Agnes

Javier Peña · Capítulo 17 de 22

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Agnes

Documento anexo N.º 5 Transcripción de los correos entre Luis Foret y Agnes Romaní

Documento anexo N.º 5

 

Transcripción de los correos entre

Luis Foret y Agnes Romaní

Febrero de 2020

 

¿Otra muerte más? Siento decirle que empiezo a tener dificultades para tragarme su historia.

Por eso es necesario contarla. Las historias de fácil digestión no merecen la pena. Las historias anodinas, las cotidianas, carecen de sentido, ni siquiera son historias. Si yo no fuera más que un escritor que se sienta a diario en su butaca, ¿qué sentido tendría escribir mi biografía? De todas formas, sabía que dirías eso, Agnes, sabía que te podría la incredulidad, así que me he tomado la libertad de hacerte llegar un paquete que te aclarará un poco más mi relato.

¿Un paquete? ¿A mi casa?

Sí, claro, adónde iba a ser.

¿Y usted cómo sabe mi dirección?

Qué ingenua eres, Agnes. Soy rico, cualquiera está dispuesto a darme información por una buena cantidad.

¿Quién le ha dado esa información?

Digamos que soy rico y a la vez discreto. Así he conseguido mantener mi verdadero nombre en secreto durante ocho años.

El hecho de que se hayan ido muriendo las personas que podrían desenmascararlo tampoco le ha perjudicado demasiado.

Ahí no te quito la razón.

En cualquier caso, le pido que no me vuelva a enviar nada, siento que está invadiendo mi intimidad.

Deberías preocuparte más por las personas que se cuelan en tu casa sin que lo recuerdes después de las cenas de Navidad que por los paquetes postales. No olvides que tú tienes que firmar la recepción del paquete. O sea que estás invitando al mensajero a entrar en tu casa. ¿Dónde está la invasión? Veamos, ¿qué hora es? Las cuatro en punto de la tarde. Tendría que estar al llegar.

Espere. Llaman a la puerta.

¡Ah, perfecto!

¿Es usted brujo o algo así?

No, no tiene nada que ver con la brujería, se trata de contratar un buen servicio de mensajería.

A esta casa nunca viene el mismo mensajero… ¿Y qué es esto que me envía? ¿Unas bragas viejas de algodón?

Mira el tamaño de las bragas.

¿Me está usted diciendo que estas son las bragas de Urgulanila? ¿Las bragas que usted usó como guantes para arrojar su cadáver? ¡No se deshizo de ellas!

Estaba tan nervioso en ese momento que se me pasó por completo. Más tarde decidí guardarlas como un fetiche.

¿Se da cuenta de que si le envío estas bragas a la policía podría involucrarle en un crimen? ¿Es consciente de que ha dejado a mi criterio poder inculparle de un homicidio?

De ninguna manera, no hubo homicidio, sino un accidente. ¿No me has leído?

Eso es lo que usted me dice, tengo que creerle.

Pero vamos a ver, niña, ¿en qué parte te vuelves incrédula? ¿Te crees mi historia al completo con Urgulanila salvo la parte del accidente? Si lo que quieres es no creerme, puedes pensar que esas bragas las acabo de comprar en una mercería de tallas grandes.

Puede que esté usted intentando jugar conmigo.

Ve a la policía si quieres. Creo que podría escribir una nueva novela solo explicando cómo tratas de convencer al agente de guardia de que un escritor que nadie conoce te envió por correo unas bragas gigantes con las que manipuló el cadáver de una mujer en Francia hace siete años. ¿O vas a ir a la Interpol?

Ríase todo lo que quiera, pero estoy a punto de hacerlo.

Pues hazlo.

Váyase a la mierda.

Estuve de paso en Saint-Émilion una semana. ¿Cuánta gente que me viera entonces puede recordarme? No conocía de nada a Urgulanila antes de aquella tarde, nada me une a ella. Los días siguientes, cuando me dirigía a pie a Burdeos, sí estuve atemorizado. Leía los periódicos de arriba abajo. Sabía que si descubrían pronto el cuerpo iba a verme en aprietos. Luego cogí el vuelo a Suiza y me relajé. Me puse en contacto con la agencia de representación que había mencionado La chica del tiempo. Me identifiqué como el autor y uno de los beneficiarios de los contratos. Ellos me facilitaron el nombre del banco en Zúrich. La tranquilidad llegó al examinar la cantidad en la cuenta.

¿Tan grande era?

Mayor de lo que imaginaba. En cuatro meses el libro se había traducido a seis idiomas y estaba firmado el contrato para otras cinco lenguas. En español había alcanzado la octava edición, en inglés andaba por la décima. Se había firmado un generoso acuerdo para su adaptación cinematográfica. Les dije a los de la agencia que escribiría más, estaban entusiasmados. Casi habían perdido la esperanza de encontrarme. Se habían quedado sin la gallina de los huevos de oro antes de poder matarla. Pero sin duda habían jugado como nadie la baza de la pérdida: el misterio del autor que ni siquiera las editoriales conocían fue la clave, no el valor literario de la obra. Recuerda que eran relatos que escribía para narrar a una amiga ciega. Jamás tuve otra intención. Mi historia no es inverosímil, es delirante.

Explíqueme ahora detalladamente cómo fue el acuerdo al que llegó con La chica del tiempo para la publicación.

Ella me hizo firmar un contrato según el cual yo me llevaría el 60 por ciento de los derechos de mi primera novela. Llevó ese papel a la agencia de Los Ángeles. Yo lo firmé para quitármela de encima. Nunca pensé que aquello fuese a llegar a nada, y menos después de que ella se pegase un tiro. Pero, como puedes ver, cumplió su parte del trato.

¿Por qué dice que puedo verlo?

¿Acaso no tienes La chica de principios en tu casa? Con pseudónimo, con una X en lugar de la fotografía.

Como Thomas Pynchon.

Exacto.

¿Y aquel editor de Los Ángeles que pellizcaba los pechos a La chica del tiempo es ahora su editor en español?

¡No, qué va! Vamos, creo que no. Aquel editor solo estuvo allí para darle la idea de publicar la novela a La chica del tiempo. Ella le vendió Una chica de principios a la agencia de representación, no a aquel hombre. En la agencia, tras la muerte de La chica, tradujeron el texto al inglés y buscaron las editoriales que creyeron convenientes. Aunque nunca me he parado a comprobarlo, sería demasiada coincidencia que el hombre de Los Ángeles fuese el mismo que acabó publicándome aquí.

Demasiada coincidencia, dice, después de todo lo que me ha contado…

Ese hombre solo sirvió de resorte para hacer avanzar la historia de Luis Foret.

Uno más de los resortes aparecidos de la nada.

Sí, uno más, Agnes, es lo que tienen las historias cuando miras hacia atrás, tiendes a encontrar explicaciones e hilos que, en realidad, no guardan conexión ni sentido, no son más que elementos del azar.

¿Y cómo funciona la cuenta en Suiza? Me parece un material apasionante para la biografía.

Soy pésimo para ese tipo de cuestiones, ella lo arregló todo. Acordó con la agencia que ellos crearían una cuenta con dos beneficiarios. Con nuestros nombres reales. Solo que esos nombres no los conocemos más que nosotros, la agencia de representación y el director del banco de Zúrich. Para los pagadores, las editoriales, el beneficiario de sus ingresos es el autor del pseudónimo.

Pero eso no explica prácticamente nada. ¿Cómo se hacen las editoriales con los manuscritos? ¿Quién firma los contratos?

Aquel primer acuerdo que firmamos con la empresa de representación incluía un poder para gestionar los contratos en nuestro nombre. No he firmado ni un solo contrato con una editorial a lo largo de mi vida. Ellos lo hacen por mí. Sinceramente, desconozco si han inventado una rúbrica parecida a la mía o si ponen una equis en lugar del nombre.

¿Y eso es legal?

En la cuenta de Zúrich cobro puntualmente. Antes, la empresa de representación sustrae un porcentaje de mis ganancias como pago por sus servicios. Es un porcentaje importante pero justo: realizan un trabajo excelente.

Así que esa empresa sí conoce su verdadera identidad.

Existe un estricto contrato de confidencialidad. Prueba a pedirles que se lo salten porque estás escribiendo una biografía, ya verás lo que te dicen.

¿Y usted está en contacto con la empresa?

A través del correo electrónico y un apartado de correos que utilizamos para el envío de borradores, galeradas, ejemplares, etcétera.

Para que nos entendamos, si usted se maneja a través de una empresa de Los Ángeles con cláusula de confidencialidad y cobra a través de un banco suizo, se podría deducir que evade impuestos.

Si es lo que quieres deducir, no te llevaré la contraria.

¿No le da miedo que el fisco le persiga?

¡Criatura! ¿Crees que no lo hacen? Pero es fácil escabullirse cuando eres invisible.

¿Hacienda tampoco sabe quién es?

No.

¿Y a través de las editoriales?

Las editoriales le pagan a una empresa norteamericana que ingresa el dinero en Suiza, por lo que a ellos respecta el autor puede ser español, estadounidense o kuwaití. Eso les da igual. Mientras la editorial pague religiosamente sus impuestos, ¿qué puede hacer Hacienda contra ellos? ¿Qué tiene que ver con ellos que luego uno de sus autores defraude? Y ya te digo, ellos pueden alegar que, según les consta, soy americano.

¿Y los impuestos americanos?

Para ellos puedo ser español.

¿No ha tratado Hacienda de ponerse en contacto con la empresa de representación?

Posiblemente. Pero, dime, ¿de verdad crees que a una empresa como esa le va a asustar la llamada de un funcionario español?

¿Y cómo hace para justificar sus ingresos millonarios?

Primero, das por hecho que tengo mi domicilio en España, lo cual es mucho aventurar. Como comprenderás, puedo vivir donde quiera. Fuera de España puedo gastar lo que me venga en gana, solo faltaría. De hecho, cuanto más gaste, más contentos están conmigo en esos países.

Si usted tiene tanto dinero como dice, ¿por qué elude pagar a Hacienda, le produce placer ser insolidario?

Agnes, si, como asumes, evado impuestos, ¿no crees que tal vez sea para que nadie pueda seguirme el rastro? En el caso de que alguien controlase mis ingresos, sería fácil que, más pronto que tarde, le fuera con el cuento a un periódico y se acabase mi anonimato.

Otra vez el dichoso anonimato. Dígame entonces: ¿cómo fue leerse por primera vez? ¿Ver el libro? ¿Lo leyó o le dio reparo hacerlo?

Fue una sensación increíble. Claro que lo leí, dos o tres veces seguidas. Cuando llegué a Zúrich ya casi me lo sabía de memoria. Nunca he tenido una sensación igual y no creo que vuelva a tenerla. No conocía los cambios que había hecho La chica del tiempo y puede que ni siquiera los detectara. Tampoco sabía distinguir lo que escribí yo y lo que añadió ella. Era algo onírico. Como si lo que ahí estaba escrito lo hubiese soñado. No sé explicarlo bien. Lo he pensado muchas veces, lo único que se me ocurre es aquello que se contaba cuando éramos adolescentes desesperados por acostarnos con una mujer. Como estábamos hartos de masturbarnos había quien decía que debíamos probar a sentarnos encima de una de nuestras manos y esperar un tiempo hasta que se durmiese, y luego, antes del hormigueo que devuelve el miembro amputado a tu cuerpo, masturbarnos con la mano dormida. No creo que se pueda hacer aunque muchos de mis compañeros decían que lo habían probado y que la sensación era que te tocaba una mujer. Como si ellos supieran entonces lo que era eso. Es una tontería, pero así me sentía yo. Me daba la impresión de que la mano que había escrito esa obra se había quedado dormida debajo de mi trasero durante muchos meses.

Y ya está. Se convirtió usted en escritor de éxito.

Eso es, ya está. Quizás a ti te parezca poca cosa, pero hizo falta que cuatro mujeres intervinieran para convertirme en escritor. Shahriar, que me pidió que le narrase mis historias; Asia, que fue mi primera amante y me empujó a irme a Los Ángeles a hacer crecer mi infidelidad; La chica del tiempo, que ordenó mis notas, inventó un pseudónimo, firmó un contrato con la agencia y entregó el manuscrito a un editor; y Urgulanila, que me enseñó por sorpresa mi primera novela. Cuatro mujeres que luego fallecieron en un lapso de tiempo muy corto: desde la muerte de Asia en mayo a la de Urgulanila en marzo transcurrieron poco más de nueve meses. ¿Qué probabilidades hay de que cuatro veinteañeras mueran en un lapso de nueve meses?

¿Qué quiere decir con eso?

Que tal vez murieran para convertirme en Luis Foret.

¿Voluntariamente?

No, no voluntariamente, ellas ni siquiera lo sabían.

¿Entonces?

Entonces nada. Simplemente ocurrió, supongo que porque tenía que ocurrir. Ellas hicieron el trabajo por mí.

Llevo tiempo preguntándome si desvaría o se da demasiada importancia. A estas alturas yo veo dos opciones: o su historia es una patraña o un enorme cúmulo de casualidades. En cualquiera de los dos casos, ¿sabe por qué creo que ha anunciado su retirada? Porque es usted una antigualla. Se quejaba de que Kathy fagocitase su talento con el librito sobre el divorcio. ¿No se da cuenta de que es usted quien ha fagocitado a esas mujeres para poder darse ahora aires de escritor? No solo fagocitó sus historias, fagocitó hasta sus vidas. ¿Pero sabe una cosa? Se acaba el tiempo para los hombres como usted. Sí, claro que lo sabe, claro que sí. Lo que me da lástima es que esas cuatro pobres chicas ya no van a poder verle caer. Pero yo lo veré y lo celebraré en su nombre.

Si eso es lo que piensas de mí, Agnes, puedes finalizar aquí tu biografía y tratar de venderla tal como está.

¿Y cómo está?

Incompleta.

O sea que hay más.

Sí, hay más, siempre hay más. La cosa no quedó ahí. Ojalá se hubiese quedado ahí. Ojalá todo hubiese sido masturbarse con una mano dormida.

¿Qué más ocurrió?

Que me masturbé en una montaña.