Un amor

Alejandro Palomas · Capítulo 12 de 28

Páginas del PDF

Un amor

Capítulo 3

Los principios, siempre los principios.

Tía Inés y Sven llegaron prácticamente a la vez. Aunque, más que una llegada, lo de tía Inés fuera una reaparición, el impacto que los dos provocaron en el rompecabezas familiar, y especialmente en mamá, marcó un antes y un después que mucho tiene que ver con la verdad de lo que hoy, en este momento, vivimos. Tía Inés reapareció en escena sin avisar. Un día abrimos una puerta y allí estaba, sentada junto a mamá, como si sus siete años de ausencia no hubieran existido. Volvió y se quedó. No podría explicarlo mejor, porque adornarlo sería mentir. Pero su regreso resultó ser algo más: una pared de doble fondo que dejó al descubierto un universo de siete años paralelos que todavía hoy sigue maravillándonos.

Lo de Sven fue distinto. Sven fue el resultado lógico de una ecuación perfecta: lo que explica a Sven es un viaje a una ciudad desconocida, el factor sorpresa y la torpeza por la falta de uso. Quizá no mentiría si dijera que apareció en mi vida porque me pilló confiado y con la guardia baja, después de casi ocho años atrincherado contra las relaciones y contra los hombres porque el último había dolido demasiado y desde entonces yo me había prometido que ya no más. La cicatriz de mi ruptura con Andrés seguía tan mal suturada que una pieza del mecanismo que habitualmente nos cura los desamores para que la vida enseñe alguna carta nueva se había quedado encallada entre el tiempo y la confianza y yo no había encontrado el modo de repararla. Después de él había optado, como lo había hecho Emma en su día, por vivir en lo seguro: a un lado el trabajo, al que cada vez dedicaba más tiempo, y al otro mi gente, ese microuniverso de pequeños planetas seguros e inofensivos donde, aparte de algunos amigos y colegas de profesión, habitaban mamá, Silvia, Emma, Shirley y también Rulfo.

Seguramente, si no hubiera habido viaje no habría habido Sven, aunque cómo saberlo. Y es que a veces, cuando viajamos a un destino desconocido,

relajamos la vigilancia sobre lo cotidiano para centrar la atención en las sorpresas, en lo nuevo y en esas pequeñas emociones que a veces se despiertan con lo que no es rutina. Miramos distinto, respiramos distinto y también invocamos, en mayor o menor medida, un poco de aventura que nos dé la medida y el valor de la vida que somos. El viaje despista, y no hay nada ni nadie más atento al despiste que la propia vida, la de verdad.

En cualquier caso, si tuviera que concretar en qué momento lo mío con Sven pasó de ser un encuentro fortuito de una noche a convertirse en una parte fundamental del imaginario familiar, cuál fue el principio exacto, el desencadenante de todo lo que ha ocurrido después, mi respuesta sonaría a algo parecido a esto:

—La culpa de lo de Sven la tuvo un móvil.

Lo diría así: «la culpa de», y no «lo que pasó con» o «el porqué de».

Usaría esas palabras exactas y también estaría diciendo la verdad.

Pero la verdad es como una muñeca rusa llena de otras verdades más pequeñas que a menudo encierran una miríada de detalles, fechas, cifras, letras... un ADN completo de lo que hubo primero, de la bala que lo disparó todo y en cuyo casquillo el fabricante graba siempre a mano el mismo lema:

«Lo que remueve la emoción no son las verdades, sino las ganas de que no duelan. Por eso la mentira es tan humana».

Un móvil. Eso fue exactamente. El objeto. Lo concreto. Y aun hoy lo digo mentalmente con la boca pequeña, porque intuyo que si la abuela Ester estuviera aquí y me oyera responder así inclinaría a un lado la cabeza, arquearía una ceja y yo entendería, con ese simple gesto, que la verdad no es esa, sino otra anterior. «Las verdades están siempre detrás», decía. «Y

abajo. Muy abajo. Como las semillas: en lo oscuro, para seguir vivas.» La abuela sabía de verdades como solo saben las abuelas viudas que, huérfanas de un futuro en compañía desde muy pronto, recibieron una bala cuando aún no les tocaba y desde entonces aprendieron a reconocerlas en los demás, en los suyos. Veía porque escuchaba bien, puesta la atención en lo que no era ella, y era eso precisamente lo que la situaba siempre en el centro del círculo —del nuestro— cuando todavía vivía, y es lo que sigue manteniéndola todavía ahí ahora que ya no está: no se miraba porque nosotros éramos todo el paisaje que la ocupaba. Ella ponía la vista y

nosotros la visión. Ella giraba en el centro del círculo como un faro, cada vez más despacio a medida que los años iban oxidando la mecánica del movimiento, iluminándonos para descubrirnos en la debilidad, humanizándonos.

«¿Y antes? ¿Qué había antes», preguntaría. Luego me daría mi tiempo, todo el que necesitara, para buscar. Apartaría el foco y me devolvería la intimidad. «Siempre hay un antes —decía—. Busca.»

Sven y tía Inés. El antes de los dos fue mamá, esa es la verdad. Y

también la enfermedad, esa nube negra y sucia que se instaló entre nosotros, lenta y silenciosa, impregnando el aire de partículas invisibles que no percibimos hasta que nos dimos cuenta de que no había oxígeno en lo que respirábamos, sino tensión, desconfianza y sobre todo miedo. Llegó el miedo, sí. Con la enfermedad entendimos que mamá no era eterna, que cualquiera, incluso nosotros, estábamos expuestos a la orfandad, y esa toma de conciencia, ese contacto con la amenaza de su ausencia, varió el rumbo del viaje más o menos tranquilo que habíamos emprendido hacía ya unos años con la deserción de papá.

Todo empezó con unas leves molestias urinarias: dolor, escozor, una pequeña infección sin importancia que tratamos con el antibiótico de turno y que desapareció tal como había llegado. Al poco, las molestias regresaron, pero fueron distintas, menos específicas, menos agudas.

Gradual, el de mamá fue un proceso tan gradual que cuando todo por fin estalló y la inquietud se tiñó de alarma, fue casi demasiado tarde. Médico de cabecera primero, urólogo después. «Cosas de la edad», nos dijo. Mamá orinaba con más frecuencia que antes, a veces con dolor. «Quizá un poco de arenilla acumulada, el albinismo agudiza algunas patologías, nada de que preocuparse.» Pruebas. Ecografía. Análisis. «No hay infección. Vejiga caída. Eso lo explica. En los casos más molestos y extremos, existe la posibilidad de operar, aunque no siempre con éxito. De momento no merece la pena.» Nos quedamos más tranquilos. Mamá también. La medicación hizo su efecto y volvió la calma, al menos durante unas semanas. Pero pronto regresaron los desajustes. Mamá tenía que orinar cada tres o cuatro horas y la frecuencia se había hecho extensiva a la noche. Se levantaba varias veces. Mal dormir. Mal sueño. El urólogo insistió en que el

tratamiento funcionaba. «Probablemente no sea tanto un problema de vejiga como de algún otro órgano. Os aconsejaría un internista.» El mensaje no verbalizado era: «Quizá el origen no sea urológico. De ser así, no pertenece a mi campo. Llamad a otra puerta». Y eso hicimos. Pedimos hora con un internista recomendado por una amiga de Silvia, que, después de examinar a mamá, nos recomendó a un urólogo-ginecólogo de su confianza. Este, después de visitar a mamá, nos dio exactamente la misma explicación que el primero, con lo cual nos vimos de nuevo en el punto de partida, con el agravante de que, con el paso de las semanas, mamá ya no solo tenía que orinar constantemente, sino que, en ocasiones, las ganas de hacerlo eran tan repentinas y tan intensas que tenía que hacer mil y una maniobras para poder llegar al baño a tiempo.

Insistimos. Buscamos, preguntamos y llegamos a un tercer urólogo, este especialista en gente mayor. Para entonces, no había ya día en que mamá no se hiciera pipí encima en algún momento. Las compresas que usaba desde hacía unas semanas no servían, porque a veces los episodios de incontinencia eran incontrolables y la empapaban entera. Ella estaba tan avergonzada y tan angustiada, se veía de pronto tan mermada y ridícula, que empezó a cambiar disimuladamente sus hábitos para evitar situaciones no deseadas. Salía lo justo y, cuando lo hacía, se aseguraba siempre de que hubiera un bar cerca con un baño a mano que pudiera sacarla de un apuro que ella había empezado a asumir como inevitable. Decidimos cambiar de médico una vez más, pero mamá se negó.

—No quiero más médicos —dijo—. Estoy cansada.

No solo estaba cansada. A medida que el deterioro físico parecía haber llegado para quedarse, mamá iba dando señales de un cambio más sutil y a la vez más preocupante que no afectaba tanto a lo fisiológico como a lo emocional. Vergüenza, se avergonzaba de sí misma, de verse así, mayor e incontinente, y la vergüenza trajo consigo una tristeza que ella intentaba disimular con su peculiar sentido del humor y con sus ganas de no preocupar, pero que asomaba a retazos cuando no tenía ánimos para fingir.

Empezó a comer menos y mal: solo cocinaba cuando íbamos a verla. Si estaba sola, comía cualquier cosa precocinada. Lo más inquietante, lo que nos puso en alerta y exigió una solución inmediata, fue que dejó de leer,

ella, a la que, desde pequeños, siempre le hemos oído decir que si hubiera podido volver a estudiar lo que más le habría gustado en el mundo habría sido ser bibliotecaria para vivir con la seguridad de que, aunque no hubiera para comida, jamás faltaría un libro en casa.

—Es que no me concentro —dijo—. Empiezo una página y cuando llego a la siguiente ya no me acuerdo de lo que he leído. No puedo continuar.

Desidia. Llegó entonces la desidia: cosas que hasta entonces eran motivo de alegría dejaron de serlo y mamá se volvió quejica e irritable. El carácter empezó a cambiarle, y con él cambió también su interés por lo que la rodeaba. Preguntaba menos, no quería saber nada. Empezaba las conversaciones animada, pero pronto dejaba de escuchar. Estaba, pero no era. Continuaba rodeada de la voz incansable de los transistores que hablaban, y siguen haciéndolo todavía, en todos los rincones de su casa, pero si le preguntábamos qué escuchaba, no sabía qué contestar.

Mamá se apagaba, y esa nueva versión que ni siquiera habíamos visto en los peores momentos de nuestra historia común nos preocupó tanto que decidimos que la mejor opción era llevarla a un psicólogo. Cuando se lo propusimos, bajó la vista y negó con la cabeza.

—Yo no quiero un psicólogo —dijo—. Lo que quiero es dejar de hacerme pipí.

Hablaba en serio. No hubo psicólogo y tampoco hubo forma de convencerla de que no tirara la toalla. Mamá se abandonaba por días, rabiosa con su suerte porque de repente no entendía por qué a ella, ahora que por fin había encontrado la paz y disfrutaba de una vida tranquila con los suyos. De pronto no veía más allá del «por qué a mí», y esa miopía la sumía en una autoflagelación constante que le impedía actuar y, lo que es peor, dejarse ayudar. Había decidido que Amalia no cooperaba si la vida no cooperaba con Amalia, y, cuando le pedíamos que pusiera de su parte para salir del pozo en el que estaba cada vez más hundida, aparecía su versión más difícil y nos daba con la puerta de su desazón en las narices.

Le propusimos que accediera, por última vez, a ver a un urólogo del que nos habían hablado maravillas. No hubo manera. Por mucho que intentamos razonar con ella, engatusarla, chantajearla, manipularla y hasta

amenazarla, no dio su brazo a torcer.

—No pienso volver a ver a un urólogo en mi vida —fue todo lo que dijo.

Y así fue. No hubo más urólogos. Mamá siguió con sus pérdidas y nosotros nos replegamos, después de acordar que quizá dándole un respiro terminaría por entrar en razón. Ya no sabíamos qué hacer. Decidimos esperar y vigilarla de cerca mientras buscábamos alguna alternativa, una nueva vía que quizá no hubiéramos explorado aún. Afortunadamente, la solución tardó menos en llegar de lo que habíamos imaginado y lo hizo de la mano de una compañera de trabajo de Emma. Al parecer, su tía había tenido un episodio parecido al de mamá, con complicaciones parecidas, y antes de pasar por quirófano como le había recomendado su ginecóloga había consultado a un naturópata del que le había hablado su monitora de Pilates.

—Una joya —fue lo que nos dijo—. A mi tía le ha salvado la vida.

Se lo comentamos a mamá.

—¿Uno de esos que te ponen las manos? —fue lo primero que dijo—.

¿Me va a prohibir el chocolate?

—No digas tonterías, haz el favor —saltó Silvia—. Es un médico espectacular. Te va a encantar, ya verás.

—¿Y tú cómo lo sabes?

No fue fácil. Durante un par de días mamá se defendió con uñas y dientes como una niña testaruda hasta que a Emma se le ocurrió la genial idea de enseñarle un vídeo de YouTube donde aparecía el doctor participando en una entrevista-coloquio sobre los efectos de los líquidos y de los antibióticos en la depuración del riñón y eso lo cambió todo.

—¿Es este? —preguntó mamá sin ningún interés en cuanto le puse la tableta delante y le di al play. Estaba tumbada en la cama con cara de sueño, a punto de echarse la siesta, con Shirley instalada encima del almohadón en el que ella apoyaba la cabeza.

—No —le dije—. Espera un poco. Sale ahora, mira.

Mamá siguió sin apartar la vista de la pantalla hasta que el presentador anunció la presencia en la mesa del doctor Flores, que apareció en pantalla un par de segundos más tarde, uno menos de lo que tardó ella en coger la

tableta con las dos manos y pegársela a la cara para ver bien y asegurarse de que su primera impresión no era incorrecta.

Durante un rato, en la habitación de mamá solo se oyeron la voz pausada y grave, ligeramente hipnótica, del doctor y los ronquidos no tan pausados de Shirley sobre el almohadón. Luego, mamá asomó la cara por detrás de la tableta y dijo:

—Santo Dios bendito. Pero ¡si es como Paul Newman!

En efecto. El doctor Jackson Flores es, además de naturópata, un hombre con un físico impactante, y si hay algo que a mamá le puede es un hombre guapo. Al otro lado de la cama, Emma me miró y sonrió. Mamá volvió a pegarse la tableta a la cara y al cabo de unos segundos sentenció para sí misma, con una ilusión en la voz que hacía meses que no había estado allí:

—Tendré que ir a la peluquería.

Diez días más tarde, estábamos los cuatro sentados en la consulta del doctor Flores, mamá, de punta en blanco y envuelta en una densa nube de Eternity, con sus Geox, su gabardina de cuadros y sus pendientes de perlas, mirando al doctor sin oír una palabra de lo que él le decía, totalmente embobada, mientras Silvia se encargaba de ponerlo al día de todo el historial médico de mamá enseñándole análisis, ecografías, informes y demás. El doctor escuchaba con atención lo que Silvia le contaba e iba examinando detenidamente todas las pruebas, tomando alguna nota con su pluma negra en la ficha que acababa de abrirle a mamá. Silvia le comentó lo del cambio de carácter, la desgana, incluso mencionó algunas lagunas de memoria que habíamos observado en mamá y que, aunque puntuales, nos tenían preocupados. Él asentía, tomaba notas, volvía a asentir... hasta que Silvia por fin terminó de hablar y se hizo el silencio.

Lo que siguió a continuación fue un cuarto de hora de explicación sobre las causas, consecuencias y complicaciones de una vejiga baja en las mujeres de la edad de mamá y sobre el efecto de la medicación que tomaba y que, evidentemente, no estaba funcionando para solucionar el problema de las pérdidas. Expuso las cosas con claridad y propuso un cambio de hábitos que incluían alimentación, ejercicio físico muy específico y un control neurológico a fondo. A todo ello añadió un tratamiento a base de un

montón de hierbas que había que pedir a Andorra y que ahora no sabría recordar, pastillas de arándanos y cápsulas con todos los omegas habidos y por haber. Quedamos en que dejaríamos de darle la medicación que nos había recetado el urólogo hasta la siguiente visita.

Eso fue todo. O eso creyó él y también nosotros. Cuando enroscó el tapón de la pluma y retiró la silla hacia atrás, mamá se aclaró la garganta y dijo:

—¿Ya está?

El doctor dejó de empujar la silla y sonrió.

—De momento, eso parece —respondió con una voz afable de médico acostumbrado a tratar con personas mayores. Visto desde el ángulo que yo ocupaba en la consulta, mamá no había ido muy errada cuando había dicho que se parecía a Paul Newman. Los mismos ojos, el pelo muy similar, y esa sonrisa de guapo que sabe que se sale siempre con la suya aunque no parezca que eso sea lo que realmente le importa. «Un guapo, guapo», diría la abuela.

Mamá no dijo nada más, pero no se movió, y él, al ver que no pasaba nada, se inclinó hacia delante y preguntó:

—¿Hay algo que quiera preguntar? ¿Alguna duda?

Mamá hizo un mohín de niña pequeña y asintió.

—Bien —dijo él, cruzando las manos sobre la mesa—. Usted dirá.

Mamá dejó escapar un pequeño suspiro de satisfacción, abrió el bolso

—no había habido forma de convencerla de que para la visita se desprendiera, aunque fuera por unas horas, de lo que Emma había bautizado en su día como el bolso-pollo, una bolsa de lona con el logo de Los miserables que lleva colgando de la mano por las asas como si llevara un pollo patas abajo, en el que cabe todo y en el que todo desaparece como por arte de magia— y se puso a buscar en sus profundidades algo que, por supuesto, debía de estar allí y que a buen seguro iba a tardar en aparecer. Un poco agobiada por la mirada expectante del doctor y por los suspiros nerviosos de Silvia, mamá optó por la opción más rápida: empezó a sacar cosas de aquel bolso que parecía no tener fondo y a ponerlas encima de la mesa, amontonando sobre el escritorio cartera, compresas, agenda (2), tarjetero, set de manicura, pastillero, bolsa de caramelos, dos muestras de

perfume, un Toblerone, un puñado de bolsas de plástico de color rosa para recoger las cacas de Shirley, un juego de cartas, las gafas de repuesto, un par de facturas de la luz, la lupa tamaño XL, el móvil con su funda rosa y seis paquetes de clínex antes de levantar la cabeza con gesto triunfal y sacar un papel de libreta doblado en cuatro del que cayeron unas cuantas migas de magdalena, momento en el que por fin dejó el bolso en el suelo y desdobló el papel, alisándolo sobre la mesa.

Entonces carraspeó y se puso bien las gafas.

—Me he apuntado las preguntas —anunció—. Bueno, preguntas, preguntas no son. Es que como vi en el vídeo que usted es de los que prohíbe cosas, le traigo una lista de las cosas que no.

El hombre arqueó una ceja.

—¿Las cosas que no?

Mamá asintió.

—Eso —dijo—. Las que no voy a dejar de tomar porque no puedo.

El doctor reprimió una sonrisa que sus ojos azules no disimularon y mamá se acercó despacio el papel a la cara y procedió a leer.

—«Cosas que no dejaré de tomar porque no puedo —empezó—: Mis dos copas de vino con Fanta de Limón Zero en las comidas, helado de chocolate, tarta Sacher, cruasanes de chocolate negro, cruasanes de chocolate blanco, yogur de trufa con envase de cristal, esos que van dos en un pack, el chocolate deshecho con una magdalena de los sábados por la tarde, las patatas con un chorrito de mayonesa, las aceitunas rellenas, la clara del aperitivo del domingo, el churrasco y la nata si hay fresas.» Creo que de momento eso sería todo. Bueno, no. También el chocolate en tableta, pero con leche, ese otro negro con sal que me trae Silvia del Gourmet no.

Es que sabe a arena y raspa.

Emma se volvió a mirar por la ventana y Silvia puso cara de póquer.

Mamá no había terminado.

—Otra cosita —siguió—. ¿Todas esas... bebidas que voy a tomar no serán de las que tienen esos sabores tan horribles que hay que echarles miel de zángano o lo que sea y encima luego te huele el aliento fatal todo el día, como a lavadora sucia?

Silvia puso la mano en la de mamá, me lanzó una fugaz mirada asesina con cara de «¿esto tú lo sabías?» e intentó tranquilizarla.

—Qué va, mamá. Están deliciosas, ya verás —dijo—. Son como los batidos de frutas con leche que tanto te gustan, pero sin leche y sin azúcar,

¿verdad, doctor?

El doctor inspiró hondo, cogió la pluma que tenía encima de la mesa y se encogió un poco de hombros.

—A ver, «deliciosas» no sé si es la palabra exacta, pero desde luego se dejan tomar, sí.

Mamá puso cara de «bueno, ya veremos» y dejó escapar el aire por la nariz. Luego le dio la vuelta al papel, buscó algo que debía de estar con el resto de las cosas que tenía desperdigadas sobre la mesa, y que finalmente resultó ser un boli, y dijo:

—Ya lo último.

El doctor inclinó a un lado la cabeza. Obviamente no estaba molesto, sino más bien intrigado. Miraba a mamá con un brillo en los ojos en el que se adivinaba cierto interés y, sobre todo, diversión. Mamá se lo estaba ganando y él parecía encantado con la escena.

—La escucho —dijo, con esa seriedad una pizca demasiado exagerada que se usa para hablar a los niños.

Mamá leyó.

—¿Le gustan los perros?

Eso el doctor no se lo esperaba. Ni él ni nosotros. Puso cara de sorpresa, pero enseguida volvió a recuperar la sonrisa.

—Sí —contestó—. De hecho me gustan mucho los animales. Tengo dos.

Mamá se iluminó.

—Yo tengo solo una. Shirley. Es más bonita... Y más buena... Es un mastín rumano. Hay muy pocos. —Enseguida tachó algo en el papel. Luego levantó la vista y clavó los ojos en la mano del doctor.

—Creo que se le ha perdido el anillo —dijo.

El hombre frunció el ceño.

—¿El anillo?

Mamá asintió.

—La alianza.

El ceño desapareció.

—Ah, no. Es que no llevo.

Mamá me miró e hizo una mueca que yo no entendí.

—¿Y a su mujer no le molesta?

El doctor soltó una carcajada. El descaro de mamá, unido a su candidez, lo tenían ganado del todo.

—No, no estoy casado.

La respuesta del doctor iluminó a mamá, que se encendió como una bengala.

—Oh, pues él tampoco —saltó enseguida al tiempo que me señalaba con el boli.

Silvia, que se había puesto en guardia a medida que las preguntas de mamá iban bordeando un precipicio que todos, menos el doctor, intuíamos, decidió que había llegado el momento de frenar lo que empezaba a parecer inevitable.

—Mamá, no creo que... —empezó con un tono de voz que quiso ser cariñoso, cogiéndola de la muñeca.

El doctor me miró y luego se volvió hacia mamá con una sonrisa de compromiso.

—Ah.

—Pero, claro —quiso aclarar mamá—, es que Fer es gay y le cuesta más.

El doctor intentó no reírse.

—Ah, vaya —fue todo lo que pudo decir con una voz un poco ahogada.

Mamá asintió, lanzada.

—Quiero decir, que es gay y no está casado porque está soltero, no porque sea gay. Bueno, ya me entiende. Y además es director de cine.

Sentí un escalofrío que me subió por la espalda hasta las orejas. De repente lo entendí: entendí la repentina docilidad de mamá en cuanto había visto al doctor en la pantalla de la tableta, su insistencia en que me cortara el pelo y me arreglara la barba esa misma mañana y esa especie de ilusión renovada con la que nos llevaba sorprendiendo durante la última semana, a

pesar de que su estado seguía siendo el mismo y su desesperación también.

«Así que este era el plan», pensé, viéndola sentada delante del doctor con el papel en la mano. Y me maldije por no haberlo imaginado. Como llevaba haciendo desde hacía unos años, mamá seguía empeñada en buscarme novio, todo lo contrario de lo que había hecho con Emma. Con ella había rezado de día y de noche para que no apareciera nadie, para que Emma nos diera paz y dejaran de llegar, una tras otra, esas mujeres faltas de todo que para Emma eran siempre «esta sí». Y toda esa tensión, todo ese miedo de mamá al compromiso mal invertido de Emma, había sido solo comparable en intensidad a sus ganas de verme llegar algún día con la noticia de algo que sonara así: «He conocido a alguien». Pero desde que me había separado de Andrés eso no había ocurrido y mamá se había dedicado a urdir todo tipo de estrategias para ponerle remedio a lo que ella llamaba «tu falta de».

Desde la etapa en que vivía obsesionada con la idea de que lo que yo necesitaba era un novio veterinario y surfista —e iba con su perrita por el parque haciendo encuestas a todo aquel que se cruzaba con ella, preguntando si el veterinario de la pobre víctima en cuestión era gay y soltero, porque se le había metido en la cabeza que Chris, el protagonista de la serie australiana a la que se había hecho adicta, era el perfil de hombre ideal para mí— hasta un sinfín de episodios más o menos dignos de olvidar, como cuando mandó una carta al director de un diario preguntando qué podía hacer para encontrarle un novio a su hijo, porque ella tenía una enfermedad terminal y su última voluntad era ver feliz a «mi pequeño», o cuando llamó a un programa de radio nocturno para explicar mi caso y no se le ocurrió nada mejor que dar mi móvil en abierto para que los candidatos pudieran ponerse en contacto conmigo lo antes posible porque, según dijo «lo veo tan mal y tan solo, a pesar de ser tan guapo y tan listo, y además es casi director de cine, que me temo lo peor. Es que los artistas, ya se sabe. Sufren». Así es mamá cuando se le mete algo en la cabeza y no se la vigila: incontinente, pero del todo. De repente entendí que, aunque enfadada con la vida y quizá deprimida, yo seguía siendo el número uno en su lista de prioridades y el doctor Flores le había devuelto la esperanza de ver cumplida su misión.

Que mamá no estaba dispuesta a desaprovechar su oportunidad quedó fuera de toda duda cuando, agitando el boli en el aire, sentenció, muy seria:

—Mi padre siempre decía que hay que tener un abogado, un médico y un policía en la familia, y bueno, yo urólogos no quiero, y usted es médico, más o menos, y aunque es un poco mayor, creo que sería una relación bonita, porque usted es más científico, aunque no sea muy de verdad, y Fer es de letras puras, que ahora me parece que se valoran mucho porque casi no quedan.

El doctor se rindió ante el personaje que tenía delante y decidió jugar, cosa que le agradecimos. No sé lo que debía de haber visto en mamá, pero fuera lo que fuese, lo tenía en el bolsillo.

—Ajá —dijo, asintiendo—. Me parece una argumentación muy interesante.

Mamá fue toda sonrisas.

—Es un alivio poder hablarlo con un profesional —replicó—, pero es que él —añadió, mirándome— tuvo una mala experiencia y desde entonces nada, y a mí... a nosotras, nos gustaría tanto que conociera a un hombre así, guapo, profesional, perruno y que huela bien, porque lleva tantos años sin pareja, que el día que quiera darse cuenta se le habrá pasado el arroz, y cuando lo vi a usted en el vídeo hablando tan pausado, con ese pelito y esos ojos, pensé que a lo mejor... aunque enseguida me dije «no sueñes, Amalia, que luego ya sabes lo que pasa». —Sacudió la cabeza un poco de lado a lado en un gesto supuestamente dramático—. Pero entonces Emma me dijo que se llamaba Flores y vi que no llevaba anillo y lo supe. Y pensé: «Para Fer». Y luego, estos días también se me ha ocurrido que a lo mejor lo del anillo es una falsa alarma, porque hoy en día ya se sabe, pero ahora que lo conozco y que ya nos tenemos confianza, también le digo que tampoco es tan imprescindible que sea gay. O sea, estaría bien, claro que sí, pero si no se puede, no se puede. Total, el último novio que tuvo Fer lo era y fue un espanto. Así que, bien pensado, si no es gay, casi mejor. ¡Cómo no se nos había ocurrido antes! —terminó, volviéndose a mirarme.

El doctor soltó una carcajada que pilló a mamá por sorpresa primero y que enseguida la relajó. Como la suya, la del doctor era la risa de alguien que disfruta riéndose, que contagia. Mamá no cabía en sí de gozo, estaba

exultante. Yo no. Decidí intervenir.

—Mamá, creo que ya hemos molestado bastante al doctor —le dije, intentando mantener la calma y notando la cara al rojo vivo—. Seguro que puedes seguir con tu tercer grado en la próxima visita.

Me miró con cara de no haberme prestado demasiada atención y frunció un poco los labios.

—¿Doc... tor? —Hizo una mueca de madre desesperada acostumbrada a repetirse en silencio «con este chico no hay manera» y añadió, volviendo a mirarlo—: Yo creo que ya podéis empezar a tutearos, ¿verdad, Luis?

Emma me miró con cara de horror y Silvia decidió ponerse en marcha.

Se levantó de golpe y empezó a recoger todo el arsenal que seguía desperdigado encima de la mesa y a meterlo en el bolso-pollo de mamá al tiempo que decía:

—Bueno, pues ahora que ya sabemos todo lo que tenemos que hacer, vamos a ponernos manos a la obra enseguida. Además, tengo que estar en casa dentro de quince minutos porque he quedado con John y el carpintero y no quiero dejarlos solos. —Se inclinó sobre la mesa y tendió la mano—.

Gracias, doctor. Por todo. Ha sido un placer.

Mamá se levantó de mala gana y también ella le dio la mano al doctor, que la estrechó con una sonrisa, y por fin desfilamos hacia la puerta.

Cuando estábamos a punto de salir, mamá, que cerraba el grupo, se volvió y, con esa expresión de no haber entendido algo del todo que termina siempre verbalizada en su versión más peligrosa, dijo:

—Una cosita nada más, Luis. —No tuvimos tiempo de girarnos antes de que volviera a hablar—. ¿Lo de naturópata exactamente por qué es?

El doctor la miró, sin entender a qué se refería.

—¿No será un vicio o algo, como los chinos de las tragaperras o los loquitos? —insistió mamá mientras Silvia la agarraba de la manga—. ¿O

será que te gusta ir desnudito por la playa? ¿O a lo mejor eres adicto a las plantas? Ah, a nosotros también nos gustan mucho, y a Fer, ¡buf!, ni te cuento. De hecho, ahora que lo mencionas, Engracia, mi diefembaquia, tiene casi quince años y es tan enorme y tan frondosa que a veces parece que viva alguien arriba.

Silvia tiró de mamá y cerró tras de sí la puerta. Cuando por fin salimos a la calle, previo paso por el baño del consultorio para prevenir cualquier imprevisto durante el camino a casa, mamá se llevó la bronca del siglo por parte de Silvia, a quien lo único que le faltó fue llamarla «demente»

mientras intentaba parar un taxi en plena Diagonal. Cuando lo consiguió y la perdimos de vista, mamá puso los ojos en blanco y dijo:

—Hay que ver lo pesadita que se pone tu hermana. Yo creo que tanto tirar y levantar tabiques en su casa la tiene cada vez peor. —Luego, al ver que yo no decía nada, porque el que tenía ganas de matarla en plena calle era yo después de lo que había tenido que vivir en la consulta, dijo—: Te invito a desayunar, ¿quieres?

Ni siquiera la miré.

—Mamá, son casi las dos.

Puso cara de no entenderme.

—¿Y eso qué importa? —saltó, aparentemente ofendida—. Yo todavía estoy en ayunas, y sin mi café con leche y mis dos cruasanes de chocolate no hay forma de empezar bien el día. Además —añadió, encantada—,

¡tenemos que celebrar que te ha salido un novio!

La miré, y en cuanto la vi a mi lado con su bolsopollo agarrado como si temiera que se lo fueran a robar en cualquier despiste y esa cara de niña mayor que no veía la hora de hincarle el diente al desayuno, no pude aguantarme y se me escapó la risa.

Ella se acercó y, despacio, me agarró con suavidad del brazo, apoyando el hombro contra mi costado mientras esperábamos a que la luz del semáforo cambiara a verde. Seguimos así unos segundos, agarrados el uno al otro contra el tráfico del mediodía, mientras a nuestro alrededor un mar inmenso de ruido, de aire cargado y de prisa mantenía vivo el pulso de la ciudad, dejándonos disfrutar del poco calor que compartíamos, como si todo —y no sé ahora ni supe entonces qué era exactamente lo que englobaba ese «todo»— estuviera bien, como si no hubiera más amenaza que la de ese tráfico, ese aire y ese ruido que nos rodeaban sin tocarnos.

Poco podíamos imaginar que apenas un mes más tarde el viento cambiaría de dirección y que el ruido, el denso tráfico y el aire de la ciudad se congelarían de golpe a nuestro alrededor, encapsulándonos en una fría

burbuja de espera que no supimos ver llegar y que nos barrió del suelo como una gigantesca ola negra.

OceanofPDF.com