Te maltrato
Medborgarplatsen,
octubre
No es una víctima.
Es todo lo que me viene a la cabeza cuando Hillevi toma la palabra.
Está sentada con la espalda erguida, vestida con un sencillo vestido de
color negro, medias opacas y botas marrones de hombre. Unas gotas de agua
se han posado en su cabello negro y corto y se ha pintado la boca con un
pintalabios de color vino.
Tan guapa. Tan perfecta. Como una muñeca.
Sin embargo, él le pegaba. El que se llama Jakob y es su marido. El que
ella dice que ama y que echa de menos. El que ella dice que respeta.
Es una tarde de otoño encapotada cuando volvemos a encontrarnos en la
consulta. Como de costumbre, estamos sentadas en un círculo, nos miramos
con curiosidad, casi se diría que excitadas. Aina y yo les hemos servido café y
agua mineral y hemos cortado un brazo de canela de la pastelería de
Söderhallarna.
Hay una silla inquietantemente vacía.
La silla de Kattis.
Intento no preocuparme por que no haya venido. No pensar en lo que
puede haber ocurrido. Reprimo la imágenes que tengo del hombre de la
cabeza rapada que se llama Henrik.
Hillevi se ha ofrecido para contar su historia, no, no se ha ofrecido, ha
insistido. Estaba casi obstinada, como alguien que sabe lo que quiere y está
acostumbrada a conseguirlo.
Las manos sobre las rodillas, sin nervios. Los ojos verdes que descansan
tranquilos sobre Aina.
—Jakob y yo nos conocimos en la adolescencia, en la asociación juvenil
de la Iglesia. Yo era —Hillevi se lo piensa un segundo, alza la vista hacia el
fluorescente que arroja una luz fría y blanca sobre la estancia— muy joven.
Muy, muy joven.
Vuelve a sonreír, pero no hay ni rastro de amargura en su sonrisa. Es
cálida y bonita y perfecta, como todo lo demás en ella.
—Es decir, que hemos estado juntos prácticamente toda la vida. Nos
hemos criado juntos. Nos hemos casado. Hemos construido una familia.
Entonces se queda callada un rato, como si estuviera rebuscando entre los
recuerdos pero no consiguiera encontrarlo.
—¿Cómo era vuestra relación al principio? —pregunta Aina.
Hillevi se ríe mansamente y se mira las manos cuidadas, las uñas cortas y
pintadas de un rojo intenso. El sencillo y enorme anillo de plata.
—Era fantástica. ¿No es siempre así al principio? Estábamos muy
enamorados. Estamos muy enamorados ahora mismo.
De pronto le inunda la tristeza, pero solo dura un segundo. Luego vuelve a
recomponerse, recuperando el aire de antes.
Aina inclina la cabeza y pregunta:
—Entonces, ¿cuándo empezaron a ir mal las cosas?
—Después de que naciera Lukas, nuestro hijo mayor. Creo que un
nacimiento acelera los procesos en una relación. Que evoca un montón de
cosas de la infancia de cada uno. Cuando te conviertes en padre, también
reconsideras tu propia infancia. La paternidad de tus propios padres. ¿No es
así? A Jakob lo maltrataron de niño. Proviene de una familia acomodada, pero
terriblemente convencional. En la que había que criar a los niños de acuerdo
con la disciplina y las normas del Señor.
Veo que Malin sonríe desde su silla al lado de Hillevi. Y Hillevi también
se da cuenta de ello y se vuelve tranquilamente.
—Te estás riendo, y sé por qué lo haces. Suena muy anticuado, ¿verdad?
Malin parece abochornada, se mira los tejanos gastados, cruza sus brazos
musculados y morenos delante del cuerpo. Sin embargo, Hillevi no parece
enojada.
—Está bien, Malin. Sé muy bien que suena extraño. De hecho, yo misma
encuentro que es raro. Pero existe un montón de gente así en la Iglesia Libre,
aunque la mayoría es totalmente normal. Me he criado en un entorno de lo
más normal, en una familia corriente. Él trabajaba en una compañía de
inversiones que quebró. Entonces, de un día para otro, se quedó sin trabajo. Y
creo que no solo perdió sus ingresos, sino que toda su identidad profesional. Empezó a beber un poco por las noches. No mucho. No es un alcohólico, pero
tiene unas reacciones enormemente negativas ante el alcohol. Saca un montón
de aspectos negativos de él.
—Y tú, Hillevi, ¿de qué trabajas?
Sé que tal vez la pregunta no sea relevante ahora mismo, pero desde que
vi a Hillevi por primera vez, he sentido, por alguna extraña razón, una enorme
curiosidad. Podría decirse que estoy fascinada, casi obsesionada por esta
criatura fuerte y hermosa.
—Soy oncóloga pediatra, es decir, médico del cáncer. Trabajo en el
hospital infantil de Astrid Lindgren, que pertenece al Instituto Karolinska.
Asiento con la cabeza, ahora, si cabe, más curiosa que antes.
—La primera vez que Jakob me pegó estaba sobrio. Pero acabábamos de
pasar un período bastante duro. Lukas era un niño propenso a las infecciones
del oído y estaba enfermo con cierta frecuencia. Yo trabajaba de noche muy a
menudo. Jakob estaba en el paro, se pasaba el día viendo series en la
televisión y se sentía inferior. Discutíamos, de hecho, ni siquiera recuerdo de
qué y, por lo tanto, no puede haber sido muy importante. Solo fue un golpe.
En la cara. Pero me rompió la nariz. Luego se desesperó, lloró en mi regazo.
Yo también lloré. Los dos lloramos.
Hillevi se ha quedado inmóvil y la estancia se ha quedado en silencio.
Sirkka tose y se pasa la mano por su cabellera seca y pelirroja que ahora
tiene una raíz cana de un centímetro. Sacude la cabeza y dice:
—Deberías haberte ido inmediatamente.
Hillevi la examina durante el silencio. Muestra esa sonrisa serena y
amable y sacude la cabeza.
—No lo entiendes.
—Amor mío, ¿qué es lo que hay que entender? El tío te pegaba.
Sin embargo, Hillevi sigue sonriendo y vuelve a sacudir la cabeza.
—Jakob y yo…
Se queda callada un momento, y por primera vez vislumbro cierta
inseguridad en su rostro que, al principio, interpreto como si, en realidad, está
de acuerdo con Sirkka, a pesar de todo. Pero entonces prosigue:
—No sé muy bien cómo explicártelo, Sirkka, para que me entiendas. Y a
las demás. Porque para Jakob y para mí, el matrimonio es sagrado. No te
separas. Es una cuestión de fe.
Se hace el silencio en la sala. Ni siquiera a Aina se le ocurre nada que
decir y se limita a asentir con la cabeza lentamente, el gesto que sé que hace
cuando realmente hay algo que no acaba de entender.
Vuelvo a mirar hacia la silla vacía, la que Kattis tenía que haber ocupado.
Me pregunto si Henrik la habrá encontrado, si es por eso por lo que no está
aquí. Si ella también está tirada en algún lugar con la nariz rota, con la cara
cubierta de sangre.
—Pero si el maltrato no es un buen motivo para separarse, entonces, ¿qué
lo es? —dice Malin, en un tono de voz ligeramente provocador. Algo que
pone de manifiesto que no comparte la valoración que hace Hillevi del
matrimonio.
—Creo saber que Jakob siente lo mismo, que hay que esforzarse por salir
de una crisis. Que todo el mundo es capaz de mejorar. Además, Jakob no es
una mala persona, de verdad que no lo es. Sencillamente no sabe controlarse.
Y mientras no sepa hacerlo, no podremos convivir. De hecho, estoy un poco
harta de las imágenes de hombres maltratadores en los medios. Hay cierta
tendencia a demonizarlos, a rehuir la problemática que hace que un hombre, o
una mujer, pongamos por caso, pegue a otro ser humano. Todo se vuelve
mucho más sencillo a partir del momento que decidimos que son monstruos.
Pero esa es una explicación que no se sostiene. Al menos no para mí. Tanto
porque es insuficiente, como porque no concuerda con mi fe.
—Entonces, ¿qué hicisteis? —pregunta Sirkka, y me doy cuenta de que
suaviza su bronca voz, intenta quitarle el aguijón a la pregunta y suavizarla.
—Fuimos a hablar con nuestro pastor. Ambos le tenemos mucho aprecio
y tenemos mucha confianza depositada en él. Rezamos juntos. Y la verdad es
que las cosas mejoraron por un tiempo. Pero más tarde volvió a empezar todo
y Jakob acudió a un psicólogo especializado en este tipo de casos. Yo pensaba
que lo tenía bajo control. Él creía que lo tenía bajo control. Pero un día que
volví a casa, Jakob había pegado a Lukas porque se le había caído un cartón
de zumo de naranja al suelo. Lukas estaba completamente mojado… de zumo
y de sangre. Tuve que darle dos puntos al labio. A la semana siguiente, se
hizo pipí encima del miedo que le entró cuando le conté que su padre lo
recogería en el colegio. No puedo perdonarme haber permitido que pasara
esto.
—¿Rezasteis juntos?
Malin parece dudar de lo que ha oído, pero Hillevi asiente con la cabeza
sin mirarla.
—No espero que lo comprendas, Malin. No es como escribir la carta a los
Reyes magos. Se trata de llevar una conversación con Dios.
La sala está en silencio. Solo se oye el rumor del tráfico en la calle. Al
otro lado de la ventana, una solitaria hoja revolotea en el aire, llevada por el viento.
Hillevi se ha quedado inmóvil, sin decir nada, con sus pequeñas manos
sobre las rodillas y sus ojos verdes clavados en mí. Siento como si su mirada
me atravesara, como si atravesara la pared y siguiera más allá. Terminará en
el negro infierno donde creo que ha estado.
Lo que llaman matrimonio.
Entonces se oyen unos sonidos sordos a través de la pared. La voz de
Sven en algún lugar de la recepción.
Golpes.
Una voz aguda, una voz de mujer. Y luego, de nuevo, la voz más oscura
de Sven.
Insistente.
Están llevando una especie de conversación. ¿Una discusión? La mujer
suena ligeramente indignada.
Hillevi se vuelve hacia Aina y la mira inquisitiva. Sirkka se retuerce.
Entonces se abre la puerta de golpe y alguien irrumpe en la sala, una
mujer vestida de negro con el abrigo puesto y unos protectores azules de
zapatos en la mano que sé que Sven ha intentado obligarla a ponerse.
Es Kattis.
—¡La ha matado!
Grita las palabras antes de atravesar el círculo con tal ímpetu que Sofie
casi se cae de la silla y golpea la mesa con la pierna de manera que el pequeño
jarrón de cerámica azul que mi hermana hizo en el cursillo de torno cae al
suelo estrepitosamente.
—¡Oh, no! —exclama, y se lleva las manos a la boca—. ¡Oh, no! ¿Qué es
lo que he hecho? —Kattis cae de rodillas y recoge con cuidado los pedazos.
Los sostiene en la mano con delicadeza, pasa el dedo por la superficie
glaseada azul celeste—. Perdonadme, perdonadme. ¡Dios mío, no era mi
intención!
Mi mirada se encuentra con la de Aina, me levanto lentamente y me
pongo en cuclillas al lado de Kattis.
—Escucha, Kattis, no es más que un pequeño jarrón, además un jarrón
feo. De verdad que no importa.
Sin embargo, las lágrimas y los mocos recorren sus mejillas.
—No debía haber venido aquí —murmura—. Lo estropeo todo. Todo lo
que toco se malogra. Habría sido mejor si hubiera acabado conmigo.
—¿Me escuchas? No es más que un estúpido jarroncito, no importa. Lo
importante es que tú estés bien. Siéntate aquí con nosotras y cuéntanos…
—¿Quién ha muerto? —pregunta Hillevi, que parece ser la única que está
lo bastante entera para formular la pregunta.
Sin embargo, Kattis no contesta, se deja caer en la silla vacía, oculta el
rostro entre las manos y solloza sonoramente.
—La ha matado. Le ha quitado la vida. ¡Delante de su hija!
Aina se pone en pie y se acerca a Kattis. Le posa la mano con decisión
sobre el brazo.
—Escucha, Kattis, empieza desde el principio.
—¡No! —ruge Kattis, y se pone en pie de un salto. Se sacude la mano de
Aina—. No, ya no soporto esto más. Comprendedlo. La ha matado a ella, y
ahora piensa matarme a mí. Sé que es así.
Aina obliga a Kattis a sentarse y le quita el abrigo con mucho cuidado,
como si fuera una niña pequeña. La sostiene con fuerza por los hombros,
obligándola a mirarla a los ojos.
—Tienes que contar lo que ha pasado.
—Henrik, es Henrik. ¿No lo entendéis? ¡Ha asesinado a su nueva
compañera, y ahora quiere matarme a mí!
—¿Henrik, tu ex?
Kattis asiente y levanta la cabeza por primera vez para mirarnos. Suspira
hondo.
—La policía vino esta mañana. Un chico que repartía publicidad había
encontrado a la compañera de Henrik muerta. La hija, tiene cinco años, estaba
sentada en medio de un charco de sangre debajo de la mesa de la cocina al
lado de su madre muerta, dibujando. ¡Y ahora vendrá a por mí y me matará!
La última frase de Kattis es como un aullido. De una presa de caza herida.
—Pero ¿lo han cogido? —pregunta Sirkka.
Kattis no hace más que sacudir la cabeza. Baja la mirada al suelo, susurra:
—Ya no puedo más.
Sven tiene sus lados buenos.
Bajo la gruesa americana de pana y las deformes camisas azules se
esconde un hombre bastante empático, y sus gastadas sandalias Birkenstock
han recorrido muchas millas, han tomado parte en esto y aquello.
Con mucha delicadeza, me sienta en una de las incómodas sillas de
plástico de la cocina, hace café que, a pesar de que está demasiado frío y demasiado suave, sabe mejor que cualquier otro café que he tomado en
mucho tiempo. Escucha mi resumen inconexo de la sesión de terapia del día,
deja que salga toda mi resignación y mi rabia. No me interrumpe.
Sencillamente se queda sentado, toqueteando su pipa, sin hacer ni el más
mínimo ademán de querer fumar. No se atreve. Aina podría volver en
cualquier momento con la comida que ha ido a comprar al centro comercial
de Södarhallarna.
—En cierto modo, sé exactamente cómo se siente. Me refiero a Kattis,
claro. Sé muy bien lo que supone que te acosen. Preguntarse constantemente
quién se esconde en la sombra bajo los árboles del parque, siempre andar por
la parte iluminada de la calle, engancharte a los propietarios de perros y a las
pandillas de jóvenes solo para evitar estar expuesta, para evitar la soledad, la
vulnerabilidad.
—Entiendo.
—Y, sin embargo, tú eres la vencida. Siempre te alcanzan.
—Entiendo.
Lo miro un segundo, a sabiendas de que se repite, que corrobora mis
comentarios como si realmente entendiera.
Al otro lado de la ventana está oscuro. La consulta está vacía, salvo por
mí y por Sven. Las mujeres del grupo de autoayuda se han ido todas a casa.
Algunas discutieron indignadas y acaloradas, otras, como Sofie, se quedaron
en silencio y parecían afectadas de la manera en que es fácil sentirse afectada
cuando la realidad te alcanza.
—Reality bites. Bocados de la realidad. ¿No es así como se llama?
—Tengo tanto miedo a que también la mate a ella…
—Entiendo.
No puedo evitar sonreír.
—Cuando dices eso, no puedo remediar sentirme como una de tus
pacientes, ¿te das cuenta?
Su mano se ha posado sobre la mía. Grande, cálida, seca. El tipo de mano
que mi padre tenía cuando yo era pequeña. El tipo de mano que te infunde
confianza y seguridad infinitas, un roce en el que perderse.
Sin embargo, no me devuelve la risa.
Vuelvo a mirarle con cautela. Lleva el pelo canoso retirado hacia atrás,
dejando ver la frente alta y morena. Las patas de gallo alrededor de los ojos
son más profundas que de costumbre. La mirada cansada. Tal vez abatida.
Y veo a Sven, un hombre ajado de unos cincuenta años que acaba de ser
abandonado por su mujer, pero que, a pesar de todo, tiene fuerzas para dejarlo a un lado para escuchar mis elucubraciones.
De pronto siento curiosidad por saber cómo está. Me avergüenzo un poco
por haber estado tan ocupada con mis propios problemas. La verdad es que
nunca le he preguntado cómo se encuentra, ahora que Birgitta lo ha
abandonado, después de todos estos años. Cómo supera la soledad y la
oscuridad otoñal.
—¿Y tú que tal, por cierto? —digo, y lo miro de reojo. Y como si hubiera
apretado un botón, Sven agarra el paquete de cigarrillos que tiene al lado de la
pipa, sobre la mesa. Saca uno y se lo mete lentamente en la boca, al tiempo
que se inclina hacia delante para coger las cerillas.
—No deberías fumar aquí. Ya sabes cómo se pone Aina.
Pero Sven se limita a sacudir la cabeza, como si tuviera otras cosas en que
pensar y quisiera ignorar mi reprimenda.
—¿Qué quieres que te diga? Es un maldito infierno.
Asiento con la cabeza sin decir nada, presiento que está a punto de abrirse
a mí de verdad.
—¿Te sientes solo?
Asiente con la cabeza, sin responder, y se mira los dedos amarillentos de
nicotina, parece estudiar las uñas.
—¿Cuánto tiempo hace ahora? —pregunto con cuidado.
—Un mes desde que se fue.
—¿Qué pasó?
—Me dijo que había tenido bastante. Que ya no podía soportar mis
mentiras por más tiempo.
—¿Mentiras? ¿Te descubrió?
Sven asiente con la cabeza y da una calada tan profunda que el cigarrillo
arde como una bengala en la sombría estancia.
—¿Con quién?
—¿A qué te refieres cuando dices con quién?
Sven me mira confundido, como si no entendiera la pregunta, y de pronto
me siento insegura.
—¿Con quién te descubrió? ¿Con quién estabas?
—¡Maldita sea! ¿Por qué demonios tenéis todos ideas preconcebidas?
Sven salta de la silla, empieza a pasear de un extremo a otro de la
habitación con el cigarrillo en la mano. No sé si está enfadado conmigo o
simplemente indignado por la situación en general.
—¿He dicho alguna estupidez?
—Yo… No, no sé. De cualquier forma, todo el mundo está convencido de
que me dejó porque tenía otras mujeres.
—¿Acaso no fue por eso?
—Claro que tenía otras. Ella también, de hecho. Vivíamos en una relación
abierta. Una relación poliamorosa. Pero a la gente le cuesta muchísimo
entenderlo, arrastran sus imágenes estereotipadas de lo que es el amor. La
familia nuclear heteronormativa. Ya sabes.
Se queda en silencio y me escudriña desde el otro extremo de la
habitación, como si se preguntara si soy lo bastante liberal para entender lo
que me dice.
—¡Uy! La verdad es que me sorprende. Yo no juzgo, pero simplemente
nunca lo hubiera dicho.
—No todo es lo que parece.
—Supongo que tienes razón.
—Birgitta tuvo muchos amantes a lo largo de los años. También mujeres.
—¿Ah, sí? —digo, y pienso en la mujer de pelo canoso y rellenita, en los
labios turgentes y el rostro arrugado. Sus vestidos de lino y sus grandes joyas
de plata. El aplomo inmediato que transmite cuando entra en una habitación,
cómo la llena con su presencia evidente y fuerte.
¿Por qué no iba ella a tener amantes? ¿Tanto hombres como mujeres?
Sven vuelve a hundirse en la silla frente a la mía, parece que se ha
tranquilizado un poco. Apaga el cigarrillo en la lata de las galletas donde la
ceniza se mezcla con las migas de las galletas de limón de la pastelería de
Götgatan.
El desgastado jersey de lana de color óxido se ha levantado un poco
alrededor de su cintura y deja entrever unas carnes blancas y flácidas. Sven se
está haciendo viejo, pienso. ¿Alguien quiere envejecer solo? ¿Yo envejeceré
sola, yo, a quien tanto le cuesta dejar que alguien se acerque?
—Pero, no sé, la verdad es que no acabo de entenderlo. Me has dicho que
te descubrió, ¿verdad?
Sven suelta una risa desconsolada, sacude lentamente la cabeza y luego
entierra la cara entre las manos. Todo su enorme cuerpo empieza a temblar y
se le escapa un sollozo.
—Me descubrió.
—¿Pero…?
—Me descubrió bebiendo. Me encontró entre las botellas, ¿sabes? Era lo
único que no me permitía hacer. Lo único que había prometido que no
volvería a hacer jamás. El maldito alcohol. ¿Recuerdas antes del verano, en la fiesta del cangrejo que organizaste, cuando yo me emborraché tanto? Después
de eso, tuve que prometerle que no volvería a beber nunca más, si no, ella me
dejaría. Eso fue lo que me dijo. Las otras mujeres no le importaban, pero el
alcohol… De hecho, la entiendo. Hace veinte años estuve a punto de
quedarme sin casa y perderlo todo por culpa del alcohol. Iba borracho a la
consulta. Mis pacientes se quejaron, me denunciaron. Supongo que ella creyó
que podía volver a ocurrir. ¿Lo comprendes?
No contesto. Esto no me lo esperaba. Todo el mundo da por supuesto que
Birgitta abandonó a Sven porque él la engañaba. Sus líos de faldas son
legendarios. Pero no tenía ni idea de que bebía. Es cierto que alguna vez ha
mencionado que había bebido demasiado anteriormente. Pero, de alguna
manera, lo deseché, convencida de que se trataba de algún pecado de
juventud. Nunca sospeché que siguiera teniendo un problema con la bebida.
Nada es lo que parece.
Sven, que siempre atiende su trabajo con tanta dedicación, que es tan
apreciado por sus pacientes y al que tanto Aina como yo acudimos cuando
necesitamos consejo.
¿Un alcohólico? Me cuesta creerlo.
—¿Y ahora qué? —Hago la pregunta con mucho cuidado. No quiero que
se sienta obligado a contestar si no quiere. Lo que me acaba de contar es un
asunto muy privado.
—Ahora mismo tengo unas ganas locas de beber —dice, y me mira con
una mirada impenetrable—. Pero eso ya se acabó. Y para mí también se acabó
el amor. Lo tengo muy claro.
Le sonrío, me inclino sobre la mesa desvencijada de la cocina y le acaricio
el jersey cubierto de bolitas delicadamente con la mano, noto cómo las
tufaradas de su aliento a cigarrillo me alcanzan por encima de la mesa.
—¿No crees que estás exagerando un poco? ¿A lo mejor cambias de
opinión si te das un tiempo?
Coge mi mano y me mira directamente a los ojos.
—No.
—¿No?
—Para mí el amor se terminó. Ya no quiero más. No vale la pena. El
dolor es demasiado grande.
Asiento en silencio con la cabeza, porque ¿qué puedo decir?
Nos quedamos un buen rato así, mi mano en la suya, la oscuridad que se
densifica al otro lado de la ventana. Entonces me mira, constata:
—Pues sí, aquí estamos, tú y yo. Dos borrachos en una misma consulta.
Me estruja la mano suavemente, una sonrisa asoma en su cara, y no logro
enojarme con él. A pesar de que ha pronunciado lo impronunciable, ha tocado
lo que no había que tocar. En su lugar, le devuelvo una sonrisa cansina y me
encojo ligeramente de hombros.
Sven alza la mirada hacia la puerta y allí está Aina con unas bolsas
blancas de Södarhallen en la mano. Todavía lleva la chaqueta de cuero puesta,
un gorro a rayas y unas manoplas de punto rojas y demasiado grandes. Su
mirada descansa plácidamente sobre mí y me pregunto cuánto tiempo debe de
llevar allí, escuchando nuestra conversación.
—¿Falafel[1]? —pregunta cariñosamente.
—¿O sea, que el antiguo novio mató a su nueva compañera?
Vijay está sentado en su silla.
Su postura no es muy distinta a la de un saco de leña. El cigarrillo en la
comisura de los labios y unos brazos peludos que asoman por las mangas de
la camiseta de color naranja, un poco demasiado ajustada. Sus deportivas
están tiradas delante de la puerta y en los pies lleva un par de zapatillas de
piel de cordero. Una piel afelpada sobresale a la altura de sus tobillos. Una
vez más, pienso que, de hecho, se está convirtiendo en uno de esos profesores
excéntricos que nos daban clases magistrales en la universidad, de los que se
libraron de ser socialmente incompetentes, de follarse a jóvenes estudiantes o
de llevar largas conversaciones consigo mismos en los pasillos.
—Sí, la mató.
Aina susurra la respuesta de una manera alarmantemente rápida, como si
pretendiera anticiparse a mí, o tal vez porque no cree que yo sea capaz de
responder a una pregunta tan sencilla, pero fatídica.
Nos hemos reunido para una especie de gabinete de crisis en el despacho
de Vijay. Tanto Aina como yo estamos trastornadas por lo ocurrido, por que
la realidad se haya infiltrado en nuestra pequeña comunidad de mujeres justo
cuando empezábamos a conocernos, porque nos vuelven a recordar por qué
realmente nos juntamos. Nuestras reuniones no son simples encuentros de
chicas, son reuniones de autoayuda para mujeres, jóvenes y adultas, que han
sufrido malos tratos y violaciones.
Al otro lado de la ventana, cae una fina llovizna. Unas nubes grises se han
posado sobre la ciudad y un viento gélido recorre la hierba empantanada que
rodea el macizo edificio de ladrillos que alberga el departamento de
psicología. Es viernes por la tarde, y la facultad ya ha empezado a vaciarse de
gente, a pesar de que apenas son las tres.
Nuestra gruesa y húmeda ropa de otoño está tirada en una esquina. Vijay
no es de los que se preocupan por estas cosas, pero convive con un pedante. A
Olle, su pareja, le cuesta soportar su desaliño. Él es de los que en casa cuelgan
incluso las camisetas en perchas iguales, que dota las chanclas de baño de
hormas de cedro, se asegura de que los cables y los dispositivos electrónicos
se guarden en cubículos especialmente habilitados para que no afeen el piso.
—¡Qué horror! —masculla Vijay, y enciende otro cigarrillo.
—¿Qué debemos hacer? —dice Aina.
—Nada, o mejor dicho, tenéis que seguir adelante como hasta ahora,
naturalmente. A fin de cuentas, el grupo será aún más importante para las
participantes. No solo para esta chica, sino también para las demás. Y si
existe una amenaza contra esta… Kattis, es algo de lo que la policía tendrá
que ocuparse. Y también encargaré una de esas alarmas antiagresión para la
consulta. La verdad es que debería haberlo pensado antes. —Vijay se queda
callado un rato, nos escudriña con la mirada y suelta una bocanada de humo
que nos separa como una cortina de una manera que a los no iniciados podría
parecerles un gesto demostrativo, pero yo lo conozco. Sé que está meditando.
Está evaluando lo que le hemos contado.
—¿Qué? —digo yo.
Vijay tamborilea los dedos contra la mesa, vuelve a dar una profunda
calada a su cigarrillo. Parece molesto por alguna cosa.
—Yo lo que me pregunto es cómo estáis vosotras. ¿Os veis con ánimos de
tirar esto adelante?
Se hace el silencio en la habitación, pero al rato Aina intenta responder la
pregunta:
—Estamos… bien. De verdad lo creo. Y antes de que pasara todo esto, de
hecho, a mí me empezaba a gustar lo de las reuniones de autoayuda. Es
enormemente interesante enfrentarse a todos estos destinos de mujer. Son
muy diferentes entre ellas. Y, sin embargo, tienen algo en común, son
víctimas de la violencia de género. Creo que empiezo a hacerme una idea más
fidedigna de lo que realmente significa la violencia de género.
Vijay se ríe con dulzura.
—De lo que no hay duda es que no son precisamente representativas.
—¿A qué te refieres? —pregunta Aina.
—Lo único que digo es que el grupo con el que trabajáis no es
representativo de las mujeres maltratadas. Para empezar, es mucho más
homogéneo desde un punto de vista étnico que en la realidad. Vosotras tenéis,
me parece, una sola mujer de origen extranjero. De origen finlandés, además. Es decir, con un trasfondo cultural similar. Todas las demás son suecas. Eso
no es representativo. En realidad, las mujeres de origen extranjero están más
expuestas a la violencia de género, como también lo están las mujeres que
pertenecen a grupos socialmente desprotegidos, como por ejemplo los
drogodependientes y los sin techo, o mujeres con discapacidades. Y luego
están, por supuesto, las guerras y los conflictos. En este tipo de situaciones,
las mujeres están muy expuestas. Las mujeres soldado son sometidas a
menudo a violaciones regulares, las mujeres son violadas y mutiladas como
parte integrante del hecho de guerra.
—Pero nosotros, aquí en Suecia, no tenemos conflictos armados…
El comentario se me escapa sin que lo haya podido remediar, y veo
inmediatamente que Vijay piensa que mi ingenuidad es cansina. Apaga el
cigarrillo en una botella de agua mineral italiana y se inclina hacia mí. Me
habla lento y de manera muy articulada, como si fuera una niña pequeña.
—No, pero tenemos a muchas chicas y mujeres que provienen de zonas
donde sí hay conflictos bélicos. Por eso el problema también es nuestro. Y no
solo un problema moral, sino también meramente práctico. Somos nosotros
los que tenemos que hacernos cargo.
Asiento muda con la cabeza. Me avergüenzo de mi ignorancia, de que sea
tan poco reflexiva y de que siempre me precipite, dando por supuesto que la
violencia de género se limita a las mujeres suecas que sufren malos tratos por
parte de sus novios suecos en algún suburbio donde las casas funcionales
brotan como setas en el fértil mantillo nórdico.
Como si fuera capaz de leer mis pensamientos, Vijay prosigue:
—No es tan sencillo como podemos creer en un primer momento. La
definición de violencia de género no es unívoca. No solo se trata de maltrato
físico en el hogar, sino de amenazas, de maltrato psíquico, de control
extremo. Matrimonios infantiles, desnutrición consciente de las niñas,
inspección del himen. Ya sabéis.
—Pero ¿existe un denominador común? —pregunta Aina.
Vijay asiente con la cabeza, se pasa la mano por su barba negra que, con
los años, ha ido cogiendo más matices canos.
—Poder —dice—. Poder y control. Al final, siempre se trata de eso.
Asiento, miro por la pequeña ventana sucia que apenas deja penetrar la
grisácea luz otoñal.
Poder.
¿Es así de sencillo?
Me pregunto si al hombre que estuvo acosándome, el que quería verme
muerta, también lo impulsaba el poder. El poder para controlar la vida, para
hacer justicia. El poder para decidir sobre mi vida, mi muerte.
—Su hija lo vio todo —dice Aina quedamente.
—¿Cuántos años tiene? —pregunta Vijay rápidamente.
—Cinco años.
—Entonces no le podrán sacar nada razonable. ¿Sabes lo difícil que es
interrogar a un niño de cinco años? Por no hablar de sacarle algo que
realmente sea sólido desde un punto de vista jurídico.
Vijay sacude la cabeza y mira por la ventana, hacia la lluvia y los campos
enfangados. En algún lugar ladra un perro. Unos pájaros negros pasan
volando en formación por delante de la ventana, tal vez de camino a algún
lugar más cálido.
—¿Estás seguro? —pregunto.
Vijay suspira y me mira con una mirada cansada.
—Desde luego. Van a tener que solicitar la ayuda de un experto en
psicología del testigo o de un psicólogo infantil. Pueden interrogarla, pero es
posible que no saquen nada en claro, nada que les vaya a servir. Hay estudios
que demuestran que es tremendamente difícil conseguir un testimonio fiable
de un niño menor de cinco años. No tienen el mismo sentido de la cronología
que los adultos, mezclan las fantasías con la realidad. Recuerdan detalles,
pero no lo global. Además, es muy probable que esté traumatizada, lo que
puede significar que sea aun más difícil llegar a los recuerdos. Es probable
que no recuerde lo que ocurrió. ¿Sufrió algún daño físico?
—No, no parecía que tuviera lesiones físicas. La policía la encontró
debajo de la mesa de la cocina, en medio de un charco de sangre. En la mano
sostenía sus ceras y un dibujo.
—¿Y la cocina es el lugar del crimen?
—Eso creo —digo.
—En todo caso, ni siquiera es seguro que haya visto nada. ¿O qué? Puede
haber estado en otra habitación y haber entrado para buscar a su mamá,
haberla encontrado, haberse asustado y buscado refugio debajo de la mesa. ¿O
qué?
—Sí, supongo que sí.
De pronto, Aina palidece, se pasa ambas manos por los muslos, como si
quisiera retirar alguna cosa. Sus uñas están mordidas y veo restos de esmalte
rojo carmesí.
—¿Cómo se puede ser tan condenadamente perturbado que mates a
alguien a quien quieres, o al menos dices que quieres?
Pero Vijay ignora la pregunta. No da muestras de sentirse incómodo por el
tema de conversación, sino que sigue exponiéndolo con manifiesto ahínco.
Este es su campo, el análisis de los aspectos más patológicos de la psique
humana, las motivaciones de los delincuentes y los agresores, el origen del
mal.
—El hecho de que estos hombres realmente asesinen es muy raro. El año
pasado se dieron parte de alrededor de dos mil setecientos casos de violación
de la integridad de la mujer en Suecia, y sin duda se trata de una enorme
subestimación. Sin embargo, en Suecia murieron de media diecisiete mujeres
al año, asesinadas por un hombre de su ámbito más cercano. Por lo tanto, es
bastante infrecuente que acabe de esta manera. Y si echamos un vistazo a los
perpetradores, en el ochenta por ciento de los casos se trata de personas
psíquicamente perturbadas, el sesenta por ciento tiene condenas de cárcel
previas y el cincuenta por ciento están alcoholizados. Yo no sé nada de este
tipo, pero es muy probable que al menos cumpla uno de estos criterios.
Rehúyo contar que, de hecho, he conocido a Henrik, que me buscó. Lo
último que pretendo es que Vijay y Aina empiecen a preocuparse por mí otra
vez.
Aina se encoge de hombros.
—No creo que sea un borracho, ni que haya estado en chirona, pero ¿qué
sé yo? Según Kattis, era muy violento. Además, parece ser que estaba muy
enamorado de ella, que le costó dejarla. Que, en cierto modo, no conseguía
seguir adelante. Y ella tampoco parece que haya podido soltarlo a él.
Vijay se ríe y se inclina hacia Aina. Le aparta uno de sus largos mechones
rubios que caen de su moño descuidado sobre su cara, le retira el pelo detrás
de la oreja. Un gesto que al tiempo es íntimo y cariñoso.
—No es amor, nunca se trata de amor, amiga mía. Se trata de poder. No lo
olvides.
Extracto de la historia clínica.
Escuela de Enseñanza Primaria y Secundaria de Ålvängen.
La madre llama hoy en el horario de consulta telefónica, muy preocupada por su hijo que está en
tercero de primaria. Cuenta que el niño se queja a menudo de dolores de estómago y de cabeza y dice que está enfermo. La madre tiene dificultades para conseguir que asista al colegio. Dice que los demás chicos le acosan en el colegio porque es lento y un poco torpe. En una ocasión, unos chicos mayores lo obligaron a comer cacas de conejo aduciendo que se trataba de chucherías. También teme que abusen de su hijo porque es fácil de engañar y un poco ingenuo. Cree que los otros niños obligan a su hijo a robar en el supermercado a cambio de chucherías y revistas.
La madre está muy indignada y llora durante gran parte de la conversación. Dice que no sabe qué
hacer y que lo único que pretende es ayudar a su hijo, pero que no consigue llegar a él. También explica que la situación provoca múltiples conflictos en casa y que su esposo considera que es blanda y condescendiente.
Decidimos que el chico y la madre se reúnan conmigo para una charla. También le aconsejo que
acuda al ambulatorio médico para que le hagan pruebas a fin de descartar un posible déficit de hierro u otras patologías.
Sara Solberg, enfermera escolar
Aina y yo nos apretamos debajo de un pequeño paraguas rojo en
Götagatan. Los jerséis gruesos, las bufandas y las botas no consiguen alejar el
crudo frío.
—¡Jolines, qué frío hace! —dice, y se cierra la fina chaqueta de cuero
alrededor del pecho.
—¿A lo mejor deberías considerar comprarte ropa que abrigue más?
Su sonrisa es amplia y tal vez un poco arrogante cuando me mira.
—No creo que, a estas alturas, pueda empezar a vestirme con calzones
polares y pasamontañas. Además —dice, esta vez en tono serio, y baja la
mirada al pavimento bajo nuestros pies como si lo estuviera examinando—,
este mes voy un poco apurada de dinero.
—¿Necesitas que te preste un poco?
Aina sacude la cabeza sin contestar. Se retira unos rizos rubios y húmedos
de la cara.
—No, para eso tengo la tarjeta de crédito, ¿no te parece?
Aina casi nunca tiene dinero a final de mes. No tenemos unos sueldos
especialmente altos, pero sé que su alquiler es bajo, muy bajo. Y, en realidad,
no tiene muchos otros gastos y, por lo tanto, no debería de tener problemas
económicos. De vez en cuando, le presto dinero y siempre me lo devuelve a
principios del siguiente mes. Podría comentárselo, haberle dado mi opinión
sobre la manera que tiene de administrar su economía, pero la verdad es que
no le veo la gracia ni la necesidad. Aina es mi amiga. Es una mujer adulta y,
en todos los sentidos, competente para tomar sus propias decisiones.
Un coche pasa por encima de un charco a toda velocidad y envía una
cascada de agua pardusca contra las pantorrillas de Aina.
—¡Hijo de puta! —grita Aina, y levanta el dedo corazón.
—¡Pero, chica! —La agarro del brazo y se lo bajo suavemente—. ¿O es
que quieres pelea?
—Pero ¿no lo has visto? Me ha salpicado de arriba abajo.
—Sí, pero no tenemos tiempo para esto ahora mismo. Vas a tener que
trabajar la agresividad en la colchoneta de yoga, o donde sea. Hace veinte
minutos que deberíamos haber llegado.
Aina suspira y se encoge de hombros, vuelve a cerrarse la chaqueta
alrededor del cuerpo.
—¿Vendrán todas?
—Hillevi no podía. Está de guardia.
Hemos quedado en el Pelikan para picar algo y hablar de lo ocurrido. De
que el antiguo novio de Kattis ha asesinado a su chica. La ha pateado hasta
matarla a sangre fría en la cocina. Y lo haremos como personas civilizadas
que somos, en un restaurante. Como si hubiéramos salido a pasar un buen rato
por ahí.
Podíamos haberlo hablado en nuestra próxima sesión, pero cuando Malin
propuso que nos viéramos por ahí, y Sofie y Sirkka declararon que,
naturalmente, nosotras también debíamos participar aunque somos las
conductoras del grupo, decidimos que respetaríamos su decisión. A fin de
cuentas, es un grupo de autoayuda, no un grupo de terapia. En cierto modo,
también resulta agradable ir a otro sitio, relajarnos un poco.
Un olor a frito y a lana húmeda impregna todo el local escasamente
iluminado. Esta noche ha salido mucha gente y me alegro de haber reservado
mesa. En uno de los reservados a lo largo de la pared vislumbro una cabellera
pelirroja y veo a alguien que agita la mano. Es Sirkka.
—Allí —digo—. Ya han llegado todas.
Nos abrimos paso a través de una multitud de vecinos de Söder vestidos
de negro que beben cerveza. Aguardamos unos segundos para dejar pasar a
una camarera que tiene las manos llenas de platos con albóndigas y puré de
patatas.
A nuestro alrededor, todas esas voces, el rumor de gente que no
conocemos que comparte esta oscura noche de otoño con nosotras. En todas
las mesas hay velas encendidas, las llamas titilan en la corriente que viene de
la puerta que se abre constantemente de par en par.
—Hola, chicas —dice Sirkka, y descubre todos sus dientes amarillos en
una amplia sonrisa.
Aina le da un abrazo y murmura un saludo con la nariz enterrada en la
cabellera pelirroja. Yo saludo a Malin, que lleva una camiseta de manga larga
con la leyenda «Team Bosön 2009». Huele a recién duchada, se ríe y me
alborota el pelo corto. Hay algo muy íntimo en el gesto que de pronto me hace sentir cohibida. Cuando me vuelvo aparece Sofie, también ella con los
brazos abiertos. Con mucha cautela me da un abrazo sin decir nada, pero me
doy cuenta de que está contenta de verme. Cuando me vuelvo de nuevo,
aparece Kattis frente a mí, y casi me desmayo. Lleva el pelo sucio que le
cuelga en greñas por los hombros. Tiene los ojos hinchados y la boca no es
más que una fina línea. En sus mejillas distingo dos manchas rojas, como si
estuviera excitada, o acabara de llorar.
—Kattis. —Eso es todo lo que consigo decir.
—Sí, ya lo sé —dice, y menea la cabeza—. Estoy horrible.
—No, no quería decir eso. Yo…
Kattis se ríe y aparta la mirada, echa un vistazo hacia la barra y la gente
que se agolpa allí en grupos, que ríe, habla en voz alta, gesticula. Su pálido y
resuelto perfil se dibuja contra los alegres clientes que comparten cervezas y
el contraste salta a los ojos. Encajaría mucho mejor en un entierro que en una
abarrotada cervecería del barrio de Söder.
Poso mi mano suavemente en su hombro y noto que se estremece, como si
le hubiera sacudido una corriente eléctrica. Nuestras miradas vuelven a
cruzarse, hace una leve y cansina inclinación con la cabeza, en una especie de
gesto de complicidad, como si las dos comprendiéramos algo sin necesidad de
intercambiar ni una sola palabra, y se deja caer en la silla sin decir nada más.
Me siento a su lado y miro a las demás: Sofie, Sirkka y Malin, pero
ninguna parece haberse dado cuenta de nada. Sin embargo, Aina lo ve, me
escudriña con la mirada desde el otro lado de la oscura mesa de madera y una
arruga se forma entre sus marcadas cejas. Supongo que está preocupada por
Kattis, tal vez también por mí.
Entonces Sirkka rompe el hielo.
—Cariño, ¿quién iba a decir que las cosas acabarían así?
Kattis no contesta, se queda inmóvil en la silla, con la espalda erguida, las
manos serenas, juntas sobre la mesa, la mirada fija en la llama de la vela que
hay en medio de la mesa.
—Lo leí en el diario —empieza diciendo Sofie con mucha cautela—.
Resulta muy extraño leer algo sobre el municipio de Gustavsberg, nunca crees
que pueda ocurrir algo así allí. Es de locos, ¿o qué os parece?
—No tan de locos como enterarte de que tu anterior novio ha matado a
alguien —susurra Kattis sin levantar la mirada.
—Disculpa, no quería decir…
—Por supuesto que no —murmura Kattis, y nos mira a las que estamos
sentadas alrededor de la mesa. Su mirada está apagada y parece resignada. Los ojos hinchados e inyectados en sangre comunican una especie de
indiferencia que me asusta infinitamente más que su llanto aquella noche en
la consulta—. Porque algo así es incomprensible, ¿o qué? Ni siquiera yo lo
puedo entender, y yo, al fin y al cabo, sabía de lo que era capaz, ¿me
comprendéis?
—Ahora tienes que ser fuerte —dice Sirkka, y la mira a los ojos.
—¿De qué me sirve eso?
—Es lo que hace la diferencia en este mundo. Por ti.
—Pero, y ella, ¿qué? Susanne está muerta, y haga lo que haga yo,
nunca…
—A ella no la puedes ayudar. Solo puedes ayudarte a ti misma —dice
Sirkka, como si supiera perfectamente de lo que está hablando—. Tendrás que
empezar por aquí, porque no podrás ayudar a nadie hasta que no te ayudes a ti
misma.
—¿Y cómo, exactamente, hago eso?
La voz de Kattis es apenas un susurro y, sin embargo, oigo cada una de las
palabras como si me las susurrara a mí al oído, con sus labios pegados al
lóbulo de mi oreja.
—Cariño —dice Sirkka, y aprieta la mano pálida de Kattis—, tienes que
olvidar a ese tipo. Dejarlo atrás.
—Es muy fácil decirlo.
—Sabes que es así —dice Sirkka, en un tono de voz ligeramente
desafiante—. No serás libre hasta que tú misma lo hayas soltado.
Kattis retira rápidamente la mano, se pone en pie y se queda inmóvil al
lado de la mesa, titubea, parece recomponerse unos segundos, como si
estuviera a punto de dar un discurso.
—Solo quería… Disculpadme, ahora mismo vuelvo.
Entonces se dirige hacia los lavabos. Nos miramos sin decir nada.
—¿He sido demasiado dura con ella? —dice Sirkka.
—No —dice Aina—, a mí no me lo parece. Supongo que necesitará unos
minutos para rehacerse. Y las demás, ¿qué tenéis que decir? ¿Habéis pensado
mucho en esto?
—Pues sí —aborda Sirkka—. A fin de cuentas, Gustavsberg no es muy
grande. La gente se conoce, o saben quién es quién, al menos. La gente habla.
—La chica que murió, Susanne. Su hijo iba al mismo instituto de
bachillerato que unos amigos míos —suspira Sofie.
—Creía que tenía una niña pequeña —dice Malin.
—Sí, es verdad, pero también tenía un hijo mayor. Era un chico
tremendamente duro, desde luego. Al menos en el colegio. Ahora está en una
especie de reformatorio, creo.
—¿En un reformatorio?
—Sí, una de esas instituciones para drogadictos o delincuentes, o lo que
sea. No lo sé muy bien.
—Gamberros o delincuentes —murmura Aina, y pasea la mirada por el
local, pensativa.
—Pues sí, también se habla mucho de esa mujer —dice Sirkka—. No es
asunto mío divulgar los chismes que se cuentan, pero bueno. Es evidente que
era…
Sirkka hace una pausa, mira hacia el local con la mirada perdida. Parece
ausente.
—¿Qué? —dice Malin—. ¿Qué es lo que era?
—Bueno, no son mis palabras —dice Sirkka en un tono de voz firme, y se
frota las manos como si tuviera frío—, pero dicen que era una verdadera
zorra. Apenas se había ido un tío cuando aparecía otro. Es evidente que tenía
una puerta giratoria en su piso de Blåsippevägen. No me extraña que las cosas
le fueran como le fueron a su hijo. Al fin y al cabo, los niños necesitan cierta
estabilidad, eso creo yo.
Malin se retuerce.
—No te lo tomes a mal, Sirkka, pero me cuesta un poco aceptar que
alguien llame zorra a una mujer solo porque ha tenido muchos ligues. A fin de
cuentas, puedes acostarte con todos los tipos que te venga en gana sin por ello
adquirir mala fama. ¿Por qué es así? Yo pienso que las chicas debemos ser
solidarias, no llamarnos zorras mutuamente. Lo peor es cuando las mujeres se
sabotean entre ellas. No hay nada menos solidario que eso. Debería de haber
pena capital para eso. Sí, de verdad, lo digo muy en serio.
—Estoy de acuerdo contigo —dice Sirkka tranquilamente—. Solo os
contaba lo que yo he oído por ahí. Por cierto, también creo que los tíos
pueden ser unos zorros. Así es.
Entonces traen las cervezas. La camarera deja unos vasos de cerveza
espumosos y empañados sobre la mesa.
—La cola es para mí —dice Malin—. Yo no bebo. Ya no.
Nadie dice nada. Aina sorbe su cerveza y yo vuelvo a sorprenderme, una
vez más, porque es incapaz de beber sin hacer ruido, a pesar de que es una
mujer adulta. Se limpia la boca con el dorso de la mano y echa un vistazo por
todo el local.
—¿Queréis que vaya a ver cómo está Kattis? —pregunta Sofie.
—No —dice Aina—, estoy segura que se apañará. ¿Tú como te sientes,
Sofie? ¿Estás bien?
—¿A qué te refieres? —pregunta Sofie, y se sonroja por detrás de la
cerveza.
—Quiero decir, ¿te sientes cómoda? ¿Te parece bien seguir adelante con
el grupo ahora que… a pesar de lo que ha ocurrido?
—Desde luego —se apresura a decir, sin darse tiempo a pensarlo—. Por
supuesto que sí. A mí me parece genial encontrarme con vosotras. Y,
además… —Sofie estira una cinta de cuero con perlas azules que lleva
alrededor de la muñeca—. Creo que, ahora mismo, Kattis nos necesita.
Hace que esto último parezca una pregunta y me sorprende, una vez más.
Me sorprende lo prudente y sensible que es y cómo siempre nos escucha a las
demás, siempre se supedita al grupo.
—Yo pienso igual —dice Malin—. Ahora tenemos que ayudar a Kattis.
Yo, por mi parte, estoy terriblemente enojada. Podría matar a ese tío. Lo digo
en serio. Literalmente.
—O sea, ¿que estás furiosa? —digo yo.
La boca de Malin se abre en una amplia sonrisa.
—¡Venga, corta el rollo! ¿Sabes cómo suenas?
—¿Como qué? ¿Como una psicóloga? ¿Como tu psicóloga?
Vuelve a reírse, pero es una risa falta de alegría, mecánica y apagada.
—Exacto, y puesto que lo eres, ¿entiendes por qué estoy tan cabreada?
—Desde luego que sí. Aunque no sé…
—¿Qué? —dice Malin, y abre los brazos en un gesto de asombro.
—No sé si es muy constructivo, eso de estar cabreada.
—Es preferible estar cabreada que tener miedo —dice Malin—. Es mejor
ser fuerte que débil. En eso tendrás que darme la razón, ¿no te parece?
—Ojalá fuera tan fuerte como tú.
Es Kattis quien lo dice. De pronto vuelve a aparecer en la mesa. No la he
visto llegar y me pregunto cuánto tiempo llevará escuchando nuestra
conversación.
—Tú eres fuerte —dice Malin, y toma un sorbo de su cola—. Todos
somos fuertes por dentro. Solo se trata de conectar con la fuerza que tienes en
tu interior. Es cuestión de practicar.
Kattis sonríe dubitativa y se deja caer en la silla. Levanta el vaso de
cerveza hacia la luz y examina la llama a través de él, tuerce la cabeza ligeramente hasta que su pelo cae pesadamente sobre su hombro. Luego da un
sorbito a la cerveza, como si temiera que la bebida fuera a quemarla.
—¿Una cuestión de práctica? ¿Qué quieres decir, como ir al gimnasio?
Risitas colectivas.
Malin parece irritada.
—Pues sí. No hay ninguna diferencia entre la fuerza física y la psíquica.
Puedes entrenar tu fuerza mental, tu cerebro es exactamente como un
músculo. Y una vez que lo hayas hecho, no habrá ni Dios que pueda
humillarte.
—Supongo que tendrás que enseñarme a hacerlo.
Kattis sonríe con una sonrisa cautelosa.
—Por supuesto, cuando haya acabado contigo, hermana, serás más dura
que una piedra. Pero antes tendrás que entrenar duro, claro. Todo tiene un
precio. Si quieres transformar tu cuerpo, o tu psique, tendrás que hacer
muchos sacrificios. Tendrás que consagrar una parte de tu vida, de tu tiempo,
a la misión.
—Pero ¿realmente quieres ser así? —pregunta Sirkka.
Malin se pone rígida, deja el vaso sobre la mesa y se pasa una mano por el
pelo corto y rubio platino. Se produce una breve pausa.
—¿Qué quieres decir con «así»?
—Pues así, como un hombre, grande y musculoso. Y duro, hasta en el
alma. Después de todo, somos mujeres —murmura Sirkka, y se frota las
manos. De pronto me doy cuenta de que le duelen y me pregunto cómo puede
ser que no me haya dado cuenta antes, que no haya visto sus dedos
deformados, las articulaciones inflamadas. Tiene una ligera sonrisa en los
labios que alisa el sinfín de arruguitas alrededor de su boca, que la hace
parecer más joven, que desvela cómo fue en su día.
Entonces.
Antes.
Malin ha cruzado los brazos sobre el pecho. Ahora hay algo oscuro en su
mirada.
—En todo caso, siempre será preferible a ser una víctima.
—Pero ¿realmente tiene que ser así? —dice Sirkka—. ¿Realmente es
necesario que nos convirtamos en hombres para escapar de su violencia?
¿Realmente tenemos que ser como ellos? ¿Es esa la solución? ¿Por qué no
podemos ser como somos, sin que nos violen y nos golpeen… y nos
humillen? ¿Acaso es pedir demasiado?
—Voy a deciros lo que yo pienso —dice Aina de pronto, y deja el vaso de
cerveza casi vacío sobre la mesa con un sonoro golpe que hace que todas nos
sobresaltemos—. Pienso que Sirkka tiene toda la razón al decir que no
tenemos por qué cambiar. Todas tenemos que poder vestir faldas cortas sin
que por eso nos violen. Todas tenemos que poder dejar una relación sin que
nos asesinen. Ninguna mujer tiene por qué soportar que la llamen puta solo
porque reconoce su sexualidad. Pero, hasta que sea así, no me importa hacer
un curso de autodefensa. ¿O qué?
—Yo me pregunto si un curso de autodefensa hubiera podido salvar a
Susanne Olsson —murmura Sirkka.
—¿Susanne Olsson? ¿Se llamaba Olsson? —pregunta Malin, y es como si
su cuerpo se paralizara y el vaso se detuviera en el aire, a medio camino de la
boca.
Kattis asiente silenciosa.
—¿Dónde vivía?
—En Blåsippevägen, me parece que era —dice Sirkka.
—¿Por qué? ¿La conocías? —pregunta Kattis.
Malin sacude la cabeza con vehemencia y deja el vaso sobre la mesa.
—No, qué va. Solo que… No era nada.
Entonces llega la comida. Se desata una intensa discusión sobre el
municipio de Gustavsberg. Sobre el extraño hecho de que casi todo el mundo,
de una o de otra manera, sepa quién era Susanne, sobre los pros y los contras
de vivir en una pequeña localidad. Sirkka gesticula con sus flacos y arrugados
brazos levantados. Malin sigue sentada con los brazos cruzados en una
postura defensiva. Sofie mira de una a otra con el semblante serio, como si
intentara evaluar la situación, comprender lo que está pasando. Determinar
dónde encaja ella en todo eso. De pronto, Aina se ríe sonora y efusivamente,
como solo ella es capaz de hacerlo, y echa la cabeza hacia atrás.
Solo Kattis me mira con unos ojos grandes, oscuros y vacíos. Y es como
si todas las demás desaparecieran, como si se desvanecieran en el local
bullicioso, fundiéndose con el público cervecero. Y de pronto todo es
silencio. Lo único que existe es su pálido rostro y sus ojos negros, y me
gustaría tanto poder consolarla, estar allí para ella, hacer que sea más
llevadera esa carga que, por alguna razón, le ha tocado soportar…
Y se lame los estrechos y agrietados labios. Intenta dibujar una sonrisa
que acaba siendo torcida, forzada.
—Todo irá bien —digo.
Ella vuelve a sonreír, y de pronto está guapa. No importa que su pelo
cuelgue en grasientas greñas sobre sus hombros, o que tenga los ojos
enrojecidos. Es guapa.
Y ya está.
—De hecho, no puedes saberlo —dice con voz ronca.
—Sí, sí puedo —digo yo. Y en ese mismo instante me doy cuenta de que
lo digo en serio. Que una parte de mí, de mi intuición, sabe que Kattis
siempre saldrá adelante. Que es una superviviente, una de las que emergen a
la superficie de entre la oscuridad, una que siempre aterriza de pie.
Una de las que son amadas y son capaces de amar.
No una como yo.
La migraña como un casco de acero que pesa sobre mi cabeza, la hunde hasta
el suelo enfangado cuando salgo corriendo por lo que antaño fue una
alfombra de césped, pero que ahora sobre todo parece un fangal, con unos
terrones herbosos dispersos que despuntan aquí y allá. El viento azota el mar
convirtiéndolo en un feroz espumarajo que barre las rocas y deja unos
pequeños charcos viscosos de espuma en las piedras. Las gotas de lluvia
repiquetean como agujas de coser contra mis mejillas.
Son las cinco y ya está oscuro.
¿Por qué, por qué construimos el baño en un edificio independiente? ¿A
quién se le ocurrió esa idea?
Stefan. Siempre Stefan.
La idea de Stefan: una casa a orillas del mar. Solos, él y yo. Cerca de la
naturaleza. Cerca del submarinismo.
La idea de Stefan: si construimos un baño en el cobertizo tendremos sitio
para una sala de estar en el edificio principal.
En algún lugar por encima del mar se oye un lamento prolongado y
quejumbroso. Como de un animal moribundo, ¿tal vez un ave marina herida?
Me quedo parada un segundo, estrujo la bolsa de plástico de la farmacia. Su
contenido descansa traicioneramente ligero en mi mano entumecida por el
frío y no lo puedo remediar, el pensamiento me viene de ningún lugar. Una
vez más no. El niño que murió, el que matamos. Lo sé, lo sé, el término
correcto es interrupción del embarazo. Además, por buenas razones. Un serio
daño cerebral del feto puso fin a las ambiciones, mías y de Stefan, de formar
una familia nuclear.
Pero aun así…
De pronto es como si fuera transportada atrás en el tiempo, a otro día,
cuando me hice otro test de embarazo y recorrí el mismo camino que hoy para
compartir la buena nueva con Stefan. Cuando mi interior estaba colmado de
un sentimiento cálido y puro que podría describirse como confianza.
Confianza en Stefan. En la vida, tal vez.
Ahora, este sentimiento ha sido sustituido por un desasosiego indefinido y
absorbente que se propaga por todo mi cuerpo. Si algo está creciendo allí, en
mi tenebroso interior, no estoy segura de que sea capaz de darle la bienvenida.
No estoy segura de que pueda sentir esa misma confianza.
Una vez que me encuentro en el calor del cobertizo, me desplomo sobre la
taza del váter, retiro el plástico del dispositivo que parece un termómetro,
pero que mide una cosa muy distinta.
Hago pipí.
Cruzo una mirada con David Bowie que cuelga en la pared. Tan
desafiante y provocador como siempre en su postura displicente, con el
delgado cuerpo ligeramente echado hacia atrás, embutido en un mono
plateado. Zapatos de plataforma. Pelirrojo. Muy maquillado.
Me guiña el ojo con complicidad y yo respiro hondo y leo el test.