Agnes
Extracto del diario de Agnes Romaní
Extracto del diario de Agnes
Romaní
Santiago de Compostela, marzo de 2020
Admito que hoy mis correos electrónicos a Luis Foret pueden sonar un poco secos, como mi boca pastosa al levantarme, pero es que estoy de mal humor.
«Van cinco muertes —le escribo—, a cual más rara. Las dos primeras, por designio divino: el cáncer y un terremoto. La tercera, un suicidio. Admitamos que usted no apretó el gatillo, eso si le damos crédito a su historia».
«Vuelves a ejercitar tu credulidad como te viene en gana».
«¿Es que hay alguna otra forma de ejercitarla? Las dos últimas muertes —le escribo— son difíciles de justificar. Estaba usted solo con ellas, o acompañado de personas que andaban a otra cosa. Hay móvil, no tiene coartada. Ningún testigo le disculpa».
La cosa es que estaba en el salón de mi casa, ordenando mis papeles, ordenando mis ideas, sobre la mesa de centro de plástico rojo, todos los papeles desperdigados, todas las ideas desparramadas, y era incapaz de concentrarme. Incapaz porque me sentía observada, llevo días sintiéndome observada, como si hubiera cámaras escondidas, como si, al atardecer, tras la ventana que llega hasta el techo desde el rodapié y da a un camino vecinal, me acecharan dos puntos de luz cielo pálido, dos faros con glaucoma, dos estrellas azules rezagadas…
«¿Ah, sí? —escribe él deslizando otra moneda en mi hucha insaciable—. Dime entonces, Agnes, qué motivo tendría yo para deshacerme de Urgulanila, que nada sabía de mí ni nada me había hecho. Visto el libro, si deseaba estar solo, podría simplemente haberla despachado a Libourne y a primera hora de la mañana dirigirme a una librería y comprar la edición en francés que acababa de ver la luz».
¡Pero no, qué va! No eran imaginaciones mías: tras la ventana había dos puntos de luz cielo pálido, dos faros con glaucoma, dos estrellas azules rezagadas. Tras la ventana había un retrasado mental con brackets que brillaban como un jodido baño de plata. Un retrasado con el que suelo bailar tango.
«Pero usted mismo reconoció que no sabe francés…».
«¡Venga, Agnes, no creerás que iba a matar a nadie para quedarme con un ejemplar que cuesta veinte euros!».
Yo ya no sé lo que creer.
Subí el estor, abrí la ventana batiente. A saber por qué me llevé conmigo una manzana Granny Smith, la mujer que me las vendió me dijo, huélelas, huelen a manzana de verdad, y yo le dije que sí, que no iban a oler a mandarina, tampoco era cuestión de ponerme a explicarle a esa señora que no tengo olfato. Una de esas Granny Smith que al parecer huele a manzana de verdad me llevé conmigo, una a la que solo había pegado un mordisco y que era el último alimento de mi nevera, salvo que la escarcha del congelador sea comestible. El hombre con voz de castrato no tuvo la decencia de echarse a correr, de encogerse, de caerse muerto de la vergüenza.
—¿Qué coño haces ahí? —le pregunté.
—Me dijiste que te ibas de fin de semana —objetaron sus cuerdas de tiple.
Y sé que eso es lo que dijo, pero a mí su voz no me sonó a voz, sino a tonada de flauta dulce: sol, sol, la, sol, fa, sol, mi.
—Repito: ¿qué coño haces ahí?
Nos encontrábamos en una de esas situaciones que gira sobre qué falta es más grave: mi mentira o su fisgoneo. Por mi parte, no tenía dudas.
Cierto: le había dicho al hombre de los brackets a los cuarenta que me iba de fin de semana, pero no era más que una mentira piadosa, una mentira que quería decir: no pienso volver a acostarme contigo en la puta vida. Y ahora, menos aún.
Vale, lo reconozco, también quería decir: tengo vida social, no soy ningún bicho raro, no me voy a pasar el fin de semana ordenando papeles e ideas y escribiendo sobre un tío al que se le mueren las mujeres y me manda correos.
—¿Qué te ha pasado en la ceja?
Eso es todo lo que me dijo.
Y yo oí: sol, sol, fa, fa, mi, mi, re, mi, mi, fa, sol.
Me he estado hurgando en el maldito saco de pus, el maldito pelo enquistado, y ahora además de una protuberancia, hay costra e infección y parece el volcán de Krakatoa.
—¿Quieres la versión corta o la larga?
—La corta, por favor.
—Un grano.
—¿Por qué no me invitas a entrar y tomar una copa de ese whisky que guardas? —dijo recuperando la confianza.
Sí, claro, le iba a invitar a un Glenfiddich y un polvo de premio por espiarme.
Pero… un momento, ¿qué sabía él del whisky?
—¿No habrás estado enviándome cajas de whisky en secreto? —le pregunté.
Un soplo de aire gélido se coló por la ventana.
—¿Cómo?
—Que si no habrás estado enviándome cajas…
—Sí, sí —me interrumpió—, te he oído, te he oído. No te he enviado nada, solo vi las botellas en la cocina el otro día. Agnes, ¿estás bien?
Me lo preguntó con el mismo tono con el que un día me había interrogado la estatua de Valle Inclán en la Alameda.
—Te comportas de una forma extraña —añadió después—, como si se te fuera la olla.
«En todas esas muertes sigue habiendo algo que no me cuadra», le escribo a Luis Foret.
«¿A qué te refieres, Agnes?», responde de inmediato.
«Todas esas muertes, las he investigado y no llevan a ninguna parte. Son un callejón sin salida».
«¿Adónde quieres que te lleven? La gente no muere para llevarte a ningún sitio».
Así que tenía allí, al otro lado de la ventana, a ese estúpido hombre con la dentadura enredada en una malla de plata.
Conté. Conté hasta diez. Conté hacia atrás. Conté diez y nueve y ocho. Conque yo me comportaba de forma extraña. Conté siete y seis y cinco. Me lo decía el que estaba agazapado mirándome con esos ojos azules de alcatraz común. Conté tessera kai tria kai dio kai ena.
Y luego le tiré la manzana.
Una Granny Smith que al parecer huele a manzana de verdad, dura y verde como el green de un campo de golf, aparatosa como una bola de cristal entre mis meñiques torcidos. Una de esas le tiré aunque no le había pegado más que un mordisco.
La esquivó con un movimiento de cabeza, no quería que le golpease en los brackets.
Cuidado con los dientes, pensé. Cuidado con los dientes.
Y me detuve un momento.
—¿Quién coño eres tú, eh? —le pregunté—. ¿Quién coño eres?
«Lo que quiero es que esas muertes, esas historias, me lleven a saber quién es Luis Foret», le escribo en un correo al autor de la equis en la solapa.
«¿Te parece poco todo lo que te he contado? — responde él—. Te he contado secretos e intimidades que jamás nadie contaría. ¿No te das cuenta, Agnes? No conoces a otra persona tan bien como a mí. A nadie».
«¡Pero si no sé ni su verdadero nombre!».
«¿Y eso cambia algo? ¿Un nombre y unos apellidos me harían más cercano? ¿De verdad eres tan simple? Después de todo lo que te he confesado… El único nombre que debe importarte es Luis Foret, el nombre que me dio La chica del tiempo, el nombre que desencadenó toda esta historia».
El hombre de los brackets a los cuarenta parecía tan aturdido como si le hubiera acertado de pleno con la manzana en la cara.
—Soy yo, Agnes —me dijo—, soy yo, tu pareja de tango.
Por un momento, por un instante llegué a pensar… Pero no, no podía ser… Era demasiado estúpido para ser él. ¿Escribir seis libros? Ese idiota tendría problemas para escribir su nombre sin faltas de ortografía.
«Conocer su nombre y apellidos me daría la posibilidad de encontrar otras fuentes, de contrastar lo que me está diciendo —le escribo entonces a Luis Foret—. Lo que estamos haciendo no es una biografía: es un acto de fe».
«Por algo tú eres la mártir Agnes de Roma», responde él.
«¿Lo ve? Apenas tengo datos que demuestren que usted no se está riendo de mí».
«Tienes mi palabra».
«¿Considera eso suficiente para una biografía? No sé ni dónde nació, excepto que es un pueblo costero, en el que desemboca un río y hay un monte de unos trescientos metros de altura».
«Mira, ya tienes por dónde empezar a buscar».
«¿Cuántos pueblos así habrá en España?».
«Lo desconozco, Agnes, no me pidas que haga tu trabajo».
«No sé dónde estudió. No sé qué ocurrió en su vida antes de conocer a Ilsa».
«¿No puedes imaginar que si no te lo he contado es porque no hay nada que contar?».
«Casi todo lo que me ha contado se refiere al lapso que va entre junio de 2011 y marzo de 2013, cuando se convirtió en Luis Foret».
«¡Es perfecto, Agnes! No escribas mi biografía, escribe cómo me convertí en Luis Foret. ¿No te parece una historia suficiente? ¿En serio te parece que ocurrieron pocas cosas? Pero no te sulfures, dime qué tienes hasta ahora y te diré si vas por el buen camino».
Entonces le hago un esquema con lo que tengo, ordenando papeles desperdigados, ordenando ideas desparramadas.
Las fechas son aproximadas.
¿1977? Nace en un pequeño pueblo junto al mar, con monte y río.
1978-1995. ¿?
1995. Empieza a estudiar Literatura en una universidad que no he sido capaz de dilucidar.
1996-1998. ¿?
1998. Comparte piso con Ilsa.
1999. Termina la carrera, se queda como becario en la universidad.
2000. Roba cincuenta millones de pesetas junto a Ilsa. Ella desaparece con el dinero.
2001. Conoce a Kathy y Anne Marie en un ciclo de cine de Truffaut.
2002. Se casa con Kathy. Luna de miel en Italia.
2003. Publica su primera obra sobre el divorcio en el cine con su verdadero nombre. Se doctora. Consigue la plaza de profesor de Literatura Comparada en la universidad en la que estudió.
2004. Se divorcia de Kathy.
2005. Coincide con Anne Marie en Óbidos. Inicia una relación con ella.
2006. Se casa con Anne Marie. Nace Nata.
2006-2011. ¿?
2011. Viaja a Hydra con Shahriar. Shahriar enferma de cáncer. Comienza a escribir relatos para ella.
2012. Viaja a Zadar y conoce a Asia. Asia muere. Viaja a Los Ángeles y conoce a La chica del tiempo. La chica del tiempo muere. Viaja a Marrakech con Nata y Anne Marie. A la vuelta, Shahriar muere. Se echa a correr. Se publica su primera novela: Una chica de principios.
2013. Está en Saint-Émilion. Conoce a Urgulanila. Urgulanila muere. Va a Zúrich, se entera de que es rico. Se publica su segunda novela: Shahriar.
2014. Se publica su tercera novela: La chica de la bata amarilla.
2015. Se reencuentra con Ilsa. Ilsa muere. Se publica su cuarta novela: Vida de una chica impávida.
2016. Se publica su libro de relatos: Echarse a correr.
2017. Se publica su quinta novela: Disparando rayos de tristeza.
2018. Por primera vez desde su debut no hay novela de Luis Foret.
2019. Anuncia su última obra, de carácter autobiográfico, y su retirada definitiva.
«Es perfecto, Agnes. Absolutamente perfecto. Ahí lo tienes todo. ¿De verdad me estás diciendo que no hay material suficiente para escribir una biografía? Solo te faltan dos pequeñas piezas para completar el rompecabezas».
«¿Qué piezas?».
«No te adelantes, siempre quieres adelantarte. Dime primero: ¿qué es lo que dices que no te cuadra en la historia?».
«He estado investigando. He buscado en Google y apenas encuentro rastro de las chicas muertas».
«Los muertos no dejan rastro, Agnes, son los vivos los que lo hacen».
«Ya me entiende. Asia, por ejemplo. Murieron siete personas en el terremoto de Camposanto de mayo de 2012 y no hay nadie con ese nombre».
«Creí que había quedado claro que los nombres que he mencionado a lo largo de esta historia son falsos. Si fuera de otra forma, pronto habrías dado conmigo. O más bien con el nombre que me dieron mis padres. Pronto habrías dado con lo que tú crees que soy: un nombre antes que mis hechos».
«De acuerdo, Asia no es un nombre real, pero cómo explica que tampoco encontrase noticia alguna sobre la hermana mayor que muere protegiendo con su cuerpo a la pequeña. Esa es la clase de noticia que les gusta dar a los periódicos y a las televisiones».
«Y se dio, Agnes, se dio. ¿Cómo crees que me enteré yo en Zadar? Otra cosa es que esa información se perdiera para siempre. La gente se cree que todo está en Google y puede que así sea, pero es también la Biblioteca de Babel. Si no sabes en qué anaquel buscar, puedes pasarte la vida registrándola».
«La chica del tiempo».
«¿Qué le ocurre?».
«He encontrado, en efecto, la noticia de la empleada de un museo que se suicidó delante de un cuadro. En cinco o seis medios, apenas una reseña, unas iniciales: A. C. V., ninguna foto ni datos que me ayudasen a identificarla, a ponerme en contacto con su familia».
«Tú eres la periodista, no yo. Deberías saber que los suicidios no suelen cubrirse en los medios por respeto a la familia, y porque existe un efecto contagio. Está comprobado que un suicidio en primera plana provoca más suicidios. Espero que no desees que los medios contribuyan a propagar una plaga de suicidios simplemente por satisfacer tu curiosidad».
Si pudiera le tiraría una Granny Smith a Luis Foret y, esta vez, prometo que apuntaría mejor.
«Pero usted mismo me dijo que vio la noticia en televisión, acompañada de una entrevista a Chris Ventola. ¡No he sido capaz de encontrar esa noticia!».
«Era un medio local de Los Ángeles, un medio modesto, no creo que tengan un archivo digitalizado que merezca la pena. El museo cuenta con patronos muy poderosos y fue partidario de tapar la noticia. Que una empleada suya se suicide en horario laboral no los deja en buen lugar. Pero, después de todo, ¿qué te iba a aportar una pieza de un informativo como esa?».
«¡Un nombre!».
«Otra vez los nombres. Tú misma reconoces que has encontrado reseñas y unas iniciales en la prensa, lo cual corrobora que mi historia es real, así que quédate con eso».
«Pero una biografía sin otras fuentes es incompleta, es absurda».
«Es una autobiografía».
«Sí, eso es».
Durante unos minutos las monedas dejan de tintinear. La sensación de paz es tan grande que se merece un vaso de whisky.
Eché al imbécil de la ventana con cajas destempladas. Le dije que se largase, le dije que si volvía a poner un pie en clases de tango, si volvía a ver aparecer el brillo de sus brackets en la nave en que bailamos, les contaría a todos que me acosa, les contaría cosas horribles que le arruinarían la vida.
Quizá fui un poco drástica pero su vigilancia me había enfurecido.
Protestó, lloriqueó.
—¿Pero qué te he hecho?
Yo oí: sol, sol, fa, fa, mi.
—Estás loca.
Sol, sol, fa, fa, mi.
Cerré la ventana batiente, accioné la persiana automática. El zumbido de insecto gigante acalló las últimas notas lastimeras de la flauta.
Miré el móvil: no había nuevas monedas de Foret, pero mi madre había enviado una ráfaga muda de wasaps; muda porque he silenciado sus notificaciones para siempre —qué placer apretar el botón de ese adverbio: SIEMPRE—: «Algo va mal, verdad; sigo sin ver tus; tuits de la revista, te han echado, ¿a que sí?; ¿para qué te pagamos; la carrera?, dios mío, cuánto; dinero tirado, cuánto dinero; hay un virus chino; lo has oído; ¿tú te enteras de algo?; tu prima ha dejado aquí unos vaqueros que ya no usa; yo creo que no te van a entrar por la cadera, pero podías venir a probártelos; oye no sé si te acuerdas, somos tus; padres». Cómo olvidarlo, ya me gustaría. No le respondí, pero no es difícil imaginar que no contribuyó a mejorar mi humor.
En los pozos de los deseos, aunque se demoren, las monedas siempre acaban por llegar.
«¿Qué más te preocupa, Agnes?».
¡Si yo le contara!
«No he hallado ni una sola palabra sobre una española que se cayera del Preikestolen en los últimos años. Ni una sola».
«Eso fue gracias a mí. O tal vez pienses que fue por mi culpa. Cuando avisamos a las autoridades noruegas del accidente, les pedí por favor que no informaran a la prensa. Que ya bastante desgracia tendría su familia como para convertirlo en un circo mediático, les dije que en España las televisiones eran muy irrespetuosas con sucesos como ese. Fueron comprensivos».
«Pero usted estaba al lado de ella. ¿No sospecharon? ¿No investigaron?».
«No. Estaban nuestros amigos Jasper, Kasper y Uta, el gordo con el perro, la familia, todos dijeron que se había precipitado al vacío».
«Usted mismo afirmó que no estaban atendiendo».
«Y no lo estaban, pero uno acaba creyendo ver lo que quiere creer que vio. El día anterior nos habían visto bailar tan alegres, habían visto complicidad, ilusión por el reencuentro, lo último que creerían es que yo iba a empujarla desde seiscientos metros de altura. Cosa que, me adelanto a tu pregunta, no hice».
Huidizo como un okapi del Congo; se dejan ver tan poco que los zoólogos los conocen por los excrementos que van depositando por ahí.
«¿Se cayó o se tiró?».
«Yo estaba de espaldas, pero que se tirase no tendría sentido. Ilsa no era de las que se suicidan, Ilsa era una superviviente».
Cambio de tema.
«Urgulanila iba a pie hasta León, ¿no es así?».
«Así es».
«Su padre, adinerado, había recogido en un camión sus pertenencias del apartamento de Londres».
«En efecto».
«Luego sabía que volvía a pie hasta casa».
«Sí».
«¿Cómo explica entonces que no aparezca en la prensa una sola palabra sobre una chica desaparecida que regresaba a pie a León? Máxime cuando un padre rico siempre moverá todos los hilos para encontrar a su niña».
Aunque su niña sea la protagonista de la película El ataque de la mujer de 50 pies.
«En eso también tengo algo de culpa —responde Luis Foret—. Antes de arrojar el cuerpo a la escombrera se me ocurrió que era conveniente escribirle a su padre para ganar tiempo. ¿Cuánto tardaría en llamarla al móvil? Una niña de papá que va caminando sola por el extranjero… Es posible que la llamase cada día. Así que cogí el teléfono, busqué en la agenda y encontré con facilidad el número del padre».
«Y ella no tenía contraseña para desbloquear el móvil, ¿verdad? Qué bien le viene para su historia».
«Agnes, aunque te cueste creerlo, hay gente que no tiene nada que esconder».
«¿Cómo no me va a costar creerlo después de haberlo conocido a usted?».
«Cogí el teléfono de Urgulanila, leí algunos de sus mensajes y copié expresiones cariñosas, palabras repetidas, saludos y despedidas que utilizase en otras ocasiones. Le escribí a papá diciéndole que había decidido marcharme, que había decidido intentar una vida sin ellos, vivir sin red, que quería demostrarme a mí misma que era lo bastante buena para hacerlo por mis propios medios, que quizá volvieran a saber de mí o quizá no, que los quería mucho y agradecía todo lo que habían hecho por mí, pero había llegado la hora de echar a volar, que por favor no me buscasen, que por favor no me avergonzasen, que por favor respetasen mi libertad. O algo así».
«Es usted un hijo de puta».
«¿En serio? ¿Por qué? Su adorada hija, que no llegaba a treinta años, había muerto de la forma más estúpida posible, cayéndose en la bañera del hotel de un desconocido al que pensaba tirarse una vez se hubiese lavado sus pies hediondos. ¿De verdad crees que para ellos sería menos doloroso conocer la realidad que pensar que su hija sigue viva disfrutando de la vida que ha elegido para sí? Con la certeza de que si las cosas le van mal llamará para pedir ayuda. ¿Crees que lo que hice no fue una buena obra?».
«Lo hizo para escurrir el bulto. No vaya ahora dándoselas de héroe».
«Agnes, reconocerás que hay formas y formas de escurrir el bulto y esa me pareció brillante».
«Es usted tan odioso».
«No solo me daba tiempo antes de que empezasen a buscar a Urgulanila, sino que aliviaba el sentimiento de pérdida de su familia. Después de enviar el mensaje, apagué el móvil y lo machaqué contra la cazadora de cuero de cerámica. La prensa no publicó nada porque el hecho de que una chica mayor de edad se marche de casa y no vuelva a hablar con sus padres no es noticia».
El okapi se esconde de nuevo en un tupido bosque de cedros y tecas; a mí me resta analizar sus excrementos.
Ensayo varios correos electrónicos, todos contienen insultos. Los escribo con mayúsculas, los escribo deletreando las palabras, separando las letras con guiones. Luego los borro. Quiero saber cómo acaba la historia antes de decirle a ese hombre todo lo que pienso de él y ya no debe quedar mucho.
«Entonces —le escribo—, la única esperanza que me queda es encontrar a Kathy, a Anne Marie o a Nata. ¿Se da cuenta de que de todas las mujeres de las que me ha hablado, de todas las mujeres que considera importantes en su historia, solo tres quedan con vida?».
«No exactamente».