Agnes

Javier Peña · Capítulo 18 de 22

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8 El relato de Ilsa

8

El relato de Ilsa

Stavanger (Noruega), septiembre de 2015

 

Afirma Foret que su biografía estaría incompleta si no incluyera el octavo relato, que tiene menos que ver con el escritor que con el hombre. Con el destino, afirma, con la semántica. Eso dice Foret del día que se encontró a Ilsa en una montaña cuando ya era un fenómeno editorial, quince años después de que ella se despidiese de él agarrando un maletín lleno de dinero que acababan de robar.

—De todas las montañas de todas las ciudades del mundo tenías que venir a la mía. —⁠La voz grave de Ilsa cae sobre el hombre que ya es Luis Foret como un desprendimiento de piedras.

La pequeña figura enfundada en unas mallas negras y una sudadera de dos colores le tiende la mano amigablemente. El contraluz oculta su rostro, pero esa voz la reconocería años después de quedarse sordo.

Había imaginado que algún día se encontraría con ella, desde luego que lo había hecho. Afirma que imaginó el reencuentro en muchas circunstancias, en muchas situaciones, algunas de ellas no lo enorgullecen, pero nunca supuso que se produciría trepando por rocas del tamaño de balones medicinales.

—No me lo puedo creer —dice el hombre que ya es Luis Foret.

—Pues créetelo.

Cuando comparten verticalidad tiene la oportunidad de comprobar que la cara de Ilsa apenas ha cambiado en quince años. Una sonrisa aprieta la mandíbula granítica que él solía dibujar en forma de trapecio, lo cual provocaba su risa y que le diera un codazo y le dijera, oye, que yo no soy ningún trapecio. Los ojos son los mismos, uno más grande que otro, o más grande en ocasiones, cuando uno de los párpados se queda enganchado, como una persiana que se niega a subir. El labio superior tan fino que parece inexistente. La piel perfecta, impoluta, suave sin tocarla, solo unas arrugas en la comisura de los ojos que ya tenía a los veinte años. Ha cambiado el peinado, eso sí, ahora más oscuro, diría incluso más duro; el flequillo abierto en mitad de la frente.

—Llevo observándote cerca de dos kilómetros —⁠dice ella⁠—, tu manera de caminar, tu forma de toser, cómo te contraes cuanto toses. Solo he necesitado un segundo para darme cuenta de que eras tú.

En eso están igualados.

—¿Qué haces aquí? —dice él.

—No, no, no. —Juguetea ella con el índice en el aire⁠—: ¿Qué haces tú aquí? Yo vivo aquí.

—¿En el Preikestolen?

—No, idiota, en Stavanger.

Idiota. Ese es otro rasgo de familiaridad. Cuando vivía con ella le llamaba así continuamente. Lo pronunciaba con fuerza. Lo paladeaba: I-DI-O-TA. Devoraba el diptongo para dar énfasis al insulto que tampoco era tal. Era un apelativo cariñoso. Nunca llamaría idiota a un enemigo. Eso lo reserva para sus amigos.

Igual que sus traiciones.

 

Ilsa lleva tres años viviendo en Stavanger; antes estuvo en Oslo. Stavanger es una pequeña ciudad en la puerta de los fiordos del sur; la mayoría de sus habitantes se hicieron ricos en la década de los sesenta cuando se encontró petróleo en el mar del Norte. O eso le cuenta ella. Ilsa dice entenderse bien con los noruegos. Les sirve copas por las noches. Los martes, su día libre, asciende el Preikestolen con una pequeña tienda de campaña a cuestas y hace noche allí.

—No sabes lo que es ver amanecer desde la roca. Es increíble. Te reconcilia con el mundo.

¡Ah! Pero no es el mundo quien está en deuda con él.

El Preikestolen, la roca púlpito, es la gran atracción de Stavanger, aunque en realidad se encuentra a sesenta kilómetros de la ciudad. Un bloque de granito, como la mandíbula de Ilsa, un prisma cuadrangular casi perfecto, esculpido por el tiempo, suspendido sobre el fiordo de Lyse. Desde la cima hay seiscientos metros de caída vertical, hay que tener agallas para asomarse al borde.

Caminan en paralelo un centenar de metros como dos extranjeros que se acaban de conocer en el bus turístico.

Él le dice que no sabe si será capaz de llegar a la cima. Creía que la ascensión sería más sencilla.

—¡Pero si vienes en vaqueros! —dice ella—. Mira a tu alrededor, anda.

A su alrededor la gente sube con ligereza, sin esfuerzo aparente. Hay quien porta un bebé amarrado al estómago con correas. Él es incapaz de trepar sin restregarse contra las piedras, sin agrietarse las manos en los salientes; otros ascienden arrullando a un niño que duerme con placidez. Los perros escalan a toda velocidad y esperan a sus dueños jadeando impacientes.

Afirma Foret que solo los turistas evidencian tantas dificultades como él. Los hay de más de cincuenta años que ejecutan un tortuoso descenso de resbalones, un sobreesfuerzo en las articulaciones que les provocará más dolor mañana del que hoy imaginan. Pequeños asiáticos se ven superados por el tamaño de las rocas. Cuanto más disparan sus cámaras más les cuesta el camino: las fotos disimulan el cansancio. Los verdaderos senderistas no toman fotografías, ni siquiera portan cámara. Una navaja suiza, una linterna, seis latas de cerveza.

Ilsa le ofrece la mano cuando las piedras pican hacia arriba, él la agarra, es áspera y gruesa. Nunca se había parado a pensar que las manos de las mujeres de su vida no acostumbran a ser hermosas: huesudas, afirma, ásperas o venosas, y todas, imagina, con la línea de la vida más corta de lo normal.

La mayor parte de la gente con la que se cruzan acomete el descenso de la montaña.

—Pronto se hará de noche, los pocos que subimos ahora dormiremos en la cima —⁠le explica Ilsa⁠—. ¿Y tú? ¿Qué piensas hacer?

—No lo sé, no había previsto nada. Lo único que pensaba era que el ascenso sería más fácil.

Le dice que puede dormir con ella esa noche en la tienda de campaña.

Por los viejos tiempos, dice.

Qué valor.

Su tienda es individual, pero pueden apretujarse. Dibuja una mueca invisible con su labio inexistente.

—De acuerdo —dice él sin resuello—. Eso si llego vivo a la noche.

—Si te cuesta subir, imagínate bajar en completa oscuridad.

Asiente con el corazón acelerado, agarrado a la mano de Ilsa.

—Se puede decir que te he salvado la vida —⁠dice ella.

—Entonces estamos empatados.

Ilsa se gira hacia él con un gesto serio que al segundo convierte en una sonrisa. Redondea los labios cuatro veces sin hacer ruido. No hace falta el sonido. Sabe de sobra lo que le está diciendo.

I-DI-O-TA.

 

El trayecto cuenta con descansos en pasarelas de madera sobre charcas verdosas. Cerca de la cima, en falsas planicies, se abren pequeños arroyos donde refrescarse. Suda más por el esfuerzo que por el calor; el calor no aprieta en Noruega. Ilsa se olfatea la axila estirando el brazo y aproximando las aletas de la nariz como tantas veces la ha visto hacer. El hombre que sería Luis Foret adoraba el gesto cuando creía que ella lo hacía solo con él.

Por la confianza. Por el cariño. Idiota.

Un oscuro lienzo desciende sobre ellos a marchas forzadas.

—Aquí —dice Ilsa llegados a un punto.

—¿Aquí qué?

—Aquí montaremos la tienda de campaña.

—¿No vamos a llegar hoy al Púlpito?

—La roca está tras ese recodo, pero en el Preikestolen solo hay piedra y no podremos montar la tienda. Tiene que ser aquí. Aquí en la hierba podemos clavar las piquetas.

Él no oculta el gesto de fastidio; Ilsa le agarra del hombro.

—Me agradecerás toda la vida ver el amanecer desde allí.

—También me gustaría ver la puesta del sol.

Ella empieza a estirar la lona de la tienda sobre una pequeña extensión de hierba lisa como césped.

—Si vemos la puesta del sol allí, tendremos que montar la tienda de noche. ¿No lo has pensado? Aquí no hay luz artificial. Ayúdame, anda.

A Ilsa nunca le ha gustado que se alarguen las discusiones.

Afirma Foret que piensa en responderle que, ya que ella conoce tan bien la zona, monte sola la tienda, así él podrá ver la roca, pero decide dejarlo estar.

Los campistas clavan sus piquetas a golpe de bota de trekking creando una melodía de acero y tierra. El hombre que ya es Luis Foret cierra los ojos e imagina a viejos vikingos acampando hace siglos en ese mismo lugar.

—¿Qué mierda haces? ¿Te estás quedando dormido? —⁠dice Ilsa.

Los vikingos temen la ira de Odín, él teme la de Ilsa.

No son ni las diez de la noche cuando los dos se arrebujan en el saco de dormir. Ilsa ha sacado unas bolsas de patatas fritas, zumos en tetrabrik y unos emparedados de pollo y mayonesa que come llenándolo todo de migas.

—Van a venir las hormigas —dice él.

—Van a venir de todas formas —contesta ella ⁠—. ¿También te dan miedo las hormigas?

Aunque no es la primera vez que duermen juntos, nunca ha sucedido nada entre ellos. Pero las cosas han cambiado: no es el que era hace quince años. ¿Acaso alguien es el que era hace quince años? Ilsa ha sido una ayuda inestimable. Ilsa le dio un curso intensivo de madurez.

Cuando lo engatusó para que robase con ella cincuenta millones de pesetas y luego se esfumó de su vida.

Por ejemplo.

Hasta que se la encontró en el Preikestolen. O hasta que ella lo encontró a él.

—Espero que las hormigas no se esnifen tu cocaína —⁠dice él.

No parece que esto la ofenda.

—Ya no me meto.

—¿Ah, no?

—Han cambiado muchas cosas.

Eso mismo iba diciendo él.

Afirma Foret que aproxima entonces sus labios a los de Ilsa y se dan un beso. Sin abrir la boca. El labio superior de ella, el labio inexistente, le provoca un cosquilleo. Vuelve a repetirlo. La tercera vez es ella quien acerca los labios. Es agradablemente extraño. Dos adultos besuqueándose.

Puede que las cosas no hayan cambiado tanto. Puede que el hombre que ya es Luis Foret sea el perdedor de siempre. Hasta los perdedores tienen un golpe de suerte. Puede que, en el fondo, nunca haya sido el famoso escritor, sino el perdedor colgado de Ilsa que más tarde se colgó de Shahriar. Puede que ese sea el motivo por el que oculta su verdadero nombre. ¿Quién iba a comprar los libros de un perdedor?

Sí, claro que lo es. Es ese perdedor. A quién pretende engañar.

A Ilsa no, desde luego. A ella no puede engañarla.

Afirma Foret que había imaginado que la insultaba al encontrarla, había imaginado que le levantaba la mano, había imaginado que la ignoraba y seguía andando sin levantar la cabeza —⁠aunque en este caso las rocas no lo habrían dejado avanzar demasiado⁠—, pero nunca supuso que compartirían emparedados, saco de dormir y besuqueos.

Y que ni siquiera se atrevería a sacar el tema.

—¿Qué haces en Noruega? —pregunta ella para romper el hielo ahora que sus labios se han separado y no saben muy bien qué hacer.

—Nada especial, turismo —miente.

En realidad está buscando ideas para una novela. Sobrevuela el bloqueo del escritor.

—¿Tú solo?

—No he tenido suerte en las experiencias compartidas.

Se hace un silencio, como si ella quisiera decir algo que encuentra conveniente no decir todavía.

—No has conseguido olvidarme, ¿eh? —dice luego Ilsa.

Afirma Foret que niega con la cabeza, pero no sabe muy bien lo que quiere decir ese movimiento: no, que no ha conseguido olvidarla, o no, que sí lo ha conseguido. Puede que sea el no más tonto de su vida.

Con Ilsa, afirma, siempre ha sido tonto de remate.

Quizá porque fue la primera mujer a la que deseó de verdad. Que deseó hasta las lágrimas. Durante años durmió en la habitación contigua a la suya y la escuchó practicar sexo con hombres que ella le había pedido que le presentara.

Oía los chirridos de la cama vieja y los gemidos exagerados de Ilsa como si desease que la escuchase. Por momentos hubiese preferido arrancarse los tímpanos antes que percibir la sinfonía de placer a la que no estaba invitado. A veces se metía debajo de las sábanas, se tapaba con dos cojines, pero era imposible sustraerse del ruido, presente como sus latidos. Ambos sonidos retumbaban al mismo tiempo.

—¿Qué clase de turismo? —dice Ilsa.

—¿Cómo que qué clase de turismo? ¿Hay clases de turismo?

—Hay clases de todo. La gente hace las cosas más insospechadas.

En ocasiones se acercaba al armario empotrado y pegaba la oreja contra el tabique que separaba ambas habitaciones. Apartaba de cualquier manera las chaquetas y abrigos que caían sobre él como vigilantes de la moral. Trataba de imaginarlo todo. Imaginaba que era él quien estaba con Ilsa y se masturbaba. Era una buena forma de detener el sufrimiento. Hasta que se corría. Ahí el mundo se venía abajo al mismo tiempo que los abrigos. Sobre todo porque solía correrse bastante antes que ellos. Entonces, si no era muy tarde, se vestía y salía de casa.

—Hay turistas que quieren conocer sitios, otros solo quieren que los sitios los conozcan a ellos —⁠dice ella.

—¿Ah, sí?

Si era temprano, el polvo podía cogerle en el salón viendo la televisión. Allí la escuchaba aún mejor que en la habitación porque el salón lindaba pared con pared con el cabecero de su cama. Ella solía fumarse un cigarrillo frente al televisor después del sexo. Vestía siempre una bata amarilla sucia, áspera como sus manos, llena de quemaduras. Cuando coincidían en el salón, hablaban de cosas que nada tenían que ver con el tipo que la esperaba en la habitación. Bordeaban el tema. Y si él llegaba a mencionarlo, ya sabía lo que tocaba:

Cállate.

Idiota.

Siempre se preguntaba qué llevaba Ilsa debajo de la bata, si es que llevaba algo. Era tan injusto que lo castigase así: acababa de estar completamente desnuda con un desconocido; a él le ofrecía una vieja bata quemada. Porque eran amigos, claro. Y eso vale mucho más que cualquier polvo pasajero. Por el cariño. Por la confianza. Para el otro su piel; para el amigo, una bata sucia. Mucho mejor, dónde va a parar.

—Hay otra gente que pasa por el mundo sin que nadie se dé cuenta. Que podría estar en tu habitación y tú ni siquiera enterarte de que está dentro. ¿Sabes de lo que te hablo? —⁠dice Ilsa.

—No tengo la menor idea.

Había días en que ella estaba trabajando y él se colaba en su cuarto y revolvía en busca de algo. No sabía bien qué. Una foto desnuda, un relato erótico, un juguete sexual. Nunca había nada. Solo la cesta de la ropa sucia. Allí rebuscaba y cogía sus bragas, las olía, se las ponía sobre la cara y se masturbaba aspirando su olor.

A esas alturas, afirma Foret, debería haber sabido que lo mejor que se iba a llevar de ella era el olor de su vagina.

 

El hombre que ya es Luis Foret sale de la tienda a mear. Por suerte algunos campistas han encendido un fuego, la luz de la hoguera lo orienta. Descarta activar la linterna del móvil, no vaya a ser que incomode a algún amante de la naturaleza. ¿Y si despista a un alce o un oso? Pensar que se podría topar con un oso no lo hace feliz. No, él no es como esos fieros vikingos que solo temen la ira de Odín. La vida le ha ido enseñando que cualquier cosa es digna de ser temida. Que el peligro, la muerte, acechan a la vuelta de la esquina.

Orina lo más cerca posible de la fogata para ahuyentar sus miedos, lo más lejos que puede para que el chorro de pis no moleste a los campistas. Pero la pequeña cascada va creando meandros a toda velocidad, surca sus botas y se acerca peligrosamente a la zona donde los hombres que han encendido la hoguera disfrutan de la noche estrellada.

Puede que la montaña sea un remanso de silencio donde henchir los pulmones de aire puro, pero no esa noche, afirma Foret; esa noche, no. Los insectos hacen tanto ruido aleteando que no sabe si será capaz de dormir; un altavoz que no soporta el volumen alto reproduce música distorsionada; si llenase ahora los pulmones podría acabar intoxicado por el humo que el viento se empeña en dirigir hacia él. Lo mejor del olor a quemado es que disimula el de sus meados.

Los excursionistas beben aquavit y comen salmón. Al pasar frente a ellos, los saluda con la mano extendida. Lo invitan a que se les una entrechocando unas copas de plástico extensibles. Les pide que esperen un momento y entra en la tienda a avisar a Ilsa. Afirma que por la postura en la que la encuentra no alberga dudas de que se está metiendo una raya. Una llave desciende vertiginosa desde la nariz hasta el pecho mientras la bota del hombre que ya es Luis Foret pisa los restos de un emparedado que escupe un chorro de mayonesa. La única puerta que abre esa llave es la de las fosas nasales de Ilsa. Le dice: vayamos a tomar algo con unos tipos de ahí fuera, al tiempo que piensa que la raya puede ser buena noticia. Si está colocada será más fácil que acceda a acostarse con él.

Es un pensamiento de mierda, afirma.

El pensamiento correcto es que nada ha cambiado. Que sigue siendo la mentirosa de siempre.

 

El hombre que ya es Luis Foret bebe aquavit vigilando sus meados, que finalmente alcanzan la lona azul de los noruegos. Es embarazoso: unos invitan a comer y beber, los otros les pagan con zumo de tetrabrik y les mean la tienda. Si hubiese iniciado una verdadera relación con Ilsa, afirma, esa sería su vida, ese el tenor de sus intercambios sociales.

Bailan con ellos un buen rato. Son tres. Jasper, el más animado, pincha música en Spotify. Resulta que utilizar el móvil en la montaña no era ninguna falta de respeto a las fuerzas telúricas de la naturaleza. Le hace saber a Jasper que le sorprende que la cobertura del móvil llegue hasta la montaña. Se pregunta si aquello será compatible con osos, alces o víboras. Probablemente, a la vuelta de la esquina, junto al Púlpito, no espere el peligro, sino un Seven Eleven.

—Garrapatas —dice Jasper—. Aquí lo más peligroso son las garrapatas. Contagian la encefalitis, tío. Olvídate de los osos.

Jasper es alto y tiene una coleta de rasta que le llega hasta la cintura. Le faltan un par de dientes o los tiene tan negros que el hombre que ya es Luis Foret no es capaz de distinguir la pieza dental del vacío.

—No encontrarás víboras entre los arbustos, tío —⁠dice Jasper⁠—. ¿Sabes lo que hay? Mierda. Montones de mierda. Los excursionistas cagan ahí. Hay tanta mierda que empieza a ser un problema. ¿Qué te parece que este lugar se vaya a ir al garete por las cagadas de los turistas?

Piensa: mejor que no entremos en el tema de las meadas.

Jasper le explica también que es lógico que allí, tan alto, los móviles funcionen mejor, ya que la señal va hasta el espacio y luego vuelve.

—Es más diáfano, más sencillo —dice Jasper mientras aspira un gran porro de maría.

Comprende que para Jasper la vida, en general, es diáfana y sencilla.

Uta y Kasper son los otros dos. Son pareja. Ella es una rubia de trenzas grande y pechugona, afirma Foret. A la luz de la lumbre parece algo estrábica y siempre está callada. En cambio, Kasper es alegre y está orgulloso del aquavit que él mismo ha destilado. Viste una chaqueta polar azul con una tira de cuero negro en los hombros y una bandera de su país cosida en la manga. Habla con Ilsa en noruego. La conversación al menos demuestra que Ilsa vive en Noruega y que su historia no es toda una patraña.

—¡Ah! —dice ella enroscando los brazos en el cuello del hombre que ya es Luis Foret⁠—. ¿Es que pensabas que me lo había inventado todo por ti? Cuando te conocí no te querías tanto.

No, desde luego que no.

Jasper baila pegado a Ilsa, pero eso no lo pone celoso. Se lo ha visto hacer tantas veces. Jasper tiene buen gusto para la música. Pincha Violent Femmes, The Undertones, Cat Stevens y la Velvet Underground.

El hombre que ya es Luis Foret bebe de un trago los restos de la botella de aquavit para regocijo de Kasper. Ilsa agarra sus manos y le ofrece la espalda. Restriega su trasero contra él. En el Spotify de Jasper suena Femme Fatale.

Qué recuerdos.

Ella le dice al oído en un susurro:

—Creo que será mejor que volvamos a la tienda o mañana tendrás tal dolor de cabeza que ni siquiera disfrutarás de las vistas del Púlpito.

Él le responde que va a mear. Les hace un gesto cariñoso a Kasper y trata de soltar lastre en un lugar más alejado y no volver a orinar la tienda de sus nuevos amigos. Encuentra un espacio plano y bastante cómodo no muy lejos de allí. Sabe que está borracho porque se tambalea al andar. Ya no le importan los osos ni la oscuridad. Sin embargo, se mantiene lúcido en cuanto a otro temor. Ilsa trama algo, la conoce demasiado bien. Es posible que esa noche por fin, quince años después, haga el amor con ella. Pero entonces estará perdido. Estará en sus manos. En sus ásperas manos.

Prefiere seguir en sus propias manos.

Así que, afirma, decide hacer lo más juicioso en esa situación.

Masturbarse.

Si se corre, recuperará el control de la situación. De vuelta en la tienda, será capaz de articular pensamientos cerebrales. En el momento le parece la idea de un genio. ¡Está tan orgulloso mientras empieza a sacudírsela! Es la paja más optimista de toda su vida.

No ha tenido en cuenta lo mucho que ha bebido. Eso dilata sus orgasmos: Maquiavelo va con retraso. Tarda un cuarto de hora en consumar su plan, pero al final lo consigue. Gime y arroja ufano su semen a la montaña desde la que los reyes vikingos veían partir los drakkars.

Aún no se ha secado cuando escucha la voz de Ilsa a su espalda.

—Mírame, haciéndome una paja en lo más alto de la montaña. Desde aquí todo será cuesta abajo.

Está sentada a unos metros de él. Ha debido oír toda la escena. Es menor la vergüenza que la melancolía que sucede al orgasmo.

—Estás muy cinematográfica —dice él por decir.

—Claro, ¿no te acuerdas de cuando veíamos películas juntos? ¿Preferirías que estuviera más novelesca? ¿Encajaría eso mejor contigo?

—No sé qué quieres decir.

—Mira —dice poniéndose a su altura y señalando la negrura que tienen delante⁠—. Ahora mismo no ves nada, pero acabas de masturbarte en el Preikestolen. Si hubieses dado tres o cuatro pasos adelante, habrías caído al vacío. ¿Qué te parece? ¿Una buena muerte?

—No tanto como si ahora te agarro y te tiro conmigo —⁠dice él sujetándole del brazo.

Ella se zafa de su agarrón sin ninguna dificultad.

—Volvamos a la tienda —le dice al hombre que ya es Luis Foret con un golpecito en la espalda.

En la tienda se vuelven a apretujar en el saco de dormir. La situación es más incómoda que la primera vez. Ya no se besuquean.

—Si quieres decirme algo —dice ella—, creo que este es el momento.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—¿No será al revés? ¿No crees que eres tú quien me debe una explicación?

—En todo caso, la explicación debería ser mutua.

—Me hiciste robar cincuenta millones de pesetas y luego te largaste y no volví a saber de ti.

—¿Cuánto has ganado tú por el libro en el que contabas mi historia? ¿Cuánto has cobrado por contar cómo olían mis bragas sucias? ¿Quién ha salido ganando de este intercambio?

—No sé de qué me hablas.

—¡Oh! Está muy feo que hagas eso conmigo. Resérvatelo para las otras. Hace años que sé quién eres, no te has esforzado mucho en disimular y tengo que decirte que no me dejas muy bien en tu novela.

—¿Crees que mereces que te deje bien?

—¿Así que lo admites? ¿Admites que eres tú?

—No admito nada. Admítelo tú primero.

Ilsa susurra un «de acuerdo» y empieza a admitir.

Admite que no es cierto que ascienda todos los martes el Preikestolen. Coincidió con él por casualidad en una librería de Stavanger: el hombre que ya es Luis Foret hojeaba la edición de su última novela en noruego.

—Para ser un escritor anónimo eres un narcisista de cuidado —⁠le dice.

Se frotó los ojos varias veces antes de creer que su reencuentro se produjera en el lugar más inesperado.

Admite que no le fue muy bien con los cincuenta millones de pesetas. Se metió en jaleos relacionados con las drogas y cuando sobrevoló la posibilidad de que la matasen puso tierra de por medio. Había vivido en Escocia antes que en Noruega y había seguido su éxito literario desde el principio.

Ha estado segura de que él era él desde el primer momento.

—No me creo que nadie se haya dado cuenta, todo lo que escribes es tan tú —⁠le dice⁠—. Será que nadie te conoce como yo.

O será que a quienes lo conocen les da por morirse.

Ahora trabaja de camarera y no tiene en mente regresar. Lo ha seguido durante los tres días de su estancia en Stavanger sin que él se diera cuenta. Sabe cuál es su hotel, en qué restaurantes ha cenado, sabe incluso que ha intentado acostarse con la chica de la oficina de turismo.

—Son muchos años de práctica —dice—. Sé ser invisible.

Y tanto. Quince años de invisibilidad.

Estaba segura de que, alojándose en Stavanger, tarde o temprano ascendería el Preikestolen. Le pareció el mejor momento para provocar un encontronazo. Existía una posibilidad de que aceptase pasar la noche con ella, algo que en la ciudad juzgaba imposible.

Admite que se acercó a la recepción de su hotel y dijo que trabajaba para la agencia de excursiones guiadas al Preikestolen para españoles. Quería confirmar que su cliente tenía reservado los pasajes en el ferri de Tau como le habían informado. Se lo confirmaron sin problema alguno. Los noruegos son gente confiada.

Admite que se pidió el día libre en el bar, se compró una tienda de campaña individual lo más estrecha posible y tomó el ferri inmediatamente anterior al suyo para poder esperarlo de camino a la cumbre.

—¿Te das cuenta de que estás narrando el comportamiento de una psicópata? —⁠dice él.

—¿Por querer estar contigo?

—Claro, Ilsa. Quieres estar conmigo, claro. Ahora dime la verdad, dime qué quieres de mí.

Suspira. Luego estira el brazo y acerca las aletas de la nariz a la axila. Ese gesto, el gesto que a él tanto le gustaba, en realidad es un tic.

—No quiero más que lo que es justo.

—¿Qué es justo para ti?

Ilsa abre mucho el ojo derecho, el izquierdo desobedece su orden y se atranca como una persiana averiada.

—Una parte de los beneficios que conseguiste al contar mi historia.

—Las historias personales no tienen copyright. No tienes ningún derecho sobre ella. No puedes demandarme, igual que yo tampoco podía demandarte por el dinero que robamos juntos. ¿Recuerdas?

—Por supuesto, aceptaré que restes los 150 000 euros que te correspondían del trabajo que hicimos juntos en el 2000. Sumemos los intereses y redondeémoslo en 200 000 euros, estoy de acuerdo. Pero si has ganado, pongamos, un millón de euros con La chica de la bata amarilla, medio millón me pertenece a mí. Con 300 000 euros creo que podríamos hablar de un reparto justo.

—300 000 euros a cambio de compartir una noche de tienda de campaña contigo. Es el negocio más ruinoso que he hecho en mi vida.

—He podido salir en los medios para decir quién eras durante todo este tiempo y no lo he hecho.

—Seguramente si no has salido es porque no quieres que alguno de tus camellos se entere de tu paradero.

—Que no haya salido no quiere decir que no lo vaya a hacer.

—No voy a aceptar tus chantajes.

Ilsa aproxima la cabeza al sobaco.

—Será mejor que ponga el despertador. Mañana al amanecer los dos tendremos las ideas más claras —⁠dice ella.

Nunca le ha gustado que las discusiones se prolonguen.

 

Afirma Foret que a la mañana siguiente no les despierta el despertador, sino el trino de una bandada de avefrías. Asoma el disco solar y lo llena todo de naranja; el Púlpito les roba la respiración. La roca sobre el fiordo les enseña lo frágiles que son, lo innecesarios en un mundo que lleva millones de años creando belleza. ¿Qué son seis novelas de mierda frente a eso? Está dispuesto a darle a Ilsa lo que le pida. Hoy está especialmente hermosa. Se ha puesto unos vaqueros pitillos y una camisa blanca de cuello alto. Su piel resplandece azotada por el viento. Sus amigos Kasper, Jasper y Uta andan ya por la roca, es posible que no se hayan acostado. Están también un gordo con un perro de aguas y una familia con críos. Son poco más de las seis y ningún turista se ha aventurado tan temprano hasta la cima. El hombre que ya es Luis Foret ha dejado de ser un turista. Ya es uno más de la estirpe de los vikingos.

Ilsa y él se asoman a los seiscientos metros de caída vertical. El plano picado quita el hipo. La brisa fresca de la mañana es mejor que cualquier pastilla para la resaca. Ella lo mira sonriente. Le dice:

—Luis Foret.

Él no le contesta. Nunca nadie lo ha llamado por ese nombre.

—El mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía —⁠dice ella.

—Esa película también la conozco, Ilsa.

Ilsa se asoma al borde del Preikestolen y echa la cabeza hacia atrás como hacía Anne en Óbidos. Se baña en el viento. El hombre al que por primera vez han llamado Luis Foret da media vuelta. Kasper y Uta preparan el móvil para hacerse un autorretrato. Jasper ha puesto música y ahora se oculta tras un arbusto para aumentar el creciente problema excrementicio de la montaña. Suenan Elvis Costello & The Attractions. El gordo persigue al perro juguetón con zancadas rollizas, el animal ha encontrado una víbora. Los niños rodean a sus padres pidiendo a gritos el desayuno.

Se escucha una canción.

What’s so funny ’bout love, peace and understanding?

Luego un sonido de rocas que resbalan y se golpean entre sí.

Luego un grito.

El grito estremecedor de una caída al vacío. El grito de una vida que se desploma por un precipicio de seiscientos metros. Nadie está allí para saber qué ha pasado. Todos se giran y solo ven al hombre que ya es Luis Foret.

Ilsa ya no está a su lado.