Aramburu
Los Tupas
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Vilanova i la Geltrú, 21 de agosto de 2017
—¿Cuál fue la principal fuente de inspiración para los Montoneros? —
pregunté a Mario Firmenich.
—Los Tupas —respondió.
Los Tupas eran el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, una guerrilla que operó en Uruguay desde comienzos de la década de 1960.
A pesar de la censura que prohibía que se informara sobre ellos en la Argentina, para evitar el efecto de propaganda que buscaban, sus acciones se filtraban y los Tupamaros eran admirados por la mayoría de las organizaciones armadas en América Latina.
Los Tupas mataban y estaban dispuestos a morir. Eran osados y eficientes pero se distinguían por el ingenio y por intentar imprimir cierto espíritu de Robin Hood a sus operativos, aunque las fronteras de la lucha armada eran difusas. En 1968 y 1969 cometieron dos robos que parecen sacados de una película de James Bond: se llevaron las recaudaciones del Hotel Casino de Carrasco y del Casino San Rafael, en Punta del Este, el balneario predilecto de la clase alta de Uruguay y de la Argentina. Cuando se iban del San Rafael, con un botín interesante y sin haber disparado un tiro (habían ingresado con la complicidad de un empleado jerárquico) uno de los guerrilleros aclaró:
—Este dinero es para el pueblo.
Más allá de su aura, la configuración de los Tupamaros permitió que los fundadores de Montoneros enterrasen algunas lecciones aprendidas en Cuba que no les servían: era un guerrilla urbana. Por ese ejemplo saldaron el debate que demoraba su paso a la acción.
Según el dogma guevarista, la revolución se encendía con un foco rural, en zonas con poca población, alejadas de las ciudades. Pero en la Argentina ese requisito era, en realidad, un impedimento:
—Las incursiones en la selva ya habían fracasado —recordó Firmenich con precisión.
Refirió vagamente algo sobre Tucumán; inferí que aludía a la experiencia de los Uturuncos ( hombre puma en lengua quichua), el primer foco guerrillero del país, influido por el pensamiento de John William Cooke, que operó entre 1959 y 1962 con base en una cueva gigante, escondida detrás de dos enormes piedras, en el monte de esa provincia.
La otra experiencia fallida —continuó— fue la de Jorge Masetti en el norte de Salta, en 1964. Masetti, periodista que entonces trabajaba para la radio El Mundo, había conseguido la primera entrevista con el Che, el argentino que luchaba en Sierra Maestra. Se hicieron grandes amigos y ese encuentro modificó el rumbo de su vida. Aprendió las técnicas de la guerrilla y se quedó en La Habana, ya revolucionaria, a cargo de un proyecto del Che, la agencia regional de noticias Prensa Latina, en la que también participaron Rogelio García Lupo, Rodolfo Walsh y Gabriel García Márquez. Luego viajó a Argelia para pelear contra los franceses y finalmente fundó el Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) a fin de llevar su lucha a la Argentina: volvió transformado en el Comandante Segundo. Se internó en las montañas de Orán con Hermes Peña Torres (un capitán cubano, lugarteniente del Che) y un pequeño grupo de hombres. En la soledad, extenuados, el peor enemigo con el que se toparon fueron ellos mismos: no encontraron siquiera un campesino dispuesto a iniciar la revolución.
La Gendarmería los cercó y los obligó a replegarse; quedaron aislados y sin víveres. Dos de sus miembros desertaron, tres murieron de hambre y otro al caer en un barranco. El capitán Hermes murió en el único combate del grupo contra los gendarmes, en Río Piedras, en abril de 1964. Segundo, enfermo y mal alimentado, quedó a la espera de un rescate que nunca llegó.
«Masetti no aparece nunca. Se ha disuelto en la selva, en la lluvia, en el tiempo», escribió Walsh al prologar Los que luchan y los que lloran, el libro de Masetti que se publicó en 1969. «En algún lugar desconocido el cadáver del Comandante Segundo empuña un fusil herrumbrado».
Pocos meses después una explosión mató a los nueve integrantes de otra célula que iba a iniciar su lucha guerrillera en Tucumán. El trotskista Ángel Bengochea — el Vasco, que se había entrenado con el Che en Cuba— no logró siquiera llegar a la provincia: el 21 de agosto de 1964 voló el departamento que había alquilado en el primer piso de Posadas 1168, en la Recoleta. Las Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional (FARN), un grupo desconocido hasta ese momento, almacenaba allí sus armas.
También las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), único grupo del embrión guerrillero que peleó en nombre de Juan Domingo Perón, habían intentado sin éxito encender un foco guerrillero en la localidad tucumana de Taco Ralo, en septiembre de 1968, pero Firmenich pasó por alto aquella experiencia.
Argumentó que, por una sucesión de fracasos de los experimentos rurales en la Argentina, los fundadores de Montoneros vieron en los Tupamaros la demostración de una alternativa exitosa.
Tanto los inspiró que, cuando les tocó discutir qué nombre se darían, llegaron a evaluar la posibilidad de llamarse, ellos también, Tupamaros.
—Lo pensamos, pero lo descartamos porque se prestaba a confusión.
Copiaron, de todos modos, algo del espíritu del nombre.
Tupamaros aludía, en su origen, a los seguidores de Tupac Amaru, el caudillo indígena peruano que lideró la principal sublevación contra las autoridades coloniales a fines del siglo XVIII. Los españoles le dieron al término una connotación despectiva para designar a los independentistas.
Luego, la guerrilla de los Tupas lo resignificó, para que volviera a ser el símbolo de la rebelión contra un poder extranjero e injusto.
Las montoneras eran las bandas de gauchos a caballo que se formaban en apoyo a los caudillos federales durante las luchas por la independencia argentina. Nunca ocuparon un lugar relevante en la historia oficial, pero los revisionistas —como José María Rosa, autor de La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas— les dieron un papel épico.
La descolonización en Asia y en África daba al asunto fuerte actualidad en aquellos años. En 1966 se había estrenado La Batalla de Argel, una película sobre el Frente de Liberación Nacional (FNL) argelino que combatió a la ocupación francesa. Gillo Pontecorvo organizó la narración en la voz de un veterano de una batalla sangrienta que se había perdido contra las divisiones de militares de la metrópolis. La guerrilla dejó de atacar solo objetivos militares y padeció los métodos de tortura que se exportarían a otros países. La historia de aquella batalla terminaba con una derrota del frente; pero al cabo de algunos años, el FNL lograría su objetivo.
— La Batalla de Argel —siguió Firmenich, durante el almuerzo en Sitges
— también nos inspiró. El único problema es que era pesimista.
Abal Medina llevó la propuesta del nombre a una reunión en el Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos, en el barrio de Flores, y la sometió a votación. Estaban casi los mismos de la protesta en la Catedral: Maza, Firmenich, Ramus, Capuano, Vélez Carreras y Antonia Canizo, una amiga de la facultad de Abal que había participado en la acción del Comando Camilo Torres en la Catedral de Buenos Aires. Cada uno colocó un papelito dentro de una caja con su opción preferida.
Votaron por primera y última vez: previsiblemente, el nombre Montoneros se impuso.
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