Agnes

Javier Peña · Capítulo 22 de 22

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10 El relato de Agnes Romaní

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El relato de Agnes Romaní

Epílogo a cargo de LUIS FORET

 

¿Habéis sentido alguna vez algo semejante al bloqueo del escritor? Probablemente no, probablemente nunca seáis escritores, aunque deberíais intentarlo, quién sabe, puede que encontréis a un grupo de personas dispuestas a morir para que lleguéis a serlo.

El bloqueo es algo terrible. Estrujarse el cerebro en busca de un pensamiento original, enfrentarse al parpadeo imperceptible de la pantalla de ordenador que te ciega, te trepana el cerebro, te hipnotiza. Si eres Luis Foret, el bloqueo es aún más doloroso porque no dejas de sentirte un farsante ni un minuto. El pseudónimo y la equis en la solapa en lugar de la fotografía no son sino la máscara del embaucador.

Paradójicamente, las notas para esta última novela, esta autobiografía, las he tomado en una libreta que Anne Marie me regaló cuando coincidimos en Óbidos hace ahora ocho muertes. Es un cuaderno del tamaño de un billetero, con anillas, tapas de cartón y un dibujo de Fernando Pessoa en la portada; en la parte trasera, en portugués, los primeros versos de su poema más célebre: O Poeta é um fingidor | Finge tão completamente | Que chega a fingir que é dor

| A dor que deveras sente[1]. Los versos de Pessoa siempre me hacen cuestionarme si soy un farsante que escribe o escribo porque soy un farsante. Puede que sea lo mismo.

No fui yo, sino una muchacha que había informado del tiempo en una televisión local de Los Ángeles, quien dio forma a mi primera novela. Las cuatro siguientes, así como el volumen de relatos, narran experiencias reales que reduje y disfracé para hacerlas irreconocibles. Hay algo en lo que Agnes tiene razón: son las mujeres a mi alrededor quienes hacen mis historias interesantes. El verdadero Foret, la máscara, el farsante, apenas ha inspirado experiencias dignas de ser contadas. A quién quiero engañar, si hasta hablar del verdadero Foret es un fraude. Por eso, tras dos años del más astringente de los bloqueos, se me ocurrió que lo único que me quedaba por contar era la historia de cómo me convertí en Luis Foret.

Lo intenté en diez ocasiones y fracasé otras tantas. Una y otra vez me vencía el folio en blanco. Es irónico sobreponerse a mil obstáculos y acabar derrotado por algo tan insustancial como la pulpa de celulosa.

Recordé entonces lo que había escrito en Shahriar. «Las mejores historias se escriben solas. Las mejores historias las escriben otros por ti».

Se me ocurrió que, ya que una mujer más joven que yo había alumbrado mi carrera, era preciso encontrar otra que le diera fin.

Se me ocurrió que no debía luchar contra la pulpa de celulosa, sino ser pulpa de celulosa. ¿Acaso alguna vez he sido algo distinto? Una masa informe que hay que blanquear y moldear. Y luego escribir sobre ella.

Mi plan requería un pequeño esfuerzo, pero pronto me percaté de que no iba a resultar excesivo. Nada más regresar a la ciudad que habitaba cuando era el hombre que sería Luis Foret, los acontecimientos se dispararon.

 

Un par de años después del fallecimiento de mis dos exmujeres y mi hija adoptiva, volví a Santiago; no ponía el pie allí desde el día en que me eché a correr. Había fundado una editorial que publicaba artículos universitarios para blanquear parte del dinero que generaban mis novelas; la contabilidad, excelente en apariencia, era ruinosa en realidad. La editorial adquirió una revista de cierto prestigio que tenía su base en Galicia. De la noche a la mañana me convertí en editor. No me llamaba Luis Foret, por supuesto, ni tampoco usaba el nombre que me dieron mis padres; inventé otro pseudónimo, otra identidad. Procuraba que se me viera muy poco, apenas hacía vida de calle, me dedicaba a leer, he llegado a perder el mal hábito de ver la televisión y enterarme de las noticias. Un chófer y un vehículo con los cristales tintados me acompañaban a todas partes. A veces salía a correr por la Alameda, una costumbre que conservo de mis meses de corredor de fondo, ataviado con un gorro de punto y gafas de sol, el cuello subido hasta en verano; no era posible que me reconocieran, a mis antiguos conocidos les había llegado la noticia de que estaba muerto y enterrado. En el remoto supuesto de que mi rostro resultase familiar a alguien, esa persona no se atrevería a acercarse a preguntarme si yo, por casualidad, sería aquel hombre ahogado unos años atrás en el lago de Zúrich.

A las reuniones de la revista acudía a cara descubierta. Eran un puñado de muchachos con mal gusto; había prescindido a mi llegada de los más veteranos. Me aseguré de que ninguno de los que mantuvieran su contrato guardase vínculos con mi vida anterior. Nadie me reconoció. Para ellos solo era el editor molesto que iba a echarles en cara lo mal que funcionaba todo. Me divertía humillarlos, enfurecerlos. La revista me importaba una mierda. ¿Qué me podía importar? ¿El prestigio? ¿El prestigio de quién? ¿De un nombre falso que ocultaba otro nombre falso?

Desde el primer día me fijé en una de las redactoras, testaruda y con cierto talento para la escritura. Reunía las condiciones que perseguía: era solitaria, holgazana y desorganizada, y se presentó a más de una reunión oliendo a alcohol. Si no eres capaz de aguantar sin beber antes de reunirte con tu jefe, tienes un problema con la bebida. Pero ese «problemilla», como ella lo llamó, era ideal para mi plan.

Cualquier duda que albergase acerca de ella o de su idoneidad se disipó cuando la vi leyendo una de las novelas de Luis Foret en horario laboral. Los ojos verdes, los pómulos salientes, la nariz respingona, hermosos pechos y un ligero problema de acumulación de grasa en el trasero y los tobillos. Y era respondona e insolente. ¡Vaya si lo era!

Lo primero que hice fue enviarle una caja con doce botellas de whisky de malta, ni tan caras que provocasen su rechazo ni tan baratas que no les diera valor. Un Glenfiddich de 18 años me pareció la elección idónea. La envié a la dirección que figuraba en su contrato laboral con un pequeño ardid: inventé un destinatario. Si lo que quería era comprobar su honradez, no superó la prueba. O, más bien, sí que la superó, la superó con nota. Se quedó con la caja; se la quedó incluso antes de saber su contenido; se la bebió antes de que el licor reposase del traqueteo del viaje.

Agnes Romaní, me dije, tú escribirás el último libro de Luis Foret.

 

No pensé que me fuera a resultar tan sencillo. Solo unos días después de enviarle la primera caja, aparecí por sorpresa en la cena de Navidad de la revista. Agnes estaba borracha, me insultaba a mis espaldas, cantaba no sé qué cancioncilla estúpida. ¡Fue tan fácil empujarla a hablarme de Luis Foret! ¡Fue tan fácil conseguir que me retase sobre su existencia!

Disfrutaba como nunca del absurdo de la situación. ¡Cómo han llegado a gustarme los episodios estrafalarios de mi vida que, en su momento, me desquiciaban! ¡Cómo me gusta verlos todos recogidos en esta obra! No sé cómo llamarla, no se le puede llamar novela ni biografía, es solo una antología de chaladuras.

Imaginad la coyuntura aquella noche: ella discutía con vehemencia afirmando mi propia existencia, que yo le negaba muy airado: ¿cómo va a existir un hombre como ese?

El caso es que la despedí y le ofrecí una importante suma por escribir sobre mi vida. No tardó ni un día en empezar a mandarme correos. Pero antes ocurrió otro incidente reseñable. Y tengo que decir que en eso me acompañó la fortuna, porque planearlo como sucedió era imposible.

 

Abandoné la cena el primero; después de despedir a Agnes, poco me quedaba por hacer allí. Subí al coche de lunas tintadas, que no estaba aparcado junto a los otros en la explanada del restaurante, sino que me aguardaba prudentemente a unos veinte metros. Le pedí al chófer que esperase y lo invité a que se fumase un cigarrillo conmigo.

No transcurrió ni una hora hasta que el primer vehículo abandonó el aparcamiento. Agnes y el redactor de Deportes discutían antes de entrar en un Citroën C4 negro. Ella se trastabillaba al andar y hacía aspavientos. Yo sospechaba que esos dos mantenían algún tipo de relación. Haber pasado años enteros esperando a que la compañera de piso a la que deseas termine de hacerlo con otros despierta ciertas regiones cerebrales que actúan sobre la intuición sexual. Finalmente se metieron en el coche y arrancaron. Le dije al chófer que los siguiese con discreción. Lo lógico, tal como iba Agnes, era que Jonás la dejase en casa y la acompañase hasta la cama, pero podía darse la circunstancia de que la discusión alcanzase límites insoportables.

Así fue.

Habíamos entrado ya en el ensanche de Santiago cuando Jonás frenó en seco. A punto estuvimos de empotrarnos contra su maletero. Agnes abrió la puerta del copiloto y devolvió con fuerza contra el suelo, el vómito caía como agua fecal por un desagüe. Siguió una pequeña disputa entre ambos que concluyó con Agnes entrando sola en un karaoke. Le dije al chófer que me dejase allí y se fuera a dormir. Cuando ella me vio, soltó una risa histérica, una risa que olía a bilis. Me insultó, quiso pegarme, me propinó de hecho un par de puñetazos en la clavícula golpeando con los puños de arriba abajo. Me dije que mi plan iba a resultar sencillo. La invité a un par de copas y, mientras ella cantaba Psycho Killer agarrada al micrófono, vacié un sobrecito de éxtasis en su bebida como quien rellena de pólvora un cañón. No os imagináis cómo sudaba ella al cantar, sudaba tanto que temí que se fuera a derretir sobre la pista. Antes, en mi apartamento, había estado machacando pastillas por si las necesitaba. Ser previsor me hace sentir bien. Agradecí a Ilsa que me hubiese enseñado todo lo que sé sobre drogas.

Era preciso que Agnes no recordase lo que había sucedido y no se despertase hasta que yo me hubiese ido de su casa. El éxtasis hizo que me desease, ella que me detestaba; así son las drogas. Mezclado con alcohol provoca bucles, bloqueos, pérdida de memoria. Cuando estuvimos en su apartamento, rechacé sus acercamientos. No había ido allí para eso. Luego se durmió. Le puse el pijama y la metí en la cama asegurándome de que su cabeza descansase boca abajo sobre un cojín. Quería evitar sustos, habida cuenta de la propensión a morirse de las mujeres con las que trato. Y Agnes aún tenía una misión que cumplir.

Examiné su casa con atención. No encontré gran cosa, más que un desorden desalentador. Casi me llevo por delante un reloj del tamaño de una sartén que tenía apoyado contra la pared al ras del suelo. Guardaba también los ejemplares de mis libros en una estantería; las botellas que le había enviado en la alacena; un enorme tubo de pomada para las hemorroides encima del lavabo; un vibrador rosa precintado en el cajón de la mesilla. No había fotos de su familia ni de ninguna amiga. Perfecto, me dije, una chica solitaria, tal como había imaginado.

Esa noche Agnes aún mantenía una relación con el redactor de Deportes, pero pronto habría fricciones. Se hace complicado conservar la amistad de alguien si esa persona consigue una subida de sueldo gracias a tu despido. Más pronto que tarde, dije, desprecintarás el vibrador, Agnes, puedes creerme.

Lo mejor que encontré fue un juego de llaves de repuesto sobre un cuenco de cerámica en el recibidor. Comprobé en la puerta que eran las correctas y me las eché al bolsillo. Considerando el desorden de Agnes Romaní, era imposible que al día siguiente echase en falta su segundo juego de llaves; y si así fuera, lo primero que pensaría sería que lo había extraviado.

Hecho esto, cogí un taxi y me fui a mi casa. Aunque eran cerca de las siete de la mañana, escribí un mail a mi editor en español y le pedí que organizase con urgencia una rueda de prensa para anunciar mi retirada. Esperé despierto. A las nueve y media llegó el correo de respuesta: Luis, ¿no podemos discutir esto? ¿Crees que me apetece informar de la retirada de nuestro autor estrella? Le contesté que debía anunciar también que estaba preparando un último libro, una autobiografía novelada, le dije que sería mi mayor éxito de ventas.

Sé que lo será. El morbo de este nuevo libro no va a tener comparación.

Pero, Luis, me dijo, me va a resultar complicado citar a la prensa con tan poca antelación, ¿no podemos aplazarlo hasta el lunes? Le dije que no. Le dije que lo comprendería cuando leyera el libro. Le dije que era el último favor que le pedía, pero era un favor innegociable. Si no accedía a cumplirlo, llevaría el manuscrito a otra editorial. No hizo falta decir más. Luego salí a la calle e hice una copia de las llaves de la casa de Agnes en una ferretería. Por fin, a las once de la mañana me fui a acostar.

Había hecho todo lo que estaba en mi mano: solo faltaba que el pez mordiera el anzuelo.

Me desperté a eso de las dos y me inquietó ver que Agnes no se había puesto en contacto conmigo. No con el editor de la revista, sino con Luis Foret. Para sacudirme de encima la desazón, me puse ropa de deporte, el gorro azul, las gafas oscuras y salí a correr a la Alameda. Sucedió algo imprevisto: nos vimos, ella estaba sentada en el banco junto a la estatua de bronce de Valle Inclán, yo pasé de largo. Por la manera en que me miró, me dio la sensación de que me había descubierto. Tal vez no hubiese echado suficiente droga en su copa, tal vez ella recordase que había estado en su casa, tal vez me hubiese escuchado coger sus llaves y comprobar si funcionaban en la puerta, puede que no tuviese la capacidad de levantarse y protestar o gritar o insultarme, pero estuviese enterándose de todo como un enfermo en coma que te entiende cuando hablas y luego te aprieta el dedo.

Pensé en arrojar la toalla, en coger un avión, irme a Suiza y no regresar a Santiago. Cabía la posibilidad de que, finalmente, acabase en prisión por algo tan trivial como un allanamiento de morada. Fueron horas de zozobra. Pero estaba sobreestimando la capacidad de Agnes.

Esa tarde me llegó el correo electrónico que estaba esperando: mi triunfo había sido total.

Fui honesto con ella. Le dije: antes de morir, me gustaría que escribieras mi historia. Si ella lo interpretó como que era yo quien iba a morir, eso no es culpa mía. Solo al final, cuando se dio cuenta del índice de mortalidad de las mujeres que me rodean, empezó a plantearse el significado de la frase.

Comenzamos a intercambiar correos a velocidad de vértigo. Yo le relataba mi vida y ella escribía. Le pedía que me enviase los borradores de cada capítulo, pero me decía que no era así como ella trabajaba. Daba igual, no malgasté esfuerzos discutiendo con ella: esperaba en el coche de lunas tintadas enfrente de su casa, cuando salía, abría con mi juego de llaves —⁠la primera vez que lo hice devolví a la bandeja de plástico las que le pertenecían a ella, nunca se dio cuenta de que las había cogido⁠—, vigilaba que todo estuviera en orden, encendía su ordenador y copiaba en una memoria USB lo que Agnes había escrito de la biografía. ¿Os podéis creer que en la mesilla junto al sofá tenía tres notas adhesivas de distintos colores con la lista de contraseñas para desbloquear sus cuentas y aparatos? Ella, que me había interrogado incrédula por la ausencia de contraseña en el móvil de Urgulanila, dejaba todas las suyas al alcance de la mano: ordenador, Twitter, banco, correo electrónico, segunda cuenta de Twitter, Facebook, Seguridad Social, Netflix de Jonás… Las del portátil y el mail estaban tachadas (no era difícil leer putamurcielaga bajo la tinta del bolígrafo) y encima de ambas había escrito putoforet. Reconozco que solté una carcajada cuando esa combinación desbloqueó su ordenador. Siempre me marchaba rápido después de echar un ojo a los avances de Agnes, porque nunca sabía cuándo podía regresar. ¿Y si se había olvidado algo? Si me encontraba en su apartamento, iba a tener un grave problema para explicar mi presencia allí. Cuando se apuntó a clases de tango, me ofreció la oportunidad de escudriñar su desorden con más calma, ya que sabía de antemano entre qué horas se iba a ausentar. Eso no quiere decir que estuviera tranquilo, en ninguna de las ocasiones en las que allané su apartamento me sentí tranquilo. Mi intención era corregir todo lo que escribiera, modificar su prosa; estaba convencido de que sería raquítica, pero me sorprendió, lo reconozco, me impresionó lo bien que había captado la esencia, me encantó su ironía, me gustó ver cómo poco a poco se revolvía contra mí.

En el USB iba guardando también el diario personal que ella almacenaba en el disco duro del ordenador, eso y lo que me confesaba por iniciativa propia me ayudaban a tenerla controlada. Solo alguien solitario le cuenta ese tipo de cosas a un desconocido, aunque entiendo que trataba de crear una red de confianza. Creo que, en su ingenuidad, pensaba que si ella se sinceraba yo sería más abierto con ella. No puedo evitar que me inspire cierta ternura.

 

Agnes tardó en entender que mi vida, mi historia, se estructura alrededor de ocho mujeres. Las ocho han sido imprescindibles para convertirme en quien soy. Las ocho participaron en el milagro del parto de Luis Foret.

Y luego murieron.

Al principio sus muertes me llenaron de desasosiego, me hicieron correr. Pero me perseguían.

No es que lo haya superado, digamos simplemente que lo he asumido. Es algo que me ocurre.

Las cosas ocurren y ya está.

De lo que no estoy seguro es de si Agnes se ha percatado de que ella hace la número nueve.

He intentado hacérselo saber, he agitado el árbol para que cayesen manzanas Granny Smith sobre su sesera llena de whisky. Solo cuando le envié las bragas de Urgulanila empezó a creer que lo que yo le contaba había sucedido realmente. La pista definitiva la aportaron los pseudónimos: Anne Marie Pascal, M. Fremyet, M. Dupont… ¿Por qué los elegí? Debía explotar la coincidencia entre el nombre que me había regalado La chica del tiempo y el alias de Landru. Una casualidad, por mucho que Agnes haya creído lo contrario. Una coincidencia que me quitó el sueño antes que a Agnes Romaní. Ahora la valoro únicamente como otra coincidencia.

Sabía que ella acabaría por atar cabos, aunque su destreza en la escritura contrasta con sus carencias a la hora de documentarse: todo lo que hizo durante su investigación fue buscar en Google y leer mis libros y correos. Da igual, su holgazanería de periodista me es indiferente, lo triste, lo verdaderamente trágico en Agnes, es su convencimiento de que escribía el libro de Luis Foret, su incapacidad para percatarse de que lo que en realidad estaba haciendo era escribir el libro de Agnes Romaní.

Anoche me pasé por su casa, apenas media hora mientras ella iba a denunciarme a la comisaría, comprobé los últimos cambios en el texto, actualicé la información en mi USB y me marché. Antes abrí el cajón de su mesilla y vi el vibrador: desprecintado, enorme, rosa, impúdico. Algo me impulsó a colocármelo bajo la nariz y aspirar con las aletas abiertas como quien huele un habano. Desafortunadamente, el vibrador no olía a nada, ni siquiera a plástico, como sí ella se hubiera esmerado en desinfectarlo y convertirlo en un objeto anodino.

Me dije: no has cambiado nada, empezaste oliendo bragas sucias en la habitación de Ilsa y acabas aspirando un vibrador usado.

 

Esta mañana he ordenado los textos de Agnes antes de embarcar en el vuelo a Suiza. He agilizado mi marcha de Santiago antes de lo previsto por culpa de las noticias sobre el coronavirus, hasta yo, que trato de no ver la televisión, he acabado por enterarme. La alarma quedará en nada como tantas otras veces, pero si algo me ha enseñado mi biografía es a ser precavido ante los elementos ajenos, ante aquello que escapa a mi control. Después de ordenar los textos, he intercalado entre los relatos los extractos con más enjundia de su diario. He añadido un prefacio y cinco anexos que había preparado para profundizar en ciertas cuestiones. He escrito este epílogo y se lo he enviado todo a la agencia de representación. Hará falta trabajarla con las editoriales, pero creo que, en conjunto, va a ser la mejor de mis obras.

Me he puesto en contacto con el banco de Zúrich para cerrar mi cuenta, el director estaba desolado, ha implorado tanto que ha acabado por provocarme vergüenza ajena. Pediré a la agencia de Los Ángeles que divida mi dinero en distintas cuentas en paraísos fiscales.

Me haré otro pasaporte.

Aunque primero necesito unos pequeños cambios.

Tengo cita mañana por la tarde con el dentista, es preciso que me arregle este diente que a Agnes le llamaba la atención, el diente como «una ventana de guillotina abierta». Eso destaca de mí, no tengo otros rasgos característicos, puede que la boca torcida al hablar, pero contra eso poco puedo hacer, salvo hablar menos, volver a ser silencioso como antes de ser Luis Foret. Habrá que analizar qué más puedo cambiar. Si dejo de correr, seguro que engordo; si trato de correr más, puede que adelgace. Una barba, un bigote, teñirme de rubio. O no hacer nada. Tampoco quiero regalar pistas.

En esta novela lo contaré todo: también que me deshice del cadáver de Urgulanila. No fue más que una reacción de pánico, no creo que me persigan por eso. Lo que más les preocupará a las autoridades es la evasión de impuestos. Son tan previsibles…

Estoy tranquilo, sé que no me encontrarán.

Ha llegado la hora de dar carpetazo a Luis Foret. Ha llegado el momento de que ese hombre —⁠o ese nombre⁠— desaparezca. Tengo unos meses de margen, ¿qué podría impedirlo?

Ojalá mi preocupación fuera que ellos me encontraran.

Temo que no sean ellos quienes lo hagan.

«La astronómica elipse de casualidades», escribió Agnes sobre mí.

La astronómica elipse de casualidades acabará por encontrarme tarde o temprano. Como hace siempre que me echo a correr.

A Landru. «El asesino de mujeres».

A Ted Hughes. «No hace falta apretar el gatillo para matar a alguien».

Las casualidades, las desgracias, las muertes.

Me encontrarán aunque me marche a un puerto lejano a ver los barcos anudar sus amarras donde los músicos tocan, al lugar donde empezó esta historia. Porque las verdaderas historias no transcurren en orden cronológico; el tiempo se detiene al observarlo. Y yo deseo detenerlo allí, en la primera tesela del mosaico: bebiendo frappé, viendo jugar al tavli, escuchando el sonido del buzuki sobre un mar del color de las anémonas.

 

Ahora alguien parece haber querido detener el tiempo en el aeropuerto. Alguien parece haber querido congelarme precisamente aquí. El vuelo no deja de retrasarse y mi cabeza retrocede hasta el momento en que inhalé los efluvios del vibrador de Agnes: lo único que percibí fue un fuerte olor a gas proveniente de la caldera. Esa caldera ya ha amenazado con darle un disgusto. Ha sido al llegar a la zona de embarque cuando he recordado que Agnes no tiene olfato, que lo perdió por no sé qué accidente en la piscina con un nadador sin piernas. El avión acumula retrasos y mi cabeza se dispara en condicionales. Si hubiera cerrado la llave del gas. O si hubiera hecho una llamada anónima a la policía haciéndome pasar por uno de los vecinos. O si hubiera dejado la puerta abierta, entornada, y hubiera simulado un robo. (¿Por qué se arremolina ahora la gente en el mostrador de la puerta de embarque?). O si hubiera provocado un incendio con las planchas para el pelo. O si simplemente hubiera dejado una nota despidiéndome de ella aunque eso me descubriese…

O si.

¿Y al final para qué?

Para que Agnes se ahogue en su vómito. Para que se ahorque con las bragas de Urgulanila. Para que la degüelle el hombre de los brackets. Para que se asfixie con una Granny Smith.

El gas me gusta para ti, el gas, dicen, provoca una muerte dulce, y yo lo único amargo que he deseado en tu boca ha sido el whisky de malta, pequeña Agnes de Roma.

Marzo de 2020

Terminaste Agnes

Javier Peña

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