Agnes

Javier Peña · Capítulo 10 de 22

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4 El relato de la chica del tiempo

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El relato de la chica del tiempo

Los Ángeles (California), verano de 2012

 

Afirma Foret que es hora de entender cómo los textos que grababa para Shahriar se acabaron convirtiendo en una novela. Afirma que, por ese motivo, el cuarto relato de su biografía debe ser el de La chica del tiempo, la chica a la que solo le interesaban los principios, aunque él, afirma, tardó demasiado en darse cuenta: tardó en darse cuenta de que pronto se aburría y partía en busca de otro principio. Como tardó en darse cuenta, creyó que su costumbre de marcharse del cine al poco de empezar las películas era solo un indicio de su locura. Tampoco le dio importancia a que jamás acabara de leer un libro —⁠salvo sus manuscritos⁠— o comiera dos bocados de cualquier plato. No conservaba amigos del colegio o la universidad; los más antiguos que le presentó la conocían hacía un par de años. Empezó varias licenciaturas pero no terminó ninguna. Había trabajado de camarera en un local de intercambio de parejas, cajera de supermercado en un resort en el Valle de la Muerte, crupier en un casino de Las Vegas, azafata de jets privados, diseñadora gráfica en una web porno, chica del tiempo en una televisión local de Los Ángeles.

Cuando la conoció, trabajaba de guía de turno de tarde en un reputado museo angelino: le encantaba el arte, tal vez porque los cuadros no tienen principio ni final. Sabía más que nadie que él conociera sobre pintores emergentes, aunque cuando se consolidaban les perdía la pista. El día que la visitó en el museo no le llamó la atención que las dos salas en las que trabajaba de guía fueran las más próximas a la puerta. Apuesta a que nunca llegó a aventurarse a las últimas salas del museo. Así era La chica del tiempo, una chica de principios.

También era hermosa, afirma, no rotundamente, quizá lo suyo fuera más encanto que hermosura. Nada sobresalía en ella: era delgada, de caderas discretas, ojos comunes y labios finos; los incisivos superiores separados, el cabello suave pero poco abundante. Arrastraba un ligero ceceo a causa del diastema en su dentadura. En invierno vestía abrigos cruzados que resaltaban el largo de sus piernas; en verano prefería vestidos estampados y se recogía el pelo en una trenza. En conjunto, todo, salvo el ceceo, guardaba una agradable armonía. Y eso que apenas se arreglaba. Se sentaba en el pequeño tocador de su habitación con el estuche de maquillaje abierto, los colores separados por riguroso orden cromático, pero pocas veces se pintaba: una raya dubitativa en el ojo y poco más. Luego hacía una pompa con la boca como si lanzara un beso y sonreía a través del espejo.

El hombre que sería Luis Foret compartió piso tres meses con La chica del tiempo. Su universidad había llegado a un acuerdo para un intercambio de profesores y a él le apetecía cambiar de aires. Echaba de menos a Shahriar y la relación con su segunda mujer no era un camino de rosas, por usar una metáfora gastada. Hacía poco que le había sido infiel con Asia, la chica impasible, pero Asia había desaparecido entre escombros. Deseaba dar continuidad a sus infidelidades y estaba seguro de que Los Ángeles le proporcionaría la oportunidad para hacerlo sin necesidad de inventar excusas. Le proporcionaría la oportunidad de escribir historias que contar a un casete de cromo que luego guardaría en un sobre marrón acolchado.

Aunque le ofrecieron alojamiento, acordó con la universidad norteamericana que buscaría un piso a su gusto en la ciudad. No quería estar encerrado en el campus; no le atraía, afirma, la soledad de los barracones llenos de gente.

A La chica del tiempo la encontró en una de las primeras webs que visitó.

Su foto era más grande que la del apartamento. Vestía un jersey rojo de cuello de cisne y cruzaba las piernas con elasticidad imposible dentro de unos vaqueros ajustados. Se reía: se partía de risa en la foto, los ojos achinados, la boca abierta de hilaridad. Más adelante descubriría que La chica del tiempo reía hasta cuando estaba triste. No quiso ver más, por lo que a él respectaba el piso podía ser un establo y la cama, un fardo de paja: deseaba pasar tres meses con ella.

Finalmente fueron dos meses y tres semanas.

No había fardo de paja en vez de cama, pero en la vida, afirma Foret, nada encaja a la perfección, siempre hay una junta que baila, un tornillo que no ajusta. En este caso, el tornillo era Murr, el compañero inesperado, el tercero en discordia: un aspirante a actor que nunca acudía a una audición y trabajaba en una tienda de surf en Venice a un corto paseo de distancia del apartamento compartido.

Murr tenía una mata de pelo amarilla revoltosa como el trigo arracimado y la boca muy roja. Atesoraba tres posesiones: un huraño gato persa que dejaba pelos blancos por todas partes, una pistola Luger que había heredado de su abuelo y guardaba en el cajón de la mesilla de noche, y un móvil de última generación —⁠entonces los móviles con cámara no eran tan comunes⁠— en el que almacenaba sus fotos con famosos.

Era fácil ver a Murr rondar los locales de Malibú y las tiendas de Rodeo Drive que frecuentaban cantantes y actores. Sabías que se había encontrado con uno cuando llegaba a casa respirando como un asmático y cerraba de un portazo.

—Mirad quién se ha hecho una foto conmigo — ⁠decía.

Parecía dar a entender que eran los famosos quienes pedían hacerse la foto con él. Entraba en el piso con el móvil en la mano y el brazo extendido. La mitad de las veces ni el hombre que sería Luis Foret ni La chica del tiempo conocían a los acompañantes de Murr en la pantallita de su teléfono.

—Mira qué suerte tiene esa rubia en bikini que se ha fotografiado con un conocidísimo vendedor de tablas de surf —⁠decía La chica del tiempo.

Murr solía mandarla a la mierda. Aunque tenía buen carácter, le molestaba que se restara valor a sus retratos. Cuando Murr se enfadaba con ellos, no lo hacía solo. Persa el gato persa subía de un salto a la mesa y les bufaba enseñando los colmillos.

—¿Cómo se va a llamar Persa un gato persa? —⁠decía La chica del tiempo.

En realidad ella decía «Perza».

Un día La chica del tiempo, tras poner en duda la pertinencia del nombre de Persa, acarició con cuatro dedos el pelaje del gato, que, disconforme con su nombre, con las burlas a su dueño o simplemente con su existencia gatuna, le soltó un zarpazo.

—¡Joder! —gritó—. Voy a estrangular a tu estúpido gato de estúpido nombre. Ahora tendré que ponerme la antirrábica. Llévatelo ahora mismo de este piso.

Por la noche las heridas secas en la mano de La chica del tiempo marcaban un tres en números romanos, pero a ella ya se le había olvidado su veto a Persa el gato persa. Que solo le interesasen los principios tenía su parte buena: el malhumor, los arranques de ira, se desinflaban enseguida.

Cuando la conoció, estaba obsesionada con la exposición temporal del museo en el que trabajaba. La habían inaugurado la semana anterior a la llegada a California del hombre que sería Luis Foret; la clausura estaba programada para tres días después de su partida. En las salas exhibían la obra de cuatro pintores locales. A ella le interesaba uno de forma especial. Se llamaba Chris Ventola y de él se conocían apenas cuatro datos. Que vivía en San Bernardino. Que era autodidacta. Que había tenido problemas con las autoridades por culpa de las drogas. Que trabajaba en un lavado de coches.

Afirma Foret que durante sus primeras semanas en América visitó más veces San Bernardino en automóvil con La chica del tiempo que ningún otro lugar. La acompañó a la mitad de los lavados de coches entre El Monte y Apple Valley. El Mustang blanco de alquiler refulgía de tantos lavados, había que entornar los ojos para mirarlo. Luego ella se cansó y dijo que era absurdo continuar con las visitas.

Otros tres artistas formaban parte de la exposición: una adolescente de Santa Mónica, un ama de casa de Echo Park y un cuarentón de Cambria, un pueblo de interior al norte de Los Ángeles, con camisa de leñador y botas de punta, que se alojaba en casa de unos amigos en Redondo. El cuarentón trató de llevarse a la cama a La chica del tiempo, pero no consiguió despertar en ella ni el principio del principio de su interés. Una noche en la que ella aceptó tomar una copa con él, intentó sobrepasarse y recibió una negativa y un puntapié. Se lo contó a sus compañeros de piso al llegar a casa, riendo nerviosa.

Esa noche se acostó con Murr.

Cuando algo le disgustaba se acostaba con uno de los compañeros de piso. Afirma Foret que nunca comprendió el criterio en su elección. Lo que sabía era que, cuando La chica no tenía un buen día, Murr y él dejaban la puerta de la habitación entreabierta y mataban el tiempo esperando a que una de las dos se cerrase. Si Murr era el elegido —⁠y generalmente Murr era el elegido⁠—, además del sonido metálico de la puerta al cerrarse, había otro indicador: Persa el gato persa deambulaba en horario nocturno fuera del cuarto de su dueño. Indefectiblemente, eso significaba que Murr compartía cama con La chica del tiempo.

Al hombre que sería Luis Foret, a quien siempre le irritó aquel gato antipático, en aquellas ocasiones lo enfurecía el doble. Tenía la impresión de que lo miraba con mueca de triunfo. Le preguntaba a Persa el gato persa si se sentía especialmente bien. El muy imbécil no se daba cuenta de que había sido tan rechazado como él. Pero aquel gato estúpido no entendía de solidaridad.

Si se quedaba escribiendo o leyendo en el salón, podía escuchar a La chica salir de la habitación de Murr. No esperes que una mujer a la que solo le interesan los principios se quede a dormir contigo. El pijama rosa, afirma, seguía perfectamente colocado; la trenza, impecable. Se diría que había ido a jugar a las cartas con Murr.

—¿Qué escribes? —le decía al hombre que sería Luis Foret cuando lo veía de madrugada en el salón con sus papeles extendidos sobre el pequeño escritorio.

Él se encogía de hombros.

—No te quedes despierto hasta muy tarde —solía añadir ella después.

La luna iluminaba la ventana con vistas a la autopista; una procesión de automóviles desfilaba por ella a cualquier hora. Vivían en la ciudad donde los coches nunca duermen.

Afirma Foret que, antes de acostarse, La chica le daba un beso en la mejilla para reconfortarlo por no haberlo elegido. Sabía que también trataba de echar un ojo a lo que escribía, pero él volteaba rápidamente los folios como un niño que dibuja cosas inapropiadas.

—¿Por qué te interesa tanto lo que escribo?

Contenía la respiración cuanto podía para no percibir el aroma de Murr.

—Me da igual lo que escribas —decía ella—. ¡Pero enciende la luz, te vas a quedar ciego!

—Es por eso que escribo, por la ceguera… — ⁠decía él.

Pero ella se marchaba sin dejar que terminase de hablar.

 

En general, el trimestre académico era poco engorroso. Las clases eran escasas, los alumnos interesados disminuían cada día. Le hace gracia pensar que si ahora impartiera una clase como Luis Foret en la misma universidad habría colas para entrar, los que se quedaran fuera tendrían que seguir su charla a través de una pantalla o unos altavoces. Ocho años atrás era rara la clase en la que se juntaban veinte jóvenes y solo dos o tres parecían verdaderamente interesados en la materia. Otros buscaban el aprobado fácil, los había que seguían al estudiante que les gustaba y no dejaban de mirarlo mientras el hombre que sería Luis Foret hablaba, algunos parecían matar el tiempo, escapar de un compañero de cuarto autoritario al que le huelen los pies. Tampoco le importaba. No estaba allí para influir en la vida de aquellos jóvenes, sino para disfrutar de los últimos capítulos de su propia juventud.

Las mañanas que no tenía clases —martes, jueves y fines de semana ⁠— y hacía sol, La chica del tiempo y él iban a la playa. Al anochecer la invitaba al cine, pero ella se marchaba a la media hora de empezar la proyección. Al principio la seguía, más tarde dejó de hacerlo: ya la vería en casa. A menudo al llegar lo recibía solo Persa el gato persa.

Venice Beach estaba a unos pasos a pie desde su apartamento, pero siempre que podían cogían el Mustang y se dirigían a playas más al sur. Eso cuando no iban a algún lavado de coches de San Bernardino en busca de Chris Ventola. Los martes, los días que cerraba el museo, eran los mejores: recorrían muchos kilómetros y, al llegar, ella se quitaba la parte de arriba del bikini.

Ni siquiera las noches en las que lo elegía a él tenía oportunidad de detener los ojos en sus pechos, porque ella prefería hacerlo con la luz apagada y, al terminar, abandonaba la habitación. Con La chica del tiempo, afirma, había que apresurarse: nunca sabías cuándo finalizarían sus principios.

En las playas lejanas el hombre que sería Luis Foret se escondía tras las gafas de sol para contemplar los pequeños pechos de La chica del tiempo, que, tumbada en la toalla, se aplanaban y conformaban un montículo imperceptible. Sus pezones, en cambio, parecían siempre erectos sobre la areola euclidiana.

—Son tetas. Nada más —decía ella cuando pensaba que el avistamiento se había prolongado demasiado.

En realidad ella decía tetaz.

—El problema de los hombres es que os creéis que las mujeres somos solo tetas —⁠le dijo un día La chica del tiempo.

—Yo no soy así.

—Joder. —Se rio escurriéndose en la toalla ⁠—. ¡Si llevas quince minutos mirándomelas!

La chica reflexionó un rato sacudiéndose la arena del cuerpo.

—Eres un buen tipo —dijo—, pero eres un hombre como los demás. No te aflijas, estáis programados para mirar tetas. No te juzgo por ello. Solo que no eres Chris. Chris es distinto. A veces me pregunto si será un hombre.

 

Chris Ventola dibujaba mujeres pero nunca les colocaba pechos, ni siquiera cuando las pintaba desnudas. La mayoría de sus personajes eran seres andróginos de pelo largo y labios color carmín. Uno de los cuadros de Chris representaba una tienda de lencería en la que solo había bragas: en el mundo de Chris los sujetadores eran una prenda inservible.

En las playas de Chris, playas muy parecidas a Santa Mónica, las mujeres se alineaban en toallas coloridas con los pectorales al sol, los labios rojos, impolutos. En las fiestas en rascacielos, el carmín dibujaba un rastro encarnado en las copas de champán que servían camareros con frac y bigote. Los hombres de Chris no eran más que sirvientes.

En un gran lienzo —que no se vendió porque Chris siempre pedía demasiado por ellos⁠— una mujer amamantaba a un bebé, pero en vez de pecho tenía una copa de champán en la que el bebé dejaba la marca de sus pequeños labios.

Había un cuadro que obsesionaba a La chica, el cuadro ante el que consumía las horas de su jornada laboral, el cuadro ante el que se consumía, el cuadro que la haría renunciar a ser una chica de principios. Se llamaba Weather Girl y le resultaba demasiado familiar. Era el retrato macabro de una chica del tiempo de pequeños pechos abatida en el suelo, las piernas cruzadas con elasticidad imposible dentro de un vaquero ajustado, el tronco apoyado sobre una lona verde. La lona era el chroma en que proyectaban los mapas de predicción para la televisión. Una salpicadura roja, oscura, teñía el verde de la pantalla. Un pequeño punto en la cabeza indicaba el lugar donde la chica se había disparado con una pistola semiautomática.

El cuadro la fascinaba. Deseaba ahorrar para poder comprarlo, Pero Chris pedía veinte mil dólares por la pintura y, con su sueldo en el museo, La chica no sería capaz de ahorrar esa cantidad ni en cinco años. El hecho de no encontrar a Chris impedía llevar a cabo cualquier tipo de negociación.

El hombre que sería Luis Foret le prometió que si se hacía rico lo compraría para ella, pero La chica del tiempo se rio de él.

—¿De verdad piensas que te vas a hacer rico dando clases?

—Prueba con Murr —le dijo él ofendido—. Igual tienes más suerte con él.

Probó con Murr. Le pidió que la llevara a buscar famosos a Rodeo Drive. Cuando se encontraban con alguno, La chica le enseñaba la foto del cuadro, le decía que era una gran inversión, que irían 50-50, que estaba dispuesta a ir 60-40 por ser él, qué significaban veinte mil dólares para él, decía que 70-30 era su última oferta, pero ya daba igual, para entonces el famoso creía estar ante una loca. Si el famoso era realmente famoso, un guardaespaldas acababa arrastrándola mientras ella gritaba: ¡80-20!

Durante esa etapa Persa el gato persa y el hombre que sería Luis Foret pasaron juntos muchas noches solitarias. Podría decirse que hasta se hicieron amigos.

A Murr le iba mejor que a ellos, si se tiene en cuenta lo que significa eso para un vendedor de tablas de surf obsesionado con la farándula. Había conocido en la tienda a un guitarrista aficionado y empezó a surfear con él. A través del guitarrista conoció a un actor que había tenido éxito en los ochenta, que le presentó a un base retirado de los Clippers. En Los Ángeles las cosas se mueven como en un diagrama de árbol, se trata de ir descendiendo por las ramas. Murr se había comprado un nuevo móvil, tenía la tarjeta de memoria colapsada por las fotografías.

El base de los Clippers invitó a Murr a una fiesta en un restaurante peruano de Santa Mónica. Él le preguntó si podía llevar una acompañante, el otro le dijo que si no lo hacía todo el mundo daría por hecho que era gay. Le pidió a La chica del tiempo que lo acompañase y ella se tomó la libertad de escribir un telegrama a la Asociación de Lavados de Coches de California. Quiero invitar a su miembro más ilustre. Stop. Chris Ventola de San Bernardino. Stop. A acompañarme a una fiesta en Malibú. Stop. Con deportistas y actores de éxito. Stop. Y otros famosos de similar talento. Stop.

Chris no apareció. Tampoco el actor de los ochenta. Al base de los Clippers no llegó a verlo aunque le dijeron que andaba por ahí.

La chica resoplaba junto a la playa mientras sorbía la espuma de un pisco sour. Su vestido de colores se le escurría en el pecho, más euclidiano que nunca. Reía triste mirando el mar con los labios pintados de rojo como un dibujo de Chris Ventola. Un hombre de mediana edad con un traje a medida y un pañuelo que sobresalía del bolsillo se sentó a su lado.

—No he podido dejar de mirarte —le dijo—, perdona, ¿eres actriz? No te molesta que me siente a tu lado, ¿verdad?

—Depende. ¿Le interesa invertir en arte? ¿Tiene veinte mil dólares?

—Responda primero a la segunda pregunta —dijo el otro riéndose.

Resultó que el hombre trajeado era un editor español que captaba en Los Ángeles a jóvenes talentos literarios. Le dijo que estaría encantado de darle veinte mil dólares si tuviera una novela que los valiese.

¿Pero de dónde iba a sacar ella una novela? La chica introdujo levemente la punta de la lengua entre los incisivos separados.

Le dijo al hombre trajeado que si le daba una tarjeta le escribiría. Le pidió un mes a lo sumo. Luego dejó que la acompañara al cuarto de baño de mujeres y le tocara los pechos. Fue todo lo que hicieron. O al menos eso afirma Foret que ella le contó al llegar a casa.

—Tetas —dijo— tetas. Eso somos para vosotros.

En realidad ella dijo tetaz.

 

Esa noche y las siguientes Persa el gato persa durmió tranquilo en su habitación.

La chica del tiempo nunca había estado tan apegada al hombre que sería Luis Foret. Con la luz apagada él solo percibía su risa. A veces, si era ella quien estaba encima notaba cómo su vientre se contraía en pequeñas carcajadas hipadas. Nunca le preguntaba la razón por la que reía. Se concentraba en cumplir cada trámite antes de que ella se marchase. Afirma Foret que se apresuraba tanto esas noches por llevar a cabo todo lo que se espera de un coito, que el acto no parecía un coito, sino una cadena de montaje.

La chica del tiempo no tardó en pedirle lo que de verdad quería.

—Tú escribes, ¿verdad? ¿Dirías que tienes talento? ¿Crees que lo que escribes puede valer veinte mil dólares? Iremos 50-50. Estoy dispuesta a ir 60-40 por ser tú. 70-30 es mi última oferta. Pero lo haremos bien, lo haremos como Chris. Démosle un punto de misterio. Busquemos un pseudónimo, un buen pseudónimo. Y la foto… ¿Alguna vez has visto las novelas de Thomas Pynchon? Una equis en el lugar de la foto. Eso pondremos: una equis, no una foto. Nada de hombres obsesionados con tetas. Un misterio. Yo compraría mucho antes una novela misteriosa que la de cualquier idiota con foto. Hablaremos con una agencia de representación, aquí en Los Ángeles están las mejores, abriremos una cuenta en el extranjero, así ahorraremos impuestos. En Suiza, en Zúrich. Una cuenta a la que los dos tengamos acceso. Solo enséñame lo que escribes. Si es muy bueno estoy dispuesta a llegar a un 80-20.

—Lo siento, lo que escribo lo escribo solo para mí.

—¿Y por qué no enseñar al mundo tu obra?

—Bueno, tengo una amiga que la conoce…

—¿Por qué ella sí y yo no?

—Porque ella está ciega.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Es una larga historia.

—¿Sobre qué escribes?

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí.

—Sobre ti.

—¿Sobre mí?

—Sobre el sexo contigo.

—¡Tetas!

En realidad ella dijo tetaz.

—Ci, tetaz —se burló él.

 

Rebuscó en el cajón más oculto del armario y encontró la carpeta en la que guardaba los relatos que había narrado en cintas que luego enviaba por correo a Shahriar. La mayoría eran páginas impresas a doble espacio, alguna estaba garabateada a mano. La chica pasó horas leyéndolas sin descanso, con una mueca de decepción en su rostro. Esa noche la luz de la habitación permaneció encendida.

—Da igual —dijo despertándole de madrugada⁠—, los hombres pagarán por leerlo.

Cuando se levantó, a la mañana siguiente, La chica del tiempo estaba mecanografiando sus relatos en un procesador de textos. Durante los días siguientes ordenó los textos, agregó introducciones, corrigió los principios. Cuidó los principios por encima de todo. Si se enganchan, le dijo, llegarán al final.

Ahora le hace gracia pensar que ella, precisamente ella, dijera eso.

Trabajó todas las mañanas, ya no iban a la playa, tampoco al cine, se acostaba con él cada día, algo rápido, mecánico, una parte del 60-40: tiempo para un par de risas, un rápido montaje en cadena. Luego se ponía a trabajar.

—Pero enciende la luz. ¡Te vas a quedar ciega! —⁠le decía él. Los martes y jueves paseaba solo por la playa de Venice. Sentado en un banco del paseo marítimo, escuchaba hasta la hora de comer a un chaval que improvisaba solos de batería. Lo escuchaba hasta que le entraba dolor de cabeza.

Faltaba un mes para finalizar el curso, pero se daba cuenta de que su tiempo en Los Ángeles se había agotado. Se estaba convirtiendo él también en un hombre de principios. Parecía como si no pudiese ser feliz demasiado tiempo en el mismo sitio con la misma persona. Parecía como si le repeliese la permanencia. Comenzó a fantasear con la posibilidad de vivir sin rumbo, de estar hoy aquí y mañana allá.

La chica del tiempo terminó una novela con sus apuntes. Versaba sobre una chica que nunca acababa nada. Paradójicamente, la novela sobre la chica que nunca acababa nada la acabó La chica del tiempo.

Hacía falta un pseudónimo y a La chica no se le ocurría ninguno. Pensó en Persa como el gato persa, pensó en Chris como Chris. Nada la convencía. Examinó su habitación. La anterior inquilina había dejado olvidada una postal de un bosque de Montana pegada en la puerta del armario: una montaña nevada reflejada en un lago, un puñado de iris salvajes floreciendo en el prado. Una imagen hermosa. Era el Lewis and Clark National Forest. La chica cogió la primera y la última palabra pero se dejó la ese por el camino. Quizá sufriera también diastema en los dedos. Quizá quisiera un apellido que no se atrancara al pronunciar. «Luis Foret», escribió, y le dio a enviar.

Se citó un par de veces con el editor del traje gris y pañuelo en el bolsillo que, según ella, solo quiso acariciarle los pechos. Debía volver a España. Le dijo que veinte mil dólares era mucho dinero. Le pellizcó un pezón. Se marchó.

Se reunió con una prestigiosa agencia de representación. Les habló de un escritor misterioso al que únicamente ella conocía. Le dio un papel al hombre que sería Luis Foret que él ni siquiera leyó y que firmó solo para sacársela de encima. Se gastó sus escasos ahorros en la tarifa de la agencia para la valoración de manuscritos. Te llamaremos, le dijeron. Luego le mostraron la puerta.

Le quedaba un mes para perder de vista para siempre el cuadro que le quitaba el sueño, el empeño en que había invertido sus mayores esfuerzos. La obra volvería a la pared de un lavado de coches junto a Chris Ventola, el único hombre del mundo que no estaba obsesionado con las tetas.

En realidad ella decía tetaz.

No hubo más noches en la habitación del hombre que sería Luis Foret. A esas alturas él ya no la echaba de menos, solo dejaba pasar las semanas entre clases inútiles y solos de batería. Persa el gato persa empezó a colarse en su cuarto y se subía a la cama cuando dejaba la puerta entreabierta; él le permitía dormir allí, afirma, porque al menos Persa el gato persa no lo abandonaba en mitad de la noche.

La chica del tiempo seguía riendo pese a todo. Los viernes solían cenar los tres juntos en un restaurante vegano de Abbot Kinney. Ella reía a carcajadas con las anécdotas de Murr, que continuaba descendiendo rama a rama por el diagrama de árbol y, a través del base de los Clippers, había llegado a conocer a su ídolo, el campeón del mundo de surf. No sabía —⁠nadie lo sabía entonces⁠— que, surfeando con él en Hawái, una ola se llevaría a Murr y su cuerpo no volvería a aparecer. Pero eso no sucedería hasta cuatro meses después.

La última noche que cenaron juntos a La chica se le saltaron las lágrimas al reír. Entonces le preguntaron qué le ocurría.

—Nada, que soy feliz —dijo derramando gotas de rímel.

 

Era jueves por la mañana, Murr tenía el día libre. Faltaba una semana para que el hombre que sería Luis Foret abandonase Los Ángeles. Veían los tres la televisión mientras se pasaban un larguísimo canuto que Murr había liado y sabía a hachís y pelos de gato.

Estaban alegres como lo están los viejos amigos cuando olvidan sus problemas. Salvo que ellos no eran viejos amigos. Ni siquiera eran amigos.

A las doce en punto del mediodía, La chica dijo que tenía que marcharse al trabajo. Se duchó en el baño de la habitación de Murr, que estaba al otro extremo del salón, en el lado opuesto al cuarto con la postal del Lewis and Clark National Forest en el armario. Al terminar de ducharse atravesó la estancia completamente desnuda. El hombre que sería Luis Foret nunca la había visto así, excepto lo que vislumbraba con la luz apagada. Se había pintado los labios de rojo y sus pechos sucintos parecían una copa de champán. Los tres masticaron una estúpida carcajada de hachís.

Después de que La chica se marchara, Murr y él se quedaron haraganeando y fumando con la tele encendida. No sabría decir cuántas veces se durmieron en el sofá. Afirma Foret que recuerda haberse despertado con la previsión del tiempo de una televisión local de Los Ángeles. Luego llegaron los titulares del telediario.

Al principio, cuando Murr se puso a gritar como un loco, creyó que todo era producto de las drogas.

—¡Mi Luger, joder! ¡Mi Luger! ¡La pistola de mi abuelo, coño!

Estiró los ojos para leer el tembloroso titular: «Chica se suicida en un museo angelino».

Se había pegado un tiro.

—¡Mi Luger, coño! ¡Mi Luger!

Se había pegado un tiro de espaldas a Weather Girl, el cuadro que la obsesionaba. Sus piernas estaban cruzadas de manera imposible, enfundadas en unos vaqueros ajustados, su cabeza descansaba contra la pared amarilla, igual que la chica del cuadro lo hacía contra el chroma verde.

Hacía cuatro horas que se había disparado. La televisión había contactado con Chris Ventola. No necesitaron tantos viajes en Mustang como ellos.

—Es una locura —decía Chris mirando a la cámara⁠—. Se ha pegado un tiro en la misma postura que en el cuadro. Me ha llamado Darlene. Me ha dicho: cariño, sale tu cuadro en internet y, cuando lo he visto, no me lo podía creer.

Chris era un tipo con una melena larga grasienta y escasa en la coronilla que gesticulaba al hablar. Le faltaban un par de dientes y ceceaba. No como La chica, sino un ceceo más seco, menos sibilante. A su lado, lloraba Darlene, la clásica Miss San Bernardino de 1987: mechas rubias, labios gruesos, escote que a duras penas contiene el tembleque gelatinoso de los pechos.

—¿Sabes? —afirma Foret que le dijo a Murr⁠—, a ella no le habría gustado Chris Ventola.

Se sacó una hebra de tabaco de la boca.

—No le habría gustado nada de nada.

Tosió.

—Y Darlene le habría gustado menos aún.

Eso, afirma, fue todo lo que dijo.

El otro ni siquiera lo escuchó.

—¿Por qué mi Luger, loca de mierda? —berreó.

Seguían fumados. Lo último que se pararon a pensar entonces era que La chica del tiempo era una chica de principios.