Te maltrato
En algún lugar en las afueras de Estocolmo,
noviembre
Está sentada a su lado en el sofá del curioso salón con todos sus muebles
viejos y polvorientos. Le recuerda un poco la casa de muñecas que tiene en
casa de mamá. Los muebles están amontonados de cualquier manera, algunos
del revés o apilados uno encima de otro, como latas en un armario. Él le ha
dado un polo y ella se lo come en silencio, intenta evitar sorberlo, para que él
no se enfade. A él no le gusta cuando hace ruido. Tampoco le gusta que se
manche. Ni que hable. Lo mejor es quedarse sentada inmóvil y sin decir nada
para que él no se enfade.
Piensa en Henrik, en que él siempre le deja comerse el helado en su
regazo y nunca se enfada si se le derrite. Ni siquiera si se le cae todo el helado
y le resbala por sus pantalones o su jersey. Él se ríe y le da uno nuevo, aunque
mamá proteste. Es porque el helado es bueno para el estómago. Igual que las
cervezas.
Recoge las piernas debajo del camisón para no pasar frío. Pero no sirve de
nada. A pesar de sus esfuerzos, el aire gélido se cuela por debajo de la ropa y
envuelve su cuerpo como un animalito frío. Se enrolla en torno a su
estómago, sus piernas, su pecho.
No puede remediarlo, y los dedos se vuelven pegajosos cuando el polo
empieza a derretirse y gotea, y lo observa atentamente antes de atreverse a
secarse las manos en el camisón de Dora la Exploradora. Sin embargo, él no
se da cuenta, sigue mirando por la ventana oscura, hacia la lluvia que cae
incesantemente.
Fuera solo hay bosque.
Ella lo sabe, porque él le ha dejado mirar por la ventana, le ha explicado
que el bosque se extiende muchas millas a su alrededor, que se perdería si
entrara en él. Que nadie la encontraría y que al final los zorros y las cornejas
se la comerían, porque siempre están hambrientos y, además, les gusta mucho
la carne de niño.
Desde el pequeño televisor sale música y dos chicos con gafas de sol,
gorras con visera y cadenas de oro alrededor del cuello viajan en un coche
blanco al tiempo que cantan y parecen hablar en el lenguaje de signos con las
manos. Exactamente igual que Fadime de la guardería, la que no oye nada.
Sin embargo, él no parece siquiera mirar la tele ni escuchar la música. Solo
quiere fumar todo el rato y contemplar la lluvia que cae.
Delante del sofá, en el suelo, está echado el enorme perro blanco, duerme.
Él no deja que ella toque al perro. Aunque es un perro muy simpático, ella se
ha dado cuenta, porque suele acercarse a ella y lamerle la cara y las manos
con su larga y pegajosa lengua que huele fatal.
Antes quería tener un perro. Siempre pedía un perro para su cumpleaños o
por Navidad, pero nunca se lo regalaron, porque mamá decía que daba
demasiado trabajo.
Ahora tiene un perro.
Pero no tiene a mamá.
Y piensa que le gustaría mucho más volver a tener a su mamá. Él puede
quedarse con su estúpido perro que huele a caca por la boca. Con que vuelva
su mamá le basta, no necesita ningún perro. No volvería nunca más a pedir un
perro, no volvería a pedir nunca nada.
Si…
Riiiiiiiing.
El sonido es tan agudo que casi duele en los oídos. Por un segundo cree
que es su culpa que suene, que ha vuelto a tocar algo que no debería haber
tocado, que ha hablado cuando debería callar, que ha pataleado cuando
debería estar quieta.
Se hace un ovillo en el sofá. Se hace tan pequeña que, a lo mejor, él no la
verá. No le pegará.
¿Te puedes hacer tan pequeña e invisible como para que nadie te pueda
ver solo con la fuerza de voluntad? ¿Es eso posible?
Sin embargo, él no parece enfadado, solo nervioso. Mira hacia el
vestíbulo donde el perro ya ha empezado a ladrar, salta del sofá y corre hacia
la puerta, arrea al perro con el pie y mira por el ojito que lo ve todo.
El ojo espía.
Luego vuelve con pasos furtivos, se agacha frente a ella y la coge de los
hombros con firmeza pero también con mucho cuidado.
—Ahora escúchame.
Ella asiente lentamente, no se atreve a mirarlo. Baja la mirada a pesar de
que él está tan cerca que incluso siente su respiración que huele igual que un cenicero.
—Tienes que esconderte detrás del sofá, ¿lo has entendido?
Él señala el respaldo del sofá con el dedo y ella vuelve a asentir con la
cabeza.
—No debes salir de allí. ¿De acuerdo?
Ella mira al suelo. La pelusa se amontona junto con los envoltorios de los
helados, un par de cascos de música asoman por debajo del sofá, un cable roto
está enrollado como una culebra ávida de compañía alrededor de una de las
patas del sofá.
—Ahora. Échate detrás del sofá.
Ella se apresura a trepar por encima del respaldo de terciopelo del sofá y
se desliza hasta el frío suelo. Se echa allí con la cabeza vuelta hacia el salón.
Por debajo del sofá ve sus pies cuando vuelve a acercarse a la puerta principal
y la abre.
Al otro lado hay una mujer. En realidad no puede saberlo con toda
seguridad, porque los pantalones tejanos y las botas de agua pueden muy bien
pertenecer tanto a un hombre como a una mujer, y no puede ver nada más
desde su escondite, pero la voz, la voz es la de una mujer. Y hay algo
conocido en ella. La mujer habla en voz alta, en voz alta y luego en voz baja,
y de vez en cuando él masculla algo a modo de respuesta.
Entonces ve que sus piernas desaparecen en la cocina. Las piernas de la
mujer siguen allí, en el vestíbulo, inmóviles, como si las botas de agua se
hubieran quedado pegadas al suelo. Se abren y cierran armarios, traquetean
las cacerolas. Luego sus piernas vuelven, se dirigen a la puerta principal y se
detienen delante de las botas de agua.
—Oh, muchas gracias. Muy amable. Nos vemos —dice la mujer.
Las botas de agua dan media vuelta y desaparecen en la oscuridad. La
puerta se cierra de un portazo, pero él sigue allí, inmóvil frente al ojo espía.
Otea la oscuridad.
Justo cuando empieza a avanzar hacia el salón vuelve aquel sonido agudo.
Riiiiing.
—Mierda —masculla él, da media vuelta y se dirige de nuevo hacia el
vestíbulo.
La puerta se vuelve a abrir y ella siente un frío viento que corre por el
viejo suelo de parqué.
—¿Sí?
—Verás, olvidé…
Y de pronto sabe a quién le recuerda la voz de la mujer: a mamá. No es
que sea la voz de mamá, solo que se le parece mucho y de repente recuerda
exactamente cómo suena mamá y cómo huele cuando entierra la nariz en su
costado, y lo suave y cálida que es su barriga cuando la toca.
De pronto le sobreviene un terror que es mayor, mucho mayor que el
miedo que le tiene al hombre de la casa. ¿Y si resulta que es mamá la que está
en la puerta y ella no llega a verla? ¿Y si mamá ha venido a por ella y no la
encuentra? La sola idea la hace sentir mal, hace que se le dispare el corazón
en el pecho. Apenas tarda unos segundos en decidirse. Se incorpora
rápidamente detrás del sofá, salta por encima de los montones de periódicos
que hay sobre la alfombra y sale corriendo hacia la puerta.
—¡Maaamááá!
Un muro de aire frío la golpea en la cara. Él se vuelve y ella ve que sus
ojos están abiertos de par en par y que ha cerrado los puños.
—¡Maaamááá!
En la puerta hay una señora mayor con el pelo cano y corto y gafas.
Sostiene un rallador en la mano y tiene la boca abierta, como si esperase que
alguien fuera a darle de comer. La señora da unos pasos inseguros hacia atrás,
todavía con la boca abierta.
—¡Joder! —grita el hombre, la agarra y la echa contra el frío suelo donde
algo afilado se le mete en la mejilla—. Te lo dije, niña de mierda. Te lo dije,
te lo dije.
Entonces vuelve toda su atención hacia la mujer en la puerta que no es su
mamá sino una estúpida señora de pelo cano que nunca había visto antes.
—Disculpa, Gunilla. Esto no es…
Pero sea lo que fuere lo que quiere decir, la señora no parece escucharle.
Sigue reculando hacia la escalinata del porche como si hubiera visto un
fantasma. Él la suelta y da un par de pasos hacia la señora, la arrastra hasta el
vestíbulo y cierra la puerta.
—Gunilla, por favor…
Pero la señora no lo escucha. Ella se lo nota en los ojos que se vuelven
grandes y brillantes y completamente vacíos de una manera extraña.
—Dios mío, ¿qué está pasando aquí? —susurra la señora, y aprieta el
rallador contra su pecho con los dos brazos, como si fuera un osito de
peluche.
Ella vuelve a hacerse tan pequeña como puede. Como un ovillo. Un ovillo
invisible en una esquina del vestíbulo. Y se mete los dedos en las orejas y
farfulla la cancioncilla que su abuelo le enseñó: «Hola tú, cómprame arándanos. Hola tú de nuevo, cómprame arenques podridos». Pero aunque
tiene los dedos metidos en las orejas y habla al mismo tiempo no puede evitar
oír los golpes y los chasquidos. Alza la voz: «Hola tú, muchas veces,
cómprame calzones de señora».
Algo frío toca su pierna. Mira por encima de la mano, es una bota de agua
y al seguirla con la mirada descubre que la pierna de la señora sigue metida en
la bota, que de hecho la señora entera está echada en el suelo, tan plana como
una crep, como si estuviera tomando el sol en la playa.