Agnes

Javier Peña · Capítulo 12 de 22

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5 El relato de Nata

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El relato de Nata

Marrakech (Marruecos), octubre de 2012

 

Afirma Foret que el quinto relato de su biografía sucede pocas semanas después de la muerte de La chica del tiempo. Afirma que comienza en una terraza de un riad marroquí con un padre, una hija y una tortuga.

La niña se había obcecado con el dichoso animal desde que llegaron a Marrakech. La ciudad no le importaba lo más mínimo: los olores intensos, los colores suaves, los ropajes extraños. Solo quería volver al hotel y subir a saltos los escalones de la terraza para darle un trozo de lechuga a Vainilla.

—Papá, me gustaría que fueras como Vainilla.

—¿Quieres que sea como una tortuga?

Vainilla avanzaba con lentitud exasperante hacia el cuadradito de verdura que la niña acercaba al suelo con el brazo extendido. La tortuga sabía que la comida sería suya en cualquier caso. O tal vez no le resultaba muy apetecible. O puede que no fuera capaz de moverse de otra forma.

—No es una tortuga cualquiera, es Vainilla.

Canturreaba «Vainilla». Enunciaba la frase con normalidad, pero cuando llegaba al nombre sonaba «Vái-ní-llá», un acento en cada sílaba.

—Vai-ni-lla —repitió.

Afirma Foret que al principio pensó que le daría miedo. Las tortugas son animales de aspecto temible, como dinosaurios resabiados. Esta tenía un tamaño considerable; cuando metía la cabeza y las patas en el caparazón parecía un balón de fútbol deshinchado.

—¿No tienes miedo de que te muerda?

Sus ojitos caídos le miraron con incredulidad. Tenía la cara redonda y la nariz demasiado grande. Era robusta y no muy alta; pesaba diez kilos más que las niñas de su edad. Lo más hermoso en ella era su voz, rasgada, casi afónica. Anne Marie quería llevarla al otorrino, pero a él le encantaba su voz y bajo ningún concepto quería que cambiase.

—¡Papá, es Vai-ni-lla!

Le daba igual llevar solo dos días en Marrakech, para ella la tortuga era de la familia. A juzgar por las horas que se habían pasado en la terraza, tranquilamente podría serlo. Lo que asustaba al hombre que sería Luis Foret era pensar en el día de la despedida, cuando la niña se diera cuenta de que Vainilla tenía que desaparecer de su vida. Sería lo más parecido a la muerte que iba a experimentar a sus seis años. Un aprendizaje tan útil como doloroso. Salvo que, egoístamente, no le apetecía estar delante en ese momento. Solo de pensarlo, afirma, le entraban ganas de echar a correr.

—¿Por qué se llama Vainilla?

El sol calentaba con fuerza aquel octubre. El hombre que sería Luis Foret trataba de evitar la terraza del riad en las horas centrales del día. Prefería descansar con la niña en la pequeña piscina interior, una alberca diminuta en la que bebía limonada mientras Nata chapoteaba preguntando cuándo podía subir a ver a Vainilla.

—Se llama Vainilla porque es el nombre que le pusieron Paul y Thérèse.

Paul y Thérèse eran los dueños del riad.

—A mí también me gustaría llamarme Vainilla. ¿Por qué no me pusisteis Vainilla, papá?

—Porque ya se llama así la tortuga. No podéis llamaros igual. Hagamos una cosa: a partir de ahora te llamaré Nata. ¿Te parece, Nata?

—¡Sííí! Vainilla y Nata, las tortugas. —Agitó las manos y dio un tirón que arrancó la lechuga de la boca de Vainilla. Al reptil no pareció importarle.

—Dime una cosa, Nata, ¿por qué quieres que me parezca a Vainilla?

—Porque así, aunque un día te marches de casa, te moverás tan despacito que siempre podré ir a tu lado.

—Yo no me voy a ir de casa, tontita. —Le alborotó un poco con la mano el pelo brillante.

—No me llames tontita.

—He dicho Natita, tontita.

Pero ella no le creyó.

 

Es probable que la idea de que la fuese a abandonar le viniera a Nata de un viejo cuento que él le contó un día antes de dormirse. El cuento del buhonero indio que encuentra a una recién nacida en un pantano; las moscas la rodean; los elefantes la salpican al revolcarse en el lodo; en el cielo planea un ave carroñera. El buhonero recoge a la niña, que llora de hambre, pero no tiene leche para ella; apenas tiene comida para llevarse a la boca. Así que decide recorrer casa a casa las calles de Benarés ofreciéndoles a las familias sin hijos que se queden con la niña, pidiéndoles al menos un poco de leche; todo lo que recibe son portazos e insultos. Esa noche el buhonero roba una pequeña barca azul, deja en ella al bebé y la empuja al interior del Ganges.

—¿Y qué pasó? —pregunta Nata antes de quedarse dormida.

—¿Cómo?

—Que qué pasó después, papá.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—El cuento acaba así.

—¡Invéntate algo, papá! Todos los cuentos tienen fin.

—No, Nata, las mejores historias no tienen fin.

Nata se queda unos minutos absorta, en silencio total. Luego su respiración comienza a hacerse más pesada hasta que los ojos se le cierran como la hoja que se desprende de una rama en otoño.

A Nata no debió importarle demasiado que la historia no tuviera fin, afirma Foret, porque al día siguiente le pidió que se la volviera a contar. Y también al siguiente. Y al siguiente.

La cuarta noche los acompañó su madre, a la que apenas veían a causa de su horario laboral, y, aunque ella guardó silencio mientras el hombre que sería Luis Foret narraba la historia, pudo leer la desaprobación en su cara, tan distinta a la de Nata. Todos se preguntaban a quién se parecía esa niña.

Cuando Nata se durmió y cerraron con cuidado la puerta de su habitación, Anne Marie le reprendió en un susurro:

—¿Pero qué cosas le cuentas a la niña? ¿Estás tonto?

—Ella sabrá darle la lectura correcta, es una niña especial.

—Tiene seis años, no hay por qué torturarla con cuentos tristes. Desde que volviste de Los Ángeles te comportas raro. Lo mejor será que te reincorpores cuanto antes a la universidad, no te sienta bien estar todo el día sin hacer nada.

—Sí, lo importante es que los dos trabajemos y no nos veamos.

Ella hizo como si no lo oyera.

—Y la niña no es especial —respondió—, es una niña normal, bastante alegre, y no creo que esté interesada en lo difícil que es nacer en la India. Eres un padre de familia con un empleo fijo y una vida sin sobresaltos. Es lo único que deseo para nosotros y para la niña. Asúmelo y serás feliz.

Igual se creía que no había oído eso antes.

Afirma Foret que quince días después de aquella discusión viajaron los tres a Marrakech. Anne Marie tenía que cerrar allí un negocio para la empresa de confección en la que trabajaba y él no debía reincorporarse a la universidad hasta noviembre. Nata tendría que saltarse unos días de colegio, pero los dos pensaron que conocer África sería una experiencia más provechosa que rellenar estúpidas fichas en la escuela. Resultó que de toda África ella solo quería conocer a una tortuga. La madre estaba encantada al ver que la niña se comportaba exactamente como se esperaba de una niña.

En ocasiones, cuando se olvidaba de Vainilla y nadie los veía, Nata le pedía al oído al hombre que sería Luis Foret que le contara la historia del buhonero. Ya no le preguntaba qué pasaba después. Había aceptado que no había final.

Como mucho decía:

—Papá, tú no me vas a abandonar, ¿verdad?

—No, tontita.

—No me llames tontita.

Y se abrazaban.

El hombre que sería Luis Foret no sabe definir lo que sentía con esos abrazos; de principio a fin los unía una relación excepcional; no se puede decir que fuera placer ni alegría lo que sentía, es incapaz de encontrar la palabra. Lo que no dejaba de pensar es que ella le necesitaba más de lo que le quería. Era la recién nacida del pantano que precisaba que le suministrasen leche en polvo. Eso no significaba que quisiera a su cuidador, afirma, en realidad ignoraba lo que es el amor. O tal vez eso sea en realidad el amor y quien lo ignora es el hombre que sería Luis Foret.

 

A la mañana siguiente le dijo a Nata que la llevaría a unos bonitos jardines de colores. No sabía qué le ocurría pero había estado llorando toda la mañana. Ni el desayuno en la terraza, con crepes saladas, zumo de naranja, miel y Vainilla, la había apaciguado. No quería hablarlo con él: lloraba en silenciosa afonía.

—Cuando te pones así no te aguanto —le dijo él⁠—. Pobre del que se case contigo.

—Yo no me voy a casar —respondió Nata con cara de enfado.

—Claro que no te vas a casar porque no te va a querer nadie, llorica.

—A ti tampoco te quiere nadie.

—Qué insoportable eres, joder.

Nata se llevó la mano a la boca cuando él dijo «joder». Paul, el dueño del hotel, le pasó un agua a la crepera, la guardó en un armarito y se sentó junto a ellos.

El riad que regentaban Paul y su mujer, Thérèse, constaba de cuatro habitaciones distribuidas en dos plantas y la terraza donde desayunaban, que servía de aposento a Vainilla. En la planta baja, en la que vivían los dueños, se oía constantemente un chorro artificial derramarse en la alberca. Era imposible no encontrarse a todas horas con Paul y Thérèse. Al hombre que sería Luis Foret, que detesta la cordialidad fingida de ese tipo de situaciones, le molestaba tener que compartir tiempo con ellos. Pero era parecido en cualquier riad. Con el bum turístico estaban reformándolos todos y siempre pertenecían a europeos. Los marroquíes eran demasiado pobres para adquirir uno o demasiado ricos para interesarse por un negocio a tan baja escala. Paul y Thérèse habían llegado de visita desde Le Mans y ya no habían querido regresar a los cielos plomizos del norte de Francia; preferían la canícula plomiza del sur de Marruecos.

—No le diga eso a la niña —le recriminó Paul con su fuerte acento francés⁠—. Es una pequeña encantadora. —⁠Sonrió a los ojos de la niña, tan verdes como negros eran los de su madre.

Afirma Foret que le irritó la actitud paternalista de Paul: era consciente de que no debía hablar así a una niña de seis años, no necesitaba que nadie se lo reprochara. Que Paul preparase crepes y exprimiera zumo para ellos no le otorgaba el derecho a inmiscuirse en su vida.

—Para usted es fácil decirlo, no tiene hijos — ⁠le dijo chasqueando los dedos.

—Usted no sabe si eso fue porque no pude tenerlos. Quizá se esté metiendo donde no lo llaman —⁠respondió Paul.

¡Así que era él quien se metía donde no lo llamaban!

—Pues si la quiere se la regalo ahora mismo. Se la cambio por un camello, joder.

Nata ni siquiera se llevó la mano a la boca esta vez cuando dijo «joder». Le miraba como si fuera un borracho que entra montando jaleo en un bar.

—Le estoy diciendo que no hable así. Aquí no.

Se retaron con la mirada. Paul era calvo y la forma de su cabeza era como la de una tortuga. El hombre que sería Luis Foret le había dicho a Nata que tal vez Paul fuera el padre de Vainilla, que se fijase en su cabeza. Nata se había reído mucho. Aunque rondaba los cincuenta, Paul era un hombre fuerte. Vestía bañador y chanclas, silbaba canciones francesas y gritaba «oh la la». A Nata se le daba muy bien imitarlo; era una buena imitadora. Afirma Foret que se le pasó por la cabeza que si aquel francés le golpeaba delante de la niña sería el momento más humillante de su vida.

El hombre que sería Luis Foret se levantó de la mesa y se asomó malhumorado al extremo de la terraza. Contempló la ciudad, el caos de antenas parabólicas, el enjambre de edificios ocres. Los niños gritaban sin cesar, a veces gritaban toda la noche, más alto que el muecín llamando a la oración: «Allahu Akbar! Allahu Akbar!». Las motocicletas destartaladas petardeaban constantemente. Un perro lastimoso arrastraba con dificultad sus dos patas traseras. Odiaba esa ciudad tanto como odiaba su vida. Odiaba su olor a azafrán, afirma, a té a la menta, a pastelitos de hojaldre sobre los que revoloteaban las avispas.

Nata se reía ahora con fuerza. Paul había puesto a Vainilla sobre la mesa y conseguía que la tortuga levantara sus patas delanteras de forma alterna.

—Tú crees que es una tortuga, pero en realidad es un perrito.

—Oh la la! —gritó Nata.

 

De camino a Majorelle estaba de mejor humor. La vida resultaba más sencilla cuando Nata estaba de buen humor.

Era una gran caminante, podían estar horas y horas andando y no se quejaba. Y era espabilada: por mucho que su madre dijera mil veces que no, aquella niña era especial.

Por el laberinto de la Medina de Marrakech Nata se movía mejor que él:

—Por ahí —decía la niña— se va a la plaza grande.

—Djemaa-el-Fna —le corregía él.

—Es un nombre muy difícil.

—Trata de aprendértelo.

—Por ahí —continuaba sin hacerle caso— se va a la plaza pequeña.

—La de las especias.

—La de los cestos y los camellos de madera.

—La de las especias.

—¿Qué son «especias»?

—Hierbas que huelen.

—¿Como la coliflor?

Le hizo reír.

—No, tontita, que huelen bien.

—No me llames tontita.

En Majorelle contrataron a una guía que les enseñó los jardines. La niña parecía encantada entre los cactus, las palmeras y la cerámica de colores.

—¡Qué bien se lo pasaría aquí Vainilla! —dijo.

—¿Tú crees que Vainilla se lo pasa bien?

—¿Cuándo?

—En general.

—Sí.

—¿De verdad? ¿Tú la ves feliz?

—¿Tú te lo pasas mejor que Vainilla?

A menudo los razonamientos de Nata lo hacían enmudecer. Carecía de respuestas a muchas de sus preguntas. Afirma Foret que en esos casos lo que hacía era desviar su atención. Pensaba que llenándole la cabeza de información no tendría tiempo de volver a ponerse triste, así que le enseñó la galería en la que se exhibían los collages que Yves Saint Laurent les regalaba a sus amigos por Navidad.

—¿Quién era ese señor? —preguntó Nata.

—Un hombre que hacía ropa. Vivió aquí con su novio.

—¿Vivía con otro chico?

—Así es.

—¿Como Bob Esponja?

El hombre que sería Luis Foret se rio.

—Bueno, Bob Esponja vive con un caracol, no creo que sea lo mismo —⁠dijo.

—¿Y ese señor hacía ropa como mamá?

—Eso es, cariño, como mamá —le contestó pasándole la mano por el pelo.

A la salida, Nata se puso a jugar con una carterita que él le había comprado el día anterior en el zoco, un pequeño rectángulo hecho de rombos morados. El mercader barbudo que se la vendió repetía con voz de gárgaras que la habían bordado auténticas bereberes. Eres duro regateando, le dijo al hombre que sería Luis Foret, ¿de verdad no eres bereber? Nata se reía mucho. Luego de camino a casa lo imitó con su voz afónica: tú me engañas, amigo, tu nombre, Mohamed, y tu preciosa hija, Fátima. Era realmente buena imitando.

El hombre que sería Luis Foret le dijo al vendedor que era consciente de que pagaba tres veces lo que costaba la cartera, que no le importaba, solo quería que supiera que lo sabía. El barbudo se hizo el ofendido: ¡oh, amigo, eso no es verdad, amigo! Si bajo más el precio, yo pierdo dinero, también tengo familia yo, hijas como Fátima, si encuentras una cartera más barata, yo te devuelvo los dírhams, amigo. En el siguiente puesto había una cartera idéntica a mitad de precio. Cuando se lo dijo, el hombre se ofendió aún más: ¡no, amigo!, no es lo mismo, nada que ver, esas son mierda, esta es bereber, le dura a Fátima toda la vida.

No le duró toda la vida, ni siquiera un día, pero las bordadoras bereberes no tuvieron nada que ver con eso.

Afirma Foret que estaba demasiado entretenido despidiéndose de la guía, una joven con la piel del color de los cacahuetes, los ojos pintados con kohl y un caftán morado como la cartera bereber. Estaba tan entretenido que no se percató de que dos niños y una niña se acercaban a Nata.

Tenían el pelo muy corto y los dientes muy grandes, tanto que no les cabían en la boca; en eso, afirma, se parecían a la madre de Nata más que Nata. El mayor de los tres no pasaba de los diez años, llevaba llena de chorretones negros una camiseta que le quedaba grande. Su maniobra era tan impecable que supuso que la efectuaban varias veces al día. La niña y el niño más pequeño le cortaron la vía de escape a Nata rodeándola de modo que el hombre que sería Luis Foret y la muchacha del kohl no pudieran verla. El de la camiseta con chorretones pegó un tirón a la carterita y un empujón a Nata para sacársela de encima. La niña acabó en el suelo; antes de que se echara a llorar, los tres ladrones habían huido a la carrera bordeando el lado más estrecho de la muralla de Majorelle. En un abrir y cerrar de ojos se habían dispersado por las callejuelas hacia el norte. Afirma Foret que le maravilló su capacidad para escabullirse corriendo de los problemas.

—’awqafa alliss! —gritó la guía en árabe⁠—. Au voleur! —⁠añadió luego en francés.

El hombre que sería Luis Foret recogió del suelo a Nata, que lloriqueaba sin consuelo. Vestía unos pantalones cortos y la caída le había producido un rasponazo en el muslo del que asomaban dos gotas de sangre.

—’awqafa alliss —seguía chillando la guía aunque los transeúntes se preocuparan más bien poco por su demanda de auxilio.

El hombre que sería Luis Foret agarró suavemente del brazo a la joven marroquí y sintió su piel bajo el caftán:

—Déjelos —le dijo—, no se han llevado nada. La cartera y un billete de cien dírhams que le di ayer a la niña. Piense que eso igual les da a los tres para comer una semana.

Ella se desembarazó incómoda de su mano:

—¡Oh, no! No es así, no pueden comer de robar. Que trabajen.

—¡Por Dios, son niños! —dijo él abandonando el tono de complicidad.

—¿Ah sí? ¿Y quién cree que bordó la cartera de su hija? ¡Niños también! Dicen que les enseñan sus oficios en las vacaciones escolares, pero la realidad es que esos niños se dejan ahí los ojos. ¿Y sabe qué? Ganan mucho menos dinero que esos ladrones. Tienen que recibir un castigo ejemplar.

—Que castiguen a esos tres no va a hacer que los otros dejen de trabajar. No es culpa de los niños.

—No, claro que no —dijo la guía entornando la raya de kohl de sus ojos⁠—. En Marruecos están prohibidos los embarazos fuera del matrimonio. ¿Sabe qué significa eso? Que veinticinco recién nacidos son abandonados cada día.

Nata no dijo nada durante toda la conversación. Se pasaba la mano por la piel levantada e hipaba tratando de contener las lágrimas.

A la vuelta se negó a caminar: quería coger un taxi e ir a ver a Vainilla y él le cumplió el capricho. Abandonaron el barrio de Gueliz y regresaron a la Medina en una cafetera amarilla a la que le faltaban las ventanillas traseras. Los muelles sobresalían de los asientos, la puerta no cerraba y todo estaba remendado con esparadrapo aquí y allá. Cuando pagó al taxista le dijo a Nata:

—Esto sí que ha sido un robo y no el de los niños.

Pero a Nata no le hizo gracia. Empezó a llorar y ya no paró. Lloraba desconsolada cuando entraron en el riad. La piel levantada del muslo comenzaba a entumecerse. Paul asomó su cabeza de tortuga y puso cara de malas pulgas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Nada, que Nata se ha caído.

—¿Estás bien, Nata?

Paul se dirigió a la niña como si no hubiese nadie más presente. Afirma Foret que tuvo que contenerse. Nata no abrió la boca.

—¿Estás bien? —le repitió el francés—. ¿Quieres ir con Vainilla?

La niña no respondió y se abrazó a la pierna de su padre. Sin mediar otra palabra, Paul entró en su vivienda de la planta baja. Ellos subieron despacito las escaleras hasta la terraza. Afirma Foret que se le ocurrió que no era descartable que en ese mismo instante Paul estuviera llamando a la policía para denunciarlo por maltrato; se le ocurrió que sería irónico acabar en una cárcel marroquí por culpa de una estúpida cartera bereber, de unos ojos pintados con kohl, de una desavenencia con el padre de una tortuga, de un par de «joder» en la terraza; un buen colofón al itinerario lunático que había emprendido su vida.

Buscaron a Vainilla, pero no la encontraron. Nata se dejó caer sobre una butaca de mimbre. Se hizo daño en la herida al sentarse. Lloró de nuevo.

—Nata —le dijo—, no quiero que estés triste ni un minuto más por esa cartera. Mañana voy a ir contigo al zoco y te compraré dos iguales y otras dos de colores diferentes. Meteremos cien dírhams en cada una de ellas para que puedas comprarte lo que quieras, ¿vale? No puedes estar triste por cosas materiales.

—No lo entiendes —dijo ella mirándolo fijamente, muy enfadada.

Por vez primera vio a la madre en sus ojos.

Vio a una adulta hablando en el cuerpo de una niña de seis años.

—¿El qué?

—Nunca entiendes nada.

Vio a Asia, la chica impávida. Quizás era cierto que no entendía. Que nunca había entendido nada.

—¿De qué hablas?

—No me importa la cartera, odio la cartera.

—¿Qué te ocurre entonces?

—Que sé que me vas a abandonar y que acabaré como uno de esos niños.

Antes de terminar la frase se le quebró la voz y apoyó la cabeza en el pecho de su padre. Encontró un hueco que él ni siquiera sabía que existía, como si en vez de esternón tuviera un agujero con la forma de la cabecita de Nata.

—Yo no te voy a abandonar, tontita.

—No me llames tontita.

—He dicho Natita, tontita.

Pero ella no le creyó.

 

Esa noche, cuando Nata se durmió en la cama supletoria, a tres o cuatro metros de ellos, Anne Marie le preguntó qué le ocurría a la niña. La encontraba cambiada. Afirma Foret que le asombró que le consultase eso a él. Como si ella fuera la extraña, la tía lejana que dice de la sobrina: pero mírala, qué mayor está, qué cambiada. Como si el hecho de estar ocupada con la compraventa de telas que niños marroquís manufacturan en fábricas inmundas la eximiese de preocuparse por su propia hija. Como si hubiese renunciado al amor de todos los niños del mundo.

—No le pasa nada. Unos niños le robaron la cartera que le regalé y se asustó.

—¿Seguro que eso es todo?

—Seguro —mintió.

—No será que le has contado otro de tus cuentos traumáticos. —⁠Enseñó una sonrisa de dientes excesivos.

—Hoy no ha querido que le contase ningún cuento.

—¿Qué le habrías contado si no? ¿El amante de Lady Chatterley?

Anne Marie se acercó al hombre que sería Luis Foret; él sintió el contacto de sus pechos contra el esternón, allí mismo donde había estado la cabeza de Nata; no llevaba sujetador, tenía los pezones tiesos.

Odiaba, afirma, que su mujer tratase de seducirlo.

—¿Quieres contarme esos cuentos a mí? —dijo ella con un ronroneo.

Afirma que se besaron y luego ella hizo un gesto de incomodidad hacia el camastro plegable donde la niña dormía dándoles la espalda. Una pequeña bombilla envuelta en una tulipa roja iluminaba tenuemente la habitación. A Nata le daba miedo la oscuridad y siempre dejaban un poco de luz.

Él se encogió de hombros.

—No nos verá —dijo a continuación.

Ella volvió a besarle.

—La verdad es que me vendría bien un polvo, trabajar con los marroquís es tan estresante.

Así que estaban ya en esa altura en la que el sexo les venía bien.

—Pero quiero que hagas una cosa por mí —dijo él.

—Dime —susurró ella, casi en un jadeo—. Me das miedo.

—Ponte en los ojos el kohl que te compré.

Pensó que se negaría, que se enfadaría, pero ella se echó a reír rechinando sus largas paletas.

Realmente le venía bien el polvo.

Con mucho cuidado se levantó y pintó torpemente de negro el contorno de sus ojos negros. Estaba hermosa pese a los trazos erráticos y la semioscuridad. Dejó caer el camisón al suelo y se metió en bragas bajo las sábanas.

Él se colocó encima de ella.

—Ahora di «’awqafa alliss!» —⁠le dijo.

—¿«’awqafa alliss»? ¿Eso qué es?

—Al ladrón.

—¿Al ladrón? ¡Estás fatal!

Ahogó la risa con la mano en la boca. El mismo gesto que hacía Nata cuando él decía alguna palabra malsonante. Era en lo poco en que se parecía a su hija.

La niña comenzó a sollozar; los miraba fijamente. Anne Marie le indicó que se acercara a consolarla. Él le dio a entender que prefería que fuera ella, pero Anne se pasó rápidamente su mano huesuda por el cuerpo haciéndole notar que estaba casi desnuda. Él puso los ojos en blanco, se levantó y abrazó a Nata hasta que se quedó dormida. Ninguno de los dos dijo ni media palabra.

—No puedo hacerlo —dijo luego Anne Marie—. Lo siento, no con Nata aquí.

Él volvió a encogerse de hombros y dio la espalda a su mujer para dormir.

 

Observaba fijamente la nuca de la niña.

—Nata es un canario —dijo al cabo de un rato.

—¿Qué?

—Que Nata quería que yo fuese una tortuga, pero es ella la que es un canario.

—Dices cosas muy raras desde que volviste de Los Ángeles —⁠dijo Anne Marie⁠—. Algún día me contarás qué es lo que ocurrió allí.

—No quiero hablar de eso, ya lo sabes.

Ella se enfadó.

—Pues no hables. Arréglalo todo callando como siempre.

—¡Un canario! —Se rio.

—Cállate y duerme.

—Es para echarse a correr…

—Gilipollas.

Afirma que llevó a Nata a Essaouira, un trayecto de tres horas en autobús. Vieron juntos cabras encaramadas a lo más alto de los árboles de argán. Vieron a turistas con sobrepeso montados en camellos en una playa sacudida por el viento. Vieron a un hombre arrugadísimo que dormía a plena luz del día arrebujado en un bote de remos en la calle principal. Vieron a adolescentes escuálidos tirarse al agua haciendo saltos mortales entre el humo de lenguados a la parrilla. Pero nada hizo que Nata recuperase la luz en su mirada. Había una Nata anterior a Majorelle y otra posterior. Algo había cambiado en ella.

No pasa nada, llega un momento en el que todos cambiamos. Aunque no suela sucedernos a los seis años.

Cuando se movía ya no daba brincos: le recordaba al perro que vio desde la terraza del riad, el que arrastraba las dos patas de atrás. Parecía que una motocicleta destartalada la hubiese atropellado.

Pero no era nada de eso. No era más que un canario. Había detectado el escape. Pronto alguien gritaría: ¡grisú! Y habría que echar a correr.

 

El grito llegó antes incluso de lo que él había imaginado. Cuando entraron en casa, a la vuelta de Marruecos, el sobre acolchado de Shahriar aguardaba en el buzón. El sobre acolchado que llevaba quince meses esperando y que nunca habría querido recibir. Un ejemplar de Zorba el griego. Una nota manuscrita a tientas. «No espero nada. No temo nada. Soy libre». La chica que solo quería ver el mundo, la supersticiosa de cejas frondosas, se despedía de él. Era la tercera persona que fallecía en apenas cuatro meses, la más importante. Las lágrimas caían de los ojos del hombre que sería Luis Foret, los últimos ojos que había visto Shahriar.

Nata no le preguntaba por qué lloraba, como haría cualquier otro niño, como habría hecho antes de la metamorfosis, antes de convertirse en canario, solo lloraba en una esquina por verlo llorar.

Los canarios detectan las desgracias en las minas antes que los seres humanos. Cuando hay un escape de grisú son los primeros en caer desmayados y advierten, sin desearlo, de que hay que poner tierra de por medio. Cuando el minero se echa a correr, seguro que no se acuerda de llevar consigo la jaula.

Afirma Foret que eso fue lo que él hizo al día siguiente. Se calzó las botas, se enfundó una camiseta transpirable, eligió un pantalón de deporte, llenó una mochila con dos mudas y dos libros… y se echó a correr.

No es una metáfora: literalmente se echó a correr.

Nata esperaba a que la fuera a buscar en la puerta del colegio. Ella lo que quería era que su padre fuese una tortuga, así podría alcanzarlo.

Mientras avanzaba al trote y se aproximaba a una depuradora de aguas residuales, señal de que la ciudad ya había quedado atrás, mientras los perros ladraban con rabia tras los muros de las fincas, con ganas de hincarle el diente como aquel perro de presa había hecho con Asia, mientras el sol descendía y lo obligaba a decidir dónde pasar la noche, el hombre que sería Luis Foret imaginaba lo que le habría dicho esa tarde a Nata si ella se lo hubiese preguntado:

—Yo no te voy a abandonar, tontita.

—No me llames tontita.

—He dicho Natita, tontita.

Pero ella nunca le había creído.