Te maltrato
Gustavsberg,
noche del 22 de octubre
Marek salta escaleras abajo de la casa ajada sobre unas piernas que nunca se
cansan. Delgadas, fibradas e incansables no paran de moverse. Piernas de
futbolista, piernas de ladrón, piernas que pueden huir corriendo durante horas
de la banda de motoristas del lago.
En las orejas, auriculares de iPod, las manos llenas de publicidad. El
pequeño remolque de la bicicleta, lleno hasta los topes de hojas de publicidad,
está en el vestíbulo. Hoy vienen del supermercado Ica, que tiene precios
especiales en salchichas de Falun y pañales, la inmobiliaria Svensk
Fastighetsförmedling ofrece sus servicios, como si los pisos deteriorados y
deprimentes del edificio fueran a ser del interés de nadie. En el remolque
también hay una hoja en blanco y negro de tamaño A5 de H–I–A Allservice,
que ofrece limpieza y trabajos de carpintería, bricolaje y pintura. Este anuncio
lo reparte gratuitamente. La empresa es Bogdan, el primo de papá, y de vez en
cuando le deja acompañarle para dar ese servicio total que anuncian. Bogdan
suele pagarle bien y, por lo tanto, no le molesta ayudarle con el marketing.
Svensson, Holopainen, Skogsjö.
Con el dinero que logre juntar, se comprará un ordenador y jugará al
WoW con los colegas. Hoy tendrá que usar el ordenador de la biblioteca del
colegio, y allí no puede jugar los juegos de ordenador ni surfear por sitios de
internet para conocer chicas.
Ahora ha llegado a la tercera planta. Las paredes de color pistacho están
cubiertas de millones de puntitos blancos y negros. Como si alguien hubiera
salpicado todas las paredes de la maldita escalera.
Uzgur, Johansson, Rashid…
En la puerta de Johansson hay un pequeño letrero que dice «No se admite
publicidad, gracias». Se aparta un mechón sudoroso de pelo de la cara y saca
tres juegos de hojas de anuncios, hace un pequeño cucurucho con los tres y lo
mete por la ranura del buzón. La portezuela se cierra con un chasquido. «No se admite publicidad», los hay que pretenden ser especiales. Pues les doy el
doble, así son las cosas.
Segunda planta.
La lámpara en el techo está estropeada. La única luz es la que se filtra por
el hueco de la escalera desde la tercera planta y un débil centelleo verde del
rótulo averiado del Systembolaget que está justo delante de la ventana.
Las puertas de los pisos parecen agujeros oscuros en la sombría y
desvencijada caja de escalera. Cuesta leer los letreros.
Lanto, Tarek, Olsson…
Pero ¿esto qué es?
La puerta de Olsson no está cerrada. Una fina, una finísima franja de luz
se cuela hasta el rellano.
Tantea la puerta con cautela. La cadena de seguridad no está puesta.
Su primera ocurrencia: a lo mejor hay dinero en el piso, o joyas,
electrónica o algo que se pueda vender fácilmente. Luego: mangar algo en el
Ica es una cosa, entrar en un piso forzando la puerta es algo muy distinto. Se
da cuenta de que no sería capaz de hacerlo. Al menos solo no, tal vez si Kevin
y Muhammed hubieran estado con él, pero no solo.
Estruja el papel en la mano. ¿Por dónde lo mete? ¿Por la ranura del buzón,
o debería simplemente entreabrir la puerta y dejarlo en el suelo de la entrada?
Se decide por esto último. Si lo mete por la ranura del buzón, a lo mejor la
cerradura de la puerta se cierre y por alguna razón no quiere que eso pase. Al
fin y al cabo, parece que alguien la ha dejado abierta a propósito. ¿A lo mejor
alguien que ha ido a hacer un recado y no quiere quedarse fuera?
¿A las once de la noche?
Vuelve a entreabrir la puerta, percibe un suave aroma a humo de
cigarrillos y algo más. Algo dulce, orgánico, difícil de determinar.
Sus ojos se pierden en una oscura estancia. A lo lejos, a la izquierda, la
luz fluye de una de las otras habitaciones. ¿Una cocina? A la tenue luz
vislumbra algo al lado del felpudo floreado. Es un bolso. Encima hay una
cartera. Está abierta, como un libro, y parece gruesa. Como si su interior
estuviera lleno de billetes.
Es más una ocurrencia repentina que algo que ha planeado. Ágil se agacha
y la recoge. Todo va automático. Es como alargar la mano para coger una
manzana de una rama. Es así de fácil.
¡Shit, cómo pesa! ¿Cuánto habrá, en realidad? ¿Lo bastante para
comprarle un poco de hierba a Nico? ¿Lo suficiente para un ordenador? ¿Más
que eso?
El estómago se le revuelve con solo pensarlo.
Justo en el momento en que se mete la gruesa cartera en el bolsillo de la
sudadera ve los pies.
La hoja de anuncios sale volando como una golondrina de papel y aterriza
silenciosamente sobre el suelo de linóleo, y ve cómo el papel blanco de H–I–
A Allservice se tiñe lentamente de rojo.
Da un paso atrás instintivamente, al tiempo que algo frío crece en su
interior. Se retira los auriculares de las orejas y es entonces cuando lo oye.
Una débil raspadura, como si alguien restregara las uñas contra un tablero.
Procede del interior de la sala iluminada y él sabe que no debería, todo su
cuerpo sabe que lo único correcto en este caso es salir corriendo de allí,
valerse de esas fuertes piernas con las que lo han bendecido.
Porque en lo más profundo de su ser ya sabe que ha ocurrido algo fatídico
en este lugar, que la mujer que yace como un saco deforme delante de sus
pies no solo se ha caído sobre la alfombrilla, ni se ha muerto por un ataque
epiléptico. Sin embargo, no titubea, simplemente baja la vista y se mira sus
nuevas deportivas blancas, pasa cautelosamente por encima del cuerpo, por
encima del gran charco, evita pisar la masa roja y pegajosa. Se va a la cocina.
Escucha la música que sale de los auriculares del iPod que se oye como un
chisporroteo lejano, al tiempo que la raspadura se hace más presente.
Está sentada debajo de la mesa, parcialmente cubierta de sangre. A su
alrededor hay un montón de ceras diseminadas por el suelo y enfrente
sostiene un dibujo que elabora con esmero con una cera azul. Marek cae en la
cuenta de que cada milímetro cuadrado del papel está coloreado y se pregunta
si la niña lleva mucho rato haciéndolo.
¿Cuántos años debe de tener?
Por su estatura diría que unos cuatro o cinco años. Suele saber
determinarlo con facilidad, gracias a sus cuatro hermanos pequeños. Es más o
menos del tamaño de Tarek, que tiene cuatro.
Con mucha cautela, alarga la mano hacia ella, le acaricia el hombro y los
ojos azules de la niña se encuentran con los suyos. Su mirada es firme.
—Hola, colega. Ahora tendrás que venir conmigo.