Agnes

Javier Peña · Capítulo 14 de 22

Páginas del PDF

Agnes

6 El relato de Anne Marie Pascal

6

El relato de Anne Marie Pascal

Óbidos (Portugal), diciembre de 2005

 

Afirma Foret que el sexto relato de su biografía requiere un nuevo salto atrás en el tiempo. Un salto que nos traslade a Óbidos poco después de su divorcio de Kathy, pero mucho antes de que sus novelas vendan miles de ejemplares en Portugal. Esta es una historia que no ocurriría sin los libros, igual que los libros de Luis Foret no ocurrirían sin esta historia, pues sin ella no habría Shahriar, ni Asia, ni La chica del tiempo, ni Luis Foret. Es una historia de licor de guinda y dientes. Es una historia.

Que comienza con las suelas de goma del hombre que sería Luis Foret dando resbalones por las piedras húmedas de Óbidos. De paseo como un transeúnte anónimo, aunque, bien pensado, eso no ha cambiado.

El hombre al que aún le faltan muchos años y sinsabores para ser Luis Foret se ha desplazado a Óbidos para participar en un simposio que tiene como reclamo a Paul Auster. El escritor de las bolsas en los ojos se encuentra en el apogeo de su popularidad. No quiere decirse con esto que ahora ya no sea un escritor popular, o que lo sea menos que el propio Luis Foret, pero aquellos son años en los que Auster está omnipresente.

Está en todas partes, salvo en Óbidos, porque una intoxicación con ostras, según explica su editor portugués, le impedirá moverse de Lisboa.

Así que el hombre que sería Luis Foret se encuentra con una reserva de tres noches en un hotel de Óbidos y muy poco que hacer.

El hotel, encaramado a las almenas de la muralla, dista de ser el lugar ideal para un fin de semana agradable. El suelo cruje con cada pisada como una hogaza de pan tierno y todo huele a madera antigua y a una mezcla de moho y agua estancada. Afirma Foret que en internet publicitan sus «muebles de museo», lo cual no los vuelve cómodos ni limpios ni funcionales: el secreter es estrecho y en él no cabe el portátil; las puertas del armario son espejos de cuerpo entero tan llenos de rayones que no devuelven el reflejo; no hay calefacción, sino un radiador eléctrico que se recalienta y hace chisporrotear el enchufe; la cama es dura; la colcha, áspera; la porcelana de la bañera se ha levantado cerca del desagüe dibujando una marca irregular de un desagradable color pardo.

El hombre que sería Luis Foret intenta no pisar la mancha cuando se ducha. Aunque sabe que es efecto del óxido, aparenta la prueba de un crimen. Como si fuera a quedársele pegado en el pie un coágulo, un trozo de cerebro, un pedazo de inmundicia. Como si fuera a entrar la policía científica, acordonar la bañera y colocar un cartelito de plástico con una letra: PRUEBA A.

Quien haya estado en Óbidos sabrá lo pequeña que es. La ciudad amurallada se articula en torno a dos calles: en la superior abundan las tiendas de souvenirs, en la inferior son mayoría los restaurantes. El hombre que sería Luis Foret no conduce, ha llegado en autobús desde Lisboa.

¿Qué hacer los tres días que tiene por delante?

Afirma Foret que, en ocasiones, el tiempo le abruma. No puede ni imaginar lo que será una condena de prisión cuando lo apabullan tres días recorriendo como un conejillo de Indias un laberinto resbaladizo de dos calles donde todo cierra a las siete.

¿Y cuáles son las posibilidades de encontrar a alguien conocido en un laberinto de esas características? ¿Cuáles son las posibilidades de encontrar a alguien en Óbidos fuera de la temporada turística? No a alguien que hayas visto en un par de ocasiones, ¿cuáles son las posibilidades de encontrar a alguien como Anne Marie Pascal?

Las casualidades que se repiten dejan de parecer casuales; al final uno se pregunta si al hombre que sería Luis Foret le quedaba más posibilidad que ser Luis Foret.

 

Afirma Foret que ve a Anne Marie bebiendo ginjinha en un tenderete de la calle de souvenirs: un carrito de helados con ruedas rojas, cuatro hierros atornillados en cada esquina y un toldo blanco con excrementos de paloma. Él se dirige hacia la puerta revestida de azulejos que marca el límite de la cárcel amurallada en la que eligió encerrarse durante tres días con la connivencia de Paul Auster.

La ginjinha es un licor de guinda típico de la zona que suele servirse en un barquillo recubierto de chocolate. Anne Marie acumula vasos de barquillo como en las películas acumulan los de cristal. El carrito de helados está lleno de barquillos de chocolate que Anne Marie ha vaciado. Con cada trago deposita un euro en la mano del portugués, que le sirve de una botella opaca como los espejos de la habitación del hombre que sería Luis Foret. Es un muchacho de grandes pechos que se desvive por explicarle a Anne Marie que el vaso se come. Ella hace caso omiso y se echa otra ginjinha al coleto. Gira la cabeza hacia atrás para beber, cierra los ojos, si uno se esfuerza, puede llegar a percibir el líquido atravesándole la garganta.

Afirma Foret que Anne, como siempre, se ha pasado con el maquillaje. Se ha aplicado una base oscura que se cuartea como la pintura gruesa en una pared. Lo hace para cubrir los orificios del acné que la adolescencia dibujó en su cara con tinta indeleble. Lleva el pelo recogido en una cola de caballo. Viste como si fuera a la ópera. Es algo muy propio de Anne Marie, afirma Foret, siempre se arregla demasiado: a la gente eso acaba por molestarle, a la gente acaban por molestarle un gran número de gilipolleces.

El hombre que sería Luis Foret la reconoce al segundo. Cómo no iba a hacerlo. El primer impulso es acelerar el paso: Anne Marie debería ser la última persona con la que se detuviera en ese momento de su biografía. Y, sin embargo, mientras ella deposita otro euro reluciente en la mano del portugués, el hombre que sería Luis Foret se pregunta qué puede perder. La situación en Óbidos ya es bastante deprimente de por sí; su relación con Kathy, deplorable. En el peor de los casos, le quedará la posibilidad de volver a Lisboa y esperar el tren de regreso a casa, lo cual supondría perder el dinero de las noches de hotel ya pagadas. Como peor escenario, afirma, no es demasiado desalentador. Por otra parte, si Anne Marie está alojada en Óbidos va a ser imposible no cruzarse con ella media docena de veces en los próximos días. Tomar la iniciativa no puede ser una idea tan desafortunada.

Otra ginjinha, ojos cerrados, cabeza atrás.

El hombre que sería Luis Foret se detiene tras ella y dice aclarando la voz:

—¿Sabes que el vaso se come?

No se le ocurre nada mejor. Quién diría entonces que las palabras un día lo harán millonario.

Ella casi se atraganta.

—Otro más. Que no quiero el puto chocolate.

Anne Marie tiene una mirada hermosa, es atractiva a pesar del cutis y las grandes paletas que hacen de cerrar la boca una maniobra complicada. Afirma Foret que, cuando junta los labios, puede parecer que está poniendo morritos o haciendo algún tipo de gesto seductor, pero en realidad solo es un modo de guardar en la cueva un exceso de esmalte y marfil.

—Menudo reencuentro, ¿no? —dice ella reaccionando al fin.

—No pareces sorprendida.

—Pues lo estoy.

—¿Qué haces en Óbidos?

—He venido a beber ginjinha, ¿no lo ves? ¿Y tú?

—He venido a verte beber ginjinha.

—Pues qué bien nos está saliendo todo, ¿no? —⁠Se ríe con un rechinar de dientes.

—¿Estás aquí por algo del trabajo? —pregunta él agarrándola suavemente del brazo.

Anne Marie ya trabaja entonces en la empresa de compraventa de telas que años más tarde los llevará a Marrakech.

—He venido buscando algo.

—¿A Óbidos? —dice desconcertado el hombre que sería Luis Foret⁠—. Sería el último sitio al que vendría a buscar nada.

—Pues aquí estás tú también.

—Ya ves, la incoherencia personificada.

—Es un sitio hermoso —dice Anne dibujando un arco con la mano.

—Es cierto, es hermoso. ¡Pero las cosas hermosas son tan aburridas!

—¿Te parezco aburrida?

Anne sonríe y deja los dientes al descubierto. Afirma Foret que son aún más grandes de lo que recordaba, y eso que cuando estaba casado con Kathy la veía a menudo. En diciembre de 2005, en Óbidos, no hace ni seis meses del divorcio. Se pregunta si es posible que los dientes, como las orejas, sigan creciendo toda la vida.

—¿Y se puede saber qué estás buscando? —pregunta el hombre que sería Luis Foret.

El vendedor de ginjinha recoge frustrado los barquillos abandonados sobre el carrito y los arroja a una papelera de plástico.

—¿Qué es lo más difícil de encontrar para ti? —⁠dice Anne.

—¿Es un juego? ¿Tengo que adivinarlo?

—¿Por qué no?

—Veamos, lo más difícil de encontrar… —Se masajea las sienes burlonamente⁠—. No sé, ¿el antimonio?

—¿Qué es eso? —Anne suelta una carcajada.

—Un metaloide. ¿No sabes qué es el antimonio?

—No.

—Con sulfuro de antimonio se hace el kohl, por ejemplo, que los árabes usan para pintarse los ojos.

—¿Y es muy valioso?

—Es posible que se agote en veinticinco años.

—¡Vaya con el antimonio!

—Ya ves…

—Pero no. No estoy buscando antimonio. —Ella vuelve a reír.

—Así que he fallado.

—Sí.

—Quizá busques a un viejo amigo.

Anne pestañea despacio dos veces seguidas.

—Tú y yo nunca hemos sido amigos.

—Hoy es un día excelente para empezar a serlo.

El hombre que sería Luis Foret extiende la palma abierta hacia arriba y unas gotas caen sobre su mano. Anne Marie agita su paraguas verde, luego lo abre apretando un botón y los resguarda a ambos de la lluvia.

 

Esa noche la pasan en la habitación del hotel desportillado con olor a madera vieja.

—Aunque no lo creas —dice ella—, el mío es aún peor.

Afirma Foret que todavía desconoce qué busca Anne Marie. Descartadas la amistad y el antimonio, empieza a cobrar fuerza una nueva hipótesis, que se basa en las siguientes proposiciones: (a) El hombre que sería Luis Foret es torpe para la seducción. (b) Anne Marie ha accedido con demasiada facilidad a acompañarlo al hotel. La conclusión (c) salta a la vista como las paletas de Anne cuando se ríe.

De hecho, cree que lo complicado a esas alturas habría sido sacársela de encima. ¿Pero por qué iba a querer hacer eso? ¿Por qué iba a querer él sacársela de encima? La intoxicación de Paul Auster debía tener algún significado, afirma, y él estaba deseando encontrárselo. En cambio, Anne Marie… Digamos que ha de tener muchas ganas de compañía si acepta de buenas a primeras pasar la noche con él.

La conoció antes que a Kathy en aquel malhadado ciclo de Truffaut en la Alianza Francesa. Tenían previsto proyectar Los cuatrocientos golpes el primer día, pero la cinta se estropeó y finalmente programaron El último metro. Fue una gran decepción. Vaya, le había dicho él cuando coincidieron comprando las entradas, era la película que más me interesaba de todo el ciclo. A mí también, había contestado ella evitando enseñar mucho los dientes. Más tarde, casado con Kathy, le preguntó a Anne si al menos ella tenía interés en Truffaut; Anne gesticuló un poco con sus manos huesudas y cambió de tema.

¿Habrían ido las cosas mejor si en aquel momento se hubiese quedado con Anne Marie en lugar de Kathy? Habrían sido diferentes al menos. Es posible que nunca se escribiera una biografía sobre él. Quizás habría sido más feliz. Si tiene que elegir a una de las dos, elige a Anne sin dudarlo. Puede que Anne fuera Los cuatrocientos golpes y Kathy, El último metro. Eso es todo lo que le sugieren, los títulos de dos viejas películas.

Ha querido menos a sus mujeres que a sus amantes, afirma, y a estas, menos que a las mujeres con las que nunca se llegó a acostar.

Escribió en Disparando rayos de tristeza:

«Anhelar a alguien es un placer más exquisito que tenerlo a tu lado».

Kathy y Anne eran uña y carne. Se conocían desde siempre. Cuando eran dos bebés, sus madres las paseaban por el mismo parque, compartieron guardería, colegio, instituto y, aunque estudiaron carreras universitarias distintas, nunca nada las había separado.

Ahí es donde entraba él.

Anne Marie debió de pensar aquella noche que, ya que eran uña y carne, no había maldad en seguir compartiendo.

O sabe Dios lo que se le pasaba por la cabeza a Anne Marie, porque de pronto todo se vuelve muy raro.

Raro hasta para los estándares de rareza de una biografía de Luis Foret.

 

Anne está sentada en una de las viejas butacas biedermeier con la piel del tapizado agrietada y el barniz de la madera levantado. Sobre el secreter hay un par de ejemplares antiguos de Camões y Eça de Queiroz en los que ya no se distinguen las letras, borradas, fugitivas. Todo en esa habitación parece huir, evaporarse.

¿Adónde va el cuero, la porcelana, el barniz? ¿Adónde van las letras?

Anne apoya sus pies sobre la colcha, los pies desnudos, unos pies preciosos que contrastan con sus manos huesudas, el tobillo redondeado, el empeine como el símbolo de infinito, los dedos fusiformes. Suele decirse que los pies son feos, afirma Foret, quien diga eso es que no ha visto los de Anne Marie.

El hombre que sería Luis Foret no les quita ojo. Ella se ha descalzado y se ha desprendido de los calcetines negros que los enfundaban.

—¿Te importa? —ha dicho.

Le ha parecido encantador que hiciera la pregunta.

La cabeza de Anne Marie reposa sobre la butaca, la inclina hacia atrás como si bebiera un vaso de ginjinha.

—Se está bien aquí —dice ella.

La estufa está al máximo y desprende un calor sofocante. El enchufe chisporrotea como una vieja radio sintonizándose.

—No sé por qué te quejas tanto del hotel. Créeme, hay cosas peores —⁠sigue diciendo.

Y luego añade:

—Kathy tiene razón: te quejas demasiado.

Ya estamos otra vez, afirma él que piensa.

—Anne, creo que será mejor no hablar de Kathy esta noche.

Está tumbado en la cama, la cabeza sobre un cojín que apoya en el cabecero de madera oscura. Desconchado por descontado.

—Ya, perdona —dice ella—, no me he dado cuenta.

Venga, Anne, ¿de verdad no te has dado cuenta?

—Está todo muy fresco. Es lógico que no lo hayas superado —⁠añade ella.

Él sonríe, no lo puede evitar. ¿Superado? ¿No será ella quien no puede superar que está en una habitación con los pies descalzos sobre la cama con el exmarido de su mejor amiga?

Cambia de conversación.

Hablan sobre telas. El maravilloso mundo de las telas. Aún no sabe hasta qué punto acabará hasta las narices de las telas. El precio increíblemente bajo que tienen las telas en Turquía, Marruecos o Bangladesh. La hipocresía de las grandes marcas que utilizan a niños y mujeres en régimen de esclavismo en los talleres para enriquecerse a su costa. En su empresa, en cambio, no son negreros, solo intermediarios. Lo dice segura, convencida.

Esa es otra característica de Anne Marie, afirma Foret: es franca e ingenua. Al menos su voz es bonita, melodiosa, y lo sabe, y no le importa en exceso convencer a los demás.

Lleva horas hablando con su voz melodiosa.

Lleva hablando desde que entraron en el único bar abierto en Óbidos más tarde de las seis. Había empezado a llover con fuerza y se refugiaron en aquel antro de bancos corridos que desprendía el aroma del alcohol quemado. En el techo, viejos cascos de cerveza vacíos colgaban boca abajo como crías de murciélago sujetas por el cordón umbilical.

—Espero que estén bien agarradas —había dicho Anne.

Pidieron el vino de la casa, que el camarero escanciaba de una jarra sucia, y unos chorizos al infierno, que daban al local su olor característico. El hombre que sería Luis Foret sonrió cuando el portugués prendió fuego a la cazuela de barro y una llama les calentó las pestañas. Le dijo a Anne que no era lo que suele entenderse como una cena romántica.

Ella replicó muy seria:

—¿Y por qué se supone que habría de ser romántica?

Y, sin embargo, al salir de cenar Anne se había colgado de su brazo y se habían apretujado para caber bajo el paraguas verde. A ella se le ocurrió refugiarse de la lluvia en su hotel.

¿En qué quedamos, Anne Marie?

Eran las siete y media, noche cerrada, los locales habían bajado la persiana. Qué otra cosa podían hacer.

Hablar.

Mirar sus pies.

 

Pero afirma Foret que llega un momento en que conoces de memoria cada curva de sus pies. Llega un momento en que las conversaciones se acaban. Cuando pasas la noche dando rodeos a la única cosa que tienes en común —⁠Kathy⁠—, ese momento es inexorable.

Llega un momento en que no hay más que decir y solo quedan dos posibilidades: el sexo o la retirada.

No hay término medio, no hay tregua, no hay atajos.

Salvo que seas el hombre que sería Luis Foret, en ese caso puede ocurrir de todo.

—Aún no me has dicho qué has venido a buscar a Óbidos. No me has dicho qué es eso tan difícil de encontrar —⁠dice él.

Los pies de Anne juguetean el uno con el otro, a él le apetece estirar la mano y tocárselos, pero un movimiento brusco, extemporáneo, podría provocar su rechazo: tocaría retirada. Quizás, afirma, siendo caballeroso, tendría que acompañarla a su hotel al otro extremo del pueblo. Eso le produce tal pereza que solo por esa razón, en la dicotomía que a esa hora se plantea, elegiría sexo.

Además, qué diablos, lleva sin hacerlo desde que se divorció de Kathy. Por no hablar de la bofetada que supondrá para su primera mujer enterarse de que se ha acostado con su mejor amiga, porque se enterará, de eso no le cabe duda. Para él, afirma, todo son triunfos. Si alguien debería mostrarse más reticente, esa es Anne Marie.

—He venido a buscarme a mí misma.

—¿Te has perdido?

—Un poco. —Anne tamborilea con los dedos en el reposabrazos de la butaca.

—Olvida lo que te dije antes —dice él—. No es tan mala idea venir a un sitio como este para encontrarse. Lo único que uno puede hacer aquí es encontrar cosas.

—Excepto el antimonio.

Ella sonríe mostrando sus largas paletas. Él se pregunta cómo hace para comer, el hueco que sus dientes abren en la boca es diminuto.

—No sé —sigue ella—, nuestras visiones de Óbidos se van cruzando. Yo ahora me siento más perdida. No es este el encuentro que esperaba.

Anne da un brinco de la butaca a la cama. Ha llegado el momento de tocar sus pies. El hombre que sería Luis Foret se arrodilla sobre la colcha.

—¿Puedo? —pregunta agarrándole con suavidad el empeine del pie derecho.

—¿Alguien ha dicho que no alguna vez a un masaje en los pies?

Él se encoge de hombros.

—Seguro que alguien ha dicho alguna vez que no a cualquier cosa.

Anne coloca los pies sobre las rodillas del improvisado masajista. Lleva un vestido negro que se desliza sobre los muslos. Su postura despreocupada —⁠cabeza hacia atrás, ojos cerrados⁠— permiten que él vislumbre la mata de vello púbico que ennegrece unas bragas negras. Quizá no sea un descuido. Él se afana en acariciar con dulzura los pies intentando no hacerle cosquillas. Las cosquillas son enemigas de la sensualidad.

Por no hablar de lo siguiente que ella le dice aún con los ojos cerrados:

—Estoy embarazada.

—¿Cómo?

—Que estoy embarazada. —Se incorpora un poco.

Se miran a los ojos; ella aprieta los dientes y frunce los labios. A él le apetece besarla pero cree que no es el momento. Todo parecía acordado y ahora retroceden al principio. Al antro de los chorizos al infierno.

O más atrás aún. A Los cuatrocientos golpes.

—No sé qué decirte. ¿Enhorabuena?

—No, enhorabuena no.

—Pues lo siento, entonces.

—Tampoco. Voy a tenerla. Quiero tenerla.

—¿Sabes que es una niña?

—Lo intuyo.

Anne Marie está embarazada de dos meses.

Él sigue acariciándole los pies, las bragas están a la vista pero no está convencido de si debe seguir mirándolas.

La situación es algo absurda de por sí. E irá a peor.

Se supone que ahora él debe preguntarle algo. O no. Carraspea.

—¿Y el padre? —lo dice dudando, tartamudeando.

—No lo conoces.

—Ya, bueno, tampoco es que nos hayamos visto tanto últimamente, ya me entiendes. Pero no me refiero a eso.

Ella suspira. Le pregunta si puede fumar un cigarro. Él le dice que sí. La habitación es de no fumadores, pero eso da lo mismo. Está embarazada. Si al feto no le molesta, tampoco cree que le moleste al recepcionista.

—Pero necesito que me des un cigarrillo, yo no fumo —⁠dice ella.

—Has escogido un gran momento para empezar.

Le ofrece el paquete de Lucky Strike con el filtro de un pitillo asomando por el papel de plata agujereado.

—¿Y la ginjinha? ¿Y el vino en el bar?

—Estoy buscándome.

—Pues más vale que te encuentres pronto o el niño saldrá con síndrome de abstinencia.

—Primero, es una niña, ya te lo he dicho, y, segundo, ¿estás juzgándome como madre?

Retira sus pies y se sienta en posición de loto. Adiós a la visión de las bragas.

—¿Yo? Dios me libre.

Anne aspira una larga calada y después tose como tose quien no sabe fumar. El humo vuela hacia los ojos que lagrimean, luego empieza el llanto. Se acerca a consolarla.

—No te preocupes —dice Anne—. Cuando corto cebolla me ocurre lo mismo. La reacción química hace llorar a mis ojos y luego yo me pongo a llorar a moco tendido. Soy incapaz de dejar que mis ojos lloren solos.

Afirma Foret que la explicación le enternece y vuelve a querer besarla.

—A mí me parece fascinante esa solidaridad de tu cuerpo con tus ojos.

Anne ríe y llora al mismo tiempo con las paletas en apogeo.

Como la carrera de Paul Auster. O más.

Él se dice que sí o no. O sexo o retirada. O bragas negras o paraguas verde. Así que la besa.

Choca, claro, contra sus incisivos centrales; introduce la lengua por el agujero que dejan, más grande de lo que parecía. Se ensancha, afirma Foret, como el conducto por el que saldrá la niña.

La lengua de Anne responde ansiosa, húmeda, sabe a nicotina. Él le acaricia el cabello y luego desciende hasta un pecho. Es entonces cuando todo comienza a complicarse.

—No puedo hacerlo —dice ella muy seria.

—No pasa nada, lo entiendo —dice él—. No quieres hablar del padre pero supongo que lo habrá.

—Claro que lo hay —dice ella—. ¿Quién te crees que soy, la puñetera Virgen María?

—Era una manera de hablar —se disculpa tratando de recomponerse y disimular su erección.

Escribió en Disparando rayos de tristeza:

«Lo peor del rechazo a ciertas alturas es que los genitales suelen ser los últimos en enterarse».

—Pero entiendo que no quieras hacer nada por respeto a él.

—No entiendes nada.

Se ve que el hombre que sería Luis Foret nunca entiende nada.

Ella deshace su cola de caballo y la recompone. Es un gesto nervioso. Se tira tanto del pelo hacia atrás que la piel de la frente se desplaza y las cejas ascienden.

—Tuve una relación de cuatro meses con él, me dejó por otra hace un mes y no sabe que estoy embarazada. Espero que no lo sepa nunca.

—¡Ah! —dice él.

Y no dice nada más porque no sabe muy bien qué más decir que «¡ah!».

Sigue uno de esos silencios incómodos que se producen cuando dos personas creen que es el otro quien tiene que continuar la conversación.

Finalmente ella es quien lo hace, sin disimular un punto de decepción:

—No puedo hacerlo. No puedo practicar sexo estando embarazada, me parece una falta de respeto que un pene ande paseándose por ahí mientras mi niña está dentro.

—¡Ah! —dice él.

Y no añade nada más, porque qué coño se añade a eso.

¿Acaso le va a preguntar si sabe cómo funciona el tema por ahí abajo? Si se cree que su niña está de excursión por la vagina o qué.

Es lo más normal del mundo. Bebe alcohol, empieza a fumar, pero no quiere penes por ahí. Nada de penes.

Por eso él solo dice «¡ah!».

Anne apoya la cabeza en su hombro y él la acaricia en señal de solidaridad, como el cuerpo de ella cuando acompaña el llanto de los ojos al pelar cebolla. Pero es la solidaridad más falsa de la historia. Una palmada en la cabeza suele significar: entiendo lo que sientes; esta significa: no entiendo una mierda. Cuando le toca el pelo nota sus cabellos tensos como cuerdas de guitarra.

—Pero… —dice ella.

¡Ah! Hay un pero.

—Pero siempre se pueden hacer otras cosas.

—¿Cómo?

No sabe si le va a proponer jugar al mahjong.

—Que hay más cosas que la penetración.

—Sí, claro.

Claro que hay más cosas que la penetración: están las butacas de piel carcomida, los espejos que no te reflejan, la estufa que es como una frecuencia de AM sin emisión, los libros con letras huidizas… Pero para nada de eso la necesita a ella allí.

—¿Quieres?

Él se encoge de hombros. Le cuesta saber si quiere las cosas que sabe lo que son. Imaginad las que no sabe.

Anne lo interpreta como un sí.

Tira de la hebilla del cinturón y la desabrocha con un movimiento de muñeca. Pellizca el botón de los vaqueros y se los baja junto a los calzoncillos. La erección no ha desaparecido del todo.

Escribió en Disparando rayos de tristeza:

«Tus genitales suelen ser los últimos en enterarse de todo y a veces es una suerte».

En medio segundo ella la tiene en la boca. Pero no debe de estar muy convencida. O le ha visto a él cara de susto porque enseguida le pregunta:

—¿Te gusta?

Y se la vuelve a meter en la boca sin esperar respuesta.

¿Qué se responde a eso?

Debe de ser lo que llaman función fática del lenguaje, afirma que piensa.

O función fálica del lenguaje.

Afirma Foret que nunca ha sido el hombre más romántico del mundo, pero si se trazara una escala de romanticismo, un diagrama cartesiano del encanto, una campana de Gauss de la seducción, el instante que sigue a continuación sería el más bajo e indecoroso de su vida.

Todo lo que dice, todo lo que se le ocurre decir en ese momento, es:

—¡Cuidado con los dientes! ¡Cuidado con los dientes!

 

En el caso de que Luis Foret escribiera esta biografía, en el caso de que escribiera este capítulo sobre el hombre que fue, no podría decir mucho más sobre los siguientes días, semanas, meses.

Es curioso que seas capaz de recordar a la perfección un vaso de barquillo recubierto de chocolate, la llamarada de un chorizo, una butaca de cuero carcomida o la exclamación más inapropiada y, en cambio, hayas olvidado un compromiso de matrimonio, un mudarse a vivir con otra persona, un embarazo, una barriga que crece cada día en tu cama. Difícil de creer, ¿verdad?

Pero él asegura no recordar nada de eso.

De los meses siguientes, afirma, lo que recuerda es una felación constante. No es que las pida ni tampoco las rechace. Él ahí pinta poco, ella marca el ritmo. Le tocan a diario hasta el nacimiento de Nata. A él le incomodan, pero no protesta.

Siempre ha sido el cobarde que se esconde detrás de una equis.

Quizás, afirma, debió echarse a correr, pero esperó seis años para hacerlo.

Lo que hizo, en cambio, un año después de divorciarse, fue casarse con la mejor amiga de su primera mujer, embarazada de ocho meses de otro hombre.

Aunque Anne Marie la invitó, Kathy no se presentó en la boda. Él no protestó por la invitación, le parecía superfino; sabía de sobra que Kathy nunca asistiría a esa ceremonia. Es más, Kathy le retiró a Anne la palabra, a pesar de que en la conversación previa a la ruptura esta esgrimió como atenuante que mantenía la virginidad vaginal con el hombre que sería Luis Foret.

El hombre que sería Luis Foret trató a Nata como habría tratado a su propia hija. Luego la abandonó como habría abandonado a su propia hija.

El hombre que sería Luis Foret le dijo a Anne Marie que no iba a usar la alianza; ella no puso objeción. Lo último que quería el hombre que sería Luis Foret era llevar ese grillete dorado alrededor del dedo solo porque Paul Auster hubiera comido ostras.

Solo porque ella no hubiera ido a Óbidos en busca de antimonio.