Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 3 de 16

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Te maltrato

Gustavsberg,

 

noche del 22 de octubre

 

Marek salta escaleras abajo de la casa ajada sobre unas piernas que nunca se

cansan. Delgadas, fibradas e incansables no paran de moverse. Piernas de

futbolista, piernas de ladrón, piernas que pueden huir corriendo durante horas

de la banda de motoristas del lago.

En las orejas, auriculares de iPod, las manos llenas de publicidad. El

pequeño remolque de la bicicleta, lleno hasta los topes de hojas de publicidad,

está en el vestíbulo. Hoy vienen del supermercado Ica, que tiene precios

especiales en salchichas de Falun y pañales, la inmobiliaria Svensk

Fastighetsförmedling ofrece sus servicios, como si los pisos deteriorados y

deprimentes del edificio fueran a ser del interés de nadie. En el remolque

también hay una hoja en blanco y negro de tamaño A5 de H–I–A Allservice,

que ofrece limpieza y trabajos de carpintería, bricolaje y pintura. Este anuncio

lo reparte gratuitamente. La empresa es Bogdan, el primo de papá, y de vez en

cuando le deja acompañarle para dar ese servicio total que anuncian. Bogdan

suele pagarle bien y, por lo tanto, no le molesta ayudarle con el marketing.

Svensson, Holopainen, Skogsjö.

Con el dinero que logre juntar, se comprará un ordenador y jugará al

WoW con los colegas. Hoy tendrá que usar el ordenador de la biblioteca del

colegio, y allí no puede jugar los juegos de ordenador ni surfear por sitios de

internet para conocer chicas.

Ahora ha llegado a la tercera planta. Las paredes de color pistacho están

cubiertas de millones de puntitos blancos y negros. Como si alguien hubiera

salpicado todas las paredes de la maldita escalera.

Uzgur, Johansson, Rashid…

En la puerta de Johansson hay un pequeño letrero que dice «No se admite

publicidad, gracias». Se aparta un mechón sudoroso de pelo de la cara y saca

tres juegos de hojas de anuncios, hace un pequeño cucurucho con los tres y lo

mete por la ranura del buzón. La portezuela se cierra con un chasquido. «No se admite publicidad», los hay que pretenden ser especiales. Pues les doy el

doble, así son las cosas.

Segunda planta.

La lámpara en el techo está estropeada. La única luz es la que se filtra por

el hueco de la escalera desde la tercera planta y un débil centelleo verde del

rótulo averiado del Systembolaget que está justo delante de la ventana.

Las puertas de los pisos parecen agujeros oscuros en la sombría y

desvencijada caja de escalera. Cuesta leer los letreros.

Lanto, Tarek, Olsson…

Pero ¿esto qué es?

La puerta de Olsson no está cerrada. Una fina, una finísima franja de luz

se cuela hasta el rellano.

Tantea la puerta con cautela. La cadena de seguridad no está puesta.

Su primera ocurrencia: a lo mejor hay dinero en el piso, o joyas,

electrónica o algo que se pueda vender fácilmente. Luego: mangar algo en el

Ica es una cosa, entrar en un piso forzando la puerta es algo muy distinto. Se

da cuenta de que no sería capaz de hacerlo. Al menos solo no, tal vez si Kevin

y Muhammed hubieran estado con él, pero no solo.

Estruja el papel en la mano. ¿Por dónde lo mete? ¿Por la ranura del buzón,

o debería simplemente entreabrir la puerta y dejarlo en el suelo de la entrada?

Se decide por esto último. Si lo mete por la ranura del buzón, a lo mejor la

cerradura de la puerta se cierre y por alguna razón no quiere que eso pase. Al

fin y al cabo, parece que alguien la ha dejado abierta a propósito. ¿A lo mejor

alguien que ha ido a hacer un recado y no quiere quedarse fuera?

¿A las once de la noche?

Vuelve a entreabrir la puerta, percibe un suave aroma a humo de

cigarrillos y algo más. Algo dulce, orgánico, difícil de determinar.

Sus ojos se pierden en una oscura estancia. A lo lejos, a la izquierda, la

luz fluye de una de las otras habitaciones. ¿Una cocina? A la tenue luz

vislumbra algo al lado del felpudo floreado. Es un bolso. Encima hay una

cartera. Está abierta, como un libro, y parece gruesa. Como si su interior

estuviera lleno de billetes.

Es más una ocurrencia repentina que algo que ha planeado. Ágil se agacha

y la recoge. Todo va automático. Es como alargar la mano para coger una

manzana de una rama. Es así de fácil.

¡Shit, cómo pesa! ¿Cuánto habrá, en realidad? ¿Lo bastante para

comprarle un poco de hierba a Nico? ¿Lo suficiente para un ordenador? ¿Más

que eso?

El estómago se le revuelve con solo pensarlo.

Justo en el momento en que se mete la gruesa cartera en el bolsillo de la

sudadera ve los pies.

La hoja de anuncios sale volando como una golondrina de papel y aterriza

silenciosamente sobre el suelo de linóleo, y ve cómo el papel blanco de H–I–

A Allservice se tiñe lentamente de rojo.

Da un paso atrás instintivamente, al tiempo que algo frío crece en su

interior. Se retira los auriculares de las orejas y es entonces cuando lo oye.

Una débil raspadura, como si alguien restregara las uñas contra un tablero.

Procede del interior de la sala iluminada y él sabe que no debería, todo su

cuerpo sabe que lo único correcto en este caso es salir corriendo de allí,

valerse de esas fuertes piernas con las que lo han bendecido.

Porque en lo más profundo de su ser ya sabe que ha ocurrido algo fatídico

en este lugar, que la mujer que yace como un saco deforme delante de sus

pies no solo se ha caído sobre la alfombrilla, ni se ha muerto por un ataque

epiléptico. Sin embargo, no titubea, simplemente baja la vista y se mira sus

nuevas deportivas blancas, pasa cautelosamente por encima del cuerpo, por

encima del gran charco, evita pisar la masa roja y pegajosa. Se va a la cocina.

Escucha la música que sale de los auriculares del iPod que se oye como un

chisporroteo lejano, al tiempo que la raspadura se hace más presente.

Está sentada debajo de la mesa, parcialmente cubierta de sangre. A su

alrededor hay un montón de ceras diseminadas por el suelo y enfrente

sostiene un dibujo que elabora con esmero con una cera azul. Marek cae en la

cuenta de que cada milímetro cuadrado del papel está coloreado y se pregunta

si la niña lleva mucho rato haciéndolo.

¿Cuántos años debe de tener?

Por su estatura diría que unos cuatro o cinco años. Suele saber

determinarlo con facilidad, gracias a sus cuatro hermanos pequeños. Es más o

menos del tamaño de Tarek, que tiene cuatro.

Con mucha cautela, alarga la mano hacia ella, le acaricia el hombro y los

ojos azules de la niña se encuentran con los suyos. Su mirada es firme.

—Hola, colega. Ahora tendrás que venir conmigo.