Te maltrato
Värmdö,
octubre
Un sábado perfecto.
Un largo paseo por la playa. El mar que persigue nuestros pies.
Ahora ya llevamos gorras gruesas. Guantes. Jerséis de lana por debajo de
las chaquetas. En lo alto, el cielo está gris y plomizo como un bloque de
hormigón. Sobre nuestras cabezas, unos pájaros negros vuelan en círculos,
como si fuéramos una promesa de comida.
Luego tomamos chocolate caliente en mi sofá. En la esquina, la chimenea
chisporrotea y la radio está encendida. Hablan de inundaciones, de que el
agua se ha llevado un tramo de la E 18 como si fuera un bricbarca. También
se llevó dos coches. Ambos conductores fallecieron. Una acompañante se
salvó porque consiguió salir a través del parabrisas roto y subirse al tejado de
un quiosco de salchichas Sibylla. La mujer había sobrevivido al tsunami de
Tailandia en 2004 y contó con voz frágil que esto había sido peor. Su Rune
nunca emergió a la superficie en aquella agua turbia. Después de cuarenta
años de matrimonio, y tras haberle ganado la partida al cáncer y a un tsunami,
perdió el amor de su vida en una avalancha de fango en la E 18.
Miro a Markus, que está sentado frente a mí en el viejo y ajado sofá en
tejanos y un jersey con capucha. Su rostro parece el de un niño. Los pálidos
ojos inquietos de una manera indefinida. Me pregunto si me atreveré a dejarle
acercarse tanto que me vuelva vulnerable.
Tan vulnerable como la mujer en la radio.
—¿Estás bien? —me pregunta suavemente en su acento cantarín de
Norrland, y yo coloco mis pies sobre sus rodillas. Markus me masajea
lentamente las plantas de los pies, me escudriña en silencio.
—Claro que estoy bien.
—Me gustaría que no trabajaras en algo así.
—¿Algo así?
—Sí, violencia y este tipo de porquerías. Como hago yo cada día.
—Entonces, ¿qué crees que debería hacer? ¿Limitarme a trabajar con
casos de aracnofobia y de compra compulsiva? ¿No entiendes que estas
mujeres realmente necesitan ayuda? Estamos contribuyendo, Aina y yo. Y
Vijay, por Dios, que ha dedicado su vida a ello.
—Pero este tío parece estar más enfermo que la media.
—¿Te refieres al hombre medio o al maltratador de mujeres medio?
Markus retira ofendido mis pies de sus rodillas.
—Muy graciosa, de puta madre. De verdad.
Suelto una risita, tomo un sorbo de chocolate y me inclino hacia él. Beso
su suave boca, dejo que mi lengua recorra sus labios.
—¿Te has enfadado?
Markus se ablanda, rodea mi cintura con sus brazos.
—No me he enfadado, solo estoy preocupado por ti.
—No quiero que te preocupes por mí. Estoy hasta las narices de que la
gente se preocupe por mí.
—Lo sé, pero esta vez a lo mejor hay una razón para hacerlo. Hablé con la
chica que dirige la investigación de ese asqueroso asesinato en Gustavsberg.
Es evidente que fue algo monstruoso. La violencia con la que se empleó el
agresor fue injustificadamente fuerte. Por lo visto le destrozó toda la cara a
patadas, estaba esparcida por todos lados. ¿Lo entiendes? Encima, lo hizo
delante de la niña.
De pronto me siento incómoda. Doy un enorme sorbo a la bebida caliente.
—¿Vio algo?
—¿La niña? Todavía no lo sé, tenían que interrogarla ayer, o eso creo.
—Vijay dice que no se puede interrogar a niños tan pequeños.
Markus se encoge de hombros.
—La verdad es que no lo sé. Supongo que habrán solicitado la ayuda de
un psicólogo de testigos o de un investigador infantil.
—¿Lo habéis detenido? Me refiero al hombre que vivía con ella.
—No, no podemos coger a alguien de esta manera, no es seguro que haya
sido él.
—Claro que ha sido él. Siempre es el tío en estos casos.
—No, casi siempre es el tío.
—Es lo mismo.
—No desde un punto de vista jurídico.
—¿Cómo puedes decir eso? Mata a patadas a su pareja delante de su hija,
y lo único que se te ocurre es…
—Pero, Siri —dice Markus, y me mira sorprendido—, ¿de qué va esto?
¿Desde cuándo estás implicada personalmente en el caso?
De pronto siento como el malestar crece en mi interior como una ola, casi
se me cae la taza en el sofá y me veo obligada a salir corriendo al vestíbulo.
Solo me da tiempo a abrir la frágil puerta de madera antes de vomitar en la
escalera de la entrada. El aire frío se cuela por debajo de mi fina ropa y alivia
mi malestar por un segundo. Respiro pesadamente.
Entonces su mano se posa en mi hombro.
—Siri, ¿qué te pasa? ¿Estás enferma?
Apoyo la cabeza contra la fachada fría de la casa, noto cómo la escarcha
se derrite con el calor que emito.
—Creo… creo que ha sido un poco demasiado para mí lo de ese
asesinato. ¿Podemos hablar de otra cosa?
Markus no contesta, pero me conduce con cuidado de vuelta al calor del
salón.
Los sonidos de la noche de otoño al otro lado de la ventana del dormitorio: el
viento que recorre los escollos, las finas ramas que arañan la casa como
dedos. La lluvia que tamborilea sobre el tejado de cemento de asbesto. Un
suave aroma a humo de la chimenea que todavía pende en el aire de la
estancia.
Markus me levanta y me deja a horcajadas encima de él. Me acaricia el
pecho y baja las manos hasta mi cintura, donde las deja descansar un segundo.
Luego me acaricia el abdomen y el trasero con sus anchas manos.
—¿No estás un poco más redondita?
Su tono de voz es retador.
Yo me retiro, me repliego en el otro lado de la cama. Me hundo por
debajo del edredón como si eso fuera a ocultar la verdad.
Lo impronunciable.
Sé que tengo que contárselo, pero no encuentro las palabras. Porque
¿cómo contar una cosa así?
«Quiero a tu hijo, pero no te quiero a ti».
Mañana oscura como la noche.
El viento ha amainado.
No se oye ni el más mínimo ruido cuando me tambaleo hacia el cobertizo,
solo cubierta con el enorme plumífero de Markus y unas botas de agua. Esta
noche, las temperaturas debieron de bajar por debajo de los cero grados
porque los charcos de agua están cubiertos de una capa milimétrica de hielo
que se rompe como cristal frágil al pisarlos, chapoteando sin mostrar el más
mínimo respeto por esta maravilla de la naturaleza: una quebradiza membrana
blanca como la leche con la que el frío ha vestido la tierra.
El malestar colma todo mi cuerpo, desde la cabeza a los pies.
Pero hoy llego a tiempo. De rodillas ante la taza del váter devuelvo bilis
en el cobertizo.
—¿Has salido? —susurra Markus adormecido cuando vuelvo al calor de
la cama y meto los pies helados entre sus fuertes muslos.
—Mmm. He ido a hacer pipí.
Me abraza y noto su cuerpo cálido, perfectamente temperado, no húmedo,
sino seco. Siempre me ha fascinado su cuerpo, lo musculoso que es, lo seca y
suave que es su piel, cómo sus manos adivinan cómo deben sostenerme
exactamente, con qué fuerza.
Me acaricia el abdomen. Besa mi nuca.
—Estás más redondita.
Su voz suena ronca, como si todavía no acabara de despertar. Me retiro
con cautela al otro lado de la cama, tanto como puedo, la maldita cama es
irremediablemente estrecha. Espero que se vuelva a dormir y miro hacia toda
la negritud al otro lado del cristal. La mañana que no es una mañana, tan solo
una oscuridad insonora y fría que envuelve mi casita.
Una sensación. Estamos solos en el mundo. No tenemos amigos. Los
pacientes han desaparecido. También la familia. Solo existimos Markus y yo,
y mi cama es el centro de nuestro universo.
—¿Es eso bueno o malo?
Noto cómo se mueve, cómo se incorpora sobre los codos. Se vuelve a
acercar a mí. Vuelve a la vida.
Y presiento la pregunta antes de que me la haga.
—Siri, ¿hay algo que deberías contarme?
¿Qué debo contestar? ¿La verdad?
—Ya lo sabes, ¿no es cierto?
Mi voz: delgada, más quebradiza que el hielo en el jardín.
—¿Es verdad?
Markus busca mi mano en medio de la oscuridad y cuando la encuentra,
me la estruja con fuerza, con mucha fuerza.
—¿Es verdad, es verdad, es verdad?
Ahora está impaciente. Como un niño que acaba de recibir un regalo.
Algo que hay que abrir, inspeccionar y probar.
No vale la pena postergar lo inevitable.
—Sí, Markus. Estoy embarazada. Me gustaría quedarme el niño, pero
quiero vivir sola.
—¿Qué? ¿Qué dices? ¿Cómo? No entiendo lo que quieres decir. ¿Qué
quieres hacer sola?
—Vivir sola. Aquí, en esta casa. ¿Qué es lo que no entiendes?
—Pero y yo, ¿qué? Pero si yo soy… yo seré el padre. No entiendo nada.
¿Dónde entro yo?
«Tú no entras».
Suspiro.
—Markus, no lo sé. Me siento un poco confusa. No sé si estoy preparada
para vivir con alguien.
—No, claro, pero estás preparada para traer un niño al mundo. ¿Sin un
padre?
Markus está indignado. No es de extrañar, a sus ojos debo de parecer la
cerda del siglo, ahora me doy cuenta.
—Pero no es que no vaya a tener un padre. A fin de cuentas, tú estarás allí
y…
—¿Estar allí? —grita, y salta de la cama—. ¿Qué habías pensado
exactamente que yo fuera? ¿Qué papel pensabas concederme en tu vida? ¿En
la vida de mi hijo?
—Cariño, no te enfades. No lo sé. No lo puedo remediar. No es que no te
quiera. Simplemente no quiero… no puedo… ya sabes. Vivir contigo.
—Siri, estoy harto de tener en cuenta tus malditas paranoias todo el
tiempo. No puedes vivir conmigo. No quieres conocer a mi familia. Yo no
quiero tener un hijo contigo si no puedo compartirlo. Bajo mis condiciones.
—Me parece muy bien, pero resulta que no depende de ti. ¿O qué?
Un comentario a todas luces innecesario. ¿Realmente hacía falta que se lo
restregara en la cara? La conciencia de su propia impotencia ante la decisión
que he tomado yo sola.
Markus se viste con asombrosa calma. Se estira para coger la mochila y
sale al vestíbulo. Oigo cómo se pone la ropa de abrigo. La puerta que se abre
y se cierra. Pasos que se alejan y el sonido que suena exactamente como
cristales rotos cuando sus pies hienden el frágil hielo alrededor de mi casa, y
pienso que tal vez sea más que el hielo lo que se rompe.
Mi estudio. Es luminoso, pero no especialmente acogedor. Supongo que
podría decirse que es impersonal. Y es así como quiero que sea. Mis pacientes
se encuentran con la terapeuta Siri, no con un particular a quien le gustan los
geranios, o los kílims, o la fotografía artística. Mis pacientes vienen a ver a
una profesional. Alguien con quien poder hablar de su angustia hasta
eliminarla sin necesidad de devolverle el favor.
En las butacas preceptivas, tapizadas de piel gris de borrego, están
sentados Mia y Patrik. Hoy elegí la silla de varillas, no acepté que Mia tuviera
que sentarse en ella una vez más, mientras Patrik acaparaba la butaca.
Los dos parecen exhaustos, drenados de energía. El rostro, habitualmente
pálido, de Patrik resplandece en varios matices que van del blanco al verde a
la fría luz del fluorescente. Unas gotitas de agua brillan en su barba oscura.
Mia parece que acabe de salir de la cama: ropas deformes y suaves, pelo sucio
que envuelve la pálida piel de su rostro en rizos grasientos. Sobre la oreja
derecha, un extraño remolino, como si hubiera estado durmiendo un buen rato
de lado y no se hubiera peinado.
—No, no va bien. La verdad es que no va nada bien.
Patrik menea la cabeza. Es un gesto desconsolado. Toda aquella energía
agresiva que irradiaba en nuestras anteriores sesiones parece habérsela
llevado el viento.
—¿Podrías contármelo?
—No sé —empieza diciendo Patrik, vacilante—. No sé si esto va a
funcionar.
Vuelve a quedarse en silencio y me observa con una mirada insondable,
los dientes apretados, como en un espasmo.
—¿Y tú, Mia? ¿Cómo estás hoy?
—¿Cómo estoy?
Mia parece confusa y me mira a los ojos un segundo. Es como mirar en
medio de una neblina espesa, todo lo que aparece es una amorfidad húmeda,
un vacío velado, una nada infinita.
—Lo que quiero decir es cómo te sientes hoy. ¿Qué tal estás?
Se hace un breve silencio.
—Estoy bien. Gracias.
Pronuncia las palabras mecánica y lentamente, de una forma estudiada.
—¿De verdad? Si he entendido bien a Patrik, él duda de cómo os irán las
cosas en el futuro.
Mia no contesta, en su lugar, mira por la ventana y, a diferencia de las
demás veces que nos hemos reunido, está sentada totalmente quieta. Ni un
solo movimiento. Ningún temblor revelador en la comisura de sus labios.
Ninguna gota de sudor en la frente. Está tan inmóvil como mis butacas.
Carraspeo ligeramente.
—Mia… Sé que estás mal, pero es enormemente importante para la
terapia que te esfuerces por transmitir lo que sientes. Si no lo haces, esto no
nos conducirá a ningún lado. Si no, no podré ayudaros. No puedo hacer nada
por ti si te retiras de esta manera. ¿Lo comprendes?
—Sí, claro.
Mia asiente con la cabeza, mientras sigue mirando por la ventana con esa
mirada vacía.
—O sea, que ¿cómo estás en realidad?
—Estoy bien, sin más, ahora mismo.
Mia habla con una voz lenta y firme, casi como si estuviera leyendo un
texto en voz alta para unos niños pequeños. Como si se esforzara por
pronunciar cada sílaba.
—¿Quiere eso decir que las cosas van mejor que la última vez que nos
vimos?
—Ya lo creo.
Se queda en silencio y yo aguardo la continuación. La explicación. Pero
esta no llega nunca.
—Entonces, ¿qué es lo que ha mejorado?
—Pienso que está todo bien, sin más.
La misma voz firme y monótona. La misma mímica insensible. La misma
mirada vacía en su pálido rostro. De pronto oigo un sollozo prolongado desde
la otra butaca. Patrik ha dejado caer su largo y delgado cuerpo hacia delante y
ha enterrado la cabeza entre las manos. Sus dedos masajean bruscamente el
cuero cabelludo, al tiempo que su cuerpo tiembla.
—¡Joder, Mia! —aúlla él con desesperación en la voz—. ¡Maldita sea!
Quiero que esto funcione. Sé que he dicho cosas repugnantes. Sé que te he
fallado. Que te he dejado sola con la responsabilidad de los niños. Pero ahora
ya ni siquiera puedo hablar contigo. Es como si te hubieras borrado. ¡Joder,
ya no sé siquiera quién eres! ¿Lo entiendes?
—Aquí tienes —le digo, y le acerco la cajita de Kleenex sin mirarle. Sin
embargo, él ni me ve ni me oye.
—¿Qué es lo que he hecho mal? ¿En qué me he equivocado? ¿Por qué me
excluyes? ¿Por qué tiene que ser tan difícil?
Me vuelvo de nuevo hacia Mia, que sigue sentada en la misma postura de
antes, con la mirada fija en la ventana que ahora está oscura. Sin revelar ni
con el más leve gesto lo que piensa, de pronto Mia posa su recia mano sobre
la de Patrik. Y hay algo terriblemente equivocado y amedrentador en su gesto
extrañamente mecánico. Su mano descansa inmóvil como un pedazo de carne
sobre la de él. Patrik gira la muñeca y le da un fuerte apretón.
—¡Joder, Mia! ¿No podríamos volver a intentarlo? Prometo que esta vez
las cosas irán mejor. Te… te ayudaré. Te lo prometo.
Mia le da una palmadita desmañada en el dorso peludo de la mano y dice
en un tono ligero de voz:
—Claro que sí.
Markus y yo compartimos una copa de vino sentados sobre las rocas a orillas
del mar. Hace frío, pero el viento se ha calmado, a pesar de que el cielo pende
aciago y gris sobre nuestras cabezas y vislumbro nubes negras en el horizonte.
Encima de los jerséis gruesos, las chaquetas y las botas nos hemos envuelto
cada uno en su manta.
Aquí estamos. En silencio, mirando el mar.
La copa de vino descansa en la mano de Markus. Le da vueltas
lentamente, como si fuera a catarlo. Markus raras veces bebe, pero presiento
que hoy necesita el vino, me imagino que piensa apoyarse en la copa de vino
como si fuera una muleta. Se aclara la garganta y deja la copa con mucho
cuidado en una grieta en la roca llena de pinaza parda.
Yo, mientras tanto, miro hacia el agua oscura, veo las hojas amarilleadas
hace ya tiempo que flotan a montones a lo largo del borde de la roca, distingo
las algas escurridizas como un matiz verde tóxico bajo la superficie brillante y
negra, me imagino el paso de los peces a través de un universo infinito, frío y
oscuro.
Stefan, en medio del frío. Su cabeza apoyada en un cojín de algas
enmarañadas. Curiosas criaturas marinas que examinan el cuerpo pálido y
flácido. ¿Con tentáculos o con antenas? ¿O con qué?
¿Tal vez lo prueben?
Basta ya. Es suficiente.
Stefan, siempre presente. A pesar del paso del tiempo, el que cura todas
las heridas.
Yo soy la psicóloga que debe ayudar a los demás a recuperar el control
sobre sus vidas, pero que es incapaz de soltar su propio pasado. Soy humana, dice Aina. «Como cualquier otro ser humano. Imperfecta. Débil. Incapaz».
—Tengo que preguntarte una cosa —dice Markus, y me mira con sus ojos
pálidos—. Quiero decir, es algo que realmente me he estado preguntando.
Me mira con una extraña expresión en la cara. Una mezcla de asombro,
escepticismo y… asco. Como si fuera una nueva especie de insecto que
acabara de descubrir arrastrándose en la orilla espumosa del mar.
—¿Qué? —digo con una voz ronca y débil, plúmbea de culpa.
—¿Alguna vez me amaste? ¿En realidad?
—Pero, Markus, qué pregunta más extraña. Supongo que sabes que te
quiero. ¿Y por qué hablas en pasado?
Ahora Markus frunce el ceño. No me cree.
—Sí, eso dices, es cierto.
Se queda callado.
—Pero…
—Pero ¿qué?
—Pero me pregunto si sabrás lo que es el amor.
Me retuerzo. No me gusta nada esta conversación, pero me quedo por
Markus.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué, que no sé lo que es el amor?
—Quiero decir. Si realmente me quisieras. Como yo te quiero a ti. No me
harías lo que me estás haciendo. Quitarme mi hijo y…
—¡Basta ya! No creo que te esté quitando ningún hijo. Al fin y al cabo, es
tan tuyo como mío. Solo que quiero vivir sola. Tal como hago ahora. Como
hacemos ahora. Eso es todo.
Veo cómo Markus retuerce los flecos de la manta con tanta fuerza que sus
dedos se ponen blancos. Cuando habla, su voz es como un grave bufido.
—No harías lo que me estás haciendo si me quisieras. Como yo te
quiero…
—Muy bien, pues a lo mejor es que no te quiero. A lo mejor te quiero a
mi manera. ¿Acaso no puedo hacerlo? ¿Por qué tu manera es la manera
correcta de querer? ¿Y por qué no puede todo seguir siendo como hasta
ahora? ¿Por qué no podemos intentarlo al menos?
—¿Intentar qué? ¿Vivir en el limbo? ¿Estar juntos y ser solteros a la vez?
¿Vivir juntos y separados? Serlo todo a la vez, lo que en realidad resulta en
que no somos nada. Hay que decidirse, Siri. No tomar una decisión también
es decidirse.
—¿Ah, sí? ¡Vaya! —digo.
—¿Vaya qué? —dice Markus.
—De todos modos, yo ya me he decidido.
Incluso antes de que llegue el estallido se lo veo, veo los dientes
apretados, el rubor que se extiende por su pálida piel, veo cómo se pone en
pie, rígido, pero a la vez completamente controlado.
—¡Estás completamente loca! Te odio. Ojalá no nos hubiéramos conocido
nunca. Has destrozado mi vida. ¿Lo entiendes? ¿Lo entiendes?
Sus palabras son como golpes que caen sobre mi diafragma, me hacen
perder el aliento, me hacen sentirme mal. Le doy la espalda instintivamente.
Me vuelvo hacia el mar que reposa tranquilo e infinito, sin exigencias, ante
mis pies. Que me da la bienvenida. Que me infunde una especie de calma.
—Te has quedado completamente muda. Me pregunto si realmente tienes
sentimientos —me grita al oído.
Me hago un ovillo, como una niña pequeña que intenta zafarse de un
golpe. Sin embargo, el golpe no llega. En su lugar, veo con el rabillo del ojo
cómo Markus arroja la manta a cuadros sobre la superficie del agua.
Revolotea como una hoja en el suave viento, se queda flotando en la
superficie, se mece lentamente hasta que finalmente empieza a hundirse.
Extracto de las actas del equipo de asistencia a los alumnos .
Escuela de enseñanza primaria y secundaria de Ålvängen.
En la clase 5B siguen los problemas con el niño que el tutor jefe de la clase, Morgan Söderberg,
planteó durante la última reunión. El chico sigue faltando mucho a clase y cuando está en la escuela suele quedarse solo. Cuando el profesor le exige algo, él se muestra agresivo. Es difícil de controlar. Resulta complicado evaluar los conocimientos del chico debido a su alto grado de absentismo. Ha dado pruebas de tener dificultades a la hora de leer y escribir. La semana pasada estuvo implicado en una pelea con otros dos chicos. Uno de los chicos sufrió una grave lesión en la cara y tuvo que acudir a urgencias hospitalarias. Nos hemos puesto en contacto con los padres que nos contaron que hace tiempo que los demás chicos lo acosan y que la disputa se debió a que los chicos le quitaron los pantalones y los calzoncillos al niño delante de unas niñas de la clase, algo que los otros dos chicos niegan por completo. Los padres quieren que la escuela se haga cargo de las situaciones de acoso. Ningún profesor de la escuela ha presenciado ningún episodio de acoso, sino que más bien son de la opinión que el chico es algo solitario, aunque decidimos, a pesar de todo, convocar al equipo encargado del acoso para que aclare lo que realmente ha ocurrido. También aconsejamos a los padres que soliciten una persona de contacto en el servicio de psiquiatría de la infancia y la juventud, BUP.
Resumen por
Siv Hallin, asistenta social de la escuela
La oscuridad envuelve la consulta.
Las ventanas están brillantes y negras.
Lo único que se ve son los reflejos de la habitación en que nos
encontramos. La perspectiva está distorsionada, pero veo que las sillas están
colocadas alrededor de la mesa oval de conferencias. Las siluetas de las
personas que están sentadas. Reina el silencio en la sala. Nadie cuchichea,
nadie se ríe. Es como si la estancia entera contuviera la respiración,
expectante, esperara el momento propicio. Cierro los ojos e intento reunir
fuerzas para empezar el trabajo de conducir al grupo a través de una sesión
más. Oigo a Aina carraspear y vuelvo la mirada hacia ella.
—Tengo entendido que habéis reflexionado mucho acerca de lo que pasó
la semana pasada. Es terrible cuando la violencia te toca tan de cerca. Creo
que fue una magnífica idea encontrarnos en el Pelikan para charlar un poco.
Hillevi, es una pena que no pudieras venir.
Aina está tranquila y serena. Con su jersey de punto y sus tejanos gastados
parece una colegiala que se ha disfrazado con la ropa de su papá, pero habla
con una autoridad incuestionable y la tensión en la sala parece bajar casi al
instante. Siento una enorme gratitud hacia ella, por su seguridad y su aplomo.
Su capacidad para hacerse con las riendas de la situación.
—Disculpa que te interrumpa, Aina, pero he estado pensando y no me
queda más remedio que deciros una cosa. —Las mejillas de Kattis han
adoptado un color ligeramente rosado y abre los brazos como para dar peso a
sus palabras—. La verdad es que no lo entiendo. Henrik ha matado a esta… a
ella, a Susanne, y, sin embargo, la policía no hace nada. ¿Por qué no lo
detienen, por qué no lo meten en prisión preventiva? Es increíble.
Su voz se extingue, hasta convertirse en un susurro ronco.
—¿Cómo sabes que la policía no hace nada? —dice Malin, y mira
detenidamente a Kattis.
—Cómo lo sé. Pues verás, sé leer, por ejemplo. Creo que es bastante
evidente que la policía todavía no ha detenido a nadie. De haberlo hecho,
aparecería en los diarios. —Kattis agita un ejemplar de Metro que ha traído
—. Además, ayer vi a Henrik en el centro de Gustavsberg. Estaba comprando
unas albóndigas en el supermercado Ica como si fuera un tío cualquiera. No
entiendo cómo puede ser.
Mira a su alrededor resignada, buscando apoyo o tal vez simplemente
compasión. Su mirada busca la mía, y yo intento transmitirle un sentimiento
de comprensión y simpatía, algo que no me resulta difícil. Al fin y al cabo, yo
también estoy indignada.
—A lo mejor tuvo lo que se merecía —murmura Malin. Y por un instante
se hace el silencio en la sala, mientras intentamos interiorizar lo que acaba de decir.
La mirada de Kattis se cruza con la de Malin y por un segundo aparece un
destello en sus ojos: duda, sorpresa, tal vez incluso aversión. Sirkka se ha
quedado en silencio con la boca abierta, como si estuviera a punto de decir
algo, pero no sale ni una sola palabra de su boca.
—Pero ¿qué es lo que dices? —susurra Aina, y por primera vez en una
situación profesional parece perder la compostura. Aina, que siempre se
muestra tan controlada, que siempre tiene una respuesta a todas las preguntas,
que sabe instintivamente cómo manejar cualquier situación complicada.
—Disculpad, no era nada —murmura Malin.
Nadie consigue decir nada.
—Ya os he dicho que no era nada. No lo quería decir así. No ha sido más
que un comentario estúpido. ¿Podríamos olvidarlo?
Malin ha cruzado los brazos delante del pecho en un gesto defensivo.
Aina me mira inquisitiva, y vuelvo a sentir esa impotencia; no sé cómo
manejar la situación.
—Sé que tenéis razón, que la policía está trabajando en ello, pero me
siento terriblemente mal, y tengo tanto miedo… —balbucea Kattis, y sacude
la cabeza lentamente.
Hillevi, que está sentada a su lado, se inclina hacia ella.
—Todo se arreglará. Ya verás como se arregla. —Sonríe dulcemente a
Kattis antes de mirar rápidamente a Malin.
Vislumbro algo oscuro e inquisitivo en su mirada. Pero su templada voz
suena tan serena, tan segura, que de hecho llego a creer que tiene razón. A lo
mejor todo se arregla. A lo mejor todo saldrá bien. A lo mejor, el comentario
de Malin no era más que un enorme malentendido, a lo mejor detienen a
Henrik hoy, a lo mejor volveremos a sentirnos seguras, fuertes y felices.
A lo mejor algo así es realmente posible.
Kattis suspira y mira al techo con los ojos enrojecidos.
—Bueno, yo creo que pronto lo pillarán —dice la voz áspera, pausada y
cautelosa de Sirkka—. De lo contrario, no sería justo. Sencillamente no sería
justo.
Sirkka suspira hondo y se mira las manos, se frota los dedos torcidos.
—Leí en el periódico que estaba tan malherida que apenas pudieron
identificarla. ¿Cómo alguien puede hacer una cosa así? Y su hija. Porque lo
vio todo.
Sofie nos mira, busca una explicación que no podemos darle. Desearía
poder decir algo juicioso. Que pudiera manifestarme como una digna representante del mundo de los adultos. Sé que, por definición, Sofie es
adulta, pero resulta difícil verla como algo más que una chiquilla. Se acurruca
en su asiento y todo lo que querría hacer es cogerla en brazos, protegerla,
prometerle que nunca ningún monstruo la matará.
—A mí también me parece repugnante, pero no entiendo cómo todas
podéis estar tan seguras de que fue él, Henrik, quien lo hizo. —Malin mira a
su alrededor y parece irritada—. Es cierto, parece ser el perfecto candidato,
pero no lo sabemos. Lo único que pretendo decir es que las cosas no siempre
son lo que parecen.
—Pero ¿qué es lo que te cuesta tanto entender? —Kattis se vuelve hacia
Malin. Parece tranquila, pero su voz es cáustica y percibo su rabia cuando
prosigue—. Ese maldito tío casi me quita la vida. Es capaz de cualquier cosa.
De vez en cuando, las cosas sí son lo que aparentan. Él era su novio, es un
maltratador, ella muere. ¿Tan complicado te parece?
—Lo único que digo es que no deberíamos juzgar a nadie sin conocer
todos los hechos. No hay que juzgar a nadie sin haberle escuchado antes. No
pretendía poner en entredicho lo que te hizo a ti. Siento mucho si lo ha
parecido.
Malin levanta las manos en un gesto de disculpa y es evidente que quiere
poner fin al conflicto que se avecina.
—Sea quien fuere quien lo hizo, resulta aterrorizador. Y eso me da miedo.
Miedo a que me pueda pasar algo parecido, a mí, o a cualquiera de vosotras.
Pero lo más importante ahora mismo es, a fin de cuentas, que estamos aquí,
que intentamos hacer algo con nuestras vidas.
Hillevi sonríe cautelosamente a las demás mujeres presentes y yo pienso
que ha adoptado el papel de madre del grupo. La que tiene que ponerlo todo
en su sitio y mediar en los conflictos. Hacer que todos los demás se sientan
bien. Eso me lleva a preguntarme quién se hará cargo de ella.
¿Cuándo podrá Hillevi mostrarse pequeña y frágil?
Aina se mete en la conversación.
—Creo que Hillevi le ha puesto palabras a lo que todas sentimos ahora
mismo. Miedo. Pero creo que tienes razón en una cosa importante. No
podemos cambiar lo que ha ocurrido, pero podemos influir en nuestras
propias vidas. Y ese es precisamente uno de los motivos principales para
vernos aquí. Ayudarnos a encontrar herramientas, a tener fuerzas para
abandonar a la persona que ha usado la violencia contra nosotras. Dejar atrás
las dudas en nosotras mismas, la impotencia y el desprecio, darnos fuerzas
mutuamente para seguir adelante.
Resplandece alrededor de Aina cuando habla. Su pelo lanza destellos a la
luz de la lámpara y sus ojos brillan. Estoy asombrada. Aina no es de las que
suelen hacer discursos incendiarios, pero su compromiso parece auténtico.
Por lo visto, hay cosas en ella que yo desconozco, después de tantos años.
Como si sintiera mi mirada en ella, mira hacia mí y me sonríe, apenas un
instante.
—Debemos seguir hablando de las ayudas que la sociedad puede ofrecer a
las mujeres maltratadas. Siri os hablará de ello más adelante, pero antes me
preguntaba si alguna de vosotras no tendrá alguna reflexión que
comunicarnos desde la semana pasada, aparte de lo que ya hemos hablado.
La mirada de Aina se pasea por el círculo de mujeres. Todas están
calladas, pero de pronto Sofie levanta la mano. El gesto tanto infantil como
conmovedor. De pronto, su juventud y su vulnerabilidad se hacen muy
patentes.
—Adelante, Sofie.
Aina le sonríe para darle ánimos y Sofie parece tomar impulso. Baja
lentamente la mano, que tiembla por lo que parece ser nerviosismo y tensión.
Su rostro está blanco como la leche, pero sus mejillas han adquirido un tono
rosa y febril. En su frente, las gotas de sudor brillan como diminutas piedras
preciosas de una tiara.
—Bueno, a ver… lo que hablamos la semana pasada. Lo que contó
Hillevi. De su hijo. Querría decirle algo a Hillevi.
Hillevi mira con atención a Sofie, parece incorporar su nerviosismo y
temor y asiente lentamente.
—Me gustaría saber lo que tienes que decirme, Sofie. Cariño, cuéntamelo.
La pediatra, la madre de tres hijos, se ha inclinado hacia delante en la silla
y escucha con gran respeto a la chica de dieciocho años, y caigo en la cuenta
de que aquí todas somos iguales. No importa cuál sea el papel o el entorno de
cada una en la vida cotidiana. La profesión que tengamos. La formación. El
barrio en el que vivamos. Aquí, lo que importa es lo que nos une, lo que nos
vincula. No lo que nos separa.
—Verás, lo que contaste de tu hijo y tu marido. Cómo él pegó a un niño
pequeño… —Sofie no osa cruzar su mirada con la de Hillevi y en su lugar la
fija en la libreta sobada que ha dejado sobre la mesa—. A mí me pasó lo
mismo. Quiero decir que mi padrastro me pegaba. Siempre me ha pegado.
Desde que yo recuerdo.
Hillevi vuelve a asentir con la cabeza y Aina murmura algo para animarla
a seguir. Sofie se sorbe los mocos y prosigue.
—Mi mamá y él siempre estuvieron muy enamorados. Están muy
enamorados. Es así como yo me he criado, con la imagen de mi madre y de
mi padrastro como dos personajes de cuento. Mamá siempre me contaba
cómo ella y Anders se habían conocido, en un café de la ciudad. Cómo papá
se acercó a mamá donde ella estaba sentada, leyendo conmigo en el
cochecito, y había empezado a hablar con ella. Cómo se enamoraron.
Directamente. ¡Zas!, amor a primera vista. Se fueron a vivir juntos
inmediatamente. Son de la clase de personas que no pueden evitar tocarse
constantemente, todavía lo hacen, a pesar de que llevan juntos pongamos que
unos diecisiete años.
—Uy, pero entonces ¿cómo es que tú estás aquí? ¿Si todo es tan
maravilloso?
La voz de Malin es sarcástica, maliciosa, y yo me sobresalto, sorprendida.
Antes de que me haya dado tiempo a actuar, Aina se vuelve hacia Malin. Veo
que lo único que hace Aina es levantar levemente la ceja y que Malin se
apresura a volver la cabeza inmediatamente para farfullarle una disculpa
quedamente a Sofie. Durante un breve instante reflexiono sobre lo que en
realidad le puede estar pasando a Malin. Pienso que tengo que hablar con ella
después de la sesión. Tengo que intentar entender por qué actúa de esta
manera.
—Pero eso es precisamente lo que intento explicaros. —Sofie parece
irritada por la interrupción—. En todo caso, Anders es una persona bastante
colérica. Pero nunca se enfada con mamá. Ella es como su ángel. Nunca la
tocaría, ni le haría nada. Sin embargo, se enfada conmigo. No sé la edad que
debía de tener yo cuando me pegó por primera vez. En cierto modo, tengo la
sensación de que siempre me ha pegado. Durante mucho tiempo pensé que
todos los padres pegaban a sus hijos. Que las cosas eran así. No fue hasta que
empecé en el colegio cuando nos hablaron de la ley que prohíbe a los padres
pegar a los hijos, que entendí que no se debía hacer. No solía pegarme
demasiado fuerte. Era más bien alguna que otra bofetada, o un empujón. Si
llegaba tarde, o no había ordenado mi cuarto, o no había hecho los deberes.
Mamá solía decirle: «Pero Anders, deja en paz a Sofie», pero nunca hacía
nada. No intentaba impedirle que lo hiciera, ni nada de nada. Simplemente lo
dejaba estar, dejaba que continuara. Ella siempre tenía excusas para justificar
sus golpes. «Anders está fastidiado, ahora mismo lo pasa mal en el trabajo»,
«Anders está agotado», «A Anders le duele la espalda». Siempre había una
buena excusa. Era como si mamá siempre se pusiera de su lado. Que eran
ellos contra mí, como si dijéramos. Me sentía como si yo fuera una niña cualquiera que aparecía por allí para fastidiarles su maravilloso amor. Mi
propia madre pensaba que su novio era más importante que yo.
—¡Mi niña! —Sirkka se frota sus arrugadas manos en las rodillas y
sacude la cabeza con tanta fuerza que su fina cabellera pelirroja se levanta por
unos instantes de sus delgados hombros—. ¿No entiendes que estaba mal? Es
un acto contra natura hacerle algo así a una niña.
—¿Lo es? —Sofie mira a Sirkka a los ojos sin ceder—. A lo mejor eso es
precisamente la naturaleza.
—¿Qué quieres decir? —dice Sirkka, y parece sinceramente confundida.
—Quiero decir… Acostumbro a pensar que es como con el león.
La voz de Sofie se corta y de pronto no es más que un susurro.
—¿El león? —dice Aina.
—Sí, ya sabéis, cuando un león macho conoce a una nueva leona siempre
mata a sus hijos. Sí, porque ella los ha tenido con otro macho. Y yo suelo
pensar que debe de ser así. Yo no soy suya. En cierto modo, me rechaza. Así
es la naturaleza.
Se hace el silencio en la sala. Sofie mira al suelo de linóleo sin decir nada,
pero me parece oír un leve sollozo.
—Entonces, Sofie, ¿qué pasó luego? —pregunta Aina con suavidad.
—Bueno… Anders empezó a beber cada vez más. Siempre ha bebido
bastante, mamá y Anders siempre han tenido muchas fiestas y cosas, pero con
el tiempo fue a más. Y cuanto más bebía, más furioso estaba. Y siempre era
mi culpa. Empezó a pegarme, ahora en serio.
Sofie se queda en silencio. Sus ojos están entelados y su rostro tenso y
rígido. Sin embargo, el dolor traspasa su máscara. Su relato tiene efecto en
todo el grupo. Está mal que un hombre mate a su mujer, pero que pegue a un
niño va en contra de nuestros más profundos instintos. Veo cómo Sirkka se
seca las lágrimas disimuladamente, cómo Malin abre y cierra los puños
lentamente, como si quisiera saltar sobre el padre de Sofie personalmente.
Y Hillevi. Hillevi no suelta a Sofie con la mirada. Su rostro es grave.
Pálido. Asiente con la cabeza lentamente, como si de pronto lo comprendiera
todo.
—Me empujó con tanta fuerza que caí escaleras abajo y me rompí un
brazo. Porque llegué tarde a casa un sábado por la noche. Se volvió loco
cuando conocí a Viktor, mi chico. Dijo que era un perdedor y que debería
buscar a alguien mejor. No un gandul del extrarradio. Pero lo peor no fue que
me pegara, ni que me rompiera el brazo, ni que me llamara puta. Lo peor fue
que mamá le diera la razón y se pusiera de su lado siempre. Que siempre lo disculpara. Que siempre hubiera una buena excusa para que él hiciera lo que
hacía. Sinceramente, me la suda que me pegara, pero que mi madre me
traicionara…
Sofie se queda callada, mirando a Hillevi.
—Y es por eso por lo que debes dejarlo. Por tus hijos. Ellos tienen que
saber que tú eres su madre. Que estás de su lado. Que no está bien pegar a
nadie. Bueno, esto era lo que quería decir.
Hillevi alarga la mano lentamente hacia Sofie. Sus mejillas, tan pálidas,
casi blancas. Los ojos llenos de lágrimas. Toca levemente la mano de Sofie.
—He escuchado lo que me has dicho, cariño. He oído lo que has dicho, y
te prometo que nunca dejaré a mis hijos en la estacada.
Un discreto golpe en la puerta interrumpe el sentimiento, casi hipnótico,
que se ha producido en la sala. Es Elin, que llama y asoma la cabeza por la
estrecha ranura de la puerta.
—¡Vaya! ¡Hola a todas!
Elin parece confusa y Aina y yo intercambiamos miradas discretamente.
Aina mira al techo exasperada y yo tengo que morderme la lengua para no
empezar a reír. Elin es enormemente encantadora, pero no se entera de nada.
Debería saber que estamos ocupadas, que estamos en medio de una sesión y
que este tiempo es sagrado.
No existe ninguna razón aceptable para interrumpir. O casi ninguna.
Elin se ha quedado vacilante en la puerta, no parece saber qué hacer.
Excepcionalmente, lleva el pelo negro recogido en un artificioso moño y la
cara, como de costumbre, pintada del blanco más blanco y del negro más
negro.
—Bueno, veréis, es que hay un tío aquí. Que quiere entrar.
Mira de soslayo hacia afuera, parece incómoda, y distingo una sombra
detrás de ella.
—Desgraciadamente no podemos dejar entrar a nadie. Estamos en medio
de una sesión. Lo siento mucho, pero tendrás que pedirle que vuelva más
tarde, o que llame.
Elin asiente con la cabeza y empieza a cerrar la puerta. Luego todo ocurre
muy rápido. La sombra se despega de la pared y empuja a Elin dentro de la
sala con mucha fuerza.
—Tenéis que dejarme entrar. Tengo que contaros algo. ¡Tenéis que
escucharme! ¡Escuchadme!
La cabeza rapada está resplandeciente por la lluvia, o tal vez por el sudor,
y brilla a la luz de la lámpara de techo. Esta vez también lleva la enorme cazadora negra de pluma puesta. Reconozco a Henrik de inmediato, el
hombre que tal vez haya matado a su novia. El hombre que apareció en medio
de la oscuridad de Medborgarplatsen.
Aparece alto como una torre en el vano de la puerta y me doy cuenta de
que se tambalea. Sus ojos tienen un brillo febril y un débil pero inconfundible
olor a alcohol se extiende por la habitación.
Elin, que ha caído de rodillas, parece una muñequita a su lado.
—¡Tenéis… que… escucharme!
Su voz es aguda, su rostro desesperado. El bronceado de la última vez
parece gris y sucio. Una barba de tres días cubre su rostro demacrado.
—Lo siento muchísimo, pero tengo que pedirte que te vayas.
Me acerco a Henrik lentamente, intento parecer calmada, pero a la vez
decidida. Transmitir una sensación de seguridad en mí misma. Dentro de mí,
solo hay un negro terror. Manos temblorosas, el sonido del corazón que late
con fuerza, con mucha fuerza. Ampliado con cientos de decibelios. El
estómago que se encoge. En los oídos, un sonido que se amplía hasta
convertirse en un pitido insistente, un grito.
Henrik me mira a los ojos. Sus ojos azules y claros están ribeteados.
Ira, dolor, desesperación.
Mirarle a los ojos es como ahogarse en un espectro de sentimientos
tenebrosos.
—Sí, sí, sí. Me iré, pero antes tendréis que escucharme. Tenéis que
escucharme. Ella tiene que escucharme.
Señala a Kattis, que se ha acurrucado en la silla. Rodea su cabeza con los
brazos y todo su cuerpo parece temblar.
—¡Pero mírame! ¡Mírame, Kattis! Ahora tenemos que hablar. ¡Tú antes
querías hablar! Ahora tienes la oportunidad de hacerlo. Ahora estoy aquí.
¡Ahora vamos a hablar!
Henrik tropieza, casi se cae encima de Elin, pero en el último segundo
logra agarrarse a mi silla.
—¡Mierda! —masculla, sobre todo para sí mismo. Entonces se pone
derecho, se tambalea ligeramente.
Mis ojos se cruzan con los de Aina. Parece resuelta y empieza también a
levantarse de su silla.
—Lo sentimos mucho, pero tenemos que pedirte que te vayas ahora
mismo, si no nos veremos obligadas a llamar al guardia.
La voz de Aina es autoritaria, firme. Como si realmente fuéramos capaces
de convocar la presencia de un vigilante solo con el pensamiento. Porque no tenemos ninguna alarma. Al menos la que se suponía que Vijay debía
encargar no ha llegado, o a lo mejor se ha olvidado por completo del asunto.
—No vais a llamar a ningún maldito vigilante, ¡vais a escucharme! Y yo
os contaré cómo son las cosas en realidad. ¿Lo habéis entendido? —De
pronto solloza y puedo ver lágrimas a punto de brotar en sus ojos—. ¡Joder,
joder, mierda, mierda! —repite una y otra vez, como si maldijera sus propias
emociones.
Echo un rápido vistazo por la sala. Sirkka está sentada totalmente rígida,
mirando al frente. Su rostro arrugado se ha cerrado en sí mismo, inexpresivo.
Sofie ha empezado a llorar, se apretuja contra el costado de Hillevi, mientras
Hillevi le acaricia el pelo suavemente. Kattis sigue ocultando la cabeza con
los brazos. Y Malin mira a Henrik llena de odio. Elin está sentada en el suelo,
despeinada y hecha un ovillo en medio de un montón de ropas negras y
cadenas.
—Desde luego, claro que podrás hablar.
Aina camina lentamente hacia Henrik mientras habla en un tono de voz
sosegado, casi cotidiano. Con claridad, como a un niño.
—¡No te acerques! No te acerques más —gruñe él, al tiempo que levanta
un brazo. Veo algo que brilla en su mano. ¿Metal? ¿Un arma?
—¡Aina, vuelve a sentarte! Deja que hable Henrik. Henrik, ahora puedes
hablar. Cuéntanos lo que querías decir.
Agito la mano para que Aina recule. No sé si ha visto el arma en la mano
de Henrik, pero comprendo que de pronto nos hallamos en una situación muy
distinta. Un maltratador de mujeres ebrio y agresivo, tal vez incluso un
asesino, que está aquí y quiere ajustar cuentas, y que se ha traído un arma. Lo
único que no logro entender es por qué Henrik está aquí. Tal vez para hacer
daño a Kattis, pero ¿por qué? ¿Por qué no en secreto, por qué se mete con ella
aquí? ¿En público?
—¡Tenéis que escucharme!
Henrik bloquea mi mirada. Implora mi consentimiento.
—Te escucharemos. Puedes empezar.
Aina vuelve a hablar con la voz sosegada y apacible.
—Tenéis que entenderlo. ¡Está loca! ¿Me habéis oído? Loca.
Henrik señala a Kattis con el objeto metálico. Ella vuelve la cara hacia él,
afronta su mirada, parece desnuda. Vulnerable. Desesperada.
Pero no asustada.
—No es quien pretende ser —prosigue él balbuciente—. Nunca la he
tocado. ¿Me habéis entendido? Nunca le he… pegado. Lo juro por Dios. Nunca le he puesto la mano encima a una mujer. ¿Lo comprendéis? Es ella la
que es un monstruo. Que me persigue. Está loca y también os manipulará a
vosotras. Y vosotras…
De pronto se ríe. Primero suelta una risita ahogada, pero esta crece hasta
convertirse en una carcajada de verdad, sonora, descontrolada, se abre camino
a través de su cuerpo y colma la estancia entera.
—Ya os ha engañado. ¿Lo entendéis? —Henrik vuelve a reírse, tanto que
apenas es capaz de hablar, tanto que se ve obligado a inclinarse hacia delante
y se golpea la mano contra la rodilla—. ¿Lo entendéis? Ya os ha… Y vosotras
habéis picado, todas. No puede ser verdad, ¡joder! Ya os ha… ¿Lo entendéis?
Entonces se apaga la risa y se hace el silencio en la sala. Nadie dice nada,
y Henrik no parece saber muy bien qué hacer tampoco. Mira a Kattis y
cuando vuelve a hablar es como si las palabras estuvieran dirigidas a ella, no
para las demás, nosotras somos meras comparsas.
—Susanne está muerta. Yo la quería. La quiero. Y ahora todo se ha roto,
maldita puta. ¿Estás satisfecha?
Ahora llegan los sollozos. Su pena y su dolor, tan fuertes y tangibles.
—Has destrozado mi vida.
Su voz es apenas un susurro y puedo oír el lavaplatos zumbando en la
cocina y los coches que pasan silbando en medio de la lluvia en Götgatan. Es
como si el tiempo contuviera la respiración. En el reloj grande de la pared las
manecillas avanzan lentamente. El sonido de los segundos pasando resuena en
la estancia. Nadie se mueve. Nadie dice nada.
Henrik se ha acercado una silla y se ha sentado. Respira pesadamente, se
retira los mocos y las lágrimas con la manga de la cazadora que cruje cuando
se mueve. Ahora sostiene el arma a la vista de todas. No sé nada de armas. No
sé si se trata de una pistola o de un revólver. No sé de qué marca es ni de qué
calibre. Pienso en Markus, en su arma reglamentaria, que cuida como si fuera
un bebé y que me impide que siquiera la toque. Que guarda bajo llave de
acuerdo con el reglamento.
No sé qué arma es la que tiene Henrik, pero sé el potencial que tiene para
hacer daño. Para matar.
Parece cansado. Como si su vida ya hubiera llegado a su fin. Imágenes de
dramas con rehenes recorren mi mente. Muertos y heridos. El autor del delito
que se suicida. Cuerpos de policía especiales que son emplazados para que
convenzan al secuestrador. Hablar en un tono calmado, establecer contacto,
ser una persona.
Pero los policías tienen que saber que estamos aquí, que Henrik está aquí.
Y nadie lo sabe. Hoy ya no queda nadie en la consulta. Sven se ha tomado el
día libre para ir a su casa de veraneo y, supongo, tener una recaída.
—¿Por qué, Kattis? ¿Y qué demonios estás haciendo aquí con estas
brujas?
Henrik vuelve a mirar a su alrededor y levanta el arma. Sofie solloza de
nuevo y se aprieta contra Hillevi.
—¿Cómo podemos ayudarte, Henrik? Queremos ayudarte. Di lo que
necesitas para que todo vuelva a estar bien. Te escuchamos.
Aina de nuevo. Calmada. Confiada. No hay nada en su semblante que
podría sugerirle a un observador externo que tiene miedo o está preocupada.
—Lo único que tenéis que entender es que está loca y que siempre miente.
De todo. Nada de lo que dice es verdad. ¡Es malvada!
Henrik aúlla las últimas palabras. El intento de Aina de tranquilizarle no
parece que vaya a funcionar. Henrik está en otro lugar, en otra realidad. De
pronto Kattis se pone de pie. Alarga las manos hacia Henrik.
—Lo siento, Henrik. Todo ha sido culpa mía. Ahora lo comprendo.
Kattis. Rostro inexpresivo, mejillas pálidas, ojos grandes.
Veo que está llorando y me gustaría alargar una mano hacia ella,
consolarla.
Se acerca a Henrik con la cabeza gacha. Parece alguien que avanza hacia
su propia ejecución y me pregunto si es lo que planea. Sacrificarse.
Desearía poder impedírselo, detenerla en mitad del gesto, pero no me
atrevo. En algún lugar de mi interior me veo obligada a reconocer que no me
atrevo. Que no estoy preparada para dar mi vida por otra persona.
Lo único que quiero es volver a estar en mi casa. Pienso en la vida que
hay en mi vientre. En la vida que crece allí y que puede llegar a convertirse en
un ser humano.
Un niño.
Pienso en Markus. En sus cálidas manos. En su cuerpo. Su risa. Markus y
un niño. Tan complicado y, de pronto, tan sencillo.
—¡No!
El grito de Hillevi rompe el silencio. Se abre camino cortando el plúmbeo
aire. Se pone en pie y se coloca entre Kattis y Henrik.
—No —repite—. Déjala en paz. Vete de aquí. Vete de aquí.
Henrik mira confuso a Hillevi, como si no comprendiera lo que está
pasando. Hillevi sigue allí de pie. Afronta su mirada y sacude lentamente la
cabeza.
—Tienes que irte ahora. Dame tu arma. Te vamos a ayudar. Nos
ocuparemos de que recibas ayuda.
—Pero no entiendes nada.
La voz de Henrik no es más que un susurro ronco, e intuyo cierto
desánimo en su tono de voz. Su mirada es vidriosa y mira a Hillevi con ojos
casi temerosos. Entonces da un paso atrás y alza el arma.
—¡Detente, joder!
Ya está aquí de nuevo, esa sensación de que el tiempo ha dejado de
existir. Que todos somos prisioneros del momento, incapaces de influir sobre
el curso de los acontecimientos.
Hillevi se acerca a Henrik y dentro de mí todo se hiela.
Henrik está borracho, tal vez furioso. Probablemente esté asustado, es
posible que se haya hecho ideas falsas y paranoicas acerca de Kattis. Si llega
a sentirse amenazado por Hillevi podría pasar cualquier cosa. No debería
acercarse tanto. Debería retroceder.
Kattis se ha detenido y tiene los ojos cerrados. Sofie se ha quedado sola y
desvalida, ahora que ya no tiene a Hillevi en quien apoyarse. Malin y Sirkka
se han quedado en silencio, totalmente rígidas.
De pronto veo a Elin, olvidada en una esquina de la habitación. En la
mano sostiene un teléfono móvil. La pantalla se ilumina débilmente. Me mira
y asiente lentamente con la cabeza y yo entiendo lo que pretende decirme. De
alguna manera, ha conseguido enviar un mensaje. La ayuda está en camino.
Se apresura a esconder el móvil en algún lugar entre la vestimenta negra.
Hillevi levanta las manos como para señalar que es inofensiva. Que no le
desea nada malo. La pequeña Hillevi contra el hinchado gigante Henrik.
Henrik que se ha quedado inmóvil y asombrado la mira con el arma
resplandeciente en la mano.
Entonces…
El segundero da un salto más hacia delante en el reloj de pared. En algún
lugar un coche toca la bocina. El lavaplatos emite un pitido en señal de que ha
terminado su ciclo. Alguien respira hondo. Hillevi da un paso adelante, no es
un paso amplio, no es un movimiento brusco, tan solo un pequeño pero
decidido avance.
El pequeño y delicado cuerpo vestido de negro de Hillevi cae hacia atrás,
sobre la mesa que está en medio del círculo de sillas, tira al suelo la fuente
con bollos y la cajita de Kleenex y con el rabillo del ojo veo cómo los bollos
esparcidos sobre la alfombra marrón absorben lentamente la sangre tiñéndose
de rojo hasta parecer ovillos desmadejados.
Henrik se mira asombrado la mano, como si no alcanzara a comprender lo
que ha ocurrido, como si no fuera consciente de lo que acaba de hacer.
Luego el silencio.
Nunca había sospechado que un disparo pudiera sonar tan alto en una
habitación cerrada.
Ensordecedor.
Ni cómo luego el silencio borra el sonido, colmándolo de vacío.
Colmándolo de nada.
Más tarde. Sonidos. Movimientos. Gente que entra y sale corriendo de la
habitación. Destellos azules que barren regularmente la pared, un reflejo de
las ambulancias y los coches de la policía que están alineados en la plaza. Elin
sentada en un sillón con una manta cubriéndola. La mirada acerada. A su
lado, de rodillas, una mujer amable que le pregunta cómo está. Si necesita
asistencia hospitalaria.
Sirkka, Sofie y Malin, que están sentadas en una esquina, parecen
pequeñas y desvalidas. Kattis, que se ha colocado en otra esquina, y que
conversa con un policía. Está blanca y hay algo rígido y desapacible en sus
movimientos. Sospecho que está en shock.
De pronto alguien posa una mano sobre mi hombro. Me sobresalto
instintivamente. El cuerpo sigue en estado de sobreexcitación. Avisa de
posibles peligros y anima a la lucha o a la huida. Me vuelvo y allí está
Markus, en tejanos y una sudadera con capucha.
—Lo oí. Oí que había habido un tiroteo en una consulta de psicología en
Medborgarplatsen. Vine aquí lo más rápido que pude. Creí que eras tú…
Balbucea y vuelve la cabeza, como para ocultar sus sentimientos.
—¡Joder, Siri! Creí que eras tú quien…
No digo nada. Dejo que me abrace, que me meza como a una niña
pequeña, toqueteo su sudadera, siento la tela moteada. Inspiro el aroma de
Markus, tan familiar y acogedor.
—¡Markus, maldita sea, qué contenta estoy de verte! —Aina está a
nuestro lado. Su cara está roja y embadurnada de máscara de ojos. Está
llorando, pero no parece que se dé cuenta.
—¿Sabes algo? ¿Algo de Hillevi?
Mira intensamente a Markus y yo suelto su cuerpo. No quiero soltarme,
pero me doy cuenta de que debo hacerlo. Doy unos pasos atrás y lo
contemplo. Busco pistas.
—No sé nada o, mejor dicho, solo sé lo que he escuchado en la radio. Que
han disparado a una mujer. El autor del crimen está en libertad, huyó del lugar
de los hechos a pie.
—¿Dónde está?
Miro a mi alrededor. Recuerdo el semblante de Henrik justo después de
disparar. Su cara, como la de un niño que acaba de despertar: desnuda,
cansada e inexpresiva. La mirada que dirigió al arma, casi asombrada. Como
si fuera un juguete nuevo cuyo funcionamiento acababa, precisamente en
aquel momento, de entender.
Y Hillevi.
Estaba echada boca arriba sobre la mesa como un animal a punto de ser
sacrificado. Sus toscas pero pequeñas botas de hombre que colgaban
libremente en el aire, justo por encima del suelo, y la falda negra que se había
rasgado y dejaba al descubierto una pequeña y flaca pelvis.
Parecía una niña pequeña.
Sirkka que se inclinó sobre su cuerpo, que intentó detener la sangre con
sus manos arrugadas.
Sangre.
Por doquier esa sangre que corría, por el suelo, tiñendo la alfombra de
sisal de color arena de un rojo intenso.
—Todavía no lo hemos encontrado, pero solo es cuestión de tiempo. Lo
atraparemos.
Aina mira a Markus. Intenta que asimile lo que hemos visto. Explica lo
que no se deja explicar.
—Tenemos que ocuparnos de ellas.
Señalo en dirección a Sirkka, Malin y Sofie, que todavía están sentadas en
sus sillas. Entumecidas, olvidadas.
—Llegarán camilleros y agentes de policía en breve que se ocuparán de
ello. Son testigos, se ocuparán de ellas. Y también de vosotras, alguien vendrá
para ocuparse de vosotras.
Ahora Markus parece más tranquilo. Está en su terreno. El lugar del
crimen y las catástrofes forman parte de su cotidianeidad.
—Hillevi. Tienes que averiguar qué ha pasado con Hillevi.
Aina vuelve la cabeza hacia Markus. Suplica. Markus asiente con la
cabeza y se dirige a un hombre que parece ocupar una posición de mando. Conversan un rato y veo que Markus se vuelve hacia nosotras. A lo mejor le
está explicando quiénes somos Aina y yo. El hombre habla y asiente con la
cabeza. Sus movimientos y su semblante no revelan nada. No logro adivinar
lo que tiene que decir, ni qué le ha pasado a Hillevi. Markus vuelve con
nosotras. Busco su mirada y no veo nada. Solo su semblante neutro,
profesional. No sé nada, no veo nada, no soy capaz de vislumbrar nada.
Markus nos conduce a través de la sala y nos mete en la cocina, que está
vacía. Nos dejamos caer en las sillas. Mis manos tiemblan. No soporto verlas.
No sé por qué, pero de pronto me siento terriblemente cansada y no tengo
fuerzas para mirar estas manos temblorosas, un recuerdo de lo que hemos
atravesado. Lo que no tengo fuerzas para interiorizar.
—Hillevi fue alcanzada en el abdomen.
Markus nos mira, como para confirmar que lo que está contando es
realmente cierto. Que coincide con lo que hemos visto.
Aina asiente débilmente.
—Sangraba del estómago, muchísimo. Nadie puede perder tanta sangre
sin que…
—Perdió mucha sangre por culpa de la herida de bala. Es cierto.
Markus se aclara la voz. Parece incómodo y de pronto siento un nudo frío
en el estómago. Sé lo que está a punto de decir. Sé que nadie puede perder
tanta sangre y sobrevivir.
—Llevaron a Hillevi al hospital de Söder, donde constataron que había
muerto. Probablemente murió en la ambulancia, pero no la declararon muerta
hasta llegar al hospital. Hay que hacerlo así, no podemos declarar a nadie…
Markus enmudece, como si se hubiera dado cuenta de que no tenemos
fuerzas para escuchar los detalles superfluos como quién declara muerto a
quién y dónde. Aina y yo nos miramos y poco a poco se asientan las palabras.
Hillevi ha muerto.
Estoy acurrucada en el sofá envuelta en mi edredón. Sin embargo, tengo frío.
Siento como si los temblores no fueran a desaparecer nunca. Sobre la mesa
hay una taza de té que Markus me ha preparado. Tal vez espere que el calor
de la bebida me calme.
Al otro lado de la ventana se oye el viento que recorre las copas de los
pinos. Sopla con fuerza y la lluvia golpea contra el cristal en cascadas
irregulares.
Echo de menos una copa de vino. Sé que hay una caja en el armario
encima de la nevera, siempre hay una caja en el armario encima de la nevera,
pero pienso en el niño y sé que debo desistir. Ya no puedo permitirme seguir
bebiendo, a pesar de que el miedo paraliza mi cuerpo, me desgarra por dentro.
El ansia por el alcohol, mucho mayor de lo que hubiera querido admitir, de lo
que me había permitido ver. Pero también sé lo que el alcohol puede hacerle a
un feto y no puedo hacerme culpable de algo así. Pienso en la criatura nonata
que tengo dentro y en el niño que un día perdí y sé que no puedo arriesgarme.
El vino tendrá que esperar. A pesar del ardor en el estómago, el ligero
malestar y el pulso que se desborda. Markus quiere que acepte la oferta de
benzodiacepina que me ha hecho el médico de guardia, pero incluso los
tranquilizantes están proscritos. Nada de alcohol, nada de medicamentos.
Solo negro terror.
Markus se pasea por el cuarto de estar con una energía nerviosa y agitada,
y sé que se bate entre estar en casa conmigo y salir huyendo para perderse en
el trabajo. A pesar de que el asesinato, o el homicidio, de Hillevi no acabará
sobre la mesa de Markus, la responsabilidad de la resolución del asesinato de
la novia de Henrik es de la policía de Nacka, de los colegas de Markus. Y,
naturalmente, hay que investigar la posibilidad de que haya una conexión
entre estos delitos tan distintos entre sí.
—¿Por qué no lo detuvisteis? —Mi voz suena extraña, me cuesta
pronunciar las palabras. Descansan como grandes e incómodas piedras en mi
boca seca.
—¿Te refieres a Henrik? —Markus se ha detenido, el agitado deambular
se ha interrumpido temporalmente.
—Claro que me refiero a Henrik. ¿Por qué no lo detuvisteis? Al fin y al
cabo ya había asesinado a su novia, si lo hubierais detenido, Hillevi no
habría… Y ahora ha desaparecido. ¿Y si nunca lo encontráis?
Me quedo callada. En mi cabeza veo la misma escena una y otra vez.
Hillevi delante de Henrik, intentando llegar a él, el disparo, Hillevi que cae
contra la mesa. Y la sangre. La sangre que corre sobre la alfombra,
mezclándose con los cascajos de porcelana y los bollos de canela. La escena
es irreal, pero a la vez inexorable. Resulta imposible escapar de ella.
—Siri, las cosas no siempre son como parecen. —Markus busca mi
mirada y alarga la mano. Roza cautelosamente mi hombro—. Lo estuvimos
interrogando en la comisaría. Lo contrasté con los colegas. Tenía una
coartada, no pudo matar a la novia. Además, una coartada muy sólida, estuvo
por ahí con los empleados de su empresa de construcción. Diez personas que juran que estuvieron tomando copas con él y cantando en el karaoke. Además,
el personal del bar también confirma que es verdad. Se acuerdan de él, estaba
borracho y un poco pesado, estuvo manoseando a las camareras.
—¿Cómo podéis estar tan seguros? —Me doy cuenta de que sueno algo
hostil, casi agresiva—. Es un conocido maltratador. Kattis me ha contado…
—Me quedo callada, sé que estoy a punto de quebrantar mi voto de
confidencialidad, de revelar nombres y datos que estoy obligada a mantener
en secreto.
—Kattis, ¿es ella su ex pareja? ¿Su ex que también participa en tu grupo
de mujeres maltratadas?
Asiento con la cabeza. Sé que, de todos modos, esto saldrá a la luz. Que la
policía investigará a las componentes del grupo y qué se dijo durante la
sesión. Todo ello para entender y explicar, ponerle palabras a la conducta de
Henrik, encontrar conexiones y vínculos, crear un contexto.
—De acuerdo. Entonces supongo que podemos decir que la versión de
Henrik no coincide del todo con la de Kattis. Él lo niega todo, dice que nunca
le puso la mano encima. Que se lo inventa.
—Pero eso siempre es así. ¿Cuántos maltratadores reconocen que son
culpables y se someten a un castigo o a un tratamiento? ¿Crees que es muy
frecuente? Ni siquiera entiendo cómo puedes defenderlo. Habéis cometido un
gravísimo error, y ahora intentáis ocultarlo afirmando que es inocente.
Noto que el llanto está a punto de sobrevenirme. Las saladas lágrimas
corren por mis mejillas y por mi cuello. Me siento herida, impotente,
desesperada.
—Siri, ¿no has oído lo que te he dicho? Henrik tenía una coartada. No
puede haber matado a su novia. Y la policía no tiene el don de ver el futuro,
no podemos evitar delitos que no sabemos que tendrán lugar. Y, además… —
Markus titubea. Él también está sometido al secreto profesional y soy
consciente de que no puede contarme todo lo que sabe. Que tal vez ya haya
dicho más de lo que debería—. A ver, la agente de policía que le comunicó la
muerte a Henrik dijo que estaba destrozado. Que se derrumbó completamente.
Y dijo que si estaba haciendo teatro, sin duda era la función más lograda que
había visto en toda su vida. Tuvieron que llamar a un enfermero para que le
suministrara un tranquilizante.
—De todos modos, pudo haberlo hecho. Pudo haber contratado a alguien.
Está completamente loco, ¿qué tipo de persona va por ahí con un arma? Que
me persigue por la noche en Medborgarplatsen. Y a quien pretendía hacer
daño era a Kattis, no a Hillevi.
—Siri, lo primero que hacemos cuando encontramos a una mujer muerta
es investigar su situación. Sabemos que el perpetrador más probable es el
marido, la pareja o el novio. Es asqueroso, pero es así. Hemos investigado a
Henrik, hemos repasado su relación con Susanne Olsson. Todo lo que hemos
podido averiguar indica que Henrik es un tipo de lo más normal. Aparte de la
denuncia por malos tratos de su anterior pareja, no tenemos nada. Apenas un
par de multas por exceso de velocidad. No tiene antecedentes penales, cuida
su negocio, es un jefe muy apreciado. Ninguno con los que hemos hablado ha
presenciado ni experimentado ningún episodio de violencia. Todo el mundo
parece apreciarlo, excepto un vecino que piensa que tiene un BMW
demasiado grande y está convencido de que trabaja en negro, lo que
seguramente también hace. Ha perdido un montón de dinero apostando a las
carreras de caballos, pero por lo demás parece ser un tipo de lo más normal.
No teníamos nada que pudiera incriminarle, Siri, nada en concreto. Aparte de
las acusaciones de Kattis. No podíamos saberlo.
Markus abre los brazos en un gesto de disculpa y luego se ponen en
cuclillas y me coge la mano. Me acaricia el pelo.
—¿Y el arma? ¿Por qué tenía un arma? ¿Qué persona normal y corriente
que sea inocente tiene un arma en el cajón de su escritorio? Venga, Markus,
está loco y tú lo sabes.
Me he incorporado en el sofá y me he sacudido el edredón. De pronto me
doy cuenta de que he dejado de tener frío. Es como si el dolor y la rabia le
hayan devuelto la vida a mi cuerpo. Fuera, la tormenta arrecia. La lluvia azota
la ventana y las ráfagas de viento desgarran las ramas y los árboles. También
la naturaleza parece haberse enfurecido por lo que ha ocurrido.
—No sé nada con seguridad, pero es miembro de un club de tiro. Tiene
licencia y todo eso. Parece ser que estuvo compitiendo cuando era joven.
Creemos que utilizó el arma para la que tenía licencia. Si quieres saber lo que
yo creo, Siri, ahora mismo te lo digo. Henrik no mató a Susanne, pero algo
pasó con él cuando le comunicaron su muerte. No preguntes qué, tú lo sabrás
mejor que yo. Se derrumbó, se rompió. Se volvió loco, si quieres. Vio a Kattis
como la cabeza de turco de todas las miserias que le han acaecido.
—¿Kattis? ¡Pero no es posible que crea que ella tuvo algo que ver con el
asesinato de Susanne!
—No sé lo que cree, a lo mejor sintió que ella estaba saboteando su vida
con todas esas denuncias por malos tratos. Y luego pasó lo de Susanne. Creo
que fue demasiado para él, así de sencillo. Que perdió la cabeza. Tú que sabes
de estas cosas, ¿no crees que podría ser?
Me encojo de hombros.
—Supongo que pudo volverse psicótico. Cosas así pasan. Desde luego.
De pronto Markus parece cínico y cansado.
—Siri, la gente habla demasiado, se imagina muchas tonterías. La semana
pasada tuvimos que encargarnos de un suicidio con asesinato. Una madre
soltera que se quitó la vida después de matar a su hija de cinco años porque
estaba convencida de que las perseguía un cártel de la droga sudamericano.
Ya no veía ninguna otra salida. El ex las encontró a ella y a su hija muertas en
el dormitorio cuando pasó para recoger a la niña y pasar el fin de semana con
ella. La madre había obligado a la niña a tomar pastillas y luego se había
atiborrado de ellas. Su médico nos contó que sufría de esquizofrenia
paranoide que mantenía a raya gracias a la medicación. Solo que el problema
era que había dejado de tomar la medicación…
Markus sacude la cabeza.
—Lo que quiero decir es que la gente enferma puede quedarse colgada de
cualquier persona y de cualquier cosa. Y la de tu grupo, Kattis, supongo que
dirá que él la perseguía, ¿verdad? Que tal vez esté obsesionada con ella, que
la ve como la causa de todos sus males. ¿Qué sé yo?
Markus me mira. Una ráfaga de viento parece aferrar la casa. De pronto,
las paredes parecen finas, frágiles, y por un momento creo que la casa saldrá
volando con el fuerte viento. Markus prosigue:
—A lo mejor tienen alguna obsesión malsana el uno por el otro. De todos
modos, no tenemos nada que lo incrimine. Nada en concreto. En general,
tenemos muy poco que sea concreto. Todo lo que sabemos es que fue un
hombre. No hay testigos, aparte de la niña. Pero, por el amor de Dios, una
niña de cinco años… —Hace una breve pausa—. Tampoco tenemos ninguna
evidencia técnica. Es una pesadilla policial. Un asesinato sin aclarar.
Nos quedamos en silencio un rato. Markus carraspea.
—Oye, Siri…
Se retuerce. A estas alturas, ya conozco a Markus, sé muy bien lo que
ahora vendrá. Afronto su mirada. Ese semblante tranquilo, sincero e inocente,
el arquetipo del policía atento y simpático. Sin embargo, también veo el
indicio de bolsas bajo los ojos, la barba y la ropa que apenas es una pizca más
descuidada de lo normal. Markus está agobiado por lo que pasa entre
nosotros. El juego que parece tener vida propia, del que ni siquiera yo tengo
acceso a las instrucciones y las reglas.
—Tenemos que hablar. De nosotros.
—Supongo que sí.
Mi respuesta viene rápida, porque sé que Markus tiene razón. Tenemos
que hablar. Lo que le ha pasado a Hillevi, y aquellos dolorosos y lentos
minutos en la consulta con Henrik. La sola idea de que todo pudiera acabar
allí, en ese mismo instante. La angustia y el terror. De pronto, las cosas
adquieren otra perspectiva. Todavía sigo sin saber lo que quiero, si quiero
vivir con Markus. Sin embargo, la sola idea de perderlo se hace a su vez
insoportable. Y luego el niño, el niño que ha elegido quedarse dentro de mí.
Sin que estuviera planeado, de forma sorpresiva, abrumadora.
—Siri… Llegué a creer que eras tú. Que estabas herida. Y todo el tiempo
pensé que tenía que decírtelo. Que quiero que al menos lo intentemos. Que
también es mi hijo. Que la verdad es que creo que te quiero y que quiero estar
contigo. Querida Siri, no me dejes fuera.
—No te puedo prometer nada. —Miro a Markus, lo miro a los ojos—. No
puedo prometerte nada, pero podemos intentarlo.