Agnes
Prefacio
Javier Peña
Agnes
ePub r1.0
Titivillus 04.12.2021
Título original: Agnes
Javier Peña, 2021
Ilustración de la cubierta: Mercedes Bellido
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
A Ana.
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Agnes
Prefacio a cargo de Luis Foret
Agnes: no llega a los treinta años. Metro sesenta y cinco, cabello crespo, ojos verdes. Omóplatos fuertes, caderas anchas, tobillos desdibujados. Entra en comisaría a las 10:57 p. m. con un hematoma en la frente y una herida en el extremo externo del ojo izquierdo.
El agente Bascoy acostumbra a tomar nota de todos los detalles que suceden en su turno, pero admite que tomaría nota de Agnes aunque no estuviera de guardia porque, a su juicio, no está exenta de atractivo.
A pesar del golpe frontal, la lesión en la ceja, los ojos vidriosos, el atuendo estrafalario.
A pesar de que sus dedos desprenden cierto aroma a pomada para las hemorroides.
A pesar de que su aliento huele a alcohol a la legua.
El agente Bascoy apunta en sus notas: «Probablemente whisky de malta». Lo apunta aun a sabiendas de que «probablemente» es enemigo del rigor. «Probablemente» puede ser la vía de escape para un culpable. ¿No es cierto que usted escribió «probablemente» en sus notas preliminares?, preguntaría el abogado defensor. ¿No es menos cierto, pues, que usted albergaba dudas razonables sobre mi defendida? Y él no podría mentir. Él no.
Tacha «probablemente», deja «whisky de malta».
Al agente Bascoy le gusta experimentar con los olores. Se enjuaga la boca con diversos licores que después escupe; se echa el aliento en la mano y la olfatea; se considera a sí mismo capaz de distinguirlos; se dice que algún día esto podrá ayudarle con algún caso. Quizá con Agnes. Aunque no hay caso con Agnes. No hay informe oficial. Solo las notas del agente Bascoy.
Hace cuatro años que el agente Bascoy superó la fase de formación en la academia de policía. Tras cuarenta y cinco meses anodinos en una comisaría de pueblo —y un pequeño empujón familiar que no viene a cuento—, consiguió recientemente el traslado a Santiago. Su padre, orgulloso, le escribió una carta la semana pasada en la que tildaba de meteórica su carrera.
Agnes espera a que el agente Bascoy anote revelando cierta impaciencia. Bajo un abrigo largo beis, desabrochado, luce un vestido ceñido de raso negro con transparencias, medias de rejilla negras, zapatos con diez centímetros de tacón. Abertura del vestido en ambas piernas. Escote excesivo. El agente Bascoy apunta: «No se debe descartar completamente la prostitución».
Luego tacha «completamente». ¡Malditos adverbios!
Agnes porta en la mano una prenda de lencería femenina. El agente Bascoy duda si escribir «lencería» o «ropa interior». Lo cierto es que la prenda es poco excitante. Es de algodón blanco y está usada. El agente Bascoy no quiere decir que esté sucia, pues no lo parece. Quiere decir usada: gastada. Si el agente Bascoy quisiera decir «sucia», diría «sucia» y no «usada».
A ojos vistas, la prenda es demasiado grande para ella. Aun considerando su problema de caderas. Aquí, en las notas del agente Bascoy, se ve tachada la palabra «problema» y escrito «anchura» por encima.
El agente Bascoy levanta al fin la cabeza y pregunta si puede ayudarla en algo.
Agnes farfulla.
—Las bragas… las bragas… pueden haber servido para un crimen.
El agente Bascoy le pregunta si esa prenda de ropa interior — elude la palabra bragas— le pertenece.
Agnes niega con la cabeza.
—Entonces, ¿qué hace en sus manos?
—Él me las envió.
El agente Bascoy se congratula, el interrogatorio le conduce pronto por el camino adecuado.
—Ajá. ¿Quién es él? Empecemos por ahí. Dígame el nombre de la persona que le envió la prenda.
—No lo sé.
—Ajá. No lo sabe.
—Nadie lo sabe. Quien lo sabe ha muerto. O ha firmado un contrato de confidencialidad.
—¿Usted no ha firmado un contrato de confidencialidad?
—No.
—Entonces mejor que no lo sepa.
El agente Bascoy sonríe. Intenta caerle simpático con un comentario que calificaría como cercano.
El silencio de Agnes denota que fallido es un adjetivo más apropiado.
—¿Tiene esto algo que ver con ese golpe en la frente? —pregunta él reanudando el interrogatorio.
—No… —vacila ella.
—¿Cómo se produjo ese hematoma, entonces?
—Un accidente… doméstico.
—¿Doméstico, eh?
Agnes asiente con un gesto.
—¿Y esa tumefacción junto a la ceja?
—¿De verdad le parece importante?
—No lo sé, dígamelo usted.
Agnes chasquea la lengua entre los dientes.
El agente Bascoy toma nota.
—¿Cómo llegó hasta usted esa… prenda? —prosigue el cuestionario.
—Por correo.
—Entonces tendrá un remite o algo.
—Sí, Luis Foret.
—Ajá. Luis Foret.
El agente Bascoy apunta el nombre.
—¿No le suena? —dice ella.
—¿Debería?
—Es un escritor famoso.
—¿Escribe novela negra?
—No.
—¡Ah! Yo es que de libros… Solo novela negra.
Al agente Bascoy siempre le ha dado reparo reconocer su ignorancia sobre cualquier asunto. Se dice a sí mismo que debe ponerse al día en otro tipo de novelas.
—Se ha retirado hace poco. Salió en todas las televisiones.
—Tampoco veo mucho la televisión, ¿sabe?
Agnes vuelve a recurrir al silencio; echa una ojeada alrededor como si buscase otro interlocutor; la comisaría está vacía, a oscuras, excepto por el agente Bascoy, que se apoya en un atril bajo una lámpara de tubos amarillos. En el atril hay pegado un folio de impresora donde pone RENOVACIONES DNI y una flecha: ←
—Entonces, ¿quién es Luis Foret? —pregunta él.
—La persona que me envió las bragas.
Al agente Bascoy la chica empieza a ponerle un poco nervioso.
—Pero usted me ha dicho que desconocía su nombre.
—Luis Foret no es un nombre, es un pseudónimo.
—Ajá, un pseudónimo. ¿Y por qué lo usa?
—Es una larga historia.
—Tengo toda la noche.
—Yo no —dice Agnes.
El agente Bascoy da golpecitos alternos en el suelo con los pies como hace siempre que está inquieto.
—¿Y cómo me decía que era su nombre? —pregunta a continuación.
—¿El mío?
—Sí, el suyo.
—Aún no se lo he dicho.
—Ya, por eso, dígamelo, por favor.
—Como me preguntaba que cómo decía que era mi nombre…
—Es un decir. Una forma de hablar.
—Agnes.
—¿Agnes qué más?
—Agnes Romaní.
Al agente Bascoy el nombre le parece inhabitual. ¿Inventado? Es posible.
—De acuerdo, Agnes Romaní, ¿qué relación le une con ese tal Luis… —echa un ojo a sus notas— Foret?
—Soy su biógrafa.
—¿Biógrafa?
El agente Bascoy frunce el ceño, agita los pies cada vez más rápido. Es consciente de que cuando lo hace los hombros le bailan. Se atusa el uniforme azul marino. El parche reglamentario se está descosiendo. Su madre no es una gran costurera.
—Sí, biógrafa. ¿Sabe lo que es?
(¡Eh, Agnes Romaní, no es necesario ofender!).
—Evidentemente, señorita, evidentemente —responde el agente Bascoy dejando patente su irritación.
Agnes agita un poco las bragas como queriendo decirle que se centre en lo verdaderamente importante.
—Así que me está diciendo que usted es la biógrafa de Luis… —Vuelve a mirar sus notas.
Agnes pone los ojos en blanco.
—… Foret —prosigue—. Pero desconoce su verdadero nombre.
—Así es.
—¿Y tiene usted muy avanzada su biografía?
—Casi finalizada.
—Curioso.
El agente Bascoy intenta recordar las biografías que ha leído. No demasiadas; de todas ellas la parte más reconocible, la más fácil de memorizar, es el nombre del biografiado.
—¿Puede describir físicamente al señor Foret?
—No.
—Ajá. ¿Y eso por…?
—Porque nunca lo he visto.
—Pero sospecha de él.
—No lo sé.
El agente Bascoy mueve el bolígrafo pero cuando mira el papel se da cuenta de que ahora no escribe más que rayas, sus trazos ya no forman letras.
—Ajá. No lo sabe. Y, dígame, ¿sabe el nombre de la persona a la que pertenece esa prenda de ropa interior?
—No lo sé.
—Ajá. No lo sabe. ¿Pero sabe si esa persona se encuentra en buen estado de salud?
—Puede estar muerta.
—¿Puede?
—No lo sé.
—Ajá. No lo sabe.
—No.
—Sabe que puede estar muerta pero no su nombre.
—¿Urgulanila?
—Urgu… Discúlpeme, ¿cómo se escribe?
—Creo que esto ha sido un error.
Agnes gira sobre sus gruesos tobillos.
—Espere, un momento, esta Urgu… ¿Esta señorita es conocida suya?
—Nunca la he visto.
—Pero sabe que ha desaparecido.
—No lo sé.
—Ajá. No lo sabe. Y el suceso que usted viene a denunciar, ¿cuándo se produjo?
—Hace siete años.
—Señorita, permítame que le pregunte: ¿ha estado bebiendo? ¿Tal vez whisky de malta?
El agente Bascoy lo pregunta no sin cierto orgullo.
—Tengo que irme.
—Señorita —le grita antes de que salga—, ¿no cree que su atuendo es… es… inadecuado para una noche tan fresca como esta?
—Vengo de clases de tango.
—Ajá. Así que fue a clases de tango antes de venir a denunciar lo que sea que haya venido a denunciar.
—Mire, déjelo.
—Señorita…
Agnes apura el paso hacia la puerta; de espaldas, antes de marcharse, le dedica una peineta al agente Bascoy.
Él no sabe muy bien cómo actuar. No puede ordenarle que se quede ni arrestarla. Beber whisky o pasearse con transparencias y una prenda de ropa interior en la mano no está tipificado como delito. Tampoco contar historias raras.
El agente Bascoy ve desaparecer las caderas de Agnes al otro lado de la puerta automática.
Solo entonces se da cuenta de que se ha dejado la prenda de lencería sobre el atril. ¿Qué puede hacer con ella? La sujeta con la mano y constata lo que le había parecido: está ajada, especialmente rugosa en la parte del trasero a causa del roce con unos pantalones. La estira, es enorme.
El agente Bascoy apunta en su cuaderno: «Las bragas de Polifemo». Luego tacha «bragas» y escribe por encima «ropa interior». Después tacha «Polifemo». La inventiva no es el trabajo de un policía nacional. Guarda en su cajón las notas y la prenda de algodón.
Dos semanas más tarde su jefe, buscando un archivo, encontrará las bragas en el cajón del agente Bascoy, lo cual le acarreará no pocos problemas y afectará a su meteórica carrera. Pero esa historia ya nada tiene que ver con la chica ni con Luis Foret. En lo que respecta a la chica, lo único que ha hecho el agente Bascoy ha sido tomar notas en su cuaderno.
Eso hacemos la mayoría. Hasta los más rigurosos. Apuntamos en un cuaderno, apuntamos en el bloc de notas del móvil, apuntamos mentalmente. Reflexionamos sobre lo que pudimos haber hecho y no hicimos, sobre lo que hicimos y pudimos no haber hecho. Luego lo dejamos pasar. Simplemente dejamos que suceda, que el mundo siga su curso.
A menudo lo que la vida tiene para ofrecernos se reduce a una colaboración en nuestra propia biografía.