Agnes
3 El relato de Asia
3
El relato de Asia
Zadar (Croacia), mayo de 2012
Afirma Foret que es preciso que el tercer relato de su biografía pegue otro salto en el tiempo y se detenga un año después de que a Shahriar le sobrevenga la ceguera en Hydra. Afirma que debe comenzar con una invitación para impartir un curso en la universidad de Zadar, un hermoso edificio a orillas del Adriático, no es que sea una gran oportunidad en su carrera, es tan solo una ocasión para alejarse unos días de su mujer y su hija. Una vez en Zadar, el relato debe continuar con un impulso que no alcanza a explicar, que le lleva a saltarse la jornada inaugural. A los responsables de la universidad les dice que está enfermo o que no se encuentra bien o algo por el estilo; en lugar de dar clases, se dirige a pie a la estación de autobuses y compra un billete a los lagos de Plitvice. Afirma que lo hace porque se lo puede permitir: nadie lo conoce en Zadar, nadie conoce su aspecto, nadie sabe si en realidad está convaleciente en un apartamento abuhardillado o haciendo excursionismo por su cuenta. Las ventajas del anonimato son ya demasiado evidentes como para dejarlas pasar. También el desprecio por la actividad docente, por lo banal de la cotidianidad. Todo lo que sea susceptible de ser redactado y grabado en una cinta de casete para enviar a Shahriar le parece digno de llevarse a cabo.
Afirma que no lamenta la mentira. La mentira le hará conocer a la chica con nombre de continente. La mentira lo convertirá en Luis Foret. Quizá si hubiera dicho la verdad nunca sería más que otro profesor universitario. O quizás otro camino lo hubiera llevado al mismo fin. Eso nunca lo sabrá. El caso es que en Croacia descubre que no lamenta las mentiras. Que las mentiras a menudo traen consecuencias magníficas.
Sin la mentira no habría tenido tiempo de ver los lagos, no habría escuchado el sonido narcótico del agua, no habría contemplado su verdor, ese verdor anterior a los móviles, a la depresión, a la guerra. El hombre que sería Luis Foret no se siente en Europa en Plitvice; se siente como un indio shoshón de Yellowstone, afirma, un bantú de las cataratas Victoria, anterior a los ordenadores portátiles, anterior a las grabadoras de casete del tamaño de tostadoras, anterior a los relojes de pulsera, a los vehículos de regreso a Zadar.
Cuatro horas más tarde las colas para subirse al barco que une los lagos superiores con la salida del parque son kilométricas. No es una hipérbole: ocupan varios kilómetros. El barco es pequeño, su capacidad no excede los cincuenta pasajeros. El hombre que sería Luis Foret sacude en la mano un billete para el último autobús a Zadar. Tiene veinte minutos por delante si no quiere perderlo. Comienza a oscurecer; hay un par de hoteles alrededor del parque, pero ha visto los carteles a la entrada y no quedan habitaciones libres. Como se le escape el autobús, se va a ver en un buen aprieto.
La familia italiana que tiene delante en la cola — un padre enclenque, una madre gruesa, dos niños de entre ocho y diez años— entona una cancioncilla infantil.
Un elefante si dondolava sopra il filo di una ragnatela.
La fila avanza a paso de elefante que se balancea en la tela de una araña.
E ritenendo la cosa interessante andò a chiamare un altro elefante.
El hombre que sería Luis Foret realiza un breve análisis de sus opciones.
Due elefanti si dondolavano sopra il filo di una ragnatela.
a) La opción sencilla: guarda en la agenda del móvil un teléfono de contacto de la universidad. Pero no debe usarlo bajo ninguna circunstancia. Cómo va a explicarles que se ha quedado tirado en Plitvice si estaba tan enfermo que no podía recorrer los quinientos metros entre el apartamento y la facultad.
Los niños acompañan con palmas la canción.
b) La opción audaz: ponerse a caminar y comprobar hasta dónde llega. Cuando venía en el destartalado autobús, mientras un hombre maloliente del asiento de atrás hablaba solo y se encaramaba al reposacabezas dándole tirones en el pelo, vio algunos alojamientos rurales. Pero la luz del día no va a aguantar mucho más y en la carretera no hay arcén ni iluminación.
El enclenque padre italiano hace un bailecito. Adelanta la punta de un pie y luego, de un saltito, la del otro. La mujer gorda ríe con ganas.
c) La dificultad: se ha comprometido a retomar las clases a las nueve de la mañana del día siguiente. No hay parada de autobús en los alojamientos rurales, así que tendría que volver a pie hasta Plitvice de madrugada, antes de que salga el sol. Si no lo atropellan a la ida, lo harán a la vuelta.
Quattro elefanti si dondolavano sopra il filo di una ragnatela.
d) El recurso: el autoestop. Solo pensarlo le pone nervioso. Y últimamente, afirma, cuando se pone nervioso, se encoleriza, desarrolla una agresividad que desconocía. Le enerva la gente feliz.
E ritenendo la cosa interessante andarono a chiamare un altro elefante.
La jodida gente feliz.
El hombre que sería Luis Foret hace crujir sus dedos.
—¿Queréis callaros de una puta vez?
El padre flacucho se queda congelado en mitad de su paso de baile con un pie suspendido hacia delante. La gorda bufa como un gato persa.
—Scusi?
El hombre que sería Luis Foret le dice al italiano que su inclinación hacia los elefantes resulta tan obvia que es innecesario que los torture con su canción.
La gente abandona sus conversaciones al instante; el ser humano, afirma Foret, conserva un instinto connatural para detectar cualquier alteración en el comportamiento gregario. Un murmullo invade la hilera hormigueante, incluso a una distancia de cientos de metros. No han podido escuchar nada, no es físicamente posible, pero perciben que algo ha ocurrido, lo sienten.
Un inglés con sobrepeso, camiseta de rugby y pelo rapado con maquinilla se adelanta para participar en la pelea. Es uno de esos hooligans que huelen las peleas; el motivo es lo de menos: la globalización, una huelga, un partido de fútbol, una cancioncilla infantil.
—Anything wrong? —pregunta al italiano.
Se ve que el inglés aún está valorando a quién tiene que partirle la cara.
—Everything OK —dice el padre alzando el pulgar.
El hooligan frunce el ceño decepcionado. Antes de regresar a la fila, libera adrenalina dándole un puñetazo al tronco de un pino, un par de piñas caen y ruedan hasta el lago cerca del hombre que sería Luis Foret, que se encoge acobardado.
En el fondo, el italiano parece un buen tipo, pero disculparse ahora no hará más que empeorar las cosas. Además, la fila comienza a avanzar.
Afirma Foret que cuando llega a la marquesina de la entrada número dos no alcanza a ver más que el guardabarros del autobús, que se aleja hacia el oeste dejándolo en tierra. La luz solar escasea y los faros iluminan el sendero.
No hay tiempo para el desánimo: echa una carrera hasta el aparcamiento de turismos. La lógica le dice que algunos de los que compartían fila para el ferri con él se marcharán ahora en su coche. Una treintena de vehículos reposan bajo hayas poco frondosas.
Pregunta a unos viejecitos sudamericanos vestidos como exploradores que se suben a un Saab tan pequeño como ellos; se disculpan con amabilidad: van hacia Zagreb, en dirección contraria. Lo mismo sucede con un hombre eslavo, solitario y marcial; en realidad le alivia que su destino no sea Zadar. Una pareja española también se dirige a Zagreb:
—Pero si se apura —le dicen— aún le dará tiempo a preguntarle a aquella familia del Alfa Romeo blanco. Ellos van hacia Zadar, nos lo han dicho. Son cuatro, tal vez tengan sitio para usted.
El coche ya está haciendo la maniobra para desaparcar. Les grita desesperado a unos cuantos metros de distancia:
—¿Pueden llevarme a Zadar? Les pagaré.
El Alfa frena y se abre una ventanilla.
Asoma una mano regordeta. El dedo corazón se alza orgulloso como uno de los abetos de Plitvice. El coche pasa de largo a su lado. El flacucho padre italiano extiende los brazos como diciendo, pero a ver, hombre, qué quieres que haga. Definitivamente, es un buen tipo. El elefante, afirma Foret, se balancea sobre el filo del asiento de copiloto, con el dedo rollizo extendido, vertical en grado máximo. Los niños lo celebran con risas.
El hombre que sería Luis Foret se sienta junto a un haya y recita para sus adentros un famoso poema de Sylvia Plath sobre la horizontalidad que tenía preparado para la clase de esa mañana, la que se saltó. El aparcamiento casi se ha vaciado. Los coches que quedan en él pertenecen a los trabajadores del parque o a turistas con habitación de hotel. Apenas hay ya claridad a su alrededor. Un grillo estridula frotando sus alas, odia el chirrido de los grillos, odia cualquier sonido emitido por insectos voladores. Se siente desamparado, horizontal en la tierra plagada de bichos bajo las hayas. Tendrá que resignarse y buscar en los contactos del teléfono el número del enlace con la universidad de Zadar.
Entonces oye el sonido del desbloqueo de un vehículo, una puerta que se abre y se cierra. Salta disparado como un grillo, es vertical, más vertical que nunca. Ahora escucha el motor, es un Fiat Panda como el de su primera luna de miel. Para evitar que se escape se arroja sobre el capó, como hizo Kathy en aquella lejana ocasión cuando un camión casi la aplasta entre Verona y Milán.
Una muchacha lánguida, afirma Foret, poco más que una niña, agarra el volante. No parece sorprendida al ver a un hombre aferrado al morro del Fiat con tanta determinación como las briznas de hierba que se adhieren a su jersey de punto. La chica se dirige a Zadar.
—Te pagaré —le dice el hombre que sería Luis Foret.
—No tiene que pagarme nada. Va por mi camino.
La chica apenas lo mira en todo el trayecto: los ojos fijos en la carretera, unos ojos oscuros poco llamativos. El halo rojizo de los coches que se cruzan con ellos se refleja en su cutis blanco, empañado por un exceso de colorete. Asia, la chica con nombre de continente, es tan expresiva como una loncha de queso prefabricado.
—¿Vienes de ver los lagos? —pregunta él por hablar de algo.
—Sí, claro, los lagos. ¿De dónde iba a venir?
En los siguientes días descubrirá que la cháchara sin sentido no tiene sentido para Asia. Nadie lleva más a rajatabla lo de asegurarse que sus palabras valen más que el silencio.
—¿Le importa que fume? —le pregunta Asia.
—Es tu coche —dice él.
—En realidad no es mío, es de alquiler.
—Ya, bueno, lo que sea.
Ella guarda silencio.
—¿Me das un cigarrillo? —pregunta él.
El hombre que sería Luis Foret solo fuma cuando está nervioso. Abren las ventanillas y van dejando un par de regueros de humo. Asia tiene la nariz muy estrecha, como un pequeño desagüe. El humo sale en un hilo.
—¿Eres italiana?
—Sí, de Camposanto.
—¡Ah!
—¿Lo conoce?
—No.
—Está cerca de Módena.
Él se encoge de hombros.
—Nadie conoce Camposanto —dice ella.
—¿Sabes qué quiere decir camposanto en español?
—¿Qué quiere decir?
—«Cementerio».
—Sí, claro, como en italiano.
—¡Ah!
El hombre que sería Luis Foret da una calada al cigarro.
—Seguro que más de una vez te han hecho bromas sobre vivir en un cementerio —dice.
—Nunca me han hecho gracia.
El hombre que sería Luis Foret ve la ceniza avanzar quemando el papel, cree que el cigarrillo se le va a hacer muy corto.
—¿Estás en Zadar de turismo? —pregunta.
—No, en un curso.
—¡Ah, un curso!
Los dientes de Asia se tuercen en el lateral de su boca. El lateral que enseña al asiento de copiloto. En Asia eso del lado bueno de la cara es algo muy acentuado.
—Pero hoy me lo he saltado —dice Asia—. Empezaba hoy, ¿sabe? Pero antes de nada quería ver Plitvice.
—¿Y de qué trata el curso?
—Suicidio y literatura.
Él le da la última calada al cigarro y luego se echa a reír.
Ella sigue conduciendo, igual de seria, ajena a la risa de su acompañante. El suicidio no le parece ninguna broma.
—¿Sabes? No te has perdido la clase.
—¿No? ¿Y cómo lo sabe?
—Porque yo soy el profesor de ese curso.
Por un momento Asia aparta los ojos de la carretera. Bien mirada, incluso puede llegar a ser hermosa.
—Empezaré con una idea simple: la única cuestión filosófica que tiene importancia es el suicidio. El resto no son más que juegos de lógica.
La bruma de la mañana se despereza tras el ventanal de la universidad de Zadar el día después de la visita a Plitvice. Un par de hombres bronceados, con la carne colgando por efecto de la edad, se zambullen en el Adriático. La temperatura es agradable, pero no lo suficiente para disfrutar de un baño. Los hombres saltan en bomba desde el paseo marítimo. No hay escalones ni arena, solo un bloque de cemento y después el mar.
—La idea no es mía. La planteó un famoso autor al que probablemente conocéis.
Apenas una docena de alumnos han acudido a la primera sesión del curso que imparte el hombre que sería Luis Foret. Asia se sienta en mitad del aula, muy seria, el mismo colorete de la tarde anterior, la misma camisa blanca.
—Camus. El mito de Sísifo —dice un engominado con jersey de cuadros y coderas.
—Exacto.
El engominado se mueve satisfecho en la silla.
—Así pues —continúa el hombre que sería Luis Foret—, tengo que felicitaros por haber escogido este curso. Aquí trataremos de dar respuesta a la pregunta más importante que os podéis hacer: ¿merece la pena seguir viviendo?
Se pasa la mano por la barbilla. Esa mañana se ha quedado dormido y su afeitado ha sido deficiente. Se ha dejado cuatro pelos largos y debe de parecer un idiota. No da la impresión de que sus alumnos estén muy emocionados asistiendo a las clases de un idiota.
—Aunque soy profesor de literatura —prosigue—, no soy un gran creyente en la literatura. No creo demasiado en eso que llamamos imaginación. No creo en crear de la nada. Creo en los sentidos. En mirar, oír y tocar. No creo que nadie encerrado en una jaula pueda hablarnos de la condición humana.
Asia parece distraída. Todo lo distraída que puede parecer una loncha de queso.
—Por eso pienso que la mejor forma de estudiar el suicidio no es leer libros sobre el suicidio. Es leer a los escritores suicidas. Nadie mejor que ellos para hablarnos del tema. He escogido a tres para la charla de esta mañana: Mishima, Plath y Foster Wallace. No quisiera convertir esto en un soliloquio, así que me gustaría saber qué pensáis de ellos.
Un gordito con camisa amarilla levanta la mano.
—No hace falta que levantéis la mano, podéis hablar cuando queráis —dice él.
El gordito calla. Parece no querer hablar sin permiso explícito.
Un chaval de facciones duras y el pelo recogido en un moño toma la palabra:
—Mishima era un fascista.
—Ah —dice él—, sabía que saldría la palabra fascista. No imaginé que ocurriera tan pronto. Pero no existe debate que se precie sin la palabra fascista.
—A los fascistas no les gusta la palabra fascista —dice el chaval del moño.
—No, no creo que les guste —dice el hombre que sería Luis Foret obviando el ataque.
—No podemos juzgar a Mishima con el prisma de Occidente. Es injusto. E imperialista —dice el del jersey de cuadros.
—Mishima se preparaba desde el principio para una muerte así —dice una chica de voz dulce—. Decía que quería hacer de su vida un poema.
—Lo que no se puede negar es que tuvo el mejor suicidio de todos —dice uno con marcas de granos por toda la cara—. El seppuku es otra categoría.
—Sylvia Plath era demasiado frágil. Demasiado sensible para este mundo. En un mundo de insensibles no hay sitio para poetas —dice la chica de la voz dulce.
—Sylvia Plath era una loca del coño —dice el chaval del moño.
—Es curioso —dice el del jersey de cuadros—, pero aquí lo único que suena fascista eres tú.
—Sylvia Plath se suicidó por culpa de Ted Hughes. Igual que Assia Wevill. Cuando las dos madres de tus hijos se suicidan deberías plantearte qué clase de monstruo eres —dice una chica con una sien rapada al cero.
—Sylvia Plath tenía una tendencia hacia la muerte —dice el del jersey de cuadros.
—Ted Hughes era un maltratador, un asesino. A veces no hay que apretar el gatillo para ser un asesino —dice la chica medio rapada.
—Pero meter la cabeza en el horno, no sé, no me convence — dice el de los granos.
—Foster Wallace —dice el del moño—, ese estaba de atar.
—Foster Wallace era un maltratador que se creía mejor de lo que era y vendía mucho menos de lo que esperaba —dice la chica medio rapada.
El gordito levanta la mano.
—Los americanos y su competitividad fascista — dice el del moño.
—Colgarse en el garaje es un suicidio de segunda — dice el de los granos.
El hombre que sería Luis Foret da vueltas por el aula y se para delante de Asia.
—¿Y tú? —le pregunta—, ¿qué opinas tú?
Asia se aclara la garganta.
—Son casos diferentes. Mishima se mató por su país, Wallace se mató por la literatura, Plath se mató por amor.
Él aprieta los labios y da dos golpecitos con el bolígrafo en la mesa. Dos absurdos golpecitos de complicidad.
—¿Y tú con cuál de esos motivos te sientes más identificada? —le pregunta.
El gordito baja la mano.
—Preferiría no tener que elegir un motivo para matarme —responde Asia muy seria.
De todas las preguntas estúpidas que ha hecho en su vida, afirma Foret, aquella sigue siendo la más estúpida.
No era más que un idiota con pelos largos en la barba.
Esa tarde pasea solo por Zadar. Recorre varias veces una calle estrecha que divide la península histórica; pronto llega de un extremo a otro. En el extremo que se funde con el mar hay una tienda de corbatas con un rótulo, CROACIA, EL PAÍS QUE INVENTÓ LA CORBATA; en el otro extremo, casi en el istmo que une la península al continente, se abre una plaza con cinco pozos. Cerca de ella, un andamio cubre un edificio. Es el antiguo conservatorio de ballet de Zadar. En la valla metálica han colgado una foto de principios de los noventa: el conservatorio medio derruido, la pared llena de agujeros de bala, una bailarina se ajusta los leotardos entre cascotes, ajena a la guerra, ajena al dolor.
Inexpresiva como una loncha de queso.
La sensación que ha tenido desde que llegó a Croacia es la de un país lleno de cicatrices, cicatrices recientes, cicatrices que fingimos no ver, frescas y rojas, cicatrices que amenazan con abrirse y sangrar. Abrirse y desangrarse.
El hombre loco, pestilente, que se movía nervioso en el asiento de atrás del autobús a Plitvice y se bajó en medio de la nada, que hablaba solo y le daba tirones de pelo al agarrarse en el reposacabezas podría ser un veterano con estrés postraumático. Quienes se cruzaban con el hombre que sería Luis Foret y pasaban de los quince o veinte años habían vivido la guerra de los Balcanes, la recordaban. Muchos habrían perdido a sus padres o hermanos. A otros les faltaba una pierna o un brazo. Tal vez a causa de un mortero, una granada, una mina. ¿Por qué le habían invitado a él a impartir allí un curso sobre el suicidio? ¿Con qué razón iba a hablarles él del suicidio a unos supervivientes? En ese momento se siente un impostor; en su vida, afirma, siente más la impostura de la verdad que la de la mentira. No puede dejar de pensar en lo que ha dicho el chaval del moño: el suicidio es una epidemia de burgueses que tienen tan poco por lo que luchar que se aburren mortalmente.
Días después, cuando intente trasladarle esta idea a Asia, ella solo le dirá:
—No creo que el suicidio tenga nada que ver con el aburrimiento.
En la segunda clase vuelve a ver a los mismos hombres dándose un chapuzón en el mar. La misma esquina, a la misma hora. El agua salada empuja hacia la superficie sus pechos colgantes.
Asia viste chaqueta gris, camiseta gris. Se ha cambiado el peinado. Ahora lleva un flequillo que la hace aún más inexpresiva.
Él les propone un juego. Les va a leer un texto que ha escrito sobre el suicidio, lo que a él le sugiere el suicidio. Les pide a ellos que hagan lo mismo.
El texto que les lee es importante porque es el único al que tenemos acceso en el que Luis Foret hace referencia a su infancia.
Conocí a este tipo que vivía en el pequeño pueblo junto al mar en que nací. No
era mal tipo, trataba bien a su mujer, era de los que aparecen en San Valentín con una caja de bombones y un ramo de flores. Una caja de bombones del supermercado, tampoco vayáis a pensar. Vivían en la puerta de enfrente. Eran vecinos discretos, no tenían perro ni hijos y eso que ella quería, pero uno de los dos fallaba, nunca me quedó claro quién. Él trabajaba en una empresa de suministros navales y no tenía problemas económicos, más allá de las típicas apreturas de fin de mes. Su grupo de amigos era más o menos estable: un par de marineros, un profesor, un funcionario del ayuntamiento, un bombero que había estado liado con su mujer antes que él, algo que en los pueblos no es infrecuente y hay que hacer de tripas corazón. Ninguna conversación demasiado interesante, ningún te quiero, amigo, tampoco grandes discusiones. Un grupo de lo más normal. Y, sin embargo, algún cable estaba desconectado en su cabeza.
Una noche después de cenar, se limpió la boca con la servilleta, dio un beso a su
mujer y le dijo que no se molestara, que ya fregaba él los cacharros. Después fue a peinarse, se estaba quedando calvo pero aún era capaz de disimularlo. Se puso su mejor chaqueta, unas botas de cuero negras, y hasta se echó unas gotas de colonia que antes mojó en dos dedos. Le dijo a su mujer que iba a dar una vuelta con sus amigos y ella se sorprendió. ¿Hoy? ¡Pero si hoy es martes! Más adelante comentaría que había imaginado que tenía un lío. Mi vecino bajó al garaje y allí se cruzó conmigo. Yo jugaba con una pelota de tenis; él se subió al Audi 80 gris metalizado que había provocado buena parte de las apreturas de fin de mes.
El pueblo en cuestión tiene un monte, nada extraordinario, no alcanza los 300
metros de altura, pero está situado encima del mar sobre la desembocadura de un río, así que tiene unas vistas bonitas. Para alcanzar el mirador has de recorrer una carretera sinuosa, bien asfaltada y tranquila, salvo que te cruces con una familia de jabalíes o con alguno de los adolescentes que suben al monte en coche a meterse mano y luego descienden disparados para impresionar a la chica a la que aún no le ha bajado el rubor. Uno de esos vehículos llenos de vaho y barro a punto está de llevarse por delante esa noche a nuestro hombre, pero reacciona a tiempo. Menos mal, se dice. ¡Ha faltado el canto de un duro! Luego se queda muy serio mirando al parabrisas y al instante se echa a reír dando golpes con el puño contra el volante. Ya os digo que le falta un tornillo.
Cuando llega a la cima está tan oscuro que no se distingue en qué lado está el mar
y en cuál el pueblo. Pero él lo sabe de sobra, lo sabe perfectamente, lleva toda la vida allí, como una araña en una bisagra. Abre las ventanillas, coge algo de aire y pisa el acelerador. El Audi 80 se precipita por la ladera del monte que conduce hacia el pueblo, su pueblo. Tras cinco o seis metros de caída se queda enganchado en la copa de un roble, con las ruedas delanteras apuntando al cielo estrellado. Ni se había fijado
en que las estrellas brillaban tanto ese día, puede ver Casiopea, su padre le enseñó dónde estaba Casiopea. Su amigo el bombero, el que salió con su mujer antes que él, es el encargado de excarcelarlo. Es una maniobra peligrosa pero es su trabajo. Y, además, es su amigo. Cuando lo llamaron y vio el coche lo reconoció enseguida. Por suerte, nuestro hombre no tiene más que contusiones y unas costillas rotas, lo más costoso va a ser reparar el Audi. ¡Pero qué se te ha pasado por la cabeza, hombre!, le dice su amigo, si tienes un problema no tienes más que llamarnos y no hacer tonterías. Claro, claro, llamaros, dice él.
La octava noche después de abandonar el hospital se sube al coche de su mujer,
un Simca 1000 dorado, y dice: hoy nada puede fallar. Yo lo veo salir del garaje mientras boto la pelota de tenis contra las puertas de hojalata de los trasteros, pero no le digo nada a nadie: nunca he sido muy amigo de inmiscuirme en los dramas ajenos si no voy a sacar nada en limpio.
Llega a la cima, abre las ventanillas, respira, le duele al respirar porque las
costillas no están curadas. Pisa el acelerador. Esta vez el coche se queda en un saliente de roca, la caída es más pequeña pero el daño mucho mayor, se rompe una mano y la mandíbula, una de las costillas le perfora el pulmón. Su amigo el bombero le rescata. ¡Pero qué haces otra vez, hombre, tienes un problema! ¿Sí?, dice él, ¿no me digas? ¿Cuándo te has dado cuenta?
Lo vigilan cuanto pueden, pero es lógico pensar que en algún momento logrará
escabullirse. Lo hace dos meses después, compra un billete de ida de autobús y se va tres o cuatro pueblos más allá. A una oficina de alquiler. Una donde esté seguro de que no lo conocen. Alquila un Talbot Horizon rojo. Conduce hasta la cima, ya ni baja las ventanillas ni respira hondo, solo acelera. El coche no cae, resbala por la falda del monte quince, veinte, treinta metros y se estrella contra un gran pedrusco, uno lleno de petroglifos que nadie había descubierto hasta ese día, el hombre sale disparado por el parabrisas, se corta el tronco, es un amasijo de sangre morada. Pero no se muere.
Su amigo el bombero lo rescata. Tiene que descender de un helicóptero para
recuperar el cuerpo. Cuando ya lo tienen en la camilla, le dice: joder, tío, por qué no pruebas a tirarte hacia el lado del mar.
Nuestro hombre, entre estertores, escupiendo sangre, contesta: no, a ese lado no,
que me da miedo.
La historia genera indiferencia en el aula. Asia mira hacia la ventana, hacia el bloque de cemento y luego el mar. El hombre que sería Luis Foret piensa que solo Shahriar valora su escritura. Y únicamente porque está ciega.
Al final de la clase todos le entregan un folio en el que han escrito algunas de sus ideas acerca del suicidio. Asia es la última en aproximarse. Le sonríe con una de esas sonrisas que duran menos de un segundo. Cuando se gira, el hombre que sería Luis Foret se fija en que su trasero se aprieta en unos pantalones ejecutivos.
—Asia —la llama él.
Ella se da la vuelta.
—¿Tienes amigos en Zadar? —pregunta el hombre que sería Luis Foret.
—No.
—¿Te apetece cenar?
—¿Ahora?
Es la una de la tarde. A él le hace gracia su literalidad.
—Ahora no, a la hora de la cena.
—Supongo que sí —dice Asia.
—¿Conmigo?
—¿Con usted?
—Sí, te estoy invitando.
Ella sonríe de nuevo. Un segundo.
Evidentemente, tienen un problema de comunicación.
Se citan a las ocho en la plaza del foro romano, un amplio espacio entre el mar y las iglesias —la de San Donato, la de Santa María, el campanario de Santa Anastasia—, pero como ese día hay concierto al aire libre su extensión parece reducida. Una banda de música compuesta por instrumentos de viento interpreta bandas sonoras de películas. La plaza está vallada en el lugar exacto donde un día estuvo el foro; en el interior, junto a las piedras originales, del tamaño de tumbas, hay sillas plegables de madera que se llenan poquito a poco. Asia no entiende cómo nadie puede pagar por escuchar lo mismo que escucharían sentados en las escaleras de Santa María. Él no sabe explicárselo.
Afirma Foret que la conversación es limitada, no más fluida que al regreso de Plitvice, así que deciden cenar temprano en un restaurante italiano de la zona antigua. Invitar a una italiana a cenar en un italiano no es la idea más original del mundo, pero a Asia parece darle lo mismo. Como todo lo demás. Salvo el suicidio. Eso es lo único que la activa.
Piden penne all’arrabbiata y spaghetti alle vongole. Asia lanza varias sonrisas que duran un segundo, de esas que incomodan más que reconfortan.
Del bolsillo de su americana el hombre que sería Luis Foret extrae un papel arrugado. Es el ejercicio de Asia sobre el suicidio. Mientras esperan la comida él lo lee en alto.
—¿Te importa?
Ella niega con la cabeza con poca convicción.
—«Una mujer tose por la noche, no deja dormir a su marido, que al día siguiente tiene que ir a trabajar, es cartero en una ciudad del norte de Italia, no ingeniero aeronáutico ni nada parecido, es solo el cartero malhumorado, ella lleva dos semanas acatarrada, no es culpa suya, se resfrió en el bautizo de su sobrina, la hija de la hermana del cartero, había que ir elegante y, por lo general, la elegancia se asocia a poco abrigo, lo cierto es que ya tenía un resfriado anterior, pero otro resfriado por encima lo complica, es un resfriado de varias capas como una cebolla, tiene otitis, algo de fiebre, y tose, tose mucho, sobre todo por las noches, el cartero no puede dormir, ella tampoco, pero eso da igual, es ama de casa, solo tiene que cuidar de sus dos hijas, la mayor tiene seis años y medio, la pequeña cuatro meses, ese no es trabajo como repartir cartas, piensa el cartero, saber el nombre de todas las calles, conducir una motocicleta, y qué pasa si va medio dormido y atropella un gato o, peor, a una persona, pero ella tose, cuanto más aguanta la tos, más le pica la garganta, más insoportable es el picor, los últimos días ha dormido en el sofá, pero es un sofá frío de escay y eso no hace más que agravar la situación, él ha perdido la paciencia, ella lleva muchas noches sin dormir y durante el día las niñas no le dan tregua, se encuentra débil y algo deprimida, vuelve a toser, él le dice: ya está bien, ya no lo soporto más, ella le responde: qué quieres que haga, me iré al sofá, pero ahí no hago más que seguir enfermando, él le dice: tienes que hacer algo al respecto, ella tose, le dice: qué quieres, que me tire por la ventana, él le dice: al menos eso sería una solución, ella se enfada y tose y se marcha otra noche más al sofá, un par de horas más tarde alguien está llamando al interfono de la casa del cartero, nadie va a abrir, la niña pequeña se ha puesto a llorar, él se despierta, maldita sea, es que nadie me va a dejar dormir, y qué pasa que esa mujer no puede abrir la puerta, cuando se levanta nota que hay corriente, demonios, dice, cómo no vamos a coger catarros así, descuelga el interfono, hola, señor, trabajo en el banco de aquí al lado, hay una mujer espachurrada en el suelo, me dicen que es la suya, el cartero cuelga el interfono y piensa que esa no es forma de dar las noticias, mañana se quejará al banco».
—Esto… ¿esto qué es, Asia? —dice metiéndose en la boca un haz de espaguetis.
—Mi ejercicio.
—Ya, ya, lleva tu nombre en el encabezado. ¿Pero qué significa?
—Usted nos dijo que escribiéramos lo que nos sugiere el suicidio y yo lo hice.
—Tutéame, por favor. Es una historia rara. ¿Qué quiere decir?
—No quiere decir nada. ¿Por qué las historias iban a querer decir algo? Tu historia del hombre, los coches y el monte, esa me molesta.
—¿Por qué?
—«No era mal tipo, trataba bien a su mujer». ¿Te das cuenta de que esa es una de las cosas más machistas que he oído nunca?
—¿Machista porque trataba bien a su mujer?
—No entiendes nada.
El hombre que sería Luis Foret comenta que el sofrito de los espaguetis sabe demasiado a ajo, Asia calla.
—¿Qué más te molesta? —pregunta él.
Asia suspira, como si dijera: ¡tantas cosas!
—Eso de que se tire con el coche siempre por el lado conocido —dice luego—. Eso no es una historia, es una fábula.
—¿Una fábula?
—Inverosímil y con mensaje.
—¡Ocurrió de verdad! ¿Y qué me dices de tu historia del cartero?
—Mi historia también ocurrió.
Ella cierra los ojos durante un segundo, nada más que un segundo.
—Mi madre…
El hombre que sería Luis Foret come espaguetis pensando que Asia va a continuar hablando, pero no lo hace.
—¿Tu madre qué?
Ella acaricia un macarrón con el tenedor.
—Mi madre se tiró por la ventana.
—¡Oh, joder! Lo siento.
—No tiene importancia.
—Sí, sí que la tiene, Asia.
Asia mira la montaña que conforman los macarrones y la recorre con las púas del tenedor. Tal como entorna la cabeza, el flequillo cae sobre sus ojos y él apenas puede verle la cara. Es posible que Asia esté mostrando algún sentimiento que no desea que él vea. Es más cómodo ser una loncha de queso.
El hombre que sería Luis Foret decide que quiere acostarse con ella, decide que quiere provocar en Asia reacciones que duren más de un segundo, decide que quiere que la chica impávida sea su primera amante, decide que quiere enviarle a Shahriar la más elocuente de sus grabaciones, porque, crear de la nada es imposible, crear sin vivirlo no tiene sentido.
Afirma Foret que no es la mujer por la que lo dejaría todo, por ella no dejaría ni un libro abandonado en la mesa de un restaurante italiano, pero la elige de todos modos. Pronto descubrirá, afirma, qué la facilidad del sexo es inversamente proporcional al deseo, se contrapone al valor de la otra persona en tu vida. Es tan fácil acostarse con quien no te importa.
—Lo que me molesta —dice Asia acariciando el estrecho tubo que es su nariz— es que digan que los suicidas están locos. Mi madre no estaba loca. Sylvia Plath no estaba loca. Sin Ted Hughes no se habría suicidado. Podría decirse que a mi madre la empujaron por la ventana.
—No sé, Asia, Sylvia Plath tenía trastorno bipolar y no creo que cada vez que a alguien le digan tírate por la ventana vaya a hacerlo. Tu madre tenía un problema.
—No has entendido nada.
Siguen comiendo unos minutos en silencio.
Luego él pregunta:
—¿Quieres venir a mi apartamento?
—¿Para qué?
Solo Asia, la mujer con nombre de continente, es capaz de dar ese tipo de respuestas.
—Para verlo.
—Supongo que es solo un apartamento.
—Pero estoy yo allí.
El hombre que sería Luis Foret ensaya una sonrisa.
—Eso no es verdad —responde ella—, estás aquí.
Asia es literal hasta el agotamiento. El hombre que sería Luis Foret llama al camarero y le entrega unos billetes arrugados de cien kunas.
—Vayamos a mi apartamento a hacer el amor.
Ella sonríe durante poco más de un segundo.
Afirma Foret que Asia, la mujer con nombre de continente, aspiraba el sexo y luego continuaba igual de impávida. Afirma que las mujeres impasibles son las mejores amantes: saben que en la vida nada va a ser mucho mejor que el sexo. Afirma que su cuerpo era hermoso por imperfecto; era pálido y blando, las estrías le recorrían los pechos y el trasero; tenía cicatrices: cicatrices en los muslos y en los brazos; costurones, remiendos que a él le gustaba acariciar con un dedo como si siguiese los dientes de una cremallera.
Asia tenía cicatrices como el conservatorio de Zadar. Como Croacia. Como los Balcanes.
No hablaba, no se quejaba, apenas gemía. A ratos parecía estar haciendo ejercicio. Si le decías hagamos tal cosa, la hacía. Era la literalidad en persona. Pero qué le ibas a pedir. A su madre le habían dicho que se tirase por la ventana y lo había hecho.
Lo llevaba en los genes.
Los siguientes días del curso vuelven a quedar para hacer el amor. No se citan para cenar, no hay conciertos en el foro romano. Él le pregunta si quiere ir esa noche a su apartamento. Ella dice que de acuerdo.
El ritual en Zadar es sencillo para él: por la mañana ve a los hombres mayores tirarse en bomba en el Adriático, por las noches se sumerge en la pequeña Asia. Sus días son como la península histórica, se dividen en dos, tienen extremos marcados, reconocibles, reconfortantes.
Scheherezade rebosa de historias.
Pero Asia quiere irse antes de terminar el curso. Tiene que hacerlo, le dice, el 20 de mayo es el cumpleaños de su hermana pequeña y no puede faltar, siempre ha cuidado de la niña de cuatro meses de la historia del cartero. Se pregunta cómo puede Asia cuidar a alguien.
Así que la acompaña la tarde del 18 hasta el puerto de Zadar. Es viernes. Embarcará a las cinco de la tarde en un ferri rumbo a Ancona, donde deberá pernoctar; al día siguiente habrá de recorrer doscientos sesenta kilómetros en tren hasta Módena y luego otros veinticinco en taxi hasta Camposanto. Foret afirma que se pone un poco triste, puede que le haya cogido cariño a Asia, puede que simplemente no quiera perder uno de sus extremos. Ella está como siempre. Como una loncha de queso.
—Escúchame, Asia —le dice acercándose a su mejilla con aire paternal —. No he querido decirte nada hasta ahora, pero estas noches he podido tocar tus cicatrices y quiero decirte que, por mucho que a veces la vida se ponga difícil… Recuerda la historia que os conté, mejor estrellarse por el camino conocido.
Ella da un par de pasos hacia atrás horrorizada; se separa un metro de él; si sigue retrocediendo se caerá al agua.
—No entiendes nada.
El ferri desprende un intenso olor a combustible. Está finalizando la maniobra de entrada al puerto. En unos minutos tendrá que embarcar.
Asia se aparta el flequillo de la cara. Se ha puesto más colorete que de costumbre. Cuando sale de la ducha, por las mañanas, está más hermosa. Alza la voz por encima de la sirena del barco.
—Esas marcas, las marcas en mi piel, son las marcas de un animal.
La mira boquiabierto.
—¿Es una metáfora? —pregunta.
Cualquier metáfora sonaría asombrosa en mitad de la literalidad de Asia.
—No, no, ¿qué metáfora? Un perro, un animal.
El resto de pasajeros se aproxima al muelle. Asia tiene que mantener la amplitud de su voz para que le escuche.
—Un perro me atacó cuando tenía ocho años. Yo iba corriendo con mi padre un domingo después de una merienda en el campo. Me adelanté, él estaba distraído. De una finca salió un perro de presa que me mordió por todo el cuerpo. Su dueño tuvo que volver a la casa, coger una escopeta y dispararle en la cabeza para que me soltase.
Cuando el ferri atraca por fin y el ruido disminuye de golpe, las palabras de Asia se pueden oír por todo el muelle:
—No pienso suicidarme. No es algo genético. No estamos locas.
Un empleado de la naviera encaramado a la rampa del barco empieza a llamar al pasaje con destino a Rímini.
—No entiendes nada —le dice Asia.
Él se acerca a besarla, ella se deja besar.
—¿Y tú? ¿Qué hay de ti? ¿Eres tú Ted Hughes? — le dice Asia al separar sus bocas—. ¿Recuerdas lo que dijo aquella chica en clase? No hace falta apretar el gatillo para matar a alguien.
El hombre que sería Luis Foret la ve subir al barco con la misma languidez con la que apareció días atrás en el aparcamiento de Plitvice.
Al día siguiente, mientras ve a los hombres bañarse en el Adriático, el hombre que sería Luis Foret escribe en un papel:
Asia tiene nombre de continente.
Asia tiene cicatrices como el conservatorio de Zadar.
Asia es impávida; es literal.
Es 19 de mayo.
La madrugada siguiente un cascote tan grande como las piedras del foro romano, del tamaño de una tumba, un cascote como los del conservatorio de la bailarina con leotardos, se desprenderá del campanario de Camposanto a causa de un terremoto de magnitud seis en la escala de Richter y le caerá en la cabeza a Asia. La encontrarán enroscada alrededor de su hermana, que, gracias a eso, sobrevivirá.
La vida de una chica impávida, editado en 2015, es la cuarta novela de Luis Foret. Su mayor éxito de crítica, el menos vendido de sus libros.