Un amor
Capítulo 5
—En el principio fue el Verbo.
Eso es lo que acaba de decir mamá con una voz igual de solemne que la de la camarera agobiada de un restaurante de playa cuando dice con cara de estar sin estar: «Les canto el menú». La frase es un clásico de mamá, heredado, cómo no, de un día que acompañó a tía Inés a misa y a la salida, mientras esperaban el bus, mamá, que no había dicho nada durante todo el camino hasta la parada, dijo:
—Oye, Inés, eso del verbo del principio que ha dicho el cura...
—¿Sí?
—Es que he estado esperando toda la misa, pero a mí me parece que no ha dicho qué verbo era. Aunque, claro, como hemos llegado un poquito tarde y ha dicho que estaba al principio, a lo mejor se nos ha pasado, ¿no?
Tía Inés nos contaría más tarde que las dos turistas chilenas que esperaban junto a ellas en la parada habían caído rendidas al comentario de mamá y hasta le habían pedido si quería hacerse una foto con ellas. Luego, en el bus, tía Inés había intentado explicarle un poco lo del Verbo pero, al ver que mamá no terminaba de procesar la información, había perdido la paciencia y había cometido el error de intentar finiquitar el asunto diciéndole algo que había sonado así:
—Mira, es como cuando no sabes por dónde empezar a decir algo muy importante y haces una entradilla. Un poco como si dijeras: «Les agradecería que me prestaran su atención», pero en religioso.
Mamá asintió, satisfecha. Lo había entendido. De hecho, estaba tan contenta con la novedad que desde ese día utiliza la entradilla del «Verbo»
como quien hace uso del manido «Qué te iba yo a decir» cuando no sabe cómo empezar a decir algo.
Ahora, de pie delante del pequeño atril con Shirley en brazos, se queda callada con cara de «no me acuerdo de nada más» mientras la frase sigue suspendida en el aire, parpadeando como un fluorescente a punto de apagarse, seguida de un silencio opaco que desde la mesa la jueza rompe con un gesto en el que se mezclan el asombro y el agotamiento.
—¿Ya está?
Mamá sonríe con cara de circunstancias y niega con la cabeza.
—Noooo —dice, abriendo mucho los ojos—. Es que tengo que improvisar, porque como me he olvidado el bolso en casa, no he podido traer el papel —se explica, acompañándose de una especie de mueca que quiere ser la prolongación de su sonrisa—. Pero no se preocupe. Creo que ya estoy empezando a acordarme de algunas cositas.
La jueza, que no las tiene todas consigo, clava en ella una mirada desconfiada al tiempo que arquea una ceja y tuerce la boca. A mi lado, Silvia pone los ojos en blanco y suelta un pequeño suspiro por la nariz. Lo del olvido del papel le toca de lleno, porque, como ya ocurriera con el estilismo de Emma, cuando mamá sugirió que quizá le gustaría decir unas palabras en la ceremonia, ella se ofreció para ayudarla a redactarlas y ahora, viendo que su propuesta tiene todos los números para caer en saco roto por el olvido de mamá, no puede disimular su desencanto. Y no la culpo.
Durante el último mes, ha invertido no pocos esfuerzos en trabajar el texto con mamá, una labor en la que ha tenido que bregar con numerosos fallos de sintonía entre las dos que han amenazado con terminar con su ya de por sí escasa paciencia, sobre todo al principio.
El primer día, cuando le preguntó si prefería decir algunas palabras o quizá le parecía mejor leer un fragmento de algún texto que le gustara especialmente para la ceremonia, mamá se quedó pensando un rato y al fin dijo:
—¿Y la letra de una canción no podría ser?
A Silvia la idea no le pareció mal, aunque, conociendo a mamá, prefirió estar preparada para cualquier sorpresa. Quiso saber más. La respuesta no la tranquilizó.
—Es una que Emma siempre escucha en el aiporc —apuntó mamá, que hasta el día de hoy es incapaz de pronunciar correctamente palabras como iPhone, iPad, iPod o hashtag. Pasadas por su filtro de traducción simultánea, se transforman fácilmente en versiones tuneadas que ella convierte, según el momento, en aiporc, alfons, aitac o airwick.
Silvia esperó a que mamá intentara recordar el título de la canción, aunque no hubo manera.
—A ver, ¿es hombre o mujer? —preguntó, intentando ayudarla.
—Hombre.
—¿Español?
—Noooooo —contestó mamá—. Es americano.
—¿Joven?
—Ya no. Pero da igual, porque es tan guapo... y canta tan... tan... ay, no sé, se le infla mucho la vena cuando toca la guitarra y tiene esos brazotes como de haber comido muchos cereales toda la vida, ¿sabes? Y un ancla tatuada, como Popeye. Es que no sé dónde leí que nació en un rancho de búfalos y los cazaba a mano. Y lleva uno de esos pendientes que parecen una anilla de archivador de los antiguos, ¿sabes cuáles? Ah, y tiene la voz ronca. Mucho.
Silvia no lo dudó.
—¿No será... Bruce Springsteen?
—¡Ese, ese! ¡El de los vaqueros apretados! —saltó mamá—. Cuando vamos en el coche a la casona, Emma siempre lo pone y cantamos las dos juntas: «Bom in de Usewei, yeee».
Silvia entendió en ese momento que quizá lo de animar a mamá a que interviniera en la boda no había sido la mejor propuesta, pero cuando vio la ilusión que había puesto en su participación, supo que era demasiado tarde para echarse atrás.
De pronto, lo que había nacido con la intención de no dejar a mamá al margen de los preparativos, se convirtió para Silvia en una auténtica pesadilla que no tardó en hacer extensiva al resto de nosotros y de la que se desmarcó hace unos días con un mensaje incendiario que soltó de madrugada en el grupo de WhatsApp «Hermanos» y que decía así: «SE
ACABÓ. AHORA DICE QUE QUIERE CONTRATAR A UNOS
MARIACHIS. YO ASÍ NO». Al texto le seguían dos filas de emoticonos en los que se alternaban bombas y caras sacando espumarajos por la boca.
Decidimos que lo mejor era dejar a mamá un poco a su aire. La experiencia nos ha enseñado que a veces con ella la no cooperación es la mejor solución. Fingir que algo ha perdido fuelle, que ya no es una prioridad, la calma y la centra. Probamos suerte. No nos equivocamos. Ella sola, tras un necesario paréntesis de reflexión, dio con la solución.
—Creo que voy a escribir un pequeño poema —me anunció un par de días más tarde, después de haber estado comiendo con Magalí en el centro y de haber ido con ella al bar donde celebraremos el convite para que conociera a las dueñas y se hiciera una idea del sitio. Ella y yo habíamos quedado en encontrarnos a las seis en la puerta del cine. En la calle, más allá de la marquesina, diluviaba con tanta virulencia que no se veían los coches aparcados en la acera contraria.
—Me parece estupendo —le contesté, sin prestarle demasiada atención. Mamá había cambiado tantas veces de parecer, nos había mareado hasta tal punto con sus mil y una propuestas, a cada cual más disparatada, que desde hacía unos días hasta Emma había dejado de escucharla.
—Pero, claro, yo de poesía mucho no sé, así que he pensado que lo mejor será hacer un poco de maxmix —siguió, totalmente ajena a mi desinterés—. Ya sabes, tirar un poco de aquí, un poco de allá... Una cosa sencilla. Algo de poesía prosística. Dicen que ahora se lleva mucho —
añadió, encantada con la idea. No supe qué decir. Lo de la poesía prosística me había dejado un poco fuera de juego, la verdad. A ella no pareció importarle—. Como veo a tu hermana tan sobrepasada, a lo mejor podría ayudarme Marco —siguió—. El martes me toca sesión con él, así que aprovecharé para pedirle que lo trabajemos juntos. —Y, con un pequeño suspiro, terminó—: Con lo sensible que es, seguro que estará encantado.
Justo en ese preciso instante yo intentaba sacar nuestras entradas de la máquina que estaba junto a la taquilla, que por segunda vez se había negado a reconocer la clave de mi tarjeta de crédito. Por si eso fuera poco, faltaban cuatro minutos para que empezara la película, tenía los pies empapados porque el chaparrón me había pillado de lleno a dos calles del cine y detrás
de mí una señora no hacía más que bufar y rebufar porque su amiga la esperaba dentro y «a este paso me quedo sin entrar, Tere, así mismo te lo digo», la oí repetir por tercera vez en los últimos veinte segundos con voz de quien tiene delante a un inútil manejando algo a lo que no deberían haberle permitido el acceso. En ese estado, la sugerencia de mamá me pareció maravillosa, como me habría parecido maravilloso ver salir de la pantalla de la máquina una garra peluda con uñas de acero que hubiera cogido a la señora del cuello y la hubiera zarandeado de pared a pared, desmembrándola un poco con cada sacudida hasta hacerle perder todos los empastes. Mientras volvía a insertar la tarjeta, le dije a mamá que me parecía estupendo que su coach colombiano —una especie de pequeño buda feliz que Silvia había rescatado de a saber dónde y que, además de haberse depilado tanto las cejas que las había hecho desaparecer del todo y tenía que pintárselas con un rotulador de marcar cedés, confundía las eses, las ces y las zetas indiscriminadamente— la ayudara con su creación poética.
—Es una idea fantástica —fue lo único que se me ocurrió decirle mientras por fin vi emerger las dos entradas por la ranura metálica y la señora de atrás soltó un «Ah, ya era hora, hombre» al que a punto estuve de responder con una coz—. Además, seguro que lo pasáis genial.
Ahí quedó todo. Tema zanjado. Nos adentramos a toda prisa en la oscuridad de la sala y yo borré de mi memoria más inmediata lo que mamá me había dicho hasta que tres días más tarde me llamó para anunciarme la buena nueva.
—Ya lo tengo —dijo, conteniendo una alegría que yo no supe justificar. Me había pillado trabajando y con la guardia baja. Enseguida añadió, encantada—: el poema, Fer. Para la boda. ¿Te acuerdas?
Mentí.
—Claro que me acuerdo, mamá. ¿Cómo no voy a acordarme?
Soltó un suspiro de satisfacción con el que llenó de viento el auricular y aproveché para poner el manos libres y concentrarme en el texto que tenía en la pantalla del Mac mientras ella volvía a la carga.
—Yo creo que ha quedado muy bonito —dijo—. Y tan sentido...
Desde luego, Marco es una joya. Qué acierto tuvo Silvia con él, ¿verdad?
Si mamá hubiera podido leerme la expresión de la cara en ese momento, habría entendido que, en mi humilde opinión, lo único que Marco tiene de joya es que es un perla de tomo y lomo, o lo que es lo mismo, un charlatán de feria que se hace llamar coach y que se pasa cincuenta y cinco de los sesenta minutos de su sesión con mamá contándole con todo lujo de detalles las desgracias, penas y anhelos personales que vive desde hace unos meses con su chica, una asturiana de nombre Esme que ejerce de quiromasajista a tiempo parcial y de comercial de anabolizantes ilegales de gimnasio a tiempo completo. Al parecer, la gran Esme viaja a Barcelona una vez al mes para visitar a su distinguida clientela de matones y traficantes de barrio. Después de haber colocado sus pedidos en los gimnasios y tugurios a los que abastece, pasa la noche con Marco y vuelve a su sufrida vida en la carretera, no sin antes jurarle y perjurarle que en cuanto termine de pagar la hipoteca que tiene a medias con su chico, que además de culturista y exmilitar ucraniano es su socio en lo del tráfico muscular, lo dejará por él.
—Sí, mamá —volví a mentir—. Marco es un acierto.
—Y tan guapo... Y, sobre todo, tan cariñoso... —insistió—. Fíjate que, ahora que lo pienso, a lo mejor, si no estuvieras con Esbién, quién sabe si...
Intenté contenerme. No era la primera vez que mamá dejaba escapar un comentario de esa cuerda. Procuré, en la medida de lo posible, moderar el tono de mi respuesta, que por supuesto fue la misma de siempre.
—Mamá, Marco no es gay.
Un nuevo suspiro.
—Y dale —se quejó con voz de madre sufrida—. Pero qué más dará eso, hijo, a estas alturas. Ahora la gente se enamora de las personas, lo de si eres hombre o mujer ya no importa tanto. —Esperó durante un par de segundos a que yo entrara al trapo, pero al ver que no se salía con la suya, optó por hacerse la ofendida y recular—. Eres un poquito intolerante para tus cosas, me parece a mí —refunfuñó entre dientes.
Como yo sabía que el rumbo que empezaba a tomar la conversación estaba a punto de abocarnos a Sven y al montón de preguntas con las que sobre él mamá llevaba asaltándome desde hacía semanas en cuanto encontraba la mínima excusa —«¿Estás seguro de que podrá venir a la
boda? Pero ¿a la boda o al aperitivo? ¿Ya ha confirmado? ¿Y no te parece que deberíamos invitar también a sus padres? Así podríamos conocernos, aunque a lo mejor, claro, le da vergüenza... ¿Y ya le has avisado de que no veo mucho? Oye, si dices que va a menudo desde Londres, ¿podrías pedirle que trajera unas cajitas de After Eight? Pero, si no es mucho pedir, que sean de las grandes. Es que las otras llevan tan pocos... No quiero ponerme pesada, hijo, pero eso de que tengas un novio desde hace casi un año y todavía no lo hayas traído para presentárnoslo no se hace, por mucho que esté siempre viajando por ahí. En algún momento tendrá que parar el hombre, ¿no?»—, decidí reaccionar a tiempo y devolver cuanto antes a mamá al motivo inicial de su llamada.
—Bien pensado, lo del poema me parece una solución fantástica —
dije, fingiendo un interés que estaba lejos de sentir e intentando que la reconducción no sonara demasiado brusca. Mamá rápidamente mordió el anzuelo y yo di por bueno el texto que había estado corrigiendo en la pantalla y cerré el documento.
—Sabía que te iba a gustar —la oí responder, encantada—. Aunque, bueno, poema, lo que se dice un poema no es —aclaró. No supe qué decir, y ella rápidamente procedió a explicarse—. Quiero decir que no es todo mío.
O sea, que hay cositas que sí, claro, pero también hemos sacado con Marco otras de aquí y de allá. Ya verás. Es muy... transversal. Las niñas van a estar encantadas.
Cuando, al día siguiente, Silvia y Emma quisieron saber si mamá finalmente iba a participar en la ceremonia y les confirmé que sí, que por fin se había decantado por la opción del poema, no siguieron preguntando más. Teníamos los últimos preparativos de la boda prácticamente encima y había que priorizar: mamá tenía su poema y estaba feliz. ¿Qué más podíamos pedir?
Ahora, mientras Silvia saca el móvil del bolso y escribe algo que entiendo que debe de ser un mensaje, mamá, cada vez más nerviosa e incómoda, se toma unos segundos tras el pequeño atril para intentar recordar el texto, aunque sin éxito. Luego, como si quisiera activar la
memoria a través de la mecánica, abre la boca y vuelve a cerrarla hasta que, a su izquierda, Magalí se vuelve, coge el bolso que cuelga del respaldo de su silla y lo abre al tiempo que dice:
—No te preocupes, Amalia. Yo llevo una copia.
Mamá la mira y, en cuanto el mensaje de Magalí cala en ella, se ilumina entera, llevándose al pecho la mano que tiene libre y dejando escapar un suspiro de alivio.
—¿De verdad?
Magalí asiente.
—¿No te acuerdas de que te la pedí para guardártela por si pasaba algo?
Mamá la mira con cara de póquer.
—No —contesta—. Pero, bueno, como tengo la cabeza como la tengo, tampoco te extrañe... —añade, depositando a Shirley encima de la mesa de la jueza, que no da crédito al ver a una perrita disfrazada con una especie de abrigo de Desigual sentada encima de sus papeles, pero que no tiene tiempo de protestar, porque mamá se acerca ya a coger el sobre cerrado que Magalí le tiende desde el lateral de la sala. Cuando finalmente se hace con él, aprovecha para ponerle la mano en la mejilla y pellizcársela con suavidad en un gesto de cariño. Después, volviéndose a mirar a la jueza, trina—: ¿A que no había visto nunca una nuera así? ¿Tan... tan... empoderada?
La jueza, oculta tras la capucha de felpa roja de Shirley, suelta algo entre dientes que nadie entiende y se inclina hacia atrás contra el respaldo de la silla mientras a mi lado Silvia deja de escribir en el móvil y levanta la cabeza en cuanto mamá lanza al aire su pregunta.
Cuando me vuelvo a mirarla, siento durante una fracción de segundo una minúscula contracción en el tórax. Es apenas un pellizco, pequeño y casi imperceptible, pero está, como está el brillo en los ojos de Silvia y como está también una sonrisa que tiene doble valor porque ni siquiera Silvia parece ser consciente de ella. Sonríe, Silvia sonríe junto a mí como sonreímos a solas cuando revivimos algo —una escena, un comentario, un momento— que, según el día, nos alimenta la vida o la mengua, o como cuando después de resolver una cuenta pendiente que lleva años enquistada en la conciencia, por fin relajados, podemos volver a ser nosotros mismos,
ya sin rabia, ya sin un mal rictus. «Sonríe como antes», me oigo pensar, y la idea me pilla tan por sorpresa que por un momento también yo recuerdo que hubo un antes en Silvia, una Silvia que sonreía así, sin rabia, y que no solo estaba cerca, como ahora, sino dentro. Era «miembro de», no solo «parte de» nosotros. Y en cuanto lo pienso, me sorprende haberlo olvidado, haberme acostumbrado a esta Silvia en la que la han convertido estos últimos años y darla por buena cuando sé —lo sabemos todos— que si la otra estuvo es que está ahí todavía, que continúa habitándola, quizá dormida, quizá anestesiada, pero que no se ha ido. Y al verla así, siguiendo a Magalí y a mamá con la mirada como lo hace ahora a mi lado, algo me transporta durante un instante a los ojos de la abuela Ester y al brillo acuoso que los encendía durante los arranques de lucidez que, sobre todo al final, la sacudían por dentro cuando oía que alguien en la radio soltaba una de esas frases que ella detestaba por encima de todo sobre el aquí y el ahora, y sobre el fluir. Fluir, según en boca de quién, era un verbo que la crispaba.
«Fluye el agua —la oímos decir más de una vez, negando con la cabeza y fulminando el transistor con la mirada—. Nosotros, como mucho, remamos.
Y algunos, si hay suerte, flotan durante una parte de la travesía.» Y
también: «Lo del aquí y el ahora es más viejo que la sopa de pan. No hay un aquí si no ha habido un allí. Eso lo saben hasta los niños. Y tampoco hay un ahora sin un antes. Nadie es nadie si no ha sido un alguien anterior, o ¿qué somos? ¿Champiñones? Si ni siquiera somos capaces de encontrar nada que explique por qué somos como somos, por qué actuamos así y no de otra manera, es que no hemos vivido, eso lo sabemos los viejos mejor que nadie.
Eso y que la vida no es lo que hemos sido, sino lo que no podemos olvidar.
Cuantos menos recuerdos, menos ahora. Cuanto menos ahora, menos aquí.
Eso es así».
Son apenas unos instantes, pero el recuerdo de la abuela y de esa fe ciega que conservó hasta el final en que todo parte de un antes, de algo que a veces podemos llegar a cambiar si logramos entender qué era lo que no sabíamos en aquel entonces, me acerca aún más a la mirada y la sonrisa con las que Silvia contempla a Magalí y a mamá mientras ellas intercambian el sobre junto a la mesa de la jueza. El cariño y la paz que reconozco en esa mirada y en esa sonrisa son, como digo, doblemente valiosos, porque
habrían sido imposibles hace un par de semanas. Lo sé yo y todos los que vivimos de primera mano la escena que nos tocó presenciar hace unos días en casa de mamá y que a punto estuvo de cambiarlo todo —planes, vínculos, compromisos—, quizá incluso de haber puesto esta boda en cuarentena o de haber terminado con ella... Y no lo digo solo por la escena en sí, sino también por la violencia que la acompasó. La que vivimos esa tarde en casa de mamá fue una escena enorme que empezó siendo apenas una sombra minúscula, uno de esos malentendidos sin importancia que se entreveran con cualquier conversación en familia y que desatascó de pronto un chaparrón de horrores, reproches, agravios y dolor para el que no estábamos preparados, porque en ningún momento lo habíamos visto venir.
Fue como si de pronto un rayo entrara por la ventana del salón de mamá y nos impregnara a todos con su electricidad, dejándonos desnudos y exhaustos. Una descarga de realidad, así lo recuerdo ahora. De repente, se descorrió un velo en el que nadie había reparado hasta entonces y el retrato que apareció detrás calló todo lo demás, aplastándonos contra nuestra ignorancia y apagándonos con el peso de una verdad que no olvidaremos nunca.
Recuerdo que esa mañana había estado lloviendo y que desde la plaza subía un aire húmedo en el que se mezclaba el olor del asfalto mojado y de las flores, la tierra y los arbustos de los parterres. Recuerdo la luz clara que inundaba el salón de mamá mientras tomábamos el café repartidos en el sofá y en las dos butacas que rodeaban la mesa de centro. Estábamos todos.
Tocaba ultimar algunos flecos sueltos de la boda y dar un repaso general a cómo íbamos a organizarnos para compaginar boda, cumpleaños de mamá y el fin de semana en el molino, y tía Inés quería comentar también algo sobre los regalos. Y recuerdo también la tensión, una especie de calor que empezó poco a poco a cubrirnos los pies y que, en cuestión de minutos, nos envolvió como una niebla sucia y pegajosa.
Ahora, mientras Silvia sigue ajena a todo lo que no sea la escena de mamá y de Magalí que ocurre delante de nosotros, pienso en lo que sucedió esa tarde y en cuánto han cambiado las cosas desde entonces, en cómo a veces las verdades llegan a golpes porque si no se pudren y lo pudren todo, incapaces de convertirse en mentira. Una verdad no dicha no es una
mentira, es miedo silenciado, mal vivido, y aún hoy, recordando lo que ocurrió ese día en el salón de mamá, sigue sorprendiéndome lo poco que vemos a veces a quien más cerca tenemos, y no me refiero solo a Magalí, sino también a Silvia. Sabiendo lo que ahora sé —lo que sabemos— de las dos, entiendo que estaba todo ahí, escrito blanco sobre negro, claro y obvio, que solo pedía una atención que no supimos darle porque a veces creemos que lo familiar no cambia, que un hermano es siempre el hermano que ha sido desde que estamos juntos, que evoluciona en otras cosas, en su vida, en su salud, pero no en su relación con nosotros, o que una madre es eso: la madre que estaba antes de que llegáramos y nos instaláramos en su vida para quedarnos y que solo por eso no ha de cambiar, no en esencia, porque si lo hace, si ella cambia, qué nos queda, dónde está el faro y dónde nosotros, dónde la brújula.
Nos equivocamos con Magalí, todos menos mamá, y si salvamos los muebles a tiempo fue gracias a una Silvia que, encajonada en una guerra interior que tampoco supimos ver a tiempo, actuó a ciegas, impulsada por un resorte que ni siquiera ella había sido capaz de identificar y barriendo con su aluvión de lodo un rompecabezas cuyas fichas no estaban bien encajadas. No, en ningún momento estuvimos atentos a las miradas, a los gestos, no leímos en los detalles a la Silvia que apareció de pronto como una alimaña herida, cuando era ya casi demasiado tarde, manchándonos de babas y barro viejo. Su estallido, sin embargo, con todo el sufrimiento y la tortura personal que llevaba detrás, fue la llave que nos abrió a tiempo la puerta de una verdad que todavía hoy nos cuesta compartir.
Esa tarde en el salón de mamá supimos por fin quién era Magalí, quién estaba detrás del aquí y del ahora que nos había mostrado hasta entonces y conocimos el nombre y apellido de sus ausencias.
Nos contó el origen, el porqué de todo.
Y también el horror. Vivimos también el horror de lo imperdonable.
Mamá más que nadie.
Fue entonces cuando agradecimos que tía Inés hubiera vuelto cuando lo hizo, justo a tiempo. Sin ella mamá se habría fundido con lo que le tocó oír y seguramente no habría sabido seguir.
No habría podido.
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