Agnes
Extracto del diario de Agnes Romaní
Extracto del diario de Agnes
Romaní
Santiago de Compostela, marzo de 2020
Oh, joder. Joder, joder, joder, joder, joder, joder, joder, joder, joder. En qué coño me he metido. Creo que he descubierto algo y creo que no me gusta. No me gusta nada. Creo que esta biografía finalmente va a tener algo mío. Algo que no esté al dictado de Luis Foret. O comoquiera que se llame ese sujeto. Y digo sujeto porque me cuesta encontrar el insulto adecuado. Creo que voy a aportar algo a esta biografía y, la verdad, preferiría que esa aportación no se produjese. O fuera una aportación que no aportase nada. Confieso que tengo un poco de miedo y no suelo ser miedosa, no soy como el bombero del que me habló Luis Foret. El del nombre de pomada de almorranas. No soy como esos exagerados que han empezado a usar mascarilla por la calle. Lo que quiero ahora es beber y lo que quiero también es dejar de beber. Así de absurda eres, Agnes Romaní. La del nombre de mártir adolescente. Pero esas botellas de whisky. Mi hallazgo también guarda relación con las botellas. He descubierto algo. Creo. Y preferiría no haberlo hecho. Joder. Volvía a casa esta noche de clases de tango. Desde que le tiré una manzana a la cara, el hombre de los brackets no ha vuelto a aparecer por allí. Hoy le hubiese dejado acompañarme. Hoy hasta le hubiese dejado penetrarme con su flauta dulce. Sol, sol, fa, fa, mi. Así de incoherente eres, Agnes Romaní. Volvía a casa esta noche de clases de tango pero no era tango lo que había en mi cabeza. Era el capítulo más reciente de la biografía de Luis Foret, el capítulo del accidente de tráfico de Kathy, Anne y Nata. Joder. Hasta ahora las muertes ocurrían en el extranjero. Las últimas tres, no; las últimas tres sucedieron a sesenta kilómetros de Santiago. A sesenta kilómetros de mí. Joder, joder. Eso pensaba de vuelta de clases de tango. Joder si lo pensaba. Algo me decía que en ese capítulo, en el capítulo del accidente, había un cabo suelto. Un pequeño detalle que había pasado por alto. La historia parecía querer hablarme a mí. Me hablaba directamente a mí desde su trono de demiurgo. A mí, con mis manos de meñiques torcidos y la línea de la vida muy corta. ¿Pero qué podría querer decirme? Necesitaba un indicio más, una pista que no hubiera salido del ordenador de Luis Foret. Se me ocurrió buscar «Kathy Joyce» en el móvil. ¿Por qué de entre todos los nombres posibles le daría ese a su primera mujer? Sé que todos los pseudónimos que usa tienen su sentido, algunos evidentes, otros anecdóticos. Otros se me escapan. Suelo ir mirando el móvil cuando voy por la calle hasta que agoto los datos. Llevar la cabeza gacha me libra de malos encuentros. Hoy me gustaría encontrármelos a todos. Tecleé «Kathy Joyce». Como suponía, no llegué a ninguna parte. Perfiles de Facebook, una actriz desconocida, una fotógrafa americana de granjas. Nada. Tecleé «Anne Marie Pascal». Sin mucha esperanza. Pensaba: desiste, no encontrarás nada. Eso pensaba de vuelta de clases de tango. Lo primero que vi fue una fotografía en blanco y negro. Lo primero que sentí, un pálpito, una intuición. Esos ojos tristes. Era una foto vieja, minúscula, apenas un cuadradito, unas decenas de kilobytes. Parecía hermosa; lucía sombrero y media melena que ocultaba la mitad de su cara; el rostro muy blanco, los labios apretados. Su mirada melancólica me apenó. En las fotos de época los retratados siempre están tristes, el tiempo de exposición era tan largo que posar ceñudo era más sencillo que risueño. A los modelos les faltaban dientes o los tenían podridos y preferían la boca apretada. Pero Anne parecía triste de verdad, como si esperase que le cayera encima una desgracia. Mi cara debió de ser comparable poco después. Si alguien me hubiese fotografiado cuando vi la leyenda que acompañaba la imagen, yo sería igual que Anne Marie Pascal. La de la foto, no la de las mamadas. «Víctimas de Henri Désiré Landru». Landru. El asesino de mujeres, de esposas, pobres diablas a las que engañaba, con las que se casaba, a las que robaba, a las que mataba. ¿Por qué Luis Foret habría nombrado a su segunda mujer como una de las víctimas de Landru? Mi corazón retumbaba como un martillo hidráulico. ¿Eran el nombre, la foto, solo una casualidad? ¿Solo otra más de la astronómica elipse de casualidades? Leí alguna de las entradas que encontré sobre Landru en internet. No una investigación exhaustiva, estaba tan sobreexcitada que me era imposible concentrarme: una lectura en diagonal. Mis ojos eran más certeros que yo. Mis ojos empezaron a ver entre los alias de Landru nombres que me sonaban: M. Dupont. Como la lápida en Suiza. M. Fremyet. Como el segundo destinatario de las cajas de whisky de malta que recibí en casa.
Louis Forest.
¡Louis Forest!
¡Era el nombre que Landru había utilizado para engañar y asesinar a Anne Marie Pascal! ¿Entonces el nombre no había surgido de una postal del Lewis and Clark National Forest que la inquilina anterior se había dejado en el cuarto de La chica del tiempo? ¿Era una variación de uno de los alias de Landru? Tan enfrascada estaba en mi investigación que tropecé con una farola y me di un buen golpe en la cabeza. Joder, joder. Una ráfaga muda de wasaps de mi madre acribilló mi móvil: «Agnes; contéstanos de una; puñetera; vez; parece que; estés; muerta». No fui consciente hasta llegar a casa de que me había salido un chichón en la frente, un pequeño bulto como una cereza. Pero no estaba para chichones. Me bebí de un trago medio vaso de Glenfiddich. Después, recostada en el sofá, me bebí a sorbos un vaso entero. ¿Qué significa todo esto? ¿Es solo un juego? ¿Una broma macabra? Bajé todas las persianas eléctricas a la vez. Hicieron el estruendo de un camión de la basura. Cerré la puerta con llave y la dejé en la cerradura. Pasé la cadena que nunca antes había usado. Empecé a escribir: «Oh, joder». Y luego: «Joder, joder, joder, joder, joder, joder, joder, joder, joder». No sé si el número de joderes coincide pero no estoy de humor para comprobarlo. Me tumbé sobre la cama con el vaso de whisky en la mano. Vi sobre la cómoda las enormes bragas de algodón de Urgulanila. Me entró un escalofrío como si ya estuviera de resaca. Me dije ya está bien, agarré las bragas y decidí que voy a ir a una comisaría de Policía. La más cercana está a siete minutos andando desde mi casa, hay que atravesar un callejón oscuro que cruza las últimas huertas cultivadas que subsisten en el centro de Santiago, a la sombra del Obradoiro. Tardaré un cuarto de hora porque prefiero transitar por caminos más iluminados. Tengo miedo y no soy de las miedosas como ese bombero. El del nombre de pomada de las almorranas. Porque al final la pregunta no es quién es Luis Foret. El del nombre de bosque de Montana. El del nombre de asesino de mujeres. Eso a estas alturas ya me da lo mismo. La pregunta ahora es qué coño quiere Luis Foret de mí. El hombre que anunció su muerte y su resurrección. El hombre que me dijo: «Antes de morir, me gustaría que escribieras mi historia».
O: me gustaría que escribieras mi historia antes de morir.
El destino, la semántica.
* Aquí termina la obra El hombre que sería Luis Foret, escrita por Agnes Romaní (con la colaboración de Luis Foret).