Agnes

Javier Peña · Capítulo 4 de 22

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Agnes

Extracto del diario de Agnes Romaní

Extracto del diario de Agnes

Romaní

Santiago de Compostela, diciembre de 2019

 

Todas las mañanas, no solo cuando he bebido, la boca se me reseca y mi lengua es una rebanada de pan. Cuando soy capaz de aclararme la garganta, los sonidos que viajan por la cavidad deshidratada me parecen ajenos, mi voz no es mi voz, y por eso, aparte del hecho de que vivo sola, en las mañanas suelo preferir el silencio. Hoy, en cambio, utilizo esa voz ajena, de ventrílocuo —⁠que sigue siendo ajena y eso que ya es casi media tarde⁠—, para hablar conmigo misma. Para insultarme, para ser precisos.

Paseo inquieta de un lado a otro de la cocina mientras bebo a sorbos un Espidifen disuelto en agua y miro compulsivamente la pantalla del móvil. Ahora.

Y ahora.

Y ahora.

 

Había escrito a Luis Foret solo por probar suerte, como quien juega a la lotería pero ni siquiera se para a comprobar si su boleto ha sido premiado.

Y había mordido el anzuelo.

¿Quién lo iba a decir?

«Verás —me había respondido él—, en algún lugar de China se alza esta casa en mitad de una autopista; no en uno de los arcenes sino en el medio y medio de una autopista, los carriles la rodean por ambos lados, sus dueños se negaron a venderla y los ingenieros decidieron que no desviarían su proyecto de carretera. Cada día miles de coches giran alrededor de la vivienda de dos ancianos chinos que apenas pueden salir por la puerta sin miedo a que un conductor despistado los atropelle; si escupen por la ventana, su salivazo puede caer sobre un parabrisas y provocar un choque múltiple. Y, sin embargo, ahí siguen, la casa es su vida y rechazan su venta; para el tiempo que les queda, piensan, prefieren hacerlo a su manera. La gente cree que están locos, pero yo los admiro; son verdaderos antisistema porque ni siquiera son conscientes de serlo. Nunca llegaré a ser como esos chinos pero, en la medida de lo posible, prefiero que los automóviles me sigan pasando de largo».

Mi boca pastosa soltó un sonoro «hostia puta» al leer el correo electrónico.

«Conozco la casa y lamento decirle —le contesté⁠— que sus admirados ancianos al final sucumbieron al dinero, la casa fue derribada y la autopista es ahora una recta; los ancianos viven tranquilamente en un suburbio de una ciudad china. Cuando salen a la calle ya no hay peligro de que los atropellen y pueden escupir con la tranquilidad de que su salivazo, como mucho, quedará enredado en el pelo de algún compatriota».

Le di a «Enviar» sin demasiado convencimiento.

Desde entonces han pasado un par de horas y no hago más que mirar el móvil. Ahora.

Y ahora.

Y ahora.

Y nada.

 

Llevo un par de días bebiendo más de la cuenta, pero hay una razón: anoche celebramos —⁠aunque celebrar sea un término excesivo⁠— la cena de Navidad de la revista en la que he trabajado los últimos cuatro años, un lugar agradable para trabajar, salvo por el nuevo editor desde hace dieciocho meses, que es bastante hijo de puta. Casi nunca se pasa por allí, he contado diez visitas y cada una de ellas ha sido para humillarnos: todo es malo, los gastos son malos, los números de ventas son malos, va a haber que apretarse el cinturón, este año no habrá becarios, con lo cual habrá que dejar en quince días las vacaciones y hacer turnos de diez horas; el nivel ha bajado, tenemos poco punch y eso nos hace perder anunciantes, somos demasiado agresivos y eso nos hace perder propaganda institucional, si seguimos así habrá despidos y habrá que dejar en diez días las vacaciones y hacer turnos de doce horas; falta contexto en los reportajes pero sobra texto en la revista, el diseño es demasiado moderno pero la revista no destaca en los quioscos, el último número es una mierda pero el que está por salir es aún peor, tenéis que esforzaros más, habrá que dejar en una semana las vacaciones y hacer turnos de catorce horas…

Luego se va y no vuelve a aparecer en un mes y medio, que se repite la escena, aunque lo cierto es que no suele haber despidos y hay becarios y un mes de vacaciones y turnos de ocho horas y el sueldo es bueno y se cobra puntualmente, pero las humillaciones del editor no fallan.

Las tardes después de esas reuniones nos vamos a beber al bar que está debajo de la redacción, nos sentamos en círculo y jugamos a inventar maldades sobre el editor, la única condición es que la última maldad esté relacionada con la anterior; uno de los compañeros, por ejemplo, imagina que la mujer del editor se acuesta con el profesor de yoga; y el que está a su lado imagina a una hija adolescente que, cuando la madre está en clases de yoga, juega al muelle en su urbanización de lujo, ese juego en el que un grupo de chicas van montando a un grupo de chicos saltando de uno a otro sin parar y el primero que eyacula pierde; el siguiente inventa que la niña lleva encima dos enfermedades venéreas y la sarna que le contagió su perro, el querido collie u otro perro pijo del estilo, que cogió la sarna por lamerle el culo a un perro callejero; el que está a mi lado dice que la hija pequeña le habrá pasado la sarna en el muelle a todos los chavales de su clase y estos al instante a todas las chavalas; entonces el círculo se cierra en mí, me acabo la copa y me envalentono y digo que la mujer del editor le pasará la sarna al profesor de yoga; y este, a las otras mujeres a las que se tira sobre las colchonetas; y estas, a sus maridos en los polvos por convenio; y estos, a sus amantes; y toda la ciudad tendrá la sarna y se agotarán las cremas tópicas en los hospitales y los dermatólogos cogerán la baja por estrés, y habrá que sacrificar al collie y a la niña sarnosa, etcétera.

Y no es que este juego me haga sentir especialmente bien, sé que digo lo que ellos quieren oír, pero rara vez alcanzo la popularidad que tengo cuando estamos sentados en círculo, aunque a esas alturas solemos estar tan borrachos que a menudo cabeceamos sobre las mesas de madera, y Jonás, el chico de Deportes, dice que no sabe por qué vamos siempre a ese bar, que huele a cloaca y, en el mejor de los casos, a porro, eso es lo que dice, pero yo no huelo nada porque me falta el olfato desde que era adolescente y hacía natación de competición y en un entrenamiento un nadador sin piernas se desorientó y se cruzó en mi calle, yo nadaba a crol y llevaba la cabeza sumergida; choqué contra él con la nariz, el golpe me desvió el tabique nasal y me dejó sin olfato para los restos, no es que sea una gran molestia, es el más prescindible de los sentidos, pero cuando Jonás, el chico de Deportes, dice que el bar huele a cloaca, para mí es como si moviese los labios y de su boca no saliesen palabras, y eso cuando no me he dormido, entonces me despierta el camarero, que ha bajado la persiana metálica, ha apagado el porro y ha limpiado la barra con un trapo bañado en lejía, pero Jonás, el chico de Deportes, dice que no importa la lejía, que sigue oliendo a cloaca, y nos vamos a casa y nos olvidamos del editor, del collie, de la niña del muelle y del profesor de yoga hasta la próxima humillación.

 

Sigo mirando el móvil con la esperanza de que se reanude la conversación sobre la casa de la autopista china; mantengo los ojos en la pantalla porque estoy algo tensa, el temor a perder algo que en realidad nunca has poseído es la peor versión del sentimiento de pérdida; también mantengo los ojos en la pantalla porque así evito echar una ojeada a mi alrededor. El piso da asco pero me falta ánimo para poner orden. Si lo tuviera, primero me ordenaría a mí misma. Así que camino con los ojos entornados y la boca semiabierta como si fuera Ray Charles tocando el piano. Llego a la alacena y me agacho con dificultad para coger una botella de whisky sin precinto. El primer sorbo me produce una arcada. Es una de las doce botellas de Glenfiddich de 18 años que venía en la caja que entregó en mi casa un mensajero la semana pasada. La caja, sin remitente, iba dirigida a otro destinatario, un nombre que no me decía nada. No me lo pensé mucho, firmé el recibo y me la quedé sin saber qué había dentro. Cuando comprobé el contenido me dije que como equivocación no había sido de las peores. O sí. Porque esta semana el alcohol no está siendo mi mejor aliado.

El móvil suena justo cuando dejo de mirarlo.

Hostia puta.

Mi móvil suena como una moneda entrando en una hucha. Un sonido la mar de irónico si le echas un ojo a mi cuenta corriente.

«Vaya, desconocía la noticia del derribo de la casa —⁠escribe Luis Foret⁠—. La respuesta sigue siendo no».

Mis dedos se deslizan sobre las teclas.

«Ni siquiera esperaba obtener respuesta».

La moneda alcanza ahora el fondo de la hucha con rapidez.

«Si no esperabas obtener respuesta, ¿para qué me escribes un correo?».

«Si usted no desea correos, ¿por qué habilita un contacto en su página web?».

«¿Has pensado que igual ha sido una idea de la editorial y no mía? ¿Has pensado que tal vez te estés escribiendo con un becario?».

La becaria de la revista se llama Melisa y siempre viste faldas plisadas y escote de pico. Ella fue quien condujo el coche hasta el pueblo a quince kilómetros de Santiago donde celebramos —⁠aunque celebrar sea un término excesivo⁠— la cena de Navidad. Pierre, de la sección de Moda, repantingaba su sobrepeso en el asiento de copiloto. Yo me sentaba detrás de él un tanto constreñida. Jonás, el chico de Deportes, conducía el coche que circulaba delante, a su lado viajaba Ana, de la sección de Política.

El editor nunca se presenta en las cenas que organizamos en la revista, así que nos relajamos y bebemos, qué otra cosa podemos hacer. Siempre cenamos en el mismo restaurante porque no suele haber otras mesas ocupadas y nos dejan desmadrarnos. Anoche fui la primera en subirme a la silla ondeando la servilleta, se subió también Ron, el diseñador gráfico, con sus gafitas de pasta, que siempre he pensado que es gay, pero ayer me agarró por la cintura y me tocó el culo con el meñique y el anular. ¿Soy la única a la que le tocan así el culo los hombres cuando la agarran por la cintura, disimuladamente, con los dedos tan separados que parecen fans de Star Trek? Así me tocó Ron el culo. Yo le dejé porque estaba alegre y algo borracha, y el gafitas de pasta me servía copas de un vino demasiado ácido, pero qué importaba, todo bajaba como en montacargas; volvimos a la parte del muelle, cuando la niña ya ha cogido la sarna. Yo canté una famosa canción sobre un muelle, esa, la de «se quedó con la sarna y con el mar». Entonces se abrió la puerta a mis espaldas y Ana, de la sección de Política, una paliducha muy callada, se quedó aún más pálida, lívida, transparente, parecía que iba a vomitar y yo le pregunté: ¿vas a vomitar? Pero no, no iba a vomitar, era que había entrado el editor por la puerta.

Nos sonrió en diagonal, de arriba abajo. El editor tiene una de esas sonrisas torcidas en las que se levanta medio labio y el otro medio no, como si le hubiese dado un ictus, y en la cima de la sonrisa se puede ver que el primero de los premolares superiores es corto y romo como si estuviera aserrado a la mitad, como una ventana de guillotina abierta. Pierre, de la sección de Moda, siempre dice que no sabe por qué no se arregla la dentadura, que uno de los trajes que lleva a medida vale tanto como una dentadura nueva, y no es que la tenga muy estropeada ni amarilla, es solo esa ventana abierta que lo afea y que se ve bastante, porque está en la parte ascendente de la sonrisa, si fuera el otro premolar superior nadie lo vería nunca.

—Por favor, no paréis de cantar porque yo esté aquí —⁠dijo el editor sentándose en una silla vacía a la cabecera de la mesa.

Me señaló a mí con el dedo.

—Tú —me dijo— canta, no sabía que te gustara tanto cantar. Es Navidad, canta lo que sea que estuvieras cantando.

Callamos esquivando las miradas, los ojos huidizos como gatos callejeros, los brazos tiesos como la carne que aún permanecía en los platos. Un camarero le llevó un entrecot recién salido de la plancha al hombre trajeado. Él hizo un gesto de senador romano con las palmas de las manos.

—No tengo hambre —dijo—. Ya he cenado. ¿Y bien? ¿Nadie va a decir nada?

El silencio se prolongó como la recta interminable de una autopista cuando no ves nada delante ni detrás, salvo que estés en China y haya una casa.

—Feliz Navidad —dije yo extendiendo la copa de vino.

—Feliz Navidad —dijo el editor.

—Feliz Navidad —dijeron después todos los compañeros y brindamos y nos pusimos a beber y por un momento el hijo de puta del editor no pareció tan hijo de puta.

 

«Ningún becario preguntaría si pienso que estoy hablando con un becario —⁠le escribo a Luis Foret sin moverme de la cocina, temo que la conversación no va a durar mucho más y buscar la comodidad de un asiento carece de sentido⁠—. Un becario diría, más bien, “agradezco su amable propuesta pero lamento tener que declinarla por motivos profesionales, sin otro particular, reciba un cordial saludo”. Ningún becario entraría en un intercambio de correos como este, sino que liquidaría la conversación de la forma más impersonal posible».

El nuevo sorbo de whisky recorre mi garganta con mucha más facilidad. Apoyo una mano en el fregadero. El tacto es pegajoso, rugoso, se me adhieren a la palma pequeños granos de azúcar emancipados.

«Salvo que el becario quiera hacer creer que no es ningún becario, sino un famoso escritor. ¿Lo has pensado?».

«¿Y qué ganaría el becario con tantas vueltas más que hacer crecer en mí las esperanzas de que la respuesta final va a ser un sí y decepcionarme doblemente si es un no?».

«Los síes son directos, los noes dan vueltas».

«Los noes dan vueltas cuando la otra persona te importa, o al menos te importa su opinión. ¿A usted le importo? ¿Le importa lo que piense de usted?».

Lleno un tazón con cereales de chocolate y medio vaso con Glenfiddich. Agarrándolo todo con dificultad me dirijo al salón y me tumbo en el sofá a esperar una respuesta. Esta vez la moneda tarda demasiado en caer: me he metido en un buen jaleo.

 

El vino me soltó la lengua en la cena de Navidad. Cuando eso ocurre, la rebanada de pan ya no para de moverse en mi boca. La desgracia es que nunca se reseca en esas ocasiones: mi aparato fonador funciona a pleno rendimiento cuando lo sumerjo en alcohol.

Los camareros empezaron a servir gin-tonics en copas redondas que había que agarrar con la mano abierta. Eran casi del tamaño de la pecera donde nadaban tres insípidos peces naranjas que Jonás, el chico de Deportes, se detenía continuamente a mirar. Yo les prestaba más atención a las manos del editor: con la derecha agarraba firme la copa; con la izquierda me agarró a mí por la cintura y también resultó ser fan de Star Trek.

—El diablo siempre encuentra trabajo para las manos ociosas —⁠le dije.

Se hizo un silencio, tras el que añadí:

—Como dice Luis Foret, el escritor, ya sabe.

El editor me soltó entonces la cintura como si de repente se hubiese dado cuenta de que era su hija la que esperaba en el muelle por la sarna y por el mar.

—Qué decepción —dijo—, me había hecho otra imagen de ti.

Yo le di vueltas a si se había hecho la imagen de que era de las que se dejan tocar el culo o si se había hecho la imagen del propio culo, que, todo sea dicho, desnudo no es nada del otro mundo. Los compañeros cuchicheaban en el extremo del restaurante, obviamente sobre el editor y sobre mí; todos menos Ana, la paliducha de la sección de Política, que al final sí que iba a vomitar y lo estaba haciendo en el cuarto de baño, ayudada por Jonás, el chico de Deportes. Ese sí, ese, el hombre que observaba los peces, tenía fácil hacerse una imagen de mí sin ropa porque ha visto el molde unas cuantas veces.

—Deberías saber —dijo el editor— que eso no lo dice Luis Foret, esa es una frase hecha en inglés, como si dijéramos «cuando el diablo no sabe qué hacer mata moscas con el rabo».

—O si dijéramos «sabe más el diablo por viejo que por diablo» —⁠le dije, y él se rio mostrando su ventana de guillotina.

—No soy tan viejo.

—Nadie dijo tampoco que fuera el diablo.

Volvió a enseñar el diente cercenado e hizo un aspaviento con la mano tras recolocarse el nudo de la corbata:

—No es porque me creas viejo que me decepcionas —⁠dijo⁠— ni porque cites mal a un autor.

—¿No es porque no deje que me toque el culo sin protestar?

—¡No! Me decepcionaría que no protestases.

Entonces, ¿a qué se debe la decepción del editor?

 

La moneda cae por fin en la hucha.

«A todo el mundo le importa lo que piensen de él — ⁠escribe Luis Foret⁠—. ¿Acaso a ti no te importa lo que yo piense de ti?».

«Claro que me importa. ¿Cómo no me va a importar si voy a escribir su biografía?».

«No se puede decir que no seas obstinada, eso me gusta de ti».

«¿Es por eso que me ha elegido?».

«¿Que yo te he elegido?».

«Claro que me ha elegido, si no me hubiese elegido no estaría manteniendo esta conversación conmigo, diría, más bien, no estoy interesado en que escriban ninguna biografía sobre mí, señorita, por qué se le ha ocurrido que alguien que siempre ha firmado con pseudónimo, que nunca ha salido en los medios de comunicación, querría publicar su biografía, sin otro particular, le envío un cordial saludo rogándole que no me vuelva a molestar. Lo que no habría hecho nunca, de ninguna manera, es escribirme una docena de correos. Así que ¿por qué me ha elegido? ¿Por obstinada?».

«Por oportuna».

Bingo.

«¿Oportuna?».

«Sí, oportuna».

 

La decepción del editor era tener que escuchar a su encargada de Cultura citando a un escritorzuelo para mujeres. A un producto del marketing editorial. A un escritor misterioso —⁠comillas con las manos⁠—. Una equis en vez de una fotografía en la solapa.

—Apuesto —prosiguió— a que en esta ecuación ni siquiera hay escritor que despeje la equis, más bien un montón de escritores fantasma escribiendo cada uno una novela y algún editor astuto que se ha dado cuenta de que el nuevo producto son los autores ficticios, las novelas ficticias. Lo que me decepciona es que todo esto no debería estar diciéndoselo yo a mi responsable de Cultura, sino mi responsable de Cultura a mí.

—Excepto porque su responsable de Cultura —⁠le dije⁠— no cree una palabra de lo que usted dice. Su responsable de Cultura está convencida de que detrás de Luis Foret hay una persona que escribe, que se sienta ante un ordenador día tras día, una gran equis que despejar, una equis muy real, porque al fin y al cabo el autor, se llame Luis o Equis, siempre se ficciona a sí mismo, lo que ve, lo que ha vivido, lo que sabe, y discúlpeme si me irrita su tono de condescendencia, pero me irrita su tono de condescendencia, porque al fin y al cabo zapatero a tus zapatos y usted de gestionar una revista sabrá mucho pero yo llevo cuatro años de periodismo cultural y tal vez no sepa cuadrar los números a fin de mes ni me reciban consejeros ni ministros, pero en mi casa ni un cuchillo de palo, y seguramente sabré mejor que usted si detrás del autor Tal hay un autor Tal y no un escritor fantasma Tal y otro Cual y otro Pascual.

Cogí la copa redonda con dificultad porque mis manos son pequeñas y tengo los meñiques torcidos hacia dentro; yo no podría ser fan de Star Trek ni aunque quisiera; tendría que haber usado unas férulas cuando era niña para enderezarlos, pero a mi madre le pareció demasiado esfuerzo. Cogí la copa redonda con dificultad porque estaba algo mareada y bebí de ella porque me gusta beber y bebí de ella para callarme y para ahogar mi enfado. Boqueé en la ginebra como uno de esos estúpidos peces naranjas fuera de su pecera. Al tragarme un par de semillas negras de cardamomo me dio la impresión de estar chupando un geranio.

A través del cristal vi a Ana y a Jonás salir del baño, él la sujetaba por ambos hombros. La forma de la copa hacía que se deformasen y parecieran dos fantasmas húmedos, líquidos, hechos de lágrimas, de vómito, de gotas de gin-tonic, del vaho de mi respiración nasal mientras boqueaba como una loca sumergida en el mar del cardamomo.

—Muy bien —dijo el editor—. Veo que los refranes en castellano se te dan mejor que en inglés. Seguro que conoces el que dice fui cocinero antes que fraile. ¿Acaso crees que nací editor de revista? El problema es que nunca pensáis que los que somos jefes hemos tragado muchos sapos para llegar a jefes y aún más sapos para seguir siéndolo. Pero voy a ser generoso contigo, voy a concederte la oportunidad de que me des una lección: ya que estás tan convencida de que Luis Foret es real, te doy seis meses para que me traigas su biografía. Si lo haces, te pagaré el sueldo de dos años en la revista.

Posé con cuidado la copa sobre la mesa. Ana y Jonás volvieron a entrar corriendo en el lavabo.

—¿Y qué pasa si no lo hago?

El director se recolocó el cuello de la chaqueta del traje hecho a medida.

—Que no cobrarás por la biografía —dijo—. Supongo que por entonces tus amplios conocimientos te habrán abierto hueco en otro lugar. No voy a permitir que tu talento se marchite en la revista. Por lo que a mí respecta, ya no eres redactora. Te asciendo: ahora eres biógrafa sin sueldo a tiempo completo.

Se recompuso los pantalones con un ligero meneo de cintura, se alisó los bolsillos de la americana dándoles dos ligeras palmadas y alzó la voz:

—Feliz Navidad a todos, un placer haber compartido este ratito con vosotros.

Y se fue.

Yo me bebí el medio gin-tonic que el editor había dejado en su copa, me tragué otros dos cardamomos y salí disparada al cuarto de baño; le pegué un empujón a Ana, la paliducha de la sección de Política, y regué su vómito con un mar de semillas negras como cagarrutas de cabra.

 

«Dígame por qué oportuna —le contesto a Luis Foret⁠—, ¿por qué ahora, precisamente ahora, está interesado en que sea su biógrafa?».

«Porque… Porque, antes de morir, me gustaría que escribieras mi historia».

La transcripción es exacta. Escribe el primer «porque» y le siguen unos puntos suspensivos.

«No sabía nada…».

Una nueva moneda sacude la hucha.

«Pero, criatura, ¿cómo lo ibas a saber?».

Me quedo dormida en el sofá. Unos cereales se cuelan por las costuras de tela tras el cojín, otros se las arreglan para introducirse por el cuello del pijama y descienden hasta mis pechos; me duele cuando rozan el pezón.

Después de desperezarme le escribo un mensaje de condolencia a Luis Foret, aunque me maneje con torpeza en ese tipo de convenciones sociales.

«Oh, vaya, lamento oír eso —escribo—. Lo lamento mucho porque, aunque no lo conozca, en el fondo le admiro. Y porque, vaya, es un ser humano y a una le apena que cualquier ser humano sufra y muera, aunque, claro, una deba hacerse fuerte ante esa circunstancia porque ver morir vamos a ver morir a todos a nuestro alrededor, o quizá no, quizá no veamos morir a nadie y eso será peor, porque eso querrá decir que nos habremos muerto nosotros primero; y eso, por mucho que digan, es definitivamente peor».

Bebo un vaso de whisky antes de darle a «Enviar». Luego me digo que no sé hacerlo mejor. Esto es así desde siempre.

«El tuyo —responde él— debe de ser el mensaje de conmiseración, si eso es lo que es, más extraño que haya leído nunca, tanto que me cuesta interpretarlo. No entiendo si quieres decir que esperas que quien vaya a morir sea yo y no tú, no sé si es que nunca has perdido a nadie querido, no sé si en realidad deseas lo suficiente ser mi biógrafa».

Las manos de cartas ya no vienen tan cargadas de triunfos.

«Espere, por favor, no se precipite. Quiero disculparme si mi último correo no ha sido todo lo acertado que debiera. Hoy no estoy en posesión de todas mis facultades, que tampoco son muchas, eso sí que se lo advierto. Pero sigo siendo la misma persona obstinada y oportuna. Lo que ocurre es que una también tiene sus problemillas personales, pero eso no debe interferir en nuestro trabajo de biógrafa y biografiado».

«¿También tienes tus “problemillas”? ¿Consideras que morirse es un “problemilla”?».

«Todos nos vamos a morir; que eso sea o no un drama depende de las circunstancias y la edad. Yo tengo veintisiete años, ¿y usted? Podríamos empezar por ahí».

«Tendrás que descubrirlo por ti misma».

«¡Ah! —contesto sin ocultar mi decepción—, pues me va a resultar difícil escribir su biografía si ni siquiera sé cuándo o dónde nació, o dónde vive, o cómo se llama. ¿No se da cuenta de que no sé nada de usted?».

«¿Qué crees? —escribe él—. ¿Que esta va a ser la historia de Luis Foret que nació en Equis, cursó sus estudios en Equis, se casó con Equis y Equis, escribió Equis y Equis novelas, y de entre todos los periodistas del mundo me eligió a mí, Agnes Romaní, para ser su biógrafa? ¿Crees que para eso te necesito a ti? ¿No crees que yo podría escribir ese libro mucho mejor que tú?».

«Si le soy sincera, no sé muy bien para qué me necesita a mí».

«Si te soy sincero, fuiste tú quien me escribió».

«Si le soy sincera, no me quedó otra».

«Si te soy sincero, tus “problemillas” son tuyos y no el objeto de mi biografía».

 

Esta mañana me he despertado con un dolor de cabeza anormal —⁠casi tan anormal como yo⁠— por culpa de los excesos de anoche. No es que me duela la cabeza, es que soy toda un dolor de cabeza; o, más bien, soy toda un dolor: los pies, los brazos, los meñiques torcidos, los pezones, la vulva al orinar. Habrá partes de mí que no me duelan, supongo, pero no parecen siquiera partes de mi cuerpo.

Al menos me he despertado en casa, no sé ni cómo he llegado, pero me he despertado en mi habitación, con mi lámina del oso Wojtek haciendo el saludo militar con una pezuña mientras agarra un proyectil con la otra pata delantera, mi colección de vinilos rayados, mis zapatillas de felpa gastadas, mi reloj de pared que, en vez de colgado, está apoyado en una esquina y marca las horas de todos los husos con un tictac agotador, mi almohada mullida que estaba vomitada o tal vez regurgitada, porque el vómito, supongo, debiera ser más extenso.

Al menos me he despertado sola, aunque Jonás, el chico de Deportes, podría haberse quedado conmigo anoche para evitar que muriese ahogada con mi propio vómito como una estrella de rock, a pesar de que tras releer mi propio informe forense —⁠«ahogada con semilla de cardamomo»⁠—, solo llegaría a muerte de youtuber o influencer o alguna mierda de esas; y Jonás, el chico de Deportes, habrá tenido que acompañar a casa a Ana, la paliducha tan maja de la sección de Política, que también necesitaba asistencia y está menos acostumbrada que yo a estos menesteres y que, oye, detrás de las gafitas y la palidez, tiene su aquel, y entonces me he preguntado por qué Jonás, el chico de Deportes, tiene que ser tan atento, aunque no estoy como para sentir celos, los celos son la enfermedad de quien no tiene otro dolor; a alguien celoso le diría: prueba a amputarte una pierna y ya verás cómo te importa una mierda con quién esté acostándose el tipo o la tipa que te gusta, y, Dios, cómo me habría gustado en ese momento amputarme la cabeza o machacármela a golpes contra el reloj de pared apoyado en la esquina con su tictac agotador.

Al menos me he despertado viva; me he dicho: es viernes, te lo has pedido libre, el lunes estarás como nueva, a no ser que te dé por beber otra vez; así que lo primero que he hecho al levantarme ha sido ir a la cocina y, del estante inferior de la alacena, he cogido una botella de whisky de malta casi entera y la he vaciado en el fregadero, me he mareado al agacharme, he sentido una arcada y ni siquiera he acabado de vaciarla. Quedaban nueve o diez botellas más en la alacena, nueve o diez nuevos mareos esperando por mí. Solo entonces me he dado cuenta de que no estaba en ropa interior ni llevaba una camiseta, tenía puesto el pijama y no suelo usarlo ni sé cómo me lo puse ni cuándo.

No descarto, finalmente, que Jonás, el chico de Deportes, haya subido a ponerme el pijama y a acostarme mientras Ana, la paliducha de la sección de Política, le esperaba durmiendo en su coche, un Citroën con los asientos abatibles, amplio, cómodo en la parte trasera. O puede que también haya subido a Ana a casa, un fardo en cada brazo, y nos haya cuidado alternativamente como en el juego de los platillos chinos, venga dale vueltas al platillo que se cae y ahora corre dale vueltas al otro que ya está parando. Me he reído y he imaginado el olor a vómito de mi risa, pero da lo mismo porque yo no tengo olfato y estoy sola, como siempre. Puede que haya ocurrido al revés, puede que Jonás, el chico de Deportes, haya parado primero en casa de Ana y le haya puesto antes el pijama y se haya dado cuenta de que la paliducha tan maja tiene un molde mejor que el mío, más pálido pero mejor. ¿Qué tal si pruebo a amputarme una pierna?

He buscado el móvil, ¿a que lo he perdido? Aún me quedan trece cuotas que pagar. No, ahí estaba, enchufado al cargador. Cómo puede ser que haya puesto a cargar el móvil con lo mal que he debido llegar. Mensajes: móvil completamente cargado, desenchúfelo de la corriente, hola, cómo te has levantado, llámame si te apetece hablar (qué atento es), le comunicamos que ha consumido el cien por cien de sus datos y a partir de ahora navegará a poca velocidad, aviso de la Seguridad Social, le informamos de que ha sido dada de baja del sistema con fecha 13 de diciembre, reciba un cordial saludo.

No me acordaba, lo juro, no me acordaba de que me habían despedido. Ya da igual estar bien el lunes o no, eso es lo primero que he pensado, luego que menos mal que no he vaciado las botellas de whisky, luego que sí que son puntillosos en la Seguridad Social para dar las bajas, luego que me quedan trece cuotas del móvil por pagar, luego que cómo he sido capaz de olvidarme de que me han despedido, luego que soy como una gallina con la cabeza amputada corriendo por una autopista, por una recta interminable, hasta tropezarme con una casa que no debería estar ahí, en el medio y medio, no en el arcén, luego que soy como una gallina con la cabeza amputada a la que le duele la cabeza y cómo es posible que duela tanto un miembro amputado aunque sea un miembro tan poco importante como la cabeza, como mi cabeza, cabeza hueca, cabeza de chorlito, cabeza a pájaros.

Necesitaba aire fresco, valorar la situación con calma. Me he calzado unas mallas y una camiseta y he salido a la calle sin reparar en el frío: he apuntado entre mis problemas posible pulmonía, lo he añadido a un análisis de daños que dice: situación de desempleo con gastos elevados y necesidad de ayuda económica de padres, relación tirante con madre, wasaps de compromiso hola estáis bien yo también bien beso (reciba un cordial saludo), pequeño incentivo Jonás chico de Deportes en riesgo tras ver cuerpo de paliducha sección de Política, mensaje en móvil Jonás chico de Deportes puede indicar exageración por mi parte, puede indicar conciencia intranquila, puede indicar conversación sobre ruptura, puede indicar solo encanto, etcétera (entrar en hipótesis no corresponde con análisis de daños), nueve o diez botellas de whisky y alguna más de licores variados en casa, más un culín sobre el fregadero (incapacidad para su vaciado), en situación de tristeza y/o melancolía. Posible solución general: (salvo a relación con madre, a hipótesis sobre Jonás chico de Deportes, a botellas de licor) escribir biografía de Luis Foret. Problema: puede que Luis Foret ni siquiera exista y, aunque existiera, ¿cómo escribir la biografía de alguien del que no sé nada, del que nadie sabe nada?

He llegado a la Alameda, cerca de mi casa, en forma de herradura, he esquivado a los runners con camisetas reflectantes; parecían los implicados en un choque múltiple en una enorme autopista en la que, de la nada, surge una casa que no debiera estar ahí; me he sentado en un banco junto a una estatua de bronce de Valle Inclán, pequeño, tieso y frío, muy frío al tacto. ¿Estás bien?, le he preguntado. Los runners miraban continuamente sus relojes, como si el tiempo no avanzara o como si avanzara demasiado deprisa mientras corrían, y al levantar la cabeza me han visto hablando con una estatua de bronce y he leído en su cara que me preguntaban: ¿estás bien? Alguno hasta ha movido los labios. Yo les he contestado con los ojos: ¿y vosotros estáis bien? Yo estaré hablando con una estatua, pero eres tú el que va vestido con un maillot rosa fluorescente dando vueltas como un gilipollas un viernes por la tarde a diecisiete bajo cero (el cálculo de la temperatura es aproximado). Luego me he puesto a contar pináculos del perfil de Santiago como hago siempre que estoy inquieta desde que era una adolescente y me escabullía de los ataques de ira de mi madre; por qué no me dejas en paz, le decía yo; porque estoy loca, me gritaba ella, ¿no es lo que crees? ¡Estoy loca! (que juzgue cada uno). He contado las torres Norte y Sur de la Catedral, andamiadas desde hace años; la torre del Reloj, la más hermosa de todas, con la campana Berenguela, que siempre me dice que llego tarde a todas partes; el pequeño torreón de la Vela en la esquina de Platerías que parece un zigurat; el cimborrio octogonal, andamio incluido, como una pajarera; se las he ido señalando a Valle Inclán aunque él las conoce mejor que yo; las dos torres de San Francisco semiocultas desde nuestra posición; la torre cuadrada de Fonseca; y la de San Agustín, que guarda para siempre a su derecha el vacío de una torre idéntica, amputada, muerta de celos, como un diente aserrado, como una ventana de guillotina abierta.

Me han interrumpido a cada momento los runners que nunca paran de dar vueltas, hámsteres en una rueda. En la distancia uno de ellos me resultaba familiar, algo, su forma de moverse autoritaria, no arrastraba los pies como otros, levantaba las piernas como un caballo de doma olímpica, no corría, trotaba, seguro de sí mismo, un gorro de punto azul le cubría la cabeza, gafas de sol oscuras, no miraba el reloj, solo miraba al frente, bajo el pantalón de chándal se intuían unas piernas finas pero musculadas, como de corredor de fondo. Al llegar a mi altura nos ha mirado, a Valle y a mí, luego ha seguido sin inmutarse, trotando como un purasangre con orejeras y gorro de punto. Me he quedado pálida como la paliducha tan maja de la sección de Política. Cuando ha pasado de largo ha sido la estatua de Valle Inclán, igual de tiesa y fría que antes, la que me ha preguntado: ¿Estás bien?

«Muy bien —me escribe Luis Foret cuando se lo explico ⁠—, viste corriendo al editor de la revista, ¿y qué?».

«¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que era él?».

«Soy escritor, ¿recuerdas?».

«Escritor, no adivino».

«Según avanza tu historia, ¿qué otra opción queda? Dime, dada tu reacción al encontrarte con él, ¿qué más posibilidades cabrían?».

«El caso es que decidí volver a casa antes de tener que cruzarme otra vez con él, cosa que, por el ritmo al que corría alrededor de la Alameda, sucedería en tres minutos y medio, segundo arriba, segundo abajo».

Otra moneda entra en la hucha.

«Y supongo —escribe él— que de alguna forma me echas en cara que te hayan despedido de tu trabajo, como si yo te hubiese pedido que defendieras mi existencia cuando ni siquiera conocía la tuya. La pobre pobre mártir. Como si Dios hubiera pedido a los mártires que divulgaran su existencia cuando realmente el martirio era su vocación, cuando realmente Dios, ocupado en quehaceres más importantes, no sabía ni que existía esa gente tan estúpida. ¡Oh, pobre santa Inés arrastrada a un prostíbulo a los doce años y luego degollada por querer mantener su virginidad y defender la existencia de Dios! ¿Conoces la historia? ¡Pobre pobre Inés de Roma, que prefirió el martirio antes de dejar que su jefe le manosease el culo aunque ni siquiera utilizara todos los dedos para hacerlo! ¿Esa eres tú en esta historia? ¿Eres santa Inés? ¿Eres la inocente y pura Agnes de Roma? ¿Es tu nombre una coincidencia o es un pseudónimo para ponerme a prueba? Siempre me he preguntado qué pensaría Dios de los mártires que morían en su nombre sin que Él se lo pidiera, y qué pensarían los mártires cuando descubriesen que Él no existía, que era una Equis inconmensurable, una Equis que no se puede despejar. Dime, Agnes, ¿qué pasaría si tu editor tuviera razón y le estuvieras escribiendo a una Equis que no tiene solución?».

«¿Se está comparando con Dios?», le respondo.

«Me estoy comparando con una Equis».

«Lo que ocurrió —continúo obviando su perorata⁠— fue que al volver a casa me decidí a escribirle a usted, le dije, buenos días, mi nombre es Agnes Romaní, soy periodista y voy a ser su biógrafa, a lo que usted me respondió, verás, en algún lugar de China, se alza esta casa en mitad de una autopista, etcétera, y entonces me tomé un Espidifen y luego me animé porque supe que era usted real, porque, si usted me lo permite, la respuesta me pareció tan estúpida que solo podía ser real. Hay pocas cosas tan reales como la estupidez».

 

Sigo tumbada en el sofá cuando por fin se detiene la entrada de monedas en la hucha. Las luces están apagadas; la televisión, encendida; la calefacción, apagada —⁠hay que reducir gastos⁠—; el dolor corporal, encendido. Están dando el telediario, son ya más de las nueve de la noche. Hablan de un nuevo virus que ha aparecido en China. Es después cuando escucho:

«… Y en el mundo de la cultura la noticia del día es el anuncio de la retirada de Luis Foret. En una escueta rueda de prensa su editor en España ha comunicado que el famoso autor prepara en la actualidad su último libro antes de abandonar definitivamente la escritura…

»… hay una buena noticia para los seguidores de Foret. El editor ha asegurado que el próximo año, si nada lo impide, habrá nuevo libro del autor, que también será el último. A esto se ha comprometido el escritor. Poco sabemos de ese nuevo trabajo, más allá de que será una obra de ficción con tintes autobiográficos…».

Cuando al fin consigo cerrar la boca —y no me resulta sencillo⁠— vuelvo a utilizar la rebanada de pan para insultarme. Preferentemente en rima consonante: retrasada mental, oligofrénica, anormal, absurda, estúpida, curda. También en verso libre: sabihonda, listilla, metomentodo, enterada, sabelotodo, quiero-y-no-puedo, mierda-de-cocinera, nunca-llegarás-a-fraile, curda, estúpida, absurda, absurda.

Dos horas ha tardado en anunciar, rueda de prensa incluida, el lanzamiento del libro que se supone que yo tengo que escribir. ¿Y pretende llevarse él todo el mérito?

Agnes, ¿en qué coño te has metido?