Agnes

Javier Peña · Capítulo 9 de 22

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Agnes

Extracto del diario de Agnes Romaní

Extracto del diario de Agnes

 

Romaní

Santiago de Compostela, diciembre de 2019

 

Escucho caer la moneda del móvil mientras me enjabono el pelo en la ducha. Le he vuelto a preguntar la edad a Luis Foret: si Asia aceptó acostarse con él, quizá tenga menos años de lo que yo imaginaba. Me sorprende de nuevo que decidiese omitir el sexo en la novela sobre Asia, que queda reducida de ese modo a un alegato contra el suicidio, hermoso pero algo moralizante. Me sorprende sobre todo después del sexo tan explícito que aparece en su primera novela, Una chica de principios. La obra posterior de Foret, salvo fragmentos concretos, es mucho menos explícita; parece que hubiera ahí una ruptura cuyo motivo desconozco.

Tras la primera moneda, cae una segunda. Mi vida se ha convertido en un gotear de monedas. Como un pozo de los deseos, estoy llena de dinero que nadie puede usar.

«Lo que más me gusta de ti, Agnes, es que no tienes miedo a reconocer tu ignorancia», escribe él.

Lo que más me gusta de mí son los pechos y los ojos. Ahora que me veo desnuda ante el espejo no albergo dudas de qué es lo que más me gusta de mí. Incluso aunque una rajadura en el cristal me haga perder la simetría.

Me enrollo una toalla en la cabeza. La humedad de la mano complica el tecleo. No sé qué hacer con mi pelo. Tengo las planchas de alisar estropeadas, se cortocircuitaron después de que las dejase toda una noche encendidas.

«Estoy saliendo de la ducha —le respondo—, no puedo hablar demasiado. A usted le encanta darme lecciones, no quiero robarle ese placer. Dígame qué es lo que ignoro».

He llegado a un acuerdo con Luis Foret: escribiré su biografía, los dos la firmaremos, en la portada mi nombre aparecerá con el mismo tamaño que el suyo, pero todo tiene un precio. Un precio en monedas tintineantes que empiezan a sacarme de quicio con demasiada frecuencia.

«Ignoras demasiadas cosas como para enumerarlas todas juntas. Y permíteme que te diga que estás obsesionada con la edad. Habrá que pedirle a tu biógrafo, si es que alguna vez lo tienes, que indague en las razones de esa obsesión».

Me recojo el pelo en una coleta y bebo un sorbo de Glenfiddich. He traído el vaso al cuarto de baño para celebrar que vuelvo a tener agua caliente. La caldera funciona rematadamente mal; o tal vez no sea la caldera, sino el regulador de la bombona de butano, esa capucha metálica que nunca parece encajar del todo; o el tubo naranja, tan gastado como el intestino delgado de un mochilero de vida disoluta: cualquier día reventará y el apartamento saltará por los aires o me asfixiaré mientras duermo. La cuestión es que, hasta que eso suceda, los días con agua caliente son dignos de celebración.

Después de un trago, me enjuago la boca con colutorio.

Hoy necesito beber porque me he apuntado a clases de tango, martes y jueves de ocho a diez de la noche. Si no lo hago, me dará demasiada vergüenza bailar ante esa gente insólita, como el hombre con brackets y voz de pito que quiere acostarse conmigo. No es que me lo haya dicho, pero es obvio y, aunque no me gusta, es probable que acabe haciéndolo; no sé por qué hago eso, por qué practico sexo con hombres que no me gustan simplemente por su insistencia, para quitármelos de encima. Eso es: los dejo ponerse encima para quitármelos de encima. A los hombres eso no les pasa, no; a los hombres les vale cualquiera, hasta las niñas con cicatrices y colorete.

«Verás, te contaré una pequeña historia —escribe él⁠—. Hace no demasiado, en una estancia en el extranjero, mi móvil se cayó en una pecera. Quizá te cuente en otro momento cómo llegó mi teléfono a una pecera. Lo cierto es que necesitaba un nuevo aparato y me dirigí a una de esas tiendas tecnológicas sobrias, espaciosas, donde todo es madera lacada y al llegar al mostrador no sabes muy bien si pedir un smartphone o un frappuccino.

»Era martes por la mañana y el establecimiento estaba vacío. Salvo por un anciano al que atendía con paciencia un dependiente con agujeros del acné. Yo aguardaba mi turno detrás de una línea amarilla en el suelo que decía espere aquí su turno. No tengo buen oído, pero veía al anciano preguntar y al empleado gesticular. Observé que le explicaba el funcionamiento del mismo modelo de smartphone que yo había acudido a comprar. Las consultas se prolongaban y mi impaciencia comenzó a crecer; a los diez minutos estaba hecho una furia. Por qué ese estúpido anciano, cuyos propósitos en la vida ya se habían esfumado, me robaba un tiempo tan esencial para mí.

»Va a ser mejor que se compre un teléfono de disco, así podrá meter el dedo y entretenerse, dije en voz lo suficientemente alta como para que me oyera. El dependiente frunció el ceño y sus marcas de acné se expandieron como un sobre al abrirse. Si el viejo me oyó, no lo pareció. Era un hombre delgado excepto por una barriga de la edad, que parecía colgar de unos tirantes imaginarios; tenía el pelo gris ensortijado y los dientes sólidos como tipos móviles de imprenta. Al pasar por mi lado me sonrió, rondaría los ochenta años. Que tenga un buen día, dijo amable. Me pareció uno de esos ancianos que aparentan un constante estado de felicidad.

»Esa noche me di cuenta de que no sabía conectar mi nuevo móvil a internet. Lo maldije; amenacé con arrojarlo a la pecera para que descansara en el fondo junto al otro —⁠los peces habían empezado a aparecer uno a uno flotando boca arriba⁠—. Y luego me acordé de lo que le había dicho al hombre: cómprese un teléfono de disco. Me pareció irónico. Me consoló pensar que el anciano tampoco sabría conectar su teléfono a internet. Puede que ni siquiera supiera que existía internet».

«¿Por qué los peces? ¿A qué vienen los peces?», le pregunto a Luis Foret.

«Los peces dan igual, Agnes, el caso es que a la mañana siguiente volví a la tienda. Un solo cliente. El mismo anciano se acercaba al mostrador y saludaba con la mano al dependiente con cicatrices de acné. ¡Maldita sea! Normalmente los viejos se entretienen viendo obras o en el médico, este iba a una tienda de tecnología. ¿O sería que, como yo, no se aclaraba con el teléfono recién comprado? ¿No era capaz de llamar a su hija la rolliza? La culpa, en todo caso, era suya por desoír mi consejo del día anterior: ¡teléfono de disco! Un impulso se apoderó de mí. Eché a correr deslizándome por el suelo de cemento y adelanté al anciano antes de que le diera tiempo de bajar la mano con la que había efectuado el saludo.

»Le expliqué mi problema al dependiente, visiblemente incómodo por mi maniobra. El chico cogió el teléfono, empezó a tocar teclas y avanzar por menús incomprensibles, pero no conseguía arreglarlo. Yo me irritaba más y más: ¿sabes lo que cuesta este móvil? Discúlpeme, dijo el viejo. Señor, lo siento, pero he llegado antes que usted y tengo algo de prisa, le corté enfadado. Oh, puedo esperar, respondió. Pues entonces espere, ¿ve dónde pone “Espere aquí su turno”? Pues significa exactamente eso: que espere ahí su turno, le dije. ¿Qué ocurre, Leonard?, me interrumpió el dependiente. Así que Leonard. Hasta el nombre se sabía. Supuse que era el chiflado residente de la tienda. No he podido evitar oír vuestra conversación, dijo. Resultaba que el anciano tenía mejor oído que yo. Creo que sé cuál es el problema del móvil, añadió, y luego enumeró una serie de comandos que a mí me sonaban a chino: configuración DNS, IP estática, puerta de enlace, máscara de subred. Terminó diciendo: con eso debería funcionar.

»En ese momento su smartphone, idéntico al mío, empezó a vibrar. Discúlpenme un momento, dijo. Y se marchó a hablar a la puerta. El dependiente sonrió sin dejar de teclear las indicaciones del anciano. Es una suerte que a Leonard le guste tanto venir hasta aquí, nos soluciona más problemas que un técnico, dijo. ¿Ese señor?, pregunté buscando una palabra neutra. Ese señor. Ahí donde lo ve, a finales de los sesenta inventó la conmutación de paquetes. Ese hombrecillo es uno de los padres de internet. Quién lo diría, ¿verdad? Me entregó el móvil: listo, dijo, ahora va como un tiro».

«¿Pero por qué los peces? ¿A qué vienen los peces?».

«Agnes, ¿qué te pasa con los peces? Esta es una historia de apariencias, de vejez, como las que a ti te gustan. Los peces son accesorios. Borra los peces. ¿Estás bien?».

No, no estoy bien. Estoy desubicada. Acabo de estar con la cabeza bajo una pecera. Literalmente. Nada más que eso. De ahí mi sorpresa con los peces de la historia de Luis Foret.

«¿Con la cabeza debajo de una pecera? Agnes, ¿has estado bebiendo?», escribe Luis Foret cuando se lo cuento.

Había bebido solo un vaso antes de salir de casa. Y el de ahora en la ducha. Y una copa de champán en casa de Jonás, el chico de Deportes.

«Cuéntame cómo es posible que acabases literalmente con la cabeza bajo una pecera».

No una pecera, un acuario. Eso me había dicho él. Le molestaba que le llamase pecera.

Teníamos pendiente una cita, no una cita como en las películas, una cita de vernos y ya está, no tenía por qué pasar nada. Tampoco es que nuestra relación, si podía llamarse relación, fuese algo consolidado, y cada vez que quedásemos yo acabase boca arriba. Desde que aquel novio medio gilipollas al que no le gustaba que bebiera me dejó, procuro no consolidar nada, vivo según el proverbio chino que dice que lo que no construyes no se derrumba. Esto es así: vivo según proverbios chinos de mi propia invención. El caso es que Jonás, el chico de Deportes, me cita en una dirección que desconozco. Quiere enseñarme algo, dice. La lluvia salpica el empedrado, pero no me puedo permitir gastos de gasolina ni de taxis ni de aparcamiento. Las varillas del paraguas se doblan a medio camino y tengo que tirar el esqueleto en una papelera.

Jonás me espera en un callejón en cuesta por el que el agua se escurre a toda velocidad. Me saluda con dos besos y me invita a entrar en un portal agitando un llavero en forma de ballena con espiráculo y chorro de vapor. La llave más gruesa abre la puerta de un loft desangelado, cajas de cartón por todas partes y una cama ancha al fondo flanqueada por dos cajoneras de madera oscura. Lo más raro del apartamento es que las dos cajoneras están unidas por un enorme acuario de unos dos metros de largo y uno de alto que forma un arco sobre la almohada dejando el espacio suficiente para meter la cabeza. De hecho, una puede hasta tener una pesadilla e incorporarse sin romper el cristal de un cabezazo y despertar entre una lluvia de peces. En la pared opuesta, sobre un espejo historiado, letras con remate forman un enunciado en una lámina. Dice así:

Estás atravesando la era de los peces

Le pregunto qué significa. Jonás me explica que es un fragmento de un poema que le gusta. No sabía que le gustara la poesía. ¿Un poema?, pregunto. Sí, un poema de Sylvia Plath, dice. ¿Sylvia Plath?, pregunto. Sí, Sylvia Plath, ¿por qué?, dice. No, nada, nada, respondo.

En conjunto, la vivienda resulta poco acogedora: cajas rebosantes, armarios vacíos, enchufes sin atornillar, cables pelados colgando del techo. Solo la cama, con sábanas y edredón, da sensación de habitabilidad. Y los peces, claro, los peces, acomodados, instalados, navegando aburridos por su acuario. Se diría que son los inquilinos del loft. Se diría que pagan el alquiler, que cada mes realizan una transferencia bancaria a la cuenta del casero.

Me dice que disculpe el olor a pintura. Me molesta que Jonás olvide siempre que no tengo olfato. ¿Te gusta?, pregunta luego con aire de satisfacción.

¿El qué?, pregunto yo.

¿Qué va a ser?, pregunta él.

¿Los peces?, pregunto yo.

Todo, dice él.

Antes de que tenga tiempo de responderle me pasa la mano por el hombro. ¡Pero estás empapada! Quítate esa ropa, dice. ¿Y qué me pongo?, digo. Ya te abrigo yo, dice. Y me desnuda y se echa encima de mí y me tumba en la cama boca arriba y mi ropa no es impermeable y mi piel está mojada y me siento un pez, nada más que otro pez de la colección de Jonás.

«¿Y entonces?», escribe Luis Foret.

Entonces estoy tumbada boca arriba y veo sobre mi frente el arco que forma el acuario y cuento los peces mientras él se afana en su labor. Me sucede a menudo, no es que no me guste el sexo, que sí me gusta, pero a veces prefiero concentrarme en lo que veo en la pared, en los techos. Recuerdo con un punto de melancolía el techo del antiguo apartamento de Jonás con sus manchas de humedad, cambiantes a cada ocasión, formando perfiles de animales y objetos como cuando miras los cúmulos en el cielo; o el de mi apartamento, que conozco de memoria, un papel pintado de rayas rojas y blancas, como un vestuario de playa, que se empieza a despegar en una esquina; o el de casa de mis padres, las estrellas fluorescentes, la luna y el sol que miraba mientras descubría cómo iba cambiando mi cuerpo cuando era una adolescente: Agnes, este es tu cuerpo, cuerpo, esta es tu Agnes, encantada, encantado.

Pero allí no hay más que peces.

Cuento un pez naranja claro con membranas circulares a cada lado de los ojos que da la impresión de estar mascando chicle; cuento otro naranja oscuro con aletas como abanicos y una crin flamígera en el lomo; cuento dos que siempre nadan juntos, amarillos, con cabeza de alienígena y una marca roja en el costado como un ideograma chino, algún proverbio que deberé seguir; cuento uno plano como si una apisonadora le hubiese pasado por encima, azul claro, labios apretados como los de una actriz que se pincha mierda para hacerlos más gruesos, me mira, me dice debería ser yo quien estuviera en la cama, le contesto que le cambio el sitio cuando quiera.

¿Te gusta?, pregunta Jonás con aire de satisfacción.

¿El qué?, pregunto yo.

¿Qué va a ser?, pregunta él.

Y se echa a reír.

«¿Los peces?», pregunta Luis Foret.

Supongo que habla de todo un poco. Pero no me gusta, no me gusta nada, ni los peces, ni el acuario, ni el loft, ni siquiera eso otro. Y menos después de que me diga que se ha mudado definitivamente, que les han subido el sueldo en la revista ahora que son uno menos, que en dos días tiene que devolver las llaves del antiguo apartamento, el de las manchas de humedad con formas cambiantes. De la parte superior de la caja más cercana a la cama saca una botella de champán y dos copas y me pide que brinde con él por su nuevo hogar.

Yo estoy tapada con una sábana, más por frío que por pudor, aunque admito que me turba que los peces me vean desnuda. Me pongo a discutir. No se debe discutir tapada con una sábana: es poco serio. Es difícil que a una la escuchen tapada con una sábana y menos aún que le hagan caso. Le digo que me parece muy bien brindar por lo que él quiera, pero que, por si no se acuerda, yo estoy sin trabajo y no tengo demasiados motivos para brindis, que esa botella de champán equivale a dos semanas de comida congelada y que él todavía no ha dicho ni una palabra al respecto, que pensaba que nuestra cita sería para hablar de eso y no para acabar convirtiéndome en otro pez de su pecera.

Acuario, dice él.

Acuario, digo yo, qué más da.

No da igual, dice irritado, es lo que te pasa siempre, que crees que todo da igual, que crees que puedes decidir por mí el motivo de nuestra cita, que crees que el hecho de que yo me cambie de apartamento es menos importante que lo que quiera que sea que te ocurra a ti, que crees que puedes discutir con tu jefe y quedarte tan tranquila. Perdona, le digo, pero yo no discutí con mi jefe, fue él quien discutió conmigo, que es distinto. ¿Tú oíste las cosas que le dijiste?, me responde, eso no son cosas que se le digan a un jefe, una cosa es lo que digamos de él bebiendo en un bar y otra lo que le digamos a la cara, cómo puede ser que te cueste distinguir eso. Tú qué sabrás lo que le dije, le digo, estabas muy ocupado acompañando a Ana la paliducha a vomitar, ¿tiene esto algo que ver con ella?, le pregunto. ¿A qué te refieres con «esto», Agnes?, por Dios, acabamos de hacer el amor, eres la primera persona a la que le enseño mi nuevo apartamento, ¿qué es exactamente para ti «esto»?, ¿y por qué iba nada a tener que ver con ella?, ¿qué estupidez es esa?, ¿ahora vas a tener un ataque de celos?, dice Jonás. ¿La acompañaste a casa antes a ella o a mí?, pregunto. ¿Acompañarte a casa?, ¿qué estás diciendo?, yo no te acompañé a casa, ¿no te acuerdas de eso?, tú bailabas sola junto a la pecera del restaurante, dice él.

Acuario, digo.

Pecera, dice, aquello era una pecera, Agnes, por Dios, no todo es como tú quieres que sea.

Te metí en el coche a rastras, añade, ibas farfullando no sé qué sobre frailes, cocineros y el señor Spock, te dije que sí, que lo que tú quisieras, pero que iba a llevarte a casa; te dormiste en el coche al poco de arrancar, no abriste la boca hasta llegar a Santiago y cuando lo hiciste fue para soltar un chorro de vómito que llegó al parabrisas; yo paré el coche para limpiarlo, estaba muy cabreado contigo pero tú ibas a lo tuyo; me dijiste: ¿ese es el karaoke? Yo te dije que no estaba de humor para karaokes y te largaste, me dejaste con la palabra en la boca y el vómito en el parabrisas; al día siguiente te escribí un wasap que no respondiste y no supe más de ti hasta que nos comunicaron que te habían despedido.

Y que os habían subido el sueldo, le digo, dilo todo: que os habíais repartido mi sueldo.

¿Y qué querías que hiciéramos, Agnes? Yo te cuidé todo lo que pude, traté de llevarte a casa sana y salva, dice.

Después de que ya me hubieran despedido, digo.

Eso yo no lo sabía, ¿qué podía haber hecho? Te cuidé cuando estabas mal, dice.

Entonces me enfurezco. Pues podías haberme cuidado antes, digo, ¿qué amigo deja que su compañera discuta con su jefe, escucha subir el tono de la conversación y no se acerca a apaciguarla, a llevársela de allí, a decirle, yo qué sé, eh, Agnes, esta es tu canción, báilala conmigo, o Agnes, vamos a hacernos una foto, o cualquier otra cosa? Pero, claro, es mejor tener mi sueldo y gastarse mi dinero en un apartamento con pecera.

Acuario, dice.

Lo que sea, digo.

¿Y qué dices de tu dinero?, dice, ese dinero es mío: ¿quién te crees que eres para decidir que mi aumento vale menos que tu trabajo?

En resumen, sigo sin saber cómo llegué a casa aquella noche pero en mi cabeza da vueltas un plan orquestado: era fácil, solo había que llenarme la copa de aquel tinto ácido y esperar a que explotara, que discutiera con el editor por cualquier tontería, Jonás acompañaría al baño a Ana, la paliducha de la sección de Política, que fingiría tener náuseas, los otros se harían los suecos, puede que hasta el editor estuviera conchabado. Me siento atracada, robada, de la forma más impune posible. ¿Imagina una manera más impune?

Otra moneda en el pozo de los deseos.

«Me parece, Agnes, que estás sobreactuando. Tú misma me dijiste que la paliducha había vomitado de verdad. ¿Y qué interés tendría tu jefe en participar en esa pantomima cuando podría despedirte y punto? Y si tu jefe no estaba implicado, ¿cómo iban a saber tus compañeros que luego repartiría tu sueldo? Sigue buscando quién te llevó a casa ese día y no le des más vueltas».

«Para usted es fácil, no le han robado impunemente como a mí».

«Verás —escribe él—, te contaré una pequeña historia. Recuerdas a la protagonista de La chica de la bata amarilla, ¿verdad? Antes de casarme con Kathy andaba muy justo de dinero, mi beca en la universidad me daba para una habitación, gastos de agua y luz, comida precocinada como la que comes tú, y poco más. Tuve que compartir piso con la chica que más tarde se convertiría en la protagonista de mi tercera novela. Era una joven ingeniera de gran talento y a mí me volvía loco, aunque ya entonces sabía que algo en ella no marchaba como debía. Puesto que has leído el libro, me ahorraré entrar en los detalles de su adicción a las drogas. Diré solo que si no querías consumir te despreciaba, te relegaba por otros amigos. Para ser digno de ella, probé todo tipo de sustancias. Para mí aquello no era más que un pasatiempo, una forma de estar juntos y poco más. Después de que ella desapareciera de mi vida, solo he fumado hierba en ocasiones puntuales. En general, lo he hecho para parecer interesante a otras personas.

»Yo me drogaba para hacerme interesante, ella para tener interés en algo; una existencia sin drogas le parecía insustancial, una sucesión de días idénticos, así que hizo de su vida una sucesión de cuelgues idénticos. Claro está, como sabes por la novela, eso acabó por traerle otros problemas: llegaba tarde al trabajo, no aparecía o iba colocada, y terminó despedida. Al mismo tiempo empezó a acumular deudas con camellos que a veces yo le ayudaba a pagar con dificultades. Lo que nunca he contado es cómo dejamos de ser compañeros de piso. En realidad, dejamos de ser cualquier cosa en plural, aparte de vulgares delincuentes.

»Era un día de verano, yo sabía que ella no estaba en casa y escuchaba música desnudo en mi habitación cuando oí un portazo, unos pasos apresurados, unos sollozos. Entreabrí la puerta para comprobar si era ella y vi su cara ensangrentada, dos gotas escarlata descendían de su nariz, el ojo izquierdo lo tenía morado, el pómulo derecho, enrojecido. Un botón de la camisa blanca había saltado y el sujetador de encaje color visón quedaba a la vista. Le pregunté qué había pasado y se lo tomó como una invitación a entrar. Empujó la puerta y se echó a llorar en mi hombro sin percatarse de mi desnudez. Le pregunté si estaba colocada. Me dijo que no, me contó que se había topado con un par de camellos a los que les debía medio millón de pesetas. ¿Cómo es posible que les debas medio millón de pesetas?, le dije, pero obvió mi pregunta. Me contó que la habían obligado a acompañarlos a un garaje, la manosearon primero, zarandearon después y finalmente la golpearon. Le dijeron que si no les pagaba en una semana harían que les chupase la polla y, como querían que se lo hiciera a los dos a la vez, tendrían que rajarle una nueva boca en la mejilla. Continuó llorando, yo notaba como el caudal de lágrimas se deslizaba por mi espalda haciéndome cosquillas y me llegaba hasta las nalgas. Tienes que ayudarme, me dijo. ¿Pero qué podía hacer yo? Ni en mis mejores sueños era capaz de juntar medio millón de pesetas y nunca me he metido en peleas, no sé dar un puñetazo, no aguantaría un asalto contra los camellos, que tendrían navajas, cuchillos, tal vez armas de fuego. Puedes robar el dinero conmigo, dijo mi amiga limpiándose los mocos con el dorso de la mano. ¿Qué? Robarlo, repitió.

»Cuando trabajaba de ingeniera, antes de que me despidieran, me dijo, tenía que conseguir que un funcionario me firmase las obras. En todas partes es igual, si quieres un contrato hay que comprar a un funcionario. A veces son maletines en gasolineras, otras veces es un ordenador para sus hijos. A veces lo llevas a un palco en el fútbol, otras lo llevas de putas. Suelen preferir a los hombres para las putas, pero este funcionario en cuestión se sentía cómodo conmigo. Cuando aparcábamos en la puerta del prostíbulo me decía que no teníamos por qué entrar, que me prefería a mí que a cualquier prostituta, que firmaría una licencia por más dinero si me dejaba. Nunca lo hice aunque reconozco que me desnudé para él. Pero jamás me dejaría tocar por ese tipo: cincuentón, gordo, mal teñido, espuma blanca adherida al labio inferior. Y lo peor no es el físico: es cómo habla, cómo se ríe de la gente honrada, los llama los tontos buenecitos, los idiotas moralistas, presume de lo que ha ganado con la corrupción, cincuenta millones de pesetas en negro. Cincuenta millones en billetes azules de diez mil. Los guarda en el garaje.

»Apoyó las palmas de las manos en mi pecho y me preguntó: ¿me sigues? Yo le respondí: ¿adónde? Idiota, dijo con su voz grave. I-DI-O-TA.

»Hasta entonces ella no había reparado en mi desnudez, no había advertido mi erección. Cuando la vio se echó a reír y por un instante fue extraño ver aquella cara magullada con tal expresión de felicidad.

»Estaba perdido, estaba claro que la seguiría a cualquier parte, aunque la voz de Nico me advirtiera cantando Femme Fatale desde la minicadena barata de doble pletina.

»Nos vestimos de chándal oscuro. ¿Por qué el chándal?, pregunté. Es más cómodo si hay que saltar o correr, me dijo. ¿No decías que era tan fácil? No respondió, nunca daba continuidad a una discusión. Me dijo que no era más que un garaje que daba a la calle. Necesitaríamos una palanca de metal y un poco de fuerza.

»La vivienda estaba en una carretera secundaria a unos cincuenta metros de la general y una sola farola mortecina alumbraba la entrada. Aparcamos frente a un pequeño supermercado de la vía principal y esperamos a que llegase la madrugada. Le pregunté si el supermercado no tendría cámaras de seguridad. Me dijo que daba igual, que no iba a haber denuncia. Dormimos un poco: estaba tan guapa dormida… Pensé que lo justo sería pedirle que se desnudase para mí, ya que yo la iba a ayudar, pero éramos amigos, amigos de verdad. Eso me decía a mí mismo mientras me podía el sueño.

»Me despertó a las tres y media. Vamos, es la hora. Antes de salir del coche se metió una raya de coca sobre el salpicadero. ¿Eso era necesario?, le dije. Vamos, repitió. Anduvimos unos pasos abrazados como dos amantes, era parte de su plan, luego en la carretera secundaria avanzamos a tientas. Fue imposible hacerlo de otra forma después de que se enfundara una media en la cabeza y me tendiera otra a mí. Estás de coña, le dije. Nadie nos va a ver, no pasa nadie por aquí, me respondió. ¿Entonces para qué coño nos tenemos que poner una media? Por si hay cámaras en su casa, me dijo. ¿En qué quedamos, no decías que no iba a haber denuncia? Y no la habrá, pero no quiero que sepa quién le robó, me dijo.

»Abrir la persiana del garaje fue pan comido. Lo único de lo que debíamos preocuparnos era de no hacer demasiado ruido. Si nos cogían en el acto tendríamos un problema. Después de haber robado el dinero, en cambio, seríamos libres, libres por completo. Era perfecto. Estábamos robando un dinero que no existía. Es lo que tiene el dinero negro, que no lo puedes reclamar.

»Mi amiga llevaba una gruesa linterna de mano; el foco apuntó directamente al estante del garaje del que sobresalía una caja de cartón con una gran B escrita con rotulador. Será gilipollas, balbuceó a través de la media. Dentro de la caja había un maletín negro de piel cerrado con llave. No tenemos la llave, le dije levantándome la media a la altura de la nariz para hablar. No pasa nada, rajaremos el maletín, contestó a través del nailon, y bájate eso, coño. ¿Y si ese no es el maletín? Es este, créeme, me dijo.

»Cerramos la persiana y nos echamos a correr, tiró la media en mitad de la calle. Qué haces, le dije. Ya está hecho, respondió eufórica.

»Mientras ella conducía hasta casa, yo intentaba abrir el maletín. Déjalo, me dijo, con una navaja será sencillo. Antes de que me diera cuenta estábamos aparcados frente al piso compartido. Me bajé de un salto, estaba deseando acostarme y dormir; ella agarró con fuerza el maletín, tenía la mirada perdida. Qué haces, le dije. Quiero pagar la deuda antes de nada, respondió, ve a casa y descansa. Pero el maletín está cerrado, le dije. No te preocupes por eso, confía en mí: te dije que no hay nada más fácil que robar un dinero que no existe. Y arrancó el coche».

«Y no volvió a ver a su amiga».

«En quince años».

«¡Vaya! ¿Por eso dice que no le gusta inmiscuirse en los dramas ajenos?».

«Nunca me había detenido a pensarlo así. ¿De dónde has sacado esa frase?».

«Usted mismo la escribió en su historia sobre el suicidio: “Nunca he sido muy amigo de inmiscuirme en los dramas ajenos si no voy a sacar nada en limpio”».

«Si no voy a sacar nada en limpio…».

«No es muy heroico que digamos».

«¿Quién quiere ser un héroe? Los seres humanos no tenemos por qué ser héroes, solo seres humanos».

«¿Y qué pasó cuando se reencontró con su amiga quince años después?».

«No vayas tan deprisa, quedan aún demasiados cabos sueltos por el medio».

«¿A qué se refiere?».

«A cómo me convertí en Luis Foret, por ejemplo».

«Tiene razón. Hay una cosa que aún no he entendido: ¿cómo acabaron los relatos que grababa para Shahriar convirtiéndose en novelas publicadas?».

«Por amor al arte. Acabaron publicados por amor al arte».