Un amor
Capítulo 5
Y llegaron las obras.
Sorprendentemente, lo que a priori debía de haber sido motivo de alegría no tardó en convertirse en un auténtico calvario. John, que ya en aquel entonces vivía prácticamente en la oficina porque trabajaba en un macroproyecto de investigación biomédica coordinado con tres universidades canadienses que debía de ser muy importante pero que, a día de hoy, ninguno de nosotros hemos entendido, dejó el peso de lo doméstico en manos de Silvia y ella, que desde siempre ha sido incapaz de delegar responsabilidades, tuvo que sumar a su ya frenética agenda la supervisión del trabajo de pintores, albañiles, instaladores de ventanas, lampistas... cosa que no hizo sino aumentar la tensión y el estrés que, en su consulta, Yoli apenas había empezado a tratar. Con semejante actividad a las espaldas, el día empezaba para Silvia a las cuatro y media de la mañana y terminaba, con suerte, pasada la medianoche. Eso cuando no le tocaba viajar, que era, como poco, una vez a la semana. Infernal. El ritmo de vida de Silvia era infernal: trabajo, reuniones, Skype, las obras en casa, viajes, diferencias horarias, lorazepam para conciliar el sueño, algo de yoga y meditación en pequeños paréntesis robados a lo que quedaba... y luego estaba el teléfono, que no descansaba nunca: redes sociales —«no hay mejor community manager de una empresaria influencer que una misma. La gente quiere autenticidad, no virtualidad»—, escribir los artículos para el blog, mandar a traducirlos, preparar y grabar las dos colaboraciones semanales para la radio, intercalar conferencias, charlas, rechazar invitaciones, aceptar otras...
en resumen, «dar de comer al monstruo», como ella misma lo llamaba a veces, en los escasísimos momentos en que se sinceraba y se permitía una pequeña queja que rápidamente intentaba positivar con una de esas frases manidas de autoayuda exprés que debía de leer en los tazones que vendían en las tiendas del aeropuerto. Esa era Silvia: siempre más, siempre con
oportunidades que aprovechar, la de «si no lo hago yo, no lo hace nadie», siempre «deja que mire mi agenda». Y luego el carácter: un complejo campo de minas que iban acumulando metralla hasta que, al mínimo roce y sin motivo aparente, llegaba el estallido de cosas no dichas, de rabia, de lo incomprensible.
Recuerdo especialmente uno de esos estallidos. Ocurrió un mes después del café que habíamos compartido en la terraza del centro, ya en pleno verano. Nos había invitado a su casa para enseñarnos cómo estaban quedando las nuevas ventanas que habían colocado en el estudio de John y el plan era ir después a comer a un restaurante hindú que acababa de abrir muy cerca, en la playa. Cuando bajamos del coche, nos pareció oír que alguien gritaba al otro lado del muro, pero fue solo un instante y no le dimos importancia. La casa de Silvia es, como dice mamá, «una casa, casa». Dos plantas en una buena zona de Sitges, blanca, amplia, espacios limpios y muebles escasos y «con todo en su sitio»: su jardín, su piscina, su césped y sus plantas, por ese orden. Cuando nos acercamos a la puerta, volvieron los gritos. Esta vez no cesaron. Era Silvia. Nos quedamos donde estábamos, sin saber qué hacer, hasta que por fin pudimos entender algo de lo que decía. Gritaba descontroladamente a alguien que debía de ser un hombre y al que, por lo que entendimos, se le había volcado un cubo de pintura sobre el césped. Lo que llegamos a oír salir de esa boca —y no solo el tono, sino el fondo de lo que iba vomitando sobre el pobre hombre que había tenido la desgracia de que le hubiera tocado en suerte una clienta como aquella— nos dejó tan estupefactos, era tan límite y nos avergonzó de tal modo que, sin siquiera comentarlo entre nosotros, dimos media vuelta y nos alejamos de allí sin hacer ruido en dirección al paseo antes de que Silvia se diera cuenta de que habíamos llegado. Caminamos en silencio hasta la zona de las terrazas y nos sentamos en la primera que encontramos.
Cuando apareció la camarera, mamá se descolgó pidiendo un gin-tonic.
—Querrás decir una tónica —le dije.
Asintió, mirando a la camarera.
—Sí —dijo—. Con ginebra.
La chica soltó una carcajada que mamá recibió encantada.
—Es que tengo tanta sed... —saltó con una vocecilla de madre conmocionada en cuanto vio que tía Inés se volvía a mirarla con la censura a punto.
Luego volvió el silencio. Emma comentó sin muchas ganas que iba a mandarle un mensaje a Silvia para decirle que mejor nos encontrábamos en el restaurante porque íbamos a retrasarnos y que iríamos a ver las ventanas después de comer. Cuando la camarera reapareció y dejó las bebidas en la mesa, mamá cogió su copa y, después de tomar un buen trago, se quitó las gafas para cambiárselas por las de sol y declaró:
—Desde luego, está endemoniada.
No dijimos nada. Seguíamos tan impactados por lo que habíamos oído al otro lado del muro, que ni siquiera se nos ocurrió que hablara literalmente.
Nos equivocamos.
—Es como una posesión —insistió.
Tía Inés chasqueó la lengua y se persignó.
—Sí, es terrible —apuntó con voz preocupada—. Sobre todo para ella.
Debe de pasarlo fatal, la pobre.
Mamá la miró y asintió, pensativa.
—Crucemos los dedos para que Yoli pueda ayudarla. Si con él no funciona, no sé yo... —dijo, con expresión compungida. De repente, algo debió de iluminársele en el cerebro, porque abrió los ojos como si acabara de tener la idea del siglo.
—Oye —dijo, poniéndole la mano a tía Inés en el brazo—, ¿en los carismáticos tenéis exorcistas?
Emma dejó de liarse el cigarrillo y tía Inés puso cara de no estar entendiéndola.
—Es que a lo mejor la cosa va un poco por ahí —insistió mamá.
Emma parpadeó y volvió a su cigarrillo y mamá desfiló barranco abajo—.
En «El asesino es tu vecino» han salido un par de casos de posesiones esta temporada —siguió—. En uno, un niño se comía los mocos de los hijos de los vecinos de la urbanización porque dentro tenía un demonio bebé. Y en
el de hace dos semanas, una chiquita mexicana estaba poseída porque había hecho la comunión con tanga y hubo que hacérselo en la gasolinera del pueblo porque la iglesia se la había llevado un huracán.
Tía Inés arrugó los labios.
—Pero Amalia, hija, ¿tú te oyes?
Mamá se acercó la copa a la boca y asintió.
—Si hay mucha gente alrededor, no demasiado, porque el otorrino me dijo que de agudos no voy bien, pero si estamos así, como ahora, sí.
Emma me miró y, a pesar de toda la tensión y del impacto —que todavía seguía pesando lo suyo—, no pudimos, ni ella ni yo, contener la risa. Mamá no lo entendió. Nos miró, esperando que compartiéramos con ella lo que nos hacía tanta gracia, pero enseguida volvió a lo suyo y, volviéndose hacia tía Inés, le preguntó:
—¿Sale muy caro?
Tía Inés frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Un exorcismo —dijo mamá—. ¿Cuánto puede costar, más o menos?
Uno pequeño. Lo digo por si Yoli no funciona.
Tía Inés se volvió a mirarnos a Emma y a mí y apoyó la mejilla en la palma de la mano, tapándose el ojo con los dedos y dándose por vencida.
—Si como amiga es complicado, no me quiero ni imaginar cómo debe de ser tenerla como madre —dijo al tiempo que a su lado mamá se tomaba, feliz, tres buenos tragos de gin-tonic. Y añadió—: Sois unos héroes.
El estallido de la piscina ha sido solo uno de los momentos que nos ha tocado vivir con Silvia desde entonces. Las obras tampoco han cesado, porque cuando parece que por fin todo está en orden y el nuevo espacio es el que buscaban, siempre hay algo más: nuevas ideas, cosas que sobran o que faltan, detalles, pintura, una claraboya que quizá sí, ese seto que habría que sustituir por algo con flor, el césped del jardín que no termina de... «¿Y
si cambiamos el suelo del porche?» «¿Una isla central en la cocina, ahora que quizá empecemos a cocinar más en casa?» No, las obras siguen y los estallidos de ira también, avanzando ambos en paralelo, aunque gracias a las agujas de Yoli son cada vez más espaciados. Afortunadamente para
Silvia y también para nosotros, Yoli está haciendo con ella un trabajo fantástico, a pesar de que al principio ni el uno ni la otra las tenían todas consigo.
El día que acompañé a Silvia a la consulta para su primera visita, no pasé al box con ellos. Silvia lo prefirió así y yo también. Cuando apareció, hora y media más tarde, en la cafetería, se sentó a la mesa y, con cara de poco humor, dijo:
—No sé yo.
Eso fue todo. Entendí al verla que no iba a ser fácil.
Yoli no fue tan parco cuando, el día que le tocó ver a mamá, se quedó conmigo unos minutos en el pasillo para comentarme un poco la visita de Silvia.
—Tu hermana es caso complejo —dijo—. Fuego cabeza y fuego en pies. Fuego no circula y tanta ansiedad pone en estómago y queda. Yo nunca ha pasado que pongo agujas y agujas salen, rebotan y pum, al suelo como de goma. Al principio pienso que parece búfalo chino, pero cuando agujas vuelan pienso que es como dragona. Silvia fuego por todas partes y si un día prende mecha, es dinamita china. Fus, fus, fus.
Mamá, que estaba en el box y se había quedado disimuladamente apoyada en la puerta, escuchando, asomó la cabeza, horrorizada.
—¿Es ti... fus? —gritó—. ¿Silvia?
—No, Albania —replicó Yoli, empujándola hacia dentro y ajustando la puerta—. Tú tiende boca arriba. Ahora voy. —Se volvió y me dijo—: Silvia complicado. Mucha ansiedad y no habla. Combinación mala. Yo ayuda, no preocupes. Pero largo. Paciencia. Quito fuego de dragona.
Paciencia. Paciencia con Silvia y paciencia con los tiempos que la vida marca. Esa parece haber sido la lección que tocaba aprender este año. «Los ritmos los marca la vida», decía la abuela Ester, y ha tocado aprender, quizá no tan por las buenas, que así es. Por un lado, Silvia con sus tabiques y esas obras que parecen no tener fin, su silencio y el fuego enquistado en el cuerpo que Yoli ha estado intentando hacer circular en su interior antes de que estalle el volcán, cerrada a nosotros pero siempre cerca, y, por el otro, yo con mi novio imaginado, esperando a que la vigilia de mamá fuera a
menos y poder encarar con ella —y con las demás— que Sven no existe ni ha existido más que una sola noche y que lo demás es miedo a desilusionar, al daño.
—No es el mejor momento para contárselo —le dije a Oksana la mañana que vino a limpiar a casa, una semana después de mi conversación con mamá en el restaurante—. Mamá está muy preocupada por Silvia y si le digo ahora que he roto con Sven, quizá sea demasiado.
Se volvió a mirarme mientras seguía enjuagando platos en el fregadero.
—No digas a ella. Da, mejor —dijo—. Malia muy preocupada por tu hermana, más de lo que dice a vosotros. A mí contó todo el martes y dice a mí: «Que no sepa Ferando, Oksana, pero dime cosas si tú enteras». —Cerró el grifo, se quitó los guantes y los dejó sobre la encimera—. Entonces, ¿tú vuelves a molinos seguido otra vez?
—Sí —respondí.
—Bien —dijo—. ¿Preparo codornices con abrigos de lana? —añadió con una sonrisa llena de huecos, guiñándome un ojo.
Me reí. Ella no. Me miró muy seria y levantó un dedo nudoso y despellejado para decir:
—Así tú piensarás mientras tienes silencios en campo. Te hace faltas.
—Y después de darse la vuelta y alejarse hacia la puerta, añadió—: A veces la vida quitas plazos y pone plazos nuevos. Ella manda. Tú mejor no olvidas.
La vida manda. Podría haberlo dicho la abuela. Eso, o «la vida no es, la vida se deshace». No, no lo he olvidado. A veces, durante estos últimos meses, he llegado incluso a agradecerlo. Desde que Silvia pasó a ser prioridad número uno en la lista de preocupaciones de mamá, la vida mandó seguir hasta nueva orden y yo decidí hacerle caso. Siguieron mis supuestos fines de semana con Sven y siguieron también las visitas al molino. Si el molino estaba ocupado —ha ocurrido pocas veces, porque Oksana siempre se las ha ingeniado para inventarse alguna avería o alguna reparación de última hora y que Alina no lo alquilara—, me instalaba en otra de las casas y Rulfo me acompañaba. Le dije a Emma que Oksana se había ofrecido para quedarse con él siempre que la necesitara y así pude empezar a
llevármelo al campo. En cuanto llegábamos al molino y le abría la puerta del coche, él salía disparado a buscar a Oksana y ella, que lo sabía, se escondía disimuladamente en algún rincón del bosque cercano que bordea el río hasta que Rulfo la encontraba y tiraba de ella hasta la orilla para que le lanzara palos y piñas mientras él se bañaba. Oksana quería ya entonces a Rulfo como no quiere a las personas. Con él expresaba cosas, más allá de los gruñidos y de esas frases convertidas en órdenes que suelta como las forma, sin filtro ni cuidado. Con Rulfo el cuidado era otro. Lo abrazaba contra ella como una osa mientras le mordía los belfos y él se dejaba hacer como no lo ha hecho nunca con nadie, ni siquiera con mamá. La parte más humana de Rulfo se acoplaba en el campo a la parte más animal de ella y la confianza que han construido entre los dos fue desde un principio absoluta.
Si Oksana decía «basta», Rulfo obedecía al instante y se tumbaba con la cabeza entre las patas. Una mirada de ella obtenía de él una reacción instantánea que por supuesto yo jamás he recibido. Oksana es como una bestia salvaje, o como una niña gigante, torpe y bruta, que no sabe medir las fuerzas, pero que quiere calor. La llegada de Rulfo ayudó a descubrirla así y, poco a poco, empezó a comunicarse más, a compartir mejor.
No pasó mucho tiempo hasta que los fines de semana en el molino se convirtieron en los fines de semana con Oksana.
Los planes eran casi siempre los mismos. El sábado, si hacía bueno, tocaba paseo. Salíamos a media mañana, después de que Oksana se hubiera ocupado de las casas que tenía en cartera y hubiera dado el informe correspondiente a Alina. Caminábamos durante horas por sendas que ella había ido descubriendo en sus misiones de reconocimiento por la zona en busca de materiales para las obras de su casa. Y no hablábamos. Oksana no quería. El día de nuestra primera salida, en cuanto se me ocurrió hacer el primer comentario sobre no recuerdo qué, se paró en seco delante de mí, se volvió y ladró:
—No hablas en el paseo. Piensas. Si hablas, no piensas. Mejor paseas solo. Pero Rulfo conmigo.
No me dio mucha opción. Eran largos paseos en silencio entre bosques de robles, encinas y pinos enormes; rutas que no debía de conocer prácticamente nadie, río arriba entre saltos de agua helada, zorros, masías
abandonadas, restos de cimientos centenarios que Oksana recolectaba y que transportaba en su 4 4 a su pequeño refugio de pastores, que hasta la fecha no ha querido enseñarme, porque «mi casa no es para nadie ver, es para yo vivir»; madrigueras, jabalíes, rincones llenos de bayas, trigales inmensos, una cantera que lo fue y que ahora ya nadie usa, ermitas con frescos descascarillados que podían arrancarse con la mano, fuentes de agua con sabor a hierro, piscinas naturales... Oksana preparaba la comida
—«bocadillos sin bichos», té y fruta— y pasábamos el día sin intercambiar una sola palabra, ni siquiera cuando parábamos a almorzar.
—El bosque es para escuchas, no para hablas —me dijo ese primer sábado cuando me dejó en casa—. Si hablas, no oyes respuesta a tu pregunta y tú conviene piensas. Prometiste. Cuando tiengas respuesta, Oksana escuchará a te. Oksana buena para escucha.
Tenía razón: Oksana escucha bien. Pocas veces interviene en las conversaciones, a menos que sea para dar respuesta a una pregunta directa, pero eso es lo de menos, porque en todo momento está pendiente de lo que oye. A veces, durante los paseos, se paraba de pronto e inclinaba la cabeza a un lado, con Rulfo pegado a su pierna, atenta e inmóvil como un animal, hasta que decía:
—¿Oyes?
Por supuesto, yo no oía nada, aunque no era a mí a quien preguntaba, sino a Rulfo, que erguía las orejas y ladeaba la cabeza como ella, atento, escuchando él también: algún corzo, rebaños a lo lejos, caballos, agua... Por la noche, antes de desaparecer en el pequeño tanque de regreso a su refugio, se sentaba un rato conmigo a la mesa del porche, siempre a mi lado, de modo que no nos miráramos a los ojos. Ella fumaba sus cigarros apestosos y bebía té frío con una especie de anís que llevaba en una botella que guardaba en el coche mientras hablábamos mirando a la montaña y sobre nosotros los cielos cambiantes del valle matizaban las voces y también los silencios. Los suyos eran silencios vacíos de tensión, como pequeñas cuevas en las que uno podía abrigarse de los silencios propios y en cualquier momento hablar sabiendo que no pisabas nada frágil, que bajo tus pies había roca por la que podías transitar con tus miedos, con tus vergüenzas, con todo lo que no se ve.
A veces, durante esas noches de sábado, ella preguntaba algo. Hablaba sin apartar la vista del bosque, como si esperase que la respuesta llegara de allí, rebotada y repartida desde mi voz. Las suyas eran preguntas huérfanas y enteras, sin fisuras, que al principio yo intentaba esquivar con una respuesta corta y poco concreta, pero que con el tiempo y los meses han ido abriéndome a verdades y a dudas que nunca había compartido con nadie y que de pronto tenían voz y también tono. «¿Echa de menos a tu padre?»,
«¿Silvia siempre eras así o antes más feliz?», «Si tu padres vuelves y pide perdón, ¿perdonarías a él?»... y, por supuesto, la pregunta estrella, la que desde el principio ha ido lanzando sin descanso contra las luces y las sombras del paisaje cada cierto tiempo: «¿No dices a Malia que Sven ya no es novio para no hacer daño a ella o para no hacer daño a ti?». Preguntas.
No han sido muchas, es cierto, pero cada una de ellas ha llegado en su momento, restallando como un disparo contra los ecos del valle desde el porche, resonando fuera y también dentro y provocando respuestas que generaban en mi memoria ondas circulares y tranquilas, como piedras en las aguas quietas de una laguna. A medida que llegaban, empecé a contarle cosas de papá, de cómo se había ido y de por qué el perdón no dependía solo de mí, sino que era algo grupal, que si en algún momento llegaba, tendría que ser concertado entre todos porque el daño que había dejado tras de sí nos había convertido en un solo bloque frente al abandono. Le hablé de Silvia, de cuando había perdido al hijo que esperaba y al despertar en el hospital se había enterado de que le habían tenido que quitar el útero y, volviéndose a mirar por la ventana, había dicho: «A partir de ahora estoy vacía», y le hablé también de Emma, de que la Emma que ella veía era todavía el reflejo de la que tiempo atrás había seguido esperando en una cafetería a su novia, todos los días a la misma hora durante un año, porque no había querido ver su cadáver y no había sido capaz de enfrentarse a tanta pérdida así, sin ver, hasta que mamá la había salvado de la locura. Le hablé de mamá, de lo que había sido antes de la Amalia que ella había conocido, de la pérdida de los amigos con el divorcio, de tía Inés y esa fidelidad que habían vivido las dos a escondidas por miedo a un castigo que nunca llegó, de la infancia de mamá, de lo difícil y también de lo importante que era para todos sentir que estábamos, que a pesar de todo seguíamos estando,
cada uno con sus claroscuros, pero vivos, y que eso era lo que no podía fallar. Y le hablé también de la orfandad, del miedo al día que mamá ya no esté.
—Ese es gran miedo de ti, ¿verdad? —dijo, echando el humo negro por la nariz como un dragón.
—Es el de todos —respondí—. No sé qué haremos cuando se vaya —
añadí, con la voz menos segura—. No lo quiero ni imaginar.
No respondió enseguida. Terminó de fumar, se tomó lo que le quedaba del té de un trago y se levantó con un gruñido, apoyándose en la rodilla para ayudarse.
—El día que mi madre muriós, yo tenía tantos dolor que después de enterrarla, encerré en casa y me arranqué este diente con la manos. Yo sola.
Así dolor de diente ayudaba a olvidar dolor de muerte. Este —dijo, llevándose el dedo a uno de los huecos que tenía en la dentadura. La miré, tan perplejo que no pude ni tragar—. Estos otros aquí que ves son por hermanos. Arranqué también.
Cuando pude reaccionar y quise decir algo, ella ya se alejaba en su pequeño tanque camino arriba, en dirección al río. Sus verdades eran así, a bocajarro. Hablaba y se iba, quizá arrepentida o quizá no, con ella era imposible saberlo.
Pero si los sábados Oksana tocaba diana a media mañana para salir de paseo temprano y aprovechar el día, los domingos no se dejaba ver hasta entrada la tarde. Venía, bajaba al río con Rulfo, que ya la esperaba al borde del camino, y, después de pasar allí un buen rato con él, nos sentábamos a merendar en el porche, aunque rara era la vez que probaba nada de lo que yo le ofrecía. Se traía su té y una especie de bollos con azúcar y huevo duro que horneaba ella misma y que, según me dijo, era lo que cenaba todas las noches.
—Digestión pesada. Hambre cuando niña y estómago pequeño —fue lo que dijo—. Mejor así.
Después de merendar, se fumaba uno de sus caliqueños en silencio con Rulfo a sus pies. Luego recogía los platos, los dejaba en el fregadero y preguntaba:
—¿Dónde?
El iPad estaba siempre en el mismo sitio, pero el «dónde» de Oksana era casi una contraseña, el pistoletazo de salida con el que daba comienzo la segunda parte de nuestros fines de semana en el molino, aquella en la que aparecía la otra Oksana —porque había y hay otra Oksana—, una versión más cercana, más lúdica y más niña de la mujer-loba que sin duda es. Su
«¿Dónde?» era la llave que abría el arcón de la magia que compartíamos a cuatro manos y que contenía lo que desde un buen principio bautizamos como el «Kit para los viajes fantasma», o lo que es lo mismo, una lista de las cosas que hay que saber para mentir sobre un viaje imaginado de fin de semana con novio. Era un juego y los dos lo sabíamos, pero confieso que, aunque al principio no me sentí demasiado cómodo conspirando así con Oksana, no tardé en relajarme y disfrutar como lo hacía ella. Además, la idea no solo era útil, sino genial.
Oksana me ponía el iPad delante, lo encendía y decía:
—¿Dónde estás este fin de semanas?
Yo le indicaba la ciudad o la zona donde supuestamente había quedado con Sven y entonces ella decía:
—Bien. ¿Buscas hotel con encantos? ¿Rural? ¿Apartamento? ¿Casa amigos de Sven?
A partir de mi respuesta, empezábamos a buscar. Ese era el principio de la lista de detalles que conformarían mi fin de semana, de manera que cuando terminábamos yo podía volver a casa y contar lo que había hecho con Sven sin temor a equivocarme, dando detalles del hotel, de un restaurante que habíamos descubierto por casualidad y donde nos habían servido tal y tal plato, y hablar de un museo equis al que Sven me había llevado porque sabía que me gustaba tal escultor o de un par de anécdotas en sitios reales que a veces sacábamos del blog de algún viajero. Si había ocurrido algo en la ciudad de turno —algo grave o notorio que hubiera sido noticia internacional— preparaba la narración de cómo lo habíamos vivido.
Había que pensar en todo y tener respuestas para todo, aunque después no las usara. «¿Y el avión?», preguntaba Oksana. «¿Qué compañía? ¿Retraso?
¿Anécdota?» Preguntaba como un policía, encantada en su papel de detective e intentando pillarme siempre en alguna respuesta en falso. Jugaba al despiste delante de la pantalla, intentaba confundirme y, cuando lo
conseguía, daba un manotazo en la mesa y soltaba una carcajada desdentada que Rulfo saludaba con una ristra de ladridos. Lo que más le gustaba era ver hoteles y museos en el iPad. Solo había salido de su pueblo de Rusia para reunirse con Alina, y Barcelona era prácticamente el único asfalto que conocía. Sin embargo, su curiosidad se acababa pronto, en cuanto daba por completada la lista del viaje.
—Puedes apagar —decía entonces, apartándose a un lado—. Tantas cosas marean a mí. Las ciudades están muy bonitos, pero todas iguales: ladrillos, zapatos duros, perros tristes y gentes sin silencio. Por pantalla es interesantes, pero mejor apagas.
Yo me reía, aunque su reacción siempre fuera la misma. Me gustaba esa claridad suya, tan meridiana con las descripciones —zapatos duros, perros tristes, gentes sin silencio— y con sus principios de fidelidad. Desde la primera tarde, dejó muy claro que si me ayudaba era por mamá, no por mí.
—Ayudo por Malia, pero advierto a ti: aprende bien información y miente con perfección para que nadie sospeches, porque si un día Malia preguntas a mí una duda sobre tus viajes, yo no mentirés. Silencio es una cosa. Mentira yo no. No esperes.
Sabía que decía la verdad. Oksana no mentiría por mí, aunque con eso desmoronara todo el andamiaje de mi mentira y la gran afectada fuera mamá. Se lo agradecí. Me gustó esa fiereza en la defensa de lo suyo, me dio tranquilidad.
—Así que ya sabes, Fer —añadió—. Tú juegas peligroso contra tiempo. Cuanto más tiempos, más riesgos. Menos ciudades. Más memoria.
Cuidados. Un día olvida algo y sospechas. Tu madre no es tontas y hermanas menos.
Esas son palabras que ha repetido cada cierto tiempo a lo largo de estos meses, siempre después de dar por finiquitada nuestra tarde de domingo delante del iPad, construyendo los viajes que jamás he hecho con Sven. Oksana y su advertencia me han acompañado durante todo este tiempo como una sombra que no he sabido aparcar del todo mientras mamá pasaba poco a poco de la preocupación y la alarma por el estado de Silvia a la excitación y la felicidad desmedida por el encuentro de Emma y Magalí.
Y mi espacio, el de mi verdad, seguía sin llegar. La mentira ha crecido con los meses y también ha madurado, dando a Sven una identidad tan propia, Oksana y yo lo hemos hecho tan bien, que nuestra creación está demasiado viva y camina sola, respira sola porque ya es parte de, es familia.
—Tú inventas monstruo, tú matas monstruo —fue la respuesta de Oksana hace un par de semanas, la tarde del domingo que le planteé la cuestión. Habíamos terminado de confeccionar nuestro último viaje imaginado —a Amberes— y sabíamos que el plazo del juego había llegado a un momento de inflexión con la boda de Emma, porque Sven estaba invitado y las condiciones habían cambiado. Yo le había pedido que me ayudara a buscar una excusa que sonara creíble para justificar la ausencia de Sven y ella se había negado—. No necesitas excusa, sino un final —
concluyó. Luego, después de un breve silencio, preguntó, acariciando a Rulfo en la cabeza y levantando la mirada hacia el cielo violeta de la tarde
—: ¿Sabes la único cosa que mata monstruo?
Negué con la cabeza.
—La verdad —dijo, sin bajar la vista—. Pero no a Malia. No a Oksana. No a nadies. La verdad a ti. Ya muchos meses de silencios y paseos. Piernas fuertes y pulmones despejado. Ahora el monstruo grandes y tú cada vez más pequeño.
Negué con la cabeza.
—Pero, Oksana, no puedo contar la verdad así, de golpe. Y menos el día de la boda de Emma.
Ella chasqueó la lengua.
—La verdad no hay que contarla. Hay que sentirla. Y si dueles, mejor, así no olvidas. Luego, si quieres cuentas. Si no, se cuenta sola.
Nos quedamos unos minutos en silencio. La primavera era un disloque de trinos, ruidos y olores que deambulaban desde el horizonte de verdes y azules que coronaban el valle. Tanta paz...
—Pero es que no sé cuál es la verdad, Oksana —dije por fin—. No lo sé.
Por primera vez desde que habíamos empezado a tener nuestras charlas en el porche, se volvió hacia mí y me miró a los ojos.
—Sí sabes —dijo. Alargó la mano con el índice extendido y me lo clavó en el esternón—. Con esto. Sabes con esto —dijo. Y enseguida me puso el dedo en la frente—. No con esto. Calla cabeza y escucha pulmones.
Excusas viven en cabeza. Hacen ruido todo el ratos como palomas en palomar. Pulmones no hablan. Saben.
Pulmones no hablan. Saben.
Esas fueron las últimas palabras de Oksana esa tarde en el porche del molino. No ha vuelto a haber más. Minutos después, se levantó, subió a su pequeño tanque y sin siquiera decir adiós se marchó, dejando una estela de humo negro tras ella.
Ahora, mientras a un lado de la carretera se atisba de vez en cuando una pequeña mancha azulada de agua del río, me acuerdo de ella y me pregunto qué diría si se enterara de la decisión que tomamos anoche con lo de mamá. Qué opinaría de nuestro silencio y si lo aprobaría. Seguramente apretaría los labios, escupiría al suelo y diría algo que sonaría así: «Silencio no es mentira, ciertos. Pero Malia no mereces ni silencio ni mentiras. Ella merece saber y decidir. Vosotros miedo por vosotros, no por ella.
Cobardes».
Sonrío, sin apartar la vista del último cartel que anuncia el desvío hacia la pequeña carretera que lleva al molino. Sonrío porque sé que tiene razón y que el miedo a que mamá sepa la verdad sobre su suerte es nuestro y solo nuestro. Miedo a que lleguen malos tiempos, a que mamá se desmorone y no sepamos levantarla, a que la Amalia madre se convierta definitivamente en mayor, en anciana, en lo que fue de y empiece una orfandad real, no querida.
A mi lado, mamá abre los ojos y, esta vez, como si hubiera adivinado que estamos a punto de llegar, no vuelve a cerrarlos. Se despereza, bosteza al tiempo que lo hace también Shirley en su regazo, y sonríe mirando por la ventanilla, fijándose al parecer en algo que yo no alcanzo a ver, pero que ella decide comentar.
—Una de las cosas que más me gustan del campo es lo de las flores en las carreteras —dice encantada.
No la miro. Un camión adelanta a otro delante de nosotros y la maniobra no es buena. Freno, dejando espacio para que se alejen.
—¿Flores? ¿Qué flores? —pregunta Silvia desde atrás.
—Hija, ¿no te has fijado en que cada cierto tiempo hay ramos de flores en las cunetas? A mí me parece muy bonito que los ayuntamientos de los pueblos compren flores los fines de semana para decorar las carreteras y recibir a los turistas. Seguro que eso no pasa en ninguna otra parte del mundo.
Miro a Silvia por el retrovisor, que mira a su vez a mamá con esa cara de «no se puede estar más chiflada» que yo entiendo y que espero que no vaya a más. Pero entonces mamá hace exactamente lo último que tendría que haber hecho: baja la cabeza, coge el ramo que lleva en el regazo, se lo lleva a la nariz y, aspirando hondo, dice:
—Y huelen tan bien...
En el retrovisor, los ojos de Silvia se clavan en los míos. Su mirada es, probablemente, la misma que la mía, porque la información que contiene es idéntica. Sin que me vea, cruzo los dedos sobre el cambio de marchas para estar equivocado, pero sus ojos no se apartan de los míos durante una fracción de segundo, hasta que, cuando creo que el nubarrón de tormenta se ha disipado, la oigo decir:
—Mamá, esos ramos de flores tan bonitos los pone la gente que ha perdido a alguien en un accidente. Los dejan allí para recordar a sus muertos. No son un adorno.
Silencio. Delante de nosotros, el camión de la derecha termina de adelantar y el sol nos ilumina por el oeste, bañándonos en calor. A mi lado, mamá no dice nada, pero mira al frente, rígida como un palo, hasta que desde atrás la voz de Silvia dice:
—En cualquier caso, tu ramo, aunque sea comprado, también es muy bonito. —Mamá relaja los hombros, acaricia a Shirley y se vuelve a mirar por la ventanilla, pero Silvia, que no ha terminado de hablar, pregunta—:
¿Me lo dejas ver?
En ese momento tomo por fin el desvío que sale hacia el molino y mamá, que vuelve a estar con la cabeza pegada al asiento como una momia, traga saliva y dice:
—Hija, cuando he salido del baño no me has preguntado si tengo infección. —Y enseguida, con una voz de fingida preocupación, añade—: Yo creo que a lo mejor podría ser que sí.
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