Un amor
Capítulo 9
La primera vez que mamá compartió con nosotros su opinión sobre Magalí nos costó un poco entenderla.
—Es un poco como si fuera así desde que es como nosotros la vemos
—dijo. Por su forma de construir la frase, entendí que llevaba algún tiempo dándole vueltas, que no había sido una formulación espontánea. Estuve a punto de decirle que yo no lo habría expresado mejor, pero mamá no había terminado de hablar—. O sea, como si hubiera dos mujeres en una: la que está y la que está, pero intenta que no la vean.
Eso era. Como si hubiera dos mujeres en una. O como si la Magalí que veíamos fuera un eco de otra cosa.
—Ya. Es rara —resumió Silvia a su lado.
—¿Rara? —preguntó mamá, extrañada. Por el tono de voz, tuve la impresión de que la salida de Silvia la había puesto un poco a la defensiva.
—Bastante —remató Silvia.
Paseábamos con los perros por el parque. El sol había empezado a ponerse y el calor se mezclaba con la humedad que impregnaba el césped, sobre el que Rulfo se revolcaba feliz. La oscuridad no era sólida.
—No sé por qué dices eso —saltó mamá, ahora claramente dolida por el comentario. El tono fue tan impropio de ella, tan abrupto, que pilló a Silvia por sorpresa. Luego añadió, más pausada—: A mí me parece un encanto.
Se hizo un silencio tenso y enseguida las dos se volvieron a mirarme buscando mi complicidad.
—A ver, un poco peculiar sí que es —dije intentando evitar una sombra de tensión que desde hacía unos días sobrevolaba el ambiente entre mamá y Silvia—, pero creo que, de todas las novias que le hemos conocido a Emma, es la mejor con diferencia.
—O sea, que es rara —insistió Silvia, mirando a mamá con una mueca de haberse salido con la suya.
—Pues a mí me gusta —replicó mamá entre dientes, bajando la mirada.
Aunque en ese momento nos fue imposible imaginarlo, con ese «Pues a mí me gusta», sumado al consabido «Se la ve tan... huerfanita...» que, con voz de pena, había lanzado al aire la tarde de la merienda en su casa en cuanto Emma y Magalí se habían marchado, mamá acababa de llamar a una puerta que meses más tarde se abriría ante nosotros dejando a la vista un vacío que a punto estuvo de llevársela consigo.
«Huerfanita.» Eso es mamá: el mundo dividido entre los que sufren y los que no. El blanco y el negro. Y ese es, cómo no, el retrato gráfico de su proceso mental más habitual. El par de datos que había conseguido sacarle durante la merienda —Magalí había sido criada por su abuela, lejos del país en el que había nacido y al que no quería volver, y vivía sola— le habían bastado para construir su personaje y archivarlo de inmediato en su sobrepoblada carpeta de «Mis pobrecitos». Tía Inés, que conocía esa carpeta tan bien como los demás, había puesto los ojos en blanco.
—Amalia —había dicho con voz de «por ahí sí que no»—, que no tenga relación con sus padres no significa necesariamente que Magalí sea una de tus huerfanitas. No te adelantes, ¿quieres? —Al ver que mamá torcía el morro, había añadido—: Por la misma regla de tres, tus hijos también deberían serlo, al menos por parte de padre, ¿no crees?
Mamá no había respondido. Había bajado la vista y enseguida había empezado a recoger los platos de la merienda. Mientras iba a la cocina, la habíamos oído decir por lo bajo:
—No es lo mismo.
No era lo mismo, cierto. La Magalí que los demás construimos en nuestra imaginación nada tenía que ver con la «mujer vulnerable desprovista de» que mamá había incluido en su lista de víctimas colaterales de la vida. Independiente, autosuficiente, fuerte, enérgica, alegre... esa fue la mujer que vimos nosotros la tarde de la merienda y esa fue la base del retrato que iríamos completando a partir de entonces. Magalí dejó entre nosotros una impresión positiva que todos celebramos y que fue en aumento
a medida que empezamos a conocerla mejor, aunque en el caso de Silvia quizá el proceso no fue exactamente así. A diferencia del resto, con el paso de los días, pequeñas pinceladas de desconfianza empezaron a sazonar muy de vez en cuando sus comentarios y reacciones a cuanto tuviera que ver con Magalí. Eran minucias, nada importante, pero ahí estaban: los primeros
«peros», algún apunte, un gesto, una mueca, un «no sé, no acabo de verlo claro» que chispeaban de repente sin llegar a más, pero en los que en ningún momento reparamos porque iban con el personaje, eran tan Silvia que seguramente los habríamos echado en falta si no hubieran estado ahí.
«No me fío del todo», decía sin decirlo mientras su inconsciente montaba guardia frente a Magalí en turnos que se alargaban cada vez más y que, por supuesto, ella jamás habría reconocido porque en ningún momento se vio actuando así, ni siquiera pensando así. Extrañeza, eso fue lo que expresaban sus dudas, o al menos eso creímos. Y es que extrañeza era lo que sentíamos un poco todos porque, hasta su llegada, no habíamos conocido a nadie como Magalí, con ese aquí y ese ahora tan enteros, tan marcados. Eso, ese presente continuo en el que ella vivía, sumado a un carácter que, como el de Emma, parecía masterizado para hacer fácil lo que no tenía motivo para no serlo y en el que se mezclaban una afabilidad extrema, un gran sentido del humor y una empatía innata que en ocasiones llegaba a superar incluso a las de la propia Emma, nos tenía tan desconcertados que en algunos momentos nos resultaba imposible estar totalmente relajados con ella.
—Hay algo en ella que no cuadra —se sinceró un día tía Inés, en respuesta a un comentario que Silvia había hecho sobre Magalí, con un tono entre preocupado y agorero de «espero que cuando cuadre no sean malas noticias». Y añadió—: Una mujer que vive sola con una alimaña salvaje en una casa en el campo a la que solo se llega en jeep, que se pasa las horas tricotando mientras analiza cosas delante de un ordenador, que corre maratones por esas montañas de Dios con una linterna en la cabeza acompañada de un montón de hombres con pinta de no ducharse cuando llegan a casa y que se lleva a tu madre a la peluquería y al cine y vuelve sin una arruga de más, sabiendo lo que es vuestra madre cuando se la deja suelta por esas calles de Dios... pues no, muy normal no me parece, la verdad.
Cierto. La ficha que cualquiera habría podido bosquejar de Magalí sonaba objetivamente así. A eso había que añadir que desde el principio había dejado muy claro que no solamente nunca hablaba de su familia, sino que además agradecía que evitáramos hacerle preguntas sobre el tema.
—Prefiero no hablar de eso, si no te importa —me había dicho la primera y única vez que le pregunté si no sentía curiosidad por ver cómo había cambiado Buenos Aires después de tantos años sin haber vuelto.
Luego, sin dejar de sonreír, había cambiado rápidamente de tercio para contarme cómo había llegado Poirot a su vida. Según me dijo, en uno de sus paseos por la montaña había visto entre los arbustos un zorro que no había huido al verla y con el que desde entonces se había cruzado a menudo. Lo había llamado Poirot, porque decía que parecía estar vigilándola siempre. A veces corría con ella un tramo por el camino y después desaparecía. Otras se encontraba con él a la vuelta, esperándola junto a la puerta de casa.
Finalmente, a base de noches, paseos y compañía, Poirot prácticamente se había instalado en su salón como un perro.
—Es mi familia —dijo, sin desdibujar en ningún momento la sonrisa
—. Poirot y mi abuela son lo que tengo.
Pero el tema familiar no era el único coto al que Magalí nos tenía prohibido el acceso. Estaba también el trabajo. «Soy policía.» Así se había presentado el día de la merienda en casa de mamá. Y a eso había añadido:
«Analizo datos». Más información no había ni la hubo durante los primeros meses de su relación con nosotros, salvo que mientras trabajaba en el ordenador hacía patchwork y que también participaba en una pequeña cooperativa de productos ecológicos para la que preparaba mermeladas caseras. Eso era todo. Ni siquiera la propia Emma parecía saber mucho más.
—Se dedica al traslado de presos peligrosos —fue lo único que me dijo una vez—. Los cambian de centro cada dos o tres días.
Cuando se lo conté, Silvia saltó enseguida.
—Pero ¿no era analista?
Asentí.
—También.
—Pues no lo entiendo —dijo tía Inés—. ¿De dónde saca las horas esta mujer para tanto trasiego? Además, ¿analista de qué? ¿Para qué? ¿Presos cómo de peligrosos?
Intenté compartir lo poco que Emma me había dicho.
—Está en un cuerpo especial —dije—. Analizan datos para poder prevenir «acciones». Eso es lo que me ha dicho: «acciones». Con otras policías.
Silvia puso cara de «eso no me ayuda nada» y tía Inés irguió la espalda y torció la boca.
—Quiero decir con la policía de otros países. Con otros cuerpos como el suyo —aclaré.
Tía Inés me miró y chasqueó la lengua negando despacio con la cabeza.
—A ver si va a ser como una vidente o algo. La verdad, tal como está el mundo, no me extrañaría que la policía tirara de brujas y esas cosas. O de magia negra.
Luego estaban las ausencias. De repente, Magalí desaparecía. «Está de viaje», era la respuesta que nos daba Emma. «Por trabajo.» Las ausencias no se alargaban mucho, un par o tres de días a lo sumo, a veces, las menos, una semana. A la vuelta, ni un comentario. Nada. Cuando por fin, al cabo de un par de meses de relación, Magalí le confió a Emma el motivo de sus ausencias y Emma se estresó tanto que terminó por soltarlo en cuanto le apretamos un poco las tuercas, entendimos que el silencio y la extrema discreción de Magalí eran una medida de protección necesaria y sobradamente justificada. Decidimos mantener a mamá al margen, y también a tía Inés. «Mejor que no lo sepan nunca», acordamos. Palabras como cuerpos de seguridad, amenaza, masacre, intervención, captación o islamización no podían salir de la esfera cerrada de información que éramos nosotros, y así se lo prometimos a Magalí cuando Emma le contó que no había podido no compartirlo con nosotros y ella enseguida quiso vernos para asegurarse de que en ningún caso íbamos a traicionar su confianza. De hecho, después de la conversación respiró más tranquila. «Por lo menos hay alguien con quien no tengo que vivir escondiéndome», dijo.
En cualquier caso, el carácter de Magalí, su peculiar forma de vida y su incorporación al cuadro familiar no habría tenido por qué ser más traumático de lo que suele ser habitual en estos casos de no haber sido porque con ella ocurrió algo que no habíamos vivido con ninguna de las relaciones anteriores de Emma.
La diferencia, la novedad, fue mamá.
Desde el primer momento mamá forjó con ella un vínculo que los demás no supimos ver, o al que no dimos importancia, y que poco a poco, y sin quererlo, fue dando a Magalí cuerpo real en el organigrama cotidiano de la familia, integrándola poco a poco en los cimientos del frágil andamio que habíamos conseguido reconstruir tras la desaparición de papá.
Amigas. Magalí y mamá se hicieron amigas y eso cambió algunas cosas que, la verdad sea dicha, yo agradecí. Por primera vez en sus más de setenta años, mamá había abierto el arco de su mirada un poco más allá de nosotros, y la casualidad había querido que en ese preciso instante Magalí estuviera allí, sentada en su salón y envuelta en ese halo de orfandad —de
«niña rara»— que solo mamá había sabido ver en ella y con el que conectó desde el minuto uno, sellando un vínculo entre ambas que ninguno de nosotros iba a poder compartir del todo. Hubo un reconocimiento por parte de las dos, una conexión que surgió de un modo natural y fácil y que fue instalándose en nuestras vidas sin más, facilitándonos las cosas e insuflando a mamá una inmensa bocanada de energía e ilusión renovadas que, por supuesto, agradecimos casi tanto como nos extrañó.
—Mamá se ha ido al cine con Magalí —me comentó Silvia al teléfono al poco de la merienda en que Emma nos la había presentado.
Me sorprendió la noticia, es cierto, pero sobre todo me divirtió. Quise sacarle un poco de punta:
—Pobre Magalí. No sabe en la que se ha metido. En cuanto salgan del cine y se vea delante de una cerveza contándole la película a mamá en el bar de enfrente, no la vuelve a invitar.
Silvia estaba demasiado extrañada para verle el lado gracioso. Parecía algo molesta y supuse que lo estaba como lo está siempre que algo no le cuadra.
—Es que la idea ha sido de ella —dijo, quizá un poco demasiado seria
—. Según me ha dicho mamá, tenía que hacer cosas en la ciudad y le ha preguntado si le apetecía bajar a comer al centro y después se la ha llevado al cine. —No se me ocurrió nada que decir. Supongo que debería haberme extrañado, pero más que eso me alegró. «Bien por ella», pensé. Silvia, por su parte, no las tenía todas consigo. Le faltó tiempo para añadir—: Y sin Emma.
La cosa quedó ahí y no volvimos a comentarlo, si bien es cierto que ese fue el primero de los múltiples y pequeños detalles que marcarían la evolución de una relación que empezamos a observar cada vez con más atención, aunque en mi caso, como en el de tía Inés, y por supuesto también en el de Emma, sin ningún recelo. Mamá disfrutaba con Magalí de cosas que nosotros habíamos dejado de hacer con ella por varios motivos: cosas como ir al cine, salir a comer, ir a una exposición... teníamos nuestras vidas, nuestros amigos, Silvia tenía a John y sus tabiques, y además estaba tía Inés, que hasta entonces era la única amiga de mamá y que vio en la aparición de Magalí un bienvenido complemento ideal para tenerla feliz y controlada.
—Con tu madre, todas las manos son pocas —me dijo al poco, cuando le comenté que Magalí se había llevado a mamá a su osteópata para que le manipulara un poco la espalda y después, a petición de mamá, habían pasado un rato en el bingo. No lo dijo con pesar. Al contrario, estaba encantada.
»Es un poco suya, sí, pero tiene un corazón que no le cabe en el pecho
—comentó un día que, no sé por qué, habíamos terminado hablando de Magalí—. Qué suerte ha tenido Emma con ella. —Y enseguida añadió, un poco a regañadientes, aunque con una sonrisa—: Bueno, Emma y todos.
Lo curioso, lo realmente sorprendente del vínculo que habían forjado Magalí y mamá no era ya tanto el vínculo en sí, que también, sino que, de las dos, era Magalí la que parecía disfrutar más con la compañía mutua. «Es ella quien la busca la mayoría de las veces», lo resumió Silvia el día que mencioné el tema, después de haberlas encontrado esa tarde merendando en el sofá, riéndose como dos niñas entre cruasanes y chocolate deshecho mientras mamá iba enseñándole a Magalí los álbumes de fotos de la familia
al tiempo que le comentaba las intimidades y los pormenores de cada quien y cada cual. Con cada comentario llegaba un estallido de risas, pero no tanto de mamá, sino de Magalí, que con el paso de las semanas parecía haber ido desdoblándose en dos: por un lado estaba la novia de Emma; por otro, la amiga de mamá. Aunque más que una amiga, para mamá era una especie de hija de nuevo cuño, una extensión de sí misma que no encontraba en nosotros y que sí veía en ella. Veía frescura, veía mucha menos presión y exigencia que la que nosotros le imponíamos con todos nuestros temores a su vejez, veía lo ligero, lo nuevo, la curiosidad. En planos diametralmente opuestos, la fascinación que Magalí despertaba en Emma era la misma que despertaba en mamá, aunque por motivos muy distintos. Por primera vez, tenía una amiga que no había heredado de su antes más personal y eso la hacía ajena a esa Amalia casada y encogida que había sido durante tantos años con papá y en la que intentaba por todos los medios no seguir viéndose. Magalí no había visto ni conocido a la esposa sufrida que había pasado por lo que ella había pasado, con lo cual no existía el peligro de que cayera en la tentación de compadecerla por los errores cometidos. Sorprendentemente, mamá se descubrió gustando siendo tal como era, en su aquí y en su ahora. La mirada de Magalí la validaba por la Amalia que era, con sus setenta y dos años, su pelo blanco y la piel transparente, la visión mermada y esa personalidad tan peculiar que nosotros no siempre gestionábamos con la paciencia y la benevolencia que supongo que tendríamos que haber manejado. «Tengo una amiga que disfruta de mi compañía», parecía decirnos sin decirlo cada vez que anunciaba que había quedado con Magalí para ir al cine o al callista, o que Magalí le había propuesto que se fuera a pasar con ella unos días a la casa de la montaña para ayudarla con una manta de patchwork que estaba a punto de terminar y enseñarle a hacer mermelada de pera y jengibre.
Amigas. Mamá y Magalí. O quizá fueran más que eso. Quizá mamá había tropezado con una alma huérfana como ella y, sin saber muy bien por qué, por primera vez en su vida se había permitido dejarse querer por una persona que —eso era lo que le decía su instinto de mujer acostumbrada al dolor— no iba a hacerle daño. Segura. Mamá se sentía segura con la novia de Emma, y nosotros también. Las veíamos juntas y respirábamos
tranquilos. Magalí cuidaba de mamá como si fuera la suya, pero sin la tensión y el desgaste que nosotros llevábamos encima. Y lo más importante: mamá volvía a reírse. La risa contagiosa, el eco de la risa fácil de la abuela había vuelto y nosotros estábamos agradecidos y felices de ver lo que la vida le estaba regalando a mamá.
Y así habrían seguido las cosas de no haber sido porque la suerte quiso que hace dos semanas Magalí apareciera en casa de mamá con los zapatos que le había comprado para la boda. Fue una tontería. Y podría haber quedado en eso, en uno de tantos malentendidos que surgen cuando hay una boda que preparar y muchas manos preparando.
Pero no fue así.
Fue mucho más que eso: un salto mortal que a punto estuvo de acabar mal porque hubo vacío pero no red.
Y el final de una vida.
Y el principio de otra.
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