Un amor

Alejandro Palomas · Capítulo 10 de 28

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Un amor

Libro segundo. Pequeños abandonos, grandes orfandades

Libro segundo

Pequeños abandonos,

grandes orfandades

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Para mí, los sentimientos son la realidad.

La guerra no tiene rostro de mujer,

SVETLANA ALEXIÉVICH

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1

Todo empezó con un abandono.

Un día, hace ocho años, mamá decidió que no podía más y se marchó de la que hasta entonces había sido su casa, dejando tras de sí más de cuarenta años de vida junto a papá. Esa noche, como muchas otras en el curso de los meses que estaban por llegar, lloró sin que hubiera forma humana de consolarla porque no conseguía quitarse de la cabeza las últimas palabras de papá. Veinticuatro horas después de haberse visto humillada por él como nunca antes delante de nosotros y de los amigos comunes de ambos durante la fiesta de su sesenta y cinco cumpleaños, se habían sentado a la mesa del comedor y mamá le había dicho que se iba. Él la había mirado con una cara en la que ella no recuerda haber visto ninguna expresión que sepa describir y había preguntado:

—¿Estás segura?

A mamá le había temblado la voz, pero su «sí», pequeño y casi balbuceado, había encontrado el poco aire necesario para hacerse oír. Papá había guardado silencio durante unos segundos antes de volver a hablar.

Cuando por fin lo hizo, había sido para decir:

—Pues, si no te importa, dime qué día tienes pensado marcharte, así aprovecho para cambiar las dos camas por una de matrimonio. Ya sabes que nunca me ha gustado lo de las camas individuales.

Eso había sido todo. Ni un «hablemos», ni un «¿por qué?», ni siquiera un triste «tranquilízate». Nada. Cero interés, cero curiosidad. En las múltiples ocasiones anteriores en que, tras alguno de los desmanes de papá, la paciencia de mamá había tocado techo y había decidido dejarlo, él siempre había reaccionado echando mano de una u otra versión de la misma estrategia: pedir perdón, sacar a escena al hombre que pecaba por torpe y no por malo, el que dañaba porque no le habían enseñado a hacerlo mejor.

Mamá llenaba su bolsa de viaje con lo básico y se refugiaba en casa de uno

de nosotros —normalmente en la de Emma—, decidida a no seguir aguantando más, pero enseguida la maquinaria de reconciliación familiar se ponía en marcha y los tres hijos nos reuníamos con uno y con otro —con papá a petición de él— para encontrar una salida digna a una dinámica que hacía mucho tiempo que ya no lo era. Apoyada por nosotros y por el agotamiento acumulado durante años, mamá exigía condiciones irrenunciables para su vuelta a casa y papá, que sabía que una vez más había ido demasiado lejos, se declaraba absolutamente dispuesto a todo: era la versión archiconocida del hombre arrepentido y consciente del daño, del error, de que así no y de que mamá había hecho por él lo que él no merecía.

«He vuelto a equivocarme, ya lo sé —imploraba al teléfono—. Pero también sabes que te quiero y que todos nos equivocamos y merecemos una oportunidad.» Y la fortaleza de mamá resistía lo justo, porque no aguantaba la pena que papá despertaba en ella. No pasaba mucho tiempo hasta que empezaba a imaginarlo solo en casa, pegado al teléfono, con la nevera por llenar y la vida vacía de ella. Y esa sensación le era tan familiar, el hombre que ella visualizaba al otro lado de la línea se parecía tanto a la Amalia distinta, apartada y desvalida que había aprendido a ser desde pequeña, que no soportaba ser la causa de un dolor así, no podía con ese color y ese tono de culpa. Al final, normalmente en el plazo de un par de semanas, a pesar de todos los consejos, del apoyo, las charlas, los razonamientos y de la consiguiente rabia y la desazón que nos invadían cuando ocurría lo que indefectiblemente terminaba ocurriendo, mamá y papá quedaban en verse en alguna cafetería o en un restaurante —«donde tú quieras, Amalia. Elige tú», se ofrecía papá, proponiendo en última instancia algún sitio que a ella le gustara especialmente o que tuviera algún peso emocional particularmente vinculante para mamá— y ya solo quedaba contar las horas que faltaban para que papá recuperara la pieza de su rompecabezas doméstico que había estado a punto de perder y esperar a que se la devolviéramos con su pequeña bolsa de viaje, convencida de que esta vez sí, de que todo iba a cambiar porque «después de tantos años, vuestro padre ha entendido lo que pierde si me pierde».

Sin embargo, esta vez, todo eso, la inagotable comedia de situaciones tantas veces repetida durante los años, no llegó. Mamá dijo «me voy» y papá le abrió la puerta, cambió las dos camas individuales por una de matrimonio y al cabo de un mes le mandó a mi casa —esta vez mamá se había refugiado en la mía, porque hacía un par de semanas que también yo había roto con mi pareja y le pareció que así de paso me hacía compañía—

una demanda de divorcio voluntario con sus correspondientes cláusulas, que mamá firmó prácticamente sin leer. Después de un mes de separación, interpretó en aquel montón de papeles lo que nadie más supimos leer: que papá le pedía una demostración de que lo había perdonado, un gesto mayor que los de las ocasiones anteriores, porque esta vez ella había sabido resistir y él había entendido que o cambiaba de verdad o no había vuelta atrás. «Me está poniendo a prueba —pensó—. Es solo un desafío, un a ver hasta dónde. Cuando se dé cuenta de que estoy fuerte y se vea solo, cuando entienda que sin mí no puede, querrá que vuelva, y esta vez tendrá que cambiar de verdad, esta vez sí.» Mamá firmó el convenio a espaldas de nosotros, lo metió en un sobre y lo mandó a la dirección del abogado de papá, convencida de que había ganado.

Y se sentó a esperar.

Lo que recibió, una semana más tarde, fue un burofax que incluía una citación para un juzgado de primera instancia y una carta en la que encontró una especie de postal de esas gratuitas que hay a decenas en los mostradores de algunos bares en la que papá le daba las gracias por ser tan generosa, por ponérselo fácil y por los servicios prestados. También le deseaba suerte y añadía, con un bolígrafo de otro tono de azul, al final del texto, como si hubiera sido una idea de última hora: «Dales un beso a los niños de mi parte».

El resto es historia, la de una mujer de sesenta y cinco años que acababa de firmar un convenio de divorcio que la dejaba en la calle con dos maletas, la vajilla de la abuela, un sofá blanco de piel que estaba pagando a plazos desde hacía seis meses, una diefembaquia de diez años llamada Engracia que parecía un cocotero salvaje y 189 euros al mes de pensión, porque papá había timado tanto y tan mal al mundo en su largo historial de

descalabros financieros que no tenía ni un solo tenedor a su nombre.

Cuando Silvia se enteró del contenido del convenio y de que mamá ya lo había firmado estuvo a punto de matarla.

—Ni se te ocurra ratificar esa basura —la advirtió, cuando el primer estallido de furia pasó y, ya más calmada, se sentó con ella a intentar evitar lo peor—. Te está dejando en la calle.

Mamá tardó en contestar. Estaba demasiado triste, agotada y noqueada con la respuesta de papá y parecía ausente, como si no quisiera estar.

—No te preocupes —dijo, sin mirarla—. Mañana hablaré con Martín para que lo arregle.

Mintió. Habló con su abogado, cierto, pero para decirle que lo único que quería era terminar cuanto antes con aquello y ratificarlo delante del juez. «Aceléralo todo lo que puedas, por favor», fue lo que pidió. Y eso hizo: cinco semanas más tarde entró al juzgado en compañía de su abogado y firmó su libertad. Un par de días después cada uno de nosotros recibió una carta de papá que contenía una copia del contrato de divorcio firmado por los dos, acompañada de una nota impresa que decía así: «Esta es la última información personal que recibiréis sobre mí. No me molestéis más. Ahora tengo una nueva vida».

Una nueva vida. Eso fue lo que mamá tuvo que aprender a construir de cero a partir de entonces, marcada por una separación que no fue solo la de papá, sino que afectó y mucho al círculo de amigos que ambos compartían prácticamente desde que se habían casado, los mismos que habían presenciado la terrible escena que él había provocado la tarde del cumpleaños de mamá y que había supuesto el principio del fin. Cuatro matrimonios. Ocho amigos unidos por la edad, por paternidades y maternidades compartidas, por cientos de fines de semana de barbacoas, viajes, salidas a la montaña, vacaciones de campin en los Pirineos en verano, los hombres y los niños en el río con sus tiendas, jugando a crecer, y ellas hospedadas en el hostal del pueblo como cuatro amigas solteras, libres de niños, de gritos y de desayunos, comidas y cenas, encantados todos con sus pequeñas libertades, años viéndonos crecer juntos e imaginando para nosotros un futuro a su medida que en ninguno de los casos se ha cumplido. Amigos forjados durante los sesenta, padres

primerizos en aquel entonces, matrimonios con futuro, todos con pasados muy distintos, ellos profesionales universitarios de nuevo cuño —un oftalmólogo, un ingeniero de caminos, un profesor universitario de Física y papá, con sus empresas fantasma y su iluso afán por la innovación— y ellas mujeres activas en una España que todavía les dejaba poco sitio para ser nada, amas de casa que empezaban a querer más, a anhelar poder ser parte de una transición que seguía dejándolas atrás y para la que todavía se veían a tiempo, convertidas en las gallinas del gallinero en el que todos los hijos compartíamos lo común.

Las tías. Ellas eran «las tías»: tía Inés, tía Ana, tía Nuria y tía Amalia.

«Hablad con las tías.» «Preguntádselo a las tías.» «Lo que las tías digan.»

Criados por ellas, los diez niños crecimos compartiendo cuatro miradas femeninas que lo amparaban todo y que, subrepticiamente, nos protegían del desinterés de los cuatro hombres, que acotaban su amistad a lo que les pertenecía. Éramos, de algún modo, una familia numerosa, numerosa en hijos y también en padres y madres, y esa vida en grupo vivía del ruido, en el ruido, escondiendo muchas veces las oscuridades individuales que ese mismo ruido se encargaba de diluir.

Los cuarenta años de amistad, de vecindad emocional, hicieron también su propia selección natural, tanto en los adultos como en nosotros, los niños, y en el curso de los años hubo afinidades que se compactaron y otras que se mantuvieron siempre en lo inicial, en el ruido familiar. En el caso de mamá, que siempre fue la que mejor relación mantuvo con todos, desde un principio encontró en tía Inés a esa amiga especial que nunca había tenido, a pesar de que ya en aquel entonces eran dos mujeres diametralmente opuestas por fuera —tía Inés, una mujer alta, delgada, de pelo y ojos negros y una belleza endurecida que a veces sobrecogía por su crudeza—, pero sobre todo por dentro: si mamá era la personificación de la suavidad, siempre atenta a conciliar cualquier desencuentro, constantemente justificando, intercediendo, limando conflictos que a veces se afilaban demasiado y amenazaban con romper la seguridad de lo que nos mantenía a flote, tía Inés era el genio, el carácter y la ausencia de concesiones. Tenía, y sigue teniendo todavía, una lengua y un pronto que todos temíamos. Si alguien sabía hacernos callar con una mirada, era tía Inés. Ya en aquel

entonces, la oíamos soltar las verdades como las pensaba, con una aridez castellana que te llovía encima como un salpicón de ácido. Le daba igual si el que tenía enfrente era un niño que acababa de desobedecer una orden o si tenía que soltarle una fresca a tío Arturo delante de todos. «Los problemas, cuanto antes resueltos, mejor», decía. Y luego estaban las bofetadas. Las repartía sin miramientos. Una mala respuesta, una falta de respeto, un «no me da la gana» a destiempo, y te caía la mano de tía Inés como un garfio, clavándote los dedos huesudos en la piel. «Bofetada a tiempo», anunciaba enseguida, como si acabara de repartir una bendición y tocara una campanilla, llamándonos a merendar. Nacida en un pueblo de Zamora, había estado interna en las Teresianas de Salamanca y después, a fuerza de mucho empeño, mucha pataleta y el apoyo de uno de sus hermanos —Juan, el mayor y misionero—, había conseguido estudiar Filosofía y Letras en Valladolid, donde conocería a tío Arturo, con el que se había casado en cuanto los dos habían terminado la carrera y habían encontrado su primer trabajo en Barcelona, él un buen puesto en una multinacional alemana dedicada a grandes obras de ingeniería y ella dando clases de religión y de filosofía en un colegio de monjas de la parte alta. Seca, franca, brusca y profundamente creyente, tía Inés no era una mujer que socializara con facilidad, y enseguida encontró en mamá a la aliada perfecta con el carácter perfecto: divertida, cándida, fácil de llevar y, sobre todo, distinta de todas las mujeres que había conocido hasta entonces. Y no es de extrañar que se lo pareciera. Libre de la tortura de primera infancia en las Franciscanas, mamá había terminado el bachillerato en el colegio suizo y después había estudiado secretariado internacional en Ginebra. Se había convertido en una mujer viajada, con idiomas y con un mundo y una cultura nada frecuentes en aquellos primeros albores de la España de principios de los sesenta.

Albina, sí, pero con un toque de distinción que, a pesar del apocamiento y de ese constante temor a ser objeto de las miradas menos generosas que jamás la abandonaba, le confería un incontestable atractivo que solo ella se negaba a ver. Fuera como fuese, el tándem Amalia-Inés funcionó desde el principio. El roce, los años, las complicidades y el cariño hicieron el resto.

Y ese resto, ese pequeño mar de planetas que orbitaban desde hacía casi una vida en torno a mamá, esa familia construida y elegida de iguales, se derrumbó de pronto a su alrededor como un falso andamio cuando decidió firmar su libertad, dejándola expuesta a un vacío que nos pilló a todos por sorpresa. El ocho se convirtió en un siete más uno y mamá, que contaba con ese cojín de apoyo emocional que conocía al dedillo lo ocurrido porque durante años lo había visto y vivido de primera mano, se encontró cara a cara de nuevo con la niña que no encajaba porque no cumplía con los requisitos para ser aceptada en el grupo. Fuera. Mamá estaba fuera. Su firma ponía en entredicho las no firmas de las demás, cuyos matrimonios eran, si no iguales, similares en fondo y forma al de ella.

Mamá se quedó sin silla por haber querido dar una vuelta más que las otras tres y el juego siguió sin ella. En cuanto las puso al día de su decisión, tía Ana y tía Nuria le aconsejaron que recapacitara, que las cosas tampoco eran tan terribles como ella las vivía y que, al fin y al cabo, después de haber aguantado tanto, qué sentido tenía complicarse así la vida a su edad. Mamá las escuchó y, cómo no, la asaltaron las dudas. Quizá estuviera equivocándose, quizá pedía demasiado, esperaba demasiado, quizá, a fin de cuentas, el matrimonio era eso: aguantar hasta el final, en la salud y en la enfermedad, en lo que duele y en lo que no. Quizá, quizá, quizá...

Afortunadamente las dudas duraron poco, porque fueron ellas —las mismas tía Ana y tía Nuria— las que no le dieron tiempo para tanto. No mucho más tarde, convencidas de que mamá estaba dispuesta a llegar hasta el final y sabedoras de que la fecha de la ratificación era inmediata, cayeron sobre ella con una animosidad casi feroz, acusándola de injusta y de desagradecida por dejar a un hombre como papá, que tanto la había querido y que la quería todavía, y que para entonces ya había tenido tiempo de enfundarse el disfraz de marido abandonado y llevaba días llorando su soledad de esposo repudiado entre el resto de los hombres del grupo, que desde el primer minuto habían cerrado filas en su defensa. Ante aquel ataque sorpresa, mamá replegó velas y, apoyada por nosotros tres, cortó cualquier contacto con ellas.

En el caso de tía Inés, los motivos y las formas fueron distintos, aunque no el resultado. Poco antes de presentarse ante el juez, mamá y ella quedaron para comer. Cuando, un par de horas más tarde, mamá regresó a casa, no contó prácticamente nada de lo que había ocurrido durante la comida. Contestó a nuestras preguntas con monosílabos, a veces simplemente con un encogimiento de hombros. Estaba confusa y también triste.

—Me entiende y me apoya —dijo cuando dejamos de atosigarla y por fin pudo tomar un poco de aire—, pero dice que, como católica, no puede apoyar que me divorcie.

Creímos que eso era todo, pero nos equivocamos. A mamá le costó contar la segunda parte. Cuando lo hizo, entendimos que lo que se avecinaba iba a ser mucho más doloroso y más duro de lo que habíamos anticipado.

—También me ha dicho que vuestro padre está estos días con ellos, en la casa de la playa —siguió contando—. Al parecer lo está pasando muy mal y tío Arturo le ha pedido a tía Inés que evite el contacto conmigo. Dice que no está bien eso de que papá esté allí, pasando el duelo y confiando en ellos, y que ella me apoye a mí, cuando soy yo la que ha decidido separarse.

Que es... traicionarle.

Nos quedamos tan perplejos que no supimos qué decir. Más aún cuando mamá remató, con un hilo de voz que intentó mantener firme:

—Y tía Inés se lo ha prometido.

De pronto, hubo tanta rabia circulando por el salón de mamá que el aire se espesó, cargado de electricidad. Silvia se levantó del sofá hecha una fiera y empezó a gritar, totalmente fuera de sí. Se paseaba de un lado a otro de la habitación como una posesa, fumando sin darse tiempo siquiera a tragarse el humo e insultando a papá y a todos los demás como no la habíamos oído hacerlo nunca con nadie mientras Emma y yo conveníamos en llamar a tía Inés y quedar con ella para intentar abrirle los ojos y convencerla de que no dejara a mamá de la mano en ese momento. Fueron minutos complicados, de emociones muy poco contenidas y de ruido, mucho ruido interno. Pero entre la lluvia de insultos y maldiciones de Silvia

y la conversación que intentábamos mantener Emma y yo en el sofá, la voz de mamá se abrió paso como una pequeña hebra de sonido que, a pesar de su fragilidad, lo calló todo.

—Yo... la entiendo —dijo.

Yo la entiendo. Eso fue todo. Eso es mamá, la esencia de la Amalia que hemos conocido y con la que hemos convivido desde que somos quienes somos. Yo soy tú. El otro siempre por delante para evitar como sea hacer daño, porque con el daño, real o no, imaginado o no, llega la culpa y a mamá la culpa la paraliza, la acerca a todo lo que no quiere tener cerca.

No hubo nada que hacer. Mamá prefería marcharse así, haciendo bueno a papá y siendo ella la que dejaba, porque en el fondo le resultaba la opción más fácil: la culpa por separarse de él, por no ceder y correr a su lado para pedirle perdón por hacerle daño, bajándose del barco antes de tiempo y abandonándolo a su suerte, era menor si recibía el escarnio en abierto por todos los demás. El grupo la señalaba con el dedo y la condenaba a no pertenecer, descubriéndole el retrato de esa Amalia que ella conocía bien, un papel que podía recitar sin equivocarse en una sola coma.

La distinta. La fea. La que no tiene su lugar. «No se queda solo.» Ese era el consuelo de mamá. «Sus amigos cuidarán de él. Yo me las arreglaré.»

No fuimos capaces de convencerla de que el convenio que papá le ofrecía era una burla. No quiso escuchar. Ni siquiera nos dejó que la acompañáramos al juzgado. Entró sola con su abogado y tuvimos que esperarla fuera. A la salida fuimos a tomar un café. Cuando, después de un silencio que parecía querer eternizarse y que nadie se atrevía a romper, Emma le preguntó cómo estaba, mamá miró por la ventana a los contenedores empapados por la lluvia que teníamos justo delante y, después de unos segundos, dijo:

—Me siento... huérfana.

No supimos qué decir. Oyéndola hablar así, entendimos la dimensión de lo que sentía y los tres, en mayor o menor medida, nos avergonzamos de haber calculado mal, a la baja. En menos de un año, mamá había visto morir a la abuela Ester y había perdido a papá y a todos sus amigos. El divorcio era solo la última pata del trípode en el que se había sustentado su equilibrio, los puntos cardinales que durante dos tercios de su vida le habían

dado una línea del horizonte que le había devuelto una confianza en sí misma que en cuestión de meses se había evaporado. Huérfana. Mamá había perdido la red que la protegía del vacío: adiós a madre, a marido y a amiga. Bienvenida la ausencia.

Esa noche, en mi casa, cuando terminamos de repasar todo lo ocurrido durante el día, ella acostada en el sofá y yo sentado en la alfombra, agotados y a punto de irnos a dormir, mamá se arrebujó bajo el edredón y dijo con una voz a la que le faltaba fuelle:

—Lo que más miedo me da es no saber vivir sin tener que pedir permiso a nadie.

No supe qué decir. Tanto la dimensión del mensaje como la construcción de la frase me dejaron tan pegado a la alfombra que me costó digerir todo lo que lo acompañaba.

—Aprenderás, ya lo verás —fue todo lo que se me ocurrió.

Ella levantó la cara y paseó los ojos entornados por las molduras del techo.

—¿Tú crees?

Me levanté del suelo, fui hasta la puerta y apagué la luz para que no me viera mentir.

—Claro que sí, mamá —dije en la oscuridad.

Sorprendentemente, así fue. No lo hizo sola, es cierto, pero lo hizo.

Durante las semanas siguientes no dejamos de vigilarla en ningún momento, turnándonos los tres, pero la vida también empujó y lo que podría haber sido un salto al vacío con final dramático, resultó ser el principio de una Amalia que no esperábamos. Libre de techo, mamá voló mucho antes de lo que ella misma imaginaba. A partir de ahí los acontecimientos se sucedieron sin pausa, como si su decisión hubiera engrasado sin saberlo el reloj del tiempo, hasta entonces oxidado y semidormido, y este hubiera hiperestimulado su actividad, quizá un poco desbocado por la novedad, o quizá simplemente deseoso de recuperar las horas, días, meses y años perdidos en una nada cotidiana que de la noche a la mañana había dejado de estar.

Dos meses más tarde, mamá consiguió el apartamento de protección oficial que todavía hoy ocupa, un piso de una habitación para mayores de sesenta y cinco años solos y con recursos limitados, que en su caso hizo hermoso lo feo, volviendo del revés lo que hasta entonces había tenido un norte y un sur fácilmente reconocibles y que ella no tardó en asimilar. Poco después de instalarse en él, el día que por fin terminamos de amueblarlo, se sentó en el sofá blanco de piel junto a Engracia, su diefembaquia-cocotero, y pasó la mano por el cristal de la mesa de centro.

—Mi primera casa —dijo, recorriendo el salóncomedor-cocina con la mirada. Y enseguida añadió con una sonrisa frágil en los ojos—: Y la última, supongo.

Esa noche los tres hermanos cenamos juntos. Teniendo a mamá por fin instalada, agotados pero aliviados después de todo lo vivido en los últimos meses, nos preocupaba sin embargo lo que vendría. ¿Y si mamá no aprendía a estar sola? ¿Y si era incapaz de organizarse los tiempos, el día a día, las responsabilidades y, sobre todo, esos vacíos que antes no habían existido y que ahora amenazaban con minar la intimidad de lo cotidiano? ¿Y si no sabía vivir sin y el con terminaba pesando demasiado y mamá se derrumbaba, como seguramente lo habríamos hecho cualquiera de nosotros en su lugar? ¿Era real esa Amalia que veíamos? ¿Era posible que, con todo el peso de una vida tan mal construida, lograra reconstruirse y saliera adelante a su edad, que empezara de cero en ese pequeño planeta que habíamos conseguido hilvanarle en el último minuto, sola con su sofá, su planta y nuestros tres planetas orbitando a su alrededor?

Miedo. Compartíamos el terror a que la rutina engullera la novedad y a perder a mamá del todo en cuanto la vida real fuera apartando a la imaginada y el impacto se la llevara por delante. Teníamos miedo, pero pocas armas para combatirlo salvo la espera.

Esa noche decidimos darnos un plazo para ver y vigilar.

—Una semana —propuso Silvia, intentando disimular su falta de fe.

Aunque costó convencerla, terminamos dándonos un voto de confianza. Un mes, eso fue lo que convinimos.

Pero calculamos mal. Como siempre, desde que mamá es la que es ahora, ya no refugiada bajo la sombra de nadie sino intentando adaptarse a la propia, las cuentas con ella nunca salen, aunque en aquel entonces no podíamos saberlo. Doce horas más tarde, exactamente un martes a las dos y media del mediodía, cogió su carrito nuevo de nailon verde y salió a hacer su primera compra a un supermercado del barrio. Cincuenta minutos después me sonó el móvil. Era ella.

—Hijo —dijo con una voz en la que me costó adivinar el tono—, acabo de llegar de hacer la compra.

Yo estaba visionando en la pantalla del Mac la película que al día siguiente iba a entrar a doblar en estudio y no le presté mi total atención.

—Ajá —fue todo lo que dije, sin apartar los ojos de la pantalla.

Enseguida me di cuenta de que no podía estar del todo por ella pero, cuando iba a pedirle que me llamara más tarde, se me adelantó.

—Sí —dijo—. Y tengo dos novedades.

Se me tensó la espalda. «Novedad» en boca de mamá ha sido desde siempre sinónimo de «peligro», a veces real, otras no tanto. Me levanté y me acerqué a la ventana. Fuera empezaba a llover. Quise decir algo, en un intento por mostrar un entusiasmo que no sentía con aquel preludio de conversación, pero no hizo falta porque mamá estaba demasiado emocionada con lo que acababa de vivir. Crucé los dedos para que fueran buenas noticias.

—Una buena y la otra... no tanto —dijo.

Me senté en la estantería que está justo debajo de la ventana y respiré hondo antes de preguntar.

—¿La mala es...?

Siguió una pausa. Después me pareció oír una especie de quejido ahogado que parecía venir de la calle. Me asomé a mirar. No vi a nadie.

—Que me han robado la cartera cuando he ido a sacar dinero del cajero —respondió con una voz que, extrañamente, casi me pareció alegre.

Noté que un sudor frío me pegaba la camisa a la espalda, me acerqué a la mesa del ordenador y marqué el número de Emma en el teclado del fijo mientras intentaba asimilar lo que acababa de oír.

—¿Có... mo?

—Pues eso, que me han robado, hijo.

«Calma», me obligué a pensar. «Calma, porque, conociéndola, a lo mejor es menos de lo que parece.»

—A ver, mamá, por partes —dije, procurando mantener una firmeza en la voz que no se correspondía con el temblor que me sacudía la mano y levantándome de golpe. Pensé en Silvia e intenté actuar como ella lo habría hecho—. Antes de nada, ¿estás bien? —fue todo lo que se me ocurrió decir mientras notaba que me ardía la cara y me pasaba la mano por la espalda empapada.

Enseguida le quitó hierro al asunto, demasiado ansiosa por compartir conmigo la segunda novedad. La buena.

—Sí, hijo, claro —respondió como si le hubiera preguntado si se había acordado de tirar la bolsa de los envases de vidrio al contenedor verde—.

No te preocupes.

Intenté no hacerlo.

—Mamá, ¿cómo no voy a preocuparme si acabas de decirme que te han atracado en un cajero?

Al otro lado de la línea, soltó el aire por la nariz.

—Ay, bueno, hijo. Tampoco es para ponerse así.

Mientras en el fijo el tono de llamada seguía sonando, tragué saliva.

Cuando quise volver a hablar tenía la boca seca y mamá aprovechó la pausa para soltar la noticia que en realidad quería compartir.

—La buena —continuó, haciendo una pausa para generar una expectación que por mi parte no fue nada bienvenida— es que... ya no vivo sola.

Tuve que volver a sentarme. Despacio, palpando el respaldo de la silla para calcular bien y asegurarme de que algo sólido me esperaba debajo. Me di unos segundos para respirar varias veces y a fondo, porque todos los fantasmas, los peligros, los monstruos y los demonios de las peores pesadillas que hayan podido visitar a cualquier ser vivo con capacidad de soñar en su peor noche desfilaron en un simple chispazo por la pantalla del Mac que tenía delante. Estaba cantado: nos habíamos confiado y el resultado no había tardado ni un día en llegar. De repente, imaginé a mamá viviendo con... ni siquiera pude llegar a imaginar nada, porque en ese

momento oí de nuevo una especie de gemido ahogado que provenía —por fin logré identificar la fuente— del otro lado de la línea y lo entendí. El gemido era mamá. Era su voz, una especie de gañido que mezclaba miedo y dolor. Y entonces caí: «La han secuestrado», pensé, notando que me bajaba la sangre a los pies. «Han intentado robarle en el cajero y, como han visto que no tiene nada, han decidido vengarse y han vuelto con ella a casa.

Deben de haberle atado las manos a la espalda y el tipo está sujetándole el teléfono contra la oreja mientras la amenaza con una pistola y ella intenta parecer contenta y tranquila para que yo no sospeche y llame a la policía y puedan negociar.»

Taquicardia. Toda. Me sudaban tanto las manos que noté las gotas bajándome por la muñeca hasta desaparecer por debajo de los puños de la camisa y sentí la cabeza al borde de la explosión. La pantalla del ordenador empezó a desdibujarse un poco, difuminando sus bordes, y desde la calle un rayo cruzó la ventana, iluminando la oscuridad del cielo y clavándome a la silla. Colgué el fijo, volví a descolgarlo y esta vez marqué el teléfono de Silvia. Mientras esperaba, oí de nuevo el espantoso gemido al otro lado de la línea que compartía con mamá y después ella dejó escapar un chillido y debió de soltar el teléfono, porque a continuación me llegaron una ristra de crujidos y golpeteos.

Luego silencio.

Justo en ese momento, la voz de Silvia llenó el auricular del fijo y lo último y lo único que conseguí decir cuando la oí saludar fue:

—Han secuestrado a mamá.

Luego, mientras me deslizaba de la silla al suelo, perdiéndome en un nubarrón de inconsciencia, alcancé a oír, a lo lejos, la voz de mamá que decía:

—¡No, no, no! ¡En el sofá pipí no! Eres una perrita muy mala y mamá se va a enfadar mucho, pero mucho. Ya verás cuando se entere tía Silvia...

No supe más. La tarde fundió a negro, noté un golpe en la barbilla cuando impacté contra el borde de la mesa y después todo fue oscuridad.

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