a pasar la próxima hora juntos y, en cambio, quiera

marcar que está a punto, muy a punto, de irse.

—Patrik —titubeo un segundo, medito cómo decírselo—, muy a menudo,

cuando nos vemos, pareces muy enfadado. Y pareces estar muy enfadado con

Mia. Me pregunto qué puede desencadenar toda esta rabia.

—Creo que es evidente.

—¿De veras?

—Simplemente no se puede hacer lo que hace Mia. Es una jodida traición

lo que hace con los niños. Al fin y al cabo, adquieres cierta responsabilidad al

traer niños al mundo. ¿Estás de acuerdo conmigo?

—¿Cómo crees exactamente que Mia os ha traicionado?

Patrik vuelve a suspirar, por centésima vez durante nuestra conversación.

—¿Qué más quieres que te explique? No creo que pueda ser mucho más

explícito. Está enganchada a una especie de ansiolíticos. Creo que esa es la

traición definitiva. No creo que puedas hacerle más daño a la gente que

quieres. Ella ha preferido las pastillas antes que a nosotros. Así de sencillo.

—¿O sea, que te sientes rechazado?

—Bueno, rechazado quizá sea un poco fuerte, no creo que se trate de mí.

Se trata de los niños. Y de la certeza de que ella misma ha escogido. ¿Cómo

se puede elegir unas pastillas en lugar de a tus propios hijos? De niño

dependes completamente de tu madre. Sí, tengo que reconocerlo, me pone

furioso.

Nos quedamos un rato sin decir nada. Él golpea el suelo levemente con el

pie.

Impaciente. Como un alma en pena.

—Patrik, me preguntaba si te había pasado algo parecido en tu vida antes.

¿Tal vez te desatendieran? Cuando eras niño, quiero decir.

Patrik se pone rígido en mitad del movimiento y de pronto parpadea

varias veces y me doy cuenta de que, de alguna manera, he dado en el clavo.

Por lo tanto, me echo hacia delante en la silla y lo miro fijamente, le brindo

toda mi atención terapéutica a este hombre largirucho y enrabiado.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Todavía no lo sabemos, por supuesto. ¿O tú qué dices? ¿Te había

pasado algo parecido en el pasado?

—Es posible.

—¿Qué quieres decir con eso?

Empieza a mover el pie de nuevo, suspira y hunde la cabeza entre las

manos.

—Mamá, mi madre, supongo que bebía mucho.

—¿O sea, que tu madre era alcohólica? ¿Cuántos años tenías cuando

empezó a tener problemas con el alcohol?

—No lo sé. Creo que siempre tuvo un problema. Pero no me debí de dar

cuenta hasta que tenía unos seis o siete años.

—¿Y de qué manera afectaba su problema a vuestra relación?

—Bueno, la verdad es que no era muy abierta con el tema, ni daba la nota.

Los servicios sociales nunca tuvieron que intervenir, si sabes lo que quiero

decir. Pero podía llegar a ser condenadamente temperamental. A veces no nos

daba de comer. Casi siempre comía en casa de algún compañero de clase

después del colegio. Todos se implicaban. Me crie en la isla de Domarö, en el

archipiélago de Estocolmo. Es una sociedad muy pequeña. La gente se ayuda

entre sí. Nadie cotillea de nadie. Sabían perfectamente que mamá bebía, todo

el mundo ayudaba todo lo que podía. Pero nadie dijo nunca nada. Y sí, de vez

en cuando nos pegaba. O nos gritaba. No sé qué fue peor. Yo solía cuidar de

mi hermano pequeño.

—¿Cuánto tiempo duró esta situación?

—Me fui de casa cuando tenía dieciséis años. Luego mamá murió el

mismo año que cumplí los dieciocho. Fue en un accidente de tráfico, o sea

que no tuvo nada que ver con el alcohol. O eso creo.

—¿Y qué sientes cuando piensas en tu madre?

—No pienso en ella.

La respuesta es inmediata y de pronto su mirada recupera la firmeza. No

me evita.

—Es obvio que sí lo haces. Venga. Esfuérzate un poco, y ponle palabras a

los sentimientos.

—Soy… supongo que… estoy cabreado, realmente —dice él, y titubea un

segundo antes de proseguir—: No lo habría dicho nunca, hace tanto tiempo

que no pensaba en ello… Pero es así. Estoy cabreado. Y punto.

—¿Qué es lo que te pone tan furioso?

—Pero bueno, es que ella nos desatendía. Priorizaba su adicción por

encima de sus propios hijos.

Me inclino hacia él.

—¿De la misma manera en que lo hace Mia?

Patrik me mira fijamente, sin decir nada y con las manos temblorosas. De

pronto, sus ojos se humedecen y su rostro se torna infantil a pesar de la negra

barba de tres días. Me suplica con la mirada.

No digo nada, pero asiento con la cabeza.

 

Llueve otra vez.

Con unas duras gotas que golpean contra los cristales de mi coche. Los

limpiaparabrisas intentan ir al compás de las masas de agua que caen del

cielo. El sonido de las hojas al pasar por el cristal, adormecedoras y, en cierto

modo, tranquilizantes.

Me he tomado un día libre. He cambiado las citas de mis pacientes y me

he procurado un día sin sesiones. Ahora mismo voy de camino a la ciudad,

paso por ensenadas y por casas de veraneo que parecen abandonadas y

solitarias en este día gris de otoño. En verano, el camino a la ciudad está lleno

de destellos en el agua, veleros y un enjambre de visitantes. Ahora, el paisaje

está desierto y la autovía prácticamente vacía. Aquí y allá me encuentro con

algún coche cuyos faros amarillos se reflejan en la calzada mojada, y al llegar

a la altura de Baggensstäket me adelanta un autobús de ruta que anega mi

pequeño coche con todavía más agua. Por lo demás, nada.

La soledad me deja mucho espacio para reflexionar. Lo que antes

intentaba dejar a un lado es ahora un hecho. Doblemente confirmado por un

débil signo de más en un palito de plástico.

Un niño.

Intento comprender cuándo pudo pasar. Soy una persona adulta. Sé cómo

se hacen los niños y cómo protegerme. A su vez, no tengo ni idea de cuándo

puede haber tenido lugar. Cómo puede haber tenido lugar. No consigo

asimilarlo. Entenderlo. Solo el malestar que se ha apoderado de mí convierte

lo irreal en realidad. Porque fue exactamente así la vez anterior.

Entonces, con Stefan.

El niño que iba a ser nuestro. El niño que nunca fue. Y ahora, un niño

nuevo. Tan sorprendente. Extraño. Incomprensible. Y pienso en Markus. Su

auténtica alegría por el embarazo y su dolor por mi deficiente respuesta. Por

un breve momento me siento avergonzada. Siento cómo la vergüenza arde en

mi abdomen porque no soy capaz de amar a Markus como él me ama a mí.

No puedo, no me atrevo, no quiero. Ni siquiera tengo fuerzas para decir por

qué. Solo sé que hay algo en mí que no osa soltarse.

En alguna parte también hay una idea casi mágica. Todo lo que toco se

estropea. Todos los que amo mueren. Si me dejo llevar y cedo ante Markus,

entonces… ¿Entonces, qué? La idea es irritante e irracional, y me doy cuenta

de que es depresiva y muy poco constructiva.

Tomo el desvío hacia Södermalm y empiezo a buscar mi objetivo. Veo

algunas siluetas solitarias bajo unos grandes paraguas negros avanzar a toda

prisa por las calles. Un grupo de niños recién salido de la escuela Sofia,

aparentemente indiferente a la lluvia. Su ropa está empapada y llevan el peso

pegado a sus caras, pero están ocupadísimos dándole patadas a un gastado

balón de futbol y comiéndose una bolsa de chips que se van pasando.

Unas cuantas manzanas más, y habré llegado. Como por arte de magia,

encuentro un sitio donde aparcar justo delante de la entrada y salgo corriendo

hacia la puerta de cristal del edificio de ladrillo rojo. Una vez dentro, sigo los

carteles hasta la consulta de la comadrona. Haciendo equilibrios a la pata coja

me pongo los feos protectores de zapatos que hay en una cesta al lado de la

entrada.

No hay nadie en la ventanilla de la recepción y, por lo tanto, tomo asiento

en uno de los enormes sofás y empiezo a hojear una revista al tiempo que

miro alrededor. En otro sofá está sentada una mujer gigantesca, hablando por

el móvil. La oigo hablar de presión arterial, ingresos hospitalarios e intoxicaciones durante el embarazo, a la vez que se acaricia, aparentemente

sin darse cuenta, la enorme barriga.

A lo lejos se oye el tintineo de loza y unas risas ahogadas. Las paredes

están decoradas con arte comprado en Ikea, pósteres de la línea telefónica de

ayuda a las mujeres maltratadas y una petición para participar en un proyecto

de investigación sobre la sensación de dolor de las mujeres parturientas.

Por doquier, revistas sobre embarazos y niños.

De pronto se abre una puerta y una mujer de unos cincuenta años asoma la

cabeza y me ve. Tiene el pelo crespo y lleva una túnica con flores bordadas.

Un enorme colgante de bronce descansa entre sus pechos. Me ve y ladea la

cabeza.

—¿Tú eres Siri Bergman?

Asiento con la cabeza sin decir nada y noto que el malestar va en

aumento. De pronto tengo miedo de que vaya a vomitar allí mismo, en esa

sala de espera tan recogida, pero a su vez pienso que precisamente aquí, en

este ambiente creado para las mujeres embarazadas, serán sin duda más

tolerantes con estas cosas que en cualquier otro lugar.

—Hola, Siri, me llamo Monica Wall y soy comadrona. Bienvenida.

Coge mi mano húmeda en la suya, totalmente seca, y me conduce hasta su

consulta donde señala una silla enfrente de un gran escritorio. En la pared

detrás del escritorio cuelgan un montón de fotos de bebés. Tarjetas de

agradecimiento de padres e hijos. Me pregunto si algún día colgará una foto

del niño que llevo dentro en esta pared, pero la idea me resulta tan abstracta

que dejo que se esfume.

Monica empieza a hablarme de la charla del día, que es una charla

introductoria, y de lo que haremos posteriormente. La oigo hablar de altura y

peso. Presión arterial y material informativo.

—¿Y dónde tenemos al padre?

—¿El padre? —Mi respuesta es un eco vacío, sin verdadero contenido.

Monica levanta la cabeza y me mira. Tiene unos ojos azules

extraordinariamente claros.

—O a lo mejor eres soltera. No es ni mucho menos insólito. Tenemos

grupos para madres únicas. Así es como solemos denominarlo. Únicas, no

solteras. No tienes por qué estar sola solo porque no haya un padre. —Monica

sonríe dándome ánimos y tengo que tragar saliva varias veces para quitarme

el sabor amargo de la boca.

—Hay un padre, pero hoy no ha podido venir. Es decir, no vivimos juntos,

pero tenemos una relación, o sea que…

—Comprendo —dice Monica, y vuelve a sonreír—. Pero será bienvenido

si también quiere venir. Al fin y al cabo, él también va a tener un hijo y

animamos a los padres a que participen en todo. ¿Y es tu primer hijo? —

Vuelve a sonreír y me doy cuenta que cada vez me siento más provocada por

esta mujer sonriente, tranquila y segura. Que parece tener respuesta a todo.

—Tuve un aborto anteriormente. Mi niño, la criatura… el feto… tenía una

malformación que hizo que no pudiera sobrevivir fuera del útero. Lo

descubrieron durante una ecografía rutinaria. Pero de eso hace ahora cinco

años.

Monica me ofrece una cajita de Kleenex y caigo en la cuenta de que estoy

llorando, algo que había pasado por alto. Supongo que son las hormonas. Son

esas malditas hormonas.

Monica parece no prestarle ninguna atención, como si las madres lloronas

fueran algo con lo que se encuentra cada día, y entiendo que, naturalmente, es

así. Sigue haciéndome preguntas. La última menstruación, enfermedades,

pastillas anticonceptivas. Contesto lo mejor que puedo y ella concluye que, en

mi caso, puesto que he tenido algún sangrado parecido a la menstruación a

pesar de que estoy embarazada, la única manera de salir de dudas y establecer

el tiempo de embarazo es a través de una ecografía.

—¿Fumas? —Monica aparta la vista del ordenador donde ha empezado a

rellenar un formulario relativo a mi estado de salud.

Titubeo.

—Porque si fumas podemos ofrecerte ayuda para dejarlo. Colaboramos

con el ambulatorio donde ofrecen un tratamiento para dejar de fumar a través

de la hipnosis.

—Fumo en muy contadas ocasiones —decido contestar—. No soy una

fumadora habitual.

Monica parece satisfecha y apunta algo en el formulario, y yo vuelvo a

sentir malestar. Sé qué pregunta llegará ahora. Solo que no sé cómo

contestarla. La pregunta que tanto temo. La pregunta que le pondrá nombre a

mi desasosiego. La pregunta que me lleva a pensar en malformaciones en el

feto, deformidades, pequeñas y frágiles neuronas.

—¿Y cuánto alcohol ingieres?

—Acabo de enterarme de que estoy embarazada y la verdad es que he

bebido alcohol antes de saberlo… Pero bebo muy poco. De verdad. —La

miro a los ojos azules y claros, y sonrío—. En principio, no bebo nunca

alcohol, alguna copa de vino con motivo de alguna celebración, nada más.

Monica me devuelve una sonrisa radiante.

—Pues muy bien, entonces ha llegado el momento de pesarte —dice, y

señala hacia una balanza digital que hay en una de las esquinas de la

habitación.

 

Historia clínica, servicio de psiquiatría de la infancia y la juventud, BUP.

 

Sesión/Primera visita:

 

Niño de 11 años que acude en compañía de sus padres. El niño tiene problemas de agresividad en

el colegio. Los padres cuentan que el niño es grande y fuerte y que a menudo se mete en peleas puesto que le cuesta controlar su agresividad cuando lo provocan. El niño se queja de que los demás chavales son malos y prefiere quedarse en casa que ir al colegio. Resulta difícil convencerle para que vaya.

 

Los padres describen a su hijo como un niño en el fondo tranquilo y bueno, pero que siempre ha

sido un poco diferente. Cuando se les requiere que expliquen con mayor detalle en qué consiste la diferencia les cuesta precisar. Describen ciertas dificultades de aprendizaje en la escuela y añaden que el chico siempre ha sido un muchacho solitario que prefiere estar con los padres y no con otros niños. Le gusta montar y desmontar motores con su padre en el taller de coches. Los padres piensan que tienen una buena relación, pero que se ha producido cierto desgaste a raíz de los problemas con el hijo. El padre manifiesta que de vez en cuando piensa que la madre se muestra un poco blanda y que hay que llevar al niño con mano firme y poner unos límites muy claros. La madre le da la razón, pero a su vez es de la opinión que es difícil ser demasiado dura con el hijo sabiendo que sufre.

 

Por su lado, el niño da la impresión de ser tímido. Evita el contacto visual con el abajo firmante y,

en su lugar, se mira las manos. Contesta con monosílabos al ser preguntado por lo ocurrido y no manifiesta ningún sentimiento fuerte. Parece que contiene mucha agresividad en su interior como defensa ante sus propias fuerzas destructivas. Dice que sus compañeros le parecen estúpidos y que muy pocas veces le permiten participar en sus juegos. Hace un tiempo, dos compañeros lo sometieron a una «broma pesada», bajándole los pantalones y dejando a la vista su pene, que llamaron «polla flácida» delante de una chica de la que el muchacho está enamorado. El chico cuenta que se sintió «completamente avergonzado» y que lo único que quería era «machacar» a los otros chicos. Puesto que es grande y fuerte pudo reducirlos y luego golpeó en la cara a uno de los chicos que posteriormente tuvo que recibir ocho puntos. El chico no muestra ningún tipo de arrepentimiento, sino que piensa que el otro recibió «lo que se merecía». También dice que los demás niños siempre se han comportado mal con él y que, de ningún modo, quiere volver a la escuela. A la pregunta de lo que haría en su lugar, el chico contesta que le gustaría trabajar en el taller de automóviles del padre.

 

Evaluación :

 

Niño de 11 años que de vez en cuando es agresivo y sufre arrebatos emocionales. Es hijo único de

un matrimonio sólido. El padre trabaja de mecánico de coches con taller propio, la madre es florista. Los padres actúan de manera sobreprotectora y controladora y es probable que el comportamiento agresivo del niño sea una reacción a ello. Los problemas en la escuela tienen, con toda probabilidad, que ver con la poca disposición de los padres a dejar ir al hijo a la escuela. Su alto grado de absentismo parece confirmar esta hipótesis.

 

Así, las dificultades del niño pueden considerarse un síntoma de una dinámica familiar patológica y

se considera que el tratamiento más adecuado será una terapia familiar. Se cita a los padres para una posterior visita con el abajo firmante dentro de dos semanas.

Anders Krepp, psicólogo y terapeuta familiar autorizado

Markus pone los platos sobre la ajada mesa abatible, coloca los vasos en

una fila y deja los cubiertos en dos pulcros montones.

—¿Te parece bien así?

—Claro que sí, que cada uno coja lo que quiera. Al fin y al cabo, solo son

Vijay y Aina, no tenemos por qué decidir quién se sienta dónde.

Markus sonríe y estira su largo y musculoso brazo. Aprovecha la ocasión

y me abraza con autoridad manifiesta. Huele a recién duchado y entierro la

nariz en el pliegue de la manga de su sudadera gris con capucha.

Es difícil definir el sentimiento que brota en mí. En algún lugar crece la

esperanza, una especie de confianza que hace años que no sentía. Y luego otra

cosa: una suave y cálida sensación de felicidad que fluye por mi cuerpo.

Como si el sol me iluminara en medio de la oscura Estocolmo del mes de

noviembre.

Más o menos al mismo tiempo que Markus abre las botellas de Amaron

llaman a la puerta. Salgo al pequeño y frío vestíbulo por donde entra el aire

por todos lados, me agacho y miro por la mirilla de la puerta que Markus ha

hecho instalar después de que me asaltaran en mi casa.

Los rostros de Aina y Vijay me sonríen, grotescamente distorsionados por

la lente.

Vijay lleva una botella de vino en la mano.

Abro, dejo entrar el aire frío y húmedo de otoño y los abrazo a los dos.

Un rato más tarde estamos sentados alrededor de la mesa de la cocina,

comiendo el boeuf bourguignon que ha hecho Markus. Desde la sala de estar

oigo el crepitar de la leña en la estufa. Un suave aroma a humo se ha posado

en toda la casa. Aina lleva puesto un jersey de punto y unos calcetines gruesos

de lana. Supongo que sigue teniendo frío porque ha metido las rodillas por

dentro del jersey y está sentada como una rana en la silla de la cocina. Sus

mejillas están sonrosadas a la suave luz de las velas de la mesa.

Al otro lado de la ventana está todo oscuro como el betún. La oscuridad es

tal que ni siquiera logro distinguir el contorno de los árboles que bordean la

bahía, no veo los destellos del cielo en el mar alborotado. Sin embargo oigo

las olas rompiendo contra las rocas a través de la ventana de un solo cristal.

Vijay ataca el tema con mucho cuidado, nos mira a mí y a Aina dubitativo

antes de formular la pregunta.

—¿Vosotras qué tal estáis ahora? Después de todo lo que ha ocurrido.

Aina toma un gran sorbo de su copa de vino y desvía la mirada hacia la

negrura, se encoge de hombros.

—No lo sé. Me siento extraña. Se mezclan muchos sentimientos, pienso

en ello constantemente. No es ninguna exageración si digo que es lo primero

en lo que pienso cuando me despierto y lo último, antes de dormirme.

—Yo sueño con ello —añado, y en el mismo instante en que lo digo me

arrepiento porque detecto la inquietud en sus ojos.

—¿Qué quieres decir con que sueñas con ello? —pregunta Vijay en un

tono de voz traicioneramente suave, pero sé lo que piensa. Sé lo que piensan

todos. Que sigo siendo frágil. Que posiblemente no sea capaz de resolver

situaciones como esta, que en el mejor de los casos se resentirá mi

profesionalismo y en el peor, mi propia salud mental.

Vijay se sacude unos granos de arroz de la sudadera con un logo que

reconozco. Es el de una banda de rock duro de los años setenta. Pienso que

nunca se sabe con Vijay, que puede tratarse de auténtico amor por la música,

pero también puede que sea una nueva, y para mí desconocida, moda. Una de

las que nunca llegan a mis tiendas absolutamente fuera de onda.

—Oh, olvidaos de lo que he dicho —digo, y agito la mano en un gesto de

rechazo, pero puesto que siguen pareciendo dudar decido intentar explicarme

—. Sí, bien, de acuerdo, es verdad que he soñado con ello, aunque en mi

sueño fui yo la que intentaba salvar a Hillevi metiendo las manos en la herida,

no Sirkka.

De pronto me acuerdo del sueño con toda nitidez, como si fuera un

recuerdo verdadero: cómo salía la sangre a borbotones del frágil cuerpo de

Hillevi, cómo se hunden mis manos en sus entrañas calientes y pulsantes.

Cómo la abandona la vida a medida que crece el charco en el suelo de la

consulta y los bollos de canela desparramados absorben el líquido y se tiñen

de rojo hasta convertirse en enormes rosas.

Rosas de sangre.

—¿Cómo te fue? —pregunta Markus—. ¿La salvaste?

—No creo que tengas que preguntármelo —contesto, tal vez en un tono de

voz demasiado cáustico.

—A lo mejor te sientes culpable por su muerte —prosigue Markus, y yo

noto cómo la irritación crece en mi interior.

—Creo que estás interpretando cosas de mi sueño que tal vez no están en

él —murmuro, pendiente de mantener un tono de voz bajo y controlado.

Porque no quiero estropear esta velada que empezó de manera tan

prometedora.

Aina parece haber captado la tensión que hay entre Markus y yo porque

viene a mi rescate:

—¿Tú qué crees, Vijay? ¿Crees que fue Henrik quien asesinó también a

Susanne?

—Cariño, entenderás que no puedo saberlo. Ha sido muy poco riguroso

por mi parte pronunciarme sobre algo así sin conocer mejor el crimen.

—Pero supongo que algo podrás decir. ¿Quién es capaz de hacer algo así,

realmente?

Vijay suspira hondo y se retuerce.

—De acuerdo —empieza diciendo—. Estaba en casa con su hija cuando

llegó el autor del crimen. Por lo que sabemos, ella misma le abrió la puerta a

él o a ella. Luego la patearon hasta morir y el autor del crimen abandonó el

lugar. La hija, que estaba sentada debajo de la mesa del comedor, fue testigo

de las atrocidades, pero no ha podido identificar al autor. ¿No es así?

—Así es —murmura Markus—. La hija dice que fue un hombre, que lo

vio, que no lo reconoció. Pero no supo describir al criminal.

Vijay se pasa la mano por la barbilla, parece pensar un momento y asiente

con la cabeza dirigiéndose a Markus.

—¿Qué más dijo?

De pronto Markus parece abatido, se encoge ligeramente de hombros.

—No pudieron sacarle mucho más, la verdad. La interrogó una

investigadora infantil y por lo que he oído hizo un muy buen trabajo…

Vijay levanta la mano para interrumpir a Markus.

—No es culpa vuestra, tus colegas parecen haber hecho lo correcto. Es

demasiado pequeña, eso es todo. Es imposible sacarle nada relevante a una

niña de cinco años. ¿Qué más sabemos? El autor del crimen se empleó con

extrema violencia y dirigió las patadas sobre todo al rostro de la víctima. No

utilizó ninguna otra arma ni herramienta. ¿Correcto? —Markus vuelve a

asentir—. ¿Se encontró alguna otra evidencia técnica en el lugar?

—No gran cosa, los técnicos creen que el autor del crimen es un hombre

por la fuerza que requería y las huellas y pisadas que se encontraron en el

lugar. También sospechan que el autor pudo utilizar guantes. Las marcas

parecen indicarlo. Además, encontraron rastros de una especie de talco, del

tipo que suele usarse en los guantes de cirujano. Por lo demás, no había nada

remarcable. Encontraron todo tipo de fibras en el lugar, pelos de perro, de

gato, de conejo, de hámster, parecía que allí hubiera vivido el arca de Noé al

completo. Y luego encontraron restos de comida y una especie de virutas

metálicas que los técnicos creen que pueden ser restos de soldadura.

—Humm, esto es interesante. Muy interesante.

Vijay se reclina en el asiento y estudia el techo.

—¿Qué es lo que es tan interesante? —pregunta Aina.

—Lo de los guantes. Hace suponer que hubo cierta premeditación, lo que,

a su vez, indica otro tipo de crimen del que describiste al principio.

—Ahora vas a tener que explicarte —dice Markus.

—Bueno, veamos. Como entenderéis, hay muchos modelos para clasificar

a los asesinos y demás delincuentes violentos, pero tal vez el más sencillo y al

mismo tiempo de más fácil aplicación sea el que divide la violencia en dos

grupos: la reactiva y la instrumental. Cuando hablamos de violencia reactiva,

Seguir: parte 2 de 3