Un amor
Capítulo 7
—Aquí se está mucho mejor —dice mamá, sentada en la silla que está junto a la del pasillo, que sigue desocupada. Yo estoy a su derecha. A petición suya, he dejado la chaqueta en la que tengo al lado, reservándosela a Silvia, que entra justo en este momento y que, en cuanto nos localiza, empieza a gesticular desde la puerta indicándonos que nos hemos equivocado de lado.
En cuanto la ve, mamá se vuelve de espaldas como si la cosa no fuera con ella y saluda a la pareja de amigas de Magalí que tenemos sentadas detrás.
—Hola —dice, iluminándolas con su mejor sonrisa.
Ellas le devuelven el saludo, en el que me incluyen también a mí, y enseguida se hace un silencio incómodo, uno de esos paréntesis de vacío con los que mamá no suele sentirse a gusto y que la llevan a decir cosas como:
—Qué bien, ¿no?
Las dos mujeres recorren durante una fracción de segundo la fría sala con la vista antes de desviarla hacia mí, visiblemente descolocadas. Luego asienten tímidamente y sonríen, no más cómodas que ella.
—Es que las bodas, ya se sabe —insiste mamá, por decir algo. Y, como desde la retaguardia sigue sin llegar ninguna respuesta, añade—: Yo soy Amalia, la madre de Emma. —Me pone la mano en el brazo y dice—: Él es Fernando, mi otro hijo.
Silencio. Pero mamá no se rinde. Las dos chicas la miran con desconfianza, fijándose sin demasiado disimulo en el anorak gastado, los Crocs negros y el pelo rubio-blanco que mamá intenta ahuecarse con las manos, sin demasiado éxito, desde que nos hemos sentado.
—Es director de cine —miente—. Y más bueno... —vuelve a la carga, acariciándome el brazo. Antes de darme tiempo a corregir la información que acaba de soltar y aclarar que de director de cine nada y que, como mucho, doblador de grandes producciones norteamericanas que nunca iría a
ver al cine, mamá se dirige a la chica que tiene el pelo largo y lleva un fular de algodón blanco sobre los hombros y remata con una voz que quiere ser cómplice—: Por lo menos, si pasa algo, ya tenemos a un hombre en la sala que nos defienda, ¿eh?
El comentario descoloca a las dos chicas y también a mí. Por fin, ante la insistencia de mamá, ellas deciden presentarse. Son, según nos dicen, Lola y Almudena. La respuesta ilumina a mamá, que por fin ha encontrado la veta de luz que la saca de su oscuridad, mientras en la puerta Silvia sigue haciéndonos señas para que nos cambiemos de sitio y ocupemos el lado que nos corresponde.
—¡Ah, Lola! —trina mamá encantada, mirando de reojo hacia la puerta. El silencio de Lola es, de nuevo, erróneamente interpretado por mamá, que, ante la tensión que ahora la invade, prefiere no esperar a que llegue una respuesta—. Mi tía se llamaba así. ¿Te acuerdas de tía Lola, Fer?
¿La hermana del abuelo Fran? —No sé qué contestar, la verdad, pero mamá sigue a lo suyo—. Lola, Manola, Po... chola... —vuelve enseguida a la carga— son nombres muy de aquí. Y muy... transversales, ¿verdad, hijo? —
dice, volviéndose hacia la tal Almudena con cara de «mujer mayor que ha vivido hace un guiño cómplice a jovencita inocente que seguramente agradecerá el detalle».
—Es Lola, de María Dolores —piafa entre dientes la mujer, con cara de estar muy poco contenta con el rumbo que está tomando la conversación.
Mamá parpadea y se pasa un pañuelo de papel por el ojo, frotándoselo sin miramientos. Es un gesto que repite a menudo. Desde que tiene problemas con los lagrimales, el derecho le llora constantemente. Acto seguido, se apoya en el respaldo de la silla, se inclina peligrosamente hacia Lola y la estudia durante unos segundos con atención desde detrás de sus bifocales de concha.
—Ay, perdona, Lolita, hija —empieza, poniendo los ojos en blanco y acompañando ese «ay» suspirado con un mohín de pesar con el que no conmueve a ninguna de las dos chicas—. Haberlo dicho, mujer. Si es que una ya no está para adivinar, y menos con mi edad. —Un nuevo suspiro de mujer mayor y la consiguiente aclaración—: Cuando te sacan de tu zona de
confort, si no te falla una cosa, te falla la otra. Fíjate si veo poco que anteayer dejé a Shirley atada en la puerta de la panadería y cuando salí me llevé a otro perro... —terminó, dándole un beso a Shirley en la cabeza.
Afortunadamente, no hay tiempo para más. Delante de nosotros, por el pequeño espacio que media entre las filas delanteras y el estrado, Emma y Magalí entran en la sala, seguidas de una mujer bajita y flaca que debe de rondar los sesenta, con el pelo de color caoba y cara de haber tenido días mucho mejores. Silvia nos lanza una última mirada asesina desde la puerta y, por fin, cuando parece que está a punto de instalarse al otro lado del pasillo, se rinde y, maldiciendo por lo bajo, viene hacia nosotros y ocupa la silla que está junto a la mía al tiempo que mamá vuelve a mirar el asiento que tiene a su izquierda y dice:
—A lo mejor aparece en el último momento y nos da una sorpresa.
No ha sido una pregunta como tal, pero sé que en el fondo espera una respuesta. Decido no mentirle.
—Con tía Inés nunca se sabe, mamá —le digo—. Aunque yo no contaría con ello.
Me mira, extrañada, como si no me hubiera entendido o como si hubiera oído mal mientras coge despacio a Shirley de la silla, la deposita en su regazo, haciendo caso omiso de los gruñidos que recibe a cambio, y se encoge levemente de hombros.
Viéndola así, con Shirley en brazos y tan diminuta en la inmensidad de la sala, siento un pequeño escalofrío de emoción que no sé si es ternura, pena o cariño, o quizá una mezcla de las tres cosas, porque durante una fracción de segundo veo superponerse ante mis ojos una miríada de versiones distintas de la Amalia que conozco desde que tengo recuerdo y que me reconectan con los incontables niveles, planos, circunstancias y edades de la mujer que mamá ha sido hasta llegar aquí. Y mientras las distintas instantáneas de mamá desfilan como un PowerPoint sobre una pantalla, entiendo que todos, mamá incluida, somos muchas cosas a la vez: grandes y pequeñas verdades, grandes y pequeñas dudas, niveles solapados de bondad, supervivencia, imaginación, carencias y ganas de que los nuestros estén con nosotros, de que no dejen de sentirnos nunca parte importante de nuestra historia común, del laberinto compartido que
habitamos. Y eso me lleva a pensar en tía Inés y a echarla de menos, porque ella, más que nadie, tendría que estar hoy aquí, al lado de mamá, con su abrigo de pelo de camello, los mocasines de ante negro y los pantalones sastre, enjuta y arrugada, con esos ojos azules vigilantes y las facciones cerradas, celebrando e invocando con nosotros la buena suerte de Emma. Y
sé que para ella no ha sido fácil no participar, que debe de estar en su casa debatiéndose entre lo que le dicta la cabeza y lo que le pide el corazón, o quizá en misa, rezando por una unión que su iglesia le impide bendecir, y sufriendo, sufriendo porque una parte de ella lo hace desde siempre, sufre bien, la educaron en eso. La echamos de menos en la sala, yo y todos los que la hemos hecho nuestra, y su ausencia pesa porque, a pesar de no ser hermana de mamá y de que no haya sangre compartida, es más familia de lo que fueron muchos que tuvieron ocasión de serlo por nacimiento y no supieron. Porque se lo ha ganado a pulso.
Mamá es parte de ese pulso, y lo es con sus luces y sus sombras, con ese pelo rubio en el que a pesar de sus setenta y tres años ya no habrá canas porque nació con ellas, con sus cejas invisibles, la visión periférica anulada y las gafas de concha de cristales gruesos que se deja olvidadas siempre que puede y cuyos cristales se apagan con la luz. Mamá es la mayor parte de nosotros, el retal más grande de este patchwork que tejemos y destejemos desde que lo hacemos juntos y desde aquí.
Mamá espera a su amiga, y seguirá haciéndolo, manteniendo viva la esperanza, hasta que la última persona abandone la sala y no le quede más remedio que aceptar su ausencia. Lo sé porque la conozco bien. Después, en cuanto salga, la pena ya no estará, será pasado y se quedará aquí. Eso es algo que ella maneja bien desde que papá dejó de marcarle los tiempos con su mala sombra y sus amenazas veladas: la pena cuando hay pena, el dolor cuando hay dolor. Más allá, no. Más allá está lo otro, lo que importa es el ahora. Y el ahora lo determinan en este momento Emma y Magalí, que por fin se retiran de la mesa, toman asiento en las dos sillas que están a la derecha de la jueza y se hace el silencio.
—Pero, Fer... —dice por fin mamá, inclinando la cabeza hacia mi hombro—. No me refería a Inés.
Me vuelvo a mirarla.
—¿Ah, no?
Durante un instante me puede la confusión y ella, que se da cuenta, me aprieta el brazo con la mano al tiempo que unos segundos de toses, carrasperas y algún que otro comentario silenciado de última hora se reparten entre las invitadas, y cuando va a responderme, la jueza, que se ha tomado unos minutos para repasar desganadamente los documentos que tiene delante, termina de comprobar que todo está en orden, se quita las gafas, las deja encima de los papeles, entrelaza los dedos de las manos para apoyar sobre ellos el mentón y, después de un intento de sonrisa que sale más bien torcido, inspira hondo, preparada para hablar.
Y es entonces, en ese microparéntesis de silencio sepulcral, salpicado por los gritos que llegan desde la fuente de la plaza, cuando me asalta el recuerdo de anoche y de la mirada grave de tía Inés mientras cada uno se tragaba en silencio esa tercera coincidencia que no podía esperar a hoy y que, desde el momento que decidimos convertirla en secreto y ocultársela a mamá, algo ha desmembrado entre nosotros. «No decir también es traicionar.» Eso decía la abuela Ester cuando éramos pequeños y sabía que le ocultábamos algo por miedo a que nos castigara. Nos decía eso y muchas otras frases lapidarias que nosotros no entendíamos pero que nos hacían dudar, porque sonaban a cosas serias, de adultos. A verdad de abuela.
Anoche, cuando pactamos no decir, me acordé de ella. Me acordé de su voz, de su forma de mirar a mamá cuando creía que ella no la veía, con esa mezcla de ternura y de preocupación que no la abandonó nunca, y me acordé también de ese consejo que siempre repetía y del que los que quedamos a menudo echamos mano tarde y mal: «Cuando dudes, cuando de verdad dudes, para y hazte una pregunta —decía—. Pregúntate cómo empezó todo». Luego hacía una pausa pequeña, como si en realidad hablara consigo misma, y añadía con una voz distinta: «Hasta que no encuentres la respuesta, no decidas». Eso decía y eso hacía, y eso es precisamente lo que mamá ha heredado de ella, un ritmo lento para tomar decisiones que a papá lo exasperaba, muchas veces sacando de él su peor genio. En una ocasión, durante una comida de cumpleaños en casa de los abuelos, mamá y él discutieron precisamente por eso, y aunque papá estuvo más o menos contenido, la situación no fue fácil. En pleno arrebato de impaciencia,
cometió la torpeza de llamar «débil mental» a mamá porque ella llevaba un mes intentando decidir si se iba una semana con nosotros en verano a un hostal en los Pirineos o, por el contrario, nos quedábamos en casa con él,
«para que no te quedes tanto tiempo solo». Cuando, al final de la discusión, la abuela se levantó y fue a por los cafés, nos sorprendió volviendo a la mesa con una bandeja vacía.
—¿Y los cafés, Ester? —preguntó el abuelo, que preparaba ya el puro que se fumaba después de comer.
La abuela sonrió y dijo:
—Iba a servirlo en las tazas blancas, y de repente se me ha ocurrido que podríamos estrenar las del juego nuevo que me ha regalado Amalia.
Pero, claro, luego he pensado que habría que lavarlas porque están nuevas y tardaría demasiado.
El abuelo la miró, sin entenderla.
—¿Entonces?
—Que no me he decidido.
El abuelo sostuvo el puro en alto. La abuela tenía una mirada brillante, extraña, y él pareció preocupado. Le puso la mano en el antebrazo.
—¿Estás bien?
Ella lo miró.
—Perfectamente. Solo estoy... —se volvió hacia papá— indecisa —
dijo—. Y es una pena, porque como es mi cumpleaños y quien sirve el café en esta casa soy yo, hoy no habrá café.
Papá dejó la servilleta encima de la mesa y soltó un suspiro de mal humor. Sabía que la escena estaba íntegramente dedicada a él, como sabía que en esa pequeña batalla en particular de la guerra de guerrillas que libraba desde hacía años con ella, la abuela le había pillado con la guardia baja. No le gustó.
—Quizá será mejor tomar el café en casa —dijo, mirando a mamá y empujando su silla hacia atrás, arrastrándola por el parqué.
La abuela siguió mirándolo durante una fracción de segundo y, volviéndose hacia mamá, que estaba sobrecogida por la tensión, dijo:
—Quizá no decidir sea también decidir.
Decidir. Dudar. Arriesgar. Desde que papá desapareció de nuestras vidas, la duda, la indecisión y el miedo dejaron de ser tabú y los sumamos al rompecabezas que tuvimos que armar juntos para que mamá no se deslavazara y se nos perdiera por el camino. Han sido ocho años de muchas cosas, de reaprender a tratarnos, a vernos, y de recolocar el organigrama familiar para que cada uno encajara cómodamente en el nuevo orden. Si la abuela me preguntara ahora «¿Cómo empezó todo?», la respuesta, la automática, sería que con el divorcio de papá y mamá, y seguramente todos estaríamos de acuerdo, porque en gran medida esa es la verdad. Gran parte de lo que hemos reaprendido a ser hasta ahora empezó ese día, es cierto.
Pero seguramente la abuela me miraría como cuando esperaba algo más porque sabía que no le estabas contando toda la verdad y diría, inclinando a un lado la cabeza: «¿Seguro, Fer?». Y yo callaría como calla ahora la sala a nuestro alrededor, esperando que empiece la ceremonia, suspendidos todos en esta especie de espera que es más bien demora y que mamá, que durante este último minuto parecía sumergida en su propio mundo, triza de repente, levantando la cabeza y diciendo en un tono de voz que rebota contra las paredes lisas de la sala como un redoble de ecos:
—No, hijo, no me refería a Inés —dice—. Ya sé que no vendrá. Si las niñas se hubieran casado por la iglesia, habría sido distinto. Pero, claro, como os empeñáis en no mentir, pues ya está. Solo con que no le hubiéramos dicho al cura que eres gay, estaría todo solucionado. Aunque, ahora que lo pienso, mejor que no, porque creo que a la iglesia no dejan llevar perros. —Hizo una pequeña pausa para tomar aire y terminó—: No, no, no. Me refiero a tu chico. A Esbién. ¿No dijiste que si terminaba temprano en el trabajo igual le daba tiempo de llegar?
En la mesa, la jueza se vuelve hacia nosotros —como lo han hecho el resto de las presentes, incluidas Magalí y Emma— y por primera vez repara en mamá. Estupor. Lo que resume su expresión es una mezcla de eso y de un evidente fastidio por el comentario, cuya estela rebota aún contra las paredes de la sala. A mi lado, mientras siento que me arde la cara, Silvia se inclina hacia delante para lanzarle a mamá una mirada matadora que ella ni siquiera ve y le susurra, intentando no gritar.
—Mamá, ¿puedes hacer el favor de callarte?
Mamá la mira, sorprendida, y luego, al volver la vista hacia delante cae en la cuenta de que de pronto se ha convertido en el foco de todas las miradas, entre ellas la de la jueza, que no puede evitar seguir estudiándola de arriba abajo como si tuviera delante a un alien a punto de saltar sobre ella y mamá, que reconoce perfectamente esa mirada, porque es la misma que la acompaña desde siempre, se encoge un poco sobre sí misma, atribulándose.
—Le pido que me perdone, señora jueza —se disculpa enseguida, acunando a Shirley—. Son los nervios. —Y como la jueza no termina de reaccionar, mamá decide explicarse mejor—. Cómo será que esta mañana tenía tanta taquicardia que me he tenido que tomar un Redoxon.
Justo entonces, mientras el estupor general sigue intentando asimilar la presencia de mamá, vuelve a visitarme la pregunta de la abuela: ese
«¿Cómo empezó todo?» que me lleva a pensar en cómo hemos llegado hasta aquí, a esta boda, a esta Emma que vivió en su día la muerte en directo de su primera novia y a la que habíamos dado por perdida y que ahora sonríe como hace años que no la veíamos hacerlo; a mamá, con sus ganas de vivirlo todo, de seguir estando y de participar de lo poco que la vida le ha dejado; a Silvia, siempre cerca y vigilante, sufriendo por anticipado el dolor de los demás para no hacerle sitio al propio... cómo hemos conseguido recuperar el rumbo de mamá y sacarla a flote, viniendo de donde venimos, y dónde cambió nuestra suerte, qué es lo que nos ha hecho volvernos así y sobrevivir así y cuál es nuestro punto de partida en esta última etapa del mosaico familiar.
Sentado junto a mamá en la frialdad de la sala mientras la jueza sigue mirándola sin dar crédito a ese plumífero viejo coronado por una mata de rizos blancos que no calla, me acuerdo, no sé por qué, del imán que tiene en la puerta del congelador de su casa. Es un cuadrado desconchado de porcelana barata que en su día alguien le trajo de un viaje —creo que fue Silvia— y que ella usa para sujetar los vales de descuento del súper. Sobre la porcelana blanca, en minúsculas, pone: «A grandes preguntas, pequeñas respuestas».
Y de repente lo que siento es un golpe seco y sordo en eso que mamá llama «la pituitaria del esternón», porque veo la respuesta a la pregunta de la abuela. Veo el cómo y veo también el primer eslabón de ese vuelco en la rutina familiar que nos pareció nada y que, visto y vivido con el tiempo, fue el que cambió la suerte y también todo lo demás.
La respuesta a la gran pregunta de cómo y cuándo la vida de mamá despertó de nuevo —y su ilusión tiró con ella de la nuestra— es tan pequeña que durante un instante respiro bien, inhalando y exhalando solo aire y lucidez, porque ahora sé que el momento exacto en que esta familia volvió a encajar en el espacio que todavía nos queda fue uno y solo uno.
Si la abuela Ester estuviera aquí, sentada a mi lado, esperando mi respuesta con esa expresión suya de falsa paciencia y con ese ese brillo en la mirada, de mujer que ya lo ha vivido todo pero que quiere seguir viendo la vida en los ojos de los suyos, me inclinaría hacia ella y le diría al oído:
—Todo empezó la noche que ingresamos a mamá en urgencias.
Ella haría rodar con el pulgar las dos alianzas de oro que llevaba siempre en el anular. Despacio, muy despacio, como si contara en silencio los segundos con cada vuelta completa, preguntaría:
—¿Por qué?
Yo me tomaría unos segundos para reunir el valor suficiente y por fin le diría, de nuevo al oído:
—Porque esa noche entendimos que algún día nos quedaremos huérfanos de ella.
Ella seguramente sonreiría, encantada con ese juego de pregunta y respuesta que solo compartía conmigo y con el que, durante sus últimos días en la clínica antes de dejarnos, pasábamos algunos ratos muertos.
Luego esperaría un instante e insistiría:
—¿Estás seguro? —Dejaría pasar un par de segundos antes de volver a preguntar—. ¿Estás seguro de que fue ahí cuando empezó todo?
Yo dudaría. Las preguntas de la abuela eran a menudo así: balas de fogueo que encerraban un ruido familiar con el que despertaba cosas que ya no volvían a encontrar descanso. La abuela era una mujer sabia porque solo hacía las preguntas cuya respuesta conocía.
—Quizá no fue ahí cuando todo empezó —diría entonces, encantada al anticipar el efecto que su frase provocaría en mí—. Quizá fue simplemente cuando todo cambió.
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