Un amor
Libro primero. Grandes preguntas, pequeñas respuestas
Libro primero
Grandes preguntas,
pequeñas respuestas
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No es llegar. Es poder quedarnos.
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1
Mamá había dicho que ella misma compraría las flores, pero entre que los preparativos de la boda se han complicado más de lo previsto y que últimamente anda más atribulada de lo normal, no ha podido ser. Ayer, cuando le pregunté si había pasado a por ellas, se dio una pequeña palmada en la frente y dejó escapar un pequeño jadeo.
—Ay —masculló con cara de circunstancias—, ya decía yo que se me olvidaba algo. —Enseguida se levantó y se ofreció a bajar a la floristería.
—No hace falta —la cortó Silvia con una sombra de fastidio en la voz.
Habíamos terminado de merendar y ayudábamos a mamá con el equipaje, intentando convencerla de que para un fin de semana en el campo tenía más que suficiente con la bolsa de lona roja—. ¿No irás a llevarte ese mamotreto horrible? —insistió Silvia, que lanzó una mirada de horror al viejo maletón de cuadros abierto encima de la cama de mamá como un ataúd—. A no ser que quieras dormir dentro —remató negando con la cabeza—. Además, no entiendo a qué viene tanto empeño en llevarte un ramo de flores a una casa rural.
Mamá frunció los labios y soltó un suspiro de madre sufrida.
—Pues para decorar la mesa, hija —contestó como si no entendiera que alguien preguntara algo tan obvio—. Dónde se ha visto una cena de cumpleaños sin su tarta y su centro de flores.
Silvia dejó escapar el aire por la nariz.
—Ya, mamá, pero es que vamos al campo. —Dijo «cam-po», marcando cada sílaba como si mamá fuera lela—. Y si algo sobra en el campo son flores, sobre todo en primavera. Y encima de las de verdad, no esas cosas transgénicas de invernadero que compras en el quiosco. —Mamá parpadeó y puso cara de ofendida, y Silvia dulcificó un poco el tono—.
Pero, bueno, si tanta ilusión te hace lo del ramo, siempre podemos aprovechar el de Emma. Con los nervios que tiene la pobre, seguro que
entre una cosa y otra se lo deja por ahí olvidado y termina perdiéndolo —
añadió, mirando su reloj. Luego se levantó, se puso la chaqueta y, rebajando una décima más el tono, dijo—: O mejor: mañana, cuando lleguemos al molino, salimos a dar un paseo y antes de cenar te ayudo a coger unas rosas del jardín de la iglesia, ¿te parece?
Mamá forzó una sonrisa, más dirigida a mí que a Silvia, que acompañó con una mirada de socorro en la que supe leer una súplica silenciada que seguramente habría sonado así: «Ni se te ocurra dejar que tu hermana me lleve de paseo hasta la iglesia las dos solas, por favor, Fer, porfavortelopidoporfavor».
Media hora más tarde —y aunque costó lo suyo porque desde que hay boda a la vista mamá está tan sobrepasada que computa lo que puede y está en modo «lo que vosotros digáis, pero hago lo que me da la gana porque, aunque me tratéis como a una niña, sigo siendo vuestra madre»—, salí de su casa convencido de que todo estaba en orden tras haberla oído jurar y perjurar que «sí, Fer, cogeré la bolsa de lona, no te preocupes. No sé en qué estaría pensando cuando se me ha ocurrido bajar del armario esa cosa horrible». Mientras me preparaba para marcharme, ella seguía atrincherada en el sofá, detrás de la mesita de centro, sobre cuyo cristal tenía dos montones de cosas: en el de la izquierda, lo que pensaba llevarse al molino
—ropa, neceser, bolsa de las compresas, pastillero, tupper con el pienso de Shirley, radio, gafas de repuesto, tarjetero con la tarjeta del banco, la de la seguridad social y la fotocopia del carné— y, en el de la derecha, el pequeño montón de ropa que iba a ponerse para la boda: unos mocasines Geox de ante marrón, la ropa interior, una especie de capa-fular-torera de lino violeta, los pendientes de perlas de la abuela Ester y una camisa blanca con cuello mao que yo no le había visto hasta entonces y que, según entendí, le había pedido prestada a tía Inés.
—¿No habías dicho que ibas a ponerte un vestido? —le pregunté al ver la camisa.
Una sonrisa ilusionada le iluminó la cara mientras cogía la camisa, la desdoblaba, volvía a doblarla con cuidado y la alisaba con la mano extendida.
—Ya, pero al final he decidido que mejor no. —Nos miramos durante un instante y, al ver que yo no preguntaba, continuó—: Ay, Fer, es que ayer vi una cosa tan bonita... pero tanto, que no pude resistirme. —Y antes de dejarme hablar, añadió—: Es una cosa moderna. O sea, moderna, pero no moderna como las que usan las niñas de la plaza, con las bermudas esas que les cuelgan los bolsillos por debajo del vaquerito para que no se les vea que ya no llevan tanga ni nada. No, no, no. Es más... italiana. O sea, entre chícster y... ¿cómo es eso que dice Silvia? —Se tomó unos segundos para encontrar la palabra justa mientras acariciaba con los dedos el algodón de la camisa hasta que por fin dio con ella—. Empoderada. ¡Eso! ¡Tu madre va a estar em-po-de-ra-da!Ya verás. —Se puso a aplaudir solo con las yemas de los dedos como una niña y soltó una risilla—. No me vais a conocer. Y a la mayor le va a encantar.
«La mayor.» No pude reprimir una sonrisa. La mayor es, cómo no, Silvia, pero no porque sea la mayor de los tres, sino porque el día que, por tercera vez en el último año y medio, nos anunció que había decidido hacer reformas en su casa y empezó a detallar con pelos y señales todo lo que tenía en mente —«tenemos que rehacer el vestidor sí o sí, y tirar un par de tabiques que no terminan de..., y los azulejos de la cocina, no sé yo si ese tono de verde...»—, cuando por fin se marchó y pudimos respirar después de tanta pared, tanto led y tanta lista de materiales nobles / ecológicos /
sostenibles, tía Inés se recostó en el sofá de mamá, se echó tres terrones de azúcar en la taza y dijo:
—Desde luego, si algún día alguien decide fundar la orden de Nuestra Señora de las Obras Mayores, llamarán a Silvia.
La respuesta de mamá fue breve:
—Sí —dijo, untando un brioche con mantequilla salada—. Un poco la Niña de los Tabiques sí que es.
Y, entre broma y broma, entre brioche y brioche, la cabeza de mamá, que normalmente absorbe como una esponja lo que menos le conviene, resumió a su manera el intercambio de nombres, motes y risas rebautizando desde entonces a Silvia como «la mayor» siempre que no la tiene a la vista.
Eso o «tu hermana» cuando se lleva alguna bronca de ella y me llama, ofendida, para desahogarse.
En el sofá, mamá sonreía, ilusionada, imaginándose la sensación que iba a causar vestida para la boda con su estilismo sorpresa, y de nuevo tuve que disimular una sonrisa, aunque bien podría haberme ahorrado el esfuerzo, porque mamá ve ya tan poco que apenas aprecia los matices en las expresiones ajenas. «Empoderada», había dicho. Esa es una de las palabras que, en su léxico particular, exprime desde hace unos meses a tutiplén y que tía Inés detesta sobre todas las cosas. Esa y algunas más con que la abruma la actualidad —«transversal», «resiliencia» y «zona de confort», por ejemplo—. Aunque «empoderada» supera con creces al resto porque llegó por error y quien ayudó a corregirla con un éxito más o menos discutible fue ni más ni menos que el doctor Armadillo, su nuevo traumatólogo.
Lo que ocurrió fue que hace unos meses mamá se cayó en la calle. No fue una buena caída. Como apenas ve, tropezó con uno de los escalones de la plaza mientras paseaba a Shirley y se fue de bruces al suelo, aterrizando sobre manos y rodillas. Al cabo de un par de días, una rodilla seguía inflamada y el dolor no remitía, así que decidimos asegurarnos y que la viera un especialista.
La consulta no empezó con buen pie. En cuanto entramos, el médico, un tipo con cara de poco interés por lo que tenía entre manos y cierta mirada de desidia, bromeó, con más sorna que otra cosa, al ver aparecer a mamá escoltada por toda su prole. Ella, ajena al tono del hombre, estuvo encantada con la observación y, volviéndose hacia nosotros, que estábamos de pie a su espalda, nos presentó:
—Sí, doctor —dijo con una sonrisa de madre orgullosa—. He venido con mis tres hijos. —Como él no reaccionó, mamá decidió hacer las presentaciones pertinentes—: Esta es la mayor, esta es la lesbiana y este, el pequeño.
La cara del doctor se contrajo un poco y Silvia se apresuró a corregirla.
—La mediana, mamá. Es la mediana.
Mamá asintió.
—Eso quería decir, sí —dijo, sin perder la sonrisa.
Diez minutos más tarde, mientras esperábamos en silencio a que el doctor nos extendiera una petición para hacerle una radiografía de la rodilla, mamá, que parecía haberse quedado totalmente absorta en algo que ocurría
al otro lado de la ventana, se inclinó hacia delante y dijo:
—Doctor, ¿usted sabe lo que es el empotramiento?
El hombre, que parecía estar también en sus cosas mientras esperaba a que la impresora diera señales de vida, dejó de garabatear en su libreta de recetas y miró a mamá como si no la hubiera oído bien.
—¿Cómo dice?
Mamá se inclinó un poco más hacia delante.
—Lo del empotramiento, ¿cómo es? —dijo. Luego, al ver que Emma y yo nos mirábamos con cara de póquer, puso los ojos en blanco y se explicó
—. Ya sabe. Lo de las mujeres empotradas.
La explicación no ayudó. Emma bajó la vista y yo intenté pensar en algo triste, pero no terminé de conseguirlo y se me escapó una carcajada mal contenida que quise transformar en suspiro y que terminó en tos. Silvia estaba lívida.
—La verdad, no sé exactamente a qué... —empezó el doctor, rojo como un tomate.
Mamá captó que ese principio de explicación no auguraba la respuesta a su duda y decidió intervenir a tiempo.
—Es que, en la radio, la señora de las mañanas siempre saca lo del empotramiento. Bueno, no es solo ella. En las tertulias del chico enanito del canal 24 horas también lo sacan mucho, sobre todo una mujer pelirroja y un poco gordita que habla así, como raro. Que si hay que empotrar, que si el empotramiento... Mi amiga Inés, que sabe mucho de sociología porque ha sido profesora de religión durante cuarenta años, dice que todo es por las feministas, las chiquitas del Fetén. Ya sabe: las de los pechitos al aire que odian a los curas y se rebozan en la tomatina... pero el otro día, en mi curso de memoria, alguien comentó que es una... una especie de moda que viene de Inglaterra.
El doctor miraba a mamá sin pestañear. Al ver que ella guardaba silencio, abrió la boca para decir algo, pero pareció pensarlo mejor y volvió a cerrarla. Mamá asintió y volvió a lo suyo.
—Aunque quién sabe, ¿no? —dijo, volviéndose hacia la ventana—.
Bien pensado, tiene sentido. Debe de ser por toda esa carne enlatada de potro que comen los ingleses, o sea, como aquí los vegetarianos con el
huevo pero con potros.
Ni el doctor ni nosotros dijimos nada. Él, porque estaba tan atónito que ni siquiera parpadeaba. Nosotros, porque sabíamos que cuando mamá se mete por esos callejones hay que dejar que busque sola la salida.
Tardamos cinco minutos más en descubrir que el «empotramiento» de mamá era en realidad el «empoderamiento» que salpica las tertulias y programas que escucha a todas horas en la radio, y otros cinco fueron los que tardó el doctor en explicarle el significado de la palabra.
Cuando él por fin terminó de hablar, mamá puso cara de satisfacción y resumió, encantada:
—Ah, ya lo entiendo. «Empoderada» es como decir «mejor que bien»,
¿no?
El doctor asintió despacio con un gesto que fue de alivio y terminó de escribir la receta. Mientras se imprimía la petición, mamá, que se había quedado muy callada, inclinó un poco la cabeza a un lado y frunció el ceño antes de preguntar:
—Pero, entonces... ¿lo del empotramiento qué es?
Así fue como, desde ese día, si ve algo que la sorprende para bien, mamá automáticamente lo empodera o, en su defecto, lo empotra, según de dónde sople el viento, la claridad mental disponible y según sea adjetivo, adverbio o tiempo verbal. «Empoderado» —o «empotrado»— es «bueno».
O mejor: es el resumen de todo lo bueno que barrunta su imaginación. La concursante ucraniana que se ha aprendido la Enciclopedia Británica de memoria y ha batido el récord de semanas participando en el programa de cifras y letras que mamá ve todas las noches antes del telediario está «muy empotrada». Una mandarina especialmente dulce, también. Sin embargo, lo que antes la fascinaba, ahora «me empodera». Y no hay más. O sí. Está también el resto, o lo que es lo mismo, lo «transversal». «Transversal» es aquello que no sabe explicar y que la enturbia, esa muletilla salvavidas de la que echa mano a menudo, unas veces con más acierto que otras. Si no sabe cómo definir una situación, un encuentro, una noticia... si por cualquier motivo se atasca en lo que quiere describir, sea lo que sea, allí aparecen indefectiblemente sus empoderamientos, sus empotramientos y, especialmente, su «transversal». En estas últimas semanas de más estrés por
la boda de Emma, utiliza esas palabras para casi todo, y les ha empezado a sumar otras reinterpretaciones del lenguaje que en la mayoría de los casos nos hacen gracia, pero que tanto Silvia como tía Inés están empezando a ver con cierta preocupación. Tía Inés dice que la culpa de tanta expresión nueva la tiene Marco, el coach colombiano que Silvia le ha puesto a mamá para
«enderezarla un poco y ayudarla a sacarle la rabia que —según ella— tiene enquistada contra papá». Silvia, por su parte, está convencida de que el único culpable es el transistor que mamá lleva colgando de la muñeca como una granada de mano y que la acompaña encendido a todas partes junto con su adorada Shirley. Debates, noticias, magacines... en casa de mamá se come, se cena, se habla y se duerme la siesta con la radio. La radio es ruido, y mamá no sabe vivir sin él porque desde que vive sola el silencio no la acompaña bien y le alarga demasiado los días.
La radio y Shirley. Esos son los planetas que orbitan alrededor de mamá, las dos únicas cosas que, sumadas a nosotros —sus tres hijos y también tía Inés— siente realmente suyas: « mi radio», « mi perra», « mis hijos e Inés». No «mi casa», no «mi ciudad», no «mi vida».
«Por eso lo pierde siempre todo», la justifica Emma cada vez que tras uno de los despistes de mamá nos toca reponer monedero, pastillero, tarjetas, bolso, móvil, llaves, carnés... Todo lo que rodea a mamá, lo que configura su día a día más allá del cuatrinomio perra-radio-hijos-amiga, está, pero está fuera. No le pertenece. No va con ella.
—Vas a estar tan orgulloso de tu madre, cielo... —insistió desde el sofá, supongo que viendo algo en mi mirada que no terminó de gustarle. Su voz me devolvió de golpe al salón y, al verla allí sentada, con los pies colgando y encajada tras la mesa de centro abarrotada de cosas, tuve ganas de acercarme a ella, abrazarla y decirle que no se preocupara por mí, que no se preocupara por nada y que todo iba a salir bien. Pero justo entonces, Shirley soltó un ladrido que rompió el hechizo del momento, cambió de postura sobre el respaldo de cuero blanco del sofá, sacudió sus orejones de Gremlin y se lamió perezosamente una pata. Luego bostezó, enseñando unos colmillos pequeños y gastados. De haber estado más atento —ahora lo sé—, la ilusión mal contenida de mamá tendría que haberme puesto sobre aviso de lo que quizá amenazaba con llegar, pero yo había tenido un día
demasiado largo y farragoso en el estudio, así que, aunque estuve a punto de pedirle algún detalle de lo que tenía en mente y curiosear más en lo que acababa de oír, opté por no hacerlo. A fin de cuentas, si mamá quería darse el capricho de empoderarse para ir a la boda de su hija, quién era yo para impedírselo.
—Seguro que sí, mamá. Seguro que vas a estar estupenda —le dije acercándome y dándole un beso en la coronilla. Minutos más tarde, en la puerta, volví a repetirle una vez más las instrucciones que habíamos convenido para la mañana siguiente—: Acuérdate de que tienes que estar en el ayuntamiento a las doce cuarenta y cinco. La ceremonia empieza a la una, pero mejor que llegues con un poco de tiempo. Si quieres, te dejo pedido ya el taxi y así no tienes que preocuparte. Yo estaré esperándote en la puerta. Después, cuando termine el aperitivo, pasamos por aquí a buscar tus cosas y a Shirley, paramos un momento en mi casa a por Rulfo y nos vamos directos al molino, ¿vale?
Arqueó una ceja y abrió los ojos, entre confusa y sorprendida.
—¿Seguro que cabremos todos, hijo? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—Claro, mamá. Tú irás delante con Shirley; tía Inés y Silvia, detrás con las bolsas, y Rulfo, en el maletero, como siempre.
Puso los ojos en blanco y, antes de poder reprimirse, dijo con voz de madre preocupada:
—Pero, entonces, ¿Esbién no irá con nosotros en el coche?
Esta vez me tocó a mí poner los ojos en blanco.
—Mamá, ya te he dicho que no sé a qué hora llegará Sven. Ni siquiera es seguro que llegue mañana. Tendremos suerte si puede estar aquí el domingo.
Puso cara de pena durante un par de segundos y enseguida le volvió la sonrisa.
—Bueno, la cuestión es que llegue —dijo. Luego suspiró y me agarró del brazo, apretándomelo con suavidad—. Ay, no sabes la ilusión que me hace poder conocerlo por fin. Después de tantos... meses. Parece mentira.
—Ya lo sé, mamá —dije poniendo la mano sobre la suya—. Pero con su trabajo es todo muy complicado. A duras penas puedo verlo yo...
Mamá dejó escapar un suspiro de felicidad.
—Qué bien poder estar todos juntos, ¿no? Quiero decir, cada uno con vuestra pareja, como las familias... normales —dijo, casi pasando por encima de la palabra, como si le diera demasiado respeto—: Magalí con Emma, John y Silvia, tú con Esbién...
No pude evitar una sonrisa. Desde el primer día, Sven es para mamá
«Esbién», y lo pronuncia así, como quien anuncia una marca de detergente.
—En fin, ya veremos, mamá —dije—. De momento, lo importante es que mañana todo salga genial y no tengamos ninguna sorpresa de última hora, que ya sabes lo bien que se nos dan en esta familia.
Asintió, con una mueca de circunstancias, y soltó un suspiro por la nariz.
—Tienes toda la razón. —Se quedó pensativa un par de segundos y, cambiando el tono, como si de repente hubiera pasado a otro capítulo, dijo
—: Oye, y con lo grande que es Rulfo, ¿no crees que debe de ir muy incómodo ahí detrás?
La de Rulfo y por qué lo llevo siempre en el maletero del coche es una discusión que mamá y yo hemos tenido cientos de veces. No le cabe en la cabeza que su Rulfo, que en realidad es mi perro pero ella lo trata desde el primer día como al nieto que no ha tenido, no viaje en el asiento de atrás, como nosotros. Su «¿No ves la cara que pone de sufrimiento cuando te mira por esa reja de clausura que le has puesto?» es el comentario que nunca falta cuando vamos juntos en el coche.
No me molesté en responder.
—Acuérdate de ser puntual, por favor —terminé—. Ya sabes cómo se pone Silvia cuando te despistas con la hora.
Dijo que sí con la cabeza e hizo una mueca de fastidio.
—Ya lo he entendido, hijo, no seas pesado.
Luego sonrió y, cuando me dio un beso, mantuvo la mejilla pegada a la mía un instante más de lo habitual y susurró, casi como si hablara consigo misma:
—Estoy tan feliz por Emma...
Me aparté un poco para mirarla a los ojos, esos ojos de color indefinido que nunca han visto mucho y que ahora apenas ven, pero que todavía a veces se iluminan como si estuvieran llenos de luces pequeñas que, entre las sombras que los velan, los demás no alcanzamos a distinguir.
—Y yo, mamá.
Asintió despacio con la cabeza y bajó la vista.
—Qué nervios, ¿no? —dijo retorciéndose las manos y encogiéndose de hombros como una niña que conspira o que participa de un plan secreto en el que ha depositado todas sus ilusiones y también todos sus temores.
No supe qué decir. El comentario de mamá resumía todo lo que habíamos visto en ella desde que Emma y Magalí nos habían anunciado que se casaban y la vida, la nuestra, puso el foco en lo que estaba por llegar. En su caso, la noticia provocó una marejada de emociones que mezclaban ilusión, anticipación y, sobre todo, muchos nervios, unos nervios que apenas ha podido controlar en estas últimas semanas, preocupada en todo momento por que nada se tuerza. «Que no falle nada», la hemos oído repetir hasta la saciedad. «Que salga todo bien.» Y es que, desde la noticia de la boda, mamá ha sido una versión magnificada de lo que ya era, en lo bueno y en lo no tan bueno. Los despistes, la torpeza, las lagunas de memoria, la tensión y ese discurso entre cándido y surrealista que tanto descoloca a quien no la conoce y que para nosotros es la música que nos acompaña desde siempre se han multiplicado por cien a medida que se acercaba el día y ella, que no es tonta, ha ido asustándose cada vez más, exigiéndose lo que quizá ya no está en condiciones de ofrecer.
Mayor. Mamá está mayor, sobre todo desde el episodio del hospital. Y
lo que la tiene así, la que realmente habla cuando repite a nadie en particular con una voz a la que le falta el aire «Por favor, que vaya todo bien» es la voz de su propia inseguridad. Y es precisamente esa inseguridad, ese temor a fallar, la que la vuelve a su vez más torpe, más despistada, la que desorienta su discurso y también la que, cuando se siente pillada en falta, la obliga a mentir.
Cuando todo lo demás falla, cuando pierde las llaves de casa o el bolso, cuando se olvida a Shirley en el banco o se cae porque sale a comprar sin las gafas o se desorienta, cuando se equivoca de autobús y
termina perdida en un barrio que no conoce y, aterrada, se gasta una millonada en un taxi porque cae en manos de algún desalmado que la estafa porque ve en esa mujer de pelo amarillo, piel casi transparente y ojos que casi no ven la presa perfecta para que le arregle el día... cuando la evidencia es demasiado acusadora y teme que descubramos lo que ya no sabe cómo ocultar, entonces miente. Miente porque para ella mentir es lo familiar, es lo que conoció primero. Para ella hubo una época en que mentir era sobrevivir, un tiempo que empezó demasiado pronto, cuando era apenas una niña y disimularse era imposible. Albina. Mamá nació tan blanca que la abuela Ester, cuando la vio, creyó que estaba muerta. «Era tan transparente que creí que había nacido sin sangre —me dijo una vez—. Tanto, que a tu abuelo le daba no sé qué cogerla en brazos. Imagínate en esa época. Qué sabía nadie lo que era una niña albina.» Mamá sí lo supo. Le tocó saberlo antes que nadie, porque aprendió a sentirlo en las miradas de quienes no eran los abuelos. Aprendió por descarte, sabiendo lo que no era: no era una niña guapa, ni popular, ni querida por las demás. No era igual que el resto. No veía, no tenía equilibrio, no podía tomar el sol. No, no, no...
Demasiados noes demasiado pronto.
«Albina.» «Fea.» «Rara.» «Cegata.»
Eso empezó en el colegio, pero ella nunca lo cuenta. Yo lo sé por la abuela, que tampoco hizo mucho para atajarlo porque «en aquellos tiempos los colegios eran lo que eran y las monjas educaban en la igualdad, no en lo diferente».
«Torpe.» «Tonta.» «¿Por qué eres tan blanca?» «Ojos de conejo.»
«Canario.» «¿Estás enferma?» «¿Es contagioso?»
Mamá creció así, se crio así: aprendiendo a callar y a reírse de sí misma para que la risa ajena no doliera tanto. Callar para que no te vean, atenta siempre a no destacar. Tuvo que elegir a una edad en que nadie debería hacerlo y eligió mal, porque eligió intentar que la vida reparara en ella lo menos posible, que pasara de largo y no doliera. Tuvo que elegir una adolescencia encogida, sin chicos que quisieran invitarla al cine ni a bailar después. Una adolescencia literal: falta de. Después llegó papá y ya no hubo marcha atrás. Mamá vivió tan mal durante tantos años de matrimonio con él que ahora ya no sabe envejecer bien. Es tarde porque en el fondo se siente
huérfana, aunque estemos nosotros para ver por ella, para recogerla cuando se cae, para protegerla de sí misma y de lo que todavía teme encontrar fuera.
Miente. Sigue mintiendo porque en el fondo los resortes son los mismos que cuando tuvo que elegir cómo sobrevivir a tanta hostilidad: mentir para que no la castiguen, para que no se rían de ella, de sus caídas, de ese pelo casi transparente que explica su fobia a las peluquerías y a los espejos de los ascensores, y esas cejas que no están porque nunca estuvieron, por mucho que esperó y esperó.
Pero la vida no perdona, ni siquiera a mamá, y dos semanas después de que Emma y Magalí nos anunciaran lo de su boda, nos sorprendió con un extraño requiebro que cada uno encajó e interpretó como pudo o como quiso cuando, por esos caprichos del destino y de la burocracia, resultó que el único sábado libre que quedaba disponible en el registro antes del verano para poder celebrar la boda era justamente hoy, y hoy es también el cumpleaños de mamá.
—Pues nada —dijo Silvia sin darle más importancia—. Boda y cumpleaños en un dos por uno y todo arreglado.
La lectura de mamá fue, cómo no, muy distinta.
—Es una señal —dijo, incrédula—. No sé de qué, pero es una señal.
—Y luego, como ninguno dijo nada, ella, siempre dispuesta a llenar los silencios incómodos con lo que tiene más a mano, esbozó una sonrisa forzada que quiso ser cómplice y remató, encogiéndose de hombros—: O lo que surja.
A Magalí y Emma, la coincidencia de fechas les pareció perfecta, cosa más que previsible, porque si algo tienen las dos es precisamente esa capacidad compartida de hacer siempre fácil lo difícil, aun cuando a priori algo se presente como un inconveniente de complicada solución. Son de esa clase de mujeres que se adapta a todo con una naturalidad que los demás no tenemos y que Silvia no siempre encaja bien, porque para ella lo fácil es sospechoso y porque la mayoría de las veces lee en esa adaptabilidad de Emma una falta de compromiso —«falta de criterio», lo llama ella— que la crispa.
—Pues dejad que os diga que no hay dos sin tres —fue el comentario de tía Inés cuando le contamos lo de la coincidencia de fechas. Estábamos los cuatro en la terraza. Emma y Silvia querían fumar y habíamos aprovechado que mamá se estaba duchando para salir a que nos diera un poco el aire. Antes de seguir, se persignó discretamente y torció el gesto—.
Lo de las coincidencias es así. No hay más que leer la Biblia: cuando hay dos, aparece siempre una tercera. Es como lo de los accidentes de avión. O
peor, como lo de los programas de televisión basura donde esos sinvergüenzas se pasan el día haciendo porquerías delante del país entero.
El comentario no nos sorprendió. Esa clase de sentencias, expresadas así, en ese tono y con la expresión de circunspección que la acompañaba, son tía Inés en estado puro: silogismos que suelta sin filtro, como si los leyera en un almanaque que se ha aprendido de memoria y del que echa mano cuando lo necesita. Lo curioso del caso es que no las suelta a destajo, ni tampoco son siempre tan funestas. Es como si de repente se conectara con algo que solo ella ve y que tiene que compartir, sea bueno o malo, porque lo vive como una verdad incuestionable, casi religiosa. Silvia me miró con cara de «ya estamos con tía Inés» y Emma y Magalí ni siquiera se dieron por enteradas. Pero ella, que confundió nuestro silencio con incomprensión, decidió explicarse mejor:
—Dos hitos coinciden en el tiempo y en el espacio no entre sí, sino para formar un hito nuevo que coincidirá con un tercero que se desvelará en su momento, normalmente de signo contrario —recitó de corrido.
Comoquiera que ninguno de nosotros terminó de entender su explicación y ella debió de verlo en nuestras miradas, puntualizó—: o sea, que debemos estar preparados para una desgracia, ya os lo digo.
Enterramos el comentario de tía Inés en el baúl en el que desde hace tiempo asfixiamos sus sentencias, profecías y demás verdades y lo olvidamos en cuanto salimos de casa de mamá. A fin de cuentas, Emma y Magalí estaban demasiado felices con lo que se les venía encima para tenerlo en cuenta y, a Silvia, lo de celebrar boda y cumpleaños el mismo día le parecía una bendición. Así que no volvimos a mencionarlo y tía Inés, que a pesar de no ser realmente tía nuestra es prácticamente de la familia y nos conoce casi mejor que nosotros mismos, y que desde el minuto uno ya
anunció que por motivos «que sin duda todos comprenderéis» —religiosos, fundamentalmente— prefería no ir a la boda e ir directamente al aperitivo, entendió que estaba predicando en el desierto y optó por dar su profecía por encajada para no volver a insistir en el tema. Tampoco ha habido en estos meses forma humana de convencerla para que cambie de opinión y venga a la ceremonia, por mucho que adore a Emma y que, como mamá, sienta auténtica debilidad por Magalí. Lo hemos intentado todos, echando mano de todas las estrategias imaginables, pero sin éxito. «Rezaré por vosotras desde casa», ha sido lo único que hemos podido sacarle. Y también: «Pero al aperitivo sí que iré, faltaría más. Una cosa es el... “acto” propiamente dicho y la otra es el convite. Así, de paso, superviso un poco que todo esté en orden, que nunca está de más».
De pronto, en el rellano de la escalera, la voz de mamá me devolvió a lo más concreto.
—Después de todo por lo que ha pasado, Emma se lo merece tanto...
—dijo.
Asentí. A punto estuve de decirle que sí, que Emma y también los demás, y que íbamos a tener una boda y un cumpleaños para recordar, pero no lo hice. No sé por qué, quizá por el tono de voz de mamá o por esa forma de hablar que sonó casi a invocación, me acordé durante una fracción de segundo de las funestas palabras que tía Inés había compartido con nosotros en la terraza y las sentí físicamente, sentí el peso del mensaje a mi alrededor como una sombra. No duró. Mamá volvía a hablar.
—Y Mariví —decía—, es tan... tan... tan para Emma...
A mi espalda, la puerta deslizante del ascensor se abrió con un zumbido metálico que provocó un ladrido estridente y entrecortado de Shirley desde el salón del apartamento.
—Magalí, mamá —la corregí—. Es Ma-ga-lí, no Mariví.
Mamá torció un poco la boca e hizo un gesto con la mano que a cualquiera que no la conozca le habría dicho poco, pero que nosotros llevamos años leyendo bien. Es el de: «Lo que tú digas, cielo».
—Ay, hijo, y eso qué importa. Magalí, Mariví... qué manía tenéis tus hermanas y tú con lo de los nombres. —No me molesté en contestar, porque sabía lo que venía a continuación—: Lo importante no es cómo se llame,
sino que Maga... lí se va a casar con tu hermana. —Y enseguida añadió entre dientes—: Qué más dará cómo se llame la criatura.
—Ya, mamá, pero es que en medio año creo que has tenido tiempo suficiente para aprenderte su nombre, ¿no te parece? —No pude evitar regañarla—. A lo mejor, aprovechando que mañana se casa con tu hija, podrías hacer un pequeño esfuerzo y tener el detalle de llamarla Magalí, aunque sea solo una vez.
Nuevo mohín de niña pequeña.
—Sí, cielo, lo que tú digas —respondió con una voz suspirada de madre paciente—. Pero ahora eso es lo de menos. Lo que cuenta es que Mala... bueno, la chica es un sol, y mañana todo va a salir empoderadamente, ya verás. —Luego bajó los ojos y guardó silencio durante un par de segundos. Y añadió, casi a regañadientes—: Si no fuera por estos malditos nervios que me tienen loca, y la emoción, y... en fin... —
Casi me pareció que se le quebraba la voz. Sentí que se me comprimía la garganta y estuve a punto de disculparme, pero una vez más fue una falsa alarma. De repente, mamá miró su reloj, se lo acercó a los ojos hasta casi pegárselo a la cara y, como si acabara de acordarse de que tenía algo en el fuego, se llevó la mano al pecho y saltó—: ¡Ay, Dios! ¡El programa!
La vi tan angustiada, el cambio de tono y de tercio fue tan brusco, que sentí que se me atascaba el aire en la garganta.
—¿Qué pasa? ¿Qué programa?
Volvió a pegarse la esfera del reloj a la cara para asegurarse de que la hora era efectivamente la que creía que era.
—¿Cómo que qué programa? ¡El de los vecinos americanos, hijo!
No la entendí. En un gesto de curiosidad automático recorrí con la vista las puertas del rellano, buscando en ellas algún signo que me diera una pista. En vano.
—Mamá, ¿qué dices? ¿Qué vecinos?
Me miró como si yo ya no estuviera allí y negó con la cabeza.
—¡El de «El asesino es su vecino»! ¡Es que hoy iban a matar a la gordita de los helados! —dijo alzando la voz, que resonó en el rellano casi como un grito de socorro. Y enseguida—: Te dejo, hijo. Mañana nos vemos,
¿vale?
Y así, sin más, dio media vuelta y se metió a toda prisa en casa, cerrando la puerta de golpe.
Minutos más tarde, cuando acababa de subir al coche y estaba a punto de arrancar, me sonó el móvil. Era tía Inés. No sé por qué, pero al ver su nombre y su foto en la pantalla sentí un pequeño pellizco en el esternón y a punto estuve de no contestar. Después de pensarlo un poco, apagué el motor y respondí.
—Hola, Fer —dijo. Nada más. Solo ese «Hola, Fer», que quedó colgando en el aire como un borrón y que, por el tono de voz, no parecía augurar nada bueno. Pasaron un par de segundos de silencio, entreverados con un bocinazo que llegó desde algún punto de la calle a mi espalda, hasta que ella volvió a hablar—. ¿Podrías venir a casa? —La pregunta me pilló tan por sorpresa que no supe reaccionar. Ella se dio cuenta—. Ha ocurrido algo —añadió con esa voz contraída y áspera que usa cuando habla de las cosas que le cuestan. Sentí de nuevo el pellizco en el pecho y pensé: «la coincidencia», y en cuanto lo pensé entendí que en cierto modo, aunque hubiera estado intentando convencerme de lo contrario, la sombra de esa tercera coincidencia que tía Inés había anunciado en la terraza de mamá meses atrás había dejado una impronta en algún rincón de mis coordenadas que yo no había llegado a descartar del todo. Me sorprendió que no me sorprendiera, es cierto, pero solo entendí su gravedad, el peso real de lo que auguraba, cuando, antes de colgar y de anunciarme que Emma, Magalí y Silvia iban de camino, tía Inés me ordenó desde el otro lado de la línea:
—Ni una palabra a tu madre, Fer.
Cuando quise preguntar, ella ya había colgado.
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