Te maltrato

Camilla Grebe · Capítulo 11 de 16

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Te maltrato

En algún lugar en las afueras de Estocolmo,

 

noviembre

 

Está sentada a su lado en el sofá del curioso salón con todos sus muebles

viejos y polvorientos. Le recuerda un poco la casa de muñecas que tiene en

casa de mamá. Los muebles están amontonados de cualquier manera, algunos

del revés o apilados uno encima de otro, como latas en un armario. Él le ha

dado un polo y ella se lo come en silencio, intenta evitar sorberlo, para que él

no se enfade. A él no le gusta cuando hace ruido. Tampoco le gusta que se

manche. Ni que hable. Lo mejor es quedarse sentada inmóvil y sin decir nada

para que él no se enfade.

Piensa en Henrik, en que él siempre le deja comerse el helado en su

regazo y nunca se enfada si se le derrite. Ni siquiera si se le cae todo el helado

y le resbala por sus pantalones o su jersey. Él se ríe y le da uno nuevo, aunque

mamá proteste. Es porque el helado es bueno para el estómago. Igual que las

cervezas.

Recoge las piernas debajo del camisón para no pasar frío. Pero no sirve de

nada. A pesar de sus esfuerzos, el aire gélido se cuela por debajo de la ropa y

envuelve su cuerpo como un animalito frío. Se enrolla en torno a su

estómago, sus piernas, su pecho.

No puede remediarlo, y los dedos se vuelven pegajosos cuando el polo

empieza a derretirse y gotea, y lo observa atentamente antes de atreverse a

secarse las manos en el camisón de Dora la Exploradora. Sin embargo, él no

se da cuenta, sigue mirando por la ventana oscura, hacia la lluvia que cae

incesantemente.

Fuera solo hay bosque.

Ella lo sabe, porque él le ha dejado mirar por la ventana, le ha explicado

que el bosque se extiende muchas millas a su alrededor, que se perdería si

entrara en él. Que nadie la encontraría y que al final los zorros y las cornejas

se la comerían, porque siempre están hambrientos y, además, les gusta mucho

la carne de niño.

Desde el pequeño televisor sale música y dos chicos con gafas de sol,

gorras con visera y cadenas de oro alrededor del cuello viajan en un coche

blanco al tiempo que cantan y parecen hablar en el lenguaje de signos con las

manos. Exactamente igual que Fadime de la guardería, la que no oye nada.

Sin embargo, él no parece siquiera mirar la tele ni escuchar la música. Solo

quiere fumar todo el rato y contemplar la lluvia que cae.

Delante del sofá, en el suelo, está echado el enorme perro blanco, duerme.

Él no deja que ella toque al perro. Aunque es un perro muy simpático, ella se

ha dado cuenta, porque suele acercarse a ella y lamerle la cara y las manos

con su larga y pegajosa lengua que huele fatal.

Antes quería tener un perro. Siempre pedía un perro para su cumpleaños o

por Navidad, pero nunca se lo regalaron, porque mamá decía que daba

demasiado trabajo.

Ahora tiene un perro.

Pero no tiene a mamá.

Y piensa que le gustaría mucho más volver a tener a su mamá. Él puede

quedarse con su estúpido perro que huele a caca por la boca. Con que vuelva

su mamá le basta, no necesita ningún perro. No volvería nunca más a pedir un

perro, no volvería a pedir nunca nada.

Si…

Riiiiiiiing.

El sonido es tan agudo que casi duele en los oídos. Por un segundo cree

que es su culpa que suene, que ha vuelto a tocar algo que no debería haber

tocado, que ha hablado cuando debería callar, que ha pataleado cuando

debería estar quieta.

Se hace un ovillo en el sofá. Se hace tan pequeña que, a lo mejor, él no la

verá. No le pegará.

¿Te puedes hacer tan pequeña e invisible como para que nadie te pueda

ver solo con la fuerza de voluntad? ¿Es eso posible?

Sin embargo, él no parece enfadado, solo nervioso. Mira hacia el

vestíbulo donde el perro ya ha empezado a ladrar, salta del sofá y corre hacia

la puerta, arrea al perro con el pie y mira por el ojito que lo ve todo.

El ojo espía.

Luego vuelve con pasos furtivos, se agacha frente a ella y la coge de los

hombros con firmeza pero también con mucho cuidado.

—Ahora escúchame.

Ella asiente lentamente, no se atreve a mirarlo. Baja la mirada a pesar de

que él está tan cerca que incluso siente su respiración que huele igual que un cenicero.

—Tienes que esconderte detrás del sofá, ¿lo has entendido?

Él señala el respaldo del sofá con el dedo y ella vuelve a asentir con la

cabeza.

—No debes salir de allí. ¿De acuerdo?

Ella mira al suelo. La pelusa se amontona junto con los envoltorios de los

helados, un par de cascos de música asoman por debajo del sofá, un cable roto

está enrollado como una culebra ávida de compañía alrededor de una de las

patas del sofá.

—Ahora. Échate detrás del sofá.

Ella se apresura a trepar por encima del respaldo de terciopelo del sofá y

se desliza hasta el frío suelo. Se echa allí con la cabeza vuelta hacia el salón.

Por debajo del sofá ve sus pies cuando vuelve a acercarse a la puerta principal

y la abre.

Al otro lado hay una mujer. En realidad no puede saberlo con toda

seguridad, porque los pantalones tejanos y las botas de agua pueden muy bien

pertenecer tanto a un hombre como a una mujer, y no puede ver nada más

desde su escondite, pero la voz, la voz es la de una mujer. Y hay algo

conocido en ella. La mujer habla en voz alta, en voz alta y luego en voz baja,

y de vez en cuando él masculla algo a modo de respuesta.

Entonces ve que sus piernas desaparecen en la cocina. Las piernas de la

mujer siguen allí, en el vestíbulo, inmóviles, como si las botas de agua se

hubieran quedado pegadas al suelo. Se abren y cierran armarios, traquetean

las cacerolas. Luego sus piernas vuelven, se dirigen a la puerta principal y se

detienen delante de las botas de agua.

—Oh, muchas gracias. Muy amable. Nos vemos —dice la mujer.

Las botas de agua dan media vuelta y desaparecen en la oscuridad. La

puerta se cierra de un portazo, pero él sigue allí, inmóvil frente al ojo espía.

Otea la oscuridad.

Justo cuando empieza a avanzar hacia el salón vuelve aquel sonido agudo.

Riiiiing.

—Mierda —masculla él, da media vuelta y se dirige de nuevo hacia el

vestíbulo.

La puerta se vuelve a abrir y ella siente un frío viento que corre por el

viejo suelo de parqué.

—¿Sí?

—Verás, olvidé…

Y de pronto sabe a quién le recuerda la voz de la mujer: a mamá. No es

que sea la voz de mamá, solo que se le parece mucho y de repente recuerda

exactamente cómo suena mamá y cómo huele cuando entierra la nariz en su

costado, y lo suave y cálida que es su barriga cuando la toca.

De pronto le sobreviene un terror que es mayor, mucho mayor que el

miedo que le tiene al hombre de la casa. ¿Y si resulta que es mamá la que está

en la puerta y ella no llega a verla? ¿Y si mamá ha venido a por ella y no la

encuentra? La sola idea la hace sentir mal, hace que se le dispare el corazón

en el pecho. Apenas tarda unos segundos en decidirse. Se incorpora

rápidamente detrás del sofá, salta por encima de los montones de periódicos

que hay sobre la alfombra y sale corriendo hacia la puerta.

—¡Maaamááá!

Un muro de aire frío la golpea en la cara. Él se vuelve y ella ve que sus

ojos están abiertos de par en par y que ha cerrado los puños.

—¡Maaamááá!

En la puerta hay una señora mayor con el pelo cano y corto y gafas.

Sostiene un rallador en la mano y tiene la boca abierta, como si esperase que

alguien fuera a darle de comer. La señora da unos pasos inseguros hacia atrás,

todavía con la boca abierta.

—¡Joder! —grita el hombre, la agarra y la echa contra el frío suelo donde

algo afilado se le mete en la mejilla—. Te lo dije, niña de mierda. Te lo dije,

te lo dije.

Entonces vuelve toda su atención hacia la mujer en la puerta que no es su

mamá sino una estúpida señora de pelo cano que nunca había visto antes.

—Disculpa, Gunilla. Esto no es…

Pero sea lo que fuere lo que quiere decir, la señora no parece escucharle.

Sigue reculando hacia la escalinata del porche como si hubiera visto un

fantasma. Él la suelta y da un par de pasos hacia la señora, la arrastra hasta el

vestíbulo y cierra la puerta.

—Gunilla, por favor…

Pero la señora no lo escucha. Ella se lo nota en los ojos que se vuelven

grandes y brillantes y completamente vacíos de una manera extraña.

—Dios mío, ¿qué está pasando aquí? —susurra la señora, y aprieta el

rallador contra su pecho con los dos brazos, como si fuera un osito de

peluche.

Ella vuelve a hacerse tan pequeña como puede. Como un ovillo. Un ovillo

invisible en una esquina del vestíbulo. Y se mete los dedos en las orejas y

farfulla la cancioncilla que su abuelo le enseñó: «Hola tú, cómprame arándanos. Hola tú de nuevo, cómprame arenques podridos». Pero aunque

tiene los dedos metidos en las orejas y habla al mismo tiempo no puede evitar

oír los golpes y los chasquidos. Alza la voz: «Hola tú, muchas veces,

cómprame calzones de señora».

Algo frío toca su pierna. Mira por encima de la mano, es una bota de agua

y al seguirla con la mirada descubre que la pierna de la señora sigue metida en

la bota, que de hecho la señora entera está echada en el suelo, tan plana como

una crep, como si estuviera tomando el sol en la playa.