Te maltrato
Medborgarplatsen,
noviembre
Me resulta extraño volver a preparar una reunión de grupo. Por una vez, Aina
ha llegado a tiempo y juntas colocamos las sillas y la mesa. Una silla menos.
Hoy hablaremos de lo que ha ocurrido. Le pondremos palabras, intentaremos
comprenderlo, explicarlo.
—De vez en cuando me siento tan harta de todo esto… De todo lo que
hacemos. ¿Realmente crees que sirve de algo? ¿Que cambia algo? No son
más que palabras y más palabras.
Miro sorprendida a Aina, que está inclinada sobre la pequeña mesa,
disponiendo una garrafa de agua, vasos y termos de café. Aina no suele ser de
las que dudan o se rinden.
—Claro que es importante lo que hacemos. Lo sabes muy bien. Has
tratado a mucha gente y la has ayudado. Es bueno lo que haces. Muy bueno,
además.
Aina me mira, y veo que sus ojos están enrojecidos e hinchados. Ha
estado llorando.
—Todas estas palabras. —Aina sacude la cabeza—. Es como si
rellenáramos la realidad con palabras para explicar lo que no entendemos.
Para vencer a nuestros demonios. Para mantenerlos ocultos, bajo la superficie,
pero en realidad no cambiamos nada, simplemente mantenemos a raya los
problemas. Porque no podemos cambiar nada. Lo que ha ocurrido ha
ocurrido, no hay más.
Vuelve a sacudir la cabeza, y las lágrimas empiezan a rodar por sus
mejillas. Está totalmente quieta, impasible, no muestra ninguna reacción. Solo
estas lágrimas.
—¡Joder, Siri! No soporto pensar en los hijos de Hillevi. Que tengan que
seguir conviviendo con un padre que les pega. Que su madre ha muerto, y que
la única persona que tienen en este mundo es ese padre maltratador. Es una
locura. Es demencial.
Se seca los ojos con el dorso de la mano. Se los frota como una niña
pequeña. A pesar de que es una mujer adulta parece una criatura. Una niña de
cinco años herida y desvalida. Me acerco a ella, la abrazo. La estrujo con
todas mis fuerzas. Noto que todo su cuerpo tiembla por el llanto. Nos
quedamos un buen rato así, yo con los brazos alrededor de Aina, hasta que sus
lágrimas dejan de correr.
El grupo está reunido: Malin, Sofie, Kattis y Sirkka. Sin embargo, hay un
vacío, una marcada ausencia. Hillevi era una persona tan fuerte, palpable y
firme, estaba tan presente… Resulta imposible imaginarse que ya no está
entre nosotras. Es como si pudiera entrar por la puerta en cualquier momento,
sonreír, disculparse por haber llegado tarde y luego tomar asiento en su silla.
—¿Por qué habéis retirado su silla?
Es Sofie quien hace la pregunta, suena furiosa, porfiada.
—Pensamos que Hillevi ya no está aquí. Que no era una buena idea
negarlo. —Aina la mira a los ojos, con insistencia, seria, y Sofie asiente
lentamente con la cabeza y luego aparta la mirada.
Aina empieza lentamente a relatar la muerte de Hillevi. Lo que ocurrió la
última vez que nos encontramos. Al principio se muestra dubitativa, vacilante,
pero de pronto las palabras empiezan a fluir rápidamente. Vuelve a describir
el escenario. A Henrik, furioso y loco con el arma en la mano. Hillevi, que
intenta aplacarlo con sus palabras.
Aina habla y las demás escuchamos. En silencio, apresadas por sus
palabras.
De pronto Sofie interviene, confirma algo que Aina ha dicho. Se identifica
con un sentimiento. Y entonces el grupo empieza a funcionar. De meras
espectadoras pasivas y mudas, se transforman de repente en participantes
activas que se exponen, que dejan al descubierto sus miedos y su dolor. Hay
tal fuerza en sus palabras, en sus experiencias… Y juntas conseguimos
guiarlas por el camino adecuado. Conseguimos mantener el control sobre el
grupo, ocuparnos de que todas puedan decir la suya y que todas sean vistas y
escuchadas. Captamos el miedo de Kattis, la rabia de Malin, el dolor de Sofie
y la queda gravedad de Sirkka. Recogemos los sentimientos, hasta que el
grupo está listo para seguir adelante.
—Hay una cosa que me resulta extraña. Sé bastante de todas vosotras,
salvo de ti, Sirkka. Es raro. La verdad es que me gustaría saber, me gustaría
saber por qué acabaste aquí. En nuestro grupo.
Malin se pasa la mano por el flequillo, se lo retira detrás de la oreja. La
calma se ha instaurado en el grupo. Es como si todos los sentimientos al fin
hubieran salido a la superficie y la necesidad de hablar de otra cosa hubiera
despertado. Miro a Sirkka, cómo se toquetea las cutículas, cómo se examina
la laca de uñas con una mirada crítica, buscando defectos donde no los hay.
—No hay gran cosa que contar. Tenía un marido malvado que me pegaba
cuando estaba de mal humor y descontento, es decir, siempre.
Un suspiro hondo y resignado.
—¿Cómo os conocisteis? —interrumpe Sofie. Mira a Sirkka, muchos años
mayor que ella, intenta y quiere entender quién es, lo que ha vivido.
—Bueno, no es una historia demasiado interesante. —Sirkka pasea la
mirada por los rostros de las participantes del grupo. Por alguna extraña razón
se detiene en el mío. Sonríe levemente, apenas es perceptible—. Conocí a
Timo a principios de los años setenta. En el setenta y uno. Éramos muy
jóvenes entonces. Los dos habíamos dejado Finlandia para trabajar en Suecia.
Por aquel entonces, muchos lo hacían, venir a Suecia para trabajar, aquí era
donde estaban los empleos. De hecho nos conocimos en el barco. Silja Line.
Una sonrisa irónica se dibuja en sus labios y se oye una risita ahogada de
Sofie.
—Ahora, en serio. ¿Os conocisteis en el barco? ¿Y estuvisteis juntos casi
cuarenta años? Eso debe de ser único, creía que en los barcos no había más
que rollos de una noche y borrachos.
Sofie parece sorprendida. Sorprendida y un poco excitada. Como si de
pronto entendiera que Sirkka no siempre fue la mujer que ahora tiene
enfrente.
—Bueno, es cierto que había mucha fiesta en esos barcos. Y la gente
bailaba, uf, sí… —Sirkka vuelve a sonreír. Esta vez con más alegría. Su
mirada introspectiva, perdida en los recuerdos de un tiempo que se perdió.
—¿Y? —Malin mira a Sirkka con curiosidad—. ¿Entonces qué pasó?
—Bueno, veamos. Nos conocimos y nos hicimos pareja. Timo era un
hombre elegante y divertido. Al principio fue maravilloso. De hecho, éramos
felices. Al principio, cuando todo no era más que un juego. Vivíamos en un
pequeño estudio en Solna, Råsunda. Estábamos realquilados y era muy
importante que nadie se enterase de ello y, por lo tanto, siempre andábamos
de puntillas por las escaleras. El piso era diminuto. No teníamos cocina, tan
solo un armario con los utensilios de cocina imprescindibles. Y nos teníamos
que duchar en el sótano. Pero para nosotros era un palacio. Yo trabajaba de
auxiliar de enfermería en el ambulatorio del Karolinska y solo tenía que cruzar el cementerio de Norra para llegar al trabajo. Timo trabajaba en la
fábrica de Scania, en Södertälje, él tenía un buen trecho para ir y venir del
trabajo. Sea como fuere, me quedé embarazada. No estaba previsto, pero así
fue de todos modos. Y la verdad es que ninguno de los dos se alegró
especialmente. Pero qué le íbamos a hacer y, así, tuvimos a nuestra primera
hija en abril del setenta y dos.
—Pero ¿entonces por qué no abortaste, si no queríais tener un hijo? —
dice Sofie, y mira inquisitivamente a Sirkka.
—Entonces el aborto no era libre. Había mujeres que se iban a otros
países a abortar, a Polonia, por ejemplo. Y podías solicitarlo aquí, si tenías
alguna razón especial para hacerlo. Hicimos lo que hizo la mayoría de
nuestros amigos. Casarnos. Es posible que los años setenta fueran una década
liberal en algunos sentidos, pero seguía habiendo mucha gente que pensaba
que era una deshonra tener un hijo fuera del matrimonio. Había que estar
casados y asentados, y ser formales. Si no, ¿qué pensaría la gente?
Sirkka abre los brazos en un gesto de resignación y me doy cuenta de que
le ha dado muchas vueltas a esto, a su destino, a lo largo de los años.
—Bueno, sea como fuere, nos alegramos mucho cuando llegó la niña. Era
tan bonita… También conseguimos un piso más grande, en Södertälje. Timo
estaba más cerca del trabajo y yo estaba en casa con Helena. Y luego llegó
Mikael, al año siguiente.
—Pero ¿entonces qué pasó? —Los ojos de Sofie son grandes y redondos,
como platos. Se diría que parece incluso entregada. Una niña que escucha un
cuento.
—Pues verás —dice Sirkka con un suspiro—, resulta difícil de explicar.
Timo se volvió hostil y celoso. Empezó a vigilarme, a espiarme incluso.
Ahora ya he comprendido que es así como suele empezar todo, pero entonces
no. Creía que había hecho algo mal. Intenté cambiar. Mostrarme más
contenta, limpiar más, cocinar mejor. Procurar que los niños se comportaran
cuando estaba su padre en casa. Me volví menos abierta y simpática con los
desconocidos, me alejé de mis amigos. Sin embargo, no sirvió de nada en
absoluto. Nada de lo que hacía servía de nada. Él se ponía furioso.
Terriblemente furioso. Se enfurecía cuando los niños gritaban o hacían ruido.
Se enfurecía cuando le parecía que yo me disgustaba. Cuando me mostraba
alegre. Cuando no le gustaba la comida. Recuerdo la primera vez que me
pegó. Era Navidad y yo había preparado la tentación de Jansson, arenques con
patatas al horno, siguiendo la receta de su madre. Dijo que estaba demasiado salado. Dijo que se avergonzaba de su familia. Que se había casado con una
bruja fea y asquerosa que no sabía cocinar. Y entonces me golpeó en la cara.
Sirkka cierra los ojos. En su rostro arrugado aparece un leve temblor. El
recuerdo duele. Después de todos estos años sigue doliendo.
—Fue como si disfrutara haciéndolo. No recuerdo que se haya disculpado
ni me haya pedido perdón ni una sola vez. Era como si simplemente se
limitara a hacer lo que tenía derecho a hacer. Se transformó en otra persona.
Y yo no lo entendía. De pronto me encontré en el infierno y no sabía cómo
había acabado allí. Era un demonio. Un demonio de verdad.
Su rostro vuelve a contraerse de dolor.
—¿Y no podías haberlo abandonado?
Las palabras de Aina son dulces, en realidad ni siquiera es una pregunta,
sino más bien una confirmación.
—No, no tenía adónde ir, no tenía trabajo, no tenía dinero propio, no tenía
amigos. Mi familia estaba en Finlandia, pero mis padres ya empezaban a estar
muy mayores y luego mi madre enfermó de cáncer. Todo pasó en medio año,
y se murió. Todo lo que tenía en la vida era ese maldito tío. Y luego los niños.
Vivía por ellos.
De nuevo aparece esa sonrisa casi imperceptible, como si Sirkka hubiera
aprendido a no exponer sus sentimientos. Está sentada inmóvil en su silla,
contándonos su vida de una manera objetiva y calmada, como si la historia no
tuviera nada que ver con ella. Tan solo los leves cambios en su arrugado
rostro ponen de manifiesto los sentimientos que se ocultan debajo de la piel.
—Al principio solo me pegaba de vez en cuando. Gritaba, sobre todo. Me
echaba una bronca cuando me equivocaba. Tal vez una bofetada. Un golpe
con la mano abierta en la cabeza. Luego todo cambió. Empezó a amenazarme.
Me decía que me mataría si no aprendía la lección. Si no hacía lo que él
mandaba. Creo que disfrutaba humillándome. Viéndome asustada. Me tenía
cogida, y él lo sabía. Era suya. He estado reflexionando, preguntándome por
qué no me abandonó, siendo yo tan inútil, tan fea, tan repugnante. Y creo que
fue precisamente por eso. Yo era de su propiedad y eso le hacía sentir
poderoso. Al menos es así como yo me lo explico a mí misma.
Sirkka sonríe compungida hacia mí y Aina, como si creyera que se ha
metido en nuestros dominios. Que somos nosotras las que debemos
encargarnos de las explicaciones y de las interpretaciones.
—Los niños, los niños son los que me han mantenido a flote. Hubo
momentos en que deseé estar muerta. Era la única salida que veía a aquel infierno. Pero los niños siempre consiguieron que volviera a reunir fuerzas
para seguir adelante.
—Pero lo que nos estás contando pasó hace más de treinta años. ¿Estás
diciendo que te quedaste a su lado durante todo este tiempo, y que siguió así
siempre? ¿Durante todos estos años? ¿Durante toda tu vida adulta? —Kattis
parece horrorizada. Contempla a Sirkka con una mirada llena de simpatía.
—Pues sí, así es. Tal como lo has dicho. Durante toda mi vida adulta. Al
principio, estaban los niños, eran muy pequeños, y luego… Te acostumbras.
No consigo explicármelo de otra manera, simplemente te acostumbras.
Incluso lo más repulsivo se transforma en cotidiano. Y sabes a qué atenerte.
Poco a poco, empecé a dudar de mí misma. A lo mejor Timo tenía razón. A lo
mejor no era más que una bruja estúpida incapaz de hacer nada sin él. Al
menos sabía lo que tenía. Un tipo asqueroso en casa, es cierto. Pero tenía un
techo bajo el que cobijarme y dinero para comer. Los niños crecieron, se
fueron de casa. A veces hablaban conmigo y me decían que debería
abandonarle. Al fin y al cabo, ellos sabían cómo estaban las cosas. A pesar de
que solo vieron una parte de lo que pasaba. Incluso Timo tenía el sentido
común suficiente para mantener a los niños fuera de los peores incidentes. Y
yo lo defendía, lo excusaba, buscaba razones, lo encubría. Suena como una
locura, lo sé, pero así era. Y en cierto modo, nos teníamos el uno al otro. No
sé si sabré explicarlo, pero… Fuimos nosotros dos a lo largo de todos
aquellos años. De vez en cuando casi nos lo pasábamos bien, por extraño que
pueda parecer. Era como si celebráramos una tregua. Y pasó el tiempo. Los
años pasan muy rápido, de pronto ya eres vieja, los niños han dejado el nido y
todo con lo que soñaste en su día, hace muchos años, ha desaparecido. Ya es
demasiado tarde para todo. La vida te ha dejado atrás. Eso fue tal vez lo más
doloroso. Cuando me di cuenta de que él me había robado mi vida. Sentí
como si no pudiera quitarme nada más, ni siquiera matándome. Y no fue hasta
aquel momento que…
Sirkka enmudece y se queda pensativa. Como si estuviera razonando
consigo misma. El repentino silencio de la sala es pesado, el ambiente está
cargado. Cada sonido, extrañamente ampliado. La lluvia que golpea contra los
cristales. Nadie dice nada. Es como si todas aguardáramos la próxima frase de
Sirkka. Como si supiéramos que hay algo más. Algo que saldrá.
—Fue un martes. Tenía el turno de noche en el hospital y preparé la cena.
Tal como solía hacer. Cenaríamos juntos y luego yo me iría a trabajar. Timo
estaba sentado en el sofá, mirando algo en el canal de documentales, tal como
solía hacer, pues le gustaba dárselas de culto con sus conocimientos recién adquiridos. Llevaba un par de días sintiéndose un poco achacoso. Había
estado en casa. Y ahora estaba en el sofá, llamándome. Al principio creí que
quería algo. Que quería que le trajera algo, pero luego… Entendí que le
pasaba algo. Su voz sonaba rara. Cuando entré en el salón se agarraba el torso
con las manos. Hacía una pinta de lo más estrambótica. Extraña. Tenía la piel
gris, de un gris pálido, y sudaba. Le dolía el brazo y el pecho. Quería que
llamara a una ambulancia. He trabajado un montón de años en asistencia
sanitaria. Reconozco cuando es el corazón el que da problemas. Y también
sabía que tenía la tensión alta y estaba un poco obeso. También fumaba. Yo
estaba allí mirando a Timo y entendí que podía ser algo grave. Muy grave. Y
de repente fue como si… Todos aquellos años, todos los años que
compartimos pasaron como una película en mi cabeza. Todos los golpes,
todos los insultos. Las burlas, las humillaciones. Ahora de pronto él era el
débil y yo la fuerte. Y yo sabía que lo correcto habría sido correr al teléfono y
llamar a una ambulancia. ¡Por Dios, si era evidente que estaba enfermo! Pero
no fui capaz. Él me lo había quitado todo. Toda mi vida. Y ahora él estaba
sentado en el sofá y quería que lo ayudara. Y yo, yo lo miré y asentí con la
cabeza, le susurré que llamaría. Luego me fui a la cocina. Apagué el fuego de
las patatas, retiré el cazo. Devolví las chuletas de cerdo a la nevera. Metí los
platos y los vasos en el armario. Fue como una película que reproduces
marcha atrás. Eliminé todo rastro de la cena que nunca llegamos a tener. Y
luego salí al vestíbulo, me puse el abrigo, cogí mi bolso. Y entonces cogí el
teléfono. Teníamos uno de esos inalámbricos. Me lo metí en el bolso y luego
me fui. A trabajar. Cuando volví a casa al día siguiente todavía estaba sentado
en el sofá. En el mismo sitio, casi en la misma postura. Aunque estaba
muerto. Y cuando vi que se había ido me senté en el suelo y me puse a llorar.
De alivio.
Por la noche vuelvo a soñar con Stefan.
Siempre Stefan.
Hacemos el amor en la oscuridad y su cuerpo frío y mojado se mueve
enérgicamente sobre mí. Sé que ahora pertenece al mar, que descansa en las
olas, pero no quiero soltarlo. Quiero quedármelo un ratito más. Sentirlo
dentro de mí una última vez.
Y pienso que esto es más fuerte. Más fuerte, mejor y más vívido que hacer
el amor con Markus.
A pesar de que está muerto.
Así, hago el amor con mi esposo muerto. Y lo disfruto. Lo sostengo con
fuerza por sus huesudas caderas, siento el sabor del agua de mar que rezuma
de su espalda, desde sus hombros hasta mi boca.
Luego él se echa a mi lado en la cama, con la mano sobre mi abdomen.
Veo cómo su tórax se alza y se hunde en la oscuridad, como si realmente
respirara, veo sus ojos negros que brillan en la noche.
—Ya está —dice en voz baja, y me acaricia el estómago suavemente con
su mano mojada y fría—. Ahora también es mi hijo.
Justo cuando me dispongo a contestarle siento unas manos que me
sacuden. Que me devuelven a la realidad. Los contornos del cuerpo de Stefan
se tornan borrosos, se disuelven hasta que no son más que un húmedo soplo
de aire.
Me doy cuenta de que es Markus quien me ha despertado y de pronto
temo haber hablado en sueños. A lo mejor he gritado el nombre de Stefan, o
cualquier cosa.
Algo peor.
—¡Siri, despierta!
Lo miro.
El hombre que es mío. El que realmente debería amar. El que se merece y
necesita mi amor.
El dormitorio está a oscuras, pero el débil resplandor amarillo de la estufa
en el salón ilumina su rostro. Tiene el pelo en punta y veo que el sudor brota
de su frente.
—Siri, ha desaparecido. Alguien se la ha llevado.
—¿Quién? ¿De qué me estás hablando? ¿Quién ha desaparecido?
—Tilde, ya sabes, la niña pequeña que presenció el asesinato de Susanne.
Alguien la secuestró ayer por la noche en casa de su padre.
De pronto estoy completamente despierta. A pesar del calor que hace en la
casa tengo frío. Se me hace un nudo en el estómago y me siento mal.
Tilde.
La niñita que estaba sentada en medio del charco de sangre de su madre
pintando.
La pequeña y traumatizada Tilde que solo supo decir que el asesino era un
hombre.
Secuestrada.
Extracto de una carta dirigida a los servicios sociales del terapeuta responsable.
Clínica de rehabilitación de Säby.
El cliente es un muchacho de dieciocho años que lleva internado en Säby desde los catorce.
También ha vivido periódicamente con una familia de acogida, pero no ha funcionado demasiado bien. A menudo ha acabado volviendo con nosotros en Säby. Durante los años que el cliente lleva viviendo aquí hemos trabajado mucho con actuaciones de carácter terapéutico ambiental. Por ejemplo, el cliente ha sido el responsable de nuestro huerto, un trabajo que ha desempeñado con gran habilidad. También ha desarrollado diferentes actividades creativas, como teatro y dibujo. Hemos tenido algunos problemas a la hora de motivar al cliente para que estudie y, por lo tanto, resulta difícil evaluar su capacidad intelectual, aunque varios miembros del personal perciben que es un poco lento y que le cuesta entender las instrucciones si son demasiado largas. Funciona sobre todo bien en situaciones estructuradas donde pueda trabajar con tareas de índole práctica. También ha demostrado tener dotes artísticas y le gusta dibujar y pintar. Durante los períodos en que ha vivido con una familia de acogida a menudo han surgido conflictos y, alguna que otra vez, incluso peleas. Pensamos que el cliente tiene grandes dificultades para adaptarse a situaciones nuevas y también es evidente que se encuentra mejor en un ambiente tranquilo. En el trato con los demás jóvenes de Säby, el cliente se ha mostrado bastante prudente y un poco retraído. Disfruta en compañía de los demás jóvenes y se pone muy contento cuando le brindan su atención y lo invitan a tomar parte en las actividades sociales. Al mismo tiempo, es evidente que no sabe muy bien cómo comportarse en compañía de gente de su misma edad. Se muestra fácilmente nervioso e inseguro, e incluso también agresivo, sobre todo cuando malinterpreta las intenciones de los demás jóvenes. Ha llegado el momento de dar de alta al cliente de Säby y devolverlo a su municipio de origen. Lo más probable es que vuelva a su antigua casa, que ha pasado a ser suya desde que los padres murieron. Nosotros, aquí en Säby, pensamos que es sumamente importante que el cliente siga recibiendo ayuda del ayuntamiento después del alta, pues no creemos que sea capaz de valerse totalmente por sí mismo. Recomendamos un contacto regular con los servicios sociales. También estamos convencidos de que sería beneficioso que se integrase en la vida laboral y, por lo tanto, es sumamente importante que se le ponga en contacto con la oficina de empleo.
Peter Runfeldt, terapeuta responsable del centro de rehabilitación de Säby
Estoy sentada sobre un montón de tesis en el despacho de Vijay llorando.
Las lágrimas manan por mis mejillas.
En cuanto a Vijay, está sentado en su silla con el semblante preocupado.
Sé lo que está pensando: que fue una equivocación encargarme la dirección
de grupo de autoayuda, que no soy lo bastante fuerte, que sobre todo no soy
capaz de separar mis propios traumas de los de mis pacientes. Que al final el
pasado me ha alcanzado.
Me hubiera gustado tanto poder demostrarle lo contrario, pero en cambio
estoy ahora aquí llorando.
Vijay se mete una porción de rapé en la boca y carraspea.
—Pero si no puede ser tu culpa que alguien haya secuestrado a esta niña,
¿no te parece? Supongo que lo podrás comprender.
No consigo darle ninguna respuesta, simplemente sacudo la cabeza y me
sueno la nariz con estruendo en el enorme pañuelo de papel que él me ha
dado. El que de forma lenta pero segura se convertirá en una húmeda bolita.
—Era una testigo —prosigue Vijay en un tono de voz indeciso—, incluso
salió en la prensa. Lo más probable es que el autor del crimen la haya quitado de en medio.
Vuelvo a sonarme y lo miro.
—Puede ser cualquiera. Markus dice que no tienen ninguna pista. No
encontraron ninguna huella delante de la ventana. Había llovido demasiado y,
por lo tanto, no encontraron ninguna pisada ni nada por el estilo. Henrik se ha
escapado, o sea que puede habérsela llevado él. Pero en realidad no tiene
ningún motivo, puesto que dispone de una coartada para el asesinato de
Susanne. Por lo tanto, ¿por qué iba a secuestrar a Tilde? Él no puede ser el
asesino de Susanne. Por muchas vueltas que le dé al asunto, tengo la
sensación de que todo tiene que ver con el primer asesinato, el de Susanne.
Vijay saca otro pañuelo de su escritorio, lo estruja en la mano hasta
convertirlo en una pelotita y me lo lanza. Yo lo atrapo y prosigo:
—La policía está rastreando el círculo de amistades de Susanne. Hablan
con toda la gente de su trabajo, de su familia. No creo que hayan encontrado
nada.
—Tengo el presentimiento de que se nos escapa algo —dice Vijay—.
Desde un punto de vista estadístico, el asesino de Susanne debería ser alguien
cercano a ella. La mayoría de los asesinatos los comete una persona allegada
a la víctima. Y la naturaleza del delito así lo indica. La mataron a patadas. En
la cara. Es un modo terriblemente brutal. Y muy personal. Nos lleva a pensar
que la persona que cometió la agresión tenía unos sentimientos muy fuertes
hacia ella o, mejor dicho, en contra de ella.
Vuelvo a sonarme la nariz.
—Entonces, ¿tú qué crees?
Vijay golpea la mesa de su escritorio con el bolígrafo.
—Creo que debemos tomar los posibles motivos como punto de partida.
—¿Y?
—Bueno, si es verdad lo que dice Kattis, que Henrik es un maltratador de
mujeres, hay buenas razones para sospechar que realmente fue él quien lo
hizo.
—Pero Henrik estaba en el bar.
—Sí, o eso dicen él y sus colegas.
Considero este comentario un rato. ¿Y si la coartada de Henrik no se
sostiene? ¿Y si sus amigos mienten? Entonces podría encajar. La violencia
desmesurada e injustificable. El odio. Eso concordaría con un asesino de este
tipo.
—Pero entonces ¿no crees que la policía debería haberlo investigado? Me
refiero a si la coartada no se sostiene.
—Sí, claro. Solo intento encontrar alguna explicación plausible a lo que
puede haber ocurrido. Luego tenemos la hipótesis del asesinato por robo. No
me la creo para nada. El modo de actuar no encaja en absoluto. Siempre que
las drogas no estén implicadas en el caso. Luego tenemos al padre, me refiero
al padre biológico de Tilde. A lo mejor él tenía algún motivo para odiar a
Susanne, ¿qué sé yo? Supongo que la policía lo habrá investigado.
—La verdad es que no lo sé.
—Es evidente que lo han hecho. Es un claro sospechoso.
—Pero es muy poco probable que el padre de Tilde la haya secuestrado.
Al fin y al cabo desapareció de su casa.
—Eso dice, sí. A fin de cuentas no es tan extraño que un padre que ha
matado a su hijo sostenga que alguien lo ha secuestrado.
—Pero por Dios…
Vijay abre los brazos en un gesto de resignación.
—Lo siento, Siri, pero así es el mundo en el que vivimos. Y cuanto antes
lo aceptemos y realmente podamos asimilar la manera en que estas personas
piensan y actúan, más fácil será detenerlos. Por cierto, ¿quién ha dicho que la
niña fue secuestrada?
—Pero es que desapareció por la ventana. En mitad de la noche.
Vijay sonríe levemente.
—A lo mejor se escapó.
—¿Por qué iba a hacerlo? No creo que una niña de cinco años
desaparezca por la ventana en mitad de la noche…
—A no ser que…
—¿Qué?
—A no ser que quisiera escapar de su padre. A lo mejor le tenía miedo
por alguna razón que desconocemos.
Reflexiono sobre las palabras de Vijay un rato. ¿Es posible que Tilde haya
dejado la casa de su padre voluntariamente? ¿Que se haya escapado en medio
de la oscuridad y el frío solo con el pijama puesto? Me cuesta creerlo.
Por un segundo considero hablarle a Vijay de Malin, pero decido que no
es relevante. Al fin y al cabo, aquel día Malin estuvo corriendo una maratón
y, además, el asesino fue un hombre. La muerte es un hombre, pienso.
Vijay se estremece, se ciñe la chaqueta de punto alrededor del cuerpo. Se
reclina en la silla y sube los pies a la mesa. Coloca las deportivas encima de
un libro sobre arte africano, pero no parece darse cuenta.
Se pasa la mano por la barba de tres días y de pronto parece apenado.
—¿Crees que está viva?
—¿Quién sabe? En cualquier caso, si alguien pretende acallarla, a la
policía no le queda mucho tiempo. Urge. Urge mucho. O a lo mejor ya es
demasiado tarde. Si es Henrik quien se la ha llevado, si realmente no mató a
Susanne y no está más que psicótico y confundido y cree que la niña tiene que
estar con él, entonces las posibilidades de que esté viva son mayores.
Noto cómo las lágrimas vuelven a inundar mis ojos. Han robado a una
niña inocente. Amenazada de muerte. No lo puedo remediar, pero de pronto
pienso en la vida que está creciendo dentro de mí, el niño igualmente inocente
que se desarrolla allí dentro, en la oscuridad. Y en lo infinitamente cruel e
imprevisible que puede ser el mundo.
—Hay una cosa… —empiezo a decir—, una cosa que no te he contado.
Una cosa de mí.
—Lo sé —dice Vijay sin más, y sonríe con su sonrisa misteriosa—.
Felicidades, supongo que es lo que se dice en estas circunstancias.
—¿Cómo?
Sonríe socarronamente.
—Pero, cariño, si has dejado de beber por completo. Sueles ser una
esponja. Y Markus no te deja ni a sol ni a sombra. —Vijay hace una pausa—.
¿Sabes qué? Te tengo mucha envidia.
—¿De verdad?
—Sí.
De pronto parece turbado, baja la mirada a su desordenado escritorio,
parece descubrir el bonito libro de arte bajo sus sucias deportivas. Lo coge
con mucho cuidado, lo limpia y luego vuelve a mirarme a los ojos.
—Olle no quiere tener hijos. A mí me gustaría, pero es que es tan
condenadamente anal. Le encanta el orden, no quiere ningún niño que ponga
su vida patas arriba. Eso dice, al menos.
De repente Vijay parece triste de nuevo, un sentimiento que no estoy
acostumbrada a ver en él. Me doy cuenta de que deja que me acerque a él
mucho más de lo que ha hecho nunca. Con mucha cautela le pregunto:
—¿Eso dice? Pero tú crees que hay algo más, ¿verdad?
Vijay se encoge de hombros abatido, enciende otro cigarrillo y con el
rabillo del ojo veo que su mano tiembla ligeramente.
—No creo que…
—¿Qué?
Vijay titubea. Toma impulso.
—Creo que ha dejado de quererme.
Nuestras miradas se encuentran y sus ojos se tornan negros y vacíos de
dolor. Asiente lentamente con la cabeza.
—Ahora ya lo sabes —susurra.
A pesar de que solo son las dos ya casi ha oscurecido. En el borde de la acera
corren unos ríos caudalosos de agua marrón grisácea que se mezcla con
alguna hoja solitaria y escombros. El torrente pasa por encima de mis pies y
desaparece por una rejilla con un sonido succionador.
Justo pasado el McDonald’s veo el letrero: «Centro de Empleo». O sea,
que es aquí donde trabaja.
Kattis me ha invitado a un café, y aunque sé que nos tratamos con
demasiada familiaridad, que me cae demasiado bien y que hace tiempo que he
sobrepasado la distancia profesional que tiene que haber entre terapeuta y
paciente, estoy aquí, delante de su oficina para tomar un café y un bollo con
ella, como si eso fuera a mejorar la situación. Me sorprendo pensando en lo
que diría Aina si nos viera ahora mismo y de pronto me avergüenzo porque sé
que tendría cosas que decirme acerca de mi comportamiento. Cosas que tal
vez yo no podría refutar porque en cierto modo tiene razón.
Su sonrisa es amplia cuando abre la puerta, y el abrazo, cálido y largo.
—Entra. Dios mío, tienes los dedos como carámbanos.
Me retira unas gotas de lluvia de la frente y vuelve a reírse. Esta vez,
ligeramente abochornada. Dejo el bolso y la gabardina y la sigo por los
locales luminosos. Los techos son altos, al menos cinco metros, y unas
enormes ventanas corren a lo largo de la fachada que da a Skt Eriksgatan. En
las oficinas de planta abierta una decena de hombres y mujeres de nuestra
misma edad se sienta a unos escritorios que parecen haber sido distribuidos al
azar. Algunos me saludan tímidamente con la mano y yo les devuelvo el
saludo.
—Qué bien estáis aquí.
—¿De verdad? Es una vieja fábrica de bicicletas de principios del siglo
pasado. Hoy somos quince, aunque ahora mismo no estamos todos en la
oficina. Algunos están visitando lugares de trabajo y haciendo otros recados.
Kattis atraviesa la sala abierta hasta llegar a una pequeña cocina que está
al fondo, a la derecha.
—Mira, he comprado bollos de canela, no sabía lo que te gustaba. Espero
que te parezca bien.
De pronto parece intranquila, como si estuviera muy preocupada por el
más mínimo detalle. Asiento con la cabeza y me siento en una de las sillas.
—Los bollos de canela son perfectos.
Nos quedamos así un rato, sentadas en las sillas blancas, a la mesa blanca,
en la estancia enormemente blanca. Charlamos, nos comemos los bollos
recién comprados, nos reímos como dos niñas pequeñas de una historia que
cuenta Kattis de su antiguo jefe.
—Oye —dice Kattis de pronto, y posa suavemente su mano sobre la mía
—. Tengo algo para ti. —Se pone en pie, va a la despensa y se estira para
coger algo—. Aquí tienes, quiero que tengas esto.
La miro, sonrío levemente.
—Kattis, no tenías por qué molestarte.
—¡Ábrelo!
Su voz suena impaciente.
Miro el paquete bellamente envuelto que descansa sobre mis rodillas.
«Blås & Knåda», pone en la etiqueta. Retiro lentamente el cordel alquitranado
y negro que huele a embarcadero de verano y abro el papel. Es un pequeño
jarrón de porcelana de color azul metálico. No muy distinto del que Kattis
rompió en la consulta el día que irrumpió en la sala de terapia y contó que
Susanne había muerto. Me quedo sentada con el jarrón sobre las rodillas unos
segundos, sin saber muy bien cómo reaccionar.
—¿Por qué…?
Kattis levanta las manos y las extiende como si quisiera protestar por algo
que he dicho, bloquear mis palabras con sus manos desnudas.
—Es muy importante para mí, por favor. ¿Lo entiendes?
Asiento con la cabeza y la miro; está sentada frente a mí, con la gruesa
chaqueta de punto con capucha, y de pronto parece muy afligida. Dejo el
jarrón sobre la mesa con mucho cuidado, veo cómo se refleja en el tablero
reluciente.
De pronto Kattis levanta la mirada, por encima de mi hombro izquierdo.
Frunce el ceño, parece molesta.
—¿Sí? ¿Qué?
Me vuelvo y veo a un chico de unos veinte años detrás de mí. Lleva unos
tejanos gastados y una sudadera con capucha. El pelo negro que le llega casi a
los hombros, cuelga como una cortina sobre sus ojos y su mirada no se cruza
con la mía. Juega con una moneda que tiene en la mano.
—¿Podemos hablar?
Su voz es oscura y ronca, como si hubiera estado cantando rock y
fumando toda la noche, y su mirada sigue clavada en el suelo.
—Ahora mismo no es el mejor momento, Tobias. Tendrás que esperar un
poco. Tengo una visita.
—Oh, de acuerdo.
Pero en lugar de irse se sienta en una de las sillas de la mesa. Se instala un
silencio embarazoso en la salita. Recojo unos pedacitos de azúcar que han
caído de los bollos de canela, los junto en la mano y me los como, uno detrás
de otro.
—Tobias… —empieza a decir Kattis.
—Está bien —intento mediar, pero ella sacude la cabeza.
—Tengo que hablar con Siri un momento. Tendrás que sentarte a esperar
en los sofás de la entrada, ¿de acuerdo?
El muchacho mira a Kattis a los ojos por primera vez y asoma cierto
resentimiento en la manera en que la contempla, como si se hubiera ofendido.
Como si Kattis lo hubiera ultrajado con su negativa. Sin embargo, un segundo
más tarde el chico vuelve a mirar la mesa, se encoge de hombros. Entonces
levanta su cuerpo larguirucho y sale al trote en dirección a la entrada, sin
volverse ni una sola vez.
—Disculpa —dice Kattis.
—No tienes por qué disculparte, por Dios, al fin y al cabo este es tu
trabajo.
Kattis prosigue, sin reparar en mi comentario:
—Tobias es uno de los chicos con los que trabajo. Es un amor, realmente.
Y también está un poco enamorado de mí, o eso creo.
Se ríe a hurtadillas.
—Tal vez debería apostar por él, así al menos tendría un novio amable y
atento.
Kattis sonríe y sacude la cabeza, casi parece que sienta cariño por el
chaval. Como una madre o una hermana mayor.
De pronto siento curiosidad por saber cómo trabaja Kattis, quiero saber
más sobre su trabajo.
—En realidad, ¿qué hacéis en un Centro de Empleo? Sé que eres
instructora, pero ¿eso qué significa en la práctica?
—Un Centro de Empleo es un recurso para jóvenes que, por alguna u otra
razón, tienen problemas a la hora de incorporarse al mercado laboral. Pueden
tener, pongamos por caso, alguna discapacidad, llevar mucho tiempo sin
trabajar o haber estado de baja prolongadamente. Nos reunimos con nuestros clientes, realizamos junto con ellos una evaluación de sus aptitudes y
elaboramos un plan de acción que puede contemplar varias cosas, por ejemplo
la formación a través de cursos de reciclaje, o una lista del tipo de empleo que
deben buscar. Luego los ayudamos en la búsqueda. Los ayudamos a escribir
su CV y la carta de presentación, etcétera. Recibimos ayudas del Estado, pero
pertenecemos a una fundación.
De pronto aparece junto a la mesa una mujer joven de piel oscura. Lleva
un vestido con estampado batik y los mechones rasta recogidos en un moño
alto. La expresión de su cara es resuelta, adusta.
—Perdona que interrumpa, Kattis, pero ha ocurrido una cosa.
—¿Qué? —dice Kattis, y levanta la ceja.
La mujer suspira y me mira molesta, luego susurra algo, pero lo bastante
alto para que yo lo oiga.
—Es Muhammed…
—¿Sí? —dice Kattis, animándola a que hable, y yo me pregunto si será la
jefa de la joven.
—Lo ha incendiado todo.
—¿Qué? ¿Qué es lo que ha ocurrido?
—Está claro que le pasaba algo al soplete de soldar. No sé, a lo mejor no
fue culpa suya. Pero dicen que lo hizo a propósito. Ahora mismo viene de
camino hacia aquí.
—Está más que claro que fue su culpa. —Kattis suspira, se pone en pie y
posa su mano sobre el brazo de la mujer, le da un leve apretón—. Todo se
arreglará, ya me ocupo yo. ¿Tienes el número de teléfono del taller de chapa
de Asplund?
La mujer asiente con la cabeza y sonríe aliviada.
—Gracias, guapa. Te lo agradezco. De verdad.
Los labios de Kattis se separan en una amplia sonrisa.
—Es mi trabajo. Tendré que hablar con Muhammed en cuanto aparezca
por aquí.
Entonces se vuelve hacia mí.
—Es uno de nuestros clientes. Hemos tenido bastantes problemas con él.
Bueno, ya lo has oído tú misma. Tiene —Kattis vacila— la maldita costumbre
de incendiar las cosas. No es la primera vez que pasa. ¿A lo mejor podríamos
hablarlo alguna vez? Tal vez tú, como eres psicóloga, me podrías explicar por
qué lo hace.
Kattis se queda callada y vuelve a toquetearse el pelo antes de proseguir:
—Lo siento, pero me temo que tengo que ocuparme de esto ahora mismo.
Y tal vez también debería hablar con Tobias antes, o sea que…
—No te preocupes, está todo bien. De todos modos tengo que volver a la
consulta.
No es hasta que salgo a la lluvia de St Eriksgatan que caigo en la cuenta de
que me he dejado el pequeño jarrón sobre la mesa de la cocina. Doy media
vuelta, vuelvo al portal y abro la puerta.
Frente a mí, en el sofá rojo de las visitas, está sentada Kattis muy cerca de
un chico de piel oscura y pelo largo que lleva puesto un mono azul y unas
deportivas de un blanco deslumbrante. Su mano descansa en la de Kattis, que
lo mira con una expresión serena en el rostro.
El chico me mira sorprendido cuando entro, retira la mano.
—El jarrón —mascullo, de pronto dominada por una extraña sensación de
estar importunándoles, de haberme inmiscuido en una situación de carácter
privado.
—Este es Muhammed —dice Kattis.
El chico del pelo largo no me saluda, en su lugar se mira los zapatos
ostentosamente y cruza los brazos sobre el pecho. Lo miro y dentro de mí
toma forma un pensamiento: hay algo en este muchacho de piel oscura, algo
con soldaduras e incendios, pero no recuerdo qué. Y luego desaparece el
pensamiento, se escurre como agua entre mis manos. Tan imposible de
retener como ella.
Kattis sonríe, se aleja y va a por el pequeño jarrón azul sin decir nada. Y
una vez más caigo en lo segura y confiada que parece en su papel de
profesional. Lo mucho que tanto sus clientes como sus colaboradores parecen
apreciarla.
Entonces nos damos un nuevo abrazo y yo cojo el camino hacia
Medborgarplatsen en medio de la oscuridad otoñal.