Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 16 de 16

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Te maltrato

Gnesta,

ocho meses atrás

 

Así. O sea, que esto es el amor.

Cae en la cuenta de que es más que justo que él también pueda

experimentarlo, a pesar de que nunca esperó que pudiera pasar.

Él no.

No con ella, en todo caso.

Chicos como él no pueden amar a chicas como ella. Simplemente es así.

Y una vez más se maravilla por estar aquí en la cama, a su lado. Que él, de

entre todos los hombres, sea el que puede tocar esta suave y pálida piel.

Ahuecar la mano sobre sus pequeños pezones rosados. Besarle las ingles, y el

bosque castaño claro que cubre su pubis. Escuchar esos pequeños sonidos

ahogados que hace cuando él se mueve dentro de ella con mayor ímpetu. Los

que le producen asociaciones confusas, tanto con animales heridos como con

películas porno, que lo excitan y a su vez lo perturban: ¿lo hace mal?, ¿le

duele?

Pero ella sonríe, dice que es perfecto, maravilloso. Tan maravilloso que a

veces siente que se va a romper. Ella le explica que es una especie de dolor,

que a la vez no es. Y él comprende lo que ella quiere decir, porque cuando él

explota dentro de ella, cuando muere entre sus brazos, siente lo mismo. Como

si todo el dolor y todo el placer y todos los sentimientos le inundaran como un

gigantesco maremoto, aterrador pero a la vez liberador.

 

Nadie hay más guapa que ella.

Ya la primera vez que la vio lo pensó, y ese pensamiento era al tiempo

excitante y prohibido, pero también terriblemente trivial. Formaba parte de la

realidad a la que estaba habituado, que había ciertos asuntos en la vida que

sencillamente no eran para él, para la gente como él. Había puertas que nunca

podría abrir. Lugares que nunca vería. Sentimientos que no podía esperar que

experimentaría.

Amor, por ejemplo.

Se había fijado en ella en cuanto empezó en el Centro de Empleo. En

cómo su pelo castaño y largo adquiría destellos de fuego cuando el sol

brillaba en él, en cómo sus ojos cambiaban del gris más pálido al violeta más

oscuro de un nubarrón cargado de tormenta.

Y cuando ella sonreía, a él le entraban ganas de sonreír con ella, de

compartir ese alegre sentimiento que parecía colmarla. Pero, claro, ella no

sonreía nunca para él. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba nadie a sonreír

para él?

Más tarde. Habían hablado de su futuro. Y ella había estado sentada frente

a él en la silla giratoria como si fuera la cosa más natural del mundo,

chupando aquel lápiz amarillo, y le había dicho: «¿No crees que ya es hora de

que te pongas las pilas? De hecho has tenido dos períodos de prueba.

Deberías haber conseguido que te hicieran fijo en alguna de esas empresas,

porque en realidad eres un chico muy capaz».

Y él había pasado vergüenza y se había ruborizado bajo el pelo largo y

oscuro. La había odiado por estar allí sentada, en la silla giratoria, con el lápiz

en la boca como un garrote, diciéndole que era un chico muy capaz. Había

detestado esa tienda Ica donde había pasado un día tras otro, retirando frutas y

verduras pasadas de los estantes. Naranjas mohosas y ciruelas podridas, al

tiempo que las moscas de la fruta volaban a su alrededor. Había aborrecido

aquel curso de soldadura sin sentido que no le condujo a encontrar un trabajo.

Y había odiado la clasificación de correo en la oficina de Solna, y a todos los

bichos raros que trabajaban allí. Todos eran engendros tullidos que

tartamudeaban y cojeaban.

Todos eran como él.

Y sobre todo se había odiado a sí mismo por no ser como los demás, por

no saber «comportarse como hace la gente», como le había dicho su madre

antes de que ella y papá murieran.

Ella posa la mano sobre su vientre y él ve cómo sube y baja al compás de

su respiración.

—Oye —dice ella—. ¿Me quieres?

—Por supuesto que sí —masculla él.

Abochornado y, sin embargo, feliz. Colmado de ese amor adulto que sabe

tan distinto a todo lo demás que haya podido probar.

—¿Harías cualquier cosa por mí?

Él se vuelve hacia ella y su mano rueda sobre la manta mugrosa. Los

últimos rayos de sol caen a través de la ventana, encendiendo el fuego en su cabellera. Con mucho cuidado deja la moneda sobre el montón de periódicos

al lado de la cama y posa la mano sobre su pecho.

—Por supuesto que sí.

—¿Aunque fuera algo espantoso, realmente espantoso?

De pronto su mirada se ha tornado oscura. Como si estuviera enojada. Y

él sabe que hará cualquier cosa para volver a verla contenta, para borrar esa

expresión de dolor de su rostro, alisar las arrugas en la frente, devolverle la

sonrisa.

—Haré cualquier cosa por ti —dice—. Cualquier cosa.

Terminaste Te maltrato

Camilla Grebe

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