Un amor

Alejandro Palomas · Capítulo 24 de 28

Páginas del PDF

Un amor

Capítulo 4

Todo empezó con un gato.

Faltan unos kilómetros para llegar al desvío que sale de la carretera hacia el molino. A mi lado, mamá lleva un rato dormida con Shirley entre las piernas, las flores sobre el pecho y la cabeza inclinada contra la ventanilla. De vez en cuando se despierta y la endereza, pero enseguida cierra los ojos y se deja vencer por el sueño. Está siendo un día muy largo.

Demasiadas emociones, demasiados imprevistos, demasiado comprimido todo. En el asiento trasero, silencio. Tía Inés también duerme y Silvia maneja su móvil como lleva haciéndolo a hurtadillas durante todo el día, aunque ahora, aprovechando que tía Inés y mamá están fuera de combate y no la ven, ya no disimula. Ceñuda y concentrada en la pantalla, teclea a una velocidad de vértigo, como si temiera que en cualquier momento fueran a pillarla. Sabe que no debería, que prometió que este fin de semana evitaría en lo posible usar el móvil, salvo para cosas personales o de urgencia, pero entiendo que para ella es complicado, por no decir imposible, porque, como no se cansa de repetir, «ni los autónomos ni los empresarios se pueden permitir según qué lujos en este país». Además, la ausencia de John no ayuda. En un par de ocasiones la he oído maldecir entre dientes porque no le ha contestado a ningún whatsapp desde ayer y eso, ese silencio, la tiene, además de preocupada, de un humor de perros que no mejora con el paso de las horas. Desde la conversación que tuvieron anoche, transpira una mezcla de rabia y de ansiedad contenidas que hasta el momento hemos conseguido mantener a raya, pero, conociéndola, sé que la tensión acumulada, sumada al pacto de silencio que mantenemos contra mamá y a las no respuestas de John, son ingredientes que, mal mezclados, quizá no auguren el fin de fiesta que todos desearíamos.

Seguramente, si alguien nos viera desde fuera se preguntaría por qué la aguantamos, cómo lo hacemos para que esa nube de crispación que la acompaña por donde va no termine por hacernos saltar y qué nos impide pararle los pies y ponerla en su sitio en algún momento. Pero es que desde fuera las cosas se ven como se practica el deporte ajeno desde el sofá: se juzgan los errores, se ignoran los pormenores. Y sobre todo se desconoce el pasado. El pasado solo lo conoce quien se ha quedado a vivir el presente, y solo se queda quien está realmente dentro. Desde fuera, Silvia es pesada, está insoportable y no se merece la paciencia que tenemos con ella. Y lo sabemos, claro que lo sabemos. Pero en una familia eso cuenta poco o nada, porque el afuera es afuera también para nosotros. Y desde dentro recordamos, porque llevamos muchos años viviéndola, que Silvia no siempre ha sido así. Que hay otra, una Silvia que, aunque aparece poco, sigue estando.

El día que llegué a casa de mamá después de recibir su llamada sobre Silvia, la encontré francamente preocupada. Al «no ha limpiado» y al «me ha abrazado» se sumó una tercera pata de esa plataforma de inquietud que no tardó en compartir conmigo en cuanto salimos hacia el restaurante.

—Me ha pedido el teléfono de Yoli —dijo, apretándome el brazo con los dedos y con el mismo tono que habría utilizado para decirme que Silvia le había pedido dónde podía encontrar una soga y un árbol—. No está bien, Fer. Tu hermana no está bien.

No supe qué decir, aunque en ese momento entendí que su preocupación no bebía de una fuente imaginaria. Si Silvia había pensado en llamar a Yoli para que la viera estaba claro que algo no iba bien. Nada bien.

—Tranquila, mamá —intenté calmarla—. Si Silvia está mal y busca ayuda, no podía haber elegido a nadie mejor. Yoli seguro que la ayuda.

Mamá puso cara de «ya, pero no sé si eso me tranquiliza mucho, hijo»

y dejó escapar un suspiro.

Yoli no se llama Yoli. Su nombre real es John Li y es el acupuntor chino de mamá. Llegamos a él gracias a una compañera de doblaje que me lo recomendó el día que se enteró de que habíamos tenido que ingresar a

mamá y le comenté lo de los problemas de orina. Resultó que a su madre le pasaba más o menos lo mismo y que desde que la trataba Yoli era otra. En cuanto se lo dije, a mamá le faltó tiempo para apuntarse a la aventura.

—Ay, sí. Lo que sea, Fer —saltó, excitada—. Si consigue quitarme esto, como si me clava dientes de tiburón.

El día que la llevé a que la visitara, Yoli nos hizo pasar a uno de los boxes de la consulta y le pidió a mamá que le contara lo que le pasaba. Dos minutos más tarde, cuando ella apenas había empezado a coger carrerilla, Yoli levantó la mano y dijo:

—Entiendo. Infección orina y hace pipí y pierde un poco cabeza por fiebre y por edad. No preocupes. Riñón conectado cerebro. Riñón no funciona, cerebro tampoco y pipí mal. Agua y fuego descompensado. Yo curo riñón. Verás.

Mamá lo miró y sonrió, encantada.

—Ay, Choni, sí —dijo—. Cúrame el riñón pero no me hagas mucho daño, por favor te lo pido.

John Li frunció el ceño.

—Choni, no —dijo—. Li.

Mamá sonrió.

—Sí, Choni. Ya te he entendido —dijo—. Chonilí.

John Li negó con la cabeza. Se había puesto rojo.

—No —insistió—. Yo no Choni. Yo Li. Olvida John. Yo Li.

Mamá inclinó la cabeza a un lado.

—Ah, vale —dijo—. Yoli. Es que como vocalizas así, tan raro...

John Li miró por la ventana, se quitó las gafas y se pasó la mano por la cara.

—Bueno —dijo, mirándome—. Ahora deja a madre aquí y yo trato.

Dentro de una hora más menos termina. Vuelve a traer próxima semana,

¿sí?

Dejé a mamá en la camilla y quedé con ella en que la esperaba en la cafetería que está justo debajo de la consulta, al lado del portal. Pagué al salir, bajé, pedí un buen desayuno y me senté a leer los periódicos. Un buen rato después, pasé un momento al lavabo. Cuando salí, mientras iba de

camino a mi mesa, vi entrar a mamá. La saludé con la mano, pero como ve tan poco, tuve que ir a buscarla a la barra. Al llegar a su lado, le toqué el brazo y se volvió hacia mí.

Se me quedó la boca seca.

Contra la luz de mediodía que entraba por la cristalera, la cabeza de mamá era como una especie de acerico gigante lleno de agujas que, por el efecto del sol, parecían iluminadas. Ella sonrió al verme, encantada, y en cuanto me fijé mejor, vi que tenía también agujas en las orejas y en el cuello.

—Santo cielo, mamá —dije, intentando mantener la calma—. Pero si estás llena de agujas.

Asintió, sin dejar de sonreír.

—Sí.

—Pero... ¿cómo te han dejado salir así?

Frunció el ceño.

—¿Así? ¿Así cómo?

—Mamá, ¿tú te has visto?

—No. —Decidió poner remedio a eso y sacó del bolso un pequeño espejo en el que se miró durante unos segundos.

—Pareces una azotea llena de antenas, mamá.

Se rio.

—Qué bobo. —Volvió a guardar el espejo en el bolso, pidió un café con leche a la chica y luego dijo—: Es que como ha pasado tanto rato y Yoli ha dicho que una hora, he calculado que ya estaba y bueno, me he vestido y me he ido.

Tragué saliva.

—¿Te has ido? ¿Así? ¿Con las agujas clavadas?

—Sí. Tengo más —dijo, encantada—. En la espalda y en los tobillos.

¿Quieres verlas?

«Dios mío —pensé—. Yo lo que quiero es otra madre. La que sea, pero otra.»

La agarré del brazo y volvimos a subir. En cuanto entramos, encontramos a Yoli a punto del colapso. Estaba tan preocupado que nada más vernos aparecer se sentó en una de las sillas de recepción y se pasó un

pañuelo por la frente empapada.

—La próxima vez ato a camilla —dijo, levantando la vista con cara de cordero degollado y señalando a mamá con el dedo. Luego se levantó y la acompañó al box. Antes de que entraran, oí que le decía—: Pareces Estatua de Libertad. No vuelve a escapar. ¿Prometes? Si escapa con agujas y tormenta, atrae rayos y pum, como pararrayos de casa.

—Ji, ji, ji, qué gracioso, Yoli —oí decir a mamá antes de que cerraran la puerta.

Desde entonces mamá empezó a ir a la consulta de Yoli todas las semanas y el tratamiento ha sido mano de santo. Mamá adora a Yoli y, con las semanas, él también a ella. Los desajustes de la orina han remitido mucho en este último año y, sobre todo, mamá ha ganado en claridad mental. Está más tranquila, mucho menos acelerada y, salvo un par de conatos, no han vuelto las infecciones. Aun así, en el momento de mi comida con mamá, los resultados todavía eran un poco tímidos y Silvia seguía sin ver claro lo de la acupuntura. No se fiaba de nada que no fuera

«medicina de verdad», como ella la llamaba. Como en todo lo demás, Silvia se fía solo de lo que puede explicar. O, como ella dice, «lo empíricamente demostrable», y para ella nada que lleve la etiqueta de «alternativo» lo es.

Silvia necesita pruebas, radiografías, análisis, matemática y fórmulas infalibles. Todo lo demás era —y en algunos casos sigue siéndolo todavía—

«cuentos de vieja para desesperados».

De ahí la preocupación de mamá, y de ahí también mi extrañeza. El binomio Silvia y Yoli era, cuando menos, si no alarmante, un motivo de inquietud con fundamento.

Dedicamos buena parte de la comida a elucubrar sobre qué podría estar ocurriéndole. Barajamos un montón de posibilidades, cada cual más peregrina, sin llegar a concretar nada, porque con Silvia todo y nada podía ser. Al llegar al café, hubo un pequeño inciso en la conversación cuando tía Inés llamó a mamá para preguntarle algo sobre la dirección de su dentista y, en el silencio que siguió al instante en que colgó, quise hacer un pequeño tanteo con la cuestión de Sven, para ver si quizá era un buen momento para contárselo.

En cuanto saqué el tema, entendí que no. Fue nombrar a Sven y a mamá se le iluminó la cara.

—Ay, Fer. ¿Te das cuenta de que es la única alegría que tenemos? —

dijo, con una sonrisa triste—. Verte así, tan ilusionado después de tanto tiempo, casi compensa todo lo demás: lo mío, lo de la mayor y, bueno, Emma tampoco te creas tú que me tiene muy tranquila. Está tan sola esta niña... —Y antes de dejarme meter cucharada en su pequeño monólogo, añadió—: Tengo tantas ganas de conocer a Sven... ¿Tú crees que podrás traerlo pronto?

No tuve más remedio que seguir mintiendo.

—Lo intentaré, mamá —respondí—. Deja que la cosa esté un poco más asentada y, por poco que pueda, te prometo que lo traigo. Tiene muchísimas ganas de conocerte, después de lo mucho que le he hablado de ti. Aunque es un poco tímido y bueno... lo de conocer a tu suegra tampoco es que sea un planazo para nadie.

Abrió los ojos como una niña y se puso a aplaudir, feliz.

—¿De verdad quiere conocerme? Ay, Fer, pero tienes que avisarme con tiempo. Tendré que ir a la peluquería. Y llevar a lavar a Shirley. Y

limpiar, sí, limpiar un poquito a fondo. Se lo diré a Oksana.

Después, cuando estábamos a punto de salir a la calle, mamá me pidió lo que desde que nos habíamos sentado a comer yo temía que iba a llegar.

—Podrías intentar enterarte, Fer —dijo.

Por un momento no estuve seguro de a qué se refería.

—Seguro que si insistes un poco, Silvia te cuenta lo que le pasa —

aclaró—. Contigo tiene mucha confianza. Si lo intento yo, será peor, ya sabes cómo se pone cuando le pregunto algo.

Asentí. Tenía razón. Las preguntas de mamá no eran bien recibidas por Silvia. No lo han sido nunca, ni siquiera de pequeña. Es como si para ella el interés de mamá no fuera genuino, sino una falta de respeto. O directamente una intromisión.

—Esta niña sufre, Fer —insistió, bajando la vista, mientras la ayudaba a ponerse la chaqueta—. Te lo digo yo. Sufre mucho y yo no puedo verla así.

Un par de horas más tarde, mientras paseaba con Emma y con mamá por el mercadillo del barrio, fue ella misma quien, sin pensarlo, dio con la clave que nos ayudaría a desenmarañar una parte de los porqués de esa versión de Silvia que ya empezaba a adivinarse.

Paseábamos entre los puestos comentando la última bronca que Silvia le había echado a mamá por haber salido en zapatillas a pasear a Shirley y haberse tropezado con el bordillo de la acera delante del veterinario. Mamá había conseguido no caerse, agarrándose al árbol que tenía justo al lado, pero Shirley se había asustado tanto que cuando una señora se había acercado a ayudarlas, se había lanzado a morderla como si la hubieran pinchado con un hierro al rojo vivo. En cuanto Silvia se había enterado, la bronca había sido monumental. Había llegado incluso a amenazarla con hablar con nosotros para ingresarla en una residencia y mamá había estado todo el fin de semana haciendo pucheros por los rincones.

—Todo es por culpa del gato —dijo como quien dice que la lavadora no funciona porque está desenchufada. Nos habíamos parado delante de un puesto de semillas, piensos y chucherías para animales y mamá manoseaba pelotas, huesos y todo lo que tenía a su alcance.

Emma y yo nos miramos. Mamá se refería a Christopher, el gato que Silvia había tenido durante dieciséis años y que se le había muerto hacía un par de meses, al poco del ingreso de mamá. Emma se agachó a coger una pelota y un par de huesos que mamá había tirado al suelo sin darse cuenta con la manga de la chaqueta.

—¿Qué tiene que ver el gato, mamá? —preguntó mientras se incorporaba.

—Pues es lo de siempre, hija —respondió mamá, con una mueca de

«vaya preguntas hacéis a veces, de verdad»—. El síndrome del niño vacío.

La dependienta del puesto miró a mamá con cara de no entender nada mientras aceptaba la pelota y los huesos que le daba Emma. Mamá por fin reparó en la muchacha y le dedicó una de sus beatíficas sonrisas antes de seguir hablando.

—Se le ha ido Christopher y se han quedado John y ella solos, y claro, eso es una depresión —sentenció—. Si te quitan al hijo y te dejan al marido es como si te quitan el pelo de la cabeza y empieza a crecerte por el resto

del cuerpo. Un infierno, vamos. Yo lo viví con vuestro padre. Acordaos de lo mal que lo pasé.

Emma puso los ojos en blanco y empezó a liarse un cigarrillo.

—Mamá, Christopher era un gato, no un hijo —dijo—. Y es el síndrome del nido vacío, no del niño.

—Sí, y John es como un marido. O sea, que en el fondo es lo mismo.

—Siguió revolviendo el contenido de las distintas cestas llenas de chuches para perros y añadió, como si nada—: Yo creo que ahora adoptarán otro gato. O si no, empezarán a hacer obras en casa: la cocina, el suelo de la terraza, las luces, las ventanas... y cuando se quieran dar cuenta llegarán un día y estará todo tan cambiado que, conociendo a tu hermana, creerá que les han entrado a robar y llamará a la policía hecha una fierota.

La chica asintió desde el otro lado del mostrador y, aunque enseguida mamá cambió de tercio porque se había acordado de que quería comprarle un impermeable a Shirley, la idea siguió flotando sobre nosotros el resto de la tarde y se quedó allí, latente y almacenada en el baúl de las cosas dichas que no se desechan por ningún motivo en particular, pero que se aparcan en ese limbo de los «por si acasos» familiares que a veces, cuando menos lo esperamos, reaparecen como una bengala desde la memoria para iluminar algo que parecía no importar.

Ese mismo fin de semana, después de que mamá me sometiera a un acoso sin tregua sobre lo preocupada que estaba por Silvia y lo terrible que era para una madre no saber —«Tú no lo entiendes porque no eres madre, Fer, pero el día que lo seas lo sabrás»—, llamé a Silvia y quedamos para tomar un café en el centro. Curiosamente, y a pesar de lo que me había temido después de haber oído la versión de mamá, cuando la vi aparecer no me pareció observar en ella nada extraño. Como siempre, llegó cinco minutos tarde y hablando por teléfono mientras se bajaba del taxi y, en cuanto se sentó a la mesa de la terraza donde la esperaba, encendió el iPad y empezó a buscar no sé qué información que al parecer necesitaba cotejar con quien tenía al otro lado de la línea, que la llamaba desde Buenos Aires y quería unos datos ya. Tardó un buen rato en colgar. Luego silenció los dos teléfonos —doble línea para el trabajo en uno y una privada en el otro— y dejó el iPad encima de la mesa, me miró y sonrió como si acabara de

sentarse. Fue la sonrisa más hueca que recuerdo haberle visto en años. Tenía la mirada ligeramente turbia, como si le costara trabajo enfocar. Más allá de eso, era la misma Silvia de siempre.

Después de pedir, charlamos de naderías durante unos minutos hasta que ella sacó un paquete de cigarrillos del bolso. Encendió uno, aspiró hondo y sacó el humo por la nariz.

—El miércoles comí con mamá —empecé, intentando sonar lo más casual posible—. Me dijo que habías ido a verla y también que te había encontrado rara. Me pareció preocupada.

Enseguida cuadró los hombros y arqueó una ceja, como si lo que acababa de oír la hubiera pillado por sorpresa, pero no dijo nada.

—¿Estás bien? —pregunté antes de darle tiempo a ponerse a la defensiva—. ¿Te pasa algo?

Aunque por un momento tuve la sensación de que iba a cortarme con alguna de sus contestaciones al uso, no respondió enseguida. Durante unos segundos pareció sopesar su respuesta.

—¿Por qué lo preguntas? —Inspiró hondo, echó los hombros hacia atrás y los hizo rotar un par de veces sobre sus ejes mientras el cigarrillo colgaba, encendido, de sus dedos.

—Mamá se quedó un poco asustada —respondí—. He hablado con ella esta mañana. Sigue preocupada. Ya sabes cómo es: cuando le da por algo, no para de darle vueltas.

—Ya.

—Me ha dicho que hasta la abrazaste.

Silvia frunció los labios y soltó una carcajada forzada que sonó a falsa tos.

—Vaya —dijo—, ¿tan odiosa soy que mi madre cree que estoy fatal porque la he abrazado?

—No digas eso.

Bajó la vista. Hubo un silencio corto.

—Soy un poco horrible, ¿verdad? —dijo entonces, sin apartar la mirada de suelo.

No supe qué decirle. La pregunta me pilló tan a contrapié que tampoco intenté mentir.

—Más bien un poco difícil —respondí, intentando ser lo más suave posible—. Sobre todo últimamente.

Levantó la vista y sonrió. No era la misma sonrisa hueca de hacía unos minutos. Era la de la Silvia interior, la que, a pesar de todo lo que quizá ya no era, seguía estando.

—¿«Últimamente» quiere decir «desde pequeña»?

Me reí. Ella también.

—No —respondí con una sonrisa, en un intento por alimentar el tono cómplice que por fin parecíamos haber encontrado—. Desde hace un tiempo.

Ella no pareció computar lo que acababa de decirle. Desde que se había sentado a la mesa yo tenía la sensación de que no me escuchaba del todo. Era como si una parte de ella no estuviera. Como si faltara algo.

—No hay nada que contar —dijo por fin—. A lo mejor es eso lo que me pasa, que no hay nada —añadió, volviendo a mi pregunta inicial y retomando la tensión del principio—. Me da hasta vergüenza decirlo.

Quiero decir que no debería sentirme así, pero...

Me dio miedo ese enunciado, sobre todo viniendo de ella, pero no se lo dije. Ni eso, ni tampoco que desde hacía unas semanas nos resultaba tan difícil aguantarla que tenerla cerca casi se había convertido en una proeza.

No le dije que se irritaba por cualquier cosa, que estábamos cansados de sus cambios de humor, de las malas contestaciones y de las quejas constantes, de que para ella todo fuera siempre demasiado algo, demasiado pequeño, demasiado tarde, demasiado blanco o demasiado negro. No me atreví a preguntarle dónde habían quedado la paciencia y el humor, dónde estaba la Silvia que, a pesar de todo, siempre terminaba echando mano de esa capacidad de reírse de sí misma cuando le poníamos delante el espejo familiar y veía reflejado en él ese retrato de mujer maniática y afilada con el bolso lleno de bayetas, detergente para las manos y eso que mamá había bautizado en su día como los «por si acasos de Silvia», a saber: pastillas por si le daba la alergia, toallitas húmedas de aloe por si tenía que usar un baño público, guantes de látex «por si las moscas», dos baterías externas para el móvil —la segunda por si se le gastaba la primera, cosa que ocurría a menudo—, un blíster de ibuprofeno «por si algún dolor», un par de

botellines de Rescue, tampones, pañuelos de papel, cepillo de dientes de viaje... No, desde hacía un tiempo nada quedaba del humor y menos aún de la paciencia. Emma decía que debía de tener algo que ver con John, que a lo mejor no estaban pasando por una buena época y que claro, «como Silvia es como es, pues se lo queda todo dentro», una teoría a la que tía Inés se sumó solo en parte, resumiéndolo a su manera, porque lo veía a su manera, que era, a pesar de su visión, la más clarividente: «Por lo poco que he podido ver, parece que cuanto más John, menos Silvia», soltó con una mueca de señora que sabe lo que dice. «Aunque, la verdad, no sé cómo la aguanta ese santo varón —añadió—, porque yo la veo cada día peor.» Y peor estaba, o al menos eso nos parecía a nosotros, sobre todo en lo que respectaba a mamá. Los despistes, las torpezas, los comentarios surrealistas, las señales cada vez más evidentes de que mamá estaba empezando a convertirse en una mujer mayor cuyas facultades no eran las que habían sido no siempre encontraban buena respuesta en Silvia. Mamá empezaba a ser menos ella y más el esbozo de aquello en lo que la edad iba a retratarla y esa imagen anticipada de la última etapa de su vida aterraba a Silvia hasta el punto de que la negaba de raíz. No había en ella empatía con la vejez. Mamá no. No podía ser. Si mamá se caía, Silvia la reñía por haber salido sin las gafas, o por no haberse agarrado a la barandilla de las escaleras de la plaza, como le hemos repetido hasta la saciedad. Primero la reñía, y en la riña había saña porque en realidad no la reñía por caerse, sino por hacerla sufrir con su caída. Luego, en cuanto recuperaba el control y volvía a ver a mamá por lo que era, la ayudaba y se desvivía por ella. Rabia. La rabia de Silvia era contra el tiempo, pero el tiempo no da nunca la cara y Silvia se desquitaba con mamá. Y entonces llegaba la culpa, y la culpa generaba vergüenza, una vergüenza fea y cruda que la desarbolaba, porque veía en ella su peor versión.

Rabia. Miedo. Culpa. Vergüenza. Pena. Rabia.

El círculo no se cerraba.

Silvia estaba insoportable, esa era la verdad, pero lo estaba sobre todo consigo misma. Lo demás, lo que nos llegaba a nosotros, era la onda expansiva de lo que ella vivía por dentro, o eso era al menos lo que intuíamos y lo que nos preocupaba, sobre todo a mamá.

—Siento que algo no encaja, Fer. No sé qué es, solo sé que hay algo que no va —empezó, pasándose la mano por el cuello—. Pero cuando me oigo decirlo no entiendo lo que quiero decir y pienso que no tengo derecho a quejarme, porque no me falta nada. Os tengo a vosotros, un trabajo que me encanta, aunque se me lleve media vida, tengo a John, una casa en la que me siento a gusto... y, bueno, sí... también esta ansiedad que me mata día sí y día también, pero supongo que eso va conmigo. Sin ella no sería yo

—añadió con una risa amarga, apagando el cigarrillo en el cenicero.

No supe qué decir. Por lo menos parecía consciente de que algo no iba bien y eso me tranquilizó.

—Es como si viviera encogida —volvió a hablar—. Como si no cupiera y a veces quisiera estirar los brazos y empujar, empujar mucho hacia todas partes para poder respirar mejor, porque no me acuerdo de cómo era respirar antes, cuando la vida no era esto, o yo no era así. —Bajó los ojos—. No sé ni lo que digo, Fer. Sé lo que siento, pero no sé cómo ordenarlo. ¿Me entiendes?

Asentí una vez más y me pregunté entonces dónde cuadraba la ficha de Yoli en el rompecabezas de esa reflexión. Ella misma me dio la respuesta.

—Le he pedido a mamá el teléfono de John Li —dijo, volviendo a encender un cigarrillo—. Quizá me ayude a rebajar un poco la ansiedad.

Con eso me conformo. Aunque, no sé, no creas que las tengo todas conmigo.

—Ya.

—A lo mejor, sin tanta ansiedad puedo pensar mejor y veo las cosas más claras, ¿no?

Se hizo un silencio que no fue incómodo. Entre Silvia y yo la incomodidad no está nunca en los silencios ni en las distancias cortas. Al contrario: estamos bien juntos, aunque digamos poco, porque nos conocemos bien. El color de su complicación es a menudo parecido al de la mía y eso une, une mucho.

—¿Y John qué te dice? —se me ocurrió preguntar.

Me miró como si acabara de oír el chirrido del yeso en una pizarra.

—¿John? —dijo—. No se lo he contado. —Debió de verme la cara de perplejidad, porque enseguida añadió—: Mejor no decirle nada. Está tan hasta arriba de trabajo que prefiero no molestarlo. Además, sé que se preocuparía demasiado. No soporta verme mal. —Yo seguí sin hablar y ella quiso cortar cuanto antes la incomodidad que debió de leer en mi silencio

—. Es demasiado sensible. Mucho más de lo que imaginas.

No supe qué decir. Me costó entender que estuviera pasándolo como lo estaba pasando y hubiera decidido hacer el sobreesfuerzo de ocultárselo a John, y en el momento no supe reaccionar. La que sí lo hizo en cuanto lo conté al día siguiente fue tía Inés.

—Pero, bueno, esta niña es idiota —siseó, echando espumarajos por la boca. Emma le puso la mano en el brazo, intentando calmarla—.

¿Demasiado sensible? ¿John? —saltó, retirando el brazo de un tirón—. ¿Y

no le has dado una bofetada?

Estábamos a punto de empezar a comer. Llevábamos un buen rato hablando, porque, por supuesto, en cuanto Silvia y yo nos habíamos despedido, comprobé que tenía diez llamadas perdidas de mamá y otros tantos mensajes en los que simplemente decía: «¿Ya?». Preferí contárselo a todas a la vez y quedamos un par de horas antes de la comida del domingo en casa de tía Inés. Cuando mamá oyó lo de John, negó con la cabeza.

—Es peor de lo que creía. Habrá que estar muy atentos —dijo, visiblemente abatida por todo lo que acababa de oír—. Solo espero que Yoli la ayude y pueda salir adelante, pobre criatura.

Media hora más tarde, cuando estábamos a punto de terminar el primer plato, Silvia nos anunció que John y ella habían decidido hacer obras en casa.

—Será poca cosa. Renovaremos la cocina y el baño de las visitas —

aclaró—. Y estamos pensando en instalar una sauna seca, pero todavía no nos hemos decidido, porque es complicado encontrar una ecológica de uso doméstico —dijo. Por supuesto, mamá parecía no acordarse de su teoría sobre el gato que nos había soltado en el mercadillo y la escuchaba con un interés impropio de ella mientras yo recibía una patada por debajo de la mesa y una mirada de Emma que entendí al instante porque fue compartida.

Cuando me levanté para recoger los platos y llevarlos a la cocina, mamá me acompañó para sacar del horno la bandeja con el pollo. Mientras yo iba enjuagando los platos en el fregadero para meterlos en el lavavajillas, ella se acercó a mí disimuladamente y, frunciendo los labios, me dijo en lo que supuestamente debía de ser voz baja:

—Ya os lo había dicho. Es por el gato.

La miré, pero no dije nada. Ella sacó la bandeja del horno, lo cerró y, cuando se dio la vuelta para volver a la mesa, murmuró entre dientes:

—El síndrome del niño vacío.

OceanofPDF.com