Un amor
Capítulo 3
Lo de Emma y Magalí empezó —y sé que, aunque no lo reconocerían, a la abuela y a tía Inés les encantaría oírme formularlo así— con una coincidencia en la que, por mucho que ahora ella se empeñe en negarlo, tuvo mucho que ver la mano de Silvia. Fue a finales del verano pasado, el segundo o tercer fin de semana de septiembre, no lo recuerdo con exactitud.
Emma pasó un par de días en una especie de granja / ashram / comunidad vegana a la que había ido a parar casi por carambola. El retiro fue un regalo de Silvia, que había heredado el cupón-regalo de estancia en el centro de manos de una clienta que no podía aprovecharlo. Al parecer, según nos contaron después, Emma y Magalí coincidieron en la mesa del desayuno la mañana del sábado y de allí pasaron juntas a la clase de yoga terapéutico, a la de preparación de postres bioenergéticos, a la de masajes ayurvédicos y no sé qué mandangas más. En cualquier caso —como no tardó en apuntar Silvia en cuanto nos quedamos solos ella y yo—, aunque Emma y Magalí no tuvieron ocasión de hablar prácticamente nada durante las cuarenta y ocho horas que pasaron juntas en el centro, porque una de las premisas del retiro era la meditación silenciosa, «mucha falta no parece que les haya hecho. Lo de hablar, digo». La cuestión es que pasaron juntas los dos días hasta que el domingo por la noche el retiro tocó a su fin y llegó el momento de retomar rutina, semana y vidas propias.
Entonces empezó lo demás.
Pocos días después de ese fin de semana rodeada de varas de incienso, tatamis y rábanos crudos, Emma era otra. Integralmente. La Emma que vimos aparecer en la cafetería estaba radiante, sospechosamente radiante.
En cuanto se sentó, repartió sobre nosotros esa mirada iluminada que conocemos bien y que la experiencia nos ha enseñado a temer aún más, y durante los diez minutos que tardó en levantarse para ir al baño, siete de los cuales estuvieron dedicados a contestar los mensajes de WhatsApp que
tintineaban en cascada en su móvil y que ella recibía como si le estuvieran cantando un bingo tras otro desde el otro lado de la conversación, no dejó de sonreír en ningún momento, atenta a nada y concentrada únicamente en un algo que nosotros no veíamos y que ella parecía captar allí donde fijaba la vista. Cuando se agachó para recoger el paquete de tabaco de liar que se le había caído al suelo, el aire pareció vibrar a su alrededor.
—Está eléctrica —siseó Silvia en cuanto la vimos desaparecer por la escalera que bajaba a los lavabos. Tenía razón. «Eléctrica» era la palabra y eléctrica es en Emma sinónimo de «enamorada». Silvia puso los ojos en blanco y negó con la cabeza—. O los harekrishnas de la granja la han inflado a base de bizcocho de marihuana o ha conocido a alguna —
sentenció—. Verás.
Tuve que darle la razón. El halo de felicidad con el que Emma había desembarcado en la cafetería era, sin duda, un neón rojo en el que parpadeaba en mayúsculas un único mensaje: «HOLA, ME LLAMO
EMMA Y TRAIGO MALAS NOTICIAS».
—Crucemos los dedos para que sea lo de la marihuana —dije, intentando ponerle un poco de humor a la que se nos venía encima y, por qué no, invocando ese improbable 0,07 por ciento de buena suerte que Silvia recibió con una mueca de «cállate, anda» mientras veíamos volver a Emma con el teléfono pegado a la oreja y una cara de júbilo tan exagerada que no dejó lugar a dudas. «Ay, Dios —fue lo primero que pensé—. A ver cómo se lo toma mamá.»
No tardamos en saberlo.
—Quién sabe. A lo mejor esta es normal —fue su respuesta cuando por la noche la llamé para contárselo. Me sorprendió su reacción, sobre todo cuando ella ha sido siempre la primera en ir lamentándose por las esquinas cada vez que la mala suerte nos ha regalado una nueva novia para Emma. Aunque, todo sea dicho, no le han faltado motivos. Desde su última relación seria —una banquera divorciada de nombre Olga con la que, tras varios años de convivencia, a punto estuvo de convertirse en, según palabras de mamá, «madre compartida» y cuya desaparición celebramos con cava a escondidas de Emma como si nos hubiera tocado uno de esos premios que te regalan con el café malo y te asegura un sueldo de por vida
—, el recorrido que Emma ha tenido con las mujeres hasta la aparición de Magalí ha sido, por decirlo finamente, horrendo. Cierto es que después de su separación de Olga quedó tan tocada y hundida que, en un destello de sensatez, decidió que había llegado la hora de replantearse las cosas, darse un respiro y dedicarse íntegramente a ella misma. Durante un par de años vivió prácticamente recluida en la casona de la montaña que había comprado a medias con Olga con intención de convertirla en casa rural, volvió a dar sus clases en el instituto, empezó una terapia semanal con una psicóloga que le buscó Silvia y tuvo un par de intentos de ser madre soltera que no cuajaron. Durante ese paréntesis hubo paz y pudimos respirar tranquilos, dedicada ella a su rutina, a su huerto y a sus animales, y aliviados nosotros, viéndola tranquila y fuera de peligro.
Pero, como mamá, Emma es de procesos cortos y la paz duró lo que duró.
—La psicóloga me ha dicho que quizá debería empezar a salir un poco
—nos dijo un día mientras tomábamos algo a la salida del cine. Lo dijo con la boca pequeña y rehuyéndonos la mirada—. Conocer a gente. No sé...
relacionarme —añadió. Aunque con cautela, en ese momento entendimos y aprobamos la iniciativa. «Relacionarse» sonaba bien. Sonaba a «amigas, deporte, actividades, compartir...». Sonaba a grupo, a una Emma más expansiva, más preparada para lo de fuera. Quizá incluso escarmentada.
Tras dos años de vida monacal, llevaba demasiado tiempo sola, apartada de todo y de todos en la vieja casona, y convinimos en que un cambio le sentaría bien. Y eso fue lo que hizo: relacionarse. Al poco se unió a un grupo de singles que quedaban con cierta frecuencia para caminar, hacer deporte, salir de vacaciones... en fin, esas cosas. Y «esas cosas» estuvieron bien y fueron motivo de alegría familiar hasta que tardaron poco en traer consigo otras que, en el caso de Emma, estuvieron menos bien y anunciaron varios nombres que estuvieron aún peor: Ariana, Eva, Lola, Lucía y una larga lista cuya existencia Emma nos ahorró y cuyo currículo personal tuvo a mamá muy preocupada y a Silvia, en varias ocasiones, al borde del colapso. El desfile de errores empezó a ser tan completo y tan evidente, que hasta la propia Emma se dio cuenta y, una vez más, puso el freno y decidió parar.
—Es que no sé elegir bien —reconoció con esa voz triste de la Emma más endeble que esconde un segundo mensaje en el que los que la conocemos sabemos leer: «No hago nada bien». A punto estuve de mentir para consolarla y decirle que no, que no era verdad, que lo de las relaciones no siempre lo elige uno, pero tía Inés se me adelantó.
—Sí, hija. En eso llevas razón —sentenció. Luego añadió, dirigiéndose a nadie en particular, aunque deteniendo durante una fracción de segundo la mirada en mamá y después en Silvia—: aunque, si te sirve de consuelo, somos legión. —Mamá levantó la cabeza en cuanto oyó la palabra «legión».
Una pregunta chispeó en sus ojos, pero no hubo tiempo para tanto—. Y no creas que tiene que ver con el hecho de que seas... así —dijo, haciendo un gesto con la mano con el que señaló a Emma y que supuestamente debía aportar algún matiz aclaratorio a sus palabras, aunque no surtió el efecto esperado—. Bueno, ya me entiendes. —Disimulé una sonrisa. Ese «así», articulado desde las rígidas coordenadas de sintonía ultracreyente en las que se mueve tía Inés, quiere decir «lesbiana»—. Ahí tienes a Gonzalo, sin ir más lejos —añadió, bajando la voz—. El pobre no pudo elegir peor. —
Gonzalo es su hijo. Tía Inés lo venera tanto como aborrece a Norah, su nuera, a la que, por distintos motivos, con el tiempo ha convertido en el blanco de todos sus odios.
Sea como fuere, Emma decidió renunciar definitivamente a sus intentos de «conocer mujeres» y volvió a sus clases, a su huerto y a sus excursiones de fin de semana con el grupo de amigas menos peligrosas y durante un tiempo volvimos a respirar tranquilos.
Hasta el día en que apareció eléctrica en la cafetería y, por la noche, al otro lado del teléfono, mamá me soltó sin pizca de convencimiento ese «A lo mejor esta es normal» que quedó suspendido en el silencio de la línea durante unos segundos y desapareció de nuestro horizonte como uno de esos mensajes de propaganda barata que se deslizan en verano por el cielo en un día de playa, arrastrados por una avioneta que vemos pasar sobre nuestras cabezas y que nadie lee.
—Puede ser —le dije.
—¿Sí? —preguntó, animándose de pronto—. ¿Qué os ha contado Emma?
—Nada. Lo del fin de semana en la granja de los yoguis y que «se están conociendo» —respondí—. Ah, y que se ríen mucho juntas. Eso también.
—Ah, pues eso es muy importante —dijo, como si pensara en voz alta
—. Ya lo creo. La risa une mucho. Fíjate que cuando yo era pequeña tuve un amiguito, Martín, que de mayor quería ser mago. Bueno, lo que quería ser era bailarina o mujer barbuda, pero le daba tanta vergüenza que se burlaran de él que decía que quería ser mago. Y me hacía reír tanto...
éramos como uña y diente. Siempre juntos. Ah, Martín era un niño muy especial.
Aparté el auricular para que no me oyera reírme por lo de «uña y diente» y estuve tentado de corregirla, pero opté por no hacerlo. A fin de cuentas, esa clase de tuneos son parte de lo que es mamá y sé por experiencia que tampoco habría servido de nada.
—¿Y qué pasó? —le pregunté por fin.
—¿Qué pasó? —dijo—. ¿Cuándo?
—Con Martín, mamá.
—Ah. Pues nada —respondió, como si no entendiera a qué venía la pregunta—. O sea, no fuimos novios ni nada. Uy, qué va. Pero ¿no te he dicho que quería ser la mujer barbuda? —Se quedó callada unos segundos, supuse que concentrada en la tele, pero de repente añadió—: Bueno, sí. Al final creo que se hizo evangelista. O evangelita. Cómo se dice, hijo, que siempre los confundo. Los que cantan con el micrófono y se dan latigazos y luego dejan el dinero en la cestita para quitarse de las drogas.
Como de costumbre, mamá intentaba jugar al despiste. Nunca se le ha dado bien enfrentar las situaciones en crudo y si, además, resulta que la situación afecta directamente a cualquiera de nosotros, hay que atarla muy corto para devolverla a lo que importa.
—Silvia y yo hemos pensado que deberíamos conocer a Magalí, mamá.
Silencio. Un ruido como de algo que se rasgaba. Plástico.
—¿Ma-ga-lín? —preguntó con voz de sorpresa—. Qué nombre tan...
raro, ¿no? —Y luego—: ¿Es filipina?
—No, mamá, ¿cómo va a ser filipina? —salté, empezando a crisparme.
De repente tuve que recular—. Bueno, la verdad es que no lo sé, pero no lo creo.
—A lo mejor es ilegal y quiere a tu hermana por los papeles. Eso lo hacen mucho las de la Polinesia.
—Mamá, no digas chorradas. Además qué tiene que ver Filipinas con la Polinesia.
—O igual es india —saltó, sin escucharme—. ¡Claro! ¿No se llama así la diosa esa que parece un ciempiés tumbado con las patitas para arriba?
«Dios mío», pensé, entrando en la cocina para prepararme un vaso de leche caliente.
—Mamá, concéntrate: Silvia y yo hemos pensado que deberíamos conocerla, y cuanto antes. Así no nos pasará lo de siempre. Quizá podríamos organizar un encuentro. Nada formal. Un ratito, un primer contacto, para que veamos más o menos lo que hay y no nos encontremos luego con una sorpresa.
—Ah, pues sí. Me parece muy buena idea —dijo. La oí meterse algo en la boca y masticar. Una galleta—. Cuando terminéis, me llamas y me cuentas, ¿vale?
Me tomé un par de tragos de leche antes de volver a hablar.
—No, mamá. Cuando digo «podríamos» quiero decir todos, tú también.
Silencio. De fondo, voces, chillidos. Alguien gritaba «¡Llamen a la policía, le ha cortado el brazo con el hacha de tío Emery!» en el televisor de mamá.
—¿Yo?
—Sí.
—No puedo.
—¿Ah, no? ¿Y se puede saber por qué?
—Porque no hablo inglés. Y me da vergüenza —respondió con voz de niña enfurruñada—. Ya viste lo que pasó el día que conocí a la madre de John.
Durante una fracción de segundo me visitaron un par de fragmentos de algunos de los momentos estelares que nos había regalado mamá la tarde que organizó una merienda en honor de su consuegra Hermione, que, recién aterrizada de Pensilvania, no hablaba una palabra de español y que tuvo que soportar, muda y sonriente, tres horas de cháchara nerviosa y desbocada de mamá que, según dijo después, terriblemente ofendida: «Podíais haberme dicho que no me entendía. Eso no se le hace a una madre». Por supuesto, Hermione no ha vuelto desde entonces a pisar Barcelona, ni creo que vaya a hacerlo.
—Mamá, Magalí no habla inglés.
Un bufido desde el otro lado.
—Peor me lo pones. Porque filipino sí que no. Ya lo que me faltaba —
dijo—. Y si ella habla filipino, a saber lo que hablará su madre.
Me mordí el labio, intentando contener la risa. A veces, cuando la oigo hablar así, razonar así, me arrepiento de no haberme tomado nunca la molestia de aprender a grabar conversaciones con el móvil.
—Mamá, déjate de tonterías. Magalí habla español.
—¿Ah, sí? ¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque me lo ha dicho Emma —mentí—. Es española.
Mamá no dijo nada durante unos segundos. Oí voces y música y alguien que anunciaba un yogur milagroso.
—¿Qué tal te iría el sábado? —insistí.
Silencio. La imaginé tumbada en la cama, con Shirley roncando entre las piernas, cogiendo otra galleta del paquete con la mirada clavada en la pantalla del televisor y el teléfono sujeto contra la oreja con el hombro mientras intentaba inventar una excusa creíble para poder saltarse lo del sábado. No le di tiempo.
—¿Te parece si organizamos una merienda?
Silencio.
—Podríamos comprar sándwiches de queso con aguacate y cruasanes de chocolate en la pastelería de la plaza. Y un poquito de cava rosado, del que te gusta.
Silencio.
—Y, bueno... a lo mejor una caja de marron glacé tampoco estaría de más.
El crujido de la galleta se detuvo en seco.
—¿El sábado? —dijo con una emoción en la voz que segundos antes no había estado allí—. Hum, podría ser, sí. Creo que a las siete tengo manicura, pero bueno, tampoco es que me corra tanta prisa.
Quise recordarle que desde que yo la conozco no ha ido nunca a hacerse la manicura, pero preferí no entrar en una nueva guerra.
—Perfecto, mamá. A las siete entonces.
Antes de colgar, se apresuró a decir:
—Oye, Fer.
—¿Sí?
—Lo del marron glacé...
—Dime.
—¿Podría ser una caja de doce?
Sonreí. Mamá es tan previsible para sus cosas...
—¿No será mucho?
—No creo —respondió con voz de madre concienzuda—. Es que... a ver si con la de seis nos vamos a quedar cortos.
Quise decir algo, pero cerré la boca por temor a que me oyera reírme.
Al ver que yo no hablaba, añadió:
—Estaría feo, ¿no?
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