Agnes
Extracto del diario de Agnes Romaní
Extracto del diario de Agnes
Romaní
Santiago de Compostela, diciembre de 2019
Nunca me he parado a pensar cuál es el tema de una biografía; la última ocupación que hubiese imaginado para mí es la de biógrafa, no soy buena preguntando y la gente tampoco tiende a abrirse conmigo. Recuerdo que cuando le dije a mi madre que quería estudiar periodismo, ella me miró con la cara de «oh, venga ya» que debía usar Kathy con Foret. ¿Estás segura, Agnes?, me dijo, y su escepticismo despejó todas las dudas que yo pudiera albergar.
Mi madre fue la primera persona que puso en mi mano un libro de Luis Foret, el día de Reyes de 2014. La novela era Shahriar y no puedo decir que fuera un flechazo: tardé más de dos años en leerla, aunque cuando finalmente lo hice me gustó más de lo que cabría imaginar. Tardé en leerla por varias razones. La primera, que me la había regalado mi madre, y digamos que no es la persona que elegiría como prescriptora literaria; digamos que no es la persona que elegiría para nada en absoluto, pero resultó ser la persona que me escupió al mundo, plof, ahí te quedas, Agnes Romaní, ahora te las apañas. O no, ni siquiera eso, ojalá me hubiera dejado que me las apañase, no, esa no sería mi madre, mi madre es más bien ese murciélago que te pare boca abajo y si no te agarras a ella con las alas, te quedas colgada del cordón umbilical, pero en cualquier caso no hay postura cómoda y tienes que acabar rompiendo el cordón a mordiscos. No, mi madre no me deja que me las apañe, y eso que tengo mucho que apañar, ella es más de abrir problemas inexistentes que de cerrar los reales, mi madre me dice que lo que mejor me vendría es una liposucción láser para las cartucheras porque es una pena lo mal que me sientan los vaqueros —pero se calla lo de los meñiques torcidos y las férulas que no quiso ponerme—, me dice que ella no me pagó la carrera para que acabase en esa revista, que tendría que estar como mínimo en el ABC Cultural, y yo le digo que aspiro a que me lean los menores de noventa, y ella me dice que ya estamos con la vejez a vueltas, que yo también seré vieja un día y yo mascullo que sí, pero espero no ser una murciélaga vieja como ella.
Mi primer diario lo escribí siendo adolescente, lo llamé Mis días con la Murciélaga y me aseguré de que mi madre jamás lo encontrase; luego, a los veintiún años, le dije a mi madre si quería que le abriese una cuenta de Twitter, por aquello de que hay que estar en el mundo y prevenir el alzhéimer y esas cosas, y me sentí una hija excepcional, a veces incluso consigo sentirme excepcional, pero pronto se me pasa, ella se las arregla para quitarme la ilusión; ese día, cuando le pregunté qué nombre de usuario quería ponerse, ella respondió «murciélaga» y mi intestino delgado dio el mismo vuelco que cuando el editor apareció en la cena de la revista mientras yo cantaba lo del muelle; soy especialista en meter la pata, como cuando me invitaron a la fiesta sorpresa de Pierre, de la sección de Moda, y todos los invitados le esperábamos a oscuras en su piso para gritar sorpresa —esto siempre me ha parecido bastante estúpido, es su cumpleaños, la sorpresa es limitada, quizá tendría más sentido si detrás del sofá se escondiera un inspector de Hacienda—, pero aunque detrás del sofá no había ningún inspector de Hacienda, cuando yo llegué ya estaba lleno de gente y me decían, búscate otro sitio, aquí ya no cabes, como los niños de la letrina en La lista de Schindler, todos se escondían en grupo y yo no sabía qué hacer, que ya llega, decían, que ya llega, así que traté de ocultarme detrás de un ficus, pero, incluso si me agachaba, me cubría solo hasta el escote, y decían, ya viene, ya está en el ascensor, ya sube y, como me veía ridícula junto al ficus, busqué otro sitio, pero me rendí cuando ya abrían la puerta, y me apoyé en la pared; lo que no vi es que me apoyaba sobre el interruptor de la luz, que se encendió en el momento exacto en que entraba Pierre para que nos encontrase a todos con cara de gilipollas en una postura inaudita, como si en vez de darle una sorpresa le estuviésemos desvalijando la casa; ese día me inventé una excusa para irme pronto porque sentía que todos me odiaban un poco; el día que le abrí la cuenta de Twitter a mi madre no encontré excusa para irme, aunque también sintiera que ella me odiaba un poco.
Sucede que mi madre es muy sibilina y ni siquiera me miró a la cara cuando me dijo, llámame «murciélaga», lo soltó como si tal cosa, como un inspector de Hacienda detrás del sofá que luego se pusiera a mirar sus papeles en vez de explicarte qué ha venido a hacer a tu casa, como un agente de la KGB, tú sabrás lo que has hecho, pues así, mi madre se puso a mirar cualquier cosa en el móvil a ocho centímetros de sus ojos, porque mi madre está casi ciega, como dicen de los murciélagos, como dice Foret de Shahriar, solo que mi madre lo arreglaría con unas gafas pero no quiere ponérselas porque cree que la afean o la hacen mayor. Y ya, ya sé que los murciélagos no son ciegos, que me he tragado muchos documentales de animales antes del turno de tarde de la revista, pero soy periodista y todos hemos hecho trampas alguna vez para embellecer la realidad.
—Murciélaga entonces —le dije sin indagar en el motivo.
—Sí, murciélaga, no veo qué tiene de malo —dijo ella sin despegar, literalmente, los ojos del móvil.
—Nada. ¿Quién ha dicho que tenga nada de malo? ¿Para el perfil te busco la foto de un murciélago o un dibujito?
Y ahí está su perfil, con el cuadro de un murciélago que vale cuatro mil dólares en la web de Saatchi & Saatchi, aunque en realidad su usuario ya no es @murcielaga, ahora es @murcielaga4, porque le han cerrado tres veces la cuenta por comentarios ofensivos y racistas y no sé qué cosas más, y tampoco me extraña demasiado porque quien la ha denunciado más veces he sido yo.
Pensé que tener Twitter le abriría la mente, pero sucedió todo lo contrario; de todas las cosas que no he previsto en mi vida, la más absurda es mi madre como tuitera. Tiene cinco mil seguidores, unas veinte veces los que tengo yo, y está entre los tuiteros fascistas más populares. Lo más maravilloso es que mi madre no sabe utilizar Twitter. Lo retuitea todo: si le escribes, hola, buenos días, ella lo retuitea; si le dices, oiga, es usted una facha absurda, ella lo retuitea, y así puede subir varios cientos de tuits estúpidos en un mismo día y, joder, yo comparto reportajes de la revista a los que no les faltan méritos y nunca consigo seguidores, solo me empiezan a seguir cuentas que luego a los tres días me dejan de seguir y me desquicia ver que los de ella, en cambio, continúan creciendo. Creo que no dormiré tranquila hasta el día que supere a mi madre en followers. Y como eso lo veo imposible, seguiré denunciando su cuenta hasta que se la cierren para siempre.
La cuestión es que fue en Twitter donde mi madre oyó hablar por primera vez de Luis Foret, alguien recomendó Shahriar y ella me lo regaló por Reyes, así que es fácil imaginar por qué el regalo de Murciélaga y sus amistades de red social no me despertó simpatía:
—He visto en Twitter que estaba bien.
—Ah, gracias.
—¿No te gusta? Si no te gusta, puedes cambiarlo por otro.
—No, no, tiene buena pinta —dije pasando un dedo por el canto de las páginas y haciendo que se movieran a toda velocidad.
Tengo, entre otros defectos, el de no cambiar nunca nada que me hayan regalado, por mucho que me disguste; guardo pantalones que nunca me han subido de las caderas; si ya tengo un libro o un disco, me lo quedo repetido; tiene que ver también con la pereza que me dan los tiques regalo y las devoluciones y pensar qué quiero a cambio, por eso casi prefiero que no me hagan regalos, aunque no niego que también tienen su parte buena y te acercan a cosas a las que tú nunca te acercarías, como a Luis Foret.
En los meses que siguieron a que mi madre me regalara Shahriar empecé a ver los libros de Foret por todas partes y eso me empujó a apartarlo aún más en un rincón de mi casa, porque soy de esas personas que no lee los libros que se ponen de moda por el simple motivo de que se ponen de moda. El novio medio gilipollas que tenía, al que no le gustaba que las chicas bebieran, decía que es todo por envidia, que ya me gustaría a mí que se hablase tanto de un libro mío, y puede que un poco de razón tuviera, pero, claro, imaginar entonces un libro de Agnes Romaní era más absurdo que imaginar una madre tuitera de sesenta años con cinco mil seguidores.
No habría sido extraño que finalmente nunca hubiera leído a Luis Foret, pero el día que lo dejé con mi novio gilipollas al que no le gustaba que las chicas bebieran, cogí el ejemplar de Shahriar por tener algo en la mano y no correr más el rímel y empecé a leerlo con desgana y, bueno, a veces debe de ser mejor coger las cosas con desgana porque lo leí dos veces del tirón, y luego cayó otro libro de Foret y luego el siguiente, y ahora estoy escribiendo su biografía, ¿no?
Y si me detengo a pensarlo en los términos que aplica el propio Foret, podría decir que si no hubiese discutido con el editor de la revista, no estaría escribiendo la biografía; y si no hubiese leído a Foret, no habría discutido con el editor; y si mi madre no me hubiese regalado Shahriar, no habría leído a Foret; y si algún tuitero fascista no lo hubiese recomendado, mi madre me habría regalado unos bonos para la liposucción láser de las cartucheras. Así que tal vez Murciélaga haya hecho por fin algo bueno por mí además de soltarme, plof, y dejarme colgada hasta que arranqué a mordiscos el cordón umbilical, puede que gracias a ella vaya a escribir ese libro que se ponga de moda y puede que hasta salga en el ABC Cultural. Mamá, has hecho algo por mí mejor incluso que lo del láser en las cartucheras.
O, visto de otro modo, puede pensarse que, ya que mi intención al abrirle la cuenta de Twitter fue buena, tal vez el karma me esté recompensando, aunque cuando se lo conté al novio medio gilipollas al que no le gustaba que las chicas bebieran, me dijo: qué coño, buena obra, si lo haces porque si después tienen alzhéimer tienes que cargar tú con ellos. Y yo no supe muy bien qué decir.
Pero antes de seguir adelante, quiero que Foret me aclare qué significa el anuncio de su biografía en la televisión. Quiero que me explique cuál es mi papel en esta historia. Quiero que me asegure que mi trabajo derivará en un libro de Agnes Romaní que todas las demás agnesromanís del mundo recibirán como regalo de sus madres quirópteras y dejarán abandonado en una estantería porque estarán hartas de escuchar hablar de esa tal Agnes Romaní.
Admito que de Foret me fío lo justo y digamos que simpático no me ha caído, aunque me da que yo a él tampoco. A veces tenemos la tentación de pensar que los escritores son tan agradables como su obra, o peor aún, como sus personajes. ¿Cómo se puede ser tan iluso? Cuando leí Shahriar, el día que me dejó mi novio medio gilipollas, me pareció maravillosa la idea de tener a alguien que te leyera en voz alta. Pienso que si escuchase la voz de Foret, si no fueran todo correos electrónicos, me quedaría más tranquila, supongo que tiene que ver con que por escrito todo se presta a la malinterpretación, puede que yo misma suene más seca de lo que soy, hoy en día si no pones un emoticono o un signo de admiración detrás de cada frase pareces un inspector de Hacienda. Me encantaría escuchar su voz, lo reconozco, pero no me siento con fuerzas para exigirle más, porque vivo con el miedo de que cualquier día deje de contestar a los correos y entonces no sé muy bien qué haría. No creo que tenga fácil encontrar otro empleo: hay pocas cosas más lamentables que yo en una entrevista de trabajo.
Estoy descubriendo que muchas cosas de sus libros tienen relación directa con la realidad, pero en sus relatos son más bruscas, sucias, amargas —él me lo ha dicho: Agnes, ¿acaso tú nunca has embellecido la realidad?—. En sus correos electrónicos la novela de amor desapasionado entre Shahriar y el profesor sin nombre da la impresión de seguir el cauce mil veces visto del viejo y la nínfula. Por no hablar de Kathy, su primera mujer, ¿es posible que fuera tan irritante y superficial? Lo mismo que en sus libros parece leído con una voz hermosa, en sus correos suena a veces como un escupitajo. Supongo que a todos nos gusta escarbar, pero a menudo lo mundano acaba siendo demasiado mundano, a menudo creo que la idea de Luis Foret debería quedarse en la idea de Luis Foret, nuestra obsesión por conocerlo todo, por tocarlo todo, no hace más que estropearlo todo. ¿Pero qué será de Agnes Romaní si no consigue la historia de Foret? Vivo de nuevo colgando de un cordón umbilical, suspendida de un murciélago, solo que de uno distinto, de otra especie, más grande, más oscuro, uno que también escatima explicaciones, tú sabrás lo que has hecho, plof, ahí te quedas, Agnes Romaní, apáñatelas.
Y ahí está de nuevo, la hucha de las monedas vuelve a llamarme, las alas vuelven a batir, Luis Foret vuelve a decirme que tiene un relato para mí.