Un amor
Capítulo 2
—Me hago pis.
Antes incluso de que pueda apartar la vista de la carretera para mirar a mamá, desde el asiento de atrás salta la voz de Silvia:
—Mamá, ¿tanto cuesta decir «necesito ir al baño»? —Y luego, como si hablara a nadie en particular—. A nadie le importa lo que hagas dentro.
Mamá me mira y tuerce el gesto.
—Ya, pero es que lo que tengo es pis.
Un suspiro tenso de Silvia antes de volver a hablar.
—¿Y no podías haber aprovechado para ir al lavabo cuando hemos pasado por tu casa?
—Ya he ido.
Unos segundos de silencio. Justo en ese momento dejamos atrás un cartel que anuncia el desvío a un área de servicio situada a dos kilómetros de donde estamos.
—Enseguida paramos —le digo, poniéndole la mano en el brazo—.
¿Aguantas?
Asiente con la cabeza y aprieta las piernas, aprisionando entre ellas a Shirley, que duerme instalada en su regazo y que suelta un gruñido de fastidio.
—¿No será que vuelves a tener infección, verdad? —insiste Silvia desde el asiento trasero.
—Ay, hija —responde mamá con voz paciente—. Es solo que tengo ganas de hacer pipí, nada más.
Un segundo. Dos.
—Pero ¿te huele raro?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Eso dijiste la última vez y mira el susto que nos llevamos.
Mamá suelta un suspiro por la nariz y me mira con cara de «yo no sé lo que vamos a hacer con esta niña, hijo» que finjo no ver. Hoy la cosa no va bien, y no va bien porque mamá tiene uno de sus días y Silvia uno de los suyos, y cuando eso ocurre el porcentaje de posibilidades de que la combinación termine mal es, desgraciadamente, muy alto. Silvia lleva su parte de razón. Se preocupa por mamá como lo hacemos los demás desde que vivimos lo que vivimos en el hospital y el urólogo nos advirtió de que había que evitar las infecciones a toda costa, porque en el caso de mamá podían tener repercusiones neurológicas que no convienen. A partir de entonces, mamá sigue con sus problemas de orina: no es exactamente incontinencia, pero depende de la época se le acerca, y a la menor señal de que la cosa puede ir a más Silvia saca del bolso un bote marrón como de Cola-Cao lleno de unas tiras de colores que sirven para hacer análisis de orina de urgencia y un frasco transparente y se pone manos a la obra con mamá para descartar cualquier sorpresa. Aun así, hará cosa de un mes nos despistamos y tuvimos un nuevo episodio hospitalario, no tan grave como el primero, pero hubo ingreso, hubo fiebre y hubo también susto. A mi lado mamá aprieta los dientes y controla una mueca que conozco bien y que, en la mayoría de los casos, se traduce por «alerta amarilla». En cuanto la veo, acelero un poco para adelantar al camión que circula por la derecha. Las alertas amarillas de mamá duran lo que duran, sobre todo cuando menos bienvenidas son, y normalmente saltan del amarillo al rojo en cuestión de minutos sin pasar por el naranja. Mientras tanto, Silvia abre la cremallera de esa especie de bolso neceser del que no se separa jamás y busca algo dentro.
A mi lado, mamá pone cara de angustia y se muerde el labio.
—Ay, Fer, no sé si llego...
La mano de Silvia aparece de pronto entre los dos asientos como un garfio cerrado sobre una bolsita de plástico que contiene un bote para muestras de orina con una de las tiras multicolores para análisis instantáneos pegada con celo al plástico que lo envuelve.
—Toma —dice—. Verás como hay infección. —Y luego—: ¿Llevas compresas? ¿Y el antibiótico?
Mamá asiente y lo coge, obediente, antes de guardárselo en el bolso.
Viéndola así, sentada a mi lado con Shirley en el regazo y esa cara de abuelita inofensiva que no ha roto nunca un plato, cuesta imaginar que lleve el día que lleva entre el numerito del veterinario, el discurso / cancionero de la ceremonia y alguna que otra lindeza marca de la casa que se ha marcado durante el aperitivo. Ya lo decía la abuela Ester: «Tu madre parece un reloj de pared y en realidad es una bomba de relojería. Me he pasado media vida intentando desactivarla». Mientras seguimos avanzando en silencio, en el coche vuelve a respirarse ese aire cargado de electricidad cuya vibración apenas percibimos. Es la electricidad de la anticipación, la conciencia renovadamente despierta de que hoy es un día que seguramente ninguno de nosotros olvidará y de que mañana, cuando despertemos en el molino, incorporaremos esta fecha al calendario familiar y la marcaremos con un doble círculo rojo: el día de la boda de Emma y también el día que mamá cumplió setenta y tres años y, a diferencia de lo que nos ha tenido acostumbrados desde que se divorció de papá, pidió celebrarlo en compañía, rodeada de todos sus «mis»: mi perra, mis hijos, mi amiga Inés y, cómo no, mi radio. Pero los que no somos ella, los que orbitamos a su alrededor, viajamos al molino con una sombra pegada a la espalda que nos pesa, nos pesa mucho, porque es una sombra que a ella la deja fuera y porque es una traición. Lo es y los cuatro lo sabemos.
—¿Falta mucho? —pregunta mamá, sin apartar los ojos de la ventanilla.
Desde que hemos salido de su casa hasta que ha dicho que tenía ganas de ir al lavabo, mamá no ha abierto la boca. Al final se ha quedado sin flores, porque, con las prisas y el despiste, se ha olvidado el ramo en el bar donde Emma y Magalí han dado el aperitivo. En cuanto Silvia ha descubierto el descuido, ha aprovechado la ocasión para pagar con ella la tensión vivida durante lo que llevábamos de día, pero la bronca no ha durado. Instalada a su lado en el asiento trasero, tía Inés no ha tardado en salir en defensa de mamá.
—Hija, hay que ver cómo te pones —ha dicho, volviéndose hacia Silvia—. Pero si ha salido todo estupendamente.
Silvia ni la ha mirado.
— Casi todo —la ha corregido. A mi lado, mamá ha puesto los ojos en blanco y ha soltado un suspiro de felicidad al ver que salíamos del túnel y el verde de las montañas cubría el horizonte, anunciando que por fin habíamos dejado atrás la ciudad. Se ha vuelto a mirarme y ha sonreído, a pesar de que la conversación no había terminado y ella lo sabía. Sabía que Silvia tenía razón y que ese casi era un dardo expresamente dirigido a ella, pero mamá lleva un buen registro de casis a la espalda, sobre todo en estos últimos años sin papá, y la experiencia le ha enseñado que los enfurruñamientos de Silvia no duran y que dentro de un rato, un par de horas a lo sumo, será agua pasada, una de esas anécdotas familiares que, como ya se ha encargado de repetir a quien ha querido escucharla durante el aperitivo que hemos tomado después de la ceremonia, «a fin de cuentas, todas las bodas tienen sus cositas, ¿no?».
—No seas tan quisquillosa, niña —la ha regañado tía Inés—.
Cualquiera diría que aquí somos todos perfectos. —Y luego, bajando un poco la voz, como si rezara—: Un poco de generosidad, por favor.
En el retrovisor, Silvia, que iba sentada detrás de mí, ha apretado los dientes y ha clavado la mirada en la nuca de mamá. Seguía malhumorada y la intervención de tía Inés no ha ayudado, no tanto por el mensaje sino por el tono. Tía Inés habla a menudo con el tono que debía de utilizar cuando daba clase y se paseaba por la tarima del aula, vigilando con sus ojos de rapaz a sus cuarenta niñas —rígidas, atentas y calladas, con sus uniformes grises de las Teresianas, pendientes de su voz áspera y de sus manos con dedos como huesos de pollo—, las mismas a las que durante casi cincuenta años ha intentado, un curso tras otro, contagiar un pellizco de su pasión por la filosofía y los Evangelios. Curiosamente, lejos de menguar o suavizarlo, el paso de los años no ha hecho sino agudizar ese tono de profesora difícil de colegio de monjas que ella ya traía de serie. Esa fue precisamente una de las cosas que más nos llamó la atención cuando se reincorporó a nuestras vidas: la voz era la misma, el tono una nota más afilado.
El día que se lo comenté a mamá, poco después de que tía Inés se materializara en el hospital, ella me dio la razón. Enseguida quiso justificarla.
—Es verdad —admitió—. Habla un poquitín como si enseñara catequesis. —Hizo una pausa y luego, volviéndose hacia la revista de chismorreos que hojeaba sin demasiada atención, añadió—: Es que es carismática.
Estábamos en la sala de espera del mismo urólogo que la había visitado en el hospital y que, al parecer, había tenido que salir a operar de urgencia y nos tenía esperando desde hacía casi una hora, a nosotros y a media docena de pacientes más. La miré, esperando que siguiera. No lo hizo.
—¿Te importaría elaborar un poco, mamá?
Cerró la revista y me miró con cara de sorpresa.
—¿«Elaborar» es que no me has entendido?
—Sí.
—Ah. —Dejó la revista encima del regazo de la señora que estaba sentada a su lado y a la que debió de tomar por una silla vacía y dijo—: Es que cuando se quedó viuda de Arturo, se apuntó a los carismáticos. Por eso habla así.
No entendí.
—¿Los... carismáticos?
Asintió enérgicamente y se frotó el ojo con el dedo.
—Es un grupo —dijo—. De música. —La señora que estaba sentada delante de nosotros levantó la vista del libro que tenía en las manos—.
Bueno, más o menos. Me lo ha contado un par de veces, pero no me he aclarado mucho. —Por un momento pareció que iba a callarse, pero al ver que yo no cambiaba de expresión, quiso explicarse mejor—: Es como los gospels, ya sabes... aunque sin negros y con muchos jubilados, pero que no solo cantan, también hacen el bien.
El tipo que estaba a mi lado se echó hacia delante en la silla para poder ver mejor a mamá. Llevaba un auricular insertado en el oído y un iPad en la mano. Se quitó el auricular de un tirón.
—La cosa es que, como cantan tanto, a los carismáticos les pasa como a los del fulltime o como a las chiquitas de la natación sincronizada: de tanto aguantar el aire se les hace un vacío aquí —se llevó la mano a lo alto de la cabeza y se aplastó el pelo de la coronilla— y les dan migrañas. Por
eso hablan como si no les llegara el aire al seso. Y además parece que estén enfadados, pero también les pasa a las chiquitas de natación sincronizada.
Bueno, ellas más que enfadadas parecen un poco lelas, ¿no te has fijado? Es por culpa de las apneas, como los carismáticos.
No supe qué decir. Durante unos segundos estuve tentado de traducir lo que acababa de oír y convertí, porque es una expresión repetida en mamá, su fulltime en mindfulness. Con lo demás no me atreví.
—Mamá, no digas burradas —siseé, intentando pararla. A su lado, la señora le devolvió la revista con cara de pocos amigos. Mamá se volvió y le sonrió.
—Gracias, pero ya la he leído —le dijo. Luego soltó un suspiro por la nariz y, mirando al chico que teníamos enfrente, añadió con voz de abuelita buena—. Siempre hace lo mismo. Desde pequeño. —El chico le devolvió la sonrisa y mamá se volvió hacia mí y me cogió de la barbilla y me la acarició con los dedos—. Pero es muy bueno. Y además es director de cine... le va muy bien.
El chico se echó a reír y yo también. Mamá nos miró, encantada.
En fin, carismáticos aparte, el pequeño conato de discusión que Silvia ha encendido hace un rato finalmente ha quedado en nada y el resto del viaje hasta aquí ha sido tranquilo. Ahora, en cuanto mamá ve que salimos de la carretera hacia la gasolinera, que además tiene una tienda y cafetería, respira aliviada y se prepara para bajarse del coche en cuanto paremos.
—Me tomaría un café —dice Silvia.
—Ay, sí, yo también —se apunta rápidamente tía Inés.
Quedamos en que mamá irá directa al baño y la esperaremos en la terraza que hay fuera, delante del bar, y ella echa a correr hacia la zona de los lavabos. Mientras tanto, pedimos en la barra y nos sentamos con Rulfo y Shirley a esperar a que nos sirvan.
Durante unos instantes no decimos nada. La primavera, ahora que hemos salido de la ciudad, es inapelable, incluso aquí, en una gasolinera situada a pocos metros de la carretera que linda con una riera oculta tras una pared de cañas. En el aire flotan millones de motas de polen y el silencio es liviano, casi físico.
Hasta que tía Inés se echa hacia delante en la silla y se aclara la garganta.
—Siento mucho lo del aperitivo —dice con una voz ronca de estar realmente afectada—. No he podido decírselo todavía a las niñas, pero en cuanto las vea en el molino me disculparé con ellas. —Baja la vista y añade, en un susurro—: Qué vergüenza, por Dios. Espero que sepan perdonarme.
Aunque en un primer momento no sé exactamente a qué se refiere, en cuanto rebobino un poco enseguida caigo.
—No te preocupes, tía —le digo—. Tampoco ha sido para tanto.
Sonríe, pero es una sonrisa tan poco natural que no dura. Entiendo que esté avergonzada, y no solo porque sabemos lo rígida que es con sus cosas, sino porque la situación ha sido tan tensa y tan inesperada que, bien pensado, yo estaría igual, sobre todo porque, de no haber sido por el punto negro que ha puesto ella, el aperitivo habría salido redondo y tía Inés lo sabe como lo sabemos todos.
—Ha sido un horror —dice sin esperar a que Silvia se encienda el cigarrillo que acaba de sacar del bolso—. Pero es que me ha pillado tan desprevenida que no he podido contenerme, que Dios me perdone.
—Bah, tía, no te tortures —dice Silvia, cogiendo disimuladamente el móvil y pasando los dedos por la pantalla para activarlo—. Total, ya está hecho.
El episodio que tortura a tía Inés ha llegado provocado por la confluencia de los dos únicos factores capaces de hacerle perder el norte y sacarla de sus casillas, una especie de tormenta perfecta que ha dejado al descubierto su talón de Aquiles delante de un montón de desconocidas. Eso, ese haberse sabido desnuda en público, revelando una fragilidad que ella no ha aceptado hasta ahora ni aceptará jamás, es lo que más la reconcome. Eso y el dolor de madre herida que la acompaña siempre y que a veces no sabe cómo silenciar.
Pero para entender lo ocurrido hay que saber antes algo fundamental sobre tía Inés, un dato que arroja una luz importante sobre la mujer que es ahora y que la explica bien. Para tía Inés hay dos cosas en el mundo en las que anida un mal mucho más odioso que el que respiran los pulmones de
Satanás: la primera son los castellers —a los que ella se empeña en llamar castelleros— y la segunda es Australia, así, en general. En su caso, las dos cosas van íntimamente unidas, o mejor, la una es la consecuencia directa de la otra. Los castellers y Australia son, desde hace unos años, el eje que vertebra todo el odio que alberga el cuerpo de tía Inés. La naturaleza de ese odio es, cómo no, visceral, y su raíz es familiar y tiene nombre: Gonzalo.
Gonzalo es el hijo de tía Inés. Aunque, cuando éramos pequeños, Silvia, Emma y yo crecimos con él, al ser tres años mayor que Silvia, nunca llegó a existir realmente una relación estrecha entre nosotros, con lo cual la única información que nos ha ido llegando sobre él ha sido a través de la propia tía Inés. Gonzalo estudió cocina y en cuanto acabó los estudios encontró trabajo en un hotel de la costa. Con el tiempo abrió allí mismo su propio restaurante. Además de la restauración, Gonzalo se aficionó a la vela primero y después, por mediación de un amigo también cocinero, a los castellers. Poco a poco fue entrándole el gusanillo y un día decidió probar y entrar en la colla local. Hasta ahí todo bien, aunque a tía Inés lo de ver a Gonzalo montando castillos de gente en las plazas de los ayuntamientos vestido como esos a los que ella llama «los del folclore secesionista» no terminó de gustarle. Pero si su Gonzalo se hacía castellero no iba a ser ella quien dijera nada. El problema no fueron los castellers, aunque sí llegó a través de ellos. Todo ocurrió unos meses más tarde. Hasta entonces, Gonzalo había sido el típico soltero sin compromiso ni ganas de tenerlo que dedicaba el tiempo libre a navegar con los amigotes, a pegarse sus buenos viajes y sus buenas juergas y a disfrutar en lo posible del turismo de costa, sobre todo de las turistas. Su relación con tía Inés era la del hijo único y mimado con madre que le sigue comprando los calzoncillos todos los meses y pasa con él de vez en cuando un fin de semana organizándole el congelador y el armario, entre otras cosas. Para tía Inés, Gonzalo no tenía
—ni tiene— defectos, salvo quizá «que el pobre es un poco tontorrón con las mujeres, pero, bueno, eso lo son casi todos». La verdad, la que cuenta, es que, a medida que pasaban los años y Gonzalo no daba muestras de querer sentar la cabeza, tía Inés había empezado a acariciar la fantasía de que las cosas se quedaran como estaban y de que su Gonzalo siguiera siéndolo —suyo, quiero decir— al completo para los restos. Qué más daba
si el chico llevaba una vida un poco alegre. A fin de cuentas, la juventud era eso, sobre todo la de un chico como él. Que la disfrutara, y que lo hiciera así, sin ataduras. Para quererle y comprarle los calzoncillos ya estaba su madre. Sin embargo, la fantasía de tía Inés no duró. Sus planes se torcieron el día que Gonzalo conoció a una chica que, como él, también acababa de entrar en la colla de castellers, y empezaron a salir. Una cosa llevó a la otra y, cuando Gonzalo por fin le habló a tía Inés de la existencia de Tracy, prácticamente vivían juntos y él estaba tan colado por ella que tía Inés se encontró de pronto con un pastel cuyos ingredientes ni siquiera había podido elegir. No le gustó. La rubia australiana de risa fácil, cero sujetador y piernas de tenista que hablaba castellano como si masticara mazapán y soltaba uno de esos horribles «fuck» tres veces por frase no terminó de convencerla, aunque se relajó en cuanto supo que el mal era transitorio, porque, según contó Tracy, estaba aquí temporalmente, en una especie de intercambio docente o algo parecido que tía Inés ni se molestó en querer entender. «Un capricho de temporada», eso fue lo que creyó, viéndolos sentados a su mesa sin dejar de tocarse. Ya más tranquila, decidió ser paciente y se dispuso a esperar a que llegara septiembre para ver desaparecer a aquella mala visión. Pero la espera no terminó como a ella le habría gustado. El capricho de Gonzalo fue a más y, llegado el momento, sorprendió a propios y a extraños anunciando que estaba demasiado enamorado de Tracy para arriesgarse a perderla por culpa de la distancia y que se iba con ella a Australia a probar suerte. Cuando tía Inés lo supo, fue incapaz de reaccionar. «Preferí odiar en silencio, y que Dios me perdone», dijo el día que nos lo contaba, retorciéndose las manos. «A ella, claro. Por demonia. Y por suelta.» Ni siquiera consiguió que la pareja se casara antes de marcharse, porque a pesar de que echó mano de todas sus armas de madre de hijo único en pie de guerra, Tracy no dio su brazo a torcer. «Ni casados están», dijo con una mueca de mujer derrotada que lo ha perdido todo. En resumen, que Gonzalo y Tracy se fueron a Sídney y a él, que seguía conservando el restaurante de la costa, no le costó abrirse camino como cocinero y al poco volvió a montar allí su propio restaurante, el primero de unos cuantos que han ido llegando con los años. Ahora triunfa con un programa de cocina en la televisión australiana que lleva por título
algo que podría traducirse como «El chef Gonzalo, cuchara de palo» y desde hace tiempo madre e hijo se ven un par de veces al año y siempre aquí, en Barcelona, supuestamente porque a tía Inés le da pánico volar, aunque lo cierto es que se niega a «ir a ese sitio horrible lleno de arañas peludas y mujeres sin sujetador» y tener que compartir techo con «esa robahijos a la que no se le entiende nada». El resumen es que la relación entre ellos se ha enfriado. Tía Inés cometió el error de obligar a Gonzalo a elegir y él prefirió su vida en la otra punta del mundo con la australiana de ojos azules y con su hija, una niña a la que tía Inés prácticamente no conoce
—«por culpa de la robanietas»— y cuya ausencia no hace sino avivar el rencor que alimenta hacia su nuera, sobre todo desde que la muerte de tío Arturo la ha convertido en viuda. De ahí que los castellers y Australia sean dos temas a evitar en su presencia. Desde que nos puso al día de cómo estaban las cosas, nosotros convivimos con ello con absoluta naturalidad y en ningún momento se nos ocurre mencionar ninguna de las dos cosas estando ella delante, pero fuera del círculo de los más íntimos nadie está al corriente de su situación y ese ha sido precisamente el problema. Ese y que, por una de esas casualidades de la vida, cuando estábamos todos en la zona del bar, en el televisor que estaba justo encima de la barra han dado la noticia de que los castellers de no sé dónde han conseguido por primera vez levantar un castillo de no sé cuántos pisos mientras mostraban las imágenes de la hazaña. De pronto, tía Inés, que estaba de cara a la barra, se ha puesto lívida y, apretando la mandíbula, ha clavado los ojos en la pantalla y ha dicho:
—Panda de robahijos es lo que son. Debería darles vergüenza.
Mamá, que estaba a mi lado, ha mirado hacia el televisor, pero desde tan lejos no veía nada, y Silvia y Emma estaban fuera fumando. En la pantalla, la cámara seguía al detalle cómo iba levantándose el castillo humano y en un momento dado ha fijado el objetivo en una chica que estaba de pie sobre los hombros de un hombre, que la sujetaba por el trasero. La chica tenía una melena rubia que le caía sobre la espalda. Tía Inés ha soltado un grito y la camarera ha dado un brinco.
—¿Lo ves? Así empiezan —ha siseado cerrando los dedos sobre el borde de la barra como un par de garras—. Dejándose tocar el culo. Primero el culito y después lo demás. Puercas, son todas unas puercas.
Me he acercado a ella y le he puesto la mano en el hombro. En cuanto ha notado el contacto, se ha vuelto hacia mí con la cara encendida. Tenía los ojos como dos ascuas.
—Cálmate, tía —le he dicho, dándole un pequeño masaje en la clavícula—. No ganas nada poniéndote así.
—¿Y cómo quieres que me ponga, si no hay forma humana de parar esta plaga? —me ha ladrado—. ¿Tú sabes lo que va a sufrir la madre de ese chico que ahora tiene las manos en el culo de esa marrana australiana y que dentro de unos meses se irá con ella a ese país de vagos y ladrones para no volver? ¿Tú sabes lo que le espera a esa pobre mujer? —Las chicas que estaban a nuestro alrededor interrumpieron sus conversaciones y prestaron atención sin entender lo que pasaba—. ¿Y qué hacen los políticos? N-a-d-a.
Fomentar los castelleros y los tocamientos múltiples. Y mientras tanto las iglesias vacías, claro. Es más fácil manosearse por las calles, unos encima de otros, que escuchar la palabra de Dios. Y además... es todo mentira.
No pude evitar la pregunta.
—¿Mentira?
Asintió, apretando los dientes.
—Mentira, sí. Lo de los castelleros es una patraña para hacer porquerías sin que nadie diga nada.
—No te entiendo, tía.
—Pues es muy fácil —ladró—. Nos mienten. Les dicen que hacen deporte, que eso es sano, pero en realidad es una forma de captar a jóvenes emprendedores para llevárselos. Todo esto lo paga el gobierno australiano.
Todo. Traen a las chicas, las ponen de señuelo y se los llevan. Es como la trata de blancas, pero con chicos. Una secta. Solo sobeteo y más sobeteo. Y
claro, eso es como todo, al final tiene sus consecuencias: tanto tocarse sin saber lo que tocan los confunde y la confusión llama a la homosexualidad.
Luego nos lo venden todo como si fuera normal. ¿Tú crees que es normal que los hombres se toquen el culo así? Pues no. Y ellas igual. Una solemne porquería, eso es lo que es. ¿Y qué consiguen? Pues que nuestras mujeres se
casen entre ellas y tengan hijos de encargo. A este paso, con tantas mujeres casándose van a tener que traer aviones enteros con australianas robahijos.
¿A vosotras esto os parece normal? Pues a mí no. Así os lo digo.
En el recinto del bar, todas las invitadas —porque eran todas mujeres menos yo— la miraban en silencio como si estuviera loca. El último alegato sobre las mujeres que se casaban con otras mujeres y su parte de culpa en los males de la sociedad no les había sentado demasiado bien y algunas caras no lo disimulaban, pero tía Inés estaba tan encendida que ni siquiera se había dado cuenta. Sudaba a mares, respirando pesadamente mientras la camarera de la barra se acercaba y le servía un agua con gas. Tía Inés empezó a beber como si acabara de correr una maratón y el silencio se volvió tan tenso que podría haberse cortado con un cortasetos. Entonces, mamá, que más o menos había entendido lo que acababa de ocurrir, dijo:
—Ay, Inés. A mí también me molesta un poco que las niñas no hayan podido casarse por la iglesia, pero es así y hay que aceptarlo. Tienes que empotrarte más. Te falta residencia. Y mira, ahora que lo dices, una cosita quería preguntarte: ¿tú sabes por qué los castellers usan niños con casco de minero si siempre actúan de día? Es que no lo entiendo. Y además: si levantan esos castillos, ¿por qué los deshacen enseguida, con lo que les cuesta? ¿A lo mejor es porque trabajan por horas y solo les pagan la primera?
Tía Inés se terminó el agua con gas de un trago y contuvo un eructo que le salió por la nariz mientras el aire espeso de la sala se arremolinaba alrededor de ella, liberando la electricidad del bar. De repente, una carcajada general saludó el comentario de mamá, que miró en derredor como si aquello no fuera con ella y tía Inés pareció volver en sí. Roja como la grana, bajó la vista y se alejó a toda prisa hacia el baño, muerta de vergüenza. A partir de ahí, el episodio quedó rápidamente olvidado, el resto del aperitivo fue rodado y mamá, cómo no, terminó convirtiéndose sin pretenderlo en la estrella de la fiesta.
Ese ha sido el episodio al que acaba de referirse tía Inés, un episodio que, como todo lo demás, parece ahora lejano en el tiempo. Rodeados de verde, a pesar del ruido de los coches que llega desde la carretera, el día parece haberse cortado en dos desde la salida del último túnel. La boda,
Magalí y Emma, el aperitivo, todo el ruido y la prisa han quedado atrás, al otro lado, dejándonos solos con los efectos secundarios de lo público para que podamos vivir a partir de ahora lo privado. Estamos cansados, ha sido un día intenso y el café se hace necesario. A mis pies, Rulfo ladra un par de veces y se levanta, alejándose hacia un pequeño grupo de árboles. Shirley salta de mi regazo y sale tras él.
—¿No tarda mucho mamá? —pregunta Silvia mirando su reloj—. A ver si le ha pasado algo.
Tía Inés aprovecha la coyuntura para sacar, un poco forzadamente, el tema que le preocupa.
—Quizá deberíamos darle una vuelta a lo de vuestra madre —dice con voz pesarosa, como si supiera que no es el mejor momento para mencionarlo, aunque consciente como lo somos todos de que ese momento nunca va a llegar—. Bien pensado, puede que no sea buena idea no decírselo.
Silvia vuelve a coger el móvil y lo manipula para encenderlo. El tema no es cómodo para nadie. Desde anoche, a medida que ha ido transcurriendo el tiempo, pesa más la mentira que compartimos que la noticia en sí. Las horas han ido afectándonos de un modo distinto a cada uno y la culpa por no estar jugando limpio con mamá a veces puede más que el impulso de intentar protegerla de sí misma. Qué hacer. Cómo equivocarnos menos. Cómo ser justos con alguien que jamás antepondría la justicia al cariño. Le agradezco a tía Inés que haya sacado el tema, porque siento lo mismo que ella. Silvia, en cambio, tiene otra opinión.
—Pues anoche fuiste tú la primera que dijo que lo mejor era no decirle nada —suelta mientras escribe un mensaje y le da una calada al cigarrillo.
Lleva pendiente del móvil desde esta mañana. Lo mira disimuladamente a cada rato con cara de preocupación, esperando algo que, por lo que deja intuir, no llega—. De todas formas, sigo pensando que es lo mejor —remata
—. Para ella.
Hablamos deprisa, intentando apurar los minutos, porque sabemos que aunque mamá suele tomarse su tiempo en el baño y lleva ya un buen rato desaparecida, no puede tardar.
—Yo creo que hay que decírselo —digo—. Con mucho cuidado, pero es mejor que lo sepa ahora y que por lo menos tenga la posibilidad de elegir.
—¿Y qué le va a aportar saberlo? —salta Silvia, volviendo a dejar el móvil encima de la mesa—. ¿Qué va a cambiar?
—No lo sé —le respondo mientras aparece la camarera con la bandeja y los cafés—. Pero yo en su lugar preferiría que me lo dijeran.
—Ya, pero tú eres tú y yo soy yo —salta Silvia—. No somos mamá, no hemos pasado lo que ha pasado ella y las cosas no nos afectan de la misma manera, sobre todo algo así. Después de lo de las infecciones, no es la de antes y quién sabe lo que...
En ese momento, por fin la vemos aparecer por la esquina del bar y Silvia se interrumpe a media frase. Han pasado sus buenos quince minutos desde que nos hemos sentado en la terraza y por un momento me llama la atención que mamá no salga por la puerta del edificio, sino que aparezca desde el lateral y con algo en las manos que, desde donde estoy, parece un ramo de flores. Tía Inés vacía el sobre del azúcar en su café y lo remueve al tiempo que cambia de tercio.
—Pues sí, la verdad —dice, intentando disimular—. Estaba todo buenísimo. Esas chicas cocinan de maravilla. Quién lo iba a decir.
Silvia, que está de espaldas a mamá, deja el móvil encima de la mesa con una mueca de fastidio y asiente, aunque sin entenderla del todo.
—Lo mejor, los muslitos al chocolate —insiste tía Inés—. De-li-ciosos.
Según la opinión general, en eso parece llevar razón. Los muslitos han sido el plato estrella de todos los que han ido sirviendo durante el aperitivo.
Han volado en cuestión de segundos, a pesar de que había más de cuatro bandejas llenas a rebosar.
—Podrías haberles pedido la receta —dice Silvia al tiempo que mamá llega hasta donde estamos y Shirley echa a correr a su encuentro desde el bosquecillo.
—¿La receta? —pregunta mamá, tomando asiento delante de mí—.
¿De qué?
—De los muslitos que han servido en el aperitivo de las niñas —
responde tía Inés. A mamá se le ilumina la cara y rápidamente responde:
—Ese chocolate estaba para chuparse los dedos de los pies —dice.
Nos reímos. Los tres. Luego, mamá coloca con mimo el ramo de flores encima de la mesa y deja escapar un suspiro de satisfacción.
—Se la he pedido —dice tía Inés. Y, ante la mirada nuevamente distraída de Silvia, aclara—: La receta. Pero me han dicho que las codornices no las han preparado ellas. Que se las han encargado a Oksana.
Automáticamente, mamá y yo nos miramos y ella se lleva la mano al cuello.
—¿A... Oksana? —pregunta, con cara de sorpresa.
Tía Inés asiente.
—¿Co... dornices? —vuelve a preguntar mamá. La expresión ha convertido la sorpresa en alarma.
—Sí —dice—. Creía que lo sabías. Las niñas me han dicho que les pasaste tú el teléfono.
Mamá me mira y pone cara de horror.
—Pero... es que yo creí que querían a Oksana para que les limpiara, no para que cocinara —dice, tragando saliva y evitándome la mirada.
—También —responde tía Inés—. Pero de paso les ha preparado los muslitos. No sabía que cocinara tan bien. Desde luego —añade, mirándome
—, esta Oksana es una joya. Qué suerte hemos tenido con ella.
Oksana ha sido, sin contar a Magalí, la última incorporación de nuestro pequeño andamiaje familiar. Llegó justo después del primer ingreso de mamá en el hospital, cuando decidimos que necesitaba a alguien que le limpiara y que la ayudara un poco con la compra y con esas cosas de primera necesidad que entendíamos que una mujer de su edad empezaba a demandar. «Y de paso que la vigile un poco», fue la acotación de Silvia cuando finalmente decidimos contar con ella. Por supuesto, mamá se negó.
—Sí, claro. Y lo próximo, la residencia —dijo, enfurruñada—. Yo no quiero a nadie en mi casa.
—¿Por qué, mamá? —preguntó Emma.
—No cabemos.
—Mamá, no va a vivir contigo —intenté hacerle entender—. Va a limpiar y a ayudarte unas horas a la semana.
—Pues durante unas horas a la semana no cabremos. Además, seguro que no le gustan los perros.
No hubo manera. Lo intentamos por activa y por pasiva, hasta que un día, cuando ya estábamos a punto de tirar la toalla, apareció Oksana.
Oksana tiene setenta y dos años y es la madre de Alina, la administradora de un conjunto de casas de turismo rural repartidas por una pequeña subcomarca del Prepirineo situada relativamente cerca de Barcelona. Las casas son propiedad de una pareja de rusos que pasan la mayor parte del año en Ibiza y que en su día decidieron blanquear algo de dinero invirtiendo en la zona. Se trajeron a Alina con ellos porque en aquel entonces era su secretaria personal y conocía a la perfección todo cuanto no debe conocerse. Con el tiempo, Oksana enviudó y Alina decidió traérsela a vivir con ella, pero Oksana es una mujer de campo, y cuando digo de campo, quiero decir que es una especie de armario antiguo con unos brazos como dos troncos de abedul, la cara curtida por el sol y el frío y unas costumbres y una lógica cuando menos singulares. Como es incapaz de no hacer nada, Alina la puso a trabajar con ella y los fines de semana y durante las vacaciones se encarga del mantenimiento de las casas. Fuma una especie de caliqueños que apestan, conduce un 4 4 que parece un tanque y viste siempre de negro, pañuelo incluido, además de hablar un castellano rupestre que acompaña con gestos y muecas que no siempre ayudan a entenderla mejor. Y odia la ciudad. Vive en un refugio que en su día usaban los pastores y que ella ha ido reacondicionando con el material que roba de las masías abandonadas de los alrededores, aislada en mitad de un bosque de robles, con una estufa de leña, dos ovejas, un burro, un huerto y una escopeta cargada. «Como en casa», me dijo cuando me lo contó y quise saber por qué no vivía con su hija o se buscaba un apartamento en uno de los pueblos de la zona.
Eso ocurrió el fin de semana que la conocí. Yo había reservado el molino con una amiga y ella nos esperaba con las llaves y las indicaciones para el uso de las instalaciones. Al poco, volví a alquilar la casa, esta vez con mamá, unos días después de que saliera del hospital, para pasar una
semana los dos solos en el campo. Resultó que Oksana estuvo con nosotros casi todos los días, porque había empezado a preparar el huerto y a reparar el tejado del pajar de la casa. El día de nuestra llegada, apenas unas horas después de que Oksana y mamá se conocieran, parecía que llevaran juntas desde niñas, algo que yo jamás había visto en mamá. Todavía hoy no sé qué fue lo que vieron la una en la otra, pero la conexión de esos dos mundos a priori tan diametralmente remotos fue tan inmediata, y vi a mamá tan cómoda y tan a gusto con ella, que se me ocurrió que quizá Oksana podía ser la persona que estábamos buscando. Decidí estar atento y durante toda la semana que pasamos en la casa me dediqué a observarlas. Después de lo que vi, no me quedó ninguna duda: Oksana era la persona. La tarde de nuestro último día en la casa, la senté en el porche, aprovechando que mamá dormía la siesta, y se lo propuse. Ella se encendió un caliqueño, miró hacia la tumbona donde mamá roncaba con la revista encima de la cara y sonrió, encantada, dejando a la vista ese intercalado de dientes que mamá llama «el tren delantero de Oksana» y que le da un aspecto de fiera rupestre mal coloreada. Luego soltó una carcajada llena de flemas y dijo: « Da». Eso fue todo. Desde entonces baja a la ciudad en su tanque dos veces por semana a cuidar de mamá y los martes aprovecha el viaje y limpia también la mía. Trata a mamá como a una cría a la que protege por encima de todas las cosas y se maneja a su lado como un bull terrier, dispuesta a fulminar de un mordisco a todo aquello que suponga una amenaza, imaginaria o no, para su querida «Malia», como ella la llama. La acompaña al banco, al médico, a la farmacia, le limpia, le prepara dulces rusos, le trae embutidos, salchichas, se pelea con quien haga falta y con lo que haga falta para que mamá no le sufra. En resumen: la adora.
Y mamá a ella.
—Malia es mujer buena —dice a menudo—. Vosotros mucha suerte.
Yo madre perdí joven. Morirse de hambre y tres hermanos también. Malia inocente pero sabia. Y risa que contagia. Hay que cuidar bien para durar. En Rusia, cuando risa que contagia, hablan los muertos felices. Da.
Desde entonces, Oksana es parte de casi todo lo que somos y hacemos, aunque no haya querido estar presente en la boda, porque, según ella,
«demasiado complicado todo».
—Boda moderna —dijo, secándose las manos en el delantal lleno de lamparones—. Personas, ruido, humo y después platos sucios que seguro lava Oksana. No. Gracias, Ferando, pero mejor quedo en casa. Mucho trabajo fin de semana.
Ahora, volviendo al aquí que nos ocupa, la imagen de las codornices preparándose a fuego lento en la cocina de leña de Oksana me provoca un sudor frío que me baja por la columna en una sola gota. Dejo el café en el plato e inspiro hondo. Debería haberlo imaginado cuando he visto pasar las bandejas en el aperitivo, pero no se me ha pasado por la cabeza, porque no he visto lo que contenían. Bendigo el momento en que he preferido no tocarlas. Ha sido algo instintivo y también acertado. Los demás, incluida mamá, no han corrido la misma suerte.
Y es que, lo que no sabe nadie es que las famosas codornices al chocolate de Oksana no son tales. Eso es algo que mamá y yo descubrimos durante la última cena de nuestra primera semana en la casa rural. Recuerdo que Oksana se empeñó en cocinarnos un plato típico de la región rusa de donde ella es. Ni mamá ni yo fuimos capaces de entender el nombre del plato ni el de la región, pero nos dio no sé qué decirle que no se molestara, que nosotros somos de poco comer. Luego, con el tiempo, hemos aprendido que habría dado igual y que, cuando Oksana dice que cocina, le importa un bledo lo que tú le digas. Ella cocina y tú comes, esa es la única ecuación que entiende. Y así fue esa noche. Desapareció a mediodía y volvió pasadas las ocho, en su pequeño tanque cubierto de barro, con su bandeja de cristal tapada con papel de plata. Estaba feliz como una niña.
Y comimos, claro. Las codornices en chocolate estaban exquisitas.
Ella nos miraba comer con esa sonrisa de felicidad que con el tiempo hemos aprendido a conocer bien. Cuando vaciamos los platos, los recogió y preguntó si queríamos algo de postre.
Mamá pareció pensarlo. Oksana dijo:
—¿No bastante con chocolate de letuchie myshi pata negra?
Mamá asintió. Tenía la boca manchada de restos de chocolate.
—Nunca había probado unas codornices tan tiernas, Oksana —dijo—.
¿Dónde las compras?
Oksana arqueó una ceja.
—¿Comprar? ¿Letuchie myshi? ¿Oksana? —Soltó una carcajada que hizo vibrar el cristal de las copas—. Tú no estamos muy bien del cabezas.
Nos reímos. Oksana resulta tremendamente cómica cuando se deja ir y el hecho de habernos visto disfrutar de su comida por primera vez la tenía especialmente animada.
—¿Entonces? —pregunté.
—Oksana caza —dijo.
Mamá abrió los ojos como platos.
—¿Las cazas tú? ¿De verdad? —preguntó—. ¿Con la escopeta?
—Oh, da —respondió Oksana, orgullosa—. Como en Rusia. Pero no con escopeta. No hace faltas. Cazas con red.
Mamá y yo nos miramos. Codornices con red.
—Son pata negra, los mejores. Cazo con red y paciencias. Y también martillo. Primero escopeta, pum, ruido y caen en red. Luego martillo en cabeza. Chof.
Mamá la miró sin entender lo que decía.
—¿Caen? —preguntó, mirando al techo de la cocina—. ¿De dónde?
—De chimeneas en casas abandonadas. Aquí zona, lleno. Vivero. Da.
Cada vez entendíamos menos. Mamá, como suele ocurrir en estos casos, desconectó y aprovechó para mojar una galleta en los restos de chocolate de la bandeja. Yo no me rendí.
—No lo entiendo, Oksana —dije, mientras ella observaba a mamá con una sonrisa de oreja a oreja—. No sabía que las codornices vivieran en las chimeneas.
— Letuchie Myshi gusta mucho chimeneas con piedra porque creen que es cuevas. En Rusia son más grandes, pero sabor no tanto. Estos pequeñitos, pero muy sabrosos. Y crujientes las alas, como pollo americano.
En eso tenía razón.
—Sí, es verdad —admití—. Pero ¿por qué se llaman pata negra?
—Como jamón con bellotas pero voladores. Y porque negros.
—¿Negras? ¿Las codornices?
— Da. Todos negras. Como con abrigo lana. Es porque solo vuelan de noches. Incógnito con radar como soldados rusos.
Mamá se quedó con la galleta en el aire. Lo del abrigo y la negrura despertó en ella una alarma que vi parpadear en sus ojos.
—De día duermen —explicó Oksana—. Cuelgan bocas abajo y alas encima, como draculinos. Entonces yo voy con red y cazo y martillo, plas, aplasto y primero cacerola quita pelos un poco, pero un poco porque da sabor y cruje. Y colmillos también. Arranca.
Mamá me miró y ni siquiera parpadeó. La galleta fue a parar al suelo.
En el silencio que siguió hubo una especie de gemido ahogado que al instante descubrí que provenía de mi intestino. A mi lado, mamá había empezado a entenderla.
—Una pregunta, Oksana —dije por fin—. ¿Tus codornices pata negra comen mosquitos?
Asintió, sonriendo y dejando a la vista sus dientes.
— Da. Y libélula y mariposas. Tienen radar como submarino en guerras.
Mamá puso cara de «esto no será verdad, así que voy a intentar aclarar el malentendido» y, volviéndose hacia mí, dijo con un hilo de voz:
—Hijo, yo creo que las pata negra con radar que dice Oksana a lo mejor no son muy de la familia de las codornices.
Miré a mamá, entendí que nos acabábamos de comer una bandeja de murciélagos con una salsa que sabía y tenía aspecto de chocolate y medio minuto más tarde estaba en el cuarto de baño con la cabeza metida en el retrete y los intestinos en llamas.
Cuando, más tranquilo, intenté hacerle entender que aquí sus letuchie myshi no se comen, ella soltó un bufido de trol y dijo:
—Gente gusta mucho mis letuchie. Todas las clientes sirvo bandejas y se llevan a casas. Luego llaman para más.
«Dios mío —pensé—. Esto no va a haber quien lo pare.»
—Genial, Oksana —le dije—. Pero a nosotros no. No nos cocines más letuchies, por favor. Si algún día quieres prepararnos algo, que sea una cosa más ligera, ¿vale? A partir de ahora, nada de ratones voladores, si te parece.
Ni siquiera se ofendió.
— Da. Ustedes pierden. Lástimas.
Y así quedamos. Nunca más volvimos a mencionar los murciélagos al chocolate y el asunto quedó finalmente zanjado.
O eso creímos.
—La verdad es que Oksana es la bomba —dice Silvia, apagando el cigarrillo en el cenicero. Luego mira su reloj, saca un pequeño neceser del bolso, coge un blíster, extrae una pequeña cápsula y se la toma con lo que le queda de café—. Qué lástima que no esté en el molino este fin de semana.
Me hacía ilusión verla.
Mamá me mira con cara de «no, no, no, mejor que no» y aprieta a Shirley contra su pecho. A lo lejos, Rulfo ladra entre las cañas, persiguiendo algo.
—Ya —le contesto—. Me ha dicho que mañana tenía trabajo limpiando en una mudanza o algo así.
Antes de que la conversación vaya a más, decido levantar el campamento y volvemos despacio al coche, mamá con su ramo en la mano.
Es un ramo precioso, muy primaveral: flores silvestres de varios tonos de rosas, lilas y morados intercaladas entre hojas de eucalipto y helechos, todo envuelto con un papel dorado y un pequeño lazo.
Cuando estamos a punto de subir al coche, mamá mira a Silvia y dice:
—¿Ves, hija, como al final tenemos flores? —Se las acerca a la nariz y aspira un aroma que yo no percibo—. Quién nos iba a decir que las íbamos a conseguir al lado de la carretera.
Silvia abre de un tirón la puerta trasera y responde, sin muchas ganas.
—Lo que tú digas, mamá.
Cuando tía Inés y Silvia han cerrado sus respectivas puertas, me acerco rápidamente a mamá y le digo al oído:
—Como se te escape lo de Oksana, le cuento a Silvia que no te tomas las pastillas. Te lo juro.
Mamá me mira con cara de horror y niega muy deprisa con la cabeza.
—No, no, no, no. ¿Estás loco? —Luego junta el índice y el pulgar y se los pasa por los labios—. Cremallera. Prometido —dice, cerrando los ojos antes de abrir la puerta y subir.
Un par de minutos después de reincorporarnos al tráfico de la carretera, mamá, que mira por la ventanilla mientras va acercándose de vez en cuando las flores a la cara y aspira hondo su supuesto perfume, se vuelve hacia mí, como si acabara de acordarse de algo y pregunta:
—¿Y Esbién ya te ha dicho si viene esta tarde o todavía no has podido hablar con él?
A unos metros por delante de nosotros, un conejo cruza la carretera a toda velocidad. A pesar del tráfico de fin de semana que recorre los cuatro carriles, el animal llega al otro lado y se pierde entre la maleza que bordea la cuneta. Al verlo sano y salvo respiro aliviado y cruzo los dedos sobre el volante para que lo que nos queda de fin de semana me reserve, a mí también, su misma suerte.
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