Un amor
Capítulo 6
El último día que pasé a recoger a mamá por la consulta,Yoli me hizo pasar un momento a su despacho mientras ella se cambiaba y me dijo:
—Tu madre bien, mucho mejor. Silvia no tan bien.
No me hizo falta preguntar.
—Avanza, sí —me explicó—. Menos tensión que cuando trajiste.
Fuego circula bien, pero no agua que apague. Conozco perfil. Mantengo en calma, energía mueve y todo en control, pero no muy seguro. Mucha ansiedad que no sale superficie porque miedo a daño. Dolor no físico, pero mucho estrés. Emoción bloqueada y ahora que energía fluye, puede explota fácil y salpica fuerte como bomba. Pum. Cuidados.
Asentí. La descripción era la que era, aunque desde que Yoli había empezado a tratarla, Silvia parecía mucho más contenida. Los arranques de furia habían disminuido considerablemente, tanto en intensidad como en frecuencia, y parecía vivir en una vibración distinta, más desapegada y tolerante, al menos en lo aparente. De todos modos, entendí el mensaje.
Cuando salimos, lo comenté con mamá.
—Es por lo del gato —dijo asintiendo—. No lo supera. —Al ver que yo la miraba como la estaba mirando, arrugó los labios y añadió, entre dientes—: Ya sabes, lo del niño vacío. Sin hijo y con marido, malo.
No quise entrar al trapo.
—La cuestión es que estos días deberíamos intentar no irritarla —dije
—. Ya sé que no es fácil con lo de la boda y todo lo demás, pero al parecer, según me ha dicho Yoli, está especialmente sensible y, bueno... mejor no arriesgar.
Mamá asintió mientras no le quitaba ojo a una familia de palmeras de chocolate primorosamente colocadas en el escaparate de la pastelería que teníamos delante.
—Claro, cielo, claro. Lo que Yoli diga —respondió, muy seria.
Ahora, en el coche, un remolino de tensión circula de pronto entre mi derecha y el asiento trasero cuando a mamá no le queda más remedio que entregarle el ramo a Silvia, que lo acepta con una cara que yo no alcanzo a ver pero que puedo fácilmente imaginar, al tiempo que comenta despreocupadamente:
—Qué bien que tuvieran flores en la tienda de la gasolinera, ¿verdad?
Mamá vuelve a girarse hacia delante y sonríe.
—Ay, sí —responde—. Será que, como es una gasolinera de campo, pues les es más fácil lo de las flores.
Por el retrovisor veo a Silvia examinando las flores con atención. A su lado, tía Inés acaba de despertarse y se limpia con un pañuelo de papel un hilillo de baba que le cae por la barbilla mientras vuelve poco a poco en sí.
—Debe de ser eso —dice Silvia con una amabilidad que no suena bien
—. ¿Y cuánto dices que te han costado?
Mamá me mira, pero no le devuelvo la mirada.
—Uy, muy baratas —se apresura a responder—. Unos... cinco euros.
—Ah, ¿tan poco?
Mamá se remueve en el asiento.
—Bueno, no sé, hija. Ahora no me acuerdo. Cinco, veinticinco... Algo así, terminado en cinco.
—Ajá —dice Silvia con una sonrisa que conozco bien y que no augura nada bueno—. ¿Y las has pagado con tarjeta?
Mamá lo piensa un poco antes de contestar.
—Sí.
—Vaya —dice Silvia, sin dejar de examinar las flores—. Aunque, ahora que lo pienso, tus dos tarjetas las llevo yo y que yo sepa no he ido a la tienda a pagar nada —dice—. Qué raro ¿no?
Mamá inspira hondo.
—Pues sí. Qué raro. —Se vuelve a mirarme—. A lo mejor ha sido por... ¿wifi?
Me concentro en la curva cerrada del camino para no reírme. Mientras tanto, tía Inés mira extrañada a mamá desde atrás. Todavía no entiende lo que ocurre.
—Claro, mamá. Por wifi —dice Silvia—. O a lo mejor es que ha bajado un marciano de una nave porque necesitaba repostar y, como te ha visto un poco necesitada, te ha prestado el dinero para las flores y te ha dado su dirección de Marte Capital para que se lo devuelvas por correo certificado.
Mamá coge a Shirley en brazos y se la coloca contra el pecho como un escudo. Sabe que no tiene escapatoria y se prepara para lo que ha de llegar.
—O a lo mejor es que no has comprado las flores y no se te ha ocurrido nada mejor que salir del baño y acercarte a la carretera para coger el ramo que estaba a la entrada de la gasolinera y llevártelo como una de esas rumanas robaflores de cementerio a las que tanto quieres.
Mamá se lleva la mano a la cara y, con una expresión de horror que, si no la conociera, hasta yo compraría, dice:
—Hija, desde luego... ¿de verdad me crees capaz de algo así?
—Sí.
—Pues me duele que lo pienses —replica, ofendida—. Ahora no me acuerdo bien de si las cogí o no, pero es por la infección. Creo que tengo, porque me huele mucho el pipí a amoníaco y además se me olvidan las cosas. No quería decíroslo para no preocuparos, pero seguro que hasta tengo fiebre y todo.
Tía Inés, que por fin ha pillado el hilo de la conversación, abre los ojos del todo y dice, señalando el ramo:
—Pero, entonces..., ¿son flores de un muerto?
Mamá pone los ojos en blanco.
—Ay, Inés —replica, a la defensiva—. Es esta niña, que le saca punta a todo. Lo que pasa es que me he encontrado el ramo en el baño y me daba vergüenza decirlo. —Y añade, como si acabara de ocurrírsele—: Debe de habérselo dejado alguien. Las mujeres somos muy despistadas, sobre todo en las gasolineras.
—Vaya, pues resulta que las flores vienen con sorpresa —dice Silvia, sacando del interior del ramo una tarjeta y leyéndola en voz baja. Luego añade—: Escucha, mamá. Dice: «A nuestro querido Julián, de tu hermana y de tus padres. Nunca te olvidaremos».
Ahora sí es horror lo que hay en la expresión de mamá, que aprieta a Shirley contra su pecho y dice:
—Santo cielo. ¿Te das cuenta de lo que puede llegar a olvidarse la gente en un lavabo? Es todo tan... transversal...
Cuando Silvia está a punto de saltar, el molino aparece a la vista y desde el maletero Rulfo asoma la cabeza, rompiendo a ladrar como un loco y asustando a tía Inés, que suelta un pequeño grito. Justo entonces, desde uno de los dos huecos redondos que están delante del cambio de marchas y que supuestamente sirven para poner bebidas, me suena el móvil.
—¡Ay! —exclama mamá aliviada, alargando la mano hacia el teléfono
—. ¡A ver si va a ser Esbién! —Pero en cuanto lo tiene en la mano, ve el nombre de Emma en la pantalla y pone cara de desilusión—. Es tu hermana.
¿Lo cojo?
—No hace falta —digo—. Debe de llamar para saber si nos falta mucho para llegar. —En ese momento torcemos por el camino de tierra y, en cuanto los dos grandes robles quedan a nuestra espalda, alcanzamos a ver a Emma y Magalí sentadas en el porche, Emma con el teléfono pegado a la oreja y Magalí con las piernas estiradas sobre uno de los bancos, reclinada contra la pared de piedra. Al vernos, mi móvil deja de sonar, mamá se pone a aplaudir y Shirley suelta un par de ladridos que nos horadan los tímpanos y que se llevan un gruñido de tía Inés.
—¡Ya estamos, ya estamos! —grita mamá, encantada.
En el retrovisor, Silvia sigue con el ramo en las manos, mirando a mamá con un brillo en los ojos que no reconozco, pero el instante pasa y, al cabo de un segundo, en cuanto paro el coche y apago el motor, llega el momento del desembarco: mamá baja la primera, Shirley corre al encuentro de Magalí, tía Inés abre el maletero a Rulfo, que sale disparado como una flecha hacia el río a bañarse, y Silvia baja despacio con el ramo en la mano y aprovecha para mirar el móvil antes de guardárselo en el bolso y sacar un cigarrillo. En el porche, Emma y Magalí se han levantado y se acercan sonrientes por el camino, Magalí con Shirley ya en brazos. Cuando llegan hasta donde estamos, Emma rápidamente empieza a sacar del asiento trasero la bolsa de viaje de mamá y la de tía Inés, pero al ir a saludar a Silvia no puede evitar reparar en el ramo.
—Qué bonitas —dice—. ¿Al final habéis podido comprarlas?
Silvia, que está a punto de encenderse el cigarrillo, cambia un poco el gesto y responde:
—Qué va. Tu madre las ha robado en la carretera.
Emma la mira sin entenderla.
—¿Cómo?
—Es uno de esos ramos de muertos, los de los accidentes —aclara Silvia—. Viene con tarjeta y todo.
Emma suelta una carcajada y yo no puedo evitar una sonrisa mientras cierro la puerta del coche, pero Silvia no está del mejor humor y, en vez de unirse a nosotros como lo habría hecho en cualquier otro momento, nos sorprende con un tono agrio que acompaña a un comentario cortante y seco.
—Riéndonos de sus tonterías no le hacemos ningún bien —dice mientras se enciende el cigarrillo y guarda el encendedor en el bolso—.
Bastante tenemos con lo que tenemos.
Nos miramos: tía Inés, Magalí, Emma y yo. Por un momento, el comentario ha circulado entre los cuatro como una clara referencia a lo que llevamos ocultando desde anoche y la tensión, con mamá delante, es casi sólida, pero dura poco o nada, porque ella, que sigue al lado de la puerta del copiloto, pone los ojos en blanco y resopla.
—Silvia, hija, hay que ver cómo te pones por unas flores de nada —
dice con una mueca de «qué pesadita estás»—. Con lo bonitas que son y lo bien que van a quedar en la cena.
Silvia la fulmina con la mirada.
—Si te crees que vamos a celebrar tu cumpleaños con un ramo de cuneta en la mesa estás más chiflada de lo que parece.
Mamá inspira hondo y pone cara de resignación antes de volver a hablar.
—Bueno. Pues nos olvidamos del ramo y ya está. Además, habíamos dicho que iríamos a coger rosas a la iglesia, ¿no? —dice con tono conciliador. Y luego añade, negando con la cabeza—. Desde luego, a veces eres igual de tozuda que tu padre.
Si entre mamá y Silvia hubiera un elástico que las uniera por encima del coche, en este momento el silencio que nos envuelve lo habría roto por la mitad y el chasquido habría resonado por todo el valle como si un rayo lo hubiera partido en dos. En cuanto la frase de mamá se apaga, la escena se congela durante una fracción de segundo y de pronto todo se ralentiza de tal modo que lo siguiente ocurre como si estuviéramos grabando a cámara lenta. A un lado del coche, Silvia baja la mirada y vuelve a subirla para enfocar de nuevo a mamá con una mueca que, muy despacio, se tuerce en una especie de línea llena de grietas y huecos. A lo lejos se oye ladrar a Rulfo y a mi izquierda, tía Inés parpadea junto a Emma, que se vuelve hacia mamá como si fuera a decirle algo. Más atrás, Magalí se cubre parte de la cara con Shirley.
—No vuelvas a decir eso nunca más —sisea Silvia, tensando los hombros y apoyando la mano en el coche—. Ni en broma.
El tono es tan cortante que hasta Shirley suelta una especie de gemido ahogado, pero mamá está en lo que está —o sea, en nada en particular— y cuando se dispersa como ahora computa poco y mal. La amenaza de Silvia es, en su lectura particular, un simple comentario de los muchos que le caen últimamente y que, como hace a menudo, cree que puede manejar sin esforzarse demasiado.
—Ay, hija, de verdad —dice, con un gesto de la mano—. Si es que no se te puede decir nada. Desde lo del gato, estás de un humor que vaya... —
Y cuando parece que lo va a dejar ahí, lo piensa mejor y añade con una sonrisa entre cómplice y maternal—: No me extraña que John pase tanto tiempo por ahí. Demasiado poco viaja ese santo varón.
Un segundo. Dos. Silvia y mamá se miran en silencio como lo harían dos habitantes de planetas que orbitan en galaxias distintas y ahora enfrentadas. Entre ellas habita de pronto un campo magnético que los demás ya no compartimos porque las aísla de nosotros. Es tarde, demasiado tarde para intentar entrar en él. Es tarde porque mamá ha pulsado el botón erróneo. El rojo.
Entonces llega el fuego. El de Silvia.
—A John lo dejas en paz, si no te importa —salta con los dientes apretados—. Y el gato tenía nombre. Se llamaba Christopher, Chris-to-pher
—repite, como si mamá fuera lela—, aunque a ti eso te da igual, porque lo único que te importa es tu Shirley. El mío es «tu gato», claro. La tuya es
«mi Shirley».
Mamá me mira sin entender demasiado bien lo que ocurre, pero ni siquiera tengo tiempo de devolverle un gesto que la tranquilice, porque ahora que Silvia ha encontrado la voz no hay forma de contenerla. Es una voz llena de fango, ramas rotas y una especie de lava sucia e hirviente que huele a llaga abierta. En cuanto veo la mueca que le cambia la cara, me asalta desde el recuerdo la mirada preocupada de Yoli en su despacho y oigo de nuevo su advertencia —«Emoción bloqueada y ahora que energía fluye, puede explota fácil y salpica fuerte como bomba. Pum. Cuidados»—, pero la memoria de mamá no es la mía y su papel es otro.
—Pero bueno, cielo —dice, sorprendida—, ¿tú te ves? Tampoco es para...
—¿Y tú? —la interrumpe Silvia, tirando el cigarrillo al suelo y aplastándolo con el pie—. ¿Te ves, mamá? —Mamá se lleva la mano al cuello y traga saliva. Ahora entiende que la Silvia que tiene delante es la que no queríamos ver. Ahora entiende y quizá también recuerda—. Oh, sí, claro que te ves —continúa Silvia, empezando a rodear el coche por detrás para acercarse a ella—, porque no miras nada más. Amalia, eso es lo único que ves. Amalia y Shirley. De lo demás que se ocupen los otros, que para eso están, ¿no? Porque, claro, la pobre Amalia ha sufrido tanto en la vida...
Su vida ha sido tan terrible, que mejor que ahora sufran los demás. —Mamá mira totalmente confundida a su alrededor mientras Silvia da un par de pasos más y se detiene al lado de tía Inés antes de volver a la carga—. Y la pobre Amalia dice lo que le da la gana, hace lo que le da la gana y todo el mundo la aplaude porque claro, es tan buena y tan graciosa...
Emma deja las dos bolsas en el suelo y me mira, sin saber qué hacer.
—Vale ya, Silvia —dice, mientras se da tiempo a pensar. Pero no lo hay. No hay tiempo. Silvia no nos lo da.
—Pues deja que te diga una cosa, mamá —ladra ahora, sin tan siquiera mirar a Emma—: eres graciosa y buena para quien no te vive, porque desde dentro las cosas no son así. Una madre graciosa y buena no aparece en la boda de su hija con chándal y un plumífero sucio, ni suelta el montón de sandeces que has soltado en el registro con ese discurso de adolescente chalada, ni monta el numerito del ramo. ¿Y sabes por qué? Porque una madre tiene que tener respeto y tú no lo tienes. No te lo tienes. Te da igual lo tuyo y crees que a los demás nos da igual lo nuestro. Te das igual, mamá, porque no te ves desde aquí. Desde aquí... —Se para, coge aire y con los ojos como dos ascuas, dice—: Eres ridícula y das vergüenza. Me das vergüenza.
Es un chasquido, un pequeño chorro de aire comprimido que se corta en seco y se esparce como las minúsculas gotas de saliva de un estornudo en vapor. Y es un segundo que no cuenta, porque lo que cuenta es lo que no es. Son los ojos cerrados de Silvia mientras se lleva la mano a la cara y se encoge, protegiéndose, porque durante un instante lo único que entiende es que hay dolor físico y que le arde la mejilla y porque en cuanto procesa que lo que le arde es la señal de los dedos de tía Inés en la piel no sabe si va a llegar una segunda bofetada o si el dolor termina ahí.
Y es tía Inés a su lado, todavía con la mano en alto y la mandíbula apretada, respirando como un animal.
—De tu madre di lo que te dé la gana, niña —dice con una voz cerrada y rasposa—. De mi amiga, ni se te ocurra, porque como esta te doy una docena más si hace falta.
Silvia sigue con la mano en la mejilla, incrédula todavía, igual de tensa y de rabiosa, aunque momentáneamente desmembrada, y tía Inés, que ve que su momento es ahora, no duda en aprovecharlo.
—¿Y tú? ¿Te ves? —dice, todavía con la mano en alto—. Yo creo que sí, que te ves como te vemos desde fuera, y que esa es precisamente tu desgracia. —Silvia aprieta los dientes, pero sigue inmóvil, y a mi derecha mamá se apoya en el coche, relajando los hombros y pasándose la mano por la frente—. Te ves porque eres demasiado lista y no te queda más remedio.
Silvia la mira con los ojos como dos piedras, la mirada opaca, la piel también.
—Mírate bien, niña —sigue tía Inés con un tono igual de firme pero ahora más suave, la mano ya contra el costado—, mira lo que has hecho contigo y después habla de tu madre si te quedan arrestos. —Silvia se contrae un poco más, pero durante una fracción de segundo algo en su mirada parece distinto. Hay una luz distinta que no dura—. Desde que volví no hago más que ver a una Silvia que no se parece en nada a la que dejé —
prosigue tía Inés—. Eres tu versión más pobre, más nada. Te pasas el día tirando tabiques y haciendo agujeros en esa casa vacía como una tumba sin parar de quejarte porque aquí, en lo que no eres tú y tus paredes, todo está siempre mal, o todo podría ser mejor, que en el fondo es lo mismo, aunque peor. Quién eres tú para dar lecciones de respeto y de vergüenza. Y menos a tu madre. Vergüenza debería darte a ti hablarle así a tus mayores, vergüenza tener la casa llena de obreros desde hace casi un año para llenarla de algo de vida, aunque sea esa, porque otra no hay. Pones parches que no sirven de nada a esa pobre casa en vez de atreverte a decirte lo que eres. Y lo que eres es rabia, rabia porque si aquí hay alguien que no se respeta, eres tú. No respetas a la Silvia que yo conocía, no respetas lo que era, lo que soñaba, no respetas nada porque no tienes nada. Y porque ni un gato se suplanta con un césped nuevo, ni un hombre con una mentira. Te diré una cosa que espero que no olvides nunca: John no te quiere. Seguramente no te ha querido nunca, pero eso es lo de menos. Lo que importa es que tú lo has sabido desde el principio y has jugado a la mentira, creyendo que la verdad, si no se dice, no existe. Pues la que hoy tiene malas noticias soy yo: la verdad existe, se diga o no, duela o no, avergüence o no. Y si te da vergüenza decir que John no te quiere, más vergüenza debería darte tenernos aquí fingiendo que no lo sabemos desde hace tanto tiempo, porque esto cansa, querer a un mentiroso cansa mucho, niña. Respeto el que no nos tienes tú a nosotros por creernos idiotas, y el que no te tienes a ti por tratarte así de mal y por equivocarte en lo más simple siendo tan lista para todo lo demás.
Silvia sigue encogida sobre sí misma, pero ahora escucha como si la voz de tía Inés no fuera solo una voz que dice cosas, sino que escucha algo que se ve y que por un momento yo también veo. Es como si el tiempo no hubiera pasado y fuéramos pequeños otra vez y las cosas estuvieran aún por hacer: tía Inés soltando bofetadas y radiando sus verdades mientras al fondo
los hombres preparan la barbacoa y los niños esperamos a que ella termine de gritar para volver a jugar. Es ese lapso de espera que ya conocemos porque hemos crecido con él y cuando lo vivimos hacía bien. Como si lo que fuimos fuera ahora y todo pudiera ser mejor porque no ha ocurrido todavía.
—La verdad, la fea —vuelve tía Inés, esta vez con un tono en el que no hay ya sombra de nada salvo de cariño y una pena inmensa y controlada
—, es que eres tú la que no quiere a John. Esa es la que duele. Y la que avergüenza. Tu John sobra y lo sabes tan bien como yo, pero si quieres que siga estando, sé valiente, y no nos hagas pagar a nosotros por tu mentira.
Muchas mujeres prefieren la soledad a la mala compañía. Otras no, otras prefieren lo malo conocido. Y luego están las que quedan, que cuentan menos pero pesan más: son las que eligen la no compañía. Esas, las de la no compañía, son las que creen haber elegido la mala compañía y en realidad ni eso hay, porque lo que tienen al lado ni siquiera acompaña mal, solo ocupa, y aun así optan por quedarse, echando mano de mil y una excusas que en el fondo se reducen a una sola: esperan que la vida las vea y se lleve de pronto a quien tienen al lado, que pase algo que las libere de tener que oírse decir: «No te quiero».
Ahora Silvia respira mal, más rápido, como si no le bastara el aire o como si llorara por dentro. En seco.
—¿Sabes lo que les pasa a esas mujeres si no dejan de mentirse a tiempo, cariño? —pregunta tía Inés. Habla cansada, con poca voz—. Esto.
Esto es lo que les pasa —dice, señalándose con el dedo y esbozando una sonrisa tan triste que tengo que apartar la vista porque duele verla—. Se convierten en viejas solas como yo. Con suerte, viudas. Si no hay suerte, maldiciéndose hasta morir porque no han tenido vida. Tú sufres como he sufrido yo y lo han hecho muchas otras, Silvia. Sufres porque no quieres al hombre con el que estás y te sientes tan culpable que le agradeces que no te quiera para que la culpa sea menos. Pero eso es una vida de mierda, hija, porque es mentira. Te lo digo yo.
Silvia ya no está encogida. Los demás sí. A medida que tía Inés ha llegado al final de su propia voz, Silvia ha ido respirando mejor, como si con sus palabras tía Inés le hubiera ido arrancando, uno a uno, quistes de la
garganta, ayudándola a tragar más aire. Pero con el aire ha llegado también el agua, y desde hace unos minutos llora en silencio, sin darse cuenta, mezclando mocos y sal sin apartar los ojos de tía Inés, como si esperara más, pidiendo más verdades, más ruido o más alivio. Que no pare.
—La mentira es el infierno, hija —termina por fin tía Inés—. Créeme.
Silvia baja la cabeza y suelta un sollozo. A mi lado, mamá carraspea y parpadea, pero no se mueve. Nadie se mueve. Solo las nubes sobre nosotros, unas nubes blancas y gruesas que el sol parece iluminar desde dentro. El resto es aire.
Hasta que, pasados unos segundos de un silencio que no podríamos abarcar, Silvia sorbe un par de veces, se pasa la manga de la chaqueta por la cara y mira a mamá.
—Lo siento mucho —dice con una voz llena de arena—. De verdad.
—Vuelve a sorber y suelta un pequeño sollozo—. No quería decir eso.
A mi lado, mamá sonríe y asiente lentamente un par de veces.
—Ya lo sé, cielo —dice—. Ya lo sé.
Silvia niega despacio con la cabeza y vuelve a bajar la vista.
—No, mamá, no lo sabes —dice. Vuelve a sorber y, como si hablara consigo misma, añade—: Es que a veces es todo tan difícil...
Mamá baja la vista y enseguida vuelve a levantarla.
—No, hija. Es culpa mía —se disculpa—. No sé por qué he dicho eso de tu padre. Soy una tonta. —Y, antes de que Silvia pueda volver a intervenir, añade, un poco como si pensara en voz alta—: Debe de haber sido por lo del tanatorio.
La última frase de mamá queda suspendida en el aire como las nubes que ahora cruzan el sol y oscurecen la escena desde arriba, apagándonos parte de la luz. Hay un ladrido a lo lejos que suena a Rulfo y hay también cinco miradas que se buscan, sorteando a mamá. «No puede ser», pienso.
Pero no pienso más, porque mientras llega un escalofrío que me sube por la espalda hasta el cuello, tía Inés clava la mirada en mamá y dice lo que cualquiera de los cinco podría haber dicho:
—¿El... tanatorio?
Mamá la mira y por un segundo parece sorprendida, pero enseguida ve que en los ojos de los demás la luz es la misma que la que la enfoca desde los de tía Inés. La sorpresa se cubre de confusión.
—¿El tanatorio? —dice, como si hubiera oído la palabra por primera vez—. ¿Qué tanatorio?
Tía Inés inclina un poco la cabeza a un lado.
—Acabas de decir «debe de haber sido por lo del tanatorio», Amalia.
Supongo que será por algo.
—¿Yo? ¿El tanatorio? —replica mamá con cara de no entender. A su izquierda, Emma me mira y, detrás de ella, Magalí se lleva a Shirley contra el cuello y le da un beso en la cabeza. Alarma. La mirada de Emma está llena de alarma porque lo que ha oído es un destello de lo que vivimos la noche de urgencias, ese delirio que llegaba así y se expresaba así. El escalofrío me llega a la cabeza y siento las rodillas blandas—. No me acuerdo —dice por fin mamá.
Emma carraspea y tía Inés tuerce el gesto.
—Amalia, te acuerdas perfectamente —replica con su peor voz de maestra irritada—. A mí no me vengas con esas.
Mamá inspira hondo.
—Ay, Inés. No sé —dice con esa cara de no enterarse que conocemos bien—. Ahora no caigo. A lo mejor quería decir otra cosa. El locutorio, el colutorio... el... humm... ¿lavatorio?
Tía Inés aprieta los dientes y Emma suelta un suspiro de alivio que no disimula. El escalofrío desaparece. No es delirio. Mamá no delira, simplemente miente y ahora intenta confundirnos con una de esas tretas de niña que nunca le funcionan. Pero es tarde y se ha dado cuenta.
—¡Amalia! —ladra tía Inés.
Silencio. Emma y yo volvemos a mirarnos y mamá, no sé por qué motivo, retrocede un poco, como si tampoco ella estuviera muy cómoda o prefiriera no tener que oír lo que va a llegar. Silvia la mira con cara de no estar entendiendo qué ocurre y tía Inés espera, inmóvil.
Hasta que mamá por fin vuelve a hablar.
Entonces la sorpresa es nuestra.
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