Agnes
9 El relato de Kathy, Anne Marie y Nata
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El relato de Kathy, Anne Marie y
Nata
Carretera Nacional 634 (A Coruña, España), marzo de 2016
Afirma Foret que antes de llegar al final de su biografía le gustaría que incluyese otro relato. Es el único que no protagoniza Luis Foret; él lo escuchó de la boca de alguien que, a su vez, lo escuchó de la boca de un cabo del parque de bomberos de Arzúa. Todos lo conocen como el cabo Ruscus, aunque en realidad se llama Rubén y nunca se ha parado a explicarles a sus compañeros el motivo de su apodo. Ruscus es un hombre rubio, espigado y atlético; a simple vista nadie diría que es un tanto medroso para ser bombero.
Por ejemplo: el cabo Ruscus sabe que si les comunican una emergencia en carretera el espectáculo no va a ser agradable. Cuando eso ocurre, una lagartija sube por su estómago hasta el esófago y utiliza el rabo para atragantarle. Por mucho que trague, no es capaz de desalojarla en varios días.
Generalmente el motivo de la emergencia en carretera es la excarcelación de cuerpos. Cuando eres bombero, cuerpos tiene que ver con muertos. Si están vivos es aún peor. Lo que nunca están es ilesos. Si uno sale ileso de un accidente, llama a Asistencia en Carretera o, en todo caso, a la policía. Si estás herido, a una ambulancia. Si alguien llama a los bomberos es porque lo que hay en la calzada es una lata de sardinas en escabeche. Y ellos tienen que abrirla. En cierta ocasión un cuerpo se partió por la mitad al extraerlo: las piernas permanecieron en el asiento, el pie pisando el pedal de freno. Ruscus se apoyó en el quitamiedos para vomitar, pero la lagartija no estaba por la labor de apearse.
Afirma Foret que Ruscus cuenta que aquel día, al recibir la llamada de la Guardia Civil de Tráfico, se teme lo peor. Lo único que le dicen es que ha habido un accidente en la Nacional 634, a la altura de Teixeiro, y que se requieren sus servicios.
El cabo Ruscus maldice que el accidente no se haya producido un poco más al este para que así la competencia recayese en el parque de Ordes. El pabellón prefabricado de uralita en el que hace guardia le inspira poco heroísmo; no hay barra metálica de descenso ni escaleras de caracol, los peldaños que conducen al garaje provocan el mismo hechizo que la salida de emergencia, de un hotel de dos estrellas. La alarma no funciona, hay que comunicarse a gritos, y todo el edificio desprende olor a grasa y Doritos de la máquina expendedora.
Ruscus avisa a un compañero que dormita en el sofá de la sala común y que se enfada con él por despertarle. El sargento Reza suele estar de mal humor; es un hombre de unos cuarenta años y corta estatura, un centímetro menos y no podría haber sido bombero. Ruscus, desde su atalaya de casi dos metros, siempre ha visto a los bajitos como seres gruñones y malhumorados. Esa tarde, mientras releía Goldfinger —es un enamorado de las novelas de James Bond—, le había llamado la atención que la escasa estatura de Auric Goldfinger provocase la desconfianza de Bond.
Reza refunfuña todo el camino en el vehículo de rescate. Dice que espera que no los hayan llamado por una gilipollez. Lo que se sobreentiende de las palabras del jefe de equipo de Ruscus es que se enfurecerá si no hay muertos. Todo lo contrario que él, que desea algo leve, un choque intranscendente que haga de convocar a los bomberos una exageración. Se dice que, en cualquier caso, su deseo es más humano que el de su compañero. Quizás habría que recordarle al cabo Ruscus que hace un momento su mayor deseo era que el accidente fuera competencia del parque de Ordes. Así que su prioridad no es exactamente el bienestar de los ocupantes de los vehículos, sino el suyo propio. No le apetece tener un rabo de lagartija atravesado en el gaznate durante una semana, como una de esas botellas de licor con un lagarto sumergido que servían en los restaurantes chinos cuando era niño.
La lagartija da un salto al llegar a la Nacional 634. La carretera está cortada, la policía desvía los automóviles por vías secundarias. A lo lejos se distingue un coche, o lo que queda de él. Sabe que es un coche porque tiene ruedas. La parte frontal está tan aplastada que el capó gris parece un envoltorio de papel de plata.
—Los ocupantes del Micra están todos muertos, ya te lo avanzo —dice el sargento Reza.
—¿Cómo eres capaz de distinguir que es un Micra?
—Joder, tampoco tienes ni idea de coches, Ruscus. De verdad, ¿por qué te hiciste bombero?
Ruscus no contesta. Se supone que los bomberos apagan fuegos. Cuando le comentaron lo de extraer cadáveres de los coches ya era demasiado tarde.
Unos treinta metros más allá, a considerable distancia del Micra, hay un Audi Q5 con la parte delantera muy dañada. Los dos coches mantienen la horizontalidad, aunque en el caso del Micra, de no ser por las ruedas, costaría distinguir qué parte es la superior y cuál la inferior.
—Los ocupantes de los asientos traseros del Q5 —dice Reza— pueden estar vivos. De hecho, apuesto a que lo están, si es que iba alguien allí. El conductor y el copiloto, no, esos han fallecido. Ha sido un choque frontal brutal. Entre un Q5 y un Micra ya sabes quién lleva las de perder. Prepárate para un bonito espectáculo en el amasijo gris de ahí. —Señala el pequeño coche que parece un acordeón.
La lagartija de Ruscus se revuelve en su interior. ¿Cómo es posible que su compañero hable con esa tranquilidad de vivos y muertos?
Descienden de un salto del camión. Ruscus se siente estúpido con el traje ignífugo en mitad de la carretera. Siempre se siente estúpido vestido de bombero cuando no hay fuego.
Dos agentes de la Guardia Civil los saludan con seriedad llevándose la mano a la sien. Junto a ellos una mujer morena y pesada sostiene en brazos a un niño de unos veinte meses que llora con monotonía.
—Buenas tardes —dice el guardiacivil de mayor graduación—, procedan, por favor, a la excarcelación de los cadáveres del Nissan Micra. Creemos que son tres.
El sargento Reza le dedica a Ruscus un rictus de triunfo. La lagartija da tres coletazos.
—¿No es mejor que saquemos primero a los del Q5? Hay más posibilidades de que estén vivos —comenta Reza.
El guardiacivil lo mira con cara de pocos amigos. Luego señala a la mujer a su lado.
—Aquí están los ocupantes del Q5.
Los dos bomberos observan de arriba abajo la estampa de la Madonna con niño y sobrepeso. Bajo una chaqueta tres cuartos turquesa asoma un traje de fiesta demasiado ceñido; el niño, pese a lo pequeño que es, viste camisa blanca y pajarita roja al cuello. Su llanto inconsolable se derrama por la carretera.
El sargento Reza agarra por el brazo a su homólogo de la Guardia Civil y trata de apartarlo un poco de la mujer sin lograr moverlo ni un centímetro.
—¿Están ilesos? —cuchichea Reza.
La Madonna sabe que están hablando de ella y, como quien no quiere la cosa, acerca la oreja para captar la conversación.
—Ella se encuentra algo conmocionada. Estamos a la espera de una ambulancia, pero sí, parece que están ilesos.
—¿Y conducía ella?
—No iba a conducir el niño, ¿no?
El sargento Reza aprieta con rabia sus pequeñas piernas contra el asfalto.
—Así es —añade el guardiacivil—. Fue ella quien avisó del accidente.
—Eso es imposible. Completamente imposible. Mire cómo está el habitáculo del conductor.
Señala el Q5. Efectivamente, el asiento del conductor es el más dañado. El parabrisas está hecho pedazos y el airbag cuelga fláccido hacia fuera como ropa de cama tendida a secar.
El guardiacivil suelta un bufido.
—Mire, amigo, les hemos llamado para que excarcelen los cadáveres del Micra. Si quería ser Kojak, no haberse hecho bombero.
El sargento Reza refunfuña una vez más, barre el aire con la mano por encima de su cabeza y se dirige hacia el coche gris. Antes se detiene en el camión y coge la cizalla y el separador para abrir una tercera puerta en la parte trasera del Micra, la única que es algo más que un montón de chatarra. Ruscus lo escolta.
Es entonces cuando ve a la niña de diez años.
La lagartija también la ve porque asoma la cabeza por su boca.
Aunque parecieran irreconciliables, la huida a la carrera del hombre que sería Luis Foret propició una pronta reconciliación entre Kathy y Anne Marie. En el fondo era lógico, las unía algo más que una amistad de la infancia, tenían más en común que haber sido uña y carne, eran compañeras de odio, nada ata más que eso. Compartían el odio por el hombre que ya era Luis Foret.
Fue Kathy quien dio el primer paso. Anne Marie, aun muriéndose de ganas, sería incapaz de hacerlo. Sería incapaz de pedir perdón porque, en su opinión, no había hecho nada imperdonable y, en esos casos, siempre se hace más difícil solicitar el indulto. Cuando inició su relación con el hombre que sería Luis Foret, Kathy y él llevaban divorciados medio año. Anne era consciente de que dar comienzo a aquella relación, con las heridas aún frescas, dificultaría su amistad con Kathy, pero en aquel momento su principal preocupación era el bienestar de su hija.
¿Cómo llegó a saber todo esto Luis Foret? La mayor parte porque contrató un detective privado. Afirma que lo hizo simplemente para documentarse para la que sería su última novela antes de esta biografía. La novela que tituló Disparando rayos de tristeza. La realidad es que esta actitud no lo hace parecer más agradable a nuestros ojos.
Kathy y Anne se citaron en un café de su ciudad natal. Un viejo café a la entrada del casco histórico con mesas de tablero verde y paredes revestidas de madera oscura. Anne llegó la primera, nerviosa, mordiéndose las uñas con sus largas cuchillas. Cuando vio entrar a Kathy se puso de pie. Sobre el cuerpo de Anne caía elegante un mono negro de marca. La elección no había sido la más correcta, pues se la veía mucho más alta que a su antigua amiga. Alta y altiva comparten raíz, afirma Foret.
Anne se preguntaba cuál sería la reacción de Kathy: ¿le daría dos besos, le estrecharía la mano, simplemente se sentaría? De ningún modo esperaba que, sin mediar palabra, la rodease con fuerza entre sus brazos. A Anne le cayeron las lágrimas a borbotones. Cómo era posible que Kathy ni siquiera conociera a su hija, más allá de cuando se cruzaban por la calle y hacían que no se veían.
—Tengo tantas ganas de conocerla —dijo Kathy.
—Y yo de que la conozcas.
—Espero que no se parezca a él.
—A veces me lo recuerda. Pasaron muchas horas juntos.
Kathy ensombreció su gesto.
—Pero solo se parece a su parte buena —se apresuró a añadir Anne.
—No recuerdo cuál es esa parte.
—La parte de la que nos enamoramos.
Kathy frunció el ceño.
—Cuando conozcas a Nata lo recordarás.
Anudaron las manos, las de Anne seguían temblorosas.
Más adelante ambas convinieron que lo que las enamoró del hombre que sería Luis Foret fue que siempre estaba en el lugar adecuado en el momento preciso. Kathy se acostó por primera vez con él porque aquel profesor de francés al que no había vuelto a ver se había ausentado del ciclo. Anne se lo había encontrado cuando el padre biológico de Nata la dejó tirada; se refugió en un lugar recóndito, pero no lo suficiente para el hombre que sería Luis Foret. En cuanto al padre de Nata, como el profesor de francés, se había esfumado, desvanecido.
Parecía que aquellos hombres no hubieran tenido más función que empujarlas a acostarse con el hombre que sería Luis Foret, empujarlas a empujarlo a convertirse en Luis Foret.
Esa misma noche, después de que Kathy acompañase a Anne a buscar a Nata al colegio y cenasen las tres juntas una pizza tropical en la vivienda que Anne había compartido con el hombre que sería Luis Foret, las dos mujeres se besaron en la boca por primera vez.
Nata ya se había acostado cuando algo las empujó a besarse, un impulso que surgía de sus labios, de sus lenguas. Mientras mezclaban su saliva debieron recordar cuánto se habían insultado y despreciado durante seis largos años, pero es probable que hicieran como que lo habían olvidado. Seguro que hicieron como que nunca había ocurrido cuando se desnudaron y abrazaron. No necesitaban más. Simplemente estaban desnudas en el salón sintiendo su piel, las piernas de la pequeña Kathy sobre las de Anne Marie. Debieron quedarse así al menos una hora, apenas hablaban, apenas pensaban. De alguna forma esperaban recuperar, a través de sus poros, el tiempo perdido sin saber la una de la otra, odiándose la una a la otra. De alguna forma esperaban recargarse a través de su epidermis, como dos aparatos electrónicos, dejar a un lado la soledad, el fracaso.
Así fue como las encontró Nata al descender los escalones de madera del dúplex y bordear la jardinera de nomeolvides. Había tenido una pesadilla.
—¿Qué hacéis? —les preguntó con su voz afónica.
No lo hizo horrorizada ni como un reproche. En su voz simplemente había curiosidad. Era una niña curiosa, una adorable niña curiosa.
—Nada, cariño, estamos dándonos un abrazo porque hace mucho tiempo que no nos vemos —respondió su madre—. ¿No lo ves?
—¿Y por qué estáis desnudas?
—Porque tenemos calor, ¿tú no tienes calor?
Realmente hacía un poco de frío.
—Yo no.
—Pues entonces tú no te desnudes.
Hubo un momento de silencio. Nata lo rompió:
—¿Puedo abrazaros yo también?
—Claro, cariño, ven aquí.
Nata recorrió a la carrera los diez metros que separaban la escalera de las dos mujeres y las abrazó. Metió su cabeza entre el pecho izquierdo de su madre y el derecho de Kathy, que besó en el pelo a la pequeña que había aparecido de ninguna parte. Como el hombre que sería Luis Foret.
Afirma Foret que Ruscus cuenta que el cadáver de la niña se encuentra en buen estado, pero que no sabe si eso es peor. La imagen de la niña, dice, sin heridas externas es bastante macabra. No tiene que esforzarse mucho para imaginar que aún puede correr, cantar, dar volteretas, bailar claqué.
Pero no, no puede, está muerta.
Por fin llega la ambulancia y la asistencia sanitaria. Cuando ven el cuerpo diminuto depositado en una camilla, el sanitario jefe se dirige a Reza de muy malos modos.
—¿Por qué coño habéis sacado a la niña antes de que llegásemos? ¿No veis que habéis podido dañarla?
—No —dice Reza furioso porque todo el mundo le lleve la contraria esa tarde—, no podíamos dañarla porque estaba muerta.
—Es el médico forense quien tiene que determinar eso.
—Llevo veinte años de bombero, soy capaz de distinguir un cadáver.
—Informaré de vuestro comportamiento negligente. Más os vale que determinemos que la niña ya estaba muerta cuando la extrajisteis, porque si no se os va a caer el pelo.
—Muy bien —dice el sargento de bomberos acercando su cara a la del otro como un borracho que discute en un bar—, haga lo que le plazca, yo también incluiré en mi informe una nota sobre la tardanza en su llegada. Conque si no estaba muerta cuando la encontramos, igual se les cae el pelo a ustedes.
Da media vuelta y le indica a Ruscus que le ayude a horadar un hueco con la cizalla en lo que una vez había sido la puerta del conductor. A mitad de camino se gira y le grita al jefe de sanitarios:
—Atiendan a los del Q5, hagan algo que sea útil. ¿O es que han venido a mirar?
El rostro de la conductora del Micra está completamente deformado. Solo se distinguen dos grandes dientes. Tan grandes que Ruscus se pregunta si de verdad son dientes. Es una pregunta rápida, al aire, sin respuesta, porque enseguida se pone a vomitar.
—Joder, qué cruz —dice Reza mirando para él—, hoy me tocan a mí todos los subnormales.
Las paletas de Anne Marie debieron asomar como dos bloques de hielo cuando Kathy se lo propuso.
—¿No te interesa saber qué es lo que hace? — le preguntó Kathy.
—La verdad es que no.
Llevaban tres años viviendo juntas cuando a Kathy se le ocurrió la idea. Anne era partidaria de pasar página. Su vida había dado un giro, ahora la compartía con una mujer y, aunque no era lo que había imaginado, había encontrado una estabilidad. Eso le escribió a una compañera de trabajo en una carta que llegó a las manos de Foret. Kathy es más apasionada que yo, escribió, siempre lo ha sido, a veces pienso que no le correspondo como espera, pero nunca me he sentido más comprendida. A los cuarenta años, afirma Foret, Anne consideraba que la comprensión era la mejor base para una relación.
Por eso le extrañó cuando Kathy le hizo aquella proposición. Para ella, el hombre que ya era Luis Foret era poco más que un mal recuerdo, una reminiscencia que su hipocampo se había esforzado por suprimir. Anne no creía que hubiese demasiado que aprender del pasado.
Kathy era distinta. Kathy era capaz de albergar un rencor que Anne no comprendía. Kathy era incapaz de olvidar. No había olvidado lo que le había hecho Anne Marie casándose con el hombre que sería Luis Foret, pero al menos lo intentaba. Eso no quiere decir que no la odiase por momentos. En ocasiones, la manera en que él las dejó tiradas a ella y a Nata, tan despiadada, tan humillante, era suficiente para calmar su animadversión. Bastaría con imaginarlo corriendo mientras madre e hija esperaban. Sonreiría al pensar en la denuncia de su desaparición a la policía, cuando tres o cuatro vecinos aseguraron haberlo visto despreocupado y vestido con ropa de deporte. ¿Alguna señal de nerviosismo? ¿De peligro? ¿De amenaza? Ninguna, agente. Sonreiría al pensar en la mueca del policía: señora, no podemos hacer nada si su marido se ha ido voluntariamente.
El caso es que Kathy quería saber cómo le iba al hombre que ya era Luis Foret. En su fuero interno, deseaba que le dijeran que le iba mal, que estaba arruinado, enfermo, hasta que había muerto. El hecho de no haber vuelto a verlo, de no saber nada de él, la llevaba a pensar que la posibilidad del fallecimiento no era disparatada. Quería saber. Eso era todo. Un todo opuesto al de Anne, que quería mantenerse en la ignorancia. La disputa la ganó Kathy y visitaron a un detective privado para que investigara el paradero de quien ellas desconocían que era Luis Foret.
El hombre las recibió en un despacho minúsculo rodeado de estanterías con tomos de legislación y tres sillas de cuero giratorias. Las escuchó con atención y les pidió que le contasen todo lo que pudieran de su relación con el sujeto al que querían investigar, por qué querían investigarlo y datos de la vida que ambas llevaban ahora. Pidió entrevistarlas por separado.
—¿Para qué quiere todo eso? —preguntó Kathy.
—Cuantos más datos sea capaz de recabar, más fácil me será dar con el sujeto y proporcionarles una información más completa —les explicó él.
Era un hombre con ojos saltones y rizos grises que parecían el relleno desperdigado de un cojín.
—Solo les cobraré por la información que reciban. Si no lo encuentro, no pagarán nada.
—Perfecto —dijo Kathy colocándose con el índice sus gafas de pasta negra sobre el puente de la nariz. Parecía satisfecha.
No sabía que acababa de contratar al mismo detective privado al que el hombre que ya era Luis Foret tenía a sueldo para informarle sobre ellas.
Afirma Foret que Ruscus cuenta que a la tercera ocupante del Micra, la que viajaba en el asiento del copiloto, se le han incrustado las gafas de pasta negras en los ojos y los pómulos. Debe de haber estrellado la cara contra el salpicadero. Como es tan bajita no se ha precipitado contra el parabrisas, pero el resultado es el mismo: el golpe la ha matado en el acto. Al menos no habrá vivido lo suficiente como para ver su cara convertida en una máscara antigás. El cabo Ruscus decide tras verla que dejará el cuerpo de bomberos y reanudará la carrera de Arquitectura que en su día abandonó.
Las tres camillas yacen sobre el asfalto tapadas con sábanas blancas.
Acaban de llegar dos nuevas ambulancias. En una va el médico forense, que tiene orden del juez para el levantamiento de los cadáveres.
—Bueno —dice el sargento Reza recogiendo las herramientas—, pues aquí nosotros ya hemos terminado.
La mujer con vestido de fiesta parece más nerviosa a cada minuto. Ahora que el niño se ha calmado y lame una piruleta en forma de corazón sentado en la ambulancia, es la madre la que está alterada. El guardiacivil que ha tenido el rifirrafe con Reza sigue junto a ella. La mujer mira el móvil como si esperase un mensaje que no llega.
—Joder —dice Reza—, ni siquiera se le ha estropeado el móvil. Aquí hay algo que huele a chamusquina, hazme caso.
Más por curiosidad que por otra cosa, se acercan al guardiacivil y la mujer para despedirse y escuchar de qué están hablando.
—Entonces, vienen de una primera comunión —dice el guardiacivil.
—Eso es.
—La de su hijo.
—Sí.
—¿Y dónde está el niño de la primera comunión? Porque este obviamente no es —dice señalando al pequeño que se mira la lengua rosa en el cristal de la ambulancia.
—En otro coche.
—¿Y dónde está ese otro coche?
—Iba delante.
—¿El otro coche lo conducía el padre?
—No.
—¿Y dónde iba el padre?
—El padre no conducía.
—¿Pero dónde está el otro coche?
—Iba delante.
—¿Y nadie de ese coche la echa a usted de menos?
La mujer mira el móvil. Dibuja un triángulo isósceles para desbloquearlo.
—La carretera está cortada —dice luego con desgana.
—Pero, hombre, podrían preguntar cómo están usted y el niño.
—Estarán acompañando a mi marido.
—¿Acompañarlo a dónde?
—A la cárcel.
El guardiacivil da un pequeño salto. El sargento Reza agarra al cabo Ruscus del brazo.
—¿Cómo que a la cárcel?
—Mi marido cumple condena.
—¿Y estaba fuera?
—Sí, de permiso.
—¿Por qué motivo?
La mujer repite irritada el triángulo para desbloquear el móvil.
—¿Pero no lo ve, hombre? Por la comunión de nuestro hijo. Deje de marearme.
—¿Y tiene que regresar ahora?
—Antes de las siete.
Ruscus mira su reloj de pulsera, un reloj de marca con tres esferas que su madre le regaló cuando aprobó la oposición de bombero. Lo justo será que lo devuelva si abandona el cuerpo: no lo merece. Son las seis y cincuenta. El sargento Reza sigue pensativo.
—¿Y ustedes qué miran? —dice el guardiacivil—. ¿No han acabado ya?
—Veníamos a despedirnos —dice Reza.
—Pues, venga, adiós, circulen.
Reza abre la boca como antes ha abierto con la cizalla el orificio en el Micra, pero lo que sea que quiere decir se queda en su boca. Como la lagartija en la de Ruscus.
Al pasar ante los tres cadáveres, de regreso al vehículo de rescate, Ruscus ve el pequeño bulto que forma la niña y se echa a llorar.
—¡Vaya por Dios! —dice el sargento.
Luego intenta que ni guardiaciviles ni sanitarios vean a su compañero llorando. Ya bastante humillación se ha llevado esa tarde el cuerpo de bomberos.
Ruscus solloza y se limpia con la manga los mocos que se deslizan sobre el uniforme ignífugo.
—Venga, Ruscus —dice el sargento—, no te vengas abajo. ¿Tú no eres el de las novelas de James Bond? Pues ya sabes lo que dicen: vive y deja morir.
El detective privado D. se pone enseguida en contacto con el hombre que ya es Luis Foret, aunque con él use un nombre distinto.
Bueno, enseguida tampoco.
Más tarde le confesará a Foret que por un momento le asalta la tentación de convertirse en agente doble, como en las novelas de espías. El noventa y cinco por ciento de los trabajos que le encargan corresponden a cónyuges que quieren saber si su pareja es infiel o a jefes que quieren saber si sus empleados los engañan. Las sospechas de infidelidades suelen provenir de una de las partes, rara vez de ambas; en la mayoría de los casos, además, las sospechas son reales, la experiencia le dice al Detective D. que quien intuye que le están poniendo los cuernos es porque es un cornudo de competición. Por lo que se refiere a la investigación empresarial, nunca ha tenido un empleado que le encargase que siguiera a su jefe, así pues la experiencia como agente doble tampoco encaja en ese campo.
Sin embargo, hay un motivo determinante para rechazar ser agente doble. El hombre que para él no es Luis Foret paga muy bien y el detective D. podría sacar un buen pellizco por la información tan sustanciosa que acaba de recibir. Y lo cierto es que su economía tampoco está muy boyante.
El mundo de los detectives privados que siguen a sus objetos de investigación, que hacen fotos con minicámaras, que elaboran dosieres de cartón, que utilizan papel baritado para las fotografías, es un mundo que declina. No hace falta más que prestar atención a las redes sociales para conocer lo que alguien hace o deja de hacer: los amantes, las falsas bajas laborales. El detective D. se ha planteado varias veces pasarse a la investigación virtual, el rastreo en Google, en las redes o el WhatsApp, pero es mayor para eso y no podrá ofrecer la calidad que va ligada a su nombre: D.
El tiempo que tarda en conciliar estos pensamientos es el que se toma el detective D. antes de telefonear al hombre que para él no es Luis Foret y decirle que las mujeres a las que investiga quieren investigarle a él.
Foret, que entonces se encuentra en Zúrich, está atónito. Ante sus ojos aparece una nueva novela surgida de la nada, la mejor de sus novelas. Pero aún no puede contarla porque es fácil que Kathy y Anne lo descubran. Pueden no haber sido las mejores esposas del mundo, pero de tontas no tienen un pelo.
Si crease, por ejemplo, un personaje que solo hace felaciones u otro que abandona corriendo a su mujer e hija, sabrían a ciencia cierta que lo ha escrito él. Así que empieza a darle vueltas a la cabeza a cómo contarlo todo sin ser descubierto.
De momento, la mejor idea le parece confabularse con el detective D. para engañarlas. Le resulta, además, extremadamente divertido.
Afirma Foret que lo que hace es ascender hasta un cementerio sobre una colina, el cementerio en que James Joyce descansa en su tumba. Lo conoce de otras estancias en la ciudad y le agrada pasear por él. Está lleno de esculturas, flores de colores rodean las tumbas excavadas en la tierra; flores moradas, rojas y amarillas aquí y allá. Deambula con una vieja Leica en la mano leyendo las inscripciones de las lápidas hasta que se detiene ante una piedra cuadrada y maciza. Es reciente y no muy hermosa. Pero es perfecta. Extraña y radicalmente perfecta.
Pone: MICHEL DUPONT 1977-2014.
Y luego esta leyenda:
JE PENSE QUE N’AI RIEN COMPRIS.
«Creo que no he entendido nada».
¿Acaso es posible un epitafio más adecuado?
Le hace varias fotografías.
Más tarde encarga un pasaporte suizo falso a nombre de Michel Dupont fechado en 2013. Le entrega al hombre que lo falsifica una foto suya actual para el documento. Luego contrata a una acompañante, pero no se acuesta con ella, únicamente utiliza la Leica para una sesión de retratos. La fotografía primero en la cama del hotel, luego en un escritorio mirando hacia atrás en un escorzo, ahora los dos juntos, sonrientes.
No necesita nada más.
Muere y deja vivir.
Afirma Foret que cuenta Ruscus que está de vuelta en el camión con el sargento Reza cuando perciben un revuelo en el lugar del accidente. Como un hormiguero atacado por termitas, todos se revolucionan: los sanitarios, los guardiaciviles, la mujer del vestido de fiesta. Solo el niño de la pajarita guarda la compostura.
El sargento hace un gesto y descienden de nuevo a la calzada. Ruscus empieza a estar cansado de tanto subibaja. Por lo que alcanzan a entender, han alertado de otro accidente a dos kilómetros de allí, en un descampado junto a un árbol solitario en el perímetro de la cárcel de Teixeiro.
La ambulancia que llegó en primer lugar emprende camino hacia el penal, seguida del coche de la Guardia Civil en el que solo van el guardiacivil que ha discutido con Reza y la mujer, que viaja en el asiento de atrás. Esto último les parece extraño, ¿qué pinta la mujer en la escena de otro accidente? El segundo guardiacivil permanece rellenando papeleo junto al forense. El sargento Reza regresa a la cabina del vehículo de rescate y escolta la caravana de coches hasta la cárcel aunque nadie lo haya invitado a hacerlo.
El olor a chamusquina es cada vez más fuerte. No lo taparía ni un cargamento de Doritos.
Entre el árbol y la prisión reposa un hombre calvo boca arriba, barba de cinco días, mirada triste. Viste traje beis y una corbata marrón oscura demasiado ancha. El traje está manchado de verdín, arrugado, desastrado. El hombre debe llevar bastante tiempo allí abandonado. La mujer se echa a correr, se abalanza a abrazarlo. Los dos bomberos siguen el espectáculo desde el único árbol cerca del borde de la carretera.
El guardiacivil intenta apartar a la mujer para que los sanitarios atiendan al hombre que yace sobre las malas hierbas. Le toman el pulso, revisan distintas partes de su cuerpo, dicen que no con la cabeza mientras la Madonna forcejea con el agente. Hacen una llamada telefónica, pronto llega otra ambulancia con el forense en el asiento de copiloto. Llega también el otro guardiacivil. Desde la prisión se unen un policía nacional, un funcionario de paisano y un guardia de seguridad. Juntos conforman un hervidero de uniformes y confusión.
—Hala, pues ya están todos. Solo les falta el indio —dice Reza.
Luego se hurga en el bolsillo del chaquetón ignífugo y saca un paquete de tabaco, se mete un cigarrillo en la boca y enciende el mechero.
—¿Vas a ponerte a fumar aquí? —le pregunta Ruscus más asombrado que incómodo. A esas alturas, después de haber decidido dejarlo todo, no va a indignarse por un pitillo.
—Sí, ¿quieres uno?
Le ofrece la cajetilla.
El cabo extiende las palmas de las manos como diciendo: por qué no.
Mientras aspiran las primeras caladas, el sargento le dice:
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Ruscus se encoge de hombros.
—¿De dónde viene lo de Ruscus?
Dibujando volutas ven a la mujer de la chaqueta turquesa derrumbarse y gesticular.
—Me lo puso mi madre cuando era un bebé y me quedó.
—Ya, ¿pero qué significa?
El guardiacivil que ha llegado el último pasa a su lado. Es un chico muy joven. Le piden que les informe.
—Está muerto, reventado por dentro. Era el marido y conducía el Q5. Venía de la comunión de su hijo y había bebido bastante. Volvía a la cárcel después del permiso, donde cumplía condena por tráfico de drogas, le quedaban tres meses para el tercer grado. El hombre tuvo un despiste y se llevó por delante al Micra.
»La esposa iba detrás en otro coche con el niño de la comunión y otros familiares, él le había pedido expresamente conducir solo aquella tarde. Después del accidente, salió del Q5 dolorido y vio que había matado a las tres ocupantes del Micra.
»La idea se le ocurrió a la mujer: le dijo que fuera caminando a pie hasta la prisión; ella diría que conducía el vehículo, no había bebido, no tenía antecedentes, no había peligro. Él caminó con dificultad hasta ver los muros de la cárcel, pero su cuerpo no aguantó más y se desplomó a escasos metros de la puerta.
Reza se da un toque triunfal en la aleta de la nariz mirando para Ruscus.
—Es una pomada —dice el otro.
—¿Cómo dices?
—Que Ruscus es una pomada; cuando me parió, mi madre tuvo unas hemorroides terribles y le recetaron Ruscus. No sé por qué empezó a llamarme así y me quedó.
El sargento Reza le mira estupefacto.
Luego empieza a reírse a carcajadas.
—¿Te llamas como una pomada para las hemorroides?
Ruscus también se ríe, reconoce que tiene gracia.
El joven guardiacivil que les ha dado la información les reprende:
—No se rían, hombre, que hay un difunto. Y dejen de fumar aquí, por Dios. Menuda imagen están dando.
Pero Ruscus y Reza no pueden parar de reír.
Dos bomberos uniformados apoyados en un árbol, fumando, partiéndose de risa mientras se levanta un cadáver.
No, no es una imagen tan mala después de todo, piensa el cabo Ruscus.
Kathy y Anne Marie reaccionan con un silencio a la noticia de que su exmarido ha fallecido.
Ojean las fotos con detalle, se pasan las pruebas la una a la otra: el nuevo nombre, la nueva identidad, la nueva esposa. Es bastante más joven que ellas. Una chica de ojos tristes, no se les ve felices, su alegría parece fingida.
¿Y por qué habría cambiado de nombre? ¿Qué negocios turbios le habrían llevado a Zúrich?
Kathy recuerda que una vez le habló de una antigua amiga que se había visto envuelta en el tráfico de drogas. Una amiga de la que había estado muy colgado. Solo un par de pinceladas, no había querido decir más.
Sí, lo recuerda, había sido la noche en Venecia en que se confesaron sus amantes. Eso es.
Quizá tuviera algo que ver con eso.
—¿De qué murió? —pregunta Anne Marie al detective D.
—Falleció en extrañas circunstancias, apareció muerto en el lago. Ahogado. Tal vez un suicidio.
—¿Y a qué se dedicaba en Zúrich?
—No me queda muy claro, pero parece que se dedicaba a negocios económicos, a invertir, a especular —dice el detective D.
Kathy le extiende al detective unos billetes para pagar sus servicios. Se marchan del despacho con el mismo silencio con el que recibieron la noticia; Anne no espera a abandonar el edificio para echarse a llorar. Abraza a Kathy en el rellano de la oficina del detective D. La nueva información modifica por completo la idea que tiene del hombre que ya es Luis Foret. Atenúa el rencor. Puede que su huida no tuviera nada que ver con ella y Nata, dice. Puede que tuviera que huir porque se había metido en negocios turbios, por eso estaba tan raro aquellos últimos meses. ¿Y si solo lo había hecho para protegerlas? Anne le agradece a Kathy la idea de acudir a un detective. Kathy le pregunta si ha cambiado algo. Qué va a cambiar, responde Anne. Se miran unos segundos enlazadas por las falanges de ambas manos. Luego Anne besa a Kathy con suavidad y le propone coger el Micra y llevar a Nata a pasar el fin de semana a algún lugar de Asturias.
El detective D. sigue la escena por la mirilla y no puede dejar de sonreír. Es el dinero más fácil que ha ganado en su vida. ¿Quién creería que un detective pueda resolver un caso echando un vistazo por la mirilla de su oficina? Afirma Foret que el detective D. le dice que roza el absurdo cuando se lo cuenta punto por punto por teléfono y hablan de liquidar el trabajo.
Entonces D. aún no sabe que pronto tendrá otro encargo de Foret, tan sencillo, tan bien pagado: una entrevista con un bombero con nombre de pomada para las hemorroides.