Te maltrato
Värmdö,
noviembre
Aina y yo hacemos equilibrios en las rocas que bordean el mar, nos
acurrucamos contra el viento, miramos hacia las aguas oscuras donde las olas
tienen crestas espumosas.
—Cuidado, está resbaladizo —le advierto. Pero ella no contesta, hunde las
manos en los bolsillos de la parka. Su pelo baila al viento.
Con mucho cuidado nos dirigimos hacia la enorme piedra plana donde
solemos sentarnos en verano para tomar el sol.
En otro tiempo, en otra vida, así me siento, porque hay pocas similitudes
entre mi pequeña ensenada hoy y el mar acogedor de aguas templadas del
verano que nos daba la bienvenida.
Aina está callada y enfurruñada. Me sorprendió pero también me alegró
cuando llamó y me dijo que le gustaría pasar a verme un rato. Antes, antes de
Markus, solía venir a menudo. Ahora ya casi nunca lo hace.
—Elin estuvo a punto de llorar el viernes. Por lo visto, los diarios no
paran de llamar y los pacientes no logran ponerse en contacto con nosotros —
constata Aina.
—Mientras Elin no dé nuestros teléfonos privados… No logro entender
que les parezca tan interesante.
—Pues yo sí, francamente. Una madre de tres hijos muere por un disparo
en una consulta de psicología en el centro de Estocolmo. Tienes que
reconocer que es espectacular. En todo caso, no han encontrado la posible
relación con el asesinato de Susanne. Es una suerte.
—¿La policía también te ha interrogado a ti? —pregunta, pero apenas
puedo oír las palabras porque casi se pierden entre el viento silbante y el
bramido de las olas.
—Sí, han interrogado a todo el mundo. Eso dice Markus.
Aina sonríe brevemente, con una sonrisa fugaz y enigmática.
—¿Y qué más dice, tu Markus?
¿Mi Markus? Estoy a punto de reaccionar a sus palabras, pero decido no
engancharme. De vez en cuando Aina se enfurruña, no hay que hacerle caso.
—Dice que han interrogado a todo el mundo en la consulta y en el grupo
de autoayuda. Siguen sin tener ningún sospechoso por la muerte de Susanne,
ni por el secuestro de Tilde. Y Henrik sigue estando en libertad. Tampoco
están convencidos de la manera en que pueden estar vinculados el asesinato
de Hillevi con el de Susanne, ni siquiera están seguros de que lo estén.
—¿Nada más? —pregunta Aina.
—Bueno, sí. Markus mencionó que, por lo visto, Henrik entrenaba en el
mismo gimnasio que el tío que violó a Malin.
—Vaya. ¿Y eso qué quiere decir?
—Probablemente nada. No hay tantos gimnasios en Gustavsberg y
seguramente no sea más que una coincidencia. Y precisamente ese gimnasio
tiene muy mala fama. Por lo visto hay muchas drogas allí.
—¿Y?
—No lo sé. Tal vez pueda significar que Henrik también haya tenido
acceso a las drogas, lo que podría, en cierto modo, explicar su
comportamiento, su agresividad. ¿Tú qué crees?
—No lo sé —dice Aina dubitativa—, pero he estado pensando mucho en
lo que nos contó Sirkka. No consigo olvidarlo.
—¿Sirkka?
—Sí, de hecho confesó que, a efectos prácticos, mató a su marido. Y que
no sintió ningún tipo de remordimiento después de hacerlo.
Aina se retira unos mechones rubios y húmedos de la cara y la boca y se
vuelve hacia el viento para que le aparte el pelo hacia atrás.
—Pues yo no lo he pensado de esta manera. Simplemente no llamó para
pedir ayuda. Y luego él murió.
Aina me mira con una sonrisa torcida en los labios.
—Oye, ahora estás siendo un poco ingenua, ¿no te parece? Sabía
exactamente lo que hacía. Lo mató y no se siente culpable por ello. ¿Eso a ti
no te incomoda?
Me encojo de hombros, no sé qué contestar.
—¿Adónde quieres llegar?
—Solo me lo pregunto. Si has hecho algo así una vez, ¿quiere eso decir
que eres capaz de volver a hacerlo?
Vuelvo a quedarme sin respuesta. Aina mira hacia tierra firme, parece
escrutar mi casita, que se acurruca en lo alto entre las escarpadas rocas y los
pinos.
—¿Entramos? —pregunta, y yo asiento con la cabeza.
Volvemos lentamente por el pequeño sendero que conduce hasta la casa.
En la mano sostengo la enorme linterna, ilumino el camino para que no
tropecemos con las raíces o resbalemos en los pequeños baches que están
llenos de hojas mojadas.
En la casa hace calor. La leña crepita en la estufa del salón y un débil pero
inconfundible aroma a humo impregna el aire.
—¿Quieres un té? —pregunto.
—Quiero vino —dice Aina sin mirarme, y se hunde en el sofá, encoge las
piernas contra el cuerpo y rodea las rodillas con sus brazos. Yo me voy a la
cocina para ver qué tengo. Hace muy poco tiempo nunca me habría pasado
que no tuviera vino en casa, pero para mi sorpresa constato que se ha acabado
el vino. Que el armario donde guardaba mis botellas y mis cartones está
vacío.
—Oye —grito desde la cocina—. No tengo vino.
—¿Tienes alcohol?
—¿Alcohol? ¿Lo dices en serio?
—Nunca había dicho nada tan en serio.
Sacudo la cabeza hacia ella desde la puerta y vuelvo a meterme en la
cocina para buscar. El alcohol no ha sido nunca lo mío, pero a lo mejor
Markus ha traído alguna botella. Debajo del fregadero encuentro una botella
azul de ginebra.
—Tengo ginebra. ¿Con qué la quieres? No tengo tónicas.
—Con nada.
Por lo visto, Aina no está en su mejor momento, pienso, al tiempo que
lleno media copa de agua con el líquido transparente. Las oleadas de alcohol
me provocan un nudo en el estómago y de pronto vuelven las náuseas que
tanto conozco. Me apoyo en la encimera y vuelvo la cara para evitar el olor.
Aina susurra un «gracias» y vacía media copa de un solo trago.
—Carl–Johan está casado —dice de pronto. Me interrumpe en mitad de
una frase. Y finalmente me mira a los ojos. De pronto comprendo por qué ha
venido, por qué ha estado tan arisca, por qué necesita el tibio alcohol en el
vaso de Duralex.
Vuelve a aparecer la misma sonrisa torcida de antes.
—Casado, ¿lo entiendes? Esto es realmente lo último que esperaba de él.
Estaba tan concentrada reflexionando sobre si realmente sería capaz de
colgarme sentimentalmente de un solo tío… Daba por supuesto que él me quería a mí de verdad. Siempre lo hacen. Soy yo la que los abandona a ellos.
¿Lo comprendes?
—Sí, lo sé —digo. Porque a lo largo de todos estos años, los hombres han
ido pasando, uno detrás de otro, por la vida de Aina y siempre ha acabado de
la misma manera. Ella los ha abandonado.
—Y eso. Ahora que yo, por primera vez…
No es capaz de pronunciar las palabras, pero yo la miro y asiento en
silencio. Sus mandíbulas están tensas, los dientes apretados y ha aparecido
una profunda arruga entre sus cejas.
—¿Cómo te enteraste?
Vuelve a sonreír con esa sonrisa torcida.
—Ella me llamó. Su maldita mujer me llamó. A mí.
—¿Su mujer? Pero ¿cómo es que tenía tu número?
—Mira, es tan banal que apenas soy capaz de contártelo. Se ve que revisó
sus SMS y encontró mis mensajes. Por lo visto, él no fue lo bastante sensato
para borrarlos. O sea que me llamó.
—Dios mío, ¿y qué te dijo?
Aina se retira una lágrima que rodaba por su mejilla hacia el mentón.
—Estaba muy calmada. Como si hubiera llamado para pedir un taxi, o
encargar comida en un restaurante, o algo así. Me dijo que no era la primera
vez que pasaba. Que ya lo había hecho antes. Que abusa del amor. Que abusa
de ella. Y de mí. Me dijo que no me apenara, que lo superaré y que puedo
llamarla cuando quiera. Todo fue muy civilizado. De una manera absurda. Al
principio no la creí. O sea, que llamé a Carl–Johan. Y él lo reconoció de
inmediato. Tienen dos hijos. Y una maldita casa en Mälarhöjden.
Medito sobre lo que Aina me acaba de contar. Pienso que el amor no
siempre es un sentimiento bonito y sereno, sino a veces una bestia: siempre a
la caza, siempre hambriento, el amor anida en la linde de nuestras vidas.
Nos acecha.
No hay amor sin sufrimiento. Siempre hay alguien que quiere más.
Siempre hay alguien que es traicionado. Siempre este dolor.
No es justo, pienso.
No existe la justicia.
Esta noche, Aina está en mi cama y Markus duerme en el sofá.
Por su respiración atormentada me doy cuenta de que no duerme. Fuera,
el viento otoñal recorre los muros de la casa. La lluvia tamborilea contra el tejado.
Cojo su mano en medio de la oscuridad y le doy un apretón. Está fría y
húmeda, pero me corresponde con otro apretón.
Cuando despierto Aina se ha ido. A mi lado, la cama se extiende silenciosa y
vacía.
Todo está a oscuras y el olor dulce a humo de la estufa colma mi pequeño
dormitorio. Fuera oigo el viento que parece haber arreciado y aúlla feroz por
las esquinas. También oigo el mar, cómo las olas, agitadas, rompen contra las
rocas.
Desde el salón se oyen voces tenues. Me vuelvo hacia la mesilla de noche
y busco a tientas el despertador. Son las cinco y media de la mañana. ¿Qué
hace Markus despierto a estas horas?
Al levantarme, me sobrevienen las náuseas como una ola, se me cierra el
estómago y me llevo instintivamente la mano a la boca. En algún lugar detrás
de las sienes anida el dolor de cabeza, una débil pero insistente palpitación,
como una flamante resaca.
El perpetuo malestar, el que de ningún modo parece querer cesar nunca,
tal como reza en todos los libros, los olores que se imponen, el cansancio, el
maldito cansancio paralizante, el que impregna cada célula de mi cuerpo, que
brota de todos mis poros. Y luego: a lo que tengo que renunciar, y en el
mismo segundo en que me sobreviene el pensamiento vuelve la sensación de
vacío, la succión, con fuerzas renovadas. Solo una copa de vino. Solo una
pequeña copa. El sonido del corcho al arrancarlo de la botella, el borboteo al
verter el líquido en la copa. La degustación ritual, la que indica a posibles
espectadores que se trata de una persona educada y experta en vinos que se
regala con una copa. No una borrachuza patética que no ha podido resistirse a
la llamada de la botella.
En cuanto salgo de la cama me doy cuenta del frío que hace en la
habitación. Me pongo las zapatillas y el albornoz que sigue siendo, gracias a
Dios, demasiado grande.
Está sentado en la estancia en penumbra con la espalda vuelta hacia mí.
Frente a él, sobre la mesa que está cubierta de migas y manchas grasientas de
la cena del día anterior, está su ordenador portátil. En la mano sostiene una
taza de café.
Me acerco a él de puntillas desde atrás, poso mis manos sobre sus
hombros. Sin decir nada, Markus levanta la mano derecha y la posa sobre la
mía, me aprieta los dedos.
En la pantalla hay un muchacho en camiseta y gorra. Está echado hacia
atrás, casi encogido delante del gran escritorio. También hay alguien sentado
frente a él, pero no consigo ver quién es. La cámara está dirigida al chico. Y
de pronto caigo en la cuenta de que me recuerda a alguien, pero no logro
acordarme de quién. Hay algo en ese cuerpo flaco, en ese semblante
obstinado, en esa voz ronca que me resulta familiar.
—Nunca la he tocado. ¿Por qué iba a hacerlo? —dice el chico de la gorra.
—Te ha denunciado dos veces, tengo los informes aquí —dice la otra voz
anónima. Es una voz femenina, también ronca, andrógina, rasposa como
papel de lija. Como si la mujer a la que pertenece hubiera fumado decenas de
miles de cigarrillos y le hubiera gritado a sus hijos desobedientes durante
años.
El chico de la gorra se encoge de hombros, impasible, y se hunde aun más
en la silla.
—Pero ya os he dicho que miente.
—¿Querrás decir que mintió?
El chico de la gorra vuelve a encogerse de hombros, esta vez sin añadir
nada.
La ronca voz femenina suspira, se oye un golpeteo, como si alguien
estuviera tamborileando sobre la mesa con un bolígrafo.
—¿Ni siquiera te importa que haya muerto?
El enjuto cuerpo se retrae.
—¿Estás majara? Claro que me importa. De hecho era mi madre.
Markus lleva la mano izquierda al teclado y detiene la grabación justo
cuando el chico de la gorra se levanta con tal ímpetu que la silla cae hacia
atrás y golpea contra la pared. Cuando la imagen se congela, el momento
queda atrapado en la pantalla de Markus, vuelvo a mirar el rostro que me
resulta familiar.
—No deberías ver esto, es confidencial. Pero ¿qué coño?
—¿Qué haces?
—Trabajo. No podía dormir. Sonja me pidió que revisara unos
interrogatorios.
—¿Dónde está Aina?
—Se fue hará ahora una media hora. Recuerdos.
—¿Quién era? Me parece haberlo reconocido.
—No lo creo. Es el hijo de Susanne, la mujer que fue asesinada.
—Es verdad, también tenía un hijo mayor. Me lo contó una de las chicas
del grupo.
Markus asiente y alza la cabeza para mirarme por primera vez. Tiene los
ojos inyectados en sangre por el cansancio.
—Tuvo un hijo cuando todavía era una adolescente. Hubo problemas
desde el minuto cero, en la guardería, en el colegio. Es un drogadicto, está
internado en un centro de rehabilitación, una casa LVU. Susanne lo había
denunciado por maltrato anteriormente. Me parece que solían discutir de
dinero y estas cosas.
—Drogadicto, pero ¿qué edad tiene, realmente? Parece bastante joven.
—Dieciséis.
—¿Dieciséis?
—Pues sí.
—Mierda.
—Pues sí.
Markus baja su mirada inyectada en sangre. Apaga el ordenador y suspira
hondo, de cansancio, o tal vez por otra razón.
—¿Has dicho que lo habías reconocido?
Sacudo la cabeza lentamente, sin saber muy bien cómo explicarme sin
parecer confusa.
—Me recuerda a alguien. ¿Te acuerdas de la noche en Medborgarplatsen,
cuando Henrik Fasth me abordó? Había otro tío allí. Antes. Bueno, no creo
que tenga importancia.
—No, dilo. ¿Era él?
Me masajeo las sienes, intento recordar. Siento cómo el dolor de cabeza
empieza a manifestarse detrás de mi frente. Me dejo caer en la silla de varillas
al lado de Markus, me inclino hacia él y le doy un beso en su mejilla rasposa.
Aspiro el aroma familiar de piel cálida que es el suyo.
—No, no creo que fuera él, pero realmente se parecen mucho. También
era un drogadicto. Terriblemente joven. Exactamente como este chico. ¿Es
sospechoso?
Markus me despeina cariñosamente.
—Supongo que sí. Pero la verdad es que tiene una coartada. Estaba en ese
centro de rehabilitación.
—¿Y tienen controlados a todos esos mocosos en todo momento?
Markus se encoge de hombros.
—Me temo que vas a tener que preguntárselo a otra persona. Solo estoy
ayudando a Sonja a revisar unos asuntos.
Vuelvo a mirarlo, presiento el abatimiento tras la mirada baja, y de pronto
siento una gran ternura hacia él. El hombre absolutamente perfecto que está
sentado a mi lado, el padre del hijo que llevo dentro, el que tantas veces no
consigo apreciar por completo. En un mundo habitado por drogatas de
dieciséis años, un mundo lleno de soledad y dolor indescriptible, nos tenemos
el uno al otro, a pesar de todo.
—Ven —digo, y lo cojo de la mano.
Parece confuso.
—¿Qué?
—Vamos a la cama, venga. No son ni siquiera las seis.
Me ofrece una sonrisa cautelosa. Últimamente, no he estado
especialmente comunicativa y supongo que mi comentario le hace sentirse
inseguro. Sin embargo, se pone en pie y me sigue hasta el dormitorio, con las
manos apoyadas en mis hombros, como si estuviera marcando que le
pertenezco. Y yo descubro que, de hecho, me gusta la sensación, que no es, ni
mucho menos, un sentimiento desapacible.
Ser suya.
Nos tapamos con el edredón hasta por encima de las cabezas, como si
fuéramos a abandonar este mundo para adentrarnos en otro. Sus besos saben a
bocadillo de queso y café y suelto una risita cuando me quita las braguitas y
se coloca encima de mí. Y por un segundo todo es perfecto. Markus que
acaricia mis pechos y besa mi cuello, el niño, la manifestación física de
nuestro amor que se ha posado en algún lugar de mi oscuro interior. Todavía
invisible, intangible. Más fantasía que realidad, como el vago recuerdo de un
sueño.
Y me permito llegar hasta el final de mi reflexión: que creo que debe ser
eso lo que se siente.
Cuando eres feliz.