Un amor
Capítulo 2
—¿Eso es un... chucho?
La que pregunta es la jueza. Después de haber estudiado a mamá detenidamente y haber entendido que su presencia aquí no es un error, sino que forma parte del último turno del día, estaba por fin a punto de proceder con lo que nos concierne cuando de pronto Shirley se ha puesto a ladrar como una loca porque ha visto llegar a Erika, una amiga de Emma a la que odia especialmente porque una vez, en un despiste, le pilló la cola con la puerta del ascensor, y Shirley es de las que ni olvidan ni perdonan.
Mamá la coge en brazos y se la pega al cuello, acariciándole la cabeza.
—No es un chucho —responde, mirando ofendida a la jueza—. Es Shirley.
Una pequeña oleada de risas recorre la sala y, desde el lugar que Magalí y ella ocupan junto a la mesa de la jueza, Emma me busca con los ojos e intercambiamos una mirada cómplice. Sé lo que quiere decirme, porque es lo mismo que he pensado yo: las palabras de la jueza han sido exactamente las mismas que le oímos decir a Silvia el día de autos cuando, después de haber pasado por mi estudio, reanimarme y curarme el corte que me había hecho en el mentón al desmayarme, llegamos los tres a casa de mamá y ella salió a recibirnos con Shirley en brazos.
—No es un chucho —le respondió mamá, como una madre osa saliendo en defensa de su cría—. Es Shirley.
Y Shirley era, ya en aquel entonces, la versión en miniatura del pequeño gremlin obeso y malcriado que es ahora. Mamá estaba tan feliz con ella en brazos que todo lo que habíamos imaginado que le diríamos durante el camino en el taxi dejó de tener validez en cuestión de segundos.
Tampoco tuvimos oportunidad de hablar. Estaba demasiado ansiosa por contárnoslo todo, y lo que nos contó fue que, efectivamente, había salido a comprar con su carrito y que, cuando salía del cajero después de haber
sacado sus veinte euros, se le había acercado una mujer con una perrita y claro, «cómo no me iba a parar a acariciarla, con esa carita». Al parecer, el entusiasmo de mamá había sido tal que la mujer le había dejado que la cogiera en brazos y, mientras mamá tenía a la perrita toda para ella, la dueña, que por lo que pudimos deducir era una adolescente rumana que debía de haberla usado repetidas veces para el mismo truco con el mismo tipo de público, disfrutaba a sus anchas limpiando el bolso de mamá, llevándose en su registro la cartera con los veinte euros. Después de unos minutos de cháchara que mamá no supo reproducir, la chica le preguntó si podía hacerle el favor de cuidarle a la perrita unos minutos mientras ella iba a la panadería. Mamá aceptó encantada. Media hora más tarde, al ver que la muchacha no volvía y que empezaba a chispear, mamá se acercó a la panadería a preguntar. No habían visto a ninguna chica que respondiera a esa descripción. Entonces fue cuando mamá quiso aprovechar para comprar el pan y se dio cuenta de que su cartera había desaparecido. Lo demás es fácil adivinarlo.
—¿No tendrá chip? —se me ocurrió preguntar, esperanzado—. Puede que sea robada.
Silvia me miró como si acabara de soltar la estupidez del mes y mamá dijo:
—Pues yo no le he visto chips ni garrapatas, pero pulgas creo que tiene algunas.
Silvia se levantó de un salto y se alejó del sofá con cara de horror.
—Santo Dios bendito, mamá, ya lo que nos faltaba. Ahora mismo llevamos a esta... cosa a que la desinfecten. Debe de ser una fábrica de bacterias.
Mamá acurrucó a Shirley en la toalla, acunándola contra su pecho, nuevamente ofendida con Silvia.
—No es una cosa: es un... mastín rumano —dijo, torciendo el morro.
Y al ver que Emma y yo nos miramos y rápidamente desviamos la mirada para no reírnos, añadió—: Enano.
Silvia soltó un bufido.
—Pero ¿qué mastín ni qué rumano, mamá? ¿No ves que esto es un...
un... —hizo un gesto con las manos que supo a nada y terminó con un—
despropósito?
Mamá la miró sin entenderla.
—¿Un qué?
—Que lo único que tiene de rumano es que, con esa cabezota y esos colmillos, el padre debe de ser un vampiro.
Mamá volvió a torcer el gesto.
—Es de raza —insistió—. Y muy sensible. Me lo ha dicho Nicoletta.
Silvia arqueó una ceja.
—¿Nico... letta?
—La chica —respondió con cara de ilusionada—. La que me lo ha regalado.
Shirley se quedó y, después de librar entre todos una lucha encarnizada contra pulgas, sarna y parásitos de todo tipo que tuvieron a mamá sin dormir prácticamente un mes, conservó su nombre, que en ese momento creíamos temporal, pero que había llegado también para quedarse. Desde entonces mamá ha desarrollado un imán casi mágico con todo lo que guarda algún vínculo, más o menos real, con Rumanía. Para ella Shirley es rumana y con eso basta para que todo lo rumano sea un pedacito de Shirley que la atrae y la atrapa como la miel al oso. Aparte de un episodio no poco peligroso que vivimos hace años en el que mamá a punto estuvo de perderlo todo a manos de una asistenta que quiso robarle hasta el sofá —y que está detallado con pelos y señales en el «Informe Niculescu» de la memoria familiar—, mamá adora a Raluca, la dueña del café al que a veces va a desayunar y donde, desde que se mudó al barrio, empezó a tomar el aperitivo los domingos. La relación entre las dos es tan estrecha que Raluca a veces ni le cobra y otras se queda con Shirley mientras mamá hace la compra.
Pero lo que confirmó que el idilio de mamá con Rumanía no tiene vuelta de hoja fue el día que, de camino al cine, la vimos pararse a hablar con unas gitanas rumanas que esperaban en una esquina a que el semáforo se pusiera en rojo para empezar a limpiar los parabrisas de los coches que aguardaban a que cambiara la luz. A Silvia de poco no le dio un síncope
cuando vio que una de las chicas se acercaba peligrosamente al bolso de mamá por detrás y alargaba la mano. En ese momento agarró a mamá de la oreja y la puso en órbita. Cuando terminó la bronca, mamá, que por supuesto la escuchaba mirándonos a Emma y a mí con cara de «ya está otra vez la tensa de vuestra hermana con sus cosas», dijo:
—Hija, es que no lo entiendes. Son buenas chicas, lo que les pasa es que tienen eso que tienen las urracas, que ven algo que brilla y tienen que comérselo. Shirley también lo hace con el papel de plata de los bocadillos de la plaza.
Desde entonces, siempre que alguien le pregunta por la perrita, mamá cuenta la historia de la muchacha rumana y el cajero, que con los años ha tuneado en un cuento de hadas con un principio nuevo y con un final a su medida que suena más o menos así: «Pues resulta que cuando me mudé al barrio un día conocí a una chica que necesitaba veinte euros para dar de comer a su familia porque era una refugiada y vendía cerillas y clínex. Yo no lo dudé y le di todo lo que llevaba encima y ella, que por las noches limpiaba en casa de un criador de perros de famosos, le contó lo que le había pasado a la mujer de su jefe, que resulta que no conseguía colocar a un cachorrito de la última camada de mastines rumanos. Y entonces, al cabo de unos días llegó un mensajero a casa con una jaula y dentro estaba Shirley y llevaba un collar monísimo con un billete de veinte euros enrollado en su plaquita».
Ahora, en la sala, la jueza deja escapar un suspiro por la nariz en cuanto oye la respuesta de mamá.
—¿No le han dicho en seguridad que no está permitida la entrada de animales al edificio? —pregunta.
Mamá niega con la cabeza.
—No. El chico de la entrada, el gordito del uniforme verde que se parece a Mister Proper pero que se llama Juan Antonio, me ha dicho que si se porta bien puede estar.
—Ajá —dice la jueza con una mueca de cansancio. Y después, como si hablara con una niña lenta de entendederas—: Pero ladrar no es portarse bien.
Mamá sonríe.
—No se preocupe. No está ladrando —la corrige con voz de madre cegada por el amor a una niña adorable que nadie más aprecia—. Está saludando, ¿verdad, cielo? —Y para confirmar su afirmación, le dice a Shirley—: Saluda a la señora jueza, anda.
Shirley bosteza y esboza una especie de sonrisa que termina en gruñido.
La jueza mira a mamá con cara de «qué ganas tengo de jubilarme y largarme a vivir a la playa para dejar de casar a toda esta panda de chalados que me tocan día sí y día también» mientras a su lado Emma niega con la cabeza y, con una sonrisa de paciencia, dice:
—Es mi madre. —La jueza la mira sin demasiadas ganas de compasión, hasta que Emma añade—: La pobre no ha empezado muy bien el día.
La jueza se vuelve entonces hacia mamá, mira primero a Shirley y luego a mí y a Silvia, y asiente. Por el cambio en su expresión debe de haber entendido que mamá sufre alguna chifladura diagnosticada y que hoy rige menos de lo que suele ser habitual en ella. Cuando se dirige a Emma de nuevo, emplea un tono de voz distinto, casi humano.
—Entiendo —dice. Y después, como si hablara consigo misma—: Yo también he tenido madre. —Tras un segundo de silencio, intenta sonreír, recoloca las gafas sobre la mesa y añade—: Si les parece, podemos empezar. —Y luego, mirando a mamá—: Por el principio.
Y eso hacemos.
«Las cosas tienen tantos principios como principios somos capaces de inventarles», nos decía la abuela Ester cuando éramos pequeños y nos veía tristes o enfadados porque la película que nos había llevado a ver al cine terminaba mal, cosa que ocurría a menudo. «Pasa lo mismo con los finales.» Lo que para Silvia era un buen final, para mí no lo era y viceversa.
A mí me gustaban los finales abiertos, los «continuará» que dejaban en el aire múltiples posibilidades que iba barajando durante los días siguientes y que me permitían imaginar más vidas, más aventuras, más reencuentros.
Silvia, en cambio, pedía finales justos. «No es justo que la princesa se haya tenido que casar tan joven con el príncipe», se quejó, muy afectada, el día que fuimos a ver La Cenicienta. «¡Si ni siquiera ha podido viajar a
América! Además, solo le han probado un zapato. ¿Y si el otro no era de su número?» Justicia. Silvia no quería imaginar, quería salir del cine con la conciencia tranquila, segura de haber visto algo constructivo. La abuela tiraba entonces de experiencia y, mientras merendábamos, nos proponía jugar a los finales, algo tan simple pero tan emocionante para unos niños como nosotros como reinventar el final de la película que acabábamos de ver o, en su defecto, el principio, con el consiguiente premio para aquel de los dos que consiguiera la historia más original, o más divertida, o más triste, dependiendo del día. «Finales o principios, todo vale», decía. Y
Emma, que salía del cine embobada con su bolsa de chocolatinas intacta y la mirada impregnada de la magia de todo lo que había visto en la pantalla, decía: «A mí me ha gustado cuando bailan los animales, y también el bosque, y cuando sea mayor quiero tener una casa así, con mucho jardín y seis perros para que no los mate nadie y me parece que a lo mejor la Cenicienta está más guapa cuando no lleva la corona ni el vestido blanco de cortina porque seguro que está más cómoda para jugar».
Principios y finales.
—El principio del matrimonio es el respeto mutuo entre los cónyuges
—empieza la jueza, cruzando las manos sobre la mesa y dirigiéndose a toda la sala—. El compromiso es voluntario y, por lo tanto, toca a su fin cuando uno de los dos contrayentes así lo decide.
En cuanto la jueza arranca con su pequeño discurso introductorio, mamá fija en ella toda su atención, dispuesta a no perderse ni un solo instante de la ceremonia. Lleva tanto tiempo esperando este momento, ha pasado tantos nervios y ha anticipado tantas variables, que, ahora que por fin está aquí y esto es real, quiere vivirlo en primera persona. Aunque apenas debe de distinguir las facciones de la mujer, eso no le impide intentar enfocarla con los ojos entrecerrados al tiempo que asiente ligeramente con la cabeza, como si sus palabras también estuvieran dirigidas a ella. Viéndola así, con Shirley en brazos y toda su atención en la ceremonia, recupero una vez más el juego de los principios y los finales de la abuela y se me ocurre que si en este momento pudiera preguntarle a mamá cuál ha sido para ella el principio de todo lo que es ahora, de esta Amalia sin papá, sin la abuela y sin la vida que parecía que no iba ya a
cambiar de rumbo, ella no lo dudaría. Si para nosotros el antes y el después de ella lo marcó primero su divorcio, esa orfandad dolorosa y fea que a punto estuvo de hundirla porque restó cuando menos convenía, y después su paso por el hospital, la respuesta de mamá sería la misma, pero la óptica no. Lo que para nosotros fue orfandad y ausencia de, para ella fue un doble regalo. El primero le devolvió la vida y la compañía que papá le había quitado al dejarla sin casa, sin historia y sin amigos. El segundo, que llegó por accidente apenas una semana después de que la ingresáramos en el hospital, despertó en ella una ilusión de madre a la que parecía haber renunciado, insuflándole salud y resucitando a una Amalia que en algunos momentos habíamos dado por perdida.
«Mis dos eses», dice cuando a veces, solos ella y yo, comentamos cosas del pasado, de lo que han sido estos últimos años y de lo que habrían podido ser. Sus dos principios empiezan por «s», es cierto, como también lo es que ambos llegaron por accidente cuando más los necesitábamos y que de momento los dos siguen con nosotros.
Una perrita y un hombre.
Shirley y Sven.
La «s» de salvavidas, de salvoconducto, de supervivencia, de solución.
La «s» de suerte.
La primera es la cara de la moneda porque es verdad. Shirley llenó de la noche a la mañana y de la forma menos predecible todos los vacíos que habían quedado a la vista con el divorcio de mamá, dándole una compañía y unas obligaciones rutinarias que de otro modo habría sido muy difícil imponerle. Mimada, testaruda, chantajista emocional de primer orden y especialista en comerse todo aquello —chocolate, helados, huesos de pollo
— que sobre el papel habría matado hace tiempo a cualquier otro perro, es desde hace años el motor que puso en marcha a la nueva Amalia y también su preocupación máxima. Sin ella, sin ese principio, nuestra suerte habría sido muy distinta.
El segundo, Sven, llegó por error y por error se quedó. Es una verdad a medias con cuya cruz cargo desde hace meses y que el tiempo ha convertido en secreto necesario del que ya no sé escapar porque se me ha hecho tarde.
—Mentir a quien queremos es mentirnos a nosotros mismos. A veces es necesario, cierto, pero en ese caso, el compromiso de unión debe ser revisado —dice ahora la jueza, que ha resultado ser mucho más humanista de lo que cabía suponer y que parece decidida a tocar cuerdas que, sin saberlo, resuenan no solo en mí, sino también en Silvia y seguramente en Emma, porque a mi lado Silvia se remueve, incómoda, probablemente pensando en la decisión que tomamos anoche en casa de tía Inés—. En cualquier caso, la experiencia me dice que, en la mayoría de los casos, mentir al otro es infravalorarlo. Siempre tememos ver repetido, en las reacciones de los demás, el reflejo de las nuestras —insiste la jueza, que ahora parece habernos perdido de vista a todos y estar hablando consigo misma—. Recordad esto: lo más hermoso, lo que más une a dos personas que han decidido compartir su vida y su suerte no es tanto el hecho de escuchar en el otro la confesión de una mentira y perdonarla, sino ir más allá y entender el miedo que hay detrás, lo humano que la ampara. Eso es unión. Y eso es también el compromiso.
A mi lado, mamá se inclina de pronto hacia mí y en una voz que supuestamente debería ser baja, dice:
—Esta señora está muy empotrada, ¿verdad?
Antes de que pueda responderle, Silvia adelanta la cabeza a mi derecha y se lleva un dedo a los labios, haciéndola callar, pero mamá, que está encantada con lo que oye, finge no verla y dice:
—Deben de haberle mentido mucho. Se le nota en la boca. ¿Te has fijado en que tiene los labios así, para abajo? —Luego suelta un pequeño suspiro que solo yo oigo y añade—: Imagínate, la pobrecita, teniendo que casar todo el día a tantas parejas felices y ella tan sola y tan... dejada.
Porque ese pelo es de dejadita. ¿No le ves todas esas canas tan feotas? Y el suéter, lleno de bolas. Con lo fácil que es meterlo en el congelador. A mí me está dando mucha penita, hijo. A lo mejor podríamos invitarla al aperitivo para que se anime un poco, ¿no?
A mi lado Silvia ya no puede más.
—Mamá, ¿quieres callarte de una vez?
Pero mamá está a lo suyo, construyendo un puente hacia una orilla que de repente ha divisado a lo lejos y que de ningún modo quiere ver desaparecer.
—Sí, sí, sí —dice, intentando bajar la voz para no molestar más a Silvia—. Hay que invitarla, hijo. Así nos recordará con cariño y cuando Esbién y tú a lo mejor os caséis, no tendremos que esperar mucho porque se lo diremos a ella y seguro que puede colarnos, ¿no?
La lógica de mamá es así: su mente sigue funcionando en varios planos a la vez y su plano de madre se mueve siempre en la anticipación.
Lo de hoy, esta boda, Emma y Magalí, ya está, es tema resuelto, y lo es desde el día que anunciaron que se casaban. Esa tarde, su parte madre cerró el archivo Emma/pareja/malas elecciones/preocupación.exe, retomó el siguiente que tenía en el cajón de pendientes, que no era otro que el que llevaba por nombre Fer/pareja/soledad/¿solución?/ay.exe, y se puso manos a la obra. Desde entonces, cuando la oigo hablar así me invade una ternura que no es capaz de provocarme nadie salvo ella, porque entiendo que cuando me habla de Sven y de nuestra boda, lo que no dice es que está cansada de vivir la maternidad desde la preocupación y anhela el disfrute, que son setenta y tres años ya y le gustaría poder echar la llave al cajón de las carpetas pendientes y celebrar su cumpleaños como se lo ha ganado, rodeada de los suyos, sí, pero también de aquellos a los que los suyos han elegido para que la soledad no sea tan solitaria como la de ella. Y habla de Sven y sé que también piensa en Silvia, en la ausencia de John y en esa carpeta titulada simplemente «La mayor», que va acumulando folios y folios, expediente tras expediente, remiendos y tabiques que de momento ni ella ni nosotros hemos sabido abordar, porque hacerlo es arriesgarnos a perderla y preferimos tenerla así, torcida y enfangada, que verla desaparecer.
—Tengo tantas ganas de conocer a Esbién —dice mamá por fin, devolviéndome de golpe a mi expediente, a la sala y a la sombra de Silvia, que a mi derecha está a punto de chillarle que se calle de una vez—. A lo mejor, si no para el aperitivo, para la cena sí que puede llegar.
La jueza hace una pausa y se prepara para cambiar de tercio y de tono y es entonces cuando, encarnando a su personaje más real, el que la acompaña desde hace más tiempo y aparece en ella por defecto, mamá añade, con una voz pequeña que solo yo oigo porque casi no se atreve a decirlo:
—¿Tú crees que le gustaremos?
Silencio. Durante una fracción de segundo se hace un silencio que nace en la mesa de la jueza y que rebota contra las paredes de la sala hasta encontrar su eco aquí, entre mamá, su pregunta y yo, mientras desde la plaza llegan un grito de mujer y una sirena que no duran. Justo entonces, vuelvo la vista hacia delante y veo a Emma y a Magalí, que ahora están de pie y de la mano junto a la mesa. Se las ve tan quietas, tan seguras en esa burbuja que habitan y tan ajenas a todo lo que no son ellas, que estoy a punto de responderle a mamá que qué más da si le gustamos a no a Sven y que se olvide de eso ahora, que hoy es el día de Emma y de ella, boda y cumpleaños. «Hoy celebramos, mamá —quiero decirle—. ¿Cuánto hace que no celebrábamos en familia? ¿Cuánto hace que no vives una celebración sin preocuparte por lo que falta, por los que se fueron, por los que deberían estar? ¿Has podido no ser madre alguna vez? ¿Durante un día?
¿Una hora? ¿Un minuto? ¿Se puede?» Quiero decirle que siendo así, tan de verdad, nos lo pone demasiado difícil, porque a pesar de sus meteduras de pata, de sus torpezas y de todo lo que la acompaña, hoy es aquí la única que no miente, la única que gustaría a cualquiera porque los demás no estamos jugando limpio. «Mentirosos», diría la abuela Ester con esa voz rasposa de los peores momentos. «Mentirosos con el inofensivo. Y cobardes. Como vuestro padre.» Después se volvería hacia mí y negaría con la cabeza: «Y
tú, el peor. Tú, por partida doble».
Me gustaría decirle a mamá eso y más, y hacerlo ya, quitarme de encima esta lacra y poder respirar tranquilo. «Tengo algo que contarte.» He imaginado tantas veces ese momento que, de tanto imaginarlo, ha perdido del todo la fuerza. He gastado en mi imaginación la frase hasta dejarla hueca. Desde que Magalí y Emma nos anunciaron que se casaban y mamá se iluminó en cuanto vio que no había ya excusa para que Sven no viniera a
conocerla, la he repetido a diario, ensayándola con todos los tonos, timbres y tempos imaginables. Y después, rápidamente la siguiente: «Sven no vendrá, mamá. No lo esperes, porque no llegará».
Meses ensayando dos frases. Dos de tres. Un día tras otro dándome un día más, esperando el momento adecuado, posponiéndolo, excusándome.
Hasta hoy. El plazo termina hoy y en esto estoy solo. Ni tía Inés, ni Silvia, ni Magalí ni Emma imaginan que las coincidencias que confluyen este 21
de abril no son tres, sino cuatro. Ninguna de ellas sospecha que Sven no llegará y menos aún el porqué.
A mi lado mamá sigue esperando mi respuesta mientras se seca los ojos con un pañuelo de papel. Cuando voy a contestarle, fiel al guion de mi mentira, que claro que le gustaremos a Sven y que se quede tranquila, desde su mesa la jueza se aclara la garganta y dice:
—Tengo entendido que alguno de ustedes quiere decir unas palabras,
¿es así?
Emma y Magalí se vuelven hacia nosotros y miran a mamá. A mi lado Silvia se inclina hacia delante y dice en un intento de susurro:
—Mamá, te toca.
Mamá la mira y parpadea, totalmente fuera de juego.
—¿Me... toca?
—El texto. ¿Te acuerdas? —le dice Silvia.
Mamá me mira con cara de «ah, sí, claro» hasta que, de pronto, se le congela la sonrisa y cierra su mano sobre mi antebrazo como una garra.
—Ay, Fer —dice—. El papel.
La miro sin entenderla del todo.
—El papel —sisea, colapsada—. Estaba en el bolso. Con las llaves y el móvil y... ay —termina, llevándose la mano a la mejilla y evitando la mirada de Silvia.
En la mesa, la jueza pone cara de «a ver qué pasa porque a estas horas no voy a encontrar ningún sitio abierto donde me den algo de comer» y mamá, que está empezando a sudar como un pollo debajo del plumífero, me tira del brazo al tiempo que la oigo pensar en alto:
—Y... ¿qué hago?
—Mamá, te están esperando —la apremia Silvia a mi lado, controlando la voz.
—Sí, hija, ya va, ya va —responde mamá, con cara de lo-de-tu-hermana-es-que-no-tiene-nombrehay-que-ver. Luego baja la voz y, al tiempo que se levanta, me dice—: Me hago pis.
—Ni se te ocurra —le suelto, también yo tenso ante las miradas de toda la sala—. Sal ahí delante y di lo que sea, mamá, pero di algo.
—Pero ¡si no tengo el papel!
—¡Pues improvisa!
—Pero... ¿cómo?
Con la cabeza apoyada sobre el dorso de las manos, la jueza arquea una ceja, intenta un amago de sonrisa y dice con una voz que navega entre el cansancio y la curiosidad:
—Quizá la señora prefiera no participar...
Al oírla, mamá se levanta de golpe, como si de pronto acabara de darse cuenta de que piensan dejarla fuera de la ceremonia, y, antes de echar a andar hacia el pequeño estrado, susurra, casi sin mover los labios:
—¿Y por dónde empiezo?
Viéndola así de atribulada, con el plumífero, los Crocs y esos rizos blancos mal ahuecados contra la coronilla, tengo que hacer un esfuerzo para no soltar una carcajada, pero enseguida entiendo que está sufriendo de verdad e intento ponerme en su lugar. Lo único que se me ocurre decirle, así, a bote pronto, antes de verla alejarse por el pasillo es:
—Por el principio, mamá. Empieza por el principio.
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