Un amor
Capítulo 4
Una conversación telefónica.
Desde el filtro del recuerdo, la punta del iceberg fue algo tan banal y rutinario como una conversación telefónica con mamá, la misma que tenía con ella todas las tardes al coger el metro. Enseguida noté que algo no iba bien. Mamá contestaba con monosílabos, como hace muchas veces cuando habla contigo pero a la vez está viendo la televisión o intentando completar una sopa de letras, pero las respuestas me sonaron inconexas, poco lógicas.
Al principio me molestó que no estuviera por mí y le cayó una pequeña bronca a la que pareció reaccionar bien, pero fue un mero espejismo.
Empezó a contarme algo que no tenía ni pies ni cabeza, pero no porque no hubiera un hilo de pensamiento claro en lo que decía, sino porque las palabras que elegía para contarlo nada tenían que ver con las que ella creía estar usando.
Le pedí que por favor apagara la tele si quería que siguiéramos hablando. Se hizo un pequeño silencio y luego preguntó:
—¿La cafetera está debajo de la persiana?
Quise pensar que bromeaba y me reí. A veces juego a eso con ella, a los disparates. Empezamos a hacerlo cuando, de pequeño, todos los lunes y los jueves me llevaba al psicólogo al salir del colegio. El psicólogo estaba en la otra punta de la ciudad y el trayecto en autobús hasta allí era tan largo que nos inventamos ese y otros juegos, siempre con las palabras, siempre buscando la risa, sembrando sin saberlo entonces la semilla de sentido del humor común y muy personal que, hasta la aparición de Magalí, mamá solo había compartido conmigo.
«Está de broma», pensé al teléfono, más tranquilo. Pero la tranquilidad no duró. Su siguiente respuesta la desbarató de un plumazo.
—Me habría gustado tanto un helado de persiana... —dijo. Y de pronto, como si hubiera visto u oído algo que yo, desde el metro, no podía tan siquiera imaginar, añadió con voz de alarma—: ¡El aperitivo! ¡No me he acordado de ir al aperitivo! ¡Llego tarde!
La angustia que me transmitió su voz me encogió el estómago. Pero no fue solo eso. Mamá hablaba del aperitivo, y enseguida entendí que se refería a su aperitivo de los domingos, una de las pocas costumbres que había heredado y conservado de su vida con papá tras el divorcio. Al poco de instalarse en su nuevo apartamento, mamá había recuperado el hábito de salir todos los domingos a la una con Shirley a tomarse su aperitivo en uno de los bares de la plaza, dentro en invierno, en la terraza cuando empezaba el buen tiempo. Nos había hecho gracia que, de todas las cosas que habría podido heredar de la mecánica cotidiana de su vida de casada, hubiera elegido precisamente esa, porque durante años la habíamos oído quejarse de que aquello era un engorro y de que se aburría como una mona, porque en cuanto llegaban al bar papá se juntaba con un par de habituales a hablar de sus cosas y ella tenía que pasar el rato como buenamente podía, normalmente leyendo algún dominical. Pero lo que más nos había sorprendido era que desde el primer día había dicho que quería ir sola.
—Ah, no —saltó cuando un domingo Emma y yo pasamos por su casa después de jugar al tenis y nos ofrecimos a acompañarla—. El aperitivo del domingo es mi tiempo para mí y para Shirley, solitas las dos.
Creímos que bromeaba, pero nos equivocamos. Cuando bajamos con ella y llegamos a la esquina de la plaza, se volvió y, con una sonrisa beatífica, nos dio un par de besos a cada uno y dijo:
—Gracias, pero puedo seguir sola.
Y eso fue todo. Los aperitivos del domingo eran «sus» aperitivos y desde que había empezado con ellos jamás había dejado que la acompañáramos. En cuanto se enteró, Silvia consultó con su terapeuta.
—Está recuperando su territorio y hay que respetárselo. Es más, hay que animarla a que lo haga —nos informó—. Es muy buena señal.
Nos quedamos tranquilos.
Pero no fue tranquilidad lo que sentí al teléfono cuando entendí que mamá creía que era domingo y que ni siquiera se daba cuenta de que eran casi las siete de la tarde. «No sabe qué día es», pensé, cada vez más confundido, mientras ella seguía insistiendo en lo del aperitivo. Hasta que de pronto empezó a construir frases que directamente no tenían sentido y que vertía en el micrófono del teléfono salpicadas de un tartamudeo mecánico, compulsivo. En cuanto la oí expresarse así, me despedí de ella con la excusa de que en el metro había tanto ruido que no la oía bien, aunque creo que ni me escuchó. Bajé en la siguiente parada y, mientras esperaba un taxi, le mandé un whatsapp a Emma avisándola de que iba a pasar por casa de mamá porque acababa de hablar con ella y la había encontrado muy rara, que estaba preocupado.
No tardó en responder.
«Voy» fue la respuesta que me llegó casi al segundo. No «qué pasa», no «¿estás seguro?», no «cuéntame más». Ni una pregunta. Nada. Su respuesta fue ese simple «voy», y en cuanto la recibí respiré mejor. Voy. Eso es Emma: me necesitas, pide; sufres, voy. Emma es lo fácil porque se hace fácil y tenerla es un seguro al que todos estamos mentalmente enlazados como al palo mayor de un barco. Pensamos en ella de forma automática, es el primer nombre que se nos ocurre porque cuando la nombramos es casi como si invocáramos una fórmula que no falla. Si no hay Emma, falta el seguro de viaje. Sin ella todo costaría más, nos costaría más. Una vez la abuela me dijo que las mujeres como Emma, las que tienen esa especie de bondad incrustada en el ADN, no se dan cuenta de que siendo así, así de generosas, lo que consiguen es que los demás nos veamos fallidos a su lado.
«Es una mala cosa ser así», fue lo que dijo. «Las personas como ella dejan en evidencia las carencias de quienes las rodean y eso no siempre se perdona.» Esas fueron sus palabras exactas. En aquel momento no entendí a qué se refería, pero con los años he comprendido que para los de fuera —
los que no son familia—, y especialmente para sus parejas, Emma es un espejo complicado. Tener cerca a alguien bueno, bueno de verdad, como ella, convierte al otro en el menos bueno de los dos, y para vivir con eso hay que ser muy honesto. O tener ese mismo gen. «Voy», decía su mensaje, y supe que sí, porque Emma es el único «sí» que nunca vacila.
En el taxi dudé si avisar también a Silvia, pero estaba de viaje con John y tenía prevista la vuelta unos días más tarde, así que opté por no decirle nada. Ya habría tiempo de hacerlo si la cosa se ponía peor. No recuerdo el trayecto que hice hasta casa de mamá, lo que sí recuerdo es que, en cuanto llegué, ni siquiera me molesté en llamar. Abrí con mi llave y fui directamente a su cuarto. La encontré tumbada en la cama, como suele estar a esa hora de la tarde-noche, viendo su concurso preferido en la televisión, con la novela que llevaba intentando leer desde hacía casi un año en el suelo y la radio encendida en el baño. En cuanto me vio, sonrió, pero no fue una sonrisa de bienvenida, no fue la de siempre, sino más bien una mueca, una especie de esfuerzo muscular que no terminó de cuajar y al que mi cuerpo respondió con un pinchazo entre los ojos, como si acabaran de clavarme un alfiler desde dentro.
Olía mal. La habitación olía mal y Shirley estaba acurrucada e inmóvil en su camita con la cabeza sobre las patas, cosa que jamás había hecho antes y que tampoco ha vuelto a hacer desde entonces. Era un olor espeso, rancio, agrio. En cuanto me acerqué, mamá tiró de la colcha para taparse más y quiso decir algo, pero lo único que pudo articular fue una especie de balbuceo que no sonó a nada inteligible. Yo ya no estaba extrañado. La sorpresa y la confusión habían desaparecido para dar paso al pánico, un pánico frío que me tenía pegado al suelo y que iba recorriéndome los pies y las manos a la voz de «esto no está pasando. Esto no está pasándonos a nosotros. A nosotros no. A mamá no».
No sé lo que debió de ver en mi mirada, pero en cuanto conseguí serenarme un poco y pude moverme para acercarme un poco más, ella murmuró algo entre dientes y, como si quisiera esconderse del todo debajo de la colcha, tiró bruscamente de ella, arrancándola de los pies de la cama y dejando a la vista las piernas y el cuerpo por encima de la cintura.
Entonces lo vi.
La ola de fango.
Mamá estaba encharcada en su propia incontinencia, líquida y sólida, cubierta la sábana, el chándal y probablemente también el colchón de una capa de color marrón amarillento que me dejó paralizado en cuanto lo vi y al que mi cuerpo reaccionó con una arcada en la que se mezclaron asco,
pavor e impotencia. Recuerdo que, en el momento en que entendí lo que era, aparté rápidamente la vista, no tanto por el asco en sí, sino porque, aunque seguía con los ojos clavados en el marrón, supuse que mamá estaba viéndome mirarla así y me dio tanta pena, me sentí tan culpable por haberla descubierto en ese estado que estuve a punto de dar media vuelta y salir de la habitación como si nada de todo aquello hubiera ocurrido. Fingir que no, que no había habido llamada, alarma, taxi ni madre, y que la vida seguía congelada en el mediodía que habíamos salido de la consulta del naturópata y esperábamos juntos en el semáforo de la Diagonal, apoyada ella contra mí, ajenos a todo, mientras el taxi de Silvia se fundía con el tráfico del mediodía.
Pero no me moví. Demasiado tarde. Cuando me atreví a mirar a mamá a la cara, lo que encontré fue unos ojos entre idos y aterrados que me observaban de un modo que no supe interpretar y al que ella misma puso voz un instante después, antes de romper a llorar.
—Lo... siento... t-tanto... —dijo entre balbuceos, parpadeando sorprendida al oír el timbre herrumbroso y roto de su propia voz—. No lo volve-ré a... a... hacer. T-te... lo juro... te lo... lo j-juro.
Tragué saliva. Luego busqué aire, el suficiente para que pudiera bajarme hasta los pulmones, y respiré despacio un par de veces antes de acercarme a la cabecera de la cama y sentarme sobre la almohada, a su lado.
Ella no movió la cabeza. Solo parecía balancearse un poco, apoyándose en los talones contra el colchón, nada más. Cuando por fin pude hablar y quise decirle que no se preocupara, que no tenía de qué avergonzarse y que Emma estaba de camino, ella soltó una especie de sollozo ahogado y clavó unos ojos turbios en los míos antes de añadir, encogida sobre sí misma:
—¿M-me per... donas, Manuel? P-por... favor.
Manuel.
El nombre de papá me estalló entre los oídos como un disparo. Más fango. Más difícil. Más angustia la que me empapó entero, primero cuando entendí que mamá había perdido hasta tal punto la conexión con la realidad que me confundía con papá, y después cuando sentí que caía sobre mí el mapa entero, la dimensión monstruosa de todo el dolor, el miedo y la enorme base del iceberg de lo vivido durante sus cuarenta años de
matrimonio, que el inconsciente de mamá ocultaba en sus pliegues más recónditos. De repente lo vi. La vi. Los vi. Terror. Mamá temblaba, aterrada, creyendo en su desvarío que papá había llegado para castigarla. Vi el retrato de un matrimonio en la intimidad y la vi tan pequeña y tan indefensa que habría dado cualquier cosa por no estar allí y verlo así, en primera fila. Y quise decirle tantas cosas que no supe por dónde empezar.
Quise cogerle la cabeza y abrazarme a ella para que dejara de mirarme así, quise gritarle que no sabía dónde estaba, pero que estaba lejos, y que no se fuera, y olerle el pelo sudado y pedirle que me perdonara por tener los ojos de papá, por parecerme tanto a él y por muchas otras cosas... quise decirle tanto y tan a la vez que cuando por fin entendí que no estaba diciendo nada, que lo único que oía era el ronroneo de la radio en el baño y los gritos de unos niños que jugaban en la plaza, me incliné sobre ella y la abracé despacio por los hombros, atrayéndola hacia mí hasta que ella apoyó la mejilla en mi pierna, sin dejar de temblar a pesar de su rigidez.
Entonces repitió:
—¿Me... me perdo... nas, Manuel?
Justo en ese momento sonó el chasquido de la cerradura de la puerta de la calle, seguido de un suspiro de silencio. Mamá cerró la mano con fuerza sobre la colcha y pegó aún más la mejilla a mi pierna, como si quisiera fundirse con ella, o desaparecer.
Entonces, mientras oía a Emma cerrar la puerta de la calle y encender la luz del recibidor, estreché a mamá contra mí y le dije, casi sin voz, para que no reconociera la mía:
—Claro que te perdono, Amalia. Cómo no te voy a perdonar, cariño.
Durante un segundo no pasó nada. Luego, mamá se incorporó, apoyándose en el codo, y me miró. Sonreía, feliz. Estaba feliz y aliviada, tanto, que casi me alegré por ella, casi compartí esa sensación con ella. Pero no hubo tiempo para más. Un instante después, Emma apareció en la habitación desde el pasillo. Al verla, mamá me soltó y, tendiendo las manos hacia ella, se echó a llorar abandonándose a un alivio distinto, más entero, y olvidándose de mí por completo.
—Mamá —dijo, sonriendo entre lágrimas a una Emma que ni siquiera parpadeaba—. ¿Por q-qué tarda... bas tanto? —Emma nos miró, primero a mamá y después a mí, blanca como el papel, sin saber qué decir. No hizo falta. Mamá me cogió delicadamente de la mano y, entre babas y lágrimas, consiguió balbucear—: Manuel... m-me ha per... don-n-nado.
Emma tragó saliva e inspiró hondo. Luego, mientras recorría espeluznada el cuerpo de mamá que la colcha había dejado a la vista, mamá me soltó la mano de golpe y, volviéndose hacia la ventana, exclamó, alarmada:
—¡El aperitivo! —Nos miró sin reconocernos y gritó—: ¡Hay que avisar! ¡Tengo que irme!
Ni siquiera llamamos a una ambulancia.
Tardamos menos de veinte minutos en arrastrar a mamá fuera de la cama hasta el baño, ducharla, vestirla, meter su ropa y la de la cama en la lavadora y llegar en el coche de Emma a la entrada de urgencias.
Ventanilla de ingresos. «¿Es de alguna mutua?» «Por aquí.» Pulsera amarilla. Pasillo. Box. Enfermera de un país del este en el que se olvidaron hace años de sonreír. Vía. Suero. «Esperen, enseguida vendrá un médico.»
«Ahí tienen gasas, toallas y trapos, por si mancha y hay que cambiarla.»
«No, en urgencias nocturnas no nos encargamos de eso.» Fuera, noche cerrada. La oscuridad salpicada por las farolas blancas del aparcamiento al aire libre y al fondo la autopista o un corredor de luces naranjas como un largo gusano recorrido por cientos de luces móviles.
Dentro, en el box, la pesadilla.
Esa noche fue el final de algunas cosas. Y también el principio.
De los dos.
Sven y tía Inés.
Ellos no lo sabían todavía.
Nosotros tampoco.
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