Un amor
Capítulo 11
El silencio en la sala del registro es tan absoluto que solo se oye el ruido que sube desde la plaza, que ahora es mínimo. Mamá mira durante un instante a Magalí y a Emma y sonríe, antes de aclararse la garganta, acercar la lupa de plástico al papel y anunciar con una voz en la que le tiemblan los nervios:
—Es un poema. —Y enseguida aclara, volviéndose hacia la jueza—: Bueno, es más como un collage. —Luego se vuelve hacia donde estamos Silvia y yo, buscándonos con la mirada, antes de concentrarse nuevamente en el papel y empezar a leer.
Y lo que lee, su poema / collage, suena así:
—Entre el cielo y el suelo hay algo
con tendencia a quedarse calvo
y de tanto caminar se hace camino al andar.
Gracias a la vida,
que me ha dado tanto,
y qué alegría cuando me dijeron
vamos a la casa del Señor,
pero en vez del Señor estás tú,
y tú, y tú, y solamente tú, y también tú, Mariví,
porque tú eres mi amiga.
Mientras mamá lee, declamando sin ninguna gracia el conglomerado de versos de canciones que el sinvergüenza de Marco le ha ayudado a hilvanar para su discurso, en la sala no se oye ni una mosca. La expectación ha dado paso a la perplejidad. Ver a mamá con su plumífero, su pelo blanco mal peinado, los Crocs y la lupa recitando esos fragmentos de canciones que solo ella parece entender nos ha pillado a todos tan por sorpresa que la reacción es nula. Solo hay atención y respiración contenida y la risa, que yo esperaba oír llegar desde el primer verso, no aparece. No, no hay risa, ni burla. Al contrario: la imagen de una mujer como mamá, inclinada sobre su
papel, crea, a medida que pasan los segundos, una atmósfera de emoción tan cruda que poco a poco va espesando el aire de la sala, encogiendo todo lo que es sólido. A mi lado, Silvia baja la cabeza y, cuando me vuelvo hacia ella, veo que se pasa el dedo por el ojo disimuladamente. Es emoción, eso es lo que sale de la figura de mamá, proyectando en las paredes de la sala la imagen de una madre que se ha esforzado por expresar lo que a ella más le emociona para compartirlo con su hija y con la novia de esta. Lo que vemos y oímos son versos mal cosidos por una voz que hila bien, que curiosamente nos habla directamente al plexo. Mamá declama tan emocionada, cree tanto en lo que recita, que el sentido no está en el texto, sino en quien lo comparte.
Trago saliva. Al parecer, mamá acaba de saltarse un verso y, confusa, interrumpe la lectura. Antes de retomarla, levanta la cabeza y, mirando a Emma y a Magalí, se pone la mano en el pecho y se disculpa:
—Ay, es que estoy tan feliz por vosotras, niñas, que me va el corazón a mil. —Y, enseguida, volviendo a ser ella, se vuelve hacia la jueza y corona la frase con un—: Imagínese, si ahora estoy así de nerviosa por la boda, cómo será cuando me digan que están embarazadas.
Nos reímos. Todos, hasta la jueza, que ya empieza a estar rendida a lo que mamá no sabe evitar ser. La mira con otros ojos, como si todo estuviera perdido y ahora tocara quedarse con lo bueno. Su mirada es otra y el rictus de la boca también. En la sala, el instante ha cortado el peso de la emoción contenida que nos embargaba y mamá se dispone a seguir con su collage poético —«poesía prosística», lo llama ella—, ajena a la estela de emoción que ha provocado su breve lectura, y mientras busca con la lupa el verso que ha de llegar, una sombra me corta el cuerpo desde dentro, porque viéndola así, tan feliz en su momento, siento el peso de lo que anoche nos reunió a los demás en casa de tía Inés y también el de la culpa. «Es una traición —le he dicho hace un rato a Silvia en las escaleras mientras esperábamos a que acabara la ceremonia anterior—. Mamá no lo haría con nosotros.» Silvia no ha querido escuchar más. «No podemos arriesgarnos
—ha sido su respuesta—. Ella no ganará nada sabiéndolo y nosotros tenemos mucho que perder. Mejor así.» Pero yo sé que la culpa que siento es compartida por todos, especialmente por tía Inés, que vive esta mentira
no solo como una falta a la confianza de su amiga, sino como una falta mucho mayor, porque la decisión que tomamos anoche —Magalí estaba también— la ha convertido en cómplice de un acto que su fe no aprueba ni perdona. Mentir al inocente como lo estamos haciendo es cruel y también pecado, y para ella eso son palabras mayores. «Dentro de un tiempo reconsideraremos qué hacer —dijo cuando estábamos despidiéndonos en el rellano de su casa—. De momento, creo que lo mejor es no decírselo.»
Y eso es lo que hemos hecho hasta ahora, demasiado inmersos en la resaca de la boda y de todo lo que ha traído consigo la mañana. Pero sabemos que pronto llegará la tarde, el ruido pasará y quedará lo que importa. Y no sé si seremos capaces de aguantar, porque hoy, cada minuto que pasa es para mamá un minuto menos de posibilidad de elección, cada minuto es un descuento en el que ella vive sin saberlo.
Saber. De eso se trata. Saber o no saber lo cambia todo. Lo cambió hace dos semanas en el salón de mamá con Magalí cuando por fin supimos y lo hará con mamá si llega a enterarse. «Saber ayuda siempre —decía la abuela—. Es como abrazar. Cuando abrazas a alguien querido después de confesar una verdad, de oírsela a él o a ella, abrazas de otra manera porque no abrazas solo el momento presente, sino todo lo que es y lo que ha sido, lo aceptas todo. Hay que saber para aceptar y para entender, porque querer sin saber es tener miedo y para eso las viejas ya no tenemos tiempo.» Como en tantas otras cosas, la abuela tenía razón. La tarde que Magalí habló en el salón de mamá, por fin supimos y desde entonces Magalí es nuestra, la hicimos nuestra porque la entendimos, entendimos el antes y el allí y elegimos aceptar su aquí y también su ahora. A pesar de todo.
«Mis padres mataron a mis padres.»
Lo primero que recuerdo de lo que ocurrió esa tarde fue la mirada que Emma y Magalí intercambiaron en cuanto la frase salió rebotada contra los cristales de las ventanas, haciéndolos vibrar como un trueno más, y cómo Magalí se volvió hacia nosotros para cerrar la puerta de la calle. Cuando los ojos de las dos se encontraron, la que hubo entre ellas fue la mirada de quien ya sabe. Entendí en ese momento que lo que acabábamos de escuchar era una información que Emma ya conocía y que, quizá por primera vez, no había compartido con nosotros. Y pensé que debía de ser terrible, que para
que hubiera decidido no hablar, lo que ocultaba debía de superar todo lo que seguramente nos creía capaces de imaginar. Se miraron durante un instante como se miran dos personas que se quieren porque ya saben, porque lo feo está compartido y aceptado. Luego Emma echó a andar hacia ella, pero Magalí negó con la cabeza. Tenía las mejillas mojadas y moqueaba, pero su voz sonó segura, metálica.
—No —dijo. Emma se detuvo a un par de metros de la puerta—. Me gustaría... dar un paseo. —Y con una sonrisa que fue una mezcla de mocos, agua y esfuerzo, añadió, con un amago de dulzura—: Sola.
Emma vaciló, pero hubo algo en los ojos de Magalí que la invitaron a no seguirla. Un instante después, la puerta se cerró y quedamos todos suspendidos en una especie de vacío que durante unos segundos no supimos calibrar. Enseguida oímos cerrarse la puerta de la calle y Emma bajó la vista.
Entonces me preparé para lo peor.
No me equivoqué.
Cuando Emma habló, lo hizo sin mirarnos, como si se avergonzara del contenido de lo que decía o quizá de compartirlo, de no estar haciendo lo correcto dándole voz. Esperó un momento antes de empezar, y en ese intervalo tía Inés se acercó al sofá y se sentó al lado de mamá, abrazándola por los hombros y acariciándole el brazo con la mano. Después, como si leyera un informe escrito por alguien que no había pensado en ningún momento que aquello sería alguna vez leído en voz alta, Emma empezó a contarlo. Aunque compartió lo que sabía con la emoción reposada de quien ya ha vivido el impacto antes, hubo momentos en su relato en los que al oírse hablar no le llegaba la voz. Hubo instantes en que los datos —las verdades, las sumas y las restas, las cuentas y los descuentos— que recibimos durante los minutos que siguieron nos comprimieron las costillas contra los pulmones, dejándonos sin respirar. La verdad de Magalí contada por la voz de Emma fue como viajar de pronto a un pasado que no era el nuestro, pero que volvió nuestro presente del revés, trastocándolo y recolocándonos. Y que sonó así:
—Los padres de Magalí mataron a sus verdaderos padres y se quedaron con ella —empezó, ampliando para peor el enunciado que ya había anticipado Magalí. A mi lado, Silvia se sentó en la butaca y tía Inés frunció la frente, como si no la hubiera entendido. A mamá se le apagó la mirada y preguntó:
—Pero... ¿cómo puede ser que...?
Emma la miró como mira cuando ve sufrir a alguien y sufre también ella por anticipado. Inspiró hondo antes de seguir.
—Sus padres, los de verdad, eran montoneros —dijo, como si esa fuera una respuesta que debiera consolar a mamá. Enseguida se dio cuenta de que no, de que ni mamá ni nosotros la habíamos entendido. Apoyó entonces la espalda en la pared y a mi lado Silvia sacó un cigarrillo y lo encendió—. Los montoneros eran una especie de guerrilla de la izquierda peronista o algo así —aclaró—. El padre de Magalí era abogado y su madre, profesora de Historia, y estaban metidos en política. Izquierdas, sindicatos, esas cosas. En el 76, cuando los militares dieron el golpe, tuvieron que salir del país y se fueron a Uruguay, pero enseguida los pillaron. Hubo un topo, algo pasó. Los secuestraron y los devolvieron a Argentina. Magalí no me lo explicó bien o yo no la entendí. Lo que sí sé es que al padre lo mataron en cuanto llegaron a Buenos Aires y que a la madre la mantuvieron viva hasta que tuvo a Magalí, porque el comisario que dirigía el campo de detención no tenía hijos y se la había reservado para él.
A la madre la mataron en el quirófano, inmediatamente después de confirmar que la niña estaba sana. Según le contó su abuela, sus padres tenían pensado llamarla Magdalena, como la madre de su padre, pero no pudo ser, porque en cuanto el comisario y su mujer se la apropiaron, la bautizaron con el nombre de María Graciela. Lo siguiente ya podéis imaginarlo: un padre militar, católico, clase alta, buen colegio, amigas como ella, hijas de padres como los suyos, una niña feliz que no sabía que su verdadera abuela era una de las mujeres que veía a veces en la televisión manifestándose en las calles de Buenos Aires para que aparecieran sus hijos, sus nietos y toda esa gente querida y desaparecida. Después, en el año 86, las Madres de Mayo recibieron una información sobre Magalí y sobre su paradero y, un mes más tarde, denunciaron. Magalí me contó que al
comisario lo detuvieron en el 87 y que, cuando ella se encontró con su abuela, estaba tan confundida y tan en shock que primero no le salía la voz y después, cuando su abuela la abrazó, lo primero que le dijo fue: «Es que no sé por quién tengo que llorar». También me dijo que en el fondo hacía tiempo que lo sabía, que las cosas no cuadraban porque había comentarios que a veces se colaban en algún descuido, que la historia familiar tenía demasiados vacíos que nadie sabía llenar bien y que desde pequeña la intuición le decía que había algo sucio, algo feo que todos evitaban.
Emma se interrumpió cuando oímos cerrarse de nuevo la puerta de la calle, pero al prestar atención a los pasos que siguieron, enseguida supimos que no era Magalí. En el sofá, mamá miraba a Emma como si no la viera y, por un momento, me asusté. Sus ojos me recordaron a los que me habían mirado en su habitación el día que la había encontrado delirando en la cama y habíamos terminado en urgencias. Viéndonos así a los cinco, suspendidos en ese impasse de quietud, se me ocurrió, no sé por qué, que el de la familia es un círculo en el que las mentiras no suelen sobrevivir mucho tiempo.
Quizá sí en la superficie, quizá sí en lo menor, pero no en la raíz. Las mentiras se heredan, no desaparecen, y con cada generación crean nudos por los que la savia circula mal. Son un mal legado. Pensé entonces en Sven y en si mi no verdad con él terminaría echando raíces en nuestra historia y una vez más me prometí que le pondría remedio cuanto antes, que encontraría la forma. Junto a mí, Silvia encendió un segundo cigarrillo con la colilla del anterior. Emma volvía a hablar.
—Aunque la justicia le dio a la abuela de Magalí la guardia provisoria, no lo tuvo fácil, porque muy poco después en Argentina se aprobó una ley que beneficiaba a los represores y el comisario quedó en libertad sin cargos.
Fue entonces cuando su abuela decidió emigrar con ella a España, porque aquí vivía su hermano. Al poco de llegar, Magalí tomó el apellido de su abuela y pudo cambiarse el nombre de Graciela por el de Magdalena. Por eso Magalí. Y por eso... todo.
Silencio. Cuando Emma terminó de hablar, nadie se movió. Había dejado de llover, pero ni siquiera nos dimos cuenta de que la luz que menguaba era la que anunciaba la oscuridad de la noche. En el salón el aire circulaba despacio y Silvia respiraba trabajosamente sin apartar los ojos de
la ventana, y en el sofá mamá seguía con la cabeza gacha, manoseando de nuevo el papel prensado de la caja de zapatos y apoyada en tía Inés, que la tenía agarrada del hombro.
Cuando una bocina quebró el silencio desde la calle, seguida de un segundo bocinazo y de un grito de hombre, Silvia parpadeó y los músculos de su cara respondieron a un estímulo que los demás no vimos, pero al que ella sí dio voz. Se volvió despacio hacia Emma con el cigarrillo colgándole de los dedos y con una voz opaca y desprovista de aire dijo, como si hablara consigo misma:
—Qué... horror todo.
No nos movimos. Emma dejó de apoyar la espalda contra la pared.
—Magalí me contó que cuando le dijo a su abuela que quería ser policía, a su abuela por poco le da algo. Se enfadó tanto que estuvo un mes sin hablarle. —Guardó silencio durante un par de segundos, como si en su memoria estuviera reviviendo la conversación con Magalí, y prosiguió—: Dice que cree que es como si así se asegurara de que hay alguien en el mundo que nunca hará lo que hicieron con ella, de compensar algo. —
Sonrió. Fue una mueca triste, casi tanto como lo que acababa de decir.
Luego añadió—: Yo creo que es como cuando pegamos un adhesivo encima de otro que no nos gusta nada, pero que está tan viejo y tan enganchado que no hay forma de arrancarlo, para que no vuelva a verlo nadie. —Esbozó un segundo amago de sonrisa que quedó en nada y bajó la mirada—. Supongo que es su forma de despegarse de todo eso, de ese hombre. Ella lo llama
«ser la poli buena».
Silvia estaba tan atónita y tan derrumbada por lo que acababa de oír que ni siquiera supo hablar. Parecía haber envejecido diez años, y desde donde yo estaba la vi un poco encorvada. Miraba a Emma como si hubiera descubierto un charco de sangre en el suelo del cuarto de baño y no entendiera de dónde podía venir esa sangre ni los horrores que quizá estaba aún por descubrir. La miraba desde dentro, con una expresión de poca vida que desde un principio había nacido mal y que intentó disimular pasándose la mano por la nuca. Estaba bañada en sudor.
—No sé qué decir —dijo por fin—. Cómo iba a imaginar que...
Emma negó con la cabeza.
—No, no... —la cortó con suavidad. Luego volvió a sonreír y su sonrisa no fue triste sino mayor—. Nadie puede imaginar algo así. Nadie imagina que una cosa así pueda existir cerca de ti, que le haya tocado a alguien conocido. Estas cosas siempre están lejos, son parte de la historia, de lo que sabemos, pero nunca de lo que imaginamos. Y mejor que sea así.
Mejor que la imaginación se quede fuera, porque para esto no sirve. No llega.
Silvia respiró despacio un par de veces. Estaba tan incómoda y tan afectada que no sabía dónde mirar.
—Lo siento tanto... —dijo. Luego se calló y recorrió el suelo del salón con la vista, como si buscara en el parqué algo que la ayudara a construir la frase siguiente. Lo único que encontró sonó así—: Después de todo eso, no sé cómo todavía puede querer formar parte de una familia. Yo... yo creo que no podría.
Emma parpadeó y frunció el ceño, pero su mirada siguió inmutable.
Negó con la cabeza a nadie en particular. Fue tía Inés la que, sin dejar de apretar a mamá contra su costado, habló desde el sofá.
—Esa niña no quiere una familia —dijo con una seguridad renovada que nos envolvió de golpe en una nueva vibración—. Quiere a Emma —
aclaró. Y enseguida añadió—: Los demás sois parte de ella, por eso quiere ser parte de vosotros. Es así de sencillo, y de humano. —Mamá se volvió hacia ella. Su mirada era otra vez la suya—. Desde el principio Magalí entendió que no hay Emma si no hay lo demás, que esto es un todo, y aunque vosotros no lo veis desde dentro, así es como se ve y se percibe desde fuera. Emma no es solo Emma. Emma sois todos y creo que en el fondo a ella eso le gusta porque no lo ha tenido.
Emma y ella se miraron. Fue solo una mirada. Después tía Inés volvió a hablar.
—A Magalí le gusta esto porque viene de todo lo que no es esto —
dijo, paseando la mirada por el salón—. Le gusta la confianza que os tenéis, y sentir que hay un conjunto que no está vacío porque está vivo y porque no hay maldad ni amenaza. Y sobre todo le gusta que no haya mentira. Eso fue lo primero que debió de ver en Emma: que con ella no hay mentira. —Miró a Emma y sus ojos le dijeron todo lo que no ha sabido decir nunca ni
aprenderá a decir ya a estas alturas. Luego negó despacio con la cabeza—.
No quiere una familia, porque no sabe lo que es. Lo que quiere es esto. Esta compañía, esta... vida.
Hubo un instante de silencio que ninguno de nosotros supo romper. La oscuridad empezaba ya a borrar la luz que quedaba en la calle y en la plaza un grupo de adolescentes liaba porros y hablaba a voces. En la penumbra, los rasgos de tía Inés se habían dulcificado y mamá había puesto la mano sobre su rodilla. A mi lado, Silvia se acercó a ellas pasando por detrás de mí y cogió del lateral del sofá la bolsa con los zapatos que le había llevado a mamá.
—¿Sabes una cosa? —preguntó entonces, llevándose la bolsa contra el pecho y mirando a mamá.
Mamá levantó despacio la cabeza.
—No.
Silvia hizo crujir el papel de la bolsa entre los dedos.
—Creo que es mejor que no hayas visto mis zapatos —dijo.
Mamá la miró sin entenderla.
—¿Por qué?
Silvia se masajeó el cuello con la mano que tenía libre y bajó la vista.
—Porque Magalí tiene razón —dijo—. Los que te ha comprado ella son más bonitos.
Mamá miró a Silvia con cara de desconfianza al principio, pero enseguida entendió que no tenía nada que temer y, de repente, la tristeza y el shock provocados por lo que acababa de oír le cayeron encima, ensombreciéndole la mirada y encogiéndola un poco más contra el blanco del sofá. Parecía mayor. Miró la bolsa que Silvia llevaba en la mano y supongo que debió de fijarse entonces en que era de unos grandes almacenes, porque dijo, con una voz tan triste que apenas fue la suya:
—A lo mejor podrían cambiártelos por algo dulce.
Silvia la miró sin acabar de entenderla.
—Quiero decir, por algo que lleve chocolate. Una tarta, o un vale para la pastelería. ¿No? Las Sacher las hacen muy buenas.
Sonreí. Por primera vez en la última hora, el aire pareció menos espeso. Mi mirada buscó la de tía Inés, que también sonrió al verme.
Silvia miró a mamá y dijo:
—Creo que los voy a cambiar por otros para mí, si no te importa.
Mamá negó rápidamente con la cabeza.
—No, hija. Cómo me va a importar.
—Y a lo mejor podrías acompañarme —añadió Silvia con algo que quiso ser una sonrisa y que fue un intento fallido de contener un sollozo que mamá recibió irguiendo la espalda en el sofá, en guardia. Al primer sollozo le siguió otro y un tercero, pero Silvia logró controlarse y no hubo lágrimas.
Casi no la oí cuando por fin dijo—: Así, además de ayudarme a elegir los zapatos, me enseñas también a ser la poli buena, para variar.
Ahora, en el registro, mamá retoma su lectura desde detrás del atril:
—A quién le importa lo que yo diga,
a quién le importa lo que yo haga,
porque cuando dos mujeres lo hacen,
por debajo del mantel,
son amigas para siempre,
y you will always be my friend,
así entenderéis en un solo momento,
qué significa un año de amor,
pero si tú me dices ven...
Llegados a este punto, mamá da la vuelta al papel, frunce el ceño y de pronto se calla. Luego vuelve a darle la vuelta, relee en silencio y chasquea la lengua antes de levantar la cabeza y volverse hacia la jueza, que la mira sin dar crédito a lo que acaba de oír. Y dice:
—No se entiende mucho, ¿verdad?
La jueza ni siquiera contesta. Mamá asiente despacio con una mueca de fastidio.
—Ya. Me parece que este es el borrador y, claro, está un poco desordenado —le explica. Luego se vuelve a mirar a Magalí y a Emma y después a toda la sala antes de añadir con un tono de disculpa en el que se mezclan la vergüenza y algo parecido a la pena—. Es que como Marco es
colombiano quería poner algo de Shakira, pero no encontramos nada profundo en ninguna de sus canciones y tuvimos que cambiar algunas cosas por la rima y... bueno, el ordenado está en casa.
Se hace un silencio en la sala que es la estela de la voz desvalida de mamá y del desfase de versos sin sentido que acabamos de oír. A mi lado, Silvia no aparta los ojos de ella, como si estuviera a punto de acercarse a socorrerla pero no terminara de decidirse. No hace falta. Con un suspiro de desilusión, mamá dobla el papel, se guarda la lupa en el bolsillo del plumífero, coge en brazos a Shirley, que rápidamente empieza a lengüetearle la nariz, y, mirando a Emma y a Magalí, dice:
—Lo que quiero deciros es que me gusta mucho que os caséis así, sin tener que haber ido a la iglesia ni nada, porque en esta época del año ya no ponen la calefacción y sales de las bodas con pulmonía. Y también que espero que seáis muy felices juntas, porque separadas no sé yo. O sea, que así os irá mejor, ya veréis. Yo, en cambio, estoy mejor ahora que antes. Es que me divorcié —le aclara a la jueza, volviéndose hacia ella antes de seguir—. Pero con vosotras es distinto, porque claro, no tendréis marido y eso cuenta mucho. Casarse sin marido es muy buena solución y empodera mucho, y ahora se puede. En mi época no. Es como lo de Fer. Estoy muy contenta de que tenga novio, cómo no voy a estarlo, pero la verdad, preferiría que no fuera gay. Es que creo que dos gays como que no, no casan. No es como con dos mujeres. Las mujeres nos adaptamos mejor, pero ellos, humm, no sé yo. En fin, hijas: solo me gustaría deciros que tenéis mi bendición y que os riáis mucho, pero mucho siempre, y si podéis compraros flores y daros besos, mejor, pero eso sí, no compartáis las braguitas ni los sujetadores, porque por ahí empiezan los problemas de la convivencia, por la ropa interior, porque Emma, hija, tú tienes un poco de cadera y Mariví no, y le darás el elástico y los elásticos los carga el diablo y esas son cosas que se pueden evitar. Mejor que cada una use sus cositas y, si discutís, venid a mi casa hasta que se os pase el berrinche, pero por orden, y llamad primero por si he salido a dar un paseo con Shirley, ¿sí?
Mamá sonríe como una niña tímida y, terminado lo que tenía que decir, se acerca a Shirley a la cara y la cubre de besos mientras Magalí saca un clínex del bolso y se lo da a Emma, que lo usa para secarse las lágrimas que
no sabe contener. Luego, en el silencio que ahora lo domina todo, mamá echa a andar despacio hacia su sitio bajo la mirada embobada de la jueza.
Hay emoción en la sala. Es una emoción extraña, no la de una boda, sino más íntima, más familiar. Es como si la sala se hubiera encogido sobre sí misma y todos estuviéramos más cerca los unos de los otros o como si los asientos vacíos se hubieran habitado de pronto. Hay calor y es humano. Y
mamá, que ha vuelto a su sitio, ajena a lo que provoca en los demás cuando es ella, se queda de pie a mi lado con Shirley en brazos y, mirándome con sus ojos casi ciegos me pregunta, supuestamente en voz baja:
—¿Lo he hecho bien?
En ese momento, en la plaza estalla un pequeño aplauso, seguramente de un grupo de turistas al mimo que imita a la gente que pasa por delante de las terrazas de los bares, y mamá arquea una ceja y sonríe, encantada. Es como si el aplauso fuera para ella, como si quienes ocupan los asientos vacíos la premiaran con él por lo que es.
Es el aplauso de los ausentes, de los que están sin estar y de los que estuvieron pero ya no son.
Me inclino sobre ella y la beso en la cabeza.
—Genial, mamá —le digo, sin apartar los labios de su pelo—. Has estado genial.
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